literatura venezolana

de hoy y de siempre

La solterona (fragmentos)

Julio Rosales

¿Para qué podía solicitarla su cuñado? —se preguntaba Genoveva, sorprendida, al aviso que acababa de transmitirle Agueda; la vieja sierva que la acompañaba, Se alegraba de haber estado fuera de casa, para no haber recibido la visita del cuñado. No le agradaba tener en casa hombres, solitaria como vivía y a pesar de su edad y de relaciones de parentesco.

Mientras Agueda se llevaba a la cocina los platos que Genoveva había engullido con buen apetito, no obstante sus años, ésta seguía cavilando el motivo ignoto de la solicitud. Bajo su pantalla rizada de tarlatán rosado, el quinqué de petróleo sobre la mesa del comedor iluminaba la estancia.

—¿Para qué me buscará ese hombre?

Genoveva vivía con la única compañia de la vieja criada, desde hacía unos cuantos años. Agueda le guisaba el alimento diario, le barría el inmueble hereditario, en el cual le aderezaba el dormitorio; lavábale los vestidos de célibe consagrada, una vez por semana, y le servía de portera, mientras que la patrona se entregaba a dar clases a domicilio a varias alumnas de condición social distinguida. Hiciese sol reverberante o lloviese a cántaros, siempre a las mismas horas, los días de labor, la patrona entraba y salía de la casa cuya puerta exterior nunca estaba franca al solicitante, sino hermética y con auxilio del cerrojo. Más de veinte años contaba Genoveva, de sus cincuenta y siete de existencia, viviendo en esa forma, con hábitos invariables, sin saber de familia, de la cual le restaba sólo una hermana más joven, casada, con fruto consistente en una pequeña hija, Del resto la misma calma ininterrumpida, la paz inalterable al paso del Tiempo, la felicidad silenciosa y tranquila entre los muros antañones de una vieja casona, antiguo solar heráldico de los antepasados castellanos.

Serenidad penumbrosa e infecunda la suya; nadie, ni nada, la había molestado con una demanda de auxilio, con una exigencia ni siquiera insignificante, de simple etiqueta o necia majadería. Nunca se había acordado nadie de ella ni en las graves tragedias, ni en los festivales regocijados. Y su egoísmo congénito se refocilaba, en vez de irritarse, en ese olvido intencional o involuntario de los prójimos, porque gracias a él su independencia resultaba soberana. Resultaba más dueña de sus horas, de sus pensamientos y propósitos, de todas sus acciones.

Sin alzarse del asiento del comedor, Genoveva repasó en un momento buena parte de su vida. El noviazgo de la hermana que la obligaba, por ser ambas ya huérfanas, a hacer acto de presencia durante la visita del novio, minutos interminables de hastío y mutismo, mientras que los enamorados cuchicheaban, con voz muy queda, sus arrumacos, recíprocamente. Después, el casamiento, a raíz de menudos afanes protocolares. Recordaba el traje blanco de la novia, a la que esta prenda comunicaba un realce gentilísimo muy cercano de belleza, asemejándola a una magnolia gigante de carne de nieve. Recordaba la gallardía inusitada del novio, casi imberbe, sonriente de júbilo y de satisfacción; envanecido entre el cortejo alegre, que le rendía parabienes cumplidos. Recordaba el apuesto mancebo que recitó el epitalamio de rigor, versos cálidos, apasionados, melodiosos, que resultaron más conmovedores recitados entre ramilletes olorosos y bajo luminarias suspendidas a porfía; que tuvieron para ella, Genoveva, el sabor místico de los cánticos de su minúsculo eucologio. Recordaba, en fin, el estremecimiento nervioso que recorrió las fibras de su ser cuando un desconocido concurrente, al pasar a su vera, antes de disolver su figura en el gentío, suspiróle al oído una frase madrigalesca… Después, recordó aquel desasosiego íntimo, lleno de inquietudes, de delirios, de lucubraciones continuadas por vigilias, cuando del corazón anhelante, sin saber de qué fluía en su espíritu vaga tristeza. Y, no quería recordar aún, pero se lo imponía en el ánimo un ímpetu invencible, el orgasmo no bien dominado, nuncio del hervor sin desgaste de su naturaleza que gritaba dentro de ella, como en súplica, desvarío anormal por el novio. Aplacada la crisis, mediante ayunos y rezos, comenzó a mirar con repulsión a quien antes tomara por objeto de su aberrativa crisis histérica. Vencido ese sentimiento, se acentuó con mayor relieve su ojeriza hacia todo lo que envuelve aspiraciones fecundas, amalgamas fructíferas, intercambios fértiles. Se hizo misantrópica.

Gonoveva hacía girar, con nerviosidad, entre dos de sus dedos de la diestra una cadenilla de plata que se había quitado momentáneamente del cuello y que llevaba por costumbre, en son de adorno, de la cual pendían dos medallas de oro con efigies sagradas, Agueda tornó al comedor, Se ocupó con doblar en silencio el mantel y la servilleta y terminó en desocupar la mesa de los demás utensilios de la cena, La lampara do petróleo lanzaba sobre la faz angulosa de la patrona su lívido resplandor, comunicándolo una expresión semitétrica. Llameaba alzando por dentro del tubo trasparente, sutil columnilla de fuego, En el remate la llama rubia convertíase en hilo de humo y el tufo de la esencia, esparcido en el ambiente, atosigaba las mucosas de Agueda; por cuya causa, la oriada, se apresuró a hacer descender, con mano trémula, la mecha sobrante, que cesó de humear y atufar el aire de la estancia. La manía tenaz de Agueda eran los temores de incendio,

Los ojillos de pintada de Genoveva, duros y punzantes, cayeron sobre las pupilas de Agueda, morenas y circuidas por los halos cerúleos de la ancianidad.

—Apaga de una vez, Agueda,

—¿La señorita piensa recogerse?

—Sí; me siento extenuada,

—¿Quiere que le dé su fricción de Agua Divina?

Gracias: el sueño me rinde, Agueda.

—No es prudente ir al lecho acabada de cenar: puede venir la congestión. ¡Se han visto tantos casos!

La vieja hubiera referido una vez más sus ejemplos guardados en la memoria si su uma no hubiese puesto en practica su decisión de encaminarse al dormitorio.

—Agueda, que pases buena noche.

—Señorita, que disfrute de una noche feliz. ¿Desea para mañana al amanecer una copa de leche o su café, como siempre?

La señorita no respondió al ofrecimiento de la sierva. Agueda había quedado sola en el comedor. Mató la luz del quinqué y la noción de soledad y el prurito de palique le hicieron más sensible el reinado de la noche. Giró sobre sus plantas y guiándose por instinto y hábito, se encaminó a la cocina. Husmeó en la penumbra, cuidadosamente, no fuera cosa que una chispa volandera del hogar, en que las brasas al rojo blanco, arropadas en sus cenizas y tranquilas, dormían también, fuera a saltar y a incendiar otra dependencia del inmueble.

* * *

Agueda penetró muy de mañana en la estancia, todavía en penumbra, de su ama, guiándose a tientas, hasta tropezar con el lecho. Una silueta enjuta se movió bajo las sábanas.

—Aquí tiene su leche, señorita.

La diestra de Genoveva, afilada y seca como una garra, buscó, también a tientas, el vaso invisible que le anunciaba la criada.

—Su cuñado ha vuelto, señorita. Ha venido muy temprano y le ha dejado razón de que está postrada, de cuidado, su señora hermana. No ha dicho lo que sea. Aunque me ha recomendado reserva, yo le digo, de una vez, que sospecho sea caso de muerte, por la insistencia. Si no creyera la cosa tan grave la dejaría dormir.

En la penumbra bastante densa se escuchaba el regurgitar sordo de Genoveva, apurando el líquido a tragos lentos. Hubo silencio. Agueda sintió que el cristal yerto del vaso devuelto hería con frío su mano, como el glacial contacto de una piel cadavérica. Tomó el vaso en sus dedos e insistió en su insinuación prudente:

—Su cuñado ha dado a entender que es caso de muerte.

La vieja abandonó la alcoba.

Sobre la conciencia de Genoveva cayó pesado dilema:

—¿Debo ir? ¿Puedo abstenerme?

La posibilidad de encontrarse frente a frente con el cuñado; sola acaso, si el mal de la hermana tenía fatal desenlace, la forzaban a rebelarse contra todo deber de asistencia. Acaso era ya tarde. La reiterada solicitud del cuñado permitía sospechar la postración de fuerzas de la enferma, o aún más, la agonía ya declarada, o aún más, el desenlace postrero y la situación de su pequeña sobrina, desamparada de todo calor y cuidado maternal en virtud de su orfandad. Se incorporó maquinalmente, se vistió con lentitud, eligiendo un traje severo, más de lo acostumbrado y abandonó la cámara. Afuera la mañana estaba fresca, alegre. El día era diafanísimo, se anunciaba espléndido y la misma vivienda, a pesar de su clausura hermética, se hallaba invadida por cierta atmósfera de bienestar. Indistintas aromas de flores venían soplando desde el solar convertido en poblado jardín de especies selectas.

Las últimas rosas do una juventud que no se resigna a ser sacrificada precozmente, inspiraban a Genoveva aquella coquetería, otoñal ya, que mostraba vistiendo completamente a la última, llevando las botas siempre flamantes de limpieza, portando en los sombre: ros ese sello airoso y casi infantil que denuncia la presunción innata. La profusión un poco excesiva de las aplicaciones y otros adornos superfluos hacían su figura un tanto chocante, No desdeñaba, aconsejada por aquella índole de gusto no muy selecto, colgarse abalorios churriguerescos, con despreocupación chabacana. Y de tales prendas cursis tomaban pie sus alumnas a ninguna de las cuales.caía simpática, para forjar chistes, con disimulo y encaramarle, encubiertamente, remoquetes agudos.

Aquella mañana Genoveva, después de aplicarse algunos toques nerviosos, con la mota del polvo en las mejillas, de pie ante el espejo, angosto y largo como ella, y de arreglarse el cabello con ligeros movimientos digitales de suprema agilidad, distancióse de la luna azogada unos pasos, encuadrando en esta su entera figura, para remirarse una última vez con pueril preocupación; y la luna le devolvió su Imagen, soca, enjuta, atezada, invadida por prematura vejez, como esos árboles a los cuales extenúa su libre crecimiento la exigüidad del cuadrado de tierra en donde sus raíces arañan una savia pobrísima.

Genoveva titubeó, una vez más, cohibida por la nueva visión de Agueda que andaba ya iniciando las faenas rutinarias del día.

“Sin duda debía ir a causa do la enferma!” Y raciocinando así tomó la regadera para insinuarla en el tanque, hasta rebosarla y, doblegada por el peso. Al principio, comenzó a regar sus corolas odorantes. Agueda se atrevió a preguntarlo:

—¿No se resuelve, señorita?

Genoveva, quien tiempo hacía que había roto toda clase de lazos simpáticos con su familia y había destruido en ella todo género de afecciones hacia los prójimos, tenía en el cultivo del jardín un sustituto de sus ternuras. Un refugio para sus divagaciones. Un baluarte de defensa contra los tiros del mundo. Un asilo de paz y de olvido.

A medida que había ido expulsando de su sensibilidad toda inclinación de altruismo, confinando su egoísmo contumaz en el cerco de su retiro solitario, iba dedicándoles más y más afición a sus plantas. Y el vergel, encelado como una fortaleza estratégica, constituía el objeto único de sus amores. En él invertía, con prescindencia de todo otro objetivo, sus energías ociosas y lo cerraba a toda otra alma que no fuera su propia alma zahareña.

Sus hortensias, sus lilas y claveles, sus geranios, sus jazmines y violetas, sus rosas, sus lirios, que sin tregua florecían como agradeciendo tanto miramiento. Eran sus mejores parientes, sus prójimos más acatados.

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