literatura venezolana

de hoy y de siempre

La obra lexicográfica de Lisandro Alvarado (1858-1929)

Pedro Grases

Considerada en conjunto, la labor de Lisandro Alvarado acerca de las peculiaridades del vocabulario venezolano, no ha sido superada hasta nuestros días y constituye sin duda el esfuerzo más considerable que se ha realizado en el país, de un modo sistemático, amplio, totalizador y con ánimo de agotar las fuentes de información tanto en lo que atañe a la bibliografía especial del tema, como a las obras literarias que debía consultar; y, además, lo que es más importante, gracias a la observación directa del lenguaje usado en Venezuela, en trabajo de campo y estudio de la bibliografía.

La formación científica de Lisandro Alvarado y sus adhesiones a las doctrinas positivistas, así como la técnica de investigación aprendida seguramente de su maestro Adolfo Ernst, le dieron una excepcional preparación para ser eminentemente objetivo en la tarea de recoger y ordenar las singularidades del idioma castellano en Venezuela. Con el estudio del libro mayor de Alvarado Glosarios del bajo español en Venezuela, publicado en Caracas en el mismo año de su muerte, 1929, es posible enjuiciar su obra de lexicógrafo nacional como la de más significación y trascendencia en la historia de la filología venezolana. Se pueden rectificar detalles, completar datos, enmendar errores que la ciencia posterior haya aclarado, pero en la estimación de la empresa en su totalidad, no hay en la lexicología nacional quien haya dado, antes de la vida de Alvarado ni desde 1929, un paso tan considerable como el que forma la colección de estudios de don Lisandro sobre el vocabulario privativo del español de Venezuela.

Unidad de su pensamiento

Lisando Alvarado responde a la figura moderna de un humanista, interesado por los problemas que podían preocupar a un positivista enfrentado a los hechos de la cultura americana en Venezuela. La historia, las letras clásicas, la lingüística -hispánica e indigenista-, las ciencias naturales, la etnología, la sociología, fueron disciplinas que embargaron su atención a lo largo de su existencia y le dieron temas para notables disquisiciones personales. No es el caso de analizar sus puntos de vista como etnólogo, historiador o sociólogo, sino limitar la presente nota a sus trabajos de lexicología, y aun en este campo apartar todo lo que se refiere a las lenguas indígenas americanas, que no tienen vinculación directa con el idioma castellano de uso general en el país. La serie de vocabularios indígenas -en su mayor parte todavía inéditos- y los estudios gramaticales que Alvarado hizo sobre lenguas aborígenes escapan a la finalidad de esta glosa.

La contribución al estudio de las peculiaridades del español en Venezuela está formada por tres obras de Alvarado:

a) Glosarios del bajo español en Venezuela[1];

b) Glosario de voces indígenas de Venezuela[2]; y

c) Alteraciones fonéticas del español en Venezuela[3];

A las que deben añadirse algunos escritos menores, como el intitulado Sufijos en el lenguaje criollo, que publicó en forma de apéndice a la primera de las obras referidas, y Un anacronismo lingüístico.

La unidad de pensamiento en estas tres obras, la explica el propio Lisandro Alvarado en la «Introducción» a los Glosarios del bajo español en Venezuela, cuando al referirse a las voces indígenas y a «las llamadas corrupciones del español», dice: «haremos de todo ello asunto particular de dos tratados que pueden servir de complemento al presente y llevar por título Alteraciones fonéticas del bajo español en Venezuela el uno, y Glosario de voces indígenas de Venezuela el otro»[4].

El propósito fundamental de Alvarado nos lo da él mismo en la «Introducción» a los Glosarios del bajo español. Dice: «Nuestra tarea es muy modesta: explicar las voces regionales ordinarias en Venezuela y no admitidas por la Academia Española», y lo impele a ello el que «casi todas las repúblicas hispanoamericanas tienen diccionarios de sus voces corrientes y modismos».

Ratifica en más de una oportunidad la intención principal de proporcionar a la Academia Española elementos de juicio que permitan enriquecer el acervo del idioma con las voces especiales del léxico venezolano, cuya legitimidad defiende apasionadamente, no porque puedan otorgarle tal título los filólogos, sino porque la consagración que el uso da a un vocablo impone «la mayor parte de los términos útiles y viables que constituye, en no escasa proporción, la riqueza y fastuosidad de los idiomas. Supuesto así el caso de que al caudal de nuestra lengua haga falta, o no sea por lo menos superfluo, tal o cual neologismo cuya estructura sea por otra parte correcta, natural será que se le dé carta de naturalización o que se recurra a algún término arcaico injustamente olvidado». E insiste: «Recordaremos de nuevo que muchos de los neologismos señalados están correctamente formados, o son de todo punto indispensables en casos en que no hay otra voz castellana equivalente». Estas palabras de la «Introducción» a los Glosarios del bajo español, que redondea graciosamente con la cita de Séneca de que «no es posible ser negligente en la indigencia», la corrobora en la «Introducción» al Glosario de voces indígenas, quizás con mayor rotundidad: «Si, pues una de esas voces vernaculares y modestas está autorizada por traer su origen de una lengua viva o muerta del país o por el uso constante de nuestros mejores escritores, hay derecho de que entre ella en el caudal, ya de suyo rico, del español»[5]. Es decir, el uso exige la adaptación de un vocablo por necesario, y el lexicólogo la ampara por entenderlo justo. Tal es el papel de Alvarado en el estudio del léxico venezolano.

Todavía reafirma este propósito en los Glosarios del bajo español, cuando precisa la conveniencia de fijar la extensión geográfica del uso de una voz en América, de lo que «no siempre están informados los lexicógrafos españoles»; y añade: «La distribución geográfica de las palabras dialécticas interesa bastante al porvenir de la lengua española, tanto que una perseverante atención de la Academia de la Lengua nunca estará en demasía». Estas palabras traslucen la preocupación por la varia riqueza del idioma dentro de su unidad, tanto en la Península como en el continente americano, completamente de acuerdo con el pensamiento de Bello expuesto en el «Prólogo» de su Gramática («Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres…», etc.), que cita precisamente Alvarado en su referido trabajo de 1903, Ideas sobre la evolución del español en Venezuela, que es la primera expresión de sus estudios lexicográficos.

Las diferencias de vocabulario no son para Alvarado un peligro frente a la unidad del idioma, sino, como hemos visto, factor de enriquecimiento, y por lo mismo constituye un noble tema de estudio. Dice Alvarado: «Un castellano viejo que con cierto detenimiento peregrinara en alguna república hispanoamericana, pronto convendría en la necesidad de estudiar el dialecto local para bien entenderse con los habitantes»; y luego enumera las razones de las diferencias: «… en la pronunciación, en el énfasis, en la acepción y construcción particular de las voces, hallaría algo irregular o chocante, o aun absurdo». Fijándonos en la expresión de Alvarado, observamos que lo fundamental es su preocupación por la pureza del lenguaje, con lo que subraya el carácter de servicio a la Academia que es la finalidad eminente que persigue. Del mismo modo deben interpretarse las afirmaciones que a continuación transcribo: «No tenemos gran responsabilidad los americanos en las llamadas corrupciones del español, es decir, en aquellas voces de igual significación que las castellanas, pero más o menos estropeadas en su forma usual; y tampoco han manchado la pureza del idioma las voces de origen americano, que cuando más podrían tacharse de barbarismos».

Todas estas ideas son las que mueven y animan a Lisandro Alvarado a emprender y realizar en Venezuela la obra del vocabulario nacional que había sido ya ensayada en la mayor parte de las Repúblicas hispanohablantes. En Venezuela existían algunas publicaciones estimables que Alvarado respeta y utiliza ampliamente, pero no se había intentado en forma de Diccionario el estudio exhaustivo del léxico peculiar. Calcaño, Medrano, Picón Febres, Carmona, Rivodó, Seijas, Villalobos, Michelena, Ernst, Rojas, y pocos más habían dado ya a las prensas escritos dignos de consideración, pero unos por ser predominantemente didácticos, otros por referirse solamente a una parte del país o por ser muy fragmentarios, algunos por ser excesivamente polémicos, y otros por carecer de las glosas necesarias, no satisfacían el propósito totalizador y objetivo a que aspiraba Lisandro Alvarado. Y con esta mira, recorre el país, consulta antecedentes y anota la literatura nacional, para legar a Venezuela la obra más acabada que en este campo se posee.

La tradición venezolana

Las publicaciones sobre el idioma castellano a lo largo del siglo XIX forman una verdadera tradición nacional en Venezuela. Encontramos ya las primeras noticias en la generación de humanistas coetánea de la Independencia, quienes se dedican con auténtica devoción al estudio y a la enseñanza de las leyes gramaticales del lenguaje. Está fuera de duda, aunque lamentablemente se haya perdido el texto, que Andrés Bello escribió en sus mocedades un estudio sobre el carácter gramatical y las funciones del que en castellano, y sobre las funciones de las consecutivas que, porque, pues como si con estos trabajos anticipara sus escritos futuros sobre el idioma[6]. Seguro, asimismo, que su Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana haya sido obra de los días caraqueños de Bello, antes de 1810. A su lado, la figura de José Luis Ramos se nos presenta como autor en 1829 del primer Silabario de la lengua española, al mismo tiempo que compone sendos manuales de gramática para la enseñanza del latín y del griego. Ramos preside con su altísima figura la generación humanista en la Independencia, y explica, además, la formación de la conciencia de cultura superior republicana: Toro, Baralt, González, Espinal, etc[7].

Predominan al principio como es lógico, las obras de carácter didáctico iniciadas en 1841 con el Compendio de Gramática Castellana, según Salvá y otros autores, y arreglado al método de la Gramática de la Academia, de Juan Vicente González, con dos ediciones el mismo año. Son numerosos los maestros y preceptistas que se preocupan por la enseñanza del idioma y elaboran textos escolares, como tributo al mejor conocimiento del lenguaje[8]. Con la aparición en 1847 de la Gramática  de Andrés Bello que se reeditó muy pronto en Caracas, en 1850 y 1859, se avivan tales estudios y son frecuentes las ediciones en el país de libros relativos a la gramática de la lengua, adhiéranse o no a las ideas de Bello.

La intención didáctica, que perdura hasta nuestros días, va modificándose con la interferencia de otro pensamiento. Ya no es solamente la enseñanza de las reglas del buen decir, según las normas dadas por la Academia, por Bello, o por Salvá, que son los autores de mayor influencia, sino que se procura enmendar errores y desfiguraciones producidos por el uso, en lo que influye seguramente el ejemplo del humanismo colombiano, encabezado por Rufino José Cuervo. De ahí que vayan apareciendo obras cada vez más directamente atentas a la realidad del lenguaje en el país. Tal es la intención de los libros y escritos de José Domingo Medrano, Julio Calcaño, Gonzalo Picón Febres, Miguel Carmona, Baldomero Rivodó, Juan Seijas, Tulio Febres Cordero, Pedro Fortoult Hurtado, Abelardo Gorrochotegui, Emilio Constantino Guerrero, Ricardo Ovidio Limardo, Santiago Michelena, Pedro Montesinos, Jesús Muñoz Tébar, Antonio Ignacio Picón, Francisco Pimentel, Rafael Rodríguez López, Bartolomé Tavera Acosta, Manuel M. Vinalobos, Juan Manuel Álamo, José M. Benites, Nicanor Bolet Peraza, Eduardo y José Antonio Calcaño.

Esta nueva orientación obliga a observar los hechos reales y objetivos del idioma, pues ya no se trata del aprendizaje de unas leyes sistematizadas, sino del análisis del lenguaje propio y del intento de dictamen acerca de la legitimidad de ciertas formas del idioma, para lo cual hay que estudiar delicadamente los fenómenos de expresión vivos en la sociedad[9]. Con ello nace una nueva emoción nacional ante el idioma.

Bello había dicho en el «Prólogo» de su Gramática que:

«no se crea que recomendando la conservación del castellano sea mi ánimo tachar de vicioso y espurio todo lo que es peculiar de los Americanos. Hay locuciones castizas que en la Península pasan hoy por anticuadas y que subsisten tradicionalmente en Hispano-América, ¿por qué proscribirlas? Si según la práctica general de los americanos es más analógica la conjugación de algún verbo, ¿por qué razón hemos de preferir la que, caprichosamente haya prevalecido en Castilla? Si de raíces castellanas hemos formado vocablos nuevos, según los procederes ordinarios de derivación que el castellano reconoce,   y de que se ha servido, y se sirve continuamente para aumentar su caudal, ¿qué motivos hay para que nos avergoncemos de usarlos? Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada».

En Venezuela prenderá este espíritu en forma vibrante y dará nuevo cauce a los estudios del lenguaje. La instalación de las Academias correspondientes habrá de favorecer esta tendencia de modo muy decisivo y así vemos que no sólo en Venezuela, sino en todas las Repúblicas hispánicas van elaborándose trabajos individuales y corporativos que aspiran a colaborar en la magna empresa del vocabulario general castellano, con inclusión de los localismos. Se produce entonces, naturalmente, un ensanchamiento del campo de investigación. Por ejemplo, el estudio de los indigenismos no será ya tema exclusivo de etnólogos e historiadores, sino de los lexicólogos y así vemos paulatinamente como aparecen publicaciones referidas al idioma español, que comprenden vocabularios de origen prehispánico. Hasta cierto punto es curioso que sea la propia Academia que en sus primeras publicaciones inserte vocabularios indígenas[10] como elementos de conocimiento del idioma en el país. En Venezuela ya había que contar con los antecedentes de Fermín Toro y de Arístides Rojas, iniciadores de dichas investigaciones.

No hay que olvidar que, con el creciente auge del positivismo, domina el propósito de recoger lo más fielmente posible los hechos vivos y propios de cada sociedad. El magisterio de Adolfo Ernst, en este sentido, es decisivo y entre sus discípulos hay que colocar en lugar eminente a Lisandro Alvarado, quien se complace y enorgullece en proclamarlo «mi recordado maestro». Con la acción personal de Ernst sobre el ánimo de Alvarado y con la tradición nacional en los estudios del lenguaje se explica el espíritu que informa la decisión de emprender su obra lexicológica, en un ingente esfuerzo que requerirá muchos años de su vida.

Es singular en Venezuela el caso de Adolfo Ernst (1932-1899), y perdóneseme la digresión. Formó un grupo de discípulos, hombres de ciencia, que constituyeron una brillante generación a fines del siglo XIX y dieron obras meritorias a la cultura venezolana. Lo habitual en la historia de la ciencia y las letras nacionales es que no se forme escuela ni se dejen continuadores de la obra emprendida. Cada investigador científico y cada hombre de letras trabaja solo y aislado: toda empresa descansa en unos hombros únicos. La figura, tan común en otros medios, de un maestro con sus colaboradores y discípulos, que son seguidores de una idea y de un método en el que se han especializado, con lo que es posible que se establezca concatenación y continuidad en la ciencia, es insólita en Venezuela. Vargas, Arístides Rojas, Gaspar Marcano, el propio Lisandro Alvarado, y tantos más, son hombres que desaparecen sin  dejar quienes prosigan la obra emprendida. La carencia de solidaridad en las ocupaciones científicas perjudica muy notoriamente la tarea, pues en cada caso se interrumpe la obra iniciada y obliga a recomenzar la preparación de cada individuo. Quizá sea característica general hispánica en el continente americano, pero sin duda, ello explica el aire de reiterado autodidactismo en las obras de investigación.

La obra de Lisandro Alvarado

Por primera vez en Venezuela, un científico con ánimo de lexicólogo había recorrido todo el país y había acumulado de un modo sistemático las notas personales sobre los venezolanismos o las peculiaridades dialectales del castellano de uso general. Además había buscado para corroborar sus observaciones directas, las obras literarias nacionales, que no eran ni son de fácil alcance[11], y había utilizado, como veremos en su lugar, un buen número de obras de consulta, vocabularios nacionales, americanos y del castellano general. Innumerables papeletas de su bien dibujada y fina letra habían sido ordenadas, con paciencia y rigor de filólogo. Es de imaginarse el placer experimentado por un investigador de pensamiento positivista al contemplar la corporeización de una obra objetiva como la que había llevado a término Lisandro Alvarado. Estamos lejos del comentario severo y admonitivo en busca de errores y ofensas a la gravedad del lenguaje académico. La fuerza del hecho vivo prevalecía por encima de toda otra consideración, y ya hemos visto con qué rotundidad invoca el derecho a ser tenidas por legítimas las voces que el uso del vulgo o de los literatos ha consagrado.

La clasificación de las cédulas nos da la clave para seguir el pensamiento de Alvarado:

a) Palabras de raigambre común hispánica, que han adquirido en Venezuela nuevos valores expresivos («voces de igual forma o sonido que las castellanas, pero de diferente significación»). Las ordena bajo el título de Acepciones especiales.

b) Voces de carácter nacional, cuyo uso u origen está en la sociedad criolla y que son palabras que «aun siendo derivadas de voces castellanas, no tienen cabida en el Diccionario de la Academia Española, o en otros enciclopédicos, o que si por accidente la tienen es con pasaporte amarillo». Esta parte, en la que incluye también «las voces obsoletas en España, pero no aquí (en Venezuela)», la denomina Neologismos y arcaísmos.

c) Los términos de origen indígena, con los que formó un Glosario aparte, pero integrado en la obra totalizadora[12].

La empresa era de mucha ambición y la llevó a cabo con admirable ahínco y tenacidad. Adopta como sistema la concisión en las explicaciones para «ahorrar tiempo y espacio», pues los vocabularios, por lo general, sirven sólo para resolver la consulta de un momento «para librarse de una duda o para alegar la razón que se tiene de usar tal o cual voz, este o aquel giro»[13].

Además, procura en cuanto ello le es posible precisar el área de uso de un término, aun dentro de Venezuela, para lo que divide el país en zonas de interés filológico (Oriente, Occidente, Cordillera y Llanos -Alto Llano y Bajo Llano-), apoyado en «razones fundadas en la historia de la colonización española». Teme con su habitual modestia que pueda ser «tildado de extrema nimiedad», cuando en realidad se anticipa a un principio científico que la filología moderna ha proclamado como indispensable. El conocimiento del país le permitió a Lisandro Alvarado esta división en zonas, que si bien adolece de cierta imprecisión, es válida en sus líneas generales, y aun debemos estimarla notoriamente aceptable, si consideramos que es la primera vez que se intenta la distribución de los fenómenos del lenguaje en distintas porciones geográficas de Venezuela.

Alvarado propone las siguientes zonas:

I. Oriente, antiguas provincias de Maturín, Cumaná, Barcelona y Margarita. En el Glosario de voces indígenas, les da otra denominación: Anzoátegui, Sucre, Monagas y Margarita.

II. Occidente, Maracaibo, Coro, Barquisimeto, Yaracuy. En el Glosario de voces indígenas: Zulia, Falcón, Lara y Yaracuy.

III. Cordillera, Trujillo, Mérida, Táchira.

IV. Llanos, subdivididos en: 1) Alto Llano, Maturín, Barcelona y Guárico; y 2) Bajo Llano, Cojedes, Portuguesa, Barinas y Apure.

Las fuentes bibliográficas utilizadas por Lisandro Alvarado son numerosas y puede afirmarse que estaba al día en cuanto a elementos de información. Dejando aparte las obras literarias venezolanas, hemos ordenado las referencias dadas por Alvarado en tres grupos, que atestiguan la riqueza de la documentación que manejó para su obra:

1) Diccionarios y estudios de vocabularios, a) Venezolanos: Julio Calcaño, Miguel Carmona, José Domingo Medrano, Santiago Michelena, Gonzalo Picón Febres, Baldomero Rivodó, José Seijas, Manuel M. Villalobos; b) No-Venezolanos: Armas, Arona (Paz-Soldán), Bachiller y Morales, Barberena, Barreto, Batres Jáuregui, Ciro Bayo, Vizconde de Beaurepaire Rohan, Pedro Fermín Cevallos, Cuervo, Echeverría y Reyes, Fernández Ferraz, Gagini, Garzón, Daniel Granada, Lafone Quevedo, Lentzner, Lenz, Malaret, Membreño, Ortúzar, Ricardo Palma, Pereira Coruya, Pichardo, Zorobabel Rodríguez, Román, Salazar García, Salvá, Sánchez Samoano, Segovia, Zayas y Alfonso.

2) Testimonios hispánicos[14]. Acosta, Aguado, Carvajal, Las Casas, Castellanos, Caulín, José Luis de Cisneros, López de Gómara, Gumilla, Herrera, Oviedo y Valdés, Oviedo y Baños, Rivero.

3) Obras varias. Benites, Codazzi, José Antonio Díaz, Renato de Grosourdy, Pittier.

Lamenta Alvarado la falta de estudios lingüísticos indigenistas durante la Colonia, pues a su juicio «los vocabularios y gramáticas de los misioneros fueron compuestos más bien para enseñar el catecismo cristiano que para fines filológicos», afirmación discutible que nos limitamos a transcribir. En la bibliografía nacional indigenista, Alvarado elogia y utiliza los trabajos de Arístides Rojas y Adolfo Ernst.

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Algunas de las observaciones generales de Lisandro Alvarado son realmente sagaces y demuestran haber poseído excelente criterio sobre las características fundamentales del castellano en Venezuela.

Para Alvarado muchas voces particulares de Venezuela tienen igual uso y significación en Cuba, hecho que atribuye a «las íntimas relaciones que en lo antiguo hubo entre esta isla y Tierra Firme». Y señala, además, que «varias voces indígenas de las Antillas fueron propagadas así en otras Colonias españolas». Acepta, por otra parte, la observación ya formulada por otros lexicógrafos de que un buen número de vocablos de uso especial en Venezuela han sido tomados del len guaje náutico, para ser empleados en sentido natural o figurado. Opina que la introducción de tales voces ha de haber sido desde los primeros años de la conquista.

Al hablar de los neologismos, observa Lisandro Alvarado dos importantes rasgos que son fruto de sus meditaciones acerca del lenguaje criollo. Uno se refiere al uso de formas caprichosas o anómalas: «para los vocablos y su evolución la fortuna es ciega, y de un modo inconcebible consagra en todas las lenguas expresiones que carecen de lógica y precisión». Otro rasgo, peculiar del lenguaje usado en Venezuela, es el de la frecuencia fugaz de términos que gozan de cierta popularidad en un determinado momento, se divulgan con pasmosa celeridad y desaparecen luego también rápidamente. Para Lisandro Alvarado son voces «a las claras circunstanciales naciendo anónimas y muriendo presto en la oscuridad». Y añade: «A otros (vocablos) dan importancia ciertos acontecimientos sociales o políticos». Anota, asimismo, la existencia de voces onomatopéyicas, para las cuales «no siempre es satisfactoria la explicación etimológica fundada en una simple onomatopeya».

En su primer trabajo Ideas sobre la evolución del español en Venezuela comenta Alvarado el pernicioso afrancesamiento sufrido por la lengua castellana en Venezuela. Es posible que en algún momento haya pensado incluir los barbarismos en su estudio, pero explícitamente desiste del análisis de galicismos y anglicismos por haber «tan buenos libros como los de Baralt, Calcaño, Rivodó y Villalobos».

***

La obra de Lisandro Alvarado, metódica, exhaustiva y bien documentada, se nos aparece en contradicción con la imagen de bohemio y trotamundos con que nos ha llegado su personalidad. Si bien tuvo que ser viajero incansable por su propia tierra para recoger de primera mano tanta información, no puede descartarse que ha de haber trabajado en forma sedentaria, en la elaboración paciente de su obra. De otro modo, sus escritos carecerían de la solidez, la documentación y la claridad de la obra de erudición, hecha reposada y mesuradamente. Las copiosas anotaciones que figuran en sus libros nos dan la visión de un trabajador silencioso en la paz de su mesa de estudio. La literatura nacional desfila en la riqueza de publicaciones utilizadas por Lisandro Alvarado: novelas, cuentos, artículos, poesías, glosas, notas de periódicos, todo está anotado cuidadosamente, siendo sólo de lamentar que no haya dado en cada caso la referencia rigurosa y completa de la fuente consultada.

Don Santiago Key-Ayala, íntimo conocedor de la personalidad de Alvarado: nos da en una hermosa página la comprensión de esta particular y eficacísima paradoja de nuestro lexicólogo:

«Extraño bohemio, este, que dentro de la aparente irregularidad externa proseguía una labor de ciencia, metódica, rigurosa. ¿Cuándo y dónde, y cómo trabajó su obra Lisandro Alvarado? En todas partes y todo momento. Su bagaje científico no le estorba, porque lo lleva en el cerebro. Su gabinete de trabajo es portátil y deambula con él. Tiene una ventana y una puerta que dan a un paisaje de Bohemia. Alvarado se asoma de tiempo en tiempo a la ventana, mientras trabaja, y otras veces abre la puerta, la traspone, y sigue trabajando. En una botillería, entre amigos de buen humor, sonriente, cordial, tiene en la mano la copa. De pronto depone la copa sobre una mesa, se aparta un momento de sus amigos, echa mano de una libreta de apuntes y escribe notas. Ha cazado un dato. Ha consignado un pensamiento. De pronto desaparecerá del grupo y la primera noticia que sus amigos tendrán de él es que de allí mismo ha emprendido viaje. Así, trabajando en todas partes y en todo momento, conversando con los humildes, confrontando testimonios de las más varias fuentes, aprendiendo de la naturaleza y de la vida, pudo dejarnos su Historia de la guerra federal, los Glosarios del bajo español en Venezuela, el Glosario de voces indígenas, la traducción del poema de Tito Lucrecio Caro, y numerosos trabajos sueltos»[15].

Hermosa conjunción de un talento y de un temperamento. Sin el estudio, no habría dispuesto de una base científica tan notoria; sin su temple de carácter no habría alcanzado a incorporar las formas vivas del lenguaje aprendidas in situ, que habían escapado a la mayor parte de los estudiosos nacionales del idioma. De ahí que su obra tenga todos los requisitos para estimarla trascendente en los anales de la lexicología venezolana.

Valor actual

Los Glosarios y las notas de Lisandro Alvarado requieren sin duda rectificaciones: términos que deben clasificarse en sección distinta de donde están colocados; identificaciones que hay que enmendar; neologismos que son generales del español; vocablos que no son de ascendencia indígena. Tales rectificaciones son fruto de la superación impuesta por la ciencia posterior. ¡Qué duda cabe! Lisandro Alvarado sería el primero en reconocerlo y aun de llevarlo a efecto, si tuviese a mano los datos actuales de la lexicografía del castellano en América. No en vano ha trascurrido un cuarto de siglo desde la muerte de Alvarado, y por lo mismo hay que juzgar su obra en su tiempo. Además, poseía la humildad del científico y en más de una oportunidad al tropezar con una dificultad insalvable formulaba sus votos para que encontrasen la solución «nuevas y más eruditas tentativas»[16].

En esa modestia y en el sentido nacional que sabe darle a su obra están también otros títulos para que perdure la labor lexicográfica de Alvarado. Termina su «Introducción» en los Glosarios del bajo español con las siguientes palabras:

«Los académicos, los filólogos, los literatos, no sacarán por de contado gran provecho de este estudio, que ha sido arreglado tan sólo para aquellos que no tienen espacio u holgura que les permita observar con esmero las causas y elementos que han modificado el castellano en Venezuela. Es el caso en que están muchos de nuestros agricultores y criadores, cuyas atenciones y energías se absorben en la vida campestre, los extranjeros y viajeros que exploran y estudian nuestra patria y sobre todo nuestro lenguaje con limitados recursos bibliográficos».

Los estudios de vocabulario de Lisandro Alvarado no han tenido la fortuna de que han gozado los libros de Calcaño o Rivodó, por ejemplo. Escrito el del primero bajo la influencia de las Apuntaciones de Cuervo, fue en seguida cita obligada para quienes querían referirse al lenguaje en Venezuela, aunque sea superior la obra de Alvarado; los trabajos de Rivodó, tan diversos y desiguales aunque estimables, han sido consultados y tenidos en cuenta con mucha más frecuencia que los de Alvarado, probablemente por el hecho de haberse editado en París, que fue hasta hace poco el centro de divulgación más poderoso y decisivo en el mundo de la cultura occidental. Los libros de Lisandro Alvarado, más ricos, más exactos, más objetivos, no han tenido tanta ventura.

Es necesaria y justísima la reedición de la obra lexicográfica de Alvarado, para darla a conocer mejor. Si en algunos puntos hay que enmendarla, en su mayor parte es digna de segura consulta; y, además, el ánimo con que se hizo, su plan, y su realización y contenido, están particularmente en pleno vigor y validez para que todo ello sea ejemplo y guía de los investigadores del léxico peculiar del castellano en Venezuela.

NOTAS

[1] Publicado en Caracas, Lito -Tip. Mercantil. 1929, XV, 704 pp.

[2] Publicado en Caracas, Ediciones «Victoria», Manrique & Ramírez Ángel, 1921, XIX, 319 pp.

[3] En dos redacciones. La primera publicada en Anales de la Universidad Central de Venezuela. Año XI, tomo XI, n.º 3, 1922, pp. 463-480; la segunda en los mismos Anales, año XVII, tomo XVII nos. 3 y 5, 1929, pp. 349-378 y 782-812.

[4] Por cierto que esta «Introducción» de Alvarado, fechada en 1926, anuncia como obra futura el Glosario de voces indígenas de Venezuela, que había sido publicada en 1921. Por tanto debe haber sido escrita necesariamente la «Introducción» mucho antes de la fecha que lleva al pie. Por otra parte en el trabajo Ideas sobre la evolución del español en Venezuela, fechado en 1903, se menciona explícitamente un Glosario ya hecho con unas tres mil voces, que por lo que asegura Alvarado abarcaría, en una sola obra, lo que luego fueron los Glosarios del bajo español y el Glosario de voces indígenas. Es posible que al ensanchar su estudio inicial, Alvarado decidiese distribuir en dos libros el material recogido, y dejase en la «Introducción» de los Glosarios del bajo español alguna afirmación contradictoria. Además, las «Introducciones» de las dos obras son doctrinalmente idénticas y tienen incluso frases y expresiones comunes.

[5] Lisandro Alvarado reconoce el injerto importante de las lenguas indígenas prehispánicas en el vocabulario español, pero concede poco valor a la influencia que haya cabido al elemento negro.

[6] También está fuera de duda la total adjudicación a Bello de la traducción y adaptación del Arte de escribir de Condillac, publicada en Caracas, en 1824.

[7] José Luis Ramos en el estudio intitulado Martínez de la Rosa, ligeras observaciones sobre su poética, estampa las siguientes palabras que son fiel expresión de su pensamiento capital: «El Sr. Martínez de la Rosa se manifiesta sumamente versado en los clásicos griegos y romanos. En efecto éstos son los maestros del universo y en ellos aprendemos a pensar y a hablar como enseña la naturaleza. En vano se buscarían estas ventajas en otros autores; conviene pues estudiarlos noche y día, sin olvidar los clásicos españoles, porque en sus obras adquiriremos el conocimiento profundo de una lengua que no cede la primacía sino a las de Atenas y del Lacio».

[8] Quiero aducir solamente la breve mención de unas cuantas obras impresas en Venezuela, publicadas pocos años después de la introducción de la imprenta en el país en 1808: 1) Elementos de Gramática castellana, dispuestos en forma de diálogo para el uso de las escuelas de la República, impreso antes de 1826, en Caracas 2) Ortografía de la lengua castellana, compuesta por la Real Academia Española, Caracas, reimpresa por Tomás Antero, 1834; 3) Juan García del Río y Andrés Bello, Nuevo sistema de Ortografía. Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar y unificar la ortografía en América. Reimpreso en Caracas, Imprenta de Domingo Navas Spínola, 1826 (había sido publicado por sus autores en la Biblioteca Americana, Londres, 1823); 4) José López de la Huerta, Breve Diccionario de sinónimos de la lengua castellana, o examen de la posibilidad de fijar la significación de los sinónimos. Caracas, en la imprenta de Valentín Espinal, 1828; 5) Mariano Madramani y Calatayud, Tratado de la elocución o del perfecto lenguaje y buen estilo respecto al Castellano, segunda edición de la hecha en Valencia de España en 1795. Caracas, en la imprenta de Valentín Espinal, 1829; 6) José Gómez Hermosilla. Arte de hablar en prosa y en verso. Tercera edición. Caracas, reimpreso por Valentín Espinal, 1839, 2 vols.; 7) Juan Vicente González, Elementos de Ortografía Castellana, Caracas, Almacén de J. M. Rojas, 1843. Y de impresos no caraqueños, anoto: 1) José Silverio González, Lexigrafía, Cumaná, 1840; 2) Domingo Faustino Sarmiento, Memoria sobre ortografía americana leída a la Facultad de humanidades. Valencia, reimpreso por Juan de Sola, 1845; y 3) José Manuel Carrera, Breve tratado de ortología, Coro, impreso por A. W. Neumann, 1857.

[9] Según Julio Calcaño (El Castellano en Venezuela, Caracas, 1897, 5 384) «fue Alejandro Peoli, correcto pero árido escritor, el primero que se dio entre nosotros a observaciones lexicográficas, ha ya más de treintaicinco años, bien bajo su firma, bien con su seudónimo Arturo o en los sueltos picarescos de los periodiquillos El jején y El pica y juye, que alcanzaron gran boga.

[10] Resumen de las Actas de la Academia Venezolana… por don Julio Calcaño, Caracas, 1886.

[11] El propio Alvarado nos lo dice en la «Introducción» a los Glosarios del bajo español: «Probar el uso corriente de esa voz (una voz) en Venezuela es menos fácil, no estando siempre a la disposición de todos una biblioteca de autores venezolanos que traduzcan e interpreten el alma nacional».

[12] En este punto, el criterio de Lisandro Alvarado es radical. En la «Introducción», al Glosario de voces indígenas rectifica con cierta violencia a don Julio Calcaño, en una suerte de declaraciones de principio: «Nuestro erudito académico don Julio Calcaño parece en sus escritos preocupado con el pensamiento de apartar de toda influencia sobre el español venezolano a los idiomas indígenas, como si fuesen de suyo impropios para jugar este papel en la evolución de nuestra habla. Las lenguas orientales le son más meritorias a este fin…». El propósito de Alvarado está expuesto en estos conceptos: «Hémonos dado a la tarea de catalogar y definir las (voces indígenas) recogidas en nuestra patria con el doble objeto, y ello cuando fuere posible, de establecer su antigüedad, y abolengo y de señalar su uso apropiado en el país, bien entre el vulgo, bien entre los literatos».

[13] Repite la misma idea en el Glosario de voces indígenas. Hay que ser «breve, conciso y claro y propio» en las definiciones «para identificar cada ser, cosa o voz».

[14] Alvarado los denomina «los mal llamados cronistas».

[15] S. Key-Avala, Entre Gil Fortoul y Lisandro Alvarado, Caracas, 1945, p. 17.

[16] En el Glosario de voces indígenas, al hablar de las dificultades de identificación de un ser, cosa o voz, reconoce la imperiosa obligación de atenerse a los principios usados por los naturalistas, y afirma: «Seguimos por muestra parte el plan, pero no el sistema, técnicamente hablando, puesto que no somos profesionales, ni sabemos gran cosa de ciencias naturales y lingüísticas».

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