literatura venezolana

de hoy y de siempre

Los alegres desahuciados (capítulo I)

Andrés Mariño Palacio

Moría ya la última nota de la exquisita sinfonía cuando Vivián se levantó y caminó con manifiesto desgano hacia la ventana. Abajo se veían los techos rojos y acerados de las casas vecinas. Era risueño —cómicamente risueño, risueñamente cómico— admirar las prosaicas intimidades que la humanidad exhibía en la trastienda de sus hogares. Las te­rrazas de los hogares modernos son los sitios favoritos para que se refocilen de placer los gatos en las noches de amor, y para que las malas lenguas de los conocidos puedan decir que la ropa interior de sus vecinos es de la más ínfima y vulgar calidad.

La alta figura del joven se estuvo un momento enmarca­ da en el cuadro neblinoso de la ventana. Sus espaldas te­nían una maravillosa y fascinante armonía. Caían rectas y firmes las líneas desde el hombro y encajaban sutilmente en la fina cintura. Luego sus piernas, no eran acromegálicamente largas, como en la mayoría de la gente de elevada estatura, sino que gozaban de una particular simetría con respecto al torso. Como su caminar era manifiestamente elástico, de paso corto y firme, era gratísima y bella la estampa física que presentaba al ponerse en movimiento.

Para Vivián, la existencia no pasaba de ser una ridícu­la escena de una comedia escrita sin habilidad. A veces su recta nariz se mostraba desafiante e irónica, pero sabía cortar a tiempo sus arrebatos. En realidad, no valía la pena que desperdiciara tan raras condiciones humanas que po­seía — como tacto mundano, belleza personal, aguda inteligencia— en atacar y reprochar la multitud de vicios que han acosado, acosan y acosarán a la humanidad.

Retornó de nuevo al centro de la habitación. Un rayo de sol iluminó la seda roja de la piyama que vestía. Estaba bastante cansado, sumamente fatigado. Era de esos seres a quienes arrastra inevitablemente el placer. Envuelto en la ola formidable se hundía hasta sentirse ahíto y molido de crueles sensaciones. Ya que no era de los que libaban el goce con camal prudencia. No. Para su estirpe sensible, sería esto de una imprudencia y de un mal gusto único. No vale nada la eternidad, nada vale la condenación eter­na, al lado del placer que Vivián pudiera obtener en una o dos horas de su vida.

Si volviera a colocar el disco que hace poco escuchaba quizás se sintiera más vigoroso. Porque esta laxitud le anonadaba. No era que le desagradara, sino que le colo­caba en sutil inferioridad ante sus amigos. ¿Y cómo resis­tiría aquella mirada sombría y tétrica de (Abigaíl si no iba revestido de todo su valor personal? ¿O los finos y líricos excesos sentimentales de que a veces hacía alarde el musical y poético de Zoilo?

Colocó otra vez la aguja encima del disco y la música se dejó oír. Se tendió sobre el diván. Lanzó a un extremo de la habitación la pantufla derecha que le molestaba. Admiró un rato la contextura de su pie. ¡Extraño, maravi­lloso recuerdo! Ahora desfilaban por su imaginación las figuras más locas y desenfrenadas de su vida.

Ahora se explicaba aquellos sueños de hacía varios años — en la playa de Bahía Grande, Hotel Nacional— , cuando creía poseer a una estatua de mármol, sentía que la corriente sexual le llevaba entre sus manos agarrotadas, y cuando creía eyacular, en lugar de semen, sólo salía de su sexo una ráfaga de cenizas que el viento desparramaba y fijaba en el cielo nocturno convertidas en blancas y asustadas estrellas.

Atacado por una brusca tensión nerviosa dio una súbita vuelta por encima del diván y quitó el disco que ya entraba en su parte culminante. La sinfonía fue interrumpida, mutilada, como un niño a quien se da una bofetada cuando se dispone a besarnos dulcemente.

¡Qué exacto y matemático el recuerdo! Era una mujer alta, demasiado alta, con manos de nardo enlunado, que llegaba hasta su cuerpo desnudo de infante y tomaba su pie entre sus esbeltos dedos, y luego besaba dulcemente la planta…

Vivián se estremeció de goce ante el recuerdo. Sote­rradas y pudorosas sensaciones vinieron a su imaginación un poco calenturienta. Quiso borrar la imagen. Pero ya no podía, estaba allí. La mujer alta, de manos de nardo, llevaba su pie, su delicado talón, hacia un sitio íntimo de su cuerpo, y le besaba luego desenfrenadamente en el cuello. Aquí había un grito de alba delirante, y sonaba una música exac­tamente parecida a la de la sinfonía que hace poco tocaba.

¡Vulgaridades, estúpidos sueños eróticos! La alta figura de Vivián volvió a repasar la habitación. Después se apode­ró de una botella de ginebra que estaba sobre la mesa y bebió un poco, con afectado gesto de catador.

Esta tarde tenía que verse con el sombrío y fantasmagó­rico Abigail. Refinados temores caminaban por la columna vertebral de Vivián cuando las miradas oscuras — amenazadoramente oscuras— de Abigail se hundían en sus ojos. Era un hombre profundo. Una de esas naturalezas que parecen haber descifrado todos los misterios del cosmos y van por el mundo sembrando el terror en los que todavía son débiles y alucinados, ausentes de esa espantosa fortale­za de los que no tienen miedo a la oscuridad y osan desafiar las tinieblas de los pozos malditos y las pantanosas ema­naciones de las ciénagas copuladas del Bien y del Mal.

Así era Abigaíl: una sombra alta y erecta, con cejas encapotadas, mirada enorme, golosa y oscura, como desa­fiando a El Máximo ídolo, como demostrando con su atroz inhumanidad que era más humano, más integral que todos los místicos de la fornicación y fornicadores del misticismo en sus arrebatadas y alternativas oraciones a la lujuria y el espíritu.

Cuán distinto y dulce, en cambio, era Zoilo. Sus pupilas de profundas cuencas — como si viviera en una aromosa vigilia— querían comunicar positiva ternura a todos aque­llos a quienes concedía su trato. Su voz, arrastrada y lenta, como un gemido de piano en el alto anochecer, envolvía a las personas en una atmósfera de azules vaguedades. Cuando Vivián entraba en uno de esos períodos complejos y nervio­sos de la absoluta incomprensión ante la vida, buscaba con tenacidad la compañía fraternal de Zoilo. Era un hombre alejado por completo de la vida común y prosaica. En sus adormecidas pasiones no latían esos turbios expedientes que acosan a los demás seres humanos.

¿De qué vivía, cómo vivía, con quién vivía? ¿Quién podría saberlo? Siempre estaba parado distraídamente en alguna parte. Con su augusta pose de soñador. En su rostro, quedaban aún las imprecisas huellas de la adolescencia. Era un adolescente embalsamado. Quizás por eso había roto con las preocupaciones de la inquietud material y adoptado la divisa de los ángeles que aceptan como mo­neda nacional la gratitud y conmiseración celestes.

A los ojos de Vivián resultaba incomprensible la acti­tud de Zoilo. Y sin embargo, le agradaba y satisfacía esa actitud, le hacía bien. Mientras que Abigaíl era para su espíritu ultrasensible como la víbora gris que nos sale en el camino y pretende seducimos con sus alucinantes y dora­das pupilas. Qué nefasto y contraproducente resultaba el trato con este ensimismado que llevaba el odio y la mal­ dad en el simple gesto de la fofa y blanca mano que se levanta para indicar un movimiento o demostrar una frase inconclusa y abstracta.

Estaban todos tan lejanos, tan separados y distantes. Resultaba una tortura infinita para un alma que tiende a la comprensión y el mutuo entendimiento, que dos seres de originales facultades se entregaran a esconder sus legíti­mos rostros detrás de burdas y absurdas máscaras.

A veces le acometían a Vivián ansias desequilibradas de retorcerle la arremangada nariz al loco y vulgar de Abi­gaíl para averiguar si realmente era de carne y cartílagos como la de todo el mundo. Tenía la impresión de que el rostro de este hombre debía ser diferente. O muy feo o lúci­damente hermoso.

Quizás alguna vez hubo en su faz una sublime sereni­dad de estuario desdibujado. Pero a lo mejor había sido encadenado demasiado temprano, o alguna urraca de ver­ des intenciones se había colgado de sus hombros para darle este paso de halcón y esta mirada penumbrosa y tris­ te como la de esos sepultureros que entonan melancólicas romanzas a la vista del crepúsculo.

Sonó de pronto un golpe seco y rotundo en la puerta. Vivián salto nerviosamente. Pero se recuperó y una sonrisa pasó por su rostro. Debía ser Abigail que venía a buscarle según lo prometido.  Pero, ¿en realidad habían prometido verse en la tarde de hoy, o todo se debía al estado de somnolencia en que había pasado el día?

Aquí surgió un conflicto de dudas y vacilaciones en la mente de Vivián. Mientras tanto, en la puerta volvían a tocar repetidamente. ¿No podría ser un ladrón o un asaltante? ¿Y si su deseo de ver a Abigail era tan fuerte que le atraía como esos liquenes ancianos que buscan los riscos para aferrarse a ellos en sus últimas horas de vida?

Inquietud negra y vendavalesca cruzó por su frente. Sentóse en una silla de incómoda postura y colocó la fren­te entre las grandes manos. Ahora una turbia emoción, una penumbrosa sorpresa y curiosidad había en su pecho.

Tomó el robe de chambre y se lo puso con elegancia. Buscó luego su cepillo de plata y se arregló con minucio­sos movimientos la negra cabellera. Cata ésta en largas ondas sobre la nuca, y brillaba intensamente en las sienes finas y uniformes. Fue con paso firme hacia la puerta y abrió. Era el portero del edificio.

— Señor Vivián, que si desea comer en casa para man­darle a pedir la cena al restaurant. Ofrecen lotos macha­cados y un vino azucarado con esencias lumínicas. ¿Le gusta a usted la carta?

«Trata de ser poético este pobre diablo», pensó Vivián. «Pero su poesía es tan prosaica como su persona.»

Respondió con su gruesa y firme voz:

— No. Salgo pronto. Si sube por la escalera un joven con actitud de centauro crapuloso le dices que se apresu­re. Esta noche tengo un banquete de tritones y necesito mi frac de algas.

«¡Bravo Vivián! ¡Bravísimo! Eso sí ha quedado exce­lentemente bien. Pero has anonadado al pobre portero. Claro, tú tienes un talento singular. Eres un maravilloso predestinado. Pero no vayas a convertirte en presumido.» Eso, certeramente: no convertirte en presumido. Segu­ramente el atormentado Abigaíl no pasaba de ser un horrible presumido. Aunque no todos los que presumen tienen talento y genio, era innegable que el querido Abigaíl resultaba demoníacamente talentoso y satánicamente ge­ nial. Había que verle aquella tarde que persiguió por la avenida Central a la enorme ramera, de rostro de ídolo, que le subyugara con sus ojos verdes. Parecía un centauro cra­puloso. Las pupilas eran dos enormes aceitunas nadando en vinagre amarillo. La movible y movediza boca, de labios vibrantes, se contorsionaba en vulgares muecas. Era un ca­mello febriciento y desesperado cuando olfateaba a lo lejos el sexo de la hembra. Un rumor de maldiciones cruzaba por la avenida Central. Y Abigaíl perseguía a la ramera con su paso de militar. Tuvo Vivián que detenerle por la solapa y rogarle que se portara con más prudencia.

¡Qué terrible su reacción! La mirada que le dirigió era de hielo. Hosca y desdeñosa.

— ¡Eres un mameluco inverosímil! fue todo lo que le argüyó Y siguieron juntos por la misma avenida. Mien­tras, a lo lejos, la obscenidad de la enorme ramera dibujaba siluetas de fornicaciones en el aire.

Y otra acción terrible fue cuando lanzó por la borda de un puente al mendigo que solicitara de su bondad una sencilla limosna. Esa vez sí estuvo a punto Vivián de reaccionar vio­ lentamente contra Abigaíl. Porque éste, en potencia, era eso: un mendigo, un desesperado que masturbaba sus fractura­ dos sueños con el dolor terrible que causaba a la humanidad.

El cuerpo del mendigo chapoteó en la sucia agua del ria­chuelo. Luego se puso de pie, y con la mirada alta y brillan­ te invocó algo que se movía entre las nubes insomnes. Ya atardecía. Un crepúsculo lagrimeante cerníase sobre la ciu­dad. El mendigo desafiaba a la naturaleza, la misma ira divina, en la brutal condición humana del satánico Abigaíl.

La ternura que sofocaba en esos instantes a Vivián le llevó, no a consolar al mendigo, sino a tomar a Abigaíl del brazo. Colocó una de sus manos sobre sus hombros. Le empujó suavemente y se fueron caminando. Caminando. Mientras asomaba una estrella; mientras muchos niños pasaban jugueteando al lado de ellos. Después comieron ostras y bebieron mucha ginebra en la pensión en que vivía Abigaíl. Vivián retornó un poco asqueado a su apar­tamento. Una sensación vomitiva se agitaba en su alma, en su esófago afectivo, y náuseas abominables le impelían a cortar el divino cordón umbilical que aún le ataba a este mundo torpe y decadente.

A veces hacía un alto en su desbocada posición mun­dana y decía: ¡Soy esto!, simplemente: ¡esto! Vivián: alto, elegante, divertido, simpático, hermoso, blanco, de negra cabellera, con agudeza y sutileza en la conversación. Por dentro, sin embargo, en el fondo entrañable de mi ser, ¡cuán­ tas angustias y conflictos no existen! Para los ojos mundanos sólo vive el gentleman atildado y frívolo que en una noche liquida muchas botellas de champagne y de whisky, que es capaz de tomar un lujoso automóvil y llegarse a Bahía Grande con el amanecer para beber delirantemente, mien­tras chillan los pájaros en la fresca hondonada, grandes vasos de ginebra con agua de coco.

Eso soy yo: eso y nada más. Un traje exquisitamente cortado, de la mejor sastrería de la capital, un fino pañuelo, una lujosa corbata, una posición de dilettante y embriaga­do sentidor. Algunos me tildan de mediocre y afectado porque envidian, en realidad, mi rostro de efebo y mis con­diciones humanas que ellos nunca podrán poseer. Yo poseo el secreto de la vida. Para mí, la vida nunca es pintoresca, pero en el morral de mis ocultas y recónditas sensaciones hago la vida pintoresca, fa convierto en bella y fructifican­ te, soy capa/, con la vara taumaturga del placer, de hacer cambiar el rostro hierático y severo de una de esas diosas otoñales, en la máscara más apolínea y voluptuosa del mundo. ¡Los comerciantes, esos horribles mercaderes del alma, que van con su miseria a cuestas, con su atroz medio­ cridad e insipidez, incapaces de seducir a la mujer más prostituida y hundida en el vicio, mútilos de plasticidad mental para imaginar e inventar los goces más profundos y lascivos, esas horribles sensaciones que nos convierten en guiñapos y nos hacen cambiar la eternidad por un solo minuto de placer, cómo me odian y envidian con el más bajo de los odios y la más negra de las envidias! ¡Ah, qui­siera abrirles el vientre y dibujar en el corazón de sus entrañas la insignia maldita de la estolidez humana!

Pronto vendrá Abigail. Tiene que venir. Ésa es otra de sus dotes sobrenaturales. Está allí, precisamente allí, don­ de alguien desea que esté. Por eso subyuga a todo el mundo. Nadie puede resistirle.

Todo en él es repulsivo: sus ojos, enormes y negros, sus ojos que miran furtivamente, de medio lado, como querien­do atravesar al interlocutor, sus cejas encapotadas e intensas, su nariz, ganchuda, con las aletas vulgarmente arremanga­ das, la barbilla blanda y carnosa, como una lonja de tocino recubierta de piel, su voz seca y cortante, profunda a veces, pero nunca suave y melosa, nunca ensoñadora.

Sin embargo, le aman. Hay que amarle. Pese a su singu­lar antipatía. Pese a su desdén por todo el mundo. Y yo: Vivián, yo que me jacto a veces de comprensivo y solemne, marcho a su lado, horriblemente solo, porque nadie puede estar nunca con Abigaíl. Él siempre va solo: horriblemente solo. Y los que vamos con él también marchamos solos: horriblemente solos.

Ahora retornaba Vivián a la ventana. El aire vaporoso de la noche refrescaba su rostro. Abajo se veían los techos rojos y acerados de los hogares vecinos. Un hedor mixti­ficado y mixtificante salía de las casas.

Más allá, las luces de la ciudad lanzaban fluidificadas olas de hastío al firmamento. Había un gran cansancio en el cielo de la ciudad. No­ che que caía como la enorme ramera en el lecho de placer que la espera. Noche honda y profunda, abierta y cariñosa, como los bra­zos del amante pródigo que está dispuesto a todos los place­ res y a todas las sensaciones.

Vivián retomó hacia el gramófono y colocó la aguja encima del disco. La música volvió a sonar. Recostado sobre el diván, miraba una luz titilante que no existía en el cielo raso. El pie le molestaba un poco, quería desnudarlo, pero la inminencia del sensual recuerdo que vendría des­pués le retuvo. Y paralizó su gesto. Quedó como somnoliento. Pensando en Abigaíl. Una nube de humo cubrió su frente y se fue quedando lentamente dormido. La música le envolvía también. Era un efebo perseguido en el bosque umbrío por un centauro crapuloso. Corría con un montón de rojas fresas en las manos, y cuando ya sentía el aliento mortificante del centauro en su blanca nuca, se devolvía, y colocaba el puñado de fresas en la boca del monstruo, y entonces éste marchaba dócilmente a su lado, como si fuera un fox-terrier doméstico y empalagoso.

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