literatura venezolana

de hoy y de siempre

Las trampas de la fe

Francisco Ardiles

Mempo Giardinelli en una de las tantas entrevistas que le han hecho en el transcurso de su vida, decía que se puede decir que un escritor es aquel sujeto que piensa que debe poner por escrito todo acontecimiento significativo que le haya dejado alguna cicatriz en su vida. Es decir, que si a un escritor le dan un zapatazo en plena mejilla izquierda y a consecuencia de ese encuentro tan exageradamente concreto con la verdad de la violencia, le sacan de su puesto un diente, no va a volver al otro día a tomar venganza con una pistola ni a recuperar su dignidad perdida en la golpiza, con molar y todo, con un cuchillo, nada de eso; sino que va a recoger su diente, a tomar con un guante su vergüenza, su virilidad avergonzada y su orgullo venido a menos, para mirarlo detenidamente por dos, tres, cuatro o cinco días, y luego, a escribir un cuento.

José Rafael Pocaterra fue, desde este punto de vista un verdadero escritor, porque recibió de todo, golpes, palizas, patadas, demandas, denuncias, injurias condenas de cárcel, de cautiverio y grilletes pesados. Esa materia prima vivencial fue la que utilizó para escribir, sobre todo los temas de la vida diaria, y en todos los formatos literarios conocidos. Publicó artículos de opinión, memorias, cuentos, novelas, pasquines y hasta obituarios. Escribió sobre todo, de la familia, de los desempleados, de los niños de la calle, de los más pendencieros, de los cautivos y de las damas en celo. De todo aquello que circulaba en el rumor de las plazas, de lo que odiaba de sus congéneres, de lo que veía en los bares, las iglesias y los hospitales de ese pequeño país que le toco vivir y retratar.

Para demostrar esta aseveración se puede subir por una escalera bibliográfica que ya han llenado de volúmenes algunas de las autoridades de la crítica literaria venezolana moderna. Algunos de los patriarcas del ensayo nacional se tomaron muy en serio la temática y la estilística de su obra. Nuestros más prominentes eruditos se fijaron en la trascendencia de sus relatos dentro del panorama nacional. Juan Liscano, José Ramón Medina, Oscar Zambrano Urdaneta, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas y Javier Lasarte, abordaron su obra con la intención de sacarle el jugo a su sentido. Lo hicieron para plantear aquello que pensaron en los ratos de lectura en que también tuvieron el honor de ser acompañados por alguno de sus libros.  Todos quisieron vislumbrar la intención del autor, lo que quiso decir y hallar cuando escribía un cuento. Todos trataron de definir por qué escribió precisamente de la manera como lo hizo.

Todo escritor es libre de involucrarse en los problemas sociales de su tiempo y en los problemas políticos de su país. En algunas ocasiones la necesidad de hacerlo proviene del temperamento y hasta de las circunstancias vitales que los temas y el estilo de su obra. Pocaterra fue uno de esos escritores que puso su vida en el portal de su obra para ironizar sobre lo que han creían correcto y necesario sus coetáneos. Fue la manera en que logró canalizar el acento profundamente ético que guiaba la orientación temática de su vocación artística.

De alguna manera Pocaterra fue el heredero directo del espíritu ético que selló el destino literario, social y político de la generación de escritores que conformaron el Grupo La Alborada: Enrique Soublete, Julio Planchart, Julio Rosales y Rómulo Gallegos. Hombres que con esos escasos números de aquella publicación que circuló en el país desde enero hasta marzo de 1909, inscribieron una poética de la escritura basada en el compromiso social, la denuncia política y la lucha contra la ignorancia, la decrepitud del analfabetismo y la exclusión de los desfavorecidos.

Sus obras luego demostraron ser el desarrollo de esta propuesta inicial. Una que estuvo signada por el conjunto de ideas que podemos encontrar literalmente perfiladas en el contenido del manifiesto político-literario publicado en el primer número de la revista, el 31 de enero. El lema principal del texto se define por frases que alientan a la desobediencia, al compromiso por las causas sociales y la sustitución de la noche por la iluminación del progreso.

En este documento apelativo se tiende a manifestar el malestar de un grupo de intelectuales reformistas, profundamente influenciados por las teorías sociales nacientes, que estaban dispuestos a perderlo todo, por lo menos desde lo que anuncia la retórica, antes de entregarse a la tiranía, ya que para ellos todo era preferible excepto aceptar la pasividad. De alguna manera se sentían ahogados por la atmosfera generada por la ingente pobreza que asolaba al país, la corrupción de sus gobernantes, la ignorancia de su pueblo y la tiranía de su mandatario. Todo el proyecto literario  que llevaron a cabo estos escritores fue el germen que dio sentido a las necesidades expresivas de Pocaterra y casi todos aquellos novelistas que desarrollaron sus obras antes de los años cincuenta.

Entiendo que explicar una obra a partir de una perspectiva literaria fundamentada en la premisa de sacrificar el sentido de un texto en aras del asunto ético y no del estético, es de cierta forma justificar la tendencia esteriotipal que ha definido la causa de los personajes fundamentales la literatura venezolana de gran parte del siglo pasado. Esta propuesta señala la causa principal de todas las limitaciones literarias que flotan sobre al trama de gran parte de nuestra literatura. Si nos fijamos en los títulos de las novelas que aparecieron por esa época, Todo un Pueblo, Idolos Rotos, El hombre de Hierro, La casa de los Abila, podemos distinguir la presencia de una propuesta estética basada en la necesidad de una apuesta por la ética y fundada en la denuncia política y social. Estos principios fundaron nuestra narrativa y se enquistaron en la conciencia del escritor. Esta apuesta por la moral y las buenas costumbres supuso definir un entramado literario desde el llamado de la función moralizante o formativa de la escritura.

Si uno desea formarse una idea más o menos exacta de los supuestos implicados en la apuesta literaria de esos primeros cincuenta años del siglo pasado solamente tiene que echar un vistazo a los títulos de alguna de nuestras obras cumbres.  Las novelas de Gallegos por ejemplo llevaban su impronta social ya desde el título. Pobre Negro, Reinaldo Solar, Doña Bárbara anticipaban la indefectible lucha de la civilización contra los efectos agobiantes de la barbarie y el condicionalismo latifundista. Los cuentos de Pocaterra también anticipaban desde el principio su intencionalidad satírica y denunciante de la vida citadina. El Bastón de Puño de Oro y Panchito Mandefuá, develan la influencia y el peso que pudo haber representado el llamado de las circunstancias sociales y políticas que afectaban al país.  La propuesta ética-estética que desarrollaron esos padres del Grupo Alborada definió lo que se convirtió en la tesitura de nuestro destino. El pulso de un estilo marcadamente patriótico que para bien o para mal dejó sus huellas sobre el producto final de nuestra escritura literaria.

La historia de toda literatura nacional partió de la urgencia de este llamado mesiánico que sobrepasaba las capacidades del escritor. La literatura la venezolana no ha sido más que el epicentro de un continuo debate, de una necesidad de renovación continua, de una apuesta constante por la novedad del lenguaje, por dar con una estrategia de afrontar la realidad tan proclive al estatismo.

En esta realidad nuestra donde combaten y conviven en sana guerra fría, los espejismos del atraso y el desarrollo, la política ha funcionado como un catalizador, un desencadenante de formas discursivas.  Le ha servido algunas veces de inspiración delirante y otras de conspiradora fiel a esta novela accidentada que hemos tenido a lo largo de nuestra historia, y que han reescrito nuestros novelistas con verdadera fe profética. Por eso siempre se ha exigido a nuestros escritores cumplir con el rol del Mesías. Se le ha obligado en ciertos casos a decir lo que supuestamente teníamos que hacer. Ellos respondieron como pudieron con los instrumentos que tenían y se dejaron llevar por la inercia de las circunstancias que se les impusieron. Por eso construyeron textos ficcionales con despuntes sociológicos y cargados de una responsabilidad casi ética, casi sacerdotal.

Fue tal la seriedad con la que se impuso la trascendencia de ese llamado, que sus objetos narrativos,  se convirtieron con el paso del tiempo en verdaderas brújulas, libros de apoyo y sabiduría que por muchos años (quien ha leído doña Bárbara y las Memorias de un venezolano en la decadencia lo sabe) construyeron una conciencia colectiva. Encarnaron las bases de una apuesta identitaria que a veces sufrió las consecuencias del ataque innecesario de la crítica y en otras del culto incomprensible de la academia. Nuestro mural de identidades narrativas puso de manifiesto la necesidad suprema que hemos tenido de entender lo que somos y la irrevocable obcecación por darle sentido a nuestros fracasos históricos.

La imaginación de nuestros escritores respondió al encargo de la providencia. Estuvo comprometida con la aspiración de combatir sin armas suficientes los monstruos de la barbarie. Gallegos, Blanco Fombona, Díaz Rodríguez, Pocaterra asumieron como un mensaje del más allá el compromiso de responder al llamado urgente de Alborada, en la primera mitad del siglo XX.  Se propusieron desatar en la dimensión de la ficción las ataduras que imponían las taras de una minoría de edad cultural.

Algunos piensan que estos escritores cayeron en la trampa del canto de las sirenas, de las trampas de la fe y otros que sencillamente respondieron al llamado de su momento. Yo considero que simplemente asumieron las responsabilidades morales, sociales y políticas de eso que entendieron como un convenio tácito de trazos patrióticos. Entendieron que la función más seria y respetable que podía tener eso tan bello y noble que era llamado literatura era la de responder al llamado de las necesidades colectivas.

Esa es la razón por la que todos estos escritores antes citados, hijos, padres, abuelos y herederos del espíritu del grupo de la Alborada, fueron cultores de un estilo que se puede llamar (si se toma prestado el término identificatorio que utiliza Vargas Llosa) ideologista y sociológico. Sus novelas se pensaron como tesis explicativas, como documentos comprometidos con la emancipación y la justicia social, y se asentaron sobre la base de los cimientos teóricos sociales de una tendencia que vino a convertirse en una corriente constituida.

Las razones de esta persistencia son muchas, pero lo cierto es que en nuestro desvencijado quehacer literario la falsificación de los poderes del estado, la presencia ineludible del crimen en todas su manifestaciones, los ensueños del progreso, los apegos a la provincia olvidada, removieron las conciencias y  forjaron las bases de un concubinato paradójico que es, sin lugar a dudas, imprescindible para la compresión de nuestra narrativa. Esta combinación , que se puede distinguir más allá de las diferencias formales que hay entre los autores citados, produjo resultados muy particulares, intensos y hasta graciosos, y determinó la noción de calidad, de estilo y pertinencia que se manejo  en largos trechos de la historia de la literatura venezolana del siglo XX.

En realidad caímos en esta trampa por necesidades materiales. Se presentó de manera tan contundente y pareció tan evidente que no se pensó en otra salida. La misión debía remitirse a la construcción de una verdad, a la concreción de un proyecto social, a la postulación de una crítica despiadada contra una situación política y cultural desesperante. Vargas Llosa define así esta tendencia que no sólo ha estado presente en la literatura venezolana sino que ha sido una constante discursiva en mucho de lo que se ha escrito en todo el continente. En nuestro caso será muy difícil  de erradicar veamos por qué:

 “Uno puede desinteresarse de la política pero eso de todas maneras tiene un efecto político en la vida, sobre todo en los países donde los problemas básicos están sin resolver. La literatura no puede omitir la política; la política es una de las experiencias humanas básicas, como el amor. La literatura, sobre todo la novela, es una expresión de la condición humana. Cómo escamotear ese tipo de actividades que tienen una repercusión tan grande en los destinos individuales y, por supuesto, en los destinos colectivos. Aunque los escritores jóvenes sienten mucha repugnancia por la política, vista como algo sucio, esquemático y estereotipado, ella forma parte de la experiencia humana y por lo tanto de la literatura. Desde luego, no debemos utilizar la literatura como instrumento de propaganda o vehículo de difusión de consignas políticas. Eso siempre produce muy mala literatura. Pero que la literatura se ocupe del problema básico de las colectividades me parece casi una obligación moral. Ahora bien, en literatura es muy difícil hablar de política de una manera libre, no esquemática, sin caer en los clichés; algo así requiere una destreza formal, un rigor a la hora de utilizar el lenguaje, lo que constituye un desafío para los escritores.”

Como se puede ver, debemos asumir que el principal problema de nuestros escritores se centró en haber caído en la trampa del esquematismo, de la denuncia alborotada y la propaganda. Cuántos personajes no fueron usados por sus autores como instrumento de difusión, como máquinas repetidoras de consignas políticas, como portavoces de panfletos, muchos, y la verdad fue que no acomodaron nada, ni siquiera los entuertos de nuestra literatura.

Es cierto que las novelas no se escriben para expresar la felicidad, la satisfacción de la existencia ni la exaltación ante lo bien hecha que está la vida. Es indudable que las grandes novelas no muestran esa cara tan aburridamente burguesa de la realidad, sino que más bien se concentran en las deficiencias, los sufrimientos, las frustraciones que provoca el oficio de vivir. Sin embargo todo el mundo conoce el peligro que implica confundir este hecho irrevocable, con la apremiante necesidad de convertir las narraciones en documentos de naturaleza restauradora, ideologizante y panfletaria. Este fue el equívoco que de continuo sedujo a muchos de nuestros narradores y ensayistas.

Quienes directa o indirectamente siguen en lo mismo, se apoyan de esta situación para justificar la pobreza estética y la llaneza estilística que caracteriza sus textos. Todos esos libros cargados de mitos folclóricos, poblados de fantasmas y espíritus, todavía suelen ser confundidos con el ejemplo de un realismo necesario. Y entiendo que  ha hecho creer a los lectores que Venezuela es solamente eso.

Al parecer estaba impresa en la conciencia del escritor venezolano la necesidad de aplicar un rigor moral y una responsabilidad ética inalienable a todo aquello que se escribía, así ello estuviera en frontal antagonismo con la  pura función estética de la literatura. Así fue como la escritura ficcional independiente de su función política estuvo ausente por muchos años en la literatura nacional. A veces pienso que a los escritores les pasó lo mismo que a esos hombres, que cuando veían al General Gómez, se le acercaban llenos de miedo y admiración, y a manera de ofrenda, le regalaban a alguna de sus hijas. A veces me atrevo a concluir que algunos de nuestros más grandes novelistas ofrecieron todo su potencial ficcional al supuesto compromiso civil y político del proyecto nacional.

Esta convención estuvo vigente hasta hace muy pocos años. Fue desplazada lentamente por una propuesta narrativa absolutamente inédita que años después, iba a ser definida con el nombre de literatura fantástica. Todo un acontecimiento formal que en este sentido supuso la liberación de un atavismo estamental. Más allá de las implicaciones  simbólicas y de tipo político que descansa en el fondo salado de toda la literatura escrita en Venezuela, era necesario despojarla de ese humo moral que no paraba de flotar por encima de los relatos. Ese velo incomodo y austero que señalaba la necesidad de una enseñanza civilizadora. Ahora contamos con una literatura que para nada esta signada por las líneas de fuga de esas marcas atávicas de la responsabilidad enciclopedista, que nada tiene de ese sabor a canela, a sorbo de resucitación. Gracias a Dios hemos entendido que es importante también reconocer la gratuidad de los hechos vitales, y la necesidad de asumir con cierto derroche el sentido irónico de la irracionalidad.

En la literatura escrita en Venezuela siempre ha resultado difícil pertenecer a algo. Su tradición ha sido la del natural desarraigo y la del predispuesto snobismo. Todo lo que ha llegado por el puerto de la Guaira ha terminado por ser nuestro dogma estilístico, pero de una u otra manera, más distante o más cerca, la política ha estado tendida en nuestro hogar dulce hogar, y ha marcado el ritmo de nuestro arte de narrar, ha representado la línea férrea de esos rieles temáticos que nos han llevado siempre por la misma vía y hasta el mismo sitio.

Si bien nuestra novela nació en la páginas de Los mártires de  Fermín Toro y bajo los efectos especiales del ajenjo del Julian de Gil Fourtoul, el principio que la motivo no fue otro que el de la huida hacia delante, que el de la negación parricida al contexto histórico y político, mediante el uso recursivo de la prosaica asimilación de los contenidos de la novela naturalista y realista europea sin adaptaciones ni funcionales. Así fue como empezamos a cultivar el más importante género de la modernidad, forzando la adaptación.

Borges dice, en una de las tantas entrevistas que le hizo Maria Ester Vázquez, que quién lee un cuento espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, una historia que lo haga entrar en un mundo ligeramente distinto al de las experiencias comunes. Este elemento ligeramente distinto del que habla el maestro Borges es el elemento que sujeta la individualidad del texto literario y ha sido lo que más nos ha costado aprender.

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