literatura venezolana

de hoy y de siempre

La ola detenida (Fragmentos)

Juan Carlos Méndez Guédez

Treinta y cinco. Treinta y seis. Treinta y siete. Treinta y ocho.

—Ya está bueno. Debemos irnos.

Treinta y nueve. Cuarenta. Cuarenta y uno.

—Cállate. Yo soy el que dice cuándo.

Cuarenta y dos. Cuarenta y tres.

—Mira cómo lo estás dejando, chamo. Qué asco.

Cuarenta y cuatro.

Al fin, el hombre se detuvo.

Quiso secarse la frente con su brazo y su rostro se convirtió en una máscara de sudor y sangre.

—Vámonos —dijo la mujer que se encontraba a su derecha mientras se apoyaba en un armario de madera—. Hace rato está listo.

El hombre hizo una señal de calma. Contempló el cuerpo. Parecía un muñeco roto. Agarró la cabeza por el pelo. Pensó en escupir sobre ese bulto que hasta media hora atrás fue una nariz, pero finalmente atenazó la mano derecha, cortó el dedo índice con el cuchillo y lo colocó dentro de la boca del cadáver.

—Dile a los muchachos que se lleven lo que quieran, que preparen las motos. Ahora sí nos vamos.

*

El postre se deslizaba en sus labios como una caricia. Magdalena lo desconocía y aceptó la recomendación del camarero. Lo paladeó mucho rato. «Café Gourmand», susurró. Un café oscuro rodeado de un trozo de crema catalana, uno de mousse de chocolate y otro de tarta de manzana.

Miró la avenida con gesto sereno: turistas de andar pausado que fotografiaban la fuente d´Eau Chaude y luego comprobaban la tibieza del agua con la punta de sus dedos. Junto a ellos, el viento erizaba las ramas de los árboles y ralentizaba la luz que caía sobre la ciudad como una lluvia de cristales.

Con el paso de los minutos vio chicas de ojos rasgados comiendo pizzas, melenudos que desafinaban al tocar flautas dulces, ejecutivas que caminaban a toda velocidad, familias que paseaban con indolencia y que cada tanto se detenían a calmar el llanto del bebé que llevaban en brazos.

Respiró hondo.

Después de los días anteriores el cuerpo le exigía esa lasitud.

Se detuvo en una terraza de la rue Espariat. Pidió otro café. Luego dudó. Ya había tomado un par a lo largo del día. ¿No sería demasiado? ¿Y si le daba taquicardia? ¿Y si era malo para la tensión? Suspiró impaciente. Otro café y ya. Cierto que los años comenzaban a darle sus primeros aguijonazos, pero si por un subidón de cafeína debía morir en una terraza de Aix en Provence tampoco se trataba de un final terrible. Los tiempos anteriores había estado a punto de morir en lugares siniestros. Este final doméstico podía ser divertido; tenía su toque irónico y perturbador que una mujer como ella, capaz de huir de ráfagas de ametralladora, bombas de amonal y alguna que otra cuchillada, quedase tiesa en una calle por la que caminaban estudiantes y hombres con caras de funcionarios.

Entrecerró los ojos. Su método de huida para situaciones límite había funcionado. Llegó al aeropuerto, escogió la empleada de mayor edad, le pidió un billete para el primer vuelo disponible. Una hora después viajó a Marsella y siguiendo su acostumbrado sistema tomó un taxi del que se bajó abruptamente al llegar a un semáforo y de inmediato se fue andando hacia la estación de trenes. Allí, en tres taquillas distintas pidió billetes para París, Aix en Provence y Lyon. Luego miró su reloj fingiendo desgano. Compró un periódico. Apretó los párpados para atenazar esas letras que la presbicia convertía en figuras escurridizas y después de soltar un suspiro fue a la cafetería, comió un cruasán y bebió un jugo de naranja.

Giró el rostro; detalló cada elemento a su alrededor.

Todo se encontraba en orden.

Rompió dos de los billetes; con minuciosidad, con eficacia. Los guardó en su bolso. Solo utilizaría el de Aix en Provence: era la más pequeña y próxima de las ciudades. Sería el último lugar donde la buscarían.

Durante el viaje durmió una siesta. Jamás supo cuándo desapareció la atmósfera parpadeante que la luz del mar esparcía sobre los árboles. Despertó y sin una razón concreta comenzó a silbar con mucha suavidad una pieza de Clara Schumann de cuyo nombre no logró acordarse.

Al llegar a su destino fumó con deleite un camel.

Miró un mapa y cerró los ojos para que su dedo índice la condujera al lugar más apropiado.

Escogió un bonito hotel en pleno centro, muy cerca de La Rotonde.

Allí pidió una habitación con vistas a la calle y al llegar a ella abrió las ventanas con un gesto lento y satisfecho. Otra vez rezó una larga oración a María Lionza y a don Juan de los Caminos para que mantuviesen lejos de su vida cualquier rastro de dolor. Le pareció que las nubes tenían un brillo de espuma. «He escapado otra vez», susurró.

Ahora bebió con deleite su café. Al fondo a la derecha, le pareció distinguir una fuente con una columna que sostenía una estrella dorada que le recordó a un erizo. Luego bajaría a verla. Le resultaba familiar.

Escuchó las campanas de una iglesia. Sonrió feliz al recordar los domingos en Barquisimeto cuando el aire se llenaba de esos sonidos y su padre la llevaba a misa. «Entrá tú, hija, por si acaso Dios existe… decile que debe perdonar mi indiferencia». Luego el hombre la esperaba leyendo El Impulso en los bancos de la plaza de enfrente. A ella le gustaba espiarlo mientras el sacerdote soltaba el sermón. Le parecía simpática la figura de su papá, arropado por ese periódico inmenso donde Cardenales de Lara volvía a perder otro campeonato o donde el gobernador de turno anunciaba una gran obra que jamás se concluiría. Le daba ternura mirarlo y le producía una mezcla de compasión y aturdimiento. La madre de Magdalena los había abandonado hacía muchos años. Su papá la buscó unas semanas hasta que ella le escribió desde un remoto pueblo de Brasil para exigir que la dejase en paz.

Desde ese momento su papá se dedicó a cuidar a su hija y a renegar de Dios con gestos aburridos. Nunca volvió a la misa ni a la montaña de Sorte; pero tampoco hizo reclamos especiales cuando supo que las tías de Magdalena la llevaban a los rituales espiritistas que se hacían en honor a María Lionza.

Con el paso de los años, Magdalena comprendió con nitidez la situación de su padre. Lo comenzó a intuir en las fiestas de familia cuando contemplaba a sus tías, primas, amigas, rodeadas de sus hijos, hablando pestes de los hombres que las habían abandonado, insultándolos, escupiendo sobre su recuerdo, maldiciéndolos, renegando de cada minuto vivido con ellos. En ese momento descubría a su papá en una esquina, oscuro, como un error del paisaje: el único hombre, siempre el único hombre. Abandonado igual que todas ellas, pero desterrado de cualquier complicidad porque siempre formaría parte del ejército enemigo.

Magdalena entendió en ese momento que las mujeres de su familia se enamoraban con desesperación y canciones de Los Terrícolas, tenían varios hijos y luego sus maridos se hacían humo.

Llegó a imaginar que existía un lugar de la ciudad donde aquellos hombres miserables se reunían a celebrar que habían escapado dejando facturas sin pagar, hijos sin pensiones y camas vacías.

Un lugar así debió ser el destino natural de su padre, allí seguro había una silla esperándolo, pero su esposa fue más veloz y le cambió el guion. Lo dejó tirado en un universo donde siempre se le señalaría como un ser de otro planeta. «Si algo así sucediese en este momento haría tremendo trabajo de brujería para que el viejo no se quedase solo; no hay nada que una manzana cubierta de azúcar y dos velones rosa no puedan resolver; pero muchas soluciones llegan cuando ya no son soluciones», pensó.

¿Y si pedía otro café? No. Otro más no. La tarde soltó desde el cielo una luz dorada. Magdalena miró el reloj con la serenidad de quien no debía ir a ningún sitio. Sacó el libro. Durante años había alabado ante sus amigos el Tristam Shandy, pero lo cierto es que jamás lo había leído entero. Su única meta en este viaje era pasar horas en la terraza hasta acabarlo.

Sintió un escalofrío. No le gustó. El día avanzaba con una temperatura estupenda. Llevó las manos a sus sienes y trató de alejar cualquier fuerza oscura que estuviese perturbando su descanso.

El escalofrío volvió.

Hundió los ojos en el libro. Letras. Solo miró letras de tinta en un papel. A lo mejor debía caminar un rato o pasearse por el museo Granet. Quería ver los Cézanne que tenían en el museo y algunas esculturas de Giacometti.

Volvió a poner los ojos en el libro. Un hombre la miró sudoroso y se acercó. Luego con gestos ruidosos se sentó frente a ella. Magdalena observó hacia los lados. Ignoraba si era una costumbre francesa colocarse en la mesa de un desconocido.

—Bueno, es hora de que hablemos —dijo el hombre en perfecto español.

Magdalena descartó la hipótesis de una rara costumbre nacional. Miró a la persona que tenía enfrente. Parecía rozar los treinta años.

Ella contó las semanas que tenía sin hacer el amor. Demasiadas. Si obviaba esa calvicie que el muchacho intentaba ocultar con un peinado que el aire volvía inútil quizá podía plantearse el tema con interés. No le encantaba el chaval, pero no sería el primer polvo insustancial de su vida. Podía imaginar que era viernes en la noche y que estaba borracha. A lo mejor debía concederse ese permiso después de estos ingratos tiempos en Madrid.

—Como supondrás, ya no estudio, y ahora no estoy trabajando porque estoy de vacaciones —susurró con elegante coquetería.

—Lo sé, Magdalena —dijo el muchacho.

Ella sintió un tirón en su cara. Una especie de rasguño.

Al comprobar que el tipo sabía su nombre, a Magdalena le volvieron los escalofríos. Miró hacia la calle: la estampa dulce de instantes atrás se esfumó de golpe; le pareció que los peatones la miraban con burla y desprecio.

—A ver, no te conozco y tú a mí tampoco, así que date la vuelta y si sabes lo que te conviene, informa que no estoy, que yo no soy yo y que nunca me has visto en tu vida.

El muchacho se frotó el rostro.

—Pero es que es muy importante… y es obvio que has descubierto que te estoy siguiendo.

Magdalena se puso de pie. Furiosa. Decepcionada.

—Dile a José María que no hay nada importante que hablar en este momento y que cabreada soy una persona muy peligrosa. El último tipejo que intentó obligarme a algo ya no puede doblar el brazo, y dos semanas después yo seguía paseando sus dientes por Cádiz mientras él intentaba recuperarse en Colonia.

Lanzó tres monedas en la mesa y caminó recto, sin girar el rostro, confiada en que el muchacho no intentaría seguirla.

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