literatura venezolana

de hoy y de siempre

Litografía del Septenio

Mariano Picón Salas

Los sauces son los últimos húsares empenachados, de voltijeante copete, que custodian el valle por el límite Sur. El poeta ha de hablar de la “blanca torre, las azules lomas”. El Guaire todavía trae agua y nutre las más apacibles huertas. En sus hierbazales —según la litografía de Lessman— pastan burros, caballos y vacas de ordeño. También por su lindero sur y oriental la pequeña urbe termina en tejares y trapiches; huele a greda y a melaza. El Anauco mereció los honores de llamarse río y en sus frescas riberas puso a vagar don Fermín Toro las últimas ninfas afligidas del romanticismo. El Ávila, casi aplastando las casas de adobe y el románico de tosca albañilería de las iglesias, era el gran pecho robusto de la ciudad, su mayor proveedor de crepúsculos, color y granito; su vieja muralla, contra el mar y las costumbres demasiado audaces.

Quedaban todavía cubiertos de dura vegetación de ñaragatos los últimos conventos y las últimas casonas agrietadas por el terremoto, la guerra a muerte, setenta años de derroche vital y de desorden. De aquí saltaron de sus chinchorros o de los labrados lechos coloniales, la raza nervuda y febril de los libertadores. Quedaban las ruinas del convento de las Concepciones y de San Felipe Neri; la portadilla barroca, tratada con gracia y prolijidad de retablo, de la iglesia de San Francisco; las arcadas de la Plaza Mayor donde se puso precio a la cabeza de Miranda y se proclamó también el 19 de abril. Había una laguna —en esta ciudad que después será tan sedienta— llamada del “Espino”, que en los días de Guzmán será surcada por muy parisienses botecitos en los que aprenden a remar, cuidados por el ayo tuyero y por la sirviente martiniqueña los chicos de la más escogida “crema”. Con sombrero de paja, largo corbatón y pantalones bombachos jugarán también al aro y conocerán las primeras y horribles bicicletas de 1875. Por la calle de Mercaderes, bajo la muestra de los relojeros suizos, transitan doctores y generales de levita, sombrero de copa, lujoso bastón de monograma y negra barba envaselinada, que apenas se defienden de la canícula con sus pantalones de dril blanco. Las mujeres van apresadas en sus altos corsés, en las campanudas faldas donde flotan las cintas y los encajes, y parecen bellas, extrañas y a veces cómicas aves tropicales. Según la edad, esbeltez, forma del sombrero y del peinado, semejan desde la gallina doméstica hasta el paují, el tucán, la remita y el tucuso azul. Sobre el busto envarillado, donde el seno va a estallar junto al antepecho de terciopelo como bomba anarquista, Cuelga el áureo dije con el retratillo del bigotudo galán que se fue a * la guerra civil. Los nombres de las batallas parecen también nombres de valses; se llaman, por ejemplo, “Río Tocuyo” o “Flor amarilla”.

Los poetas —rizadas melenas y barbas que oscilan entre el romanticismo y la gramática neoclásica— a veces se reúnen a conversar y abren sus parasoles en la esquina del Museo en que Guzmán Blanco ordenó reunir “herbarios y conchas marinas, objetos raros, petrificaciones y concreciones, caprichos de la naturaleza, producciones de climas extraños y de los nuestros”. Alguna vez se abre un concurso óptimamente pagado sobre las “glorias del ilustre americano”, un paralelo histórico entre “Bolívar y Guzmán” o una oda “al poder de la idea”. Don Felipe Tejera —como nuevo Ercilla— está componiendo sus epopeyas interminables: la Colombíada y la Bolivíada, y del bolsillo de los hermanos Calcaño —nido de ruiseñores— salen discursos académicos, epitalamios, traducciones y cuentos exóticos que ocurren en las ciudades italianas del Renacimiento, en Estambul o en Venecia. De tiempo en tiempo llega de Maracaibo, con sus historias marinas, el trágico relato de la tripulación que se le enfermó de cólera y el gran chubasco en que comenzó a componer su balada de Santa Rosa, el bondadoso y hermoso gigante que se llama José Ramón Yepes. Dejó en el álbum de una caraqueña su aplaudida canción de La Ramilletera:

Ramilletera de estos alcores,

siempre vendiendo, llenos de cintas,

de cintas verdes, ramos de flores.

El mayor foro popular es el Mercado, junto a los soportales coloniales, que se demolerán para construir la Plaza Bolívar. Allí, una Caracas semi-rural de criadas y vendedores de pañolón o floreados pañuelos de la India; de borriquillos que traen las flores de Galipán; de yerbateros prodigiosos, de santeros que venden con las oraciones canónicas las del Justo Juez, la de Santa Marta y la del Anima Sola; de ollas de chicha y carato, de mondongo y adobo, de todos aquellos especiados y fragantes productos de la zona tórrida, en cuya enumeración se entretiene el lápiz costumbrista de Bolet Peraza en un cuadro de aquellos días.

Pero ya había venido sobre su blanco caballo pasitrotero, con brío y jactancia de Santiago Apóstol, el general Guzmán Blanco, a modificar tan añejas costumbres. Quien se sentía el hombre más civilizado de Venezuela necesitaba, como nuevo Augusto o nuevo Pedro el Grande, no sólo pacificar, sino también refinar a los venezolanos. Desde el progreso material hasta el arte de combinar los vinos o iniciar una contradanza que se parezca a las de las Tullerías, quiere enseñarla tan altanero pedagogo. ¿No era tan infalible que quiso sostener ante los académicos de la Lengua que el verso castellano se medía por pies, como los hexámetros griegos? Y la bella doña Ana Teresa será la emperatriz Eugenia de este Napoleón III, más hábil y buen mozo, que nos había nacido en el Trópico. En las Glorias de Guzmán Blanco se había publicado, en varias lenguas, su biografía; sabíamos en alemán que “Antonio Wurde am 28 Februar in Caracas der Haupstadt der Republik Venezuela geboren”; en francés, que “il mit un terme a la guerre civil de la Federation”; en italiano, que “Venezuela lui deve la restaurazione del suo credito interno ed esterno, la istruzione, la inmigrazione e tutto il suo ingrandimento morale e materiale che le da oggi la fisonomía di vera nazione civilizzata”. Y los venezolanos debíamos obedecer, sin crítica, cuanto quisiera imponernos, porque, según un frenólogo de Nueva York, que se acercó a medirle y definirle el cráneo, era hombre de “naturaleza excepcional, de constitución activa y excitable, que casi no soportaba que se le contradijera”.

Ahí está ahora —como antes se impuso a los híspidos y barbudos caudillos de la Sierra de Carabobo y jugó dados con el lúgubre Agachado y no le temió a la ferocidad del “chingo” Olivo y arrojó su tremenda justicia de Padre Eterno sobre el irredimible Salazar— dirigiendo los artífices y obreros que levantarán, alternativamente, el templo masónico y la iglesia de Santa Teresa, las escalinatas y glorietas románicas del Calvario y el muy romano peristilo y cúpula del “Teatro Municipal”. Que ha salido sobre su caballo peruano, seguido de fiel guardaespaldas, a quien apodan Tomás Mariposo, por las calles de Caracas es indicio de que todos deben trabajar. Es gran maestro y gran pontífice. Discutirá los planes de un edificio con Roberto García y Juan Hurtado Manrique y la calidad de la mezcla con los albañiles. Con una especie de irritado complejo filial, su padre, el viejo Guzmán, que se había preparado para ser el supremo dispensador del liberalismo vernáculo, ha de calmarse escribiendo sus prolíficos Datos históricos suramericanos, cambiándose cada semana sus pelucas y enviando cartas fastidiosas a La Opinión Nacional, para consolarse de ese poder que le quitó el hijo altanero. Como es época de énfasis y adjetivos, el cachorro hecho león le contenta con un pomposo título de “ilustre prócer de la independencia suramericana”, que él debe contestarle con otro aún más extenso: “ilustre americano, regenerador y pacificador”. Y esta Caracas que ha de salir de los sueños de su cabeza y de la reminiscencia de sus viajes, parece un poco su propiedad personal. Los templos gemelos de Santa Ána y Santa Teresa tienen el anagrama de su mujer, como si se tratara de la marca de un ajuar o de una vajilla doméstica. Y erige su prestigio, casi divino, sobre dos cosas contradictorias y complementarias: que se siente tan caudillo como un Venancio Pulgar y un León Colina, y a la vez tan refinado y cosmopolita como el más presuntuoso gran duque europeo.

Hay algo de progreso de tarjeta postal, de civilización traída por la “linterna mágica” en esa Caracas que desde el adobe aborigen pretende ascender hasta el afiligranado gótico de relojería de la portada de la Universidad o el neoclásico Partenón del Palacio Legislativo. Hay carencia de sentido histórico en sustituir aquel gracioso retablo de imaginería barroca a la española que servía de frontis a San Francisco por otro más liso y geométrico donde los santos policromados se cambian por los de la helada marmolería industrial francesa. Su bizarro gusto de la pompa y de la apariencia no le permitió siempre adentrarse en el meollo de las cosas. Y cuando sea más dictador ha de imponernos una “Constitución suiza”, como si fuésemos un país de pastores alpinos, ministros calvinistas y relojeros. Que todos se entretengan con sus graciosas invenciones; que los cuerpos de la nación se disfracen y desfilen como en una escena de corte en sus actos oficiales de gran parada; que mientras él esté en el país tenga la cuerda de Venezuela en el bolsillo.

Y quien contempla en las bonitas láminas del libro de Miguel Tejera Venezuela pintoresca e ilustrada (1876-1877) aquel pequeño foro cívico de la Caracas guzmancista que conduce desde la Ceiba de San Francisco hasta la calle de Mercaderes, encuentra una deleitosa superposición arquitectónica. Allí hay pedacitos minúsculos y traducidos al estuco —ya que el presupuesto del país no alcanzaba para mármoles— de París y de Londres. Y la gran estatua del Saludante, mirando a la vez al Templo de las Leyes, puede evocar también al Marco Aurelio ecuestre de la romanísima Plaza del “Campidoglio”. Pero en un país donde la violencia, la guerra, el ímpetu destructivo de la vida trataba a la naturaleza como una madrastra, Guzmán Blanco vuelve a ser el primer protector saludable del agua y los árboles. Quizás su mayor proeza civilizadora —además de la Ley de Instrucción Primaria— fue convertir aquel lúgubre erial del Calvario donde en los días de la Guerra a Muerte se fusilaron, alternativamente, realistas y patriotas, en la colina hecha jardín, que es todavía —para quienes saben verlo— el más bello rincón de Caracas. Culpa de los caraqueños actuales y de una edilicia insensibilidad estética es haber casi tapiado, con bloques de cemento, el acceso a esa florida terraza de la ciudad, que podría ser nuestro “Pincio” o nuestro “Piazzale Michelangelo”. Subía en coche el “ilustre americano” a mostrar su ciudad a visitantes como el príncipe Enrique de Prusia, con el orgullo de un sultán que hace desplegar su gran tapiz de Samarcanda. En las tardes de domingo una Caracas ingenua se congregaba junto al pequeño zoológico. El sabio doctor Ernst había bautizado los animales y los árboles; clasificó todo el delicado jardincillo de hierbas de olor. Pasaban las gentes de la vivaracha sociedad de los monitos “tití” a las grandes pruebas trapecistas de la “marimonda” y a la exhibición de modas y colores del paují de copete, de la “tigana”, que parece diva de ópera, y a las menudas joyas del colibrí “topacio” y del “garganta rosa”. Los más irónicos comparaban al viejo Guzmán, por la barba rojiza, indefiniblemente enmonada a fuerza de tinturas y tricóferos, con el araguato anciano, que ya sólo aúlla. E invirtiendo el refrán venezolano, los últimos godos que reservaban un sitio en el infierno a don Antonio Leocadio decían que, bajo el guzmancismo, hijo no carga a su padre.

Esa es la Caracas de Guzmán Blanco que a ochenta años de distancia asoma sus últimos capiteles corintios, sus hierros forjados a la francesa, sus cornisas de estuco y sus mascarones de ópera, dentro del polvo de las demoliciones. Nuestros nuevos modelos de vivir ya no se buscan en Roma y en París, sino en Houston, Texas. El arquitecto individual, al que el dictador daba sus órdenes como Pericles a Fidias y Guzmán Blanco a Roberto García, le sustituye el anonimato capitalista de la empresa constructora. Contra esos pequeños dijes afiligranados de la época de Guzmán se levantan unos edificios enormes, de estilo impersonal, semejantes a grandes acordeones de cemento que dentro de ochenta años, acaso, nos parezcan mucho más feos que los que estamos demoliendo. Pisamos la Pompeya de una época, y de la muralla que se derriba aparece, como en un escenario existencialista, la gárgola de una canal haciéndonos muecas o el paisaje deleitosamente cursi de un papel de tapicería. Se entierran con sus álbumes de retratos, sus muebles muy decorados, sus espejos, sus pesados relojes y sus alabastros, los últimos vestigios del siglo XIX. En el Capitolio de Caracas aún se yerguen, como ironía O esperanza que nos legara Guzmán Blanco, dos blancas estatuas de la Ley y de la Justicia, con todo su profuso alegorismo decimonónico. Son cariátides que, simbólicamente, parecen sostener el edificio de la República. Y entre tantos azares y violencias de nuestro proceso histórico, no sabemos si aún se conservan vírgenes o han sido sucesivamente blanqueadas. Sobre el gran tazón de agua, junto a los árboles del patio, aún revolotean aquellas palomas de Caracas —las del viejo poema de Pérez Bonalde—, las que pueden siempre volar sobre la miseria de las cosas, las que ignoran los crueles cambios de la Historia.

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