literatura venezolana

de hoy y de siempre

La vida alegre (Cap. I)

Daniel Centeno Maldonado

Solo le bastó asomarse por la ventana para saber que lo mejor era quedarse donde estaba. Tragó saliva, respiró hondo y sintió como si la cabeza fuera un plomo de cabellos blancos que alguien había puesto sobre dos hombros de aire. Sus días no podían ser peores.

En sus tiempos mozos hubiera corrido con mucha mayor presteza, e incluso hasta alguna mano al aire habría servido de algo. Ahora, achacoso y transformado en una barriga con piernas de hule, su nivel de resolución de problemas no estaba a la altura de sus pretéritos atributos. Pensó que esta vez sí iba a llorar con sinceridad, que ese cabalgar en el pecho no era otra cosa que un principio de infarto, y que esa habitación de hotel barato, donde se encontraba, no podía tener una peor ubicación en la ciudad. Vencido como mariscal sin tropa, se desanudó la pajarita roja, se desabotonó la chaqueta del esmoquin azulado y las mangas de su camisa de satén, tomó un trago de Alka-Seltzer y comenzó a escribir sobre un papel:

Yo Sandalio Segundo Guerrero Guaita artista de respeto y venezolano unibersal hijo natural de Teotiste Maturino de la Concepcion Guerrero Izquierdo y de Presentación del Carmen Guaita Hinojosa nacido en Barcelona en 1933 mejor conosido artistícamente como Dalio Guerra «El Ruiseñor de las Americas», «El turpial del arroyo» y «La lapa cantarina», la unica y original voz de exitos intitulados como «Caprichosa», «Ingrata de Viernes Santo», «Me desangrare en el bar», «Eres un amor de rocola», «Una mujer de genio» y «Rosas, melodias y gardénias». Maestro de la maracalenta y del requinto enamorado ganador de premios de la magnitud del «Guamache de oro», «El microfono del Arauca», «El casique sentado» y «El cazique parado» aplaudido a rabiar en excenarios de Puerto Rico, Cuba, Republica Dominicana, Colombia, Aruba, Panamá, Nicaragua, El Salvador, Peru, Ecuador, Venezuela y otros tantos paises que por los nervios no me bienen a la mente padre de sinco ijos reconocidos y de treinta que me quieren endosar a la fuerza; asedor indiscutible del imno «Banderas y caminos» que a tantas revolusiones inspiró amigo personal de la música hombre de bien inquieto, catolico, poeta y boemio practicante…

Detuvo la escritura por un momento, soltó un peo en trompetilla y notó una mancha de orina aún fresca por todo el pantalón. Se pasó el pañuelo blanco por una frente surcada de arrugas llenas de sudor antes de continuar en lo que estaba:

doy fe de que no e echo nada malo que si me van a matar sera por capricho y que dejaran guérfanos y sin pan a mas de treinta y sinco ijos y cincuenta y siete nietos amables

Soltó un sollozo y las manos comenzaron a temblarle. No le faltó tiempo para levantarse de su asiento y acercarse al espejo del baño de la habitación. Ahí estaba: viejo, caduco, breve, con un poblado mostacho plateado que solo era la parodia de aquella línea negra que a tantas mujeres encantó en su día. Sus dientes de indio indómito y altanero también habían desaparecido para darle la triste bienvenida a una plancha que nunca le encajaba bien en las encías, y su cara, ahora llena de lágrimas y mocos, mostraba los pliegues inclementes del alcohol y de otras tantas basuras a las que se seguía entregando con una religiosidad propia de Domingo de Ramos. Al mirarse en el espejo supo que lo único que quedaba de él era el rastro de una historia polvorienta y pasada de moda.

Caminó hasta la cama y así, cuan largo era, se tiró de espaldas con una actitud de total resignación. Viendo el techo convino en hacer un repaso detallado de toda la situación. Pensó que si el corazón dejaba de latir durante su recuento, esto enmendaría el detalle de morir a manos de otros; aunque lo de dejar un cadáver meado de arriba abajo no iba a solucionarle el problema de imagen que atravesaba desde algunos lustros atrás.

 

Aquella noche no pudo ser más aciaga. El bar Forty Five del D. F. se había encargado de pagarle el avión en clase turista y el taxi desde el aeropuerto, reservarle por dos noches una habitación con baño en un hotel cercano y colocar su nombre en la puerta del local con bombillos de colores incansables. Allí el Ruiseñor de las Américas compartiría camerino con todas las bailarinas del bar y, entre un inagotable mar de tetas, plumas y pantaletas de lentejuelas, tendría a la mano su par de maracas a las que tanta fama debía. Ya en el recinto, Sandalio estuvo casi seguro de haber retomado su carrera y de volver a recibir ese trato de estrella que cada vez parecía más esquivo a su leyenda. Cuando estuvo solo en el camerino, se puso a practicar con la mayor lentitud un maraquear acompasado para calentar los brazos, y todo el discurso que tenía que decirle al selecto público mexicano en esta primera visita que realizaba a suelo azteca. No bien desgranaba algunas muecas frente al espejo, cuando interrumpió su concentración un grupo de sujetos que no conocía en absoluto. Sandalio no llegó a contar la cantidad de hombres que se le plantaron, quizá media docena, aunque sí logró ver que el que encabezaba el tropel era un tipo joven, que cogía a una mujer por el brazo. Este, con el hablar pastoso de los borrachos, le espetó:

—Ruiseñor, aquí traigo a mi vieja, y quiero que la beses. Así que ya sabes, ¡la besas!

Uno de los amigos del extraño invitado tomó a Sandalio y, como si fuera un peluche de tamaño natural, lo levantó y arrimó hacia la mujer. El Ruiseñor, que parecía ser el centro de una fiesta de gatos, intentó acudir a la cordura:

—Tranquilo, muchacho, tranquilo, que la dama se va a enojar con tus chistes, chico —dijo en tono conciliador.

—Oye, Ruiseñor, no te apures, que ella no se enoja. ¡Bésala!

Sandalio mantuvo su desconcierto. En muchas ocasiones se consideró un lince en eso de negar paternidades e incluso lisuras con menores de edad. Pero esta situación resultaba inédita, aun en una vida tan transitada como la suya. Ahora era un viejo de mierda rodeado de cuates que no pasaban de los cuarenta años, frente a una mujer al acecho de su reacción otoñal. Pensó que no había que darle mayor importancia al momento, porque sabía que los mexicanos eran gente rara e infantil en sus conductas, como alguna vez le comentó un colega de la canción que había triunfado por estas tierras. Era posible que estas personas solo buscaran una deferencia por parte del artista tan admirado, y que lo más caballeroso de todo era no hacerlos esperar en su demanda, enérgica, pero de indudable cariño mexicano. En esas fracciones de reflexión sobre un mismo tema, el Ruiseñor se decidió y besó a la dama en una de sus mejillas.

La patada en el pecho vino sola. Sandalio cayó de culo al suelo, mucho antes que sus dos maracas, y el grupo de personas se fue por donde había entrado. El Ruiseñor quedó inconsciente por algunos minutos, y quienes momentos antes lo habían visto entretenido en su soliloquio, pensaron que era otra de sus conocidas borracheras que tantos de sus espectáculos habían empañado, esas en las que cambiaba las letras por rimas hacia sus problemas domésticos o de impotencia sexual, y en las que acababa escupiendo y maldiciendo al respetable en cuestión de minutos, no sin antes elevar alguna maraca asesina hacia la concurrencia. Pero esta vez Sandalio no podía estar más sobrio. En años lo habían contratado para algo de mediana importancia, y sabía que lo poco que le quedaba de su carrera dependía de esta actuación.

Cuando abrió los ojos, reconoció al dueño del local, que le tomaba el pulso, mientras todas las bailarinas a su alrededor le abanicaban la cara con revistas y platos de cartón. El deshonor era mayúsculo. El macho venezolano estaba pateado, despeinado y con su plancha y sus inmortales maracas tiradas en el suelo.

—Oiga, maestro, ¿se encuentra bien? —preguntó el dueño del bar—. Ya la orquesta está lista para que cante «Caprichosa» como en los viejos tiempos.

—Sí, mijo, estoy bien. No se preocupe. Solo me resbalé como un pendejo, pero no pasa nadita. Déjeme agarrar estas maracas, y le prometeré a su local la mejor noche de su historia musical.

Sandalio fue ayudado a reincorporarse por dos bailarinas en tetas y por el dueño del bar. Su cabeza aún daba vueltas y temió que se le mezclaran las letras de las canciones al primer compás. Todavía no se había repuesto del susto mientras pensaba en las extrañas artes de la hospitalidad mexicana. Supuso que el tipo de la patada solo quiso demostrar quién era el macho de la noche, aunque no entendía por qué tenía que cogerla con un viejo como él. Ni en el burdel más levantisco de Barranquilla, ni en la trifulca más indómita de Caracas le habían sonado una patada en el pecho con tan poca justicia. Si no fuera porque la orquesta afinaba sus instrumentos mientras esperaba su salida a escena, Sandalio habría invertido todo el tiempo del mundo en hundirse dentro de un enorme sentimiento de impotencia. Así que, a la voz de: «¡Y ahora, respetabilísimo público del Forty Five Cabaret, bañemos en aplausos al único, inimitable y eterno novio de nuestra querida Caprichosa, el Ruiseñor de las Américas, Dalio Guerra y sus maracas maravillosas!», Sandalio aclaró su garganta y se dirigió a un escenario mísero en ovaciones. En el entarimado, ahora en el papel del inmortal Dalio Guerra, Sandalio sacó pecho y blandió las maracas. Abrazó a su empleador con su mejor sonrisa, abrió la boca y, cuando estuvo a punto de soltar la primera línea de «Caprichosa», oyó una voz que reconoció en el acto:

—¿Dónde está ese Ruiseñor extranjero? —gritó el tipo de la patada, mientras entraba con su grupo por la puerta del local—. Que salga si es tan macho. De esta tendrá que irse del país con sus chivas y su pinche «Caprichosa». Que salga que lo voy a sacar a tiros. A ver si así respeta a las mujeres ajenas.

Con la boca abierta, y sin proferir verso alguno de «Caprichosa», Sandalio no dudó en dar media vuelta con sus maracas. En su desesperada huida hacia el camerino, solo prestó atención a lo que le gritó una bailarina en estado de histeria:

—¡Escóndase, que está loco y trae pistola!

Las maracas nunca antes habían sonado con tanta violencia en las manos del Ruiseñor de las Américas. Este, sin fijarse en el patetismo que representaba la imagen de un viejo rumbero que escapaba de la muerte con dos inseparables sonajas, pudo entrar a un depósito cercano al camerino con el tiempo suficiente para apagar la luz y esconderse detrás de un sofá. Desde allí podía ver por la rendija de la puerta lo que sucedía afuera, con la esperanza de salir de su escondite apenas se sintiera seguro y tuviera la vía libre. Así fue como llegó a contemplar una escena que en el momento le heló la sangre hasta hacérsela cubitos en sus venas: la de su agresor que, con una enorme pistola en mano, entró a la zona con la finalidad de pegarle unos tiros entre los ojos.

—¡Dónde chingados se encuentra ese pinche viejo encimoso! —le gritó a un conguero que ensayaba a solas.

Como el músico no supo qué contestarle al instante, el otro detonó el arma. La bala fue a parar al cuero de uno de los tambores, y el hombre cayó desmayado del susto. Al de la patada no pareció importarle nada de lo ocurrido, y comenzó a caminar en círculos mientras revolvía las cosas con lamano que tenía libre. Lo único que se escuchaba dentro de su idiotez etílica era una pregunta que parecía un prendedor en su boca: «¿Dónde anda el Ruiseñor, dónde, dónde andará?»

Así estuvo por un buen rato, hasta que de un rodillazo abrió la puerta del depósito en donde se hallaba escondido Sandalio. El Ruiseñor ya estaba decidido a morir. Ni con la sobredosis de 1948 se sintió tan conclusivo. Su agresor comenzó a desesperarse en su intento por descubrir a su presa entre tantas tinieblas. Lanzó algunas patadas, manotazos e incluso empujó el sofá sin advertir nada extraño. Su frustración de borracho se acrecentó y gritó a la nada:

— ¿Dónde está la salida, dónde, carajo? ¡En esta chingadera no se ve ni madres!

Sin que el de la patada pudiera reaccionar, Sandalio se levantó y le dio dos fuertes maracazos en la cabeza. La pistola cayó al suelo, el tipo también, y el Ruiseñor voló a un sitio más seguro. Su perseguidor, aturdido por el golpe, cogió la pistola y salió al escenario en busca de Sandalio. Ya en las tablas, abofeteó a una de las bailarinas que estaba ofreciendo el número tropical de la noche, ante la mirada impávida del director de la orquesta que no tuvo otro remedio que contener su espíritu heroico por encontrarse encañonado entre ceja y ceja. El momento era de total expectación. Pero el dueño del local se encargó de terminarla en un acto inesperado. Ya fuera de sí, subió al escenario, se acercó al belicoso y le arrebató la pistola antes de atizársela en la cara

.—¡Ah, chingá, compadre! ¡Así me paga! ¡Así me paga después de todo lo que lo he ayudado! ¡Sepa, cabrón, que si yo no fuera diputado, este pinche teibol no existiría! ¡Mañana se lo cierro, carajo! —le gritó al dueño del cabaret.

Gimoteando unos insultos a la concurrencia, el de la patada salió del local con sus compinches, se subió a su carro y se fue.

Sandalio buscó la calma e intentó acordarse del nombre del sitio donde se hospedaba para iniciar su fuga. Cuando se aproximó a la bailarina abofeteada para preguntarle la dirección, el dueño del cabaret se le acercó con la crispación acumulada de todo el espectáculo anterior:

—Oiga, maestro, no sé qué carajos le hizo al diputado, pero me ha fregado el negocio.

—No, mijo, por lo más sagrado que no le hice nada a ese degenerado — respondió Dalio.

—¡Me vale madres lo que haya pasado! Ya luego lo arreglaremos, pero usted tiene que salir a dar su show. Acabo de hablar con los músicos y tienen todo preparado. ¡Agarre sus maracas y salga ahora mismo!

El Ruiseñor titubeó, pero sabía que como artista le debía el mejor repertorio al público mexicano que tanto había apostado por él. Convencido, tomó el par de maracas y salió por segunda vez a escena con los primeros compases de la inmortal e interrumpida «Caprichosa». El público, todavía desconcertado por el espectáculo anterior, lo recibió con unos aplausos administrados con escrúpulos. Sandalio pensó que la gloria era una fortalezaque, después  de derrumbada, podía volver a erigirse con materiales más resistentes y duraderos, así que, con el ánimo de un constructor de ruinas, dio dos maracazos al aire y abrió la boca para la primera e inolvidable estrofa del tema al que tanta fama debía.

—Eres una capri…

Una explosión de carabina le hizo soltar un mayúsculo «¡carajo!», que no lo dejó terminar la palabra que le daba título a su éxito. Los músicos lanzaron los instrumentos al suelo, y al fragor de otra descarga, todo el mundo corrió por entre el mobiliario del Forty Five. Sandalio también saltó del escenario con sus inseparables maracas y entre la batahola de gente intentó buscar una mesa amiga en la cual esconderse. En el camino, el portero del local, un negrote imponente que ahora se había vuelto tan blanco como un cisne, echó un brinco con el sonido de otra explosión y aulló:

—¡No salgan por esta puerta, que el diputado está disparando con una escopeta!

Sandalio se metió al baño y allí encontró una ventana por la cual salir. Primero lanzó las maracas afuera y luego cayó de quijada al suelo. En el descampado donde se encontraba, cogió sus instrumentos y empalmó en exteriores la ridícula imagen del viejo rumbero que huye con sus sonajas a cuestas. A lo lejos los plomazos sonaban como si formaran parte de una celebración.

Por primera vez pensó que la vida era una estafa. Corrió más que en cualquier otro pasaje de su historia, más que cuando fue descubierto en la cama con la mujer del trombonista de Siboney, a quien le había bautizado a sus hijos, y aún más que el día en el que la mafia de Managua le quiso hacer pagar una deuda de juego que nunca llegó a liquidar. En medio de tantos recuerdos funestos vio un taxi a la distancia, y entre gritos y maracazos hizo que se detuviera en seco.

—¿A dónde? —preguntó el conductor.

—Al lugar más seguro que he encontrado en todas partes: al hotel. Ahora mismo le doy la dirección, compadre…

El frío de la orina en su pantalón lo sacó del repaso incidental. Cambió de posición hasta quedar sentado a un lado de la cama y se aproximó hacia la mesa. Allí se detuvo, ensimismado, ante la carta que aún quedaba por terminar. Como muchos condenados a muerte, la idea de su fin ya se le había enquistado como cualquier otro asunto cotidiano. El corazón seguía latiéndole con fuerza y pensó que su biografía podría resultar interesante con la diagonal que representaba su vida y fin: Barcelona-Ciudad de México.

—Señor Guerrero, como me lo pidió, ya me aseguré bien y le tengo un carro directo al aeropuerto —murmuró un hombre desde el otro lado de la puerta.

Entre tantas bambalinas de imágenes y reconstrucciones, a Sandalio se le había olvidado el trato que había hecho con el tipo que cuidaba la puerta del hotel. En su estampida hacia la habitación pudo llamarlo y, en medio de frases entrecortadas y el sonido de las semillas de sus maracas, pedirle el favor de facilitarle una salida segura en algún carro particular. La recompensa iba a cristalizarse en casi todos los pesos que cargaba encima, y en la invaluable hazaña de salvarle la vida al mejor y más simpático bolerista que había parido la tierra.

Sabía que su intempestiva partida de México, como la de Managua, iba a ser definitiva. Los aztecas, por mucho cariño que les tuviera desde los tiempos en los que se colaba para ver sus películas en blanco y negro, ya se habían convertido en otra puerta más que se le cerraba. No quería saber más de la existencia del Forty Five, ni del hotelucho, ni de los gastos de transportes desembolsados por su promotor mexicano, ni de los bombillos de colores incansables que deletreaban su nombre, ni de las presentaciones que quedaba debiendo, ni de nada de nada. México había terminado para Sandalio como el gusanito que se engulle tras el primer trago de tequila.

—Ya voy saliendo, compadre —le respondió Sandalio al tipo que lo esperaba tras la puerta.

Cogió su carta-epitafio y la rompió en pedacitos. Tomó otro trozo de papel y escribió:

Los mejicanos no tubieron la culpa siempre han sido considerados y amables comigo los júzgo mis amigos aunque uno de sus paisanos halla cometido semejantes atrosidades asía un humilde y pasífico servidor. Con cariño,

Dalio Guerra. El Ruiseñor de las Americas

En su escape no estaba contemplado el traslado de sus maletas, pero igual las tomó y cerró sin que le diera tiempo de revisar lo que había dejado afuera. Se anudó la pajarita, metió sus maracas a una bolsa de supermercado, agarró algunos jabones y toallas que también fueron a parar al mismo sitio y cogió su nueva carta antes de salir.

—Tome, amigo. Después me la lleva al periódico más importante de este bello país —le dijo al taxista, mientras le entregaba la nota ya dentro del carro

—. Un artista siempre tiene que darle explicaciones a su querido público, y este es un asunto de máxima importancia para mi carrera y para el mundo de la canción romántica, ¿oyó?

—Órale, maestro —dijo el otro, distraído, mientras echaba el trozo de papel a un cenicero en el que reposaba un cigarrillo encendido.

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