literatura venezolana

de hoy y de siempre

Malencuentro pero tenía otros nombres

José Ygnacio Ochoa

el rumor de una cigarra tiene más fuerza
que un disparo
Emira Rodríguez

En Malencuentro pero tenía otros nombres (Monte Ávila Editores, Colección Los Espacios Cálidos, 1975; El Perro y la Rana, 2008), de Emira Rodríguez (Porlamar, 1929-2017), encontramos un verbo que siempre está a la disposición de la imagen del poema, vale decir que se deja llevar como el agua para alcanzar una fuerza con los nombres que andan sueltos por el alfabeto de la poesía. Emira Rodríguez se decanta por caminos y vocablos que se erigen en una confluencia de imágenes, no sé si migratorias, lo cierto es que piedras, cometas, colores, torres, cipreses (voces del primer poema), se arraigan como ráfagas de viento en la memoria de una voz. Voz que se nos incrusta en la piel por lo que nos dice y nos muestra. Las palabras se nos agolpan en el sentimiento.

Un libro que estremece el alma

Malencuentro… se proyecta desde un lenguaje que apunta a lo originario. No es buscar explicaciones del universo. Es mostrarse desde la expresión de las figuraciones humanas vistas en la dialéctica de su significación. Afirma Juan Liscano de Emira Rodríguez que “a lo largo, ancho y profundo de esos mundos espirituales y sensoriales”, de modo que Emira Rodríguez desnuda el ritmo esencial que se hace del contenido en este poemario. El pensamiento se traslada a la palabra dicha. Es la existencia de un único ritmo desde su comienzo hasta el final, hablamos de la unidad del poema. De existir alguna categorización será el de la palabra que se desprende de caracterizaciones para adjudicarle otra connotación con la singularidad del poema. Se crea otro código: lo poético. Imágenes ancestrales dibujadas en un encuentro notable. La voz dibuja su expresión plástica. Manifiesta un espacio poético con la comprensión y aceptación de una realidad imaginaria. Leamos estos dos versos:

déjala. deja esa luna frente a su espejo
como un acto fallido como una iniciación (…)

El sentido de la admisión está concebido en la figura espiritual que se materializa con el poema. Se manifiesta un adentro y la voz poética de Rodríguez lo traduce con imágenes. Las visualizaciones están dispuestas en el poema. Los espectros —espíritus— salidos de la mitología indígena y romana iluminan para traspasar un razonamiento donde no existen pugnas. Es la existencia ordenada por la transformación continua que se da a cada momento por la lectura del poema. Cada lectura, entonces, aportará tantas imágenes como sean posibles. Las ideas ancestrales se concilian con las de hoy para dar lugar al diálogo de las sensaciones. Los poemas contienen una respiración propia por cuanto la imagen obedece a una instancia de libertad; si no, no sería poema. Imagen que no depende de idea alguna, es, en todo caso, la existencia de un espacio que ofrece su vivencia desde la palabra:

actaea fruto de la serpiente
incorpórea y dispersa
querías florecer todos los pantanos
irisada ampliamente dispersa
los plegamientos no te pertenecen huyes
huyes eternamente flor de pechuga amarilla (…)

Quizás la experiencia sea esquiva, mas no la imagen, porque esta es el ascenso a la totalidad del poema e insistimos en ello porque es lo que deseamos resaltar, la imagen que seduce para asirse en el canto. La representación instantánea sin grietas más que los silencios, pausa por demás necesaria para seguir con las imágenes en absoluta confesión de lo vivido sin artificios y sin mayúsculas, es decir sin signos que sólo distraigan lo expresado. Es lo íntimo del poema en su esencia para descubrirse en su momento onírico.

La palabra malencuentro (término empleado una docena de veces en la primera parte del poemario) me traslada al conjunto del poema. Es el todo, es la memoria, es luz y color, es agua, es viento, es fruta, es acantilado donde las estatuas saltan. La voz poética de Rodríguez obedece a un encuentro de cualidades. Los dioses se juntan con malencuentro para crear imágenes y mundos ancestrales reflejados en la cotidianidad. La voz poética se comporta como una traducción de lo que ha sido el mundo subjetivo y, por qué no, hasta llegar a lo cosmogónico. Como expresa Gaston Bachelard en La poética del espacio, la imagen no se mide, en todo caso se multiplica en ella misma para replicar un acontecimiento en el poema. Es una urgencia de palabras que emerge del ensueño de las imágenes: silencios, intermitencias, vientos negros, cometas y convulsiones. Emerge la frecuencia de un ritmo dado por el otro valor semántico, es decir, la disposición de la palabra hecha poema. Se escribe desde la mediación entre palabras e imágenes que se exploran en su origen que sólo la voz poética aglutina en esa concentración de imágenes. Es la convulsión de sonidos y colores que nos inducen a otra voz para alcanzar la autonomía deseada y emparentada con las sensaciones por cuanto llegan al lector en aquel estado original.

Cabe preguntarnos cuáles son los referentes de esta voz que se instaura de manera limpia en el papel y, pues, nos respondemos, es su orden que alucina para dar paso a su cimentación. María Fernanda Palacios en Sabor y saber de la lengua (Monte Ávila Editores, 1987) menciona el esplendor de la palabra al referirse a la presencia de la poesía de Guillermo Sucre, pues, en Malencuentro… se confirma esta presencia única e irrepetible. No es memoria, es un presente de sensaciones. La conjugación de todos los colores se concentra en un poema y luego vuelve a repetirse una y otra vez con otras dimensiones con la necesidad de encontrarse. Este ritmo lo sugiere la imagen que se visualiza en las flores con todas sus variedades, en un espacio no sólo físico, sino en aquel espacio que se aloja en lo no corpóreo que se forma desde su misterio constante. Es un asombro que traduce otra realidad que está intermitente en la condición amorosa de las sensaciones sin tiempos y sin edades, sólo es. Es la condición genuina. El frío y el calor son porque está el poema. La imagen me hace la metáfora y todas las figuras literarias posibles. La imagen me hace al poema. La naturaleza se reconoce en la imagen. Veamos algunos ejemplos en estos versos de diferentes poemas:

piedras color de la tarde

bora de aquella tristeza

las hojas crujían a cada hueso de paloma a cada hongo

es la brisa no creas que alguien llora

Por eso afirmamos que la imagen se hace palabra en el poema. Es una flora y una geografía que se nos muestra desde su sentir; entonces la imagen se convierte en un despertar de sentires. El poema se edifica desde la comprensión de un universo distinto.

El libro está dividido en cuatro momentos: “una gran feria”, “flora”, “geografía y otras perturbaciones” y “cosas de amores”. Cada momento es un diseño de conjeturas e indudablemente de imágenes sugerentes. Cuatro instancias que afloran sin arrogancias e irrumpen con el esplendor de la libertad en donde antes no había nada

Publicado originalmente en: Letralia (https://letralia.com/lecturas/2022/09/24/malencuentro-pero-tenia-otros-nombres-de-emira-rodriguez)

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