literatura venezolana

de hoy y de siempre

La noción de tiempo en la obra de Enrique Bernardo Núñez

Jesús Puerta

1.- UNA PREGUNTA SIN RESPUESTA: EL SER Y EL TIEMPO:

Una pregunta contra la cual se han estrellado muchos sistemas filosóficos, es aquella que interroga el ser del tiempo. Si nos lo preguntamos, podríamos experimentar la desaparición de esa seguridad con que nos referimos a él. Se nos hace imposible dar con una definición satisfactoria. La filosofía y la física han ensayado algunas respuestas. El tiempo también aparece aludido en la economía política. Pero es sobre todo en la historia donde la pregunta por el tiempo y la historicidad se nos hace esencial.

Aristóteles sugería que el tiempo es una cuestión de perspectiva, el punto de vista del “ahora”. A partir del “ahora” podía verse hacia atrás y hablar del pasado, o mirar hacia adelante y vislumbrar el futuro. También en su discusión sobre las categorías de “Acto” y “Potencia”, Aristóteles se metió con el tema del tiempo. Ambas eran “formas de decir el Ser”, con lo que unió ambas nociones: el Ser y el Tiempo. El Ser era Ser en el Tiempo. Tanto, que en ocasiones era “Acto” y, en otras, sólo “Potencia”.

Para la física newtoniana, el tiempo era una condición absoluta y “de fondo”, ligada al movimiento relativo de los objetos en la naturaleza. Por ello, el tiempo era homogéneo, continuo y absoluto. Su concepto aparecía como la relación abstracta entre distintos procesos objetivos, independientes de los sujetos que los conocían. La posibilidad misma de medirlo con relojes, como se medía el espacio, en unidades infinitamente divisibles, lo abstraía de procesos y sujetos concretos. De esta manera, el Ser y el Tiempo se separaban. Este era una condición de aquél; no una cualidad intrínseca.

Este tiempo abstracto de la física clásica, se opuso al tiempo concreto de las vivencias subjetivas que Agustín de Hipona hacía depender de las tensiones del alma. Esta era la traducción filosófica de la vivencia de la expectativa o la distracción de la conciencia de la duración. Mucho después, Kant retomaría esta noción subjetiva del tiempo en sus categorías de la Estética Trascendental. El Tiempo, junto al espacio, era una de las categorías con las cuales el Sujeto (también trascendental) organizaba sus percepciones para posibilitar el objeto mismo, su conocimiento y, finalmente, el Entendimiento. Pero Kant hacía absorber el sujeto concreto en el Sujeto Trascendental, que es todo sujeto únicamente en tanto conoce, en cualquier tiempo y en cualquier espacio. Es decir, de nuevo volvía abstracta la noción de Tiempo. Bergson devolvió el Tiempo al sujeto concreto en forma de intuición, una evidencia que sólo podemos compartir pero no comunicar racionalmente. La Duración, en el pensamiento de Bergson, se convierte en principio metafísico, análogo y competidor del Ser de Parménides, las Ideas de Platón, la Voluntad de Schopenhauer y, quizás, si atribuimos una metafísica a Nietzsche, la Voluntad de Poder. Acá, en Bergson, el Ser y el Tiempo se enfrentan como principios competidores.

Hegel intentó una síntesis de esos tiempos objetivo y subjetivo con su concepto de “devenir intuido”. Era la mediación entre el Ser y la Nada, lo que era no siendo y lo que no era siendo. Llamativamente, Hegel también establecía una equivalencia entre el Yo y el Tiempo: ambos eran la determinación de la indeterminación: algo así como el intento de la Razón de atrapar lo que es por naturaleza inatrapable, el Yo por ser libre, el Tiempo… por ser Tiempo.

Esta revisión filosófica no sería satisfactoria, si dejamos de lado a Heidegger, cuyo libro principal se llama, precisamente, “Ser y Tiempo”. Aunque critica lo que llama “noción vulgar del tiempo” en Aristóteles y Hegel, Heidegger concuerda con la idea de que el Ser es y sólo puede ser en el Tiempo. Es precisamente ello lo que lo lleva a afirmar la radicalidad temporal de la existencia y, más allá, su historicidad, en tanto se trata de tiempo compartido, colectivo. En Heidegger hay una identidad entre el tiempo existencial, el del Ser (el individuo), y el tiempo de la comunidad. De esa identidad, precisamente, deriva la historicidad.

Cabe otra advertencia en relación a Heidegger. Lo vulgar (inapropiado, impreciso, equivocado en última instancia) que critica en Aristóteles y Hegel, es entender que el Tiempo es pura sucesión o consecutividad. Hay otra dimensión temporal que, según Heidegger (y que Derrida comenta después) queda fuera de la noción de Tiempo de los grandes filósofos del Occidente: la simultaneidad. Ella la consigue Derrida en la lingüística de Roman Jakobson.

Jakobson critica al fundador de la lingüística, Ferdinand De Saussure, por enfatizar el carácter lineal del lenguaje, la supuesta imposibilidad de pronunciar dos elementos lingüísticos a la vez, reconociendo así únicamente la sucesión o concatenación temporal del habla. Como señala Derrida, gracias a esta crítica, Jakobson observa que este “prejuicio tradicional acerca del carácter lineal del lenguaje” (Jakobson, 1967: 109) le impidió ver a De Saussure que, al lado de la “concatenación”, había otra modalidad de combinación del lenguaje: la “concurrencia”.

Así, “toda unidad lingüística sirve a la vez como contexto para las unidades más simples” (Ob. cit.: 109). De modo que los fonemas son el contexto de los rasgos diferenciales, las palabras o morfemas lo son de los fonemas, la frase de las palabras, el discurso de las frases, etc. El contexto, a cada escala, constituye la simultaneidad de cada unidad de análisis lingüístico. Se podría incluso ampliar tales contextos, hasta considerar las relaciones interpersonales, las instituciones, las clases y las naciones, como hacen los lingüistas pragmáticos, pero también los historiadores del arte y la literatura.

El hablante, según Jakobson, realiza dos operaciones. Una, la selección, consiste en escoger entre las diversas opciones virtuales que ofrece el código o la Lengua, estableciendo así relaciones simultáneas y sistemáticas con todos los otros elementos lingüísticos ausentes, que no fueron escogidos, pero que pueden sustituir a los seleccionados. La otra operación es la combinación por la cual “todo signo está formado de otros signos constitutivos y/o aparece únicamente en combinación con otros signos” (Jakobson, Ob. cit.: 109). Así, cada signo se refiere, a la vez, al código o Lengua y a su contexto. Ambas relaciones son simultáneas y sistemáticas. Así la simultaneidad es fundamento de los análisis contextuales en lingüística, pero también en historia del arte y la literatura y (¿por qué no?) otras formas de historia.

2.- EL TIEMPO Y LA NARRACION:

El tiempo es una dimensión implícita en toda narración, sea de ficción, sea pretendidamente real o histórica. El tiempo es evidente en la sucesión de los episodios y, si es escrita, en la linealidad de la escritura. El recorrido de la vista del lector por la línea de la escritura, remeda lo que se intuye como devenir y transcurso en el tiempo desde Aristóteles. La atención lectora se desplaza desde el “antes” hacia el “después”. Toda narración, mediante su estructura compositiva, puede simular ese tiempo de la sucesión y la concatenación. Sólo se permiten algunos “saltos” en la relación de los acontecimientos realistas: cuando interfiere el recuerdo. El pasado aparece como recurso de la explicación de lo que sucede. En la prosa realista, esos “saltos temporales” tienen la función de recuerdo y de explicación, y por ello el texto ofrece al lector pistas sólidas para su inteligibilidad. La prosa no escatima, en esos casos, pistas para la orientación del lector. Lo mismo puede decirse en esas narraciones en que el presente es el futuro de la narración. Es decir, cuando lo que se cuenta es pasado en relación al narrador. Pasado, presente y futuro son posibles a partir de un punto en el devenir temporal, una perspectiva, un punto de vista.

Enrique Bernardo Nuñez provoca una ruptura de esta correspondencia entre la linealidad de la escritura y la linealidad del tiempo, mediante el recurso compositivo de referir episodios de épocas históricas diferentes, en la linealidad de la escritura de la novela. Y sin pistas “realistas”. No se trata de recuerdos. Ni siquiera de explicaciones, aunque sí sugieran analogías e identificaciones.

Además, ¿quién recuerda? En Cubagua aparecen de repente fragmentos de crónicas antiguas, referencias del Tirano Aguirre en el primer capítulo, como si el narrador lo considerara preciso; como si, además, lo que va a contar es tan histórico, como lo del personaje maldito. Otra posibilidad: la descripción del paisaje trae al narrador las crónicas históricas: los lugares son una misma cosa que sus historias, sus personajes, sus fundadores y héroes. Recuerdan, en este caso, la tierra, el territorio, el paisaje, las viejas edificaciones.

Pero el pasado también se entromete en el presente de los personajes principales y del narrador. Como en este diálogo entre Leiziaga y fray Dionisio:

  -¿Me ha dicho que piensa levantar un plano de Cubagua? Puedo mostrarle uno trazado hace tiempo, cuando Nueva Cádiz se hallaba en su mayor riqueza.

  – El pasado, siempre el pasado. Pero ¿es que no se puede huir de él? Sería mejor que hablásemos ahora del petróleo (23)

Personajes actuales y de otros tiempos se identifican. Fray Dionisio le habla a Leiziaga de otros que, como él, habían llegado a Cubagua en busca de fortuna. Luego, el enviado de las compañías medita:

Leiziaga se inclinó de nuevo sobre el plano de Nueva Cádiz. Después se le ocurrió un pensamiento que le hizo reír. ¿Sería él acaso el mismo Lampugnano? Cálice, Ocampo, Cedeño. Es curioso. Recordó este aviso en el camino de la Asunción a Juan Griego: “Diego Ordaz.- Detal de licores”. Los mismos nombres ¿Y si fueran, en efecto, los mismos ? Se volvió a sentar, a un gesto del fraile, que hojeaba un cuaderno amarillento, un manuscrito antiguo  (25)

De pronto, en el capítulo III, la narración que transcurría en una contemporaneidad moderna, es desplazada por la actualidad de la Conquista de la isla. Cedeño y Lampugnano, han desplazado a Leiziaga. Pero es sólo una conmutación. Un juego de sustituciones. La misma narración o las mismas narraciones yuxtapuestas, como transparencias colocadas una encima de la otra y vistas al trasluz, confundiéndose, identificándose las figuras. Sorpresivamente, vuelve la voz de Fray Dionisio en su conversación con el moderno Leiziaga:

-¿Has comprendido, Leiziaga, todo lo que ha pasado aquí? ¿Interpretas ahora este silencio?

  Fray Dionisio se pasó el pañuelo por la frente, por aquella calvicie, remate de una cabeza que parecía desterrada.

Pero no importa, piensa Leiziaga. Las expediciones vuelven a poblar las costas. Se tiene permiso para introducir centenares de negros y taladros a Cubagua. Indios, europeos, criollos, vendedores de toda especie se hacinan en viviendas estrechas, Traen un cine. Se elevan torres de acero. Depósitos grises y bares con anuncios luminosos. También se lee en una tabla: “aquí se hacen féretros”. Los negros llegan bajo contrato. Los muelles están llenos de tanques. Los buques rápidos con sus penachos de humo recuedan las naves de las naos. (38)

Pareciera que Núñez sugiriera aquí una noción cíclica o circular del tiempo histórico. Un eterno retorno de lo idéntico, aunque en formas diferentes.

3.-UN PRINCIPIO DE INTERPRETACION INMANENTE DE LA HISTORIA:

Otra interpretación posible es que Núñez distingue y distancia dos tiempos, el del discurso novelesco y el de la historia positiva, la de los hechos. Según esto, Núñez como novelista diferiría del Núñez historiador, asumiendo las diferentes funciones del discurso de conocimiento y el de ficción. En todo caso, EBN toma distancias de la narración simple de la concatenación de los hechos.

Pistas para dilucidar esto, podría ser el Discurso de Incorporación a la Academia de la Historia, en 1948. En ese texto, Núñez desarrolla lo que podríamos llamar un principio interpretativo inmanente de la historia, el cual no deja sin tocar el problema del tiempo histórico.

Cabe resaltar la fecha de ese Discurso, 1948, la segunda mitad de la década de los cuarenta, época en que se funda la Facultad de Humanidades de la UCV, en que el conocimiento histórico conoce un auge y una sistematización que rompe con los devaneos literarios anteriores, para proponerse como una disciplina científica. Van quedando atrás los determinismos positivistas, pero también los arranques épicos y poéticos que deban demasiado vuelo a la elocuencia y poco a la precisión científica. Ya no se cree tanto, en aquel entonces, en que “la poesía es fuente de historia o la historia es fuente de poesía”. Se puede decir que en aquellos momentos, la historia transitaba, de la predisciplina, a la disciplina.

Núñez problematiza la cuestión del tiempo desde diferentes puntos de vista. En primer lugar, subraya la actualidad del pasado. Esta tiene que ver con la función integradora y constructora de la historia. Estudiar y escribir historia no es apartarse de la lucha actual. Al contrario,  es “saturarse de la realidad que la ha inspirado y ha de inspirarla en lo sucesivo”. Para Núñez, la historia “es pasión de actualidad”, y convoca en su respaldo nada menos que a Maquiavelo, quien busca en el pasado argumentos para las luchas de su presente. La ignorancia de la historia tiene serias consecuencias, entre ellas la pérdida de territorio: “por carecer de una política fundada en la historia, nuestro país no es hoy lo que debía ser” (208).

Por tanto, el estudio de la historia tiene como fin comprender la “causa de Venezuela”. Hay una historia de los vencedores y otra de los vencidos. La historia debe ser necesariamente parcial, toma partido por los propios; pero ello no va en contra de su veracidad (“la verdad, madre de la Historia”, dice Núñez, citando al Quijote), por cuanto se trata de poner del lado de nuestros pueblos, a la razón y la justicia.

Hay un sabor hegeliano en estas afirmaciones nuñecianas, que no son simple retórica. Hay una muy precisa referencia a la filosofía histórica hegeliana, con la cual Núñez coincide, pero también polemiza y complementa.

Hay una razón en la historia. Esa razón es la que constituye sus hechos. Cada pueblo, y cita en su apoyo Núñez a Montesquieu, tiene un motivo central de existencia. En el caso del pueblo venezolano, ese motivo, esa Idea Suprema, esa Fuerza espiritual, esa razón histórica, es la Libertad (y esta es otra coincidencia con Hegel, aunque éste llama a los pueblos americanos “pueblos sin historia”). Puede hacerse historia económica, pero “tras esa historia económica o de los economistas, puede hallarse la pasión de un pueblo por su libertad” (210) ¿Polémica con los recientes, en los cuarenta, análisis marxistas? Es posible. Aunque las coincidencias se pueden percibir en otros puntos de su discurso.

“Hoy como ayer se trata de la Libertad (…) La Libertad ha de tener un objetivo y una conciencia para defenderla. Libertad es la conquista de la tierra abandonada”. Sorprendente síntesis de una idea hegeliana con otra positivtsa: la de la necesaria población y conquista del espacio. Y concluye su discurso afirmando: “Este ideal de Libertad es la historia misma de Venezuela” (228). Casi que Núñez parafrasea a Hegel al afirmar que la historia es el despliegue de la Idea de la Libertad.

Siguiendo esta interpretación, la noción de tiempo en Núñez debería ser también consecutiva, una intuición del devenir, del No-Ser libres al Ser Libres. La historia tendría un sentido único, en la cual cada etapa constituye un avance en relación a la anterior.

Lo curioso es que aquí Núñez se distancia de Hegel. Para el venezolano las etapas son simultáneas, contemporáneas, yuxtapuestas. “Conquista, Colonización e Independencia. Son tres etapas que se prolongan hasta nuestros días. Se diría que todo nuestro pasado fuera presente” (210).

Es esta simultaneidad de las tres etapas lo que fundamenta ese principio de interpretación inmanente del que hablábamos arriba: cada hecho, cada circunstancia, cada personaje inclusive, debe interpretarse a la luz de su analogía con personajes del pasado. La historia, la memoria del pueblo, tiene la función de comprender el presente y dirigirnos hacia el futuro. En realidad, no hay sino presente, donde actúa el pasado en forma de memoria, conocimiento y, sobre todo, persistencia efectiva.

Antes habíamos preguntado si Núñez proponía un concepto cíclico del tiempo histórico, una idea de eterno retorno o repetición de lo idéntico. Pienso que hay elementos para entender la posición del autor en una perspectiva un tanto diferente. No es que hay una repetición indefinida de lo mismo; sino que la Historia se interpreta a sí misma por cuanto no es únicamente sucesión, sino también simultaneidad. Por otra parte, nuestra historia no es únicamente consecutividad porque persisten elementos de otras etapas. Ellas son aún actuales y actuantes.

Lo que queremos decir es que Núñez pudiera mostrarse de acuerdo con que la significación de los hechos históricos sólo puede establecerse, por una parte, en relación con otros hechos históricos que, entonces, dejan de ser simplemente pasados para hacerse simultáneos, presentes, efectivos, y, por otra, en relación con los hechos que le anteceden y suceden en sus diferentes contextos locales, nacionales, internacionales. Y ambas relaciones debieran ser también simultáneas y sistemáticas. Igual que las relaciones de los signos lingüísticos con las posibilidades de la Lengua y con las de sus contextos. Igual que las relaciones de identidad entre personajes de momentos históricos diferentes, logradas en la novela mediante la secuencia y la simultaneidad de diferentes tiempos.

Pero esto, ¿no está en contradicción con el sentido de la historia, la historia de Venezuela, la cual tendría un sentido, el de la Libertad, y por tanto, es consecutiva, secuencial? Núñez identifica el Ser y el Tiempo y lo hace derivar en historicidad por la misma vía heideggeriana: identificando el tiempo del individuo con el del colectivo. El Pueblo venezolano, el Ser, tiene un Tiempo, que es su historia. Esta es, por supuesto, devenir, devenir libre, pero también devenir él mismo. Venezuela se identifica a sí misma en el Tiempo haciéndose libre. Y lo inverso también: Venezuela se hace libre identificándose a sí misma en el tiempo, es decir, en su historia. El tiempo no una condición “de fondo”, homogénea, absoluta y continua como la concebía la física clásica. El tiempo es una cualidad concreta, relativa a los sujetos y a los procesos.

Por supuesto, esta es una lectura de Núñez desde una perspectiva un tanto emparentada con la de Derrida. La ruptura con la noción del tiempo como simple consecutividad o secuencia, tiene implicaciones que tal vez Núñez no podía desarrollar de la manera como nosotros podemos. Pero el tiempo era uno de los puntos en que Núñez polemizaba con Hegel, y ello lo llevó a tomar una posición que se distanciaba de lo que Heidegger llamaba, como ya vimos, “noción vulgar del tiempo”. El significado del pensamiento histórico de Núñez puede interpretarse, como lo hemos hecho, como una nueva versión de la lucha contra la “noción vulgar del tiempo”.

Pensamos que hemos resaltado la originalidad del planteamiento literario e histórico de Núñez, la cual puede ser pensada como un programa de investigación (en el sentido de Lakatos) sin continuidad en el desarrollo de la disciplina histórica venezolana.

BIBLIOGRAFIA:

DERRIDA, Jacques (1971) De la gramatología. Siglo XXI editores,  México. Segunda edición en español. 1978.

HEIDEGGER, Martin (1927) El ser y el tiempo. Fondo de Cultura Económica. México, Segunda reimpresión en español. 1990.

NUÑEZ, Enrique Bernardo. NOVELAS Y ENSAYOS. Biblioteca Ayacucho. Caracas. 1980.

JAKOBSON, Roman et al. (1967) Fundamentos del lenguaje. Editorial Pluma. Madrid. Tercera edición. 1980.

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