literatura venezolana

de hoy y de siempre

Los días mayores (selección)

Orlando Chirinos

Cuando estés en tu reino

Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los mártires sublimes (…). La muchedumbre de los espectadores, animada de una crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje (…). Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme…

José A. Ramos Sucre. El cielo de esmalte

La madrugada quedó rebasada y diluida en lo oscuro del as-falto. Una rata fría y hambrienta fue mordiéndoles el cuerpo, y en especial, el lóbulo de las orejas y la punta de la nariz. Los levantaron en el medio del cuenco sin fondo de la noche. Las dos aeme. La voz venía batiendo sus nombres y el bastón de madera, contra los barrotes de la reja y la inmundicia de las paredes. Ordenaba despertarse, vestirse y recoger sus pertenencias, todo simultáneamente.

El capitán Sayago Espartero, Martín Ricardo acuchillaba el aire espeso y rancio del pasillo con los gritos agrios y ásperos de quien ha sido sacado del sueño de forma abrupta. ¡De pie, ponerse la mugre y agarrar sus jodas volando! ¡Vamos, malparidos, hijos de la puta madre del diablo! Encendieron los pocos bombillos y se oyeron voces, golpes cifrados en los muros, silbidos, pasos apresurados.

Por el medio del túnel de indeciso amarillo penumbra, avanzaban los dientes de oro, las patillas largas, el uniforme verde judía con tres estrellas plateadas en los hombros, la fi-lamentosa nariz de aleta de tiburón y los ojos oblicuos y rayados de Sayago. ¡Traslado, carajo! ¡Cuento tres y terminé, y se aparecen aquí las lacras de Arango Coello, Benítez y Santafé! ¡A mover ese culo, que no están en su casa, malditos cabrones!

¡Benítez, William – Santafé, Dimas – Arango Coello, Manuel Vicente! y en rebote vino: Quemao, Pan de azúcar, Catire. Las botas retumbaron en las oquedades del cemento, de improviso se detuvieron, y el silencio inmediato produjo una nata espesa que llenaba más la cabeza que los oídos.

Primero emergió, aturdido por el chorro de luz que mane-jaba el capitán, un moreno alto y corpulento, la mejilla izquierda recogida en las rugosidades de una antigua quemada, unas verrugas exageradas en la estrechez de la frente, ojos pequeños y escrutadores y las manos simiescas ocultando casi el minúsculo bolso de lona. Los guardias lo miraron con indiferencia y le indicaron con gestos que se colocara de frente a la pared, las manos detrás y las piernas con el compás bien abierto para esposarlo.

De la puerta contigua salió, más confundido aun que el anterior, un treintón magro, pálido y macilento, de barba escasa y orientada de manera arbitraria, con arrugas tempranas y una oreja incompleta. El dientes de oro sonrió con maldad, lo observó dando traspiés, encandilado por la linterna que le enfocaba con sevicia en los ojos y lo golpeó una vez por la espalda, con mediana fuerza, como si estuviese cumpliendo con una costumbre. Las garras atrás, Pan de azúcar espernáncate, saca el culo, tuberculoso, tira tu paquete en el suelo, decía el segundo al mando, a quien nombraban Chacón, un cuarentón de abdomen prominente y cabeza achatada en el occipucio, el rostro comido por una erosión sebosa de puntos purulentos.

Cuatro del grupo, con el oficial en la vanguardia, caminaban hacia el fondo y gritaban improperios, al tanto que se ensañaban al hacer ruido para trasnocharlos a todos. De la penúltima celda sacaron al tercero: un cincuentón de piel blanca, medianamente alto, muy delgado, el cabello casi rubio daba sobre los hombros, los ojos azul-grisáceos, la barba larga y bien llevada, se desplazaba con un aire de dignidad y reposo, a pesar de que Chacón y varios más lo agredían a patadas por los costados y el trasero. ¡Corre!, catire podrido, corre si no quieres que te reventemos aquí mismo. Metiéndolos en la camioneta volvieron a maltratar al de la barba: a empujones lo lanzaron contra el piso, y apenas cayó, el de tres estrellas le descargó una tanda de golpes con el bastón de madera y agregó una de insultos.

A través de la tupida red metálica del cajón trasero donde iban, entrevieron la fachada del penal como un gran manchón suspendido entre las luces altas de las torres vigías. Unas órdenes disparadas a última hora, siempre a gritos, la arrancada violenta del carro escolta abriendo la marcha, comandado por Espartero, y después, el que los llevaba a ellos, ya, sin esposas.

Sayago mordía la goma de mascar con excesiva fuerza. Intentaba dejar el cigarrillo y apelaba a sucedáneos inocuos. Lucía de mal humor… y lo estaba: este viaje había estropeado su fin de semana libre, el cual había planeado pasar con su novia, Mamita, en la playa, si lograba convencer al obstinado y desquiciado del padre de ella, y obviar en avión el cansancio de los centenares de kilómetros que tendría que recorrer hasta donde ella vivía, y ahora venían estos malditos cabrones a pudrirlo todo. Bueno, sería algo rutinario: entregarlos con su récord, recibir la hoja firmada y sellada y ¡a otra cosa, mariposa! Del trío, el que peor le caía era el Arango, un subversivo por herencia familiar. De nada organizaba una revuelta, un peo, y el individuo, nadie lo negaba, tenía sangre, se hacía querer por la gente, que lo seguía como hechizada. Siempre salían cuestiones de él en la prensa: declaraciones, poemas. Él conocía a esta clase de sujetos. Su pasantía por la dura escuela de la sierra, persiguiendo al último bandolero que quedaba por allí, le había servido de mucho. La mujer del carajo falleció casi comida por los gusanos, y el mediquito aquél, contestón y cegato, no lo dejaba a solas con la moribunda, para arrancarle el paradero del fugitivo.

Los dos restantes era lo mismo de siempre: asesinatos, violaciones, drogas y más violaciones, Benítez. Arrebatones, raterías, drogas menores, Santafé.

Regresaría y lograría unas dos semanas de licencia, por in-fluencias de su tío materno, el general de dos soles, Federico Guillermo Espartero Cazalobos.

Se detuvieron rápido en el punto de control situado antes de caer en la autopista que partía hacia el occidente: saludos marciales, curiosidad por saber quiénes eran los prisioneros, más saludos militares y… adiós.

El de cicatriz en la cara se pegaba a la trama de metal, tratan-do de captar los detalles de los lugares que atravesaban. El de la media oreja parecía dormitar, en tanto que el catire permanecía con los ojos abiertos, en actitud de meditación profunda.

Soplaba una brisa suave cuando efectuaron el primer alto para aprovisionarse de combustible, tomar un refrigerio, hacer aguas y estirar las piernas. Luego de hacerlo sus guardianes los fueron sacando de uno en uno, con dos custodias a cada costado, que incluso entraron con ellos al lavabo, ignorando el restaurant.

El barbado aspiró hondo a la vuelta del baño. Vio al cielo despejado de nubes y creyó percibir flotando en el aire una suspensión de puntos dorados. Pequeños grupos familiares se apeaban, bostezaban con gran ruido y, dándose discretamente con el codo, señalaban hacia él, que era conminado, esta vez sin empujones, a subir al transporte.

Cuando el sol maduró en firme, pudieron apreciar con mayor nitidez, desde su encierro, las zonas que cruzaban, interesándose en averiguar los detalles. Apareció un penacho grismorado a la diestra, un cañaveral lo rodeaba. Entre las extensas hileras de plantas de tallo estrecho y vainas de verde mohoso, a la distancia, se veían caminos angostos trazados en una tierra rojiza, que confluían en un viejo ingenio. Kilómetros más allá se dibujó contra la limpidez del firmamento, el aviso de las procesadoras de harina y aceite. Por debajo de la vía estaba el cruce de caminos que conducían al sur, a la capital o al poniente, por la vieja carretera.

Al moreno se le ensancharon las pupilas cuando vio la población siguiente, tratando de localizar el barrio en el que había nacido, pero era inútil el esfuerzo, la ciudad había cambiado, con urbanizaciones recientes en los cuatro cuadrantes, edificios colosales, miles de árboles la guardaban como en un inconmensurable jardín.

De quién sabe qué prodigioso escondite, el de continente re- posado sacó y encendió un cigarrillo. Aspiró con placer y hondura, y fue soltando poco a poco el humo. Aspiró nuevamente y vio de reojo la expresión de ansiedad del cara quemada, quien seguía con mucha tensión los movimientos de la mano que asía el cilindro con tabaco quemado. Consumida la mitad, lo alargó al de tez clorótica. Éste dio unas largas chupadas y lo traspasó al moreno.

Los tres se viraron hacia afuera, cuando sintieron que la velocidad había disminuido de modo ostensible. Estaban atrapa- dos en una de las larguísimas filas de coches, recalentados y con las fauces abiertas muchos de ellos. Oyeron la voz estentórea del guardia que intentaba, casi infructuosamente, abrir paso en el zipizape del postmeridiem quebrantado por el bochorno. Las construcciones aledañas: medianas factorías y fondas abarrotadas de obreros con bragas azules, aparecían de forma intermitente en la inseguridad de la ignición solar de la hora.

El custodia gritaba y en ocasiones conseguía breves claros en el desorden imperante, hasta que el nudo de metal se trabó definitivamente. El ambiente allí dentro se tornó insoportable. El aire era una sola baba plomiza, espesa, que se colaba por el más insignificante de los orificios. El de la cicatriz arrugada dijo mierda, nos quieren asar como conejos, y buscó los ojos de los dos compañeros, esperando una respuesta, que fue el silencio inmutable de Arango y algo así como un gruñido, de parte del otro. De inmediato se despojó de la camisa, con la cual se secó el sudor y abanicó. ¡Qué hembra, qué tipa!… esa pelo amarillo del deportivo rojo, comentó con prolongados chasquidos acuosos y absorbiendo pequeñas porciones de aire entre los dientes. Miró, por enésima vez, la cerradura, la doble llave, el candado adicional, musitó con una rabia silbada piojos, chupasangre, vamos a ver cómo salimos de esta vaina, y de nuevo dedicó una atención embelesada a la dama que permanecía de pie y afuera del auto, con un brazo apoyado en la puerta del mismo.

Santafé dijo huele a naranja, huele mucho a naranja, con la imaginación volando rasante sobre las plantaciones proverbiales del valle donde estaban, justo cuando lo sobresaltó el uniforme verde judía y el tono nasal de Espartero, quien trataba de captar algo a través de la tela metálica y el resplandor del exterior. ¡Vámonos, me dejan la conversación, silencio absoluto, malparidos!

El de ojos azuligris pareció no escucharlo, aunque el cam- bio de dirección de su mirada denotaba lo contrario. Avanzaron unos metros más, y también la mujer. El forzudo se había vuelto casi de espaldas hacia ellos. Manipulaba de manera extraña en los bajos de su pantalón, como si pretendiera sacar un arma muy escondida. Luego lo vieron escupir copiosamente sobre su mano, sin que perdiera de vista a la joven de vestido carmesí y pañuelo negro al cuello. Movía acompasadamente el brazo, murmullaba, se quejaba, y un brusco desplazamiento se los mostró aferrado, en un éxtasis de ojos en blanco, al bulbo aciruelado y de mayúsculo volumen, mientras con la otra mano trataba de introducirse una tetilla entre los dientes y la lengua.

El media oreja se quedó contemplándolo con fijeza, cuando el verrugoso se limpió el rastro húmedo con su propia camisa, guardó el apéndice fláccido y le preguntó que si le importaba algo. Santafé volteó hacia el lado contrario, guardando silencio y oyó cómo, tuteándolo, se justificaba con Arango Coello, diciendo que la muchacha era una superhembra.

¡Al fin se desató el lazo! De pronto la cosa fluyó plácidamente. La cercanía del distribuidor contribuía con la solución del embotellamiento. Apuntaron al oeste y por ahí siguieron.

Largo rato después, por el medio de cuestas menores, a orillas de abigarradas plantaciones de cítricos, pasados los silos para el maíz, la represa de aguas verdolecinas y los quioscos donde vendían frutas, granos y legumbres, comenzó a desfilar una fresca ciudad a sus costados. El conductor se apoyaba en su pericia y en el agudo pito del carro con emblema militar.

El obelisco, dijo, con una dignísima lentitud de santidad y de firmeza, más para sí mismo que para los compañeros de viaje, el cincuentón. Los dos saltaron en sus asientos, maravillados por las únicas palabras que en el transcurso del día había pronunciado el rubio con porte de profeta. Sí, eso era, pensó el de faz cerosa: el tipo tenía un no sé qué, un parecido con una vieja estampa religiosa que alguna vez le había regalado su madre, en una de las visitas. A él le inspiraba respeto, por eso lo trataba de usted. El Quemao, no: ése era un bicho, una rata, y de las peores, una alimaña a quien era saludable tener siempre de frente.

Rodaban por tierras planas. A la izquierda, y en lontananza, las montañas se convertían en racimos índigo, con esporádicas motas blancas. Bastante después de esa cordillera, dijo Arango, había nacido él, veinte casas, una sola familia con diferentes apellidos, un pueblo levantisco y montaraz, con un clima muy frío. El de las manos de orangután lo miró con aprensión y pensó que el catire hablaba demasiado enredado algunas veces.

Más acá de los cerros, en una escala mayor, brotaba el sal- to súbito de una casa, otra, una de más grandes dimensiones, o más modesta, pero siempre con amplios y largos corredores, construidas de una materia ocre y yerbosa, rodeadas de largos sembradíos, de los que escapaba un penetrante olor a cebolla y ajo.

De a poco se fue imponiendo un paisaje semidesértico, plantas con un tallo gordo y acanalado, erizado de espinas, y si la fortuna lo favorecía, con unas brillantes redondeces anaranjadas o vino tinto. Junto a eso: árboles medianos, de tronco recrecido y corteza con varias capas desconchadas.

—Hay sol para rato, mi capitán —oyeron que decía el de cutis aviruelado, en la puerta del bar pintado con escándalo, donde entraron todos menos los dos soldaditos con aires de bisoños, a los que encargaron de la vigilancia. El negocio re- saltaba desde la lejanía, como una vejiga solitaria en el medio de la llanura color cuero reseco. Al lado, debajo de un cobertizo con enredadera en el techo, un vehículo rústico guardaba varios aperos de labranza y unos perros gruñían y amenazaban con los colmillos afuera.

—Tendremos que “refrescarnos” —dijo el patilludo, antes de poner dentro el primer pie, y tan pronto lo hizo, lo recibieron como un viejo conocido, se escucharon voces y grititos femeninos, una música a medio volumen y arrastrar de sillas sobre el piso.

Sayago pasó revista al escenario: Polifemo, un hombrón de piel atezada, con un ojo dañado, de labios amoratados y gruesos, especialmente el inferior, descolgado, y quien permanecía congelado como una estatua, recostado en un ángulo de la barra; cuatro mujeres jugando a las cartas, vestidas con pantalones cortos, franelones o paños enrollados a la altura de los senos; tres más, sentadas en las piernas de sendos hombres, mal encarados, trajeados con descuido o la apariencia de tener varios días sin mudarse la ropa ni rasurarse, y signos de estar bastante achispados por el alcohol; una mariquita de cabello teñido de color oro barato, sandalias, blusa entreabierta amarrada a la cintura, las mamas silicónicas casi al aire y quien se limaba las uñas con displicencia hasta ellos llegaron y los recibió con un respingo sobreactuado, de mano en el pecho.

La música y las conversaciones subieron de tono. Hasta ellos recalaban los ruidos de las botellas, el cantar desafinado del cara podrida, los golpes secos contra las mesas y las paredes. Cada cierto tiempo salía alguno con cerveza para los dos centinelas, que ahora intercambiaban cigarrillos y palmadas en la espalda y cargaban los fusiles de cualquier manera, en especial el más oscuro.

La mayoría se despojó del chaquetón, la guerrera y el armamento, y los ubicaban por allí, en cualquier parte. Ellas se ponían las gorras y payaseaban, imitando poses, saludos y andar militares. La más atrevida del grupo, retaca, achinada y de flequillo, tomó la pistola del segundo, se la introdujo entre la ropa interior y lo desafiaba para que se la quitase.

Cuando el capitán ordenó que los buscasen y los condujesen esposados ante su presencia, la borrachera, con excepción del gorila que servía los tragos, era colectiva. Los hincaban con la bayoneta, apremiándolos y pateándolos. Les arrancaban la ropa a tirones, en medio de escupitajos y blasfemias. Instigados por el oficial, se cebaban con Arango, al que habían acostado en el piso, de cara al techo, para que la gorda de brazos vellosos lo cabalgase desnuda, manteniendo su sexo ajustado a la boca del prisionero.

Aumentaron el volumen del aparato musical y de los gritos. Una vitalidad enfebrecida remarcaba sus gestos y ademanes, abrillantaba sus miradas, tensaba su piel, los hacía ir y volver sin sentido por el lugar. Brindaban y fornicaban en cualquier rincón. Sólo el cantinero, hurgándose los dientes con las uñas, entre los pedidos, seguía las escenas en silencio.

En pleno fragor hizo su aparición un sujeto bajito, de facciones semitas, al que llamaban Cireneo: sudoroso y tocado con un sombrero sucio y raído. Puso a un lado un tronco demasiado largo y grueso, desproporcionado con sus fuerzas y contextura, y se acodó en la barra ensimismado en su vaso, como si fuera la cosa más importante en el planeta.

Los cautivos tenían desgarraduras en la piel, hechas con una especie de tridente oxidado, Arango en especial, al que le colocaron sobre su desnudez un vestido morado, roto y mugriento, a manera de túnica, instándole a que recitara algo, a que llamara a su jefe para que lo salvara, a que se tomara la copa con orina que le ofrecían, para tirársela luego sobre los ojos. Los hicieron formar en la punta de la fila, seguidos por la turba, agarrados todos uno del otro, a la altura del cinturón.

Benítez protestó porque alguien lo tocó por detrás, entonces el tres estrellas le hizo una seña al mastodonte que atendía el bar, quien, con mucha parsimonia y el labio incluso más caído, se bajó los pantalones a media pierna y, no sin dificultad, logró someterlo, poniéndolo boca abajo, y empezó a penetrarlo con lentitud, pero con gran vigor en cada acometida, mordiéndolo en la nuca, preguntándole que si le gustaba y animándolo para que le dijera palabras “bonitas”.

El catire sangraba por la nariz y tenía el rostro destrozado a golpes, pero no había perdido la apostura ni el señorío, lo que irritaba enormemente al oficial. Éste, fuera de sí, ordenó que le montaran el leño gigantesco en las espaldas y lo hicieran desplazarse por el salón. Caía y era obligado a ponerse de pie y continuar en el suplicio. Cuando ya no pudo más, Cireneo tomó y cargó el madero.

No cabía más desbordamiento. Los fueron cercando contra el fondo de madera barnizada, descascarada a trechos, sobre la que había sido la tarima de espectáculos, dando alaridos y chillidos, dejándolos apenas en ropa interior. Dos del trío con apariencia de labriegos y aire de malas pulgas, sujetaron a Dimas por los brazos y las piernas. El tercero, con las facciones de puerco encendidas y la mirada extraviada, se inclinó sobre él y extrayendo una cuchilla corta pero bastante ancha, le cercenó de un solo tajo los genitales, que lanzó como un galardón sobre la del flequillo, quien jugueteó un poco con el colgajo que iba dejando goterones y manchas, y tras fastidiarse lo lanzó por la ventana a los perros, mientras Santafé se iba en gritos, sangre e inútiles imploraciones de clemencia.

El capitán Sayago Espartero, Martín Ricardo tomó cuello al rubio de barba y escupiéndole el rostro le espetó que si sabía tanto y tanto por qué no se salvaba a sí mismo. De improviso, cegado por una rabia acumulada y sin límites, lo empujó contra la pared, le hizo abrir los brazos en cruz y le hundió la bayoneta en la mano diestra, en la siniestra, en el pecho, en los costados y se plantó como una bestia satisfecha, viendo caer con suavidad al ojiazul debajo de esa sombra que le velaba el brillo de la mirada, y en ésta recogía por segunda vez esa materia informe y dorada que navegaba en las alturas. Desháganse de ésos también —indicó el superior, minutos antes de que una repentina oscuridad, unida a una lluvia fuera de temporada y reforzada con truenos, relámpagos y centellas, se los tragara junto con la llanura por completo.

Los días mayores

Mamá empezó muy temprano con el dale-que-dale por lo del viaje a la playa. Ella bajó de su cuarto, dispuesta a tomar algo liviano (un jugo de toronjas, una tostada de pan con mermelada light) y ya mami estaba instalada en uno de los merenderos del jardín, ataviada como si fuera para una de sus galas benéficas.

—Las costumbres son las costumbres, Cuqui, y hay que respetarlas. Nadie se puede dar el lujo de hacer lo que le dé la gana y de no honrar las tradiciones o creencias, sin que reciba luego su merecido castigo. ¿Tú crees que la Semana Santa es tontería, ah? ¿Tú crees que eso lo inventó un cualquiera, un pelagatos, un ignorante? ¿Tú crees que eso tiene tres días, ah? Nooo, Cuqui, estás equivocada, hija…

A los pocos minutos apareció el jefe, papá, de bermudas y franela blancas, sonriente, con su eterna cara de triunfador absoluto, Besó una de las mejillas de la zarina y dijo buenos días, veo que la gresca comenzó temprano en los predios del imperio, sirviéndose una taza del negrísimo café con el que abre la mañana, y prosiguió con yo creo, Gertrudis, que Cuqui ya está lo bastante grandecita para diferenciar con exactitud lo que es malo de lo que es bueno, lo que es conveniente de lo que no lo es (¡Bravo por el viejo!).

Ella hizo algo así como una seña apenas, un desdeñoso movimiento de la mano, y una de las morenitas de la servidumbre le trajo en volandas su plato de lechosa en trocitos, junto con cereal y leche descremada. Entre una cucharada y otra observó con gran detenimiento sus piernas de concurso, bien proporcionadas, sus muslos carnosos, de rubias vellosidades y dijo en su interior que no estaba mal, no señor, nada mal. Si se trataba de estar algo, era apetecible lo que estaba, como repetía, en la más pequeña oportunidad que le otorgaba, el buena gente de Aarón Álvarez, sobre todo porque admiraba, y a la manera “patria o muerte” (de su léxico de antiguo comunista clase media) a Vargas Llosa, por su posición política y las genialidades (su opinión, no la de ella) que escribía. En cambio, ella… ¡ay!, ella lo detestaba hasta la médula: su escritura le parecía un bodrio y sus criterios políticos una aberración. Si acaso se salvaba algo en ese juicio tajante, eran la sonrisa y los dientes del peruano. Y chao.

–  Las cosas están ubicadas al revés: tú deberías ser la que amara a Varguitas, por tu linaje, reina, y yo el que lo aborrece, por mi ascendencia.

Claro, en casa no era bien visto “el mulatico gacetillero”, como dejaba escapar la vieja por una de las comisuras de los labios, en un susurro de llanta pinchada, frunciendo con afectación el ceño, elevando una ceja, arrugando su nariz “europea” (anotación del morenito gacetillero)) y levantando con aires de muchísima ofensa la punta de su barbilla aristocrática.

En cambio, con el colega del Aarón, con el papanatas, el sonso, el desabrido, el aburrido, el bueno para nada de Mauricio Kesselring, la emperatriz y el emperador se volvían unos caramelos derretidos.

– Kesselring… Kesselring, sin duda es usted de origen alemán, ¿no? ¿Familia acaso del mariscal Albert Kesselring, de la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial? – le dijo papá al estrecharle la mano con gran vigor y batiéndola varias veces de arriba hacia abajo, el martes que Álvarez lo llevó y lo presentó como la nueva adquisición del diario

Mami lo adoraba, quizá sólo faltaba el cerillo para encenderle una vela en el altar que le tenía. ¡Ay!, una delicadeza de joven: educado, sensato, instruido, viajado, reposado y además ¡noble!, sí, noble de genuina estirpe, pues, sus apellidos eran Kesselring Villacerrada, ¿el primogénito de la Marquesa de Villacerrada, ligada a la nobleza aragonesa, había dicho? ¡Dios!, creía que tocaba el cielo con los dedos. ¿Qué dirían sus amigas si este agraciado, inteligente y simpático muchachote entrase… en la familia, eh? Un hormigueo profundo, un mareo dulzón la poseía desde los pies hasta el último cabello.

¿Y por qué se había empleado en El Orbe, no sabía acaso él que ese «periodicucho» tenía harta mala fama, por haber sido su fallecido dueño un comunista notorio? Si hasta detenido había estado por sus actividades conspirativas (en una invasión planificada desde una isla caribeña participó) contra regímenes anteriores y, por si fuese poco, se comentaba en público que era el infeliz autor de unos versos blasfemos, ignominiosos, inmundos, asquerosos que trataban de poner en entredicho la santidad de buena parte de las mujeres y varones ilustres de la Iglesia.

Había que ver la cara que el mozo mostraba y el color granate que arrebolaba su tez, y trataba de explicarle a Gertrudis que estudiar periodismo no había sido un capricho de hijito de mamá, sino que ése era un asunto de sangre, de vocación y que sus padres habían comprendido y aceptado esto, tras innumerables conversaciones y discusiones.

A ella le parecía un cuento lo de la Marquesa y demás pamplinas, un ridículo cuento de caminos. Que Trudis se lo engullera íntegro, pero ella no. Y no sólo eso, sino que el tipejo, con aquellas gafas tan gruesas, extravagantes, gigantescas, con su sempiterna corbata rojo sangre, con un maletín que jamás abría en público, le causaba la inevitable sensación de doble fondo, de cosa soterrada. Era como si su delicadeza fuese aparente y el disfraz escondiese a un sujeto rudo.

Miró por cuarta o quinta vez su reloj: las diez y cuarenta y cinco bufidos de rabia y el Juancho nada que aparecía. ¿Sería que pensaba seriamente en plantarla, para desquitarse lo de la noche del viernes? Ni se le fuera a ocurrir porque era capaz de matarlo. No deseaba pensar en el coraje que le iba a causar el deshacer los preparativos para el viaje a la playa del club, en sacar y guardar el traje de baño, las sandalias, las cremas y lociones, las novelas, los lentes oscuros, las revistas… ¡Lo asesinaba y lo convertía en salchicha! ¡Ay! Juancho.

El reloj y veinte minutos más de una ira de vapor caliente en las orejas. Se tocó el bolsillo diestro, sacó y desdobló la carta de Martita y leyó a saltos, pensando en lo infortunada que era su amiga del alma, su querida ex compañera del colegio religioso en donde habían cursado ambas. ¿Cómo era posible que Marta y su familia hubiesen quedado en la ruina total que le contaba? Y agregar lo de la vejez infame del padre, con sus achaques atrabiliarios y sus malcriadeces de anciano soberbio. Un hijo de su madre era lo que él era. Pero… ¿y si le enviaba el suficiente dinero para que se trasladase hasta acá, hasta la capital? Se reencontrarían y conversarían y quizá papá la pusiese en un buen cargo dentro de una de sus empresas.

A las doce y veintiocho, tres llamadas suyas por el celular al de Juan-Juancho Espartero Churruca y Elorza, grabación de por medio, se apareció el muy degenerado y se montó encima del capó delantero de su auto deportivo, azul metalizado, batiendo su melena rubia, gritando el nombre de ella y disculpándose porque tuvo que llevar a su padre, el general Federico Guillermo Espartero Cazalobos, junto con la cacatúa Churruca y Elorza, hasta la iglesia más cercana, a los oficios de Jueves Santo, porque Martínez, el chofer, yacía en la cama con rubeola. Bueno, a volar, y eso fue tirando la valija en el coche y despidiéndose de papi y mamim y la zarina con el ruqui-ruqui de Cuqui, hoy es Jueves Santo, estamos en la Semana Mayor, y ese asunto de la abstinencia y detenerse en la salida del garaje para que le atiborraran los oídos por enésima vez con lo del pecado y el extravío de la juventud y los terribles castigos que sobrevendrían a los habitantes de estas modernas Sodomas y Gomorras, por no practicar una vida de acuerdo con los Diez Mandamientos y sí, mamita, porque estábamos contemplando los días finales, sí, mamita, estábamos a las puertas del Apocalipsis, sí, mamita, no tardaría en hacerse figura humana el Anticristo (si acaso no andaba ya entre ellos), de acuerdo mami, que regresasen temprano, ajá, que no se bañaran en las aguas del Queen Club, ni en ninguna otra, está bien, que se asoleasen nada más, ajá, que vigilase para que Juancho no corriese demasiado en el diablo azul que manejaba, está bien, cero bebidas, cero carne, alerta con la autopista, las vecindades de los túneles, porque allí se apostaban bandas de asaltantes a pillar incautos o desprevenidos, sí… si… sí, señora. Y chao.

Se montaron por la autopista norte, la que bordeaba el cerro, vieron la marejada de personas que en una larga fila esperaban su turno para ascender en el teleférico al hotel, cuya mole grisácea era apenas visible en la vaporosidad de las nubes. Ella volvió a leer fragmentos de la misiva de Marta y le dijo a Juan-Juancho que la amiga de la infancia, de la que siempre hablaba, era muy desgraciada, que le propondría al Führer para traérsela y que estudiara o trabajara, o ambas cosas simultáneamente.

El peliamarillo le sobó la pierna, la pellizcó con suavidad en el ombligo al aire y tiró de un puñito con vellos ¡ay! Y esa Martita, ¿era bella, estaba rica-rica? Le contestó que no fuera necio, casi de forma automática, pues allá estaba el filamento donde se unían la tierra y el agua. Del lado interior: una película en la que reverberaba con destellos blancos, dorados y azules, un sol maduro. Del lado de acá: puntos oscuros desplazándose con lentitud en la arena color mantecado, unos bultos más grandes (autos, seguro) y a la izquierda de ellos: el tejido cóncavo y metálico que era el radar girando en trescientos sesenta grados, montado sobre el edificio de ladrillos rojos del aeropuerto. Juan agregó una sonsera más, pero ella estaba poseída ya por el ahogo expectante que la inundaba cuando se enfrentaba a la masa viva, móvil y varonil del mar.

Era eso: una tibia humedad en su región más íntima, una insuficiencia de aire, una opresión en el pecho, una respiración agitada, un ensanchamiento de la nariz, abrir mucho los ojos, tratando de abarcar más con la mirada, fijar la vista en el cuenco acuoso, quedarse extasiada, hipnotizada, desconectada de la realidad mediata e inmediata, sin atender a la velocidad mareante que imprimía Juancho al coche, ni a las ofertas que voceaban los fruteros en la plaza, ni a los turistas que desembarcaban en la terminal marítima, ni a la pareja de perros que se habían trabado al final de la cópula.

—…que aterrices, ya llegamos —le gritó su acompañante, metiéndosele por el oído. Y, en efecto, ahí estaban las instalaciones del Queen, sus dos sectores claramente diferenciados:

la construcción primigenia, de tonos suaves, salones con grandes dimensiones, en donde predominaban las líneas rectas (así era el gusto de los viejos) y las áreas modernas, diseñadas por los hijos y nietos de los socios fundadores: espacios más pequeños, íntimos, bastantes líneas curvas, exteriores en colores fuertes. Eran muy visibles las diferencias de gusto… y de edad.

En el restaurant, donde él se dio un atracón de mariscos y pescado, apagaron los teléfonos para evitar las interferencias. y evadieron la compañía y conversación de los amigos y cocidos que pretendieron hacer grupo junto con ellos, apenas un corto saludo y chao.

Se echaron sobre las sillas, con la piel mutuamente locionada, al principio sin sombrilla, pero después el sol despellejaba, y entonces se guarecieron bajo la lona gruesa. Ella se sacó el tono caramelo de los entes y se adentró en la lectura de Pan. Knut Hamsum la enamoraba. Se lo imaginaba como el mismo dios griego: un sátiro en los sesenta, de luenga barba cana, con cierto parecido con Hemingway. ¿Tendría o conseguirle Aarón una fotografía del noruego?

Juancico se colocó los walkman y se mudó con gran entusiasmo para las vecindades de Fito Páez (toma, oye esto), ese Bob Marley (desmáyate, chica), para las asperezas de Janis Joplin (la locura, coñita), hasta que le dijo basta, o me dejas leer o nos damos un chapuzón. El chapuzón.

Eligieron la parte solitaria del balneario. Se lanzaron a la cuenta de tres y agotaron los aproximados trescientos metros que los separaban de la plataforma de madera en el medio del mar. La respiración agitada, pero dentro de lo normal.

Se tendieron boca abajo, a dejar que el tiempo transcuriera dulcemente. Veían la boya oscilando al impulso de las olas, los distintos pájaros que picoteaban en busca de peces, y de improviso se sintió calada de nuevo por el estremecimiento húmedo de siempre, avivado por las manos de Juancho ungúentándole la espalda, la nuca, los hombros, los brazos, hablándole quedito, mi perrita, volviéndola de cara al cielo, mi bella, introduciéndole el pulgar, apenas la punta del dedo, en los labios, mi perrita ardiente, ahora el dedo completo, para que se lo chupara con lentitud, el dedo íntegro, hasta la raíz, para que lo saboreara, aquel bulbo rosado, de pulpa y parte córnea, restregándoselo por la rugosidad del paladar, debajo de la granulosidad de la lengua, desvistiéndola, desvistiéndose, ella abriendo las piernas, pero él la colocaba otra vez de espaldas hacia arriba, y vaciaba el frasco protector sobre su abultamiento carnálico y trataba de tranquilizarla. Que no le iba a doler nada. Pero ella se resistía porque nunca lo había hecho por allí, Juan. Tranquila. No le iba a agradar. Calma. Que lo hicieran como acostumbraban. Tenía que relajarse. Por la vía natural. Que lo complaciera, por favorcito. Una quemadura, un desgarramiento, algo que se hacía añicos dentro de ella.

Se precipitarn en el agua, él adherido con enormes ventosas a su dorso empecado. De espaldas a él, ella se aferró a la tabla para resistir los repetidos y vigorosos embates. Él jadeaba en sus orejas y la mordía en el cuello y la cabeza y le gritó que no se moviera porque el planeta se le estaba viniendo encima.

Permanecieron unos minutos en silencio. Un ave atrevida, al lanzarse en picada contra el mar, los salpicó y volvió a levantar vuelo. Lo llamó por su nombre y recibió un chorro espeso de comida mal digerida, sobre el cuerpo. Juancho convulsionaba trabado a ella. Volteó cuanto pudo y le vio la desesperación en la abertura desmesurada de las pupilas, en la babaza blanquecina que se le descolgaba en el pecho.

Trató de soltarse pero se sintió atrapada en el cepo, con lo que él la había penetrado. Era como si el miembro hubiese crecido desproporcionadamente o como si se hubiese formado un nudo, algo así.

Intentó virar y empujarlo, pero él la apretó con el último aliento y ahora se hundían sin esperanza hacia el fondo, se hundían, bajaban hacia el lecho oscuro, de donde luego serían rescatados Y después sepultados como un solo cuerpo, una sola cosa con Incrustaciones de erizos, conchas, piedras.

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