literatura venezolana

de hoy y de siempre

La noche de máscaras

Antonio Ros de Olano

I

¡Oh, qué hermosa es!… ¡Nunca la he deseado tanto como hoy!… ¿Y qué? Inútil todo; porque no quiere estar conmigo. Si la encontrara, me reclinaría en su regazo, y por lo menos me quedaría dormido como un mamoncillo en la cuna…

Muchos no saben por qué, ni de qué ríen los recién nacidos durante el sueño: y es que la paz les unge todo el cuerpo con un bálsamo impalpable que los deleita, y por eso se ríen de placer los inocentes. ¡Bendita se la paz! Los niños la besan dormiditos, y ella se les acuesta al lado para poner sus labios con los del mamoncillo pequeñuelo en el pezón de la madre.

Está visto, no hay más mujer que la madre; su mano puesta ahora sobre mi frente me calmaría la fiebre… Pero mi madre se cayó ¡infeliz! Desde el suriquete de una fragata al agua, yendo a doblar el cabo de Hornos; no sé si se ahogó, porque a pesar de la altura en que estaba, no la vi bajar por el aire más que una vara y dos o tres pulgadas; pero desde entonces que no la he vuelto a ver… y por allí andaban muchas gaviotas.

¡Ay! La cabeza me duele… ¡Maldita sea la cabeza! – Descartes opinaba ser su cabeza un cómodo palacio de su alma, y la glándula pineal decía ser el trono de esta reina–. Yo lo que es respecto al alma, no negaré que la tenga o no en la cabeza, pero dado este primer supuesto, creo que mi cabeza no es el palacio, sino el purgatorio de mi alma.

¡Cosa más rara! – ¡Sin querer he hecho un horroroso gesto, que ahí lo tenéis grabado en la pared de enfrente como una reflexión del daguerrotipo!… Vaya; no hay más que reírse, no parece sino que me quitado la máscara y la he colgado de un clavo… Pues, señor, esto quiere decir algo; ya no es un mero reflejo, sino que poco a poco ha tomado cuerpo, y bulle y se agita como quien baila… Ea, démosle gusto, la como y me voy al salón de Oriente –. A bien, a bien, que puede que la música me distraiga: el cristianismo tiene sus bacanales. ¿Y qué?, ¿no soy yo cristiano?, viva el carnaval, vámonos a las máscaras, vámonos a Oriente.

Este maldecido gato de mi vecino el alabardero, siempre que se salgo de noche me enreda las piernas con el rabo.

La careta me viene pintiparada, encaja como en su molde, pero en las sienes ¡ah!, en las sienes, pica como un sinapismo.

II

¡Al fin llegué!, ¡equivocación más torpe!, creí entrar en un landó, y cátate que he venido en un confesionario donde apenas cabíamos el fraile y yo: el buen confesor se reía de mi careta; mi contrición ha sido infinita; me quitó el padre la máscara del rostro, se la puso, y no he visto cosa… más parecida a mi cara… temo que me descubra… pero, no puede ser; uno y uno son dos, mi nariz sobre mi nariz, forman un superlativo de esta facción muda, la más ridícula y trastornadora del rostro humano. ¡Adelante, adelante!, el caso es distraerse y sacudir la fiebre como se sacude el agua después del baño; ni más ni menos, el caso es ver si aquí la encuentro. El folletín de mañana está ya en la imprenta y sólo me falta corregir las pruebas.

«Caballero», me dijo ahí al entrar, el cobrador, hace un momento, «¿trae usted billete?».

Volví el rostro a mirarle y fue tanta la risa que le di, que ahora mismo le están asistiendo en sus últimos instantes. —Juro que he quedado con esto muy satisfecho, porque de fijo no me conoce nadie.

Las máscaras encierran algo diabólico. —He aquí este salón lleno de luces que a pesar de estar encendidas, no alumbran, parecen las llamecitas lancetas recortadas de oropel rojo y los espejos ofenden la vista con tan vivísimos reflejos, y desvanece mirar en ellos la multitud de grupos animados que pasan, corren, vuelven, andan, se paran, bailan, ríen, lloran, se amedrentan, se abrazan, se persiguen, se alcanzan, se barajan y confunden. —¡Oh, gran cosa son los espejos!, porque revelan el fondo de las casas, enseñan sus muebles, el movimiento interior; descubren las acciones, todo cuanto pasa dentro, en fin, secretos de tocador, de alcoba, de despacho, de antesala y de estrado, secretos que son el alma del hogar doméstico y la clave ignorada del mundo, con la cual se gobiernan las familias sin escándalo. —Los hombres debiéramos tener un espejo no sé en qué parte, para ayudar a los médicos en sus diagnósticos, y para que los unos a los otros no nos condenásemos al infierno de la duda.

Allí viene derecho a buscarme el coronel que hace unos días estuvo a felicitarme las pascuas sin conocerme; veo que la careta no me sirve de nada y estoy tentado de plantármela en el cogote como hace cierto hombrecillo a quien equivocan con el dios Jano… Cuando me mira tanto, prueba que no me conoce del todo; fingiré la voz si me habla, y acabará por creer que no soy el mismo.

—¡A buen amigo!, si no tiene usted el corazón más hermoso que ese espantable rostro, verdadero o supuesto (que no lo distingo) será usted dichoso; y si entiende usted alguna cosa de milicia, como parece, le suplico enmiende el reglamento de retiros: a usted sólo le digo que yo soy el coronel Pozuencos, y en prueba de esta verdad mire usted bien…

Esto dicho por el coronel, dio un bostezo y me persigné asombrado al ver que tenía un espejo en el cielo de la boca, donde se le proyectaban el estómago enteramente vacío y el corazón (que era muy grande) todo escrito y salpicado en confuso, con renglones de la ordenanza militar y de la doctrina cristiana.

¿Sabe usted (le dije) que estoy pasmado? Y el hombre su natural sangre fría me respondió. —Pues no sé de qué cosa sea; ¿usted fuma? —Hombre no. —Le contesté excusándome; a lo que su señoría hizo una muestra de dad y púsose luego a sacar con los dedos, de dentro del bolsillo de su levita, unas migajillas de granos de pólvora, que luego de bien colocadas en el hueco de la mano izquierda las vació con buen pulso en una hoja de hoja de maíz; y mientras retorcía tan extraña mezcla en forma de cigarrillo, me dijo: « Uso de la hoja porque en vez de ser dañina como el papel, es por lo contrario pectoral en alto grado, a más de que no empuerca la dentadura; y ahora noble caballero, me marcharé al último de los pasadizos, por evitar solamente la autoridad irritante de los bastoneros; la música, amigo mío, reviste a estos pelagatos de una fuerza moral que avasalla la alteza del fuero militar… ¡ah! bien haya la armonía de los combates, donde se baila al son de los cañonazos y al compás del honor, sin la presencia de estos farsantes».

Y se marchó con efecto el coronel Pozuencos, y ojalá que no me hubiese nunca abandonado; porque, apenas ido, entre la claridad que se abrió de súbito a mis ojos y la destemplada gritería que me hería en los oídos, me encontraba aturdido, cuando me vino un golpecito sobre el hombro derecho que hizo en mí un efecto galvánico, al que todos mis nervios se crisparon.

Con menos curiosidad que miedo, volví la vista y encontré que quien así me llamaba era la realidad de un ensueño que tuve a los veinte años de la vida.

—¡María! —le dije con lamentable acento—, ¡has guardado, María, esta insinuante ternura para cuando ya visten mis cabellos la blancura de esa túnica!

—No, tú eres joven aún, y tus canas no son nieve.

—¿Pues qué son, pobre de mí?

—Son ceniza, ceniza.

—Tal vez, María, tal vez esta melena sea lava del corazón, que asoma sobre la frente; severas y áridas cenizas que alejan de junto a mí los risueños placeres de mi edad.

«¡Nadie me compadece, María, todos dicen que soy un hombre, nadie me acata como a un anciano, y de dos años a esta parte, tus labios son los primeros labios de mujer que me han llamado joven! ¡¡¡Si vieras qué desgraciado soy!!!»

Le cogí una mano, vi que tenía nublados los ojos por el llanto, y entonces unas culebrillas de placer, que casi duelen, me corrieron, entre cuero y carne, por todo el cuerpo.

María, de lástima o de pudor, había inclinado el rostro, y me dijo con pena: —«¡No, no eres tú tan infeliz — yo!». Luego sentí una lágrima suya que había caído sobre mi zapato. —Íbale a dar un abrazo febril, delirante, sublime, todo espiritualidad y encanto, un abrazo sin profanación alguna, de contacto puramente divino, todo santo; de aquellos, en fin, que se dan en los primeros amores, cuando la materia cede impasible, para que las almas se confundan… Pero de pronto, María, levantó la cabeza, como si le hubiesen dado un capirotazo en la barbilla, y hallé que tenía los ojos muy vivarachos, y cierta sonrisa de sarcasmo en los labios. Di un salto atrás, como quien tropieza con un lobo en su camino; y aquella mujer, antes tan ideal y llena de sentimentalismo, tomó a continuación el falsete de máscara, y viniéndose a mí, me chilló estas palabras a la oreja: «Si no traes dinero, bien puedes empapelar los suspiros, lloronzuelo».

— ¡María!, ¡mi bien, mi única ilusión!, ¿te desvaneces? ¡En todo cuanto toco, siempre lo mismo! ¡Sólo, a los bordes de la felicidad y luego nada!, ¡y el recuerdo de lo que fue fijo en la mente siempre!

— ¡Siempre!, — exclamó también María, replegando sus facciones de nuevo a la modesta, y elevados los ojos al cielo y el espíritu de Dios, siguió diciendo:

— ¡Siempre!, ¡equivale a eternidad, y allí está mi alma! ¡Siempre!, ¡significa el matrimonio, y en él está mi cuerpo encarcelado!

— ¿Qué? ¿Será posible? ¡Te has casado!, ¡no: tú vistes la blanca vesta de las doncellas de Diana! ¡Ah no! ¡Tu cuerpo ciñe la cándida túnica de las vírgenes del Señor! ¡Cuánto idealismo se encierre en los pliegues de tu ropaje…!

— Veo que eres un zote.

— ¡María!

—Sí, no distingues que lo que traigo son las sábanas de mi cama… Esta mancha es de papilla de los niños; esta mancha me da ira y acabará por desesperarme, la he lavado, sí, la he lavado con mis manos, con mis pies, la he puesto en prensa entre mis dientes, todo, todo cuanto hay que hacer, y la mancha siempre sobre mí como una llaga, esta mancha, esta mancha, esta man… cham… param… tan… tarán…tan… tan… tan… tan…

Y echó a andar tiesa como un granadero con el paso de veintiocho pulgadas de talón a talón.

¡Quién no se precipita allí por donde columbró la dicha!, más, cuando una terrible duda le hiende en los senos el corazón. Seguíala yo, luchando con los codos contra las oleadas de la gente.

Un estudiante con hopalanda, que maldito si me ha visto en su vida, me detuvo del brazo y con cierto misterio descorriéndose la careta me dijo: —«Compañero, chitón y alerta porque la policía secreta vigila sobre usted, la nueva tesis gubernamental tiene por coeficiente al sacerdocio que interviene ya en la reacción internacional». ¡Vaya usted muy noramala! Esto y algo más le dije por completo y a medias entre empujones y palabras: creíame libre, y boga que boga con los codos en pos de aquel esquife a toda vela.

Había por cierto una ilusión completa, la atmosfera estaba cargada. los grupos impelían a los grupos, como las olas bravías a las olas: allí los gritos, los lamentos, las carcajadas, súplicas y aullidos, soltados todos a la vez por mil y mil gargantas, ya roncas o agudas: voces que en revuelto desentonadas todas y sin freno, formaban un eco monstruo de lobo y hombre, de mujer y gato, el cual volvía a los oídos rechazado de su centro de vibración, como las ráfagas que rugen del huracán que azota. —Allí, sobre aquella nube amenazante, ponderosa, eléctrica, la orquesta dominando estremecía, no de otra suerte que como cuando el Hacedor abre la diestra al rayo: y María, la barquilla de mi esperanza, empavesada sin plegar sus velas, hendía aquel océano tan rápida que volaba… sí, volaba; era la paloma del arca, blanca, versátil, fugaz y sin hallar dónde pararse. Veinte remos por banda me hacían falta, mas que tuviera entonces que cargar en hombros con cuarenta galeotes.

El sudor cubría mi rostro, el mareo me turbaba la vista; sin embargo, tanto bogaba yo, como ella, deslizándose, me hería. Diez años enteros la había perseguido el pensamiento sin cansarse jamás, y el perezoso cuerpo que a la sazón comenzaba, pedía reposo al alma que anhelante lo mandaba volar, y volaba, y las yemas de mis dedos tocaron sus cendales un instante, a costa de desnarigar a un moro, que muy bilioso se arrancó la careta y me detuvo del brazo diciéndome: —Ésas son malas chanzas —respondíle, usted perdone, y volvióme a decir: —Salgamos fuera, que por la fe de cristiano que profeso sabrá usted cómo se las ha de haber con don Amadeo Ramírez, estanquero nacional. —Muy señor mío, crea usted que yo creí que era usted otro muy amigo mío —le contesté sumiso, tirando suavecito de mi manga y volviendo los ojos a mi rumbo. — Y ¿cómo se llama ese caballero?, porque yo conozco a todo Madrid dijo el bárbaro sarraceno, queriendo entrar en explicaciones y con cierto aire de superioridad. —Se llama (respondí en mi aturdimiento) el coronel Pozuencos. — Pues eso le salva a usted; trate usted mejor en adelante al prójimo: y mire usted al coronel, ese que por allí viene —Y me dio un pechugón, que no me vino mal, porque lo menos adelanté dos varas, y torcí mi derrotero por evitar al coronel, que ya me había echado el ojo, y dio tras mí, y yo tras ella, dando caza, pero sin guía cierta, todo confusión, todo vértigo, y con una fuerza motriz irresistible.

Recuerdo que di tres botes sobre los talones como galgo que pierde la liebre; y en uno de esos me pareció traslucirla a lo lejos. Iba a partir de derecho, contra viento y marea, pero prendada sin duda de la fuerza que mostré tener en las piernas, me detuvo una monja y me habló muy dulce, diciendo: «Me gustas mucho; dame el brazo y te enseñaré la cara». —Quítese usted señora, con mil diablos, que tengo prisa —le contesté: a lo que repulgándose la celibata me dio un pellizco propio del tribunal de los diez y quedó vengada de mi grosería. Naturalmente di un quejido y me rodearon gentes que me cortaban el paso; y un arlequín me zamarreó bailando; y un galán de ferreruelo poniéndose meloso, me dijo: —«Te conozco mascarita» —y yo conocí en él que era tonto, pero nada le dije, y sí a todos les grité: —«¡Dejadme!, ¡dejadme que me ahogo!». Á estas voces corro por no verme envuelto en una causa criminal, y a favor del espacio tendí los remos, sobrenadando tan liviano y ágil que me creí trasformado en ballenato.

¡Oh!, ¡qué nadar!, ¡qué nadar el mío, en mitad de la más desatada borrasca!

¡Qué voluptuosa intrépida carrera
al son del trueno, al rebramar del viento
Y al rugido y vaivenes de la mar!
¡Oh qué nadar!
Olas que vienen,
Olas que van;
Dejarme yo,
¡Y ellas… pasar!…
¡Pasar y más pasar!…

No sé cuántas millas por hora hubiese corrido de aquella suerte; muchas más, a no dudarlo, que un vapor; pero inofensivo cetáceo de aquel océano, me sentí de pronto herido por el terrible pez espada. Era éste el coronel Pozuencos que envainó su brazo en el mío formando gancho; pero de una manera, que me hizo cobrar tierra con rudo sacudimiento fisico y moral.

Por lo pronto me persuadí de que me iba a fondo; pero recobrada la razón, la ira que me asaltó contra el tal coronel, estuvo a punto de hacérmela perder de nuevo. Y así hubiera en efecto sucedido a ser menos ingenioso, y no tan bondadoso el rostro del veterano, que advertí me contemplaba con aquella intensidad de mirada y ternura de sentimiento con que contempla a su hijo un padre avezado al infortunio, y exento ya de las pasiones locas… ¡Ah, sí!, el coronel Pozuencos, sin hablar ni moverse, me despertó la idea de la paternidad entera; y aunque no sepa ni explicarme a mí propio, por qué trámites lógicos vine a parar en esta preocupación fantástica, lo cierto es que yo me creí llevado ante el autor de mi vida.

Entonces formulé este juicio con una rapidez admirable.

El hijo es a su padre, lo que el universo entero al Supremo Hacedor. Sacó Dios la creación del caos, como se engendra el infante, y desde la mujer sale a la vida. El Omnipotente lanzó derramados los orbes al espacio, y aunque todos hermanos, allá en el término de sus distintas trayectorias: a todos y a cada uno trazóles órbitas por separado en que errarían la vida y la carrera: no de otra suerte, un padre arroja su prole sobre la faz del mundo, y a cada edad, a cada sexo, a cada capacidad le prescribe derechos y deberes, y a todos traza un curso, Y a todos los provee del sustento.

El Omnipotente resbala una ojeada sobre sus mundos y lee en el espíritu del universo…

¡Mi padre lee en mi alma!, ¡mi padre penetra mi dolor!, y nadie más… porque tampoco hay más que un padre, como no hay más que un Dios!…

Cavó mi frente, y en el escenario del rostro se representaba un drama sublime.

El coronel sintió mi mano que convulsiva le apretaba, y no comprendió acaso, que el alma henchida de una tempestad entera buscaba un conductor eléctrico donde descargar, como suele la nube que reventando sus rayos, relámpagos, truenos y granizo, se desgaja en torrentes bramadores, hasta que al fin menguando en el turbión de su fiereza, cobre diafanidad, y se presenta un iris.

El coronel no penetraba mi acceso, supuesto que tan sólo me respondió con la flaca materia, y un tanto de bilis flemática, que es la impotente rabia de los viejos. ¿Ya comprenderás lo que diría el veterano al sentirse estrujar un brazo? Pues ni más ni menos. Dijo: —«¡Cáspita!, caballerito, ¡cáspita!, que por Cristo vivo si esa pesadilla que aún veo le dura, no es para mí harto más que pesada: ¡cuerno!, que si no afloja usted el torniquete de sus dedos, me desespero, buen hombre».

—«¡Ah, mi amado padre!, sufro lo que no es ponderable!» —exclamé abrazándolo con arrebato, y el buen viejo se enterneció hasta el punto que me besó la frente llamándome hijo suyo. —«¡Qué fiebre tienes, hijo mío!, ¡qué fiebre tienes! (añadió); ven, quiero presentarte a mie esposa para que la armoniosa voz de la mujer endulce tu alma.  La mujer, hijo mío, es el arpa del sentimiento melancólico y apacible, a cuyos ecos se aduermen las fieras pasiones nuestras sus dolores. Estoy por decirte, hijo mío, que le hombre a no vivir asociado a la mujer, se comería a sus semejantes, y mascaría en sus dolores, de sus propias entrañas; o si o, míralos, hijos míos, en las batallas, donde ni la presencia divina de la mujer se les ofrece, ni voz argentina de estos ángeles se oye, sígueme, desafortunado mancebo, y experimentarás una sensación nueva si no tienes madre».

— En efecto, señor, en el aire la perdí de vista para siempre, allí confundida entre unos pájaros marinos, siendo yo aún muy niño. — ¿Y tienes por ventura hermanas?

— Una que Dios me había dado, me la robó el diablo en persona en la mitad de una noche de truenos, cuando la pobre doncella se disponía a abrir el baile coronada con la corona de nupcias.

— Acción es muy propia de Satanás que anda siempre a caza de gangas, hijo mío: pero si después de ese rapto diabólico contrajiste matrimonio, el mismo Padre de la Providencia dispuso en sus altos juicios darte por medio de ese sacramento otra hermana de reemplazo de la primera, la que habrás hallado en tu consorte, por más que fueras en busca de otra cosa quimérica que comparan los sacrílegos con el amor al Dios de las bondades, de la caridad, de la luz y de la misericordia; con el amor al Dios de los ejércitos y de la bienaventuranza que así corona la frente de los guerreros, como ciñe las sienes de los mártires… ¡hijo mío!, ¡hijo mío!, no ha existido hombre más idólatra que nuestro padre Adán, el cual tan sólo adoró a Eva por algunos minutos; y esto es tan cierto, como sabido es que después del pecado, quedáronse el uno para el otro tan amigos como antes; amigos, eso sí, porque el único amigo posible es la mujer propia tomada a nuestra elección. Bien que dirás tú: Adán no tenía donde escoger; pero el Hacedor le ahorró ese trabajo, formando la primera mujer a pedir de boca, cosa que no nos sucede a nosotros, porque de mí sé decir que he rodado cincuenta años hasta dar con la mujer; y tú si la tienes, cuenta desde el día de tu nacimiento hasta el de tus bodas, y hallarás en esos años, que por no convenir a tu baza en el juego de la vida, te has descartado de más mujeres que de sotas jugando a los naipes.

—No, padre; tan miserable es mi estrella, que la esposa que había nacido para mí lo es ya de otro. Bien es verdad que hay ciertos períodos en que tengo la desdicha de quedarme tan desaliñado, feo, chiquito, deslavazado, y tan desposeído, en fin, de todo valor así físico como moral, que no parezco ni hombre siquiera, y por eso, si bien me lamento de mi existencia, no asevero el proceder, ni culpo la acción de la que me abandonó por ampararse de otro que sin duda valía tanto como usted y más que yo de fijo… más que yo, sí, pobre ratón racional, que me doy asco a mí mismo.

— Mal hizo, voto a bríos, quien tal obró, robándote la consorte, que no era sino tu única y justa mitad, creada para llenar el vacío de tu lecho. Apuesto ahora mismo una columnaria! a que ni el marido le vino a ella ajustado a su condición y placer, ni ella a él tampoco, sino por lo contrario, el uno para el otro muy holgachones o prietos en demasía, de donde naturalmente se deduce la torpe infidelidad conyugal, y cata tú ahí, cómo esa hija bastarda del séptimo de los sacramentos, asoma coetánea de los párvulos nacidos en consorcio. Y de aquí esos mancebos de apellidos ilustres que desmienten los hechos de sus progenitores.

«De aquí la grave pérdida de los rasgos característicos de familia; de aquí la frialdad, la duda, la certeza asesina; y de aquí, en fin, ese infierno del hogar doméstico; infierno sin horizonte donde dilatar el ánimo, sin superficie por donde huir; infierno estrecho como el toro de Falaris, y que a no ser en tiempo infinito, fuérase por su mezquino tamaño y la condición de sus diablos, peor cien veces, peor, que la gran mansión de Luzbel, donde caben las generaciones que poblaron la haz de la tierra desde Caín acá, y desde acá hasta la resurrección de la carne, que preveo se acerca, porque el mundo se ha alejado mucho del fin para que fue creado; sí señor, y entre otras cosas que han corrompido la especie humana, sábete que Dios hizo al hombre, para que le sirviese y le amara, y el hombre, en contra de esta condición expresa, no sólo trata de servirse de Dios, sino que atenta a enmendarle la plana; de modo y de manera, hijo mío, que aquí se trama una segunda rebelión contra el Señor, de la cual quisiera huir y no puedo, porque en el mundo estamos y el culpado es el mundo, el cual por  su conspiración contra el saber supremo, es ya un gran reo de muerte, que lleno de escepticismo y de hastío se sienta, sin ver ni conocer a su terrible juez; se sienta, repite, a recibir la muerte muerte en el banquillo de cien bases, denominado siglo, desde donde cabalmente, insensata la humanidad, presume desvelar la ciencia… Pero volvamos la hoja, que aquí se acerca en mi busca mi esposa, y ella te consolará como llevo dicho, y puedes bailar si gustas un rigodón con ella, que lo hace con la insinuante expresión y la delicada donosura de Beluci».

Volví el rostro y vi a María; ¡juzga tú mi impresión!, era la mujer del coronel; tenía una mejilla pálida y otra sonrosada, un ojo melancólico, pudibundo, humildoso, y el otro vivaracho, insolente y provocador. ¡Extraña cosa por cierto!, pero sobre la cual no hay duda; porque los míos vieron cómo su ojo derecho estaba muy avergonzado del izquierdo, y así en ademanes contrarios se me acercaron los dos, y me fijaron, y quedé irresoluto como nunca, sin saber a qué atenerme de aquella anfibología, que el alma articulaba por el órgano de la vista. «Esposa, dijo el anciano, te presento y encomiendo con eficacia a este mancebo mi amigo, para que con femenina terneza lo trates, porque el cuitado adolece de la enfermedad del suicidio, que es la idiosincrasia de los nacidos dentro el siglo. Mujer, ahí lo tienes, cumple tú ahora con la caridad de cristiana y el precepto de tu varón».

María inclinó la cabeza en señal respetuosa de obediencia, y me tendió al punto su graciosísima mano, diciendo: rigodón, ¡rigodón!

—Muy bien, señora, bailaremos, puesto que a los dos nos cumple.

—¡Rigodón!, ¡rigodón!, ¡yo me pirro por el rigodón!

Y me apretó la mano, me guiñó el ojo izquierdo picarescamente, y el derecho se elevó al cielo como implorando la misericordia de Dios para su pecador hermano.

El coronel era de estuco, insensible y frío a una escena que me erizó los cabellos. La mitad de María había desertado de su esposo para ser mía, y la otra mitad (contando de arriba abajo) le permanecía fiel. María había agarrado mi brazo derecho con su brazo izquierdo, y me comunicaba con el roce un calor sabrosísimo. El ojo izquierdo de aquella hermosura me miraba con delectación morosa, y como su pupila era luz en cielo apenas azulado, como era luz, mi cuerpo parecía desnudo a la intensidad de sus miradas; sentime cierto rubor de que tal me vieran en carnes vivas; pero a la vergüenza iba unido un placer cosquilloso, o no sé cómo lo diga, un placer tal como si nos acariciaran todo el cutis suavemente con el más suave y regalado plumón del cisne.

A todo esto, el ojo derecho de María fijo, de hito en hito en el inerte coronel, parecía decirle en grande ahogo:

—«¡Acude, corre, ampáranos; que mi hermano se halla poseído de la carne, y quiere arrastrarme!, ¡ayúdate a ti propio!, ¡socorre, socorre a la flaca mujer en su caída, y afirmarás su juramento!». Así en efecto hablaba el ojo llevado a remolque y de por fuerza tras los sentidos corporales, que habían sin duda hecho liga común con el ojo izquierdo…

¡Oh!, el ojo izquierdo era todo mío, todo luz, todo lenguas y besos, ojo fulgente como una plancha de bruñido acero, donde esculpido se leía un sí, que era la puerta al bien supremo

Mi orgullo había crecido hasta tal punto, que al mirar al coronel me dio risa, y si entonces se roza conmigo por casualidad siquiera el estanquero nacional, del bofetón que le pego, no se le despega la careta a tres tirones.

—Rigodón, rigodón, y después nos perderemos.

—Sí, sí, nos perderemos en el bullicio, y luego lo dejaremos para encontrarnos solos.

—¡Ah!, ¡qué gusto!, sí, solitos y sin gente.

—¡Oh, qué ventura la mía!

Tin, tarará, tan, tan,
Rigodón, rigodón, rigodón,
Rigodón y después confusión,
Y después que nos vengan a hallar

—Violón, violón, violón.

— Por qué vienes con ese marido?

— Porque el pobre infeliz lo ha querido.

Por traerme y llevarme en simón.

— Violón.

—Rigodón.

— Violón, violón.

—Rigodón… ¡hermoso mío, que te quiero más que a mi alma!, anda, corre, corre, corre, tomaremos lugar de cabecera.

Y la mujer hecha una ardilla y encogiendo las piernas se me colgaba del brazo con tal placer mío, que en mi vida he tenido otro mayor. A todo esto, el coronel Pozuencos nos miraba y se sonreía, hasta que por último viendo que me llevaba a su mujer colgada y vistosa como una cestita de flores, llegóseme al oído y me previno con estas palabras: «Por santa Rita, cuide usted de que si mi consorte salta, no se le desprendan y pierdan las arracadas, que son las más ricas alhajas que entraron nunca en mi casa».

La curiosidad natural encaminó mi vista, y vi, pero desde que el mundo es mundo que no se ha visto otra cosa; los tales pendientes no eran ni de oro ni de piedras, ni de metal ninguno, ni de nada que perteneciese a los reinos mineral, vegetal, ni animal; sino que el uno pertenecía, sí, al reino de los cielos, y el otro al de los profundísimos infiernos; los pendientes no eran de nada, eran dos espíritus, uno era un ángel, y el otro un diablo.

Lo que es el angelito lloraba el pobrecito cuando lo miré: pero el perillán del diablo, que era muy mono y bullidor, quedóseme encarado, me hizo dos o tres muecas de chiquillo; y luego volvió a su tarea, la cual era mamar la extremidad inferior de la oreja izquierda de María.

Cualquiera otro menos avezado que yo a las maravillas, hubiera echado a correr a lavarse en agua bendita, o cosa semejante, pero de mí, tú sabes, que ya cuando niño las brujas me arrullaban en la cuna y me dormía, me pellizcaban y no lloraba; entereza pueril la mía, de que gustaban tanto aquellas alegres viejas, que formaban corro por verme, y se afilaban las uñas para herirme; reíame yo, bailaban ellas a mi alrededor y cantábanme el Trailo Marica, y las unas y las otras se arrojaban mi cuerpecillo, que no había más que pedirles, como no fuera aquello de la hiel de gato pardo, con que durante las noches de sus sábados en enero, solíanme untar los labios para leer las maldecidas de Dios, sus horóscopos en mis gestos, chillidos y contorsiones.

Respecto al ángel, añadiré ahora que me pareció un recuerdo de lo que yo había sido y visto años ha, pero en cuanto al diablo, sea dicho en verdad, que hasta aquel momento no le había visto nunca, pero lo hallé inofensivo, vistoso, incapaz de formalidad, todo acción, todo vida… en fin el díablo es una alhaja; a no ser que en esta noche de máscaras se hubiese ido al salón disfrazado de lo que no es, cosa que aún así, en manera alguna le quita la gran propiedad que tiene de ser portátil a lo sumo; cualidad exquisita y digna de todo encomio en esta época de locomoción en que vivimos.

María y yo habíamos dejado al coronel para asistiera la danza que la orquesta nos anunciaba ya con un tema del Barbero encerrado en el compás de tres por ocho.

Bailaba yo mi rigodón con las cortesías delicadas y la refinada pulcritud de la gavota; pero María, que había tomado no sé por qué el aire del bolero, era mi contraste; y en una de aquellas vueltas y revueltas rápidas que daba sobre la punta de un solo pie, con la otra pierna en tanto, horizontalmente alzada, y dando campanelos, acertóme a dar de revés, a tiempo que mi cuerpo venciendo la gravedad por la ley del equilibrio, se elevaba sobre la base aérea de un difícil pistolet, y zas, de golpe y porrazo, vine al suelo entre la risa general, que fue placer para muchos.

María, ayudándome a alzar con amorosa ternura, me colocó en baile a su lado nuevamente.

La música de esta segunda figura pertenecía a la sublime partitura de Bellini conocida por Norma; y en un adelante dos que hizo María, tan vaporosa y mágica se alzara, que creí se me huía hacia los cielos: no he visto nada tan aéreo, nada más modesto, nada más elegante, ni divinal: era la trasfiguración de Rafael, o era una aparición de Murillo. Velada en luz que la iluminaba circundándola con una aureola de pudor, creí que se me iba hacia los cielos. Y mis brazos se tendieron, no para asirme a ella, sino de admiración ascética movidos; y el desolado corazón, al verse en la viudez y adorador ardiente como era, sentía con el sentimiento de las palabras aquellas del poeta creyente, que trémulos pronunciaban mis labios exclamando…

¡¡Y tú rompiendo el puro
Aire, te vas al inmortal seguro!!
Los antes bienhadados
Y los agora tristes y afligidos
A tus pechos criados,
De ti desposeídos,
¿A do convertirán ya sus sentidos?

En esto se fundieron todos los ecos para formar una sola voz, que con el tono imperioso del profeta parecióme oír que decía: «Laudate Deum cordis et organis». A cuya voz, obedeciendo juntos los escogidos del concertado coro, respiraban a la vez en los sonoros tubos, o herían en las vibrantes cuerdas que gimieron: y un tono lleno, melancólico, solemne, ondulaba entonces por la atmósfera y henchía el pecho de temor religioso.

La divinidad vagaba en torno a mí, ¡créeme! El alma la sentía y pugnaba por huir la cárcel de la materia torpe. ¡Aquella armonía eléctrica y latente como el primer soplo de vida derramado en el primer hombre, era movida por las alas invisibles de la divinidad que hendía los aires! ¡La divinidad! ¡La divinidad! ¡Ante la cual el cuerpo se prosterna, si bien se eleva el espíritu en su busca!

Y mis brazos con mi cerviz cayeron, y adoré más que nunca a la mujer porque ella era un ángel del Señor, que si mezcla ni mudanza huía hacia los cielos, era la mujer como la concibe el amor y como al alma le es dado idolatrarla.

Mi boca balbuciente como cuando en el principio de la juventud se habla a la doncella, le pronunció estas palabras. «¡Oh, qué hermosa eres tú, amada mía! ¡Oh, qué hermosa eres tú!».

Y ella con los labios más dulces que la miel hiblea, y mística como la esposa del Cantar de los cantares me respondió: «Hija del hombre, me ceñiré de cilicio; polvorearé mi frente de ceniza; me haré de luto unigénito, daré amargo plañido, porque súbitamente vendrá el destruidor sobre nosotros, y entonces me hallará como la virgen no conocida del varón. A la manera que se desprende una nubecilla y pasa, cruzará mi espíritu los bajíos de la luz, hasta que donde el sol se humilla, el Señor sea en mí como el rocío en la azucena de los valles…».

En esto daba fin la segunda figura del rigodón, y quedóse María en cierto éxtasis contemplativo; pero en sus labios pequeñuelos y de color de fuego, brillaba una sonrisa parecida a los tembladores relámpagos del crepúsculo en un día sereno del verano.

Miré sus orejas y… ¡Oh Dios!, allí estaban los pendientes fascinadores: el diablo atarazaba su parte con dientes y uñas, y el ángel se parecía mucho a María; tanto que eran lo mismo; tanto, que eran uno mismo.

Iba a empezar el tercer acto de la danza, y al romper el compás. tendí la mano para enlazarla a la de mi pareja; mas luego sintiendo rudeza en el tacto, vi que el coronel Pozuencos se había interpuesto entre nosotros dos y que me daba su derecha.

Bostezó el pobre coronel y volví a verle el estómago del todo vacío retratado en el espejo; luego me dijo: «el hambre me aflige más que en un día de sitio; pero sea todo por el Dios de Abraham y de los retirados». En vista de lo cual nos encaminamos a la sala del ambigú ella colgada de mi brazo, y el coronel apoyando su debilidad en mis hombros.

Entramos en la primera estancia; no había una mesa desocupada; pasamos a la segunda y fue lo mismo; luego la tercera y tampoco: de manera, que por entretener el tiempo quedamos en acecho y paseando de alto a bajo por aquellos comedores.

Allí las mujeres se reposaban con molicie, desvelados sus rostros y gargantas, comían con un desembarazo insultante a la pulcra redondez de sus facciones pequeñuelas, o reían a carcajadas, o bebían vinos ardientes, bullidores y diáfanos. El cabello sometido a la acción del sudor, o quebrantado al sacudimiento de las rápidas vueltas de cabeza, les colgaba desde la frente al pecho y las espaldas, en lánguidos y pesados giros sin gracia ni vigor. tanto que parecían, los que fueron rizos voladores. víboras moribundas, entumecidas por el rocío. Y la luz artificial con sus rojizas tintas reflejadas, bañaba los semblantes de esta porción del bello sexo, completando el cuadro, y dando a cada mujer un aspecto satánico de maravillosa hermosura.

Los hombres eran todos soldados, amadores por rutina, bebedores por afición, y por gala altivos en la palabra prontos en la amenaza, ejecutivos en el desagravio; los rostros altaneros y joviales, atrevidos los ojos, las manos parleras y el corazón un tanto apesarado… no eran sino soldados que habían dejado las armas en pabellón y los placeres, serenos bajo el techo en que nacieron.

El abandono con que estas partes de ambos sexos dejaban solazar sus cuerpos, el desorden de las viandas y manteles, los trajes abigarrados y exóticos, la intemperancia, el ruido, la apicarada franqueza y el desprendimiento con que se gastaba allí el dinero, confundía la razón; y así el coronel como yo mismo, nos creímos transportados a un campamento militar, donde cada guerrero conquistador se regalaba con la prisionera de sus amores.

A cada instante se oían estas palabras: «mozo, Burdeos», «mozo ¡champagne!, ¡champagne!», o si no «¡vive Dios! rompo el alma…» y los tales criados daban vuelta: revueltas, llegaban manchando trajes, y se volvían más rápidos que el pensamiento.

¡Champagne!, ¡champagne!, ¡champagne eran los gritos más frecuentes con que clamoreaban en el concurso, al galán mozalbete de los vinos, que le toca ser rey de nuestros banquetes, no de otra suerte que como a su turno lo fue el Chipre en los festines de los Caballeros Cruzados, allá cuando brindaban por la libertad del santo sepulcro, y por el amor de sus fermosas damas.

Y en verdad, en verdad, que yo me adhiero al champagne. Comprendo que hay para ello una razón física y otra moral; la razón física es porque no tengo la robustez de un templario, y la razón moral está en que el Chipre aparenta ser manso en la copa y se desenvuelve traicionero, feroz en el estómago; a la par que el vino champagne se anuncia con salvas al entrar en el vaso, ni más ni menos que un monarca en su palacio; y luego con magnífica pompa se derrama sobrado de sí mismo y sigue murmurando sonoros plácemes al festejo, hasta que se desliza por nuestros labios con picante dulzura… y más allá se evapora como un beso de amor que arroba el alma y provoca a otro beso y a otros besos.

A todo esto el coronel Pozuencos sentía que el hambre le llegaba a la nuez, tocando calacuerda, y estaba un si es no es amostazado de que hallándose entre tanto camarada, ni uno de entre ellos siquiera le brindase con su ración de tapa. Los taponazos que despedían los vinos al fermentar, eran para los avezados oídos del veterano, uno de esos frecuentes tiroteos de guerrilla de poca monta, que ni perturban el sueño comenzado, ni hacen contramarchar a las alforjas, la fiambrera empezada.

Ofendíale aún casi más que el hambre, la falta de religiosidad y de compostura que resaltaba en todas las rancherías, y frunciendo el ceño en muestra de desagrado me dirigió estas palabras: «Los capellanes son por lo común los peores párrocos de la cristiandad porque al Señor que les entrega ovejuelas de lana burda, ellos le devuelven lobos que no se hartan de la carne». Así habló el coronel, y rezó enseguida un adre nuestro, parte de él por todos los pecadores, y resto por el «pan de cada día», apoyando mucho el «dánoslo hoy»; en resumen triaba el coronel Pozuencos en su oración a matar dos pájaros de un tiro.

¡María!, ¡mi hermosa maría se había borrado por algunos minutos de mi memoria: volví los ojos a mirarla, y no noté, sin haberme hasta entonces advertido de ello, que llevaba al lado otra mujer con la que sostenía este diálogo:

— Ahora vamos a cenar, a cenar.

—Y dime, ¿quién es ése que os acompaña?

—Es el pobre Leoncio.

— ¡Cómo! ¿No le abandonaste?

—Mucho que sí: pero ahora vamos a cenar, a cenar.

— ¿Sabes que me gusta más que tu marido?

—A mí también.

—Lástima que las partidas no se jueguen más que una vez.

—Eso les sucederá a las tontas; vete de aquí que quiero cenar a solas con Leoncio.

La amiga de María fue tan dócil que girando en el acto como una clavija, se desapareció: repulgó mi adorada su boquita de perlas con cierto desenfado hacia la impertinente; me miró después y me hizo una muequilla muy donosa y de lo más incisiva (para mí a lo menos).

La se que abrasaba las entrañas y la gravedad específica del coronel que gravitaba sobre mis hombros, me tenían a punto de desfallecer, cuando felizmente se desocupó una mesa acorralada en un oscuro rinconcillo, y tomamos asiento.

A mi primer grito acudió un mozo corriendo sobre las puntas de los pies con pasitos muy menudos, y al llegar a nosotros nos hizo una cortesía femenil de esas que nuestras mujeres han aprendido de las damas francesas. Tendría este criado como veintitrés años de edad: su cutis era blanco y sonrosado, sus facciones más bonitas que varoniles, llevaba sendas patillas negras y ensortijadas; y atada al cuello le colgaba hasta más debajo de la cintura una servilleta blanquísima con bolsillos, de los que le salían mangos de cuchillos, tenedores y otros cachivaches raros. Estimulé a mis convidados a que pidieran lo que mejor apeteciesen, y adelantándose el coronel Pozuencos, mandó traer tres perdices por lo pronto.

El criado repitió su cortesía, y sin chistar palabra se marchó, con los mismos pasos y repulgos en busca del manjar que se le pedía. El coronel bostezaba a toda prisa, y María que hasta entonces por su fisonomía se había destacado del cuadro general, íbase gradualmente confundiendo con las demás mujeres que allí estaban, y sus voluptuosos bucles desgajados parecían pesar en su cabeza, así como antes le prestaban aquella ligereza veleidosa que tanto reclama el busto de la mujer. Volvió el criado con un aire muy sentado; pero contoneando la cintura, y al desocupar sus manos dejando la fuente encima de la mesa, dijo en un tono semiagudo y muy amanerado: «Aquí traigo, señores, unas perdicitas, rellenas, enlardadas, frititas, frescas y buenas con patitas coloradas; mírenlas cómo miran a la mesa con sus ojitos de fresa». Y aquel botarate del género común de dos, repitió su saludo, y se fue luego haciendo pinitos, hasta donde le diera la gana, porque yo desdeñé seguirlo con la vista.

—¡Ea!, mi coronel, destroce usted, y que no sea con la cuchara, porque las aves de pastelería suelen resistirse al más apuesto trinchador.

Así hablé yo, y el coronel ensartó y sacó del plato una perdiz en el tenedor.

Naturalmente la suspendió para trinchar al aire, y el animalejo ensanchó los alones, alargó el cuello, abrió el pico y enseñó la lengua.

—¡Vea usted! —dijo el coronel sin participar asombro—. Vea usted; la infeliz tiene «pepita». ¡Avecitas de Dios que no tienen quien las cuide! Sácasela nunca la caridad está de sobra…

—Ponla, pónmela aquí —saltó diciendo María, con la boca ya hecha una agua, resuelta, por lo que después se vio, a comerse la perdiz enferma, con la pepita por añadiduras,

El veterano la depositó en el plato de María y tomó otra, que como yo la rehusase, se la sirvió, a sí propio, y empezó a partirla muy despacio sin curarse de que el pájaro pelado y frito, a cada trinchazo que con el tenedor recibía, se rascaba con la patita de aquel costado.

Comía el coronel a dos carrillos, cuando María se preparaba a imitarlo y escupió; yo que seguía con los ojos todos y cada uno de los movimientos de aquel ángel de Estradella, de aquel ángel caído que me traía vertiginoso, enamorado y loco, miré también la curva que describía la gota de rocío vertido de sus labios, y vi que caía en los ladrillos; pero en aquel  mismo instante y de la misma saliva se cuajó un sapo, que dio tres brincos hasta llegar al rincón y se quedó agazapado.

¡Oh!, los cabellos se me erizaron, crispáronse mis nervios, grité «¡coronel!, ¡coronel!, su esposa de usted estaba poseída del demonio y acaba de arrojarlo por la boca. Yo, yo lo he visto salir…»

—¿ Y qué ha visto usted, buen hombre? —respondió el coronel con flema.

— Nada menos he visto que a Satanás en la inmunda forma de un sapo —María soltó una carcajada y escupió otro sapo, que también se fue al rincón, y el coronel me explicó cómo aquello de escupir sapirujos era de familia en las hembras de la Ilustre prosapia de su esposa; y cuando hubo acabado, María tomó la voz y dijo: «Ni niña, que no la hay más hermosa en todo Madrid, tiene treinta y dos meses, y ya escupe ranas».

— ¡Jesús, señora!

—Ni más ni menos.

La sed me devoraba; mi felicidad consistía en perder el juicio para olvidar lo que por mí pasaba, y pedí un ponche. Trajéronmelo muy cargado, pero no ardía; y quejándome estaba de este olvido, cuando cátate que María me oye y dijo: «No te sofoques Leoncio, que si por mí no fuera, los fósforos de Bardenet serían de pega», y diciendo y haciendo se metió el dedo índice de la mano izquierda en el oído, frotó un poco, lo sacó encendido de una luz cárdena, lo aplicó a los bordes de mi copa, y se comunicó la llama.

Por cobarde me hubiera yo tenido en rehusar el ponche, mas que en su superficie retozaran las llamas del infierno; lo bebí; y desde aquel punto perdí la cabeza en términos, que María se me ostentaba como el ángel de los castos; flor delicada que despedía místicos aromas, recogidos tal vez entre las nubes olorosas, que bordeando en torno a los altares, remontan hasta Dios una divinidad… ¡Ah!, ¡María!, eres una divinidad… y caí de rodillas a sus plantas.

El coronel me sostuvo, ella inclinó el rostro, lleno de una bondad inefable hacia mí. ¡No! La belleza con que seduce la mujer honesta, no tiene formas demostrables.

En la contemplación de María estaba mi corazón, mis ojos, mi alma toda, y me precipité hacia ella, creyendo que se desvanecía entre las primeras tintas del alba que penetraba por los cristales.

El ron (dijo el coronel al ver mi acción) lo tiene embriagado, y se nos hace preciso darle escolta hasta sacarlo al aire libre.

Luego se apoderaron de mis brazos, y rompiendo por medio de la gente, pusiéronme en la calle.

Eché a andar desvencijado el cuerpo, y sin sombrero, hasta que al fin dando regates y pegando tumbos topé de bruces contra la puerta de mi casa. Entré a tientas, subí la  escalera a gatas, y los criados me trasladaron en hombros a la cama.

La piedra disparada por la honda de David cuando rompió de Goliat la frente y cayó al suelo; el rudo tronco del gigante sin vida derribado, no quedaron más inertes que mi cuerpo arrojado en los colchones.

Siete días me los pasé difunto por mi cuenta, y al cabo de ellos se me abrieron los oídos para escuchar a tres medicinantes, que repantigados alrededor de mi lecho hablaban estas palabras a un mi amigo doctor en Salamanca.

Decía un médico: «A este hombre le faltan cuatro síntomas graves para tener una enfermedad conocida: en cuyo caso nos atreveríamos a responder a usted de su vida… ahora marchamos en la clínica sin diagnóstico, y es lo probable que se muera».

Los dos restantes médicos daban al orador pausadas muestras de aprobación con la cabeza.

Sobre el autor

*Ilustración: Carlos Luis de Ribera

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *