literatura venezolana

de hoy y de siempre

La quema de Judas (fragmentos)

Román  Chalbaud

Personajes

El Periodista

La Señora Santísima

Jesús Carmona

La Danta

Doctor Altamira

Ganzúa

Jeremías

Gabriel

José

Juan

Ángel

El Fotógrafo

Acto único

 (De la oscuridad surge el Periodista)

El Periodista: Habría que comenzar diciendo que yo estoy aquí porque siempre me interesaron ellos. No sé hasta qué punto me son ajenos y distantes. Creo que esto es mentira. A medida que los oigo hablar y cometer errores me siento culpable y comprometido. Ellos me atañen y cuanto menos están en la verdad son más míos. Para poder comprenderlos es necesario quererlos. ¿De qué pedazo de la tierra surgieron? ¿En qué idioma hablan? ¿Sus problemas son localistas? Me río de eso. No es eso precisamente lo que importa. Sin embargo, y a propósito de palabras pasadas, encuentro hermoso que en esta pequeña provincia se me exija hablar en universo. Soy, pues, universo: poros abiertos para todo lo bueno y todo lo malo de estos seres que van a conocer. (Se ilumina un muñeco sin cara que cuelga en el aire) Quemar a Judas y darle la cara de nuestro enemigo es una tradición venezolana. Pero estoy seguro de que en el mundo entero todos sabrán —a la hora de la verdad— lo que esa cara y lo que ese fuego significan

(Se ilumina La Señora Santísima, sentada sobre un taburete muy bajo. Más allá, una urna)

La Señora Santísima: ¿Qué es lo que quiere saber?

El Periodista: ¿Por dónde comenzamos?

La Señora Santísima: Usted dice

El Periodista: ¿Cómo se llama usted?

La Señora Santísima: Me dicen La Señora Santísima. Mi verdadero nombre es Josefa

El Periodista: ¿Josefa qué?

La Señora Santísima: Josefa María Carmona Rodríguez

El Periodista: ¿Por qué le dicen “La Señora Santísima”?

La Señora Santísima: Vendo objetos religiosos en las puertas de las iglesias. Estampas, oraciones, rosarios, camándulas

El Periodista: ¿Siempre han vivido aquí?

La Señora Santísima: No, no siempre (Sus ojos se cierran)

El Periodista: ¿Tiene sueño?

La Señora Santísima: No. Los ojos me pesan, pero no es sueño

El Periodista: ¿Quién es el padre de Jesús?

La Señora Santísima: Murió en la cárcel. Un día lleno de sol

El Periodista: ¿Por qué estaba preso?

La Señora Santísima: Una injusticia. Le debía dinero a un hombre. Por no tener cómo pagarle lo acusó de enemigo del gobierno. En el Castillo enfermó. Hambre, pulmonía

El Periodista: ¿Qué era él?

La Señora Santísima: ¿Cómo…?

El Periodista: Quiero decir, ¿qué hacía su marido?

La Señora Santísima: No era mi marido. Es decir, sí lo era, aunque nunca firmamos ningún papel

El Periodista: ¿Qué hacía?

La Señora Santísima: Trabajaba de linotipista en un periódico

El Periodista: ¿Tiene alguna foto de él?

La Señora Santísima: No, no tengo. ¿Qué anota?

El Periodista: Lo que usted dice

La Señora Santísima: ¿Tiene importancia?

El Periodista: Sí. (Por un gesto de ella.) ¿Quiere descansar?

La Señora Santísima: No estoy cansada. Es que no puedo acostumbrarme a la idea… (Se levanta y se acerca a la urna) Me niego a creer que es cadáver. Es mi hijo. Sigue siendo mi hijo

El Periodista: ¿A qué hora lo trajeron?

La Señora Santísima: Yo sabía que algo malo iba a pasar. Todo me lo anunciaba. Pero… ¿Cómo detener las cosas?

El Periodista: ¿Cuándo supo la noticia?

La Señora Santísima: De pronto uno se da cuenta de que todo está en contra. Y uno se queda indefenso… sin saber qué hacer

El Periodista: ¿Usted estaba aquí o en la calle?

La Señora Santísima: Ahora mismo… no sé qué hacer…

El Periodista: ¿Cómo se enteró?

La Señora Santísima: De pronto. La Danta entró por esa puerta gritando

El Periodista: ¿Quién es la Danta?

La Señora Santísima: La concubina de mi hijo. Detrás de ella entraron mudos los muchachos

El Periodista: ¿Quiénes son los muchachos?

La Señora Santísima: Jeremías, Gabriel, Ganzúa y Juan. Lo tendieron sobre la tierra y se me quedaron viendo. Tenía muchos agujeros, pero hay uno que no puedo olvidar, el de la frente. En el centro de la frente, como un clavel rojo marchito en el centro de la frente. Yo estaba comiendo una naranja: el bagazo cayó desde mis encías hasta rodar por el pecho de Jesús. Y el bagazo se fue poniendo rojo. No es eso lo que quisiera recordar. Tampoco lo que hubiera querido estar haciendo en ese momento. Pero, como se lo dije, todo sucedió de pronto, como si el mundo se hubiese puesto a correr y al mismo tiempo yo me hubiera detenido

El Periodista: ¿Dónde están la Danta y los muchachos?

La Señora Santísima: Declarando

El Periodista: Y a usted, ¿no la interrogaron?

La Señora Santísima: Sí. Me interrogaron. Dijeron que eran formalidades

El Periodista: ¿Qué dijo?

La Señora Santísima: No sé. Me desmayé durante un rato. Creo que vomité

El Fotógrafo (Voz fuera de escena): Gregorio… Gregorio…

El Periodista (Hacia afuera): Un momento. (A ella.) Señora, ha venido un amigo. Es fotógrafo… Yo quisiera su permiso para…

La Señora Santísima: No, no…

El Periodista: Se lo ruego, señora. Para mí es muy importante. (Pausa) ¿Puede pasar? (Pausa)

La Señora Santísima: No tengo fuerzas para negarme a nada. Para mí ya no hay nada importante

El Periodista (Hacia afuera): Pasa. (Entra el Fotógrafo) Sé rápido.

(El fotógrafo va hacia la urna)

La Señora Santísima: No, a él no… Así no, por favor…

El Periodista (la detiene tomándola suave por los brazos): Se lo ruego, señora. Yo sé que es doloroso, pero también es necesario. Se lo suplico.

(La Señora Santísima comienza a llorar. El Fotógrafo toma diferentes flashes. No hay ángulo que no utilice. Al terminar con el cadáver su objetivo es La Señora Santísima)

La Señora Santísima: ¡Ay, Jesús, mijito! Te me has ido, te me has ido. Te mataron traidoramente. ¿Quién te mató, Jesús, mijito? ¿Quién es el culpable? ¿Por qué yo no estaba presente para ponerme delante de ti y defenderte? ¡Ay, Jesús de mi alma! ¡Ay, Jesús, mi muchachito! ¿Por qué tenía que suceder esto? ¿De qué somos culpables? ¡Dios mío! Yo que te he rezado toda mi vida, respóndeme. Míralo ahí, tendido, lleno de sangre. ¿Por qué es tan misteriosa tu justicia? ¿Por qué yo no comprendo tus decisiones? Respóndeme

El Periodista: (al Fotógrafo) Basta ya. Vete

La Señora Santísima: ¡Ay, Dios!

El Fotógrafo: ¿Para cuándo las quieres?

La Señora Santísima: ¡Hijo de mi alma!

El Fotógrafo: ¿Para mañana?

El Periodista: No, esta misma noche. Y quiero que regreses

La Señora Santísima: ¿Por qué? ¿Por qué?

El Fotógrafo: ¿Que regrese aquí?

El Periodista: Hay otras fotos por hacer

La Señora Santísima: ¡No hay razón! ¡No hay razón!

El Fotógrafo: Iré a tomar el choque de la autopista y volveré

La Señora Santísima: ¡Dios mío!

El Periodista: No tardes

(El Fotógrafo sale)

La Señora Santísima: Toda mi vida, Dios. Al levantarme, mi primer pensamiento. Al acostarme, mi último pensamiento. Mis oraciones han sido tantas que he perdido la cuenta. Y de pronto, esto. ¡Si yo nunca lo he traicionado! ¡Si yo siempre he vivido bajo su calor y su protección! No comprendo, me es difícil comprender. Nunca le he exigido nada especial. He sido humilde con verdadera humildad. Y lo he soportado todo. Dolores tras dolores como cuentas de rosario. Y yo siempre fiel, siempre fiel, porque es así, porque Él es el Creador y yo su sierva. Porque lo acepto todo en su santísimo nombre. ¡Pero esto! ¡Pero esto! Uno es un ser humano. Hay límites para todo. Uno es un ser humano

El Periodista: Cálmese

(Entra Ganzúa. Es un lisiado, sobre un carrito con ruedas. Trae un paquete)

La Señora Santísima: ¡Ganzúa! ¡Ganzúa! Nos lo mataron. (Ganzúa se abraza a ella.) ¿Por qué lo mataron, Ganzúa, por qué lo mataron?

Ganzúa: Le he traído esto. Para que coma algo (Saca un trozo de pan del paquete)

La Señora Santísima: No quiero

Ganzúa: Le hace falta. Tiene que alimentarse. Coma, coma (La Señora Santísima acepta el pan con tristeza)

El Periodista: (a Ganzúa) ¿Ya te interrogaron?

Ganzúa: ¿Quién es usted?

El Periodista: Un periodista

Ganzúa: No venga a molestar. Basta con las preguntas de los policías. (Va hacia la urna.) Vamos a vengarlo, Señora Santísima

La Señora Santísima: No quiero más sangre. (Se le cae el trozo de pan que había comenzado a masticar lentamente.) Siempre he sido torpe. Las cosas se me viven cayendo de las manos.  (El Periodista va a recoger del suelo el trozo de pan) No se moleste, señor (Lo hace ella misma)

Ganzúa: (mirando la urna) Quiero verlo

La Señora Santísima: ¿Quieres que te alce?

Ganzúa: Sí

El Periodista: (a ella) Permítame, yo lo ayudo (A Ganzúa.) ¿Quieres?

Ganzúa: Bueno. (El Periodista lo alza. Ganzúa mira fijamente el cadáver.) Parece otro

La Señora Santísima: (mordiendo el pan) Es él, Ganzúa, es él. ¿Tiene los ojos cerrados, verdad?

Ganzúa: Sí, cerrados. (Al Periodista) Bájeme

El Periodista: (depositándolo en el suelo) ¿Qué te preguntaron en el interrogatorio?

Ganzúa: ¡Y a usted qué le importa!

La Señora Santísima: ¿Qué te preguntaron, Ganzúa?

Ganzúa: ¿Lo digo, Señora Santísima?

La Señora Santísima: Todo se sabe tarde o temprano. Dilo

Ganzúa: Primero se rieron de mí. “¿Por qué no trabajas en la televisión? Si no confiesas te vamos a poner más chiquito de lo que eres”

La Señora Santísima: ¿Y después?

Ganzúa: Me puse a llorar como un niño. Uno me dio un coscorronazo. Yo le di un manotón. “¿Lo querías mucho, maricón?”, me dijo uno de ellos, el más alto

La Señora Santísima: ¿Y tú qué hiciste?

Ganzúa: Le di otra manotada. Entonces me llevaron a empujones hasta una celda, como si yo fuera una pelota. Cuando me dejaron en libertad, estaban interrogando a Jeremías y a Gabriel, en una mesa, rodeados de ametralladoras. (Pausa) En la oficina, al pasar, vi a la Danta. (Pausa) Traje cerveza. Vamos a tomar un poco. (Abre el paquete y saca una botella, busca un vaso, lo llena y se lo da a La Señora Santísima. Él toma a pico de botella.) La Danta estaba hablando con el Doctor Altamira

La Señora Santísima: ¿Con el Doctor Altamira?

El Periodista: ¿Quién es el Doctor Altamira?

La Señora Santísima (Toma un pequeño sorbo): Todo esto empezó el día de las neveras y de las lavadoras. El día del ventilador. Yo estaba contando las estampas de la Virgen del Valle y de pronto me sentí rodeada por aquellos aparatos

(Cambio brusco de iluminación. Música estruendosa. Jesús, Jeremías y Gabriel entran a escena empujando diversos aparatos eléctricos. Rodean el centro escénico con neveras, lavadoras, ventiladores, cocinas, etcétera. Ganzúa los ayuda. Del hombro de Jesús cuelga un radio transistor)

La Señora Santísima: Yo me había puesto por primera vez el vestido blanco que Jesús me regaló en mi cumpleaños. ¿Eres tú, Jesús? ¿Qué es eso? Un vestido blanco que a mí no me gustaba, pero que Jesús me había regalado con mucho cariño. ¿Qué es esto, Gabriel? ¿De dónde traen esas cosas? Un vestido blanco que yo había guardado para estrenármelo en navidad. Jeremías, ¿por qué no me respondes? ¿Para qué son esos aparatos? ¿De dónde los han sacado? Dime, Ganzúa. ¡Jesús! ¡Jesús!

Jesús (deja de cargar y camina alegre hacia su madre): ¡Mamá! (A los otros) Terminen ustedes. (A ella) ¿Ves qué bonito te queda? Y no querías ponértelo. A ver, a ver, da una vuelta

La Señora Santísima: No es que no quería, es que…

Jesús: Una vuelta, señora, una vuelta. (La obliga suavemente a girar sobre sí misma.) ¿Lo ve, señora, qué bien le sienta el blanco?

La Señora Santísima (angustiada): Dame un beso, Jesús, dame un beso, abrázame

Jesús (lo hace): ¿Qué le pasa, señora? ¿Qué tiene?

La Señora Santísima: ¿Qué son todas esas cosas que han traído? ¿De dónde las sacaron? ¿Para qué son?

Jesús: Las neveras son para hacer hielo, para enfriar las cervezas. (Toma del vaso de ella) Las cocinas son para calentar el agua y freír la carne. Los ventiladores son para remover el aire. Este aire está viciado. Gabriel, Gabriel, deja eso y enchufa uno de los ventiladores. (Gabriel obedece) ¿No piensa, señora, que este aire está malo? No podemos respirar bien. Pero estas hélices mueven el aire, como si fueran olas. Dame acá. (Quita a Gabriel el ventilador, que está encendido, y lo acerca a La Señora Santísima. Le recorre la cara y el cuerpo) Sienta, señora, sobre su cara este riquísimo frescor. Piense que miles de abanicos la soplan, que miles de bocas la soplan, que infinidad de ramas de árboles increíbles soplan su vestido blanco

La Señora Santísima: ¿Para qué todo esto, Jesús?

Jesús: Pero si de pronto cortamos la electricidad (Lo hace), las pequeñas hélices dejan de girar y el calor vuelve lentamente, pesado, sucio. Hay una gran diferencia, ¿verdad, mamá, que hay una gran diferencia?

La Señora Santísima: No comprendo

Jesús (Transición. Su tono excitado se torna sombrío): ¿Y qué es lo que hay que comprender? Las neveras están vacías (Abre una y la cierra de nuevo tirando fuertemente la puerta). Las cocinas no tienen sartenes encima, con pedazos gordos de carne flotando sobre su rico olor a aceite. Lo del aire es mentira, una vulgar mentira

(Pasado y presente están mezclados. La urna y los objetos eléctricos. El Periodista tomando notas. Jesús enciende un cigarrillo. Ganzúa toma cerveza a pico de botella. Jeremías y Gabriel se secan el sudor. El Periodista se acerca a La Señora Santísima)

El Periodista: ¿Cómo era realmente Jesús?

La Señora Santísima: ¿Qué quiere que le diga? Yo no comprendo de esas cosas. Jesús era un hijo… como son los hijos… ¿Cómo quiere usted que yo distinga?

Jesús: Ahora hay que avisarle al Doctor Altamira. ¿Tú sabes dónde está la oficina, Gabriel?

Gabriel: No recuerdo bien. Que vaya Ganzúa. Tú sí te acuerdas, ¿verdad, Ganzúa?

Ganzúa: No, yo no…

Jeremías: Estás borracho y eres un flojo. Eso es lo que pasa

Jesús: Pero, ¿cómo va a ir Ganzúa? ¿No vieron ustedes el edificio? Todo de cristal, con alfombras de este grueso. ¿Y no vieron la pinta del tipo? Con un traje de corte italiano, bañadito, recién afeitado, con burda de billetes en la cartera, una perla en la corbata impecable… ¡Cómo va a ir Ganzúa! Ese no es un edificio para enanos. Ese no es un hombre para enanos

Ganzúa: Jesús tiene razón.

Jesús: Lárgate, Gabriel, y dile que la misión ha sido cumplida (Gabriel no se mueve). Pero es ya, gran carajo

Gabriel: Sí, voy, voy (Sale)

Jesús (Da una risotada y camina golpeando los objetos): Dos mil… dos mil ochocientos… tres mil quinientos… cuatro mil… cuatro mil setecientos… cinco mil doscientos… cinco mil novecientos… seis mil cien… ¿Cuánto es el treinta por ciento de seis mil cien, Jeremías?

Jeremías: No sé

Jesús: ¿Y tú, Ganzúa?

Ganzúa: Nunca he visto seis mil cien bolívares juntos

Jesús: Mamá, ¿tú sabes cuánto es el treinta por ciento de seis mil cien? Te compraré miles de trajes blancos como ése

La Señora Santísima: Yo no quiero nada

Jesús: ¿Sí has comprendido, verdad? No me digas que está mal hecho porque no pienso hacerte caso. A mí me parece muy bien hecho. ¿Hasta cuándo? Todo lo bueno, todo lo lógico se ha probado. ¿Y cuál es el resultado? Mírate. No hablo de mí. ¿Pero tú? ¿Y José?

El Periodista: ¿Quién es José? La Señora Santísima: Yo tenía un hijo llamado José. También lo mataron. Era soldado

Jesús: ¿Por qué se murió José, mamá? ¿Qué estaba defendiendo? Lo hubieran matado igual si hubiera estado con los otros. Pero el Coronel estaba de ése y le dijo: «Hay que disparar». José disparó, ¿no es cierto? A él le dispararon también

La Señora Santísima: ¿Por qué tienen que disparar?

Jesús: Para defender el sueldo. ¿Y sabes cuál es ese sueldo? La mitad de esa nevera. Mucho menos de la mitad de esa nevera. Parte esta nevera por la mitad y todavía José no hubiera podido comprártela en muchos años

La Señora Santísima: No la quiero

Jesús: Pero tú necesitas una nevera. Cuando hace calor es necesario que sientas algo frío en la garganta

La Señora Santísima: No quiero nada. Llévense todo eso

Jeremías: No es para nosotros

La Señora Santísima: Llévense esas porquerías. De esa manera no. Prefiero no saber nada de la civilización. Estoy tranquila vendiendo mis basuritas en la puerta de la iglesia. Yo no engaño a nadie. Es mejor que las cosas sigan como están. José no va a resucitar y tú no te vas a morir por tener más o menos dinero en los bolsillos. Yo no quiero ninguna nevera. Prefiero ese calor que tú detestas. Fuera, fuera con esas cosas. En nombre de tu padre que murió honradamente en la cárcel. En nombre de José que murió honradamente cumpliendo su deber…

Jesús: No grites. Yo no quiero morir honradamente. Me sabe a mierda la honradez. Mucha gente está viviendo de cosas como ésta. Gente importante que aparece retratada en los periódicos

La Señora Santísima: En las últimas páginas

Jesús: No, señora. En las primeras páginas, con medallas colgando en las solapas. Y es mejor que no sigamos discutiendo

La Señora Santísima: Es por ti, Jesús, es por ti

Jesús: No te preocupes tanto por mí. Y si te preocupas, reza. Después de todo, Dios debería proteger a los humildes. Es su deber

La Señora Santísima: Pareces otro

Jesús: Sí, debo ser otro. Pero me siento mejor de esta manera. Venga acá, mamá, no nos peleemos. Después de todo, lo único que tengo es usted

La Señora Santísima (Al Periodista): Lo más terrible, pero también lo más hermoso del amor, es que uno termina perdonándolo todo. Al principio protestamos. Yo se lo decía (A Jesús) “No es posible, Jesús, que tú hayas caído tan bajo, no es posible” (Se va acercando a Jesús, al tiempo que dice al Periodista). Pero un día me di cuenta que era inútil repetir y repetir la cantinela, y comencé a aceptarlo como era y a pesar de lo que era. No me lo juzgue usted. No me diga nada de mi hijo. Pero si yo lo conozco desde dentro (Se abraza a Jesús, que la besa.). Si es una cosa mía, solamente mía. ¿Cómo pueden juzgarlo mal si yo lo conozco, pedacito a pedacito?

Jesús: Voy a comprarte todo lo que necesitas para ser una señora decente

La Señora Santísima: No

Jesús: Voy a comprar un automóvil para sacarte a pasear

La Señora Santísima: No

Jesús: Y llevarte a la playa

La Señora Santísima: No

Jesús: Yo mismo mataré la langosta que te vas a comer

La Señora Santísima: ¡Qué difícil es esto, Dios mío!

Jesús (se separa de ella): Aparentemente es muy difícil, pero cuando ya se está dentro es como el pez en el agua

La Señora Santísima: ¿Qué sientes?

Jesús: Siento que una gran mentira se vuelve una gran verdad. ¿No es suficiente? Siento que he dejado de ser inútil y que ahora sirvo para algo. Ganzúa, cómprate unas cervezas (Le da una moneda, Ganzúa sale.). Jeremías siente envidia (Le da una palmada en la mejilla.) ¿No es verdad, Jeremías? ¿Qué dices tú?

Jeremías: Yo hago lo que tú mandes

Jesús: Éste es el comienzo. Una pequeña prueba para empezar. El Doctor Altamira se sentirá contento con nuestro trabajo y nos encargará trabajos más importantes

La Señora Santísima: Mi casa de oración se ha convertido en cueva de ladrones

Jesús (Se vuelve hacia su madre): Nunca más saldrá a vender esas tonterías

La Señora Santísima: No son tonterías. Son mis pequeñas y grandes cosas

Jesús: Nunca más. Te quedarás aquí en la casa, como una reina

La Señora Santísima (Muy suave): ¡Hasta el día que te maten! (Madre e hijo se miran a la cara. Jesús hace un pequeño gesto de burla. Ella le habla al Periodista sin quitar sus ojos de Jesús.) Se lo dije. Ese día se lo dije. Fue como un anuncio. No he debido decirlo. ¡Qué mala suerte! (Fuerte) ¡Hasta que te maten! ¡Hasta que te maten!

Jesús (La toma por los hombros. Sus manos suben hasta la cara de La Señora Santísima): Nadie va a matarme. No ha nacido quien mate a Jesús Carmona

(Cambio de iluminación)

Sobre el autor

*La quema de Judas (obra en acto largo, sin divisiones) fue estrenada en el teatro del Ateneo de Caracas el 4 de diciembre de 1964, bajo la dirección de su autor.

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