literatura venezolana

de hoy y de siempre

Los nombres del exilio

José Solanes

LA PASIÓN DE LOS NOMBRES

Puesto que estamos en el mundo, estamos condenados al sentido, y no podemos hacer ni decir nada que no tome un nombre en la historia. M. Merleau Ponty

‘Habitaré mi nombre’, fue tu respuesta a los cuestionarios del puerto. Saint-John Perse

Vocabulario de la ausencia

La mayoría de los diccionarios define el exilio en función del espacio, sin alejarse de lo que sugiere la etimología de la palabra. Exilio sería, en efecto, un derivado del latín exsiliare: saltar afuera. A veces se hace sin embargo participar a la idea de tiempo en la delimitación del concepto. La Enciclopedia Británica nos dice, así, que por exilio hay que entender «la ausencia prolongada del propio país, impuesta por la fuerza de la autoridad». Debemos creer que para hacer efectivo el castigo, se toma en cuenta más la duración de la ausencia que la ausencia misma. Una ausencia demasiado breve no sería realmente tal, pero si por la razón que sea, se hace demasiado larga, se diría que ya es más que ausencia, que se vuelve otra cosa. «Desconcierta la vida larga ausencia», decía Cervantes. Desconcertar: confundir, crear incertidumbre con respecto a lo que hay que hacer, decir o pensar. Y la incertidumbre es tal a veces, que sólo el Código puede disiparla gracias al artículo que declara civilmente muerto a quien ha estado ausente un número determinado de años sin que durante los mismos se hayan podido obtener noticias de él. ¿Cómo entonces llamar a este ausente por la ausencia arrastrado hasta tan cerca de la muerte?

La verdad es que se han propuesto más nombres de lo que, por lo general, se supone. Si son numerosas las palabras que se han hallado para ponerlas en lugar de muerte, vocablo que no sabríamos pronunciar ni escribir demasiado a menudo, son más numerosas todavía las que se han inventado para reemplazar a exilio y exilado, voces éstas que, sin embargo, pueden prodigarse sin embarazo. No se discute además sobre las palabras propuestas en reemplazo de muerto: todas son en general aceptadas, mientras que se disputa con pasión sobre las que se quiere colocar en lugar de exilado. Ello ocurre sin duda porque las personas que se quieren así nombrar, aun si no se tienen a sí mismas por muy vivientes, no por ello dejan de serlo lo bastante para pregonar sus divergencias y proponerse para etiquetas diferentes a aquellas que se les hace llevar.

Un asunto jamás agotado es en efecto el del nombre que habría que dar a los ausentes cuya partida ha sido más o menos claramente forzosa y que han de permanecer alejados por un tiempo cuya duración no puede determinarse de antemano.

Se es muy puntilloso sobre ello. Quiroga Pla, el poeta yerno de Unamuno, no quería que se dijese que Morir al día, su hermoso libro hecho en París, había sido escrito en «el exilio», «palabra que rechazo», declaraba. Prefería hacerse llamar desterrado. La palabra exilado no es ajena al español, y el diccionario de la Academia la propone juntamente con exiliado; Quiroga no las encontraba sin embargo a su medida. ¿Cómo se le llamaría pues en el país donde escribió, puesto que en francés desterrer no está hoy en uso, y cuando lo estaba, no significaba tampoco precisamente alejar a alguien de su tierra natal sino apoderarse de la tierra de alguien, desposeerlo de ella, aunque el desposeído permaneciera en el lugar? Nos enfrentamos aquí a dificultades provenientes de uno de los caracteres esenciales del exilio, pues éste no es sola- mente aventura en un tiempo y en un espacio abstractos sino también en una dimensión social donde la diversidad de hablas se da penosamente a sentir como estorbo o suspecta extravagancia (incluso, desde luego, cuando el idioma oficial del país de asilo es el mismo que el de origen).

El nombre de los que viven la experiencia de la que nos queremos ocupar, cambia según las lenguas, según el punto de vista jurídico o político desde el que se le enfoque, según el momento de la historia… Los gustos personales y las preferencias de grupo vienen luego, ampliando más todavía un muestrario en el que se elige de modo a veces sorprendente. Si tantos nombres hay, ello será porque ninguno le signa todo lo que, dentro del concepto, busca apelativo, pero digamos que esta inquieta búsqueda contribuye no poco a caracterizarlo: con ella se manifiesta el sentimiento de una transformación que el afectado no puede dejar de reconocer pero que se resiste a sufrir pasivamente.

Tampoco Ovidio quería que se le llamara exiliado y hacía observar a todos los que podían leerlo, que no estaba sino relegado. El Cid, expulsado de Castilla por el rey Alfonso vi, era un salido. Unamuno nos lo recuerda y, como para ilustrar con un caso concreto nuestra observación sobre la tendencia del grupo a verse representado por el excluido, hace notar que un salido fue el primer símbolo poético de la castellanidad. Mas cuando, bajo otro Alfonso, a Unamuno le tocó el turno de escoger un nombre para sí, olvidó el salido y escogió desterrado. Los españoles que abandonaron su país en 1939 gustaron más de la palabra peregrino e hicieron aparecer en México una importante revista que titularon España peregrina. Ahora bien, en el uso del nombre se les había adelantado en varios siglos un personaje, de su mismo origen, al que ninguno de ellos hubiese querido que se le asociara. Lope de Aguirre, el Peregrino, así firmó el atroz Tirano la célebre carta a Felipe II en la que se desnaturalizaba de España.

Mientras en América, bajo Felipe II, despuntaba el peregrino, en Europa se daba el traspuesto. Hallamos el término en Antonio Pérez, el prófugo secretario del rey, quien en una carta a su mujer lo utiliza para referirse a un morisco «de los traspuestos del reino de Granada». Se dolía éste en su destierro, nos dice Pérez, de su «transmigración» y se lamentaba de la «disipación de tanto pueblo». Los traspuestos nos parecen así corresponder a las modernas «personas desplazadas», esas D.P. de las que se habló tanto en los años que siguieron a la II Guerra Mundial (y es sin duda digno de notarse que, cuando se trata de buscar nombre al exilio, no ha dejado de acudirse, con las siglas, a los símbolos, igual que en la Química).

Desterrar tiene en extrañar un sinónimo al que por cierto no se recurre frecuentemente, Quizás ello se deba a qué asombrar, que es otra de sus acepciones, pudiera crear confusión en el texto: sentirse asombrado al verse extrañado es, sin embargo, como veremos más adelante, una de las experiencias más a menudo registradas en el exilio vivido. Lo que nos llama la atención es que para los ministros de Fernando VI, extrañado se contrajera en extraño y así lo usaran en sus documentos. No se trata pues ahora de un nombre que se dieran los desterrados sino de uno que recibían de los desterrantes. En 1816, dos años después de la retirada de los bonapartistas, continuando las labores de «purificación» (no se decía todavía «depuración») de todos los sospechosos de ser afrancesados, se dicta una real cédula «por la cual se prescriben las reglas que se han de observar en la sustanciación y determinación de las causas contra los extraños del reino por adictos al Gobierno intruso». La diferencia es de importancia: extraño es el forastero, el extranjero. El término se aplica, según María Moliner «a la persona que no pertenece al grupo, familia, nación, círculo, etc». Con el extraño se soltaban pues todos los lazos que pudieran aún unir con el extrañado y venía a ser como si, prescindiendo de trámites burocráticos, se retirara la nacionalidad al fugitivo.

Pero no es sólo de gobiernos hostiles que se es fugitivo. En más de un país y de una Ocasión, la Naturaleza rechaza al hombre. A situación distinta, nombre también distinto, como el brasileño retirante, ombre dado al que emigra a otros estados huyendo de la sequía que azota las zonas áridas del Nordeste», como nos explica Márgara Russotto anotando, en su traducción, uno de los versos de Joáo Cabral de Melo Neto, el titulado Muerte y vida severina, que debería figurar en sitio preferente cuando se trate de ilustrar una forma de exilio que merece particular atención. En su vano repliegue en busca de ocupación, el retirante de Melo Neto llega a donde

la muerte es tanta
que sólo es posible trabajar
en esas profesiones que hacen
de la muerte oficio o bazar

rezanderas, sepultureros y «doctor de anillo en el anular.

Debemos por un momento volver a los peregrinos para recordar que también se quiso llamar así a los polacos expatriados del siglo pasado. Mickiewicz es autor del Libro de los peregrinos polacos, el de los exiliados que habían «hecho voto de ir en peregrinaje a Tierra Santa, es decir, a su patria liberada», No alcanzaron su meta. Muchos se hallan hoy enterrados en un cementerio francés, en Montmorency, y es curioso observar que son ahora sus tumbas las que constituyen objeto de peregrinación: cada año, en un día determinado, se celebran ceremonias religiosas ante ellas, a las que acuden algunos de sus descendientes junto con emigrados e inmigrantes polacos residentes actualmente en Francia.

Destierro y destiempo

En una carta de 1852, Víctor Hugo se muestra indiferente en lo tocante a los nombres que se le quisieran dar. Escribe en una carta: «Se me ha afrentado, proscrito, exiliado, expulsado, perseguido, ¿qué sé yo? Todo eso, para mí es bueno». Le da igual. Pero debe observarse que en la relación de palabras para él aceptables, el término emigrado no figura. Tampoco figura en la lista que, ya a fines del exilio, se sintió de nuevo impulsado a establecer en el amargo prefacio que escribió para el libro de su hijo Charles. «He estado», dice entonces, «fuera de la ley, expulsado, condenado, recondenado, proscrito, reproscrito…. ». Y es que ni él ni ninguno de sus compañeros, republicanos proscritos del siglo XIX, habrían querido ser designados con el mismo nombre de los emigrados realistas del XVIII.

Y he aquí por otra parte a Menéndez y Pelayo, el eminente y muy católico polígrafo español, autor de estudios muy notables sobre los jesuitas que, también en el siglo XVIII, expulsó de su imperio Carlos III. Pues bien, algunos de los trabajos que les consagró aparecieron en su Historia de los heterodoxos españoles se ocupa: los protestantes, los heréticos de todas la los rebeldes, ninguno de ellos merece el nombre que cubre jesuitas; no son sino fugitivos o exiliados, palabras que, tal vez darse cuenta, no aplica sino raramente a los sacerdotes de la compañía. Es cierto sin embargo que «habiéndose vuelto sospechosos por la ausencia», como lo dice Nabile Fares, los exiliados deben estar preparados a ser tratados con toda suerte de nombres. He aquí los que prevé Fares: «Exiliados, Emigrados, Fugitivos, Pequeño-Burgueses, Funcionarios, Burócratas», y los tres últimos sorprenden. Se trata no obstante de términos realmente aplicados, a veces como insultos, (y entonces sobre todo por los compatriotas de los exiliados) a numerosos extranjeros venidos del Este y de ciertos países árabes o africanos. El exilio es una de las situaciones que mejor favorecen el deslizamiento de sentido de las palabras y que más fácilmente les hace despertar ecos pasionales.

Favorece también la creación de neologismos. Unamuno escribía a veces despatriado en lugar de expatriado, y José Gaos inventó la palabra transterrado, que fue muy bien acogida, «sobre todo por los americanos generosos que aceptaron de buen corazón a la emigración española», cuyos miembros se suponían hallarse en América como si simplemente hubieran cambiado de provincia. Cuando llegó la hora de los grandes exilios sudamericanos, el término fue adoptado por los antiguos anfitriones de los «peregrinos», y, proscritos a su vez, les ocurre ahora escribir. libros en que el transtierro aparece también: el chileno Gonzalo Rojas escogió la palabra para dar título a su hermosa colección de poemas, aparecida en Madrid.

Al retorno de los «peregrinos» a España, el periodista Francisco Umbral supo encontrarles todavía otro nombre: viendo el enternecimiento con que algunos de ellos miraban al cielo de Madrid y se daban cuenta que este cielo les había hecho falta tal vez más que la tierra, el periodista encontró que no había que llamarlos desterrados sino descielados, privados del cielo. Antes que él, y sin escribir la palabra, el padre Nieremberg había ya pensado en los descielados, que eran para él, sin embargo, exiliados de otro tipo de exilio, del más temible: se trata de los pecadores privados después de la muerte del cielo de los bienaventurados, serán, dice el padre, desterrados del Cielo y presos en el Infierno. Tenemos todavía un precedente más viejo aunque menos serio: Perot Joan, poeta menor en la Valencia del siglo XV, la época de Auzias March. Tomamos la cita de Alphonse Serra-Baldó:

Foreu estat cardenal,
o gran home en dignitat;
ora seu pobre, robat,
e, si us moriu, bandejat
del regne celestial.

La idea de que, siendo el cielo la verdadera patria, se puede ser dos veces exiliado, al nacimiento y a la muerte, se encuentra aplicada al país entero en versos de Unamuno cuyo atormentado pensamiento puede aproximarse al de Hugo y Luria:

Ay mi España desterrada
de tu reino celestial,
mi pobre tierra enterrada
en tu tierra terrenal.

Aun cuando se trate de la de la patria, la tierra no será pues sino Tierra de Exilio. No sólo somos «extranjeros y peregrinos», como nos lo dice ya el Levítico, sino que la tierra misma está también exiliada, según ya lo señalaban los autores de la Cábala. Ahora bien, entre los neologismos a que ha dado lugar el fenómeno que estudiamos, se encuentra desterria, que hasta ahora no habíamos mencionado. Propuesto por Luis Simon”, desterria significaría precisamente Tierra de Exilio. Observemos que si en este planeta en que hemos nacido hemos podido conocer el sentimiento de estar en exilio, el sentimiento contrario, el de estar en casa, el de tener una patria, no nos era -y este es el momento de decirlo del todo extraño: evidentemente, hemos tomado conocimiento del uno y del otro en el mismo planeta.

En el espíritu de Luis Simon, Desterria no nombraría a la Tierra entera ni tampoco al prohibido país de origen: es el nombre que llevaría una parte todavía imaginaria del mundo, donde la ONU crearía un «espacio internacional». Espacio, escribe Simon, en que «se fundaría una nación o multinación, el estado de Desterria o de Esperanza o de no importa qué otro nombre, que también podría ser ONU». En esta nueva entidad territorial imaginada por Luis Simon, «los exiliados de hoy, los de mañana y los de ayer que siguieran siéndolo, encontrarían vida, trabajo y organización, asiento y seguridad». Sería un «quinto mundo», dice Simon además, que transformaría una parte al menos de este planeta de exilio en tierra de asilo.

No existiendo aún el estado de Desterria, sus futuros ciudadanos no tienen pues apelativo que les corresponda, y si se llaman desterrados, se los nombra también, según hemos visto, exiliados, proscritos, extraños, expulsos, transterrados, descielados… ¿Sería que los nombres españoles son más numerosos? No es sin embargo un español, sino un polaco, Joseph Wittelin, quien ha creado, para bautizar la experiencia que tantos expatriados viven, el neologismo más interesante. Partió precisamente del castellano, de destiempo. Está construido dicho vocablo sobre el modelo de destierro: si éste priva de la tierra, el destiempo priva del tiempo. Carlos Álvarez, uno de los poetas revelados por la emigración española, se presentaba como Juansintierra ni tiempo. Y si seguimos a Wittelin observaremos que lo que marca más no es verse alejado de la patria, del país, de la tierra, del cielo o del paraíso, sino encontrarse apartado del tiempo, arrancados del tiempo.

Al salir en busca de la palabra justa, ya tuvimos que notar la importancia que la noción de tiempo asumió en la definición de los hechos del exilio. Y nos encontramos ahora algo sorprendidos que no se trata ni de tiempo corto, ni de tiempo largo, ni de tiempo indefinido: es del no-tiempo de lo que hay que ocuparse. ¿Y qué puede ser este no-tiempo? ¿Qué relación puede tener con el espacio?

En el siciliano de la mafia, se ha ido a buscar la palabra que expresa la idea de partir al exilio entre aquellas que están en relación con la experiencia del tiempo. Se escogió speranzari: esperar. «Huir al extranjero: speranzari, leemos en el Código de la mafia. Un poco más arriba hemos visto a Simon proponer como alternativa a Desterria el nombre: Estado de la Esperanza. ¿Qué aproximaciones pueden hacerse entre no-tiempo y esperanza?… Pero tendremos todavía que volver a hablar de nombres.

EL EXILIO QUE PARECÍA OLVIDADO

Si lo alcanza y lo puede entregar la sus secuaces] de mala muerte lo hará exilar. Raimbert

Y de mi salud hago saber a vuestra merced que todabía me trata mal la calentura y tengo muy perdida la boca y me da mucha pena y las almorranas me destierran. Pablo Collado, Gobernador de la Provincia de Venezuela, 1561

Exilar y exterminar

Acabamos de ver que la idea de exilio se puede expresar mediante una amplia variedad de palabras. Debemos ahora, al contrario, notar que la palabra exilio puede corresponder, como en verdad en ocasiones corresponde, a ideas que no son precisa- mente las que de costumbre se le asocian: figura en efecto todavía el vocablo en algunos diccionarios con la significación de ruina, destrucción, desolación, aplicándose entonces tanto a cosas como a personas.

No figura en este sentido la palabra en los modernos diccionarios franceses y españoles que hemos podido consultar. Se encuentra sin embargo bien señalado en el viejo Littré y en los modernos ingleses Oxford y Webster. En su edición de 1971, este último informa sobre la variedad de funciones gramaticales que la palabra exile ha cumplido, así como sobre la riqueza de sentido que ha tenido: además de verbo y sustantivo, ha sido adjetivo con el significado de magro, delgado, y dio lugar, además, al nombre abstracto exility cuyo sentido era finura, tenuidad, sutilidad. El Littré no deja de recordar que por su parte el antiguo sentido de exiler, del que da etimologías como la voz picarda essiller: dilapida disipara y la provenzal issilhar: destruir, causar infortunio. «Essiller, como exil», dice Littré, «tenía en la lengua antigua el sentido de asolar, destruir» y recuerda que del latín exterminare: arrojar fuera del término de las lindes del territorio, ha resultado exterminar que significa destruir enteramente.

Tenemos así dos palabras de sentido neutro y origen cercano uno de otro referidas sólo a hechos de carácter espacial, relacionados con linderos y confines, exterminare y exsiliare, palabras que, al cargarse de peso afectivo y adquirir valor dramático, van a divergir manifiestamente de significado. Hubo sin embargo un período de indistinción y aun de recíproco refuerzo: lo pone de relieve Godefroy en su diccionario del antiguo francés, que ya en una nota hemos citado, y del que tomamos la cita de Raimbert que sirve de exergo a la presente sección. Observemos como en ella aparece exiliar, no tanto como opción diferente a matar sino, diríamos, en tanto que palabra-signo que eleva al cuadrado el mal de morir (male-mort).

A este exilio tan rudo, poco parece convenir la etimología que hemos al principio apuntado con aquel casi juguetón «exsiliare», saltar afuera. Una más acorde a su rigor han propuesto los ingleses: en el Oxford, exile figura como pudiendo haber sido formado por el ex privativo y por ilía, entrañas. Etimológicamente exiliar significaría arrancar las entrañas, destripar.

Desde el exterminar cruento al desterrar clemente va buena distancia. No tan grande sin embargo como de momento pudiera parecer. Hasta en las formas de exclusión más benignas, algo llega de la fiereza de las malignas. Siempre partir ha sido un poco morir. Cuánto más luctuosas van a resultar las ausencias por la fuerza impuestas.

Pensemos en una de las formas jurídicamente más suaves: el ostracismo. No era infamante. Se ha llegado a decir que, al contrario, verse ostracisado era verse conferir un honor. Recordemos que, en un cierto período de su historia, los atenienses tenían derecho de tomar en asamblea (que sólo se podía celebra como máximo una vez al año) la decisión de alejar por un tiempo de la ciudad a uno de sus compatriotas: aquel a quien por eminente y justo que fuera, gozara de una influencia que pudiera considerarse excesiva y por algún motivo dar a creer que, en algún momento, resultaría perturbadora. Se daban diez días al ostracisado para abandonar la ciudad, días que tenía que emplear en cobrar lo que le debieran y pagar lo que él pudiera deber a sus conciudadanos, de modo que nadie pudiera ni desear ni temer por interés personal su regreso. Diríamos que el ostracisado tenía que disponer de sus bienes como en un testamento. «Moría» temporalmente, por un máximo de diez años (duración que se asignaba al ostracismo pero que raramente llegaba a alcanzar: en muchos casos, un decreto venía a autorizar el retorno mucho antes) en los que se le pretendía inexistente: se trataba de una muerte civil en la que el afectado pudiera a la vez testar y ser su propio albacea.

Curiosa es la actitud de los romanos. Tenemos para empezar que en su Derecho tenía cabida un exilio privado, es decir, impuesto no por autoridad del Estado sino por la del padre, la ablegatio, por la que el hijo rebelde era expulsado no sólo de la casa paterna sino del país también”. Y tenemos por otro lado que, al ser impuesto por el Estado, la pena de exsilium era considerada como pena capital. No se ejecutaba al reo, es verdad, mas el desterrado era de todos modos capite damnatus, nos dice el Calepino, puesto que su cabeza desaparecía de la ciudad. Así se nos explica en el venerable diccionario al hacer llegar desde la antigüedad hasta nosotros una observación que hace ahora sonreír”, Mas deberíamos sin sonrisa preguntarnos qué va a ocurrir con esa cabeza que en vez de separar del tronco, manda el juez separar de la ciudad.

También la tierra se destierra

Recordemos que en el sentido que se tuvo por olvidado de destrucción, desolación, ruina, exilio se aplicaba lo mismo al hombre que a las cosas. Se entiende actualmente por exilio también el lugar donde transcurre, y los diccionarios hablan a su propósito de tierra de exilio pero, si sólo se contara con la definición que ahora se puede encontrar en ellos del término, nada salvo la presencia del desterrado que a habita permitiría distinguir a esta tierra de las otras. En los tiempos antiguos, el exilio castigaba la tierra y la penetraba. Había tierras exiliadas que se habían convertido en tales no precisamente por el hecho de que una presencia o ausencia se registrara en ellas sino por la devastación de que habían sido objeto.

El viejo sentido permanece vivo en el sentir de muchos proscritos. No se les ocurrirá decirse que la marchitez que agosta todo aquello que ahora les rodea quizás no sea sino el reflejo de su propia aflicción. Creerán más bien en una fuerza destructiva única capaz de asolar todo a la vez, al hombre y al lugar. Exiliado está el hombre y exiliada está la tierra. El que lo vive y los lugares donde lo vive constituyen, juntos, el exilio que puede verse como una medalla cuyo anverso sería el hombre y cuyo reverso sería este mundo en el que ahora existe. «El exilio es el país severo: todo está allí por el suelo, demolido y abatido», escribía Víctor Hugo, con palabras que recuerdan las que utiliza Cervantes para describir la desolación de un paisaje que, lejos de España, una desafortunada guerra arruinó: torres y campos donde todo se ha revuelto, tumbado, arrasado. De una tierra derribada, de tierra caída a tierra llega a hablar Cervantes:

De entre esta tierra estéril, derribada
Destos terrones por el suelo echados…

Quien en su obra se expresa así es un soldado que, habiendo sobrevivido a la caída del fuerte de La Goleta, en Túnez, tomada por los turcos, pasa a ser esclavo de éstos. Al cabo de sus fuerzas, sobre esta tierra a su vez agotada, gastada y desgastada se pone en marcha hacia el Dios-sabe-dónde de los deportados.

Hablando del Alighieri, Merejkovski, exiliado también, escribía: «En esta época» (aquella de la expulsión de Florencia), «Dante probablemente comprendió que la pena del exilio es pena de desnudez: por un tiempo de helada horrorosa, se echa a los hombres desnudos sobre la tierra desnuda».

Lejos de las guerras y de los guerreros cautivos, lejos de güelfos y gibelinos, vemos como los enamorados alejados de sus bellas nos dicen que, para ellos igualmente, la ausencia es un exilio que “exila” el lugar donde la ausencia transcurre: lo ensombrece, torna frío, estéril y triste. «Como un invierno ha sido mi ausencia», dice Shakespeare a la mujer que ama en un soneto en el cual explica:

¡Qué heladas he sufrido, que oscuros días he visto!
¡La desnudez del viejo diciembre por todas partes!
Y sin embargo este tiempo extraño era verano.

«Todo es aquí tedioso y frío. Estoy helándome bajo los cielos del Sur», escribía por su lado Pushkin desde Odessa, que no le estaba permitido abandonar, en carta a un amigo moscovita.

Thomas Mann, exiliado también, señalaba que la palabra inglesa alien, extranjero, se relaciona con la alemana Elend, miseria: hacía notar que tienen el mismo Origen y recordaba que «Elend ha significado en otros tiempos tierra extranjera». ¿Y estar en la miseria qué será sino ser un miserable, sufrir agobio, fatiga, tormento? Mutilación a veces.

Uno de los méritos de Horacio Quiroga será el haber puesto de manifiesto más claramente que otros autores que, en verdad, exilio es tierra destructiva. Quiroga al referirse en Los desterrados a ciertos personajes que había encontrado en Misiones, gente inverosímil que se empecinaba por razones más inverosímiles todavía a permanecer en la selvática región argentina, nos presenta a un ciudadano flamenco tuerto, sin orejas y casi sin dedos que se hacía llamar Lo-que-queda-de Van-Houten.

Años atrás y en otro marco, también desfigurado presentaba Balzac al coronel Chabert, ese muerto-vivo de La comedia humana que, lejos de Francia, se tropieza con un antiguo compañero de armas. ¡Cuánto trabajo les costó reconocerse uno al otro! «Formábamos la más bella pareja de desastrados que jamás haya visto», exclama al recordarlo, y añade: «Éramos dos curiosos desechos». Y una vez repatriado trabajo —inútil— le costó al coronel, a quien se tenía por muerto, recuperar su identidad de esposo y ciudadano: seguía siendo un desecho, embarazoso desecho.

Mucho hemos hablado de Hugo: tristemente debemos ahora mencionar a su hija Adela que abandonó Guernesey para seguir la ilusión de un amor en otro exilio, América, donde sus huellas se perdieron. Cuando después de muchos años se encontró finalmente a la fugitive, una revista americana da cuenta de su reaparición, de la locura que le aflige y califica a la «solitaria y desolada» Adela de «pobre escombro».

Si regresando ahora a lo que sería la primera y común experiencia del destierro, el nacimiento, recordamos lo que en el primer capítulo nos daba a notar el propio Hipócrates y siglos más tarde Groddeck con aquella lombriz maltrecha que la madre alcanzaba a «expulsar» (y éste es precisamente el término que usan los obstetras), la afinidad entre desterrado y malogrado queda aún más de manifiesto.

Exilio, exilias y otros peregrinos más

No debemos concluir este capítulo sin añadir algo acerca de la variedad de usos a que se ha destinado la palabra exilio. Tiene un femenino, Exilia, nombre de mujer y como tal usado-por lo menos en Venezuela. También ha participado en la formación de apellidos: el autor de Manon Lescaut es el Padre Antoine Francois Prévost d’Exiles, y no todos los lectores lo saben ya que —ignoramos la razón— son muchos los manuales en los cuales se le permite escuetamente asomar en tanto que Abbé Prévost; en la corte que mantenía en Roma la reina Cristina de Suecia después de su abdicación, figuraba un Exilio o Essillio, que tuvo fama de envenenador. Es igualmente nombre de lugar: existe en Francia, en el departamento de Isére, un Saint Maurice-l’Exil del que sólo venimos a tener noticia al enterarnos que se construiría allí una central nuclear (y no fue sin desasosiego que vimos lo amedrentador de atómico juntarse en este pueblo con lo desolador de exilio).

Muy curioso nos parece que haya una especie de gasterópodos (los caracoles pertenecen a la clase) llamada Exilia per gracilis del género fósil Gasteropoda exilia, descrita en 1860 por T. A. Conrad. ¿Cómo fue a darse este nombre al extinto animal? Renunciamos a hacer conjeturas. El caso de invertebrado fósil demuestra que, puestos a dar nombres, las razones (o los caprichos) que guían a los naturalistas en la elección son difíciles al profano de penetrar, por lo que no nos atrevemos a decir si la palabra exilio se ha podido en otras ocasiones infiltrar en la nomenclatura de la zoología o la botánica. mineral.

Y así tenemos que el diccionario nos dice cómo, en su tercera acepción, se puede aplicar a nimales plantas, costumbres, etc. que proceden de un país extraño (María Moliner). El árbol extranjero de Louise Darios, al que nos referimos en el capítulo 2, ahora lo vemos, se llamó así en virtud diríamos de una licencia poética: aunque menos expresivo de lo que con su invención su autora quiso decir, el apelativo peregrino le hubiese convenido mejor desde el punto de vista gramatical.

Son por otra parte peregrinas las aves migratorias de tan sorprendentes vuelos. Y a propósito del adverbio que acabamos de usar, notemos que también se llama peregrino lo que causa sorpresa, lo inesperado u original. Y en verdad resulta «peregrina» la amplitud con que, volviendo al campo de lo humano, se usa la palabra peregrino. Se aplica a los que, justos o pecadores, van a lugares santos en peregrinación; se lo aplicó un traidor, como el Tirano Aguirre, y peregrinus fue título honroso que se dieron algunos de los emperadores romanos, aquéllos precisamente, según Ortega y Gasset, a los que se debe que el Imperio prolongara tanto su existencia”.

Con los numerosos, distintos, complementarios y hasta contradictorios significados de los términos exilio y peregrino, viene a reflejarse en el lenguaje todo lo complejo de las ideas que suscita y lo encontrado de los sentimientos que inspira la experiencia que queremos estudiar. Con modestia debemos proseguir: temerario sería pretender ser exhaustivo. Alguna lección confiamos sin embargo sacar del análisis de las vivencias de tiempo y espacio en el destierro.

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