literatura venezolana

de hoy y de siempre

La Delpiniada y otros temas

Pedro Emilio Coll

(Crónica del ocaso de Guzmán Blanco)

Como otros de mis proyectos literarios, no he realizado, el de un novelín, mitad histórico, mitad imaginario, que pensé titular La noche de Santa Florentina, en la que culminó una de las más extraordinarias ocurrencias caraqueñas a mi entender de singular significación en nuestros anales anecdóticos, y que tal vez parezca inverosímil, no sólo más allá de nuestras fronteras, sino a las nuevas generaciones venezolanas.

En efecto, aquella noche fue coronado en el antiguo Teatro Caracas, recreo predilecto de nuestros abuelos, destruido por un implacable incendio, como vate excelso don Francisco Antonio Delpino y Lamas, a la sazón humilde obrero de una sombrerería, pero cuyos versos, que él llamaba “Metamorfosis”, celebrados por fingidos admiradores, provocaban la hilaridad de la capital, para entonces pueblerina, pero siempre propensa a un desenfadado humorismo y a ingeniosas agudeces. Frívola para los que, ajenos a nuestro medio vernáculo, no suelen comprender sus sonrisas e ironías.

Por lo demás, en el fondo de esa tragicomedia nacional se iniciaba la reacción contra el largo dominio de Guzmán Blanco, oficialmente el “Ilustre Americano”, a la fecha en París, mientras Joaquín Crespo ejercía el poder presidencial, en el primer período de su gobierno. Probablemente cuando se estudie con detención esa era, y no es este mi propósito, se interprete el “delpinismo” como un fenómeno colectivo o signo de la debilidad, muy humana, de suponernos diferentes de lo que en realidad somos, cual si con nuestro personal engreimiento, en ocasiones grotesco, nos empeñáramos en evadirnos de complejo de inferioridad que nos dominen en el contorno habitual, y así elevando y amplificando nuestra individualidad aparente, según el “idealismo” de cada uno y el sitio que ocupamos en la sociedad que nos rodea.

Apenas adolescentes para la época de esta gran humorada o mixtificación general, no conozco de ella sino por relatos verbales de algunos de sus contemporáneos, hoy casi todos muertos en una juventud llena de promesas. Es pues, de la memoria de esas referencias más que de apuntes o escritos, y como simple curiosidad de aspectos y sucesos de nuestra pasada vida local, con lo que compongo estos breves esquemas de algunos de los cuadros que mi proyectaba semicrónica o semi-novela había de contener.

La conspiración del fauno

En la verde y triangular plaza de San Juan, de la ciudad de Caracas, una tarde de abril en que el sol tamizaba su ámbar luminoso al través de los copudos árboles, y en la que, en el agua dormida de una fuente pública, se reflejaba una burda figura de piedra, mientras en el otro extremo de la plazuela la estatua de Ezequiel Zamora amenazaba con su espada furiosa a invisibles godos.

Precisamente en aquel dorado crepúsculo, unos tantos vecinos de la popular parroquia, reunidos allí, con quedas pero enardecidas palabras, discutían si la figura ornamental de la pila, erigida por las autoridades guzmancistas, representaba un fauno, sin patas de cabra, pero todos de acuerdo en la inmoralidad o indecencia de su desnudez. Para no verlo ya no se abrían las ventanas de las casas contiguas y, al pasar cerca de él, de tránsito hacia la iglesia parroquial, matronas y doncellas bajaban los ojos para no pecar de incandorosas.

En las tertulias familiares hervían las protestas contra el impasible muñeco de bronce, recién inaugurado entre cohetes y piñatas. El ingenuo curita se lamentaba en sus homilías de la decadencia de las costumbres cristianas y de la invasión del paganismo. En su salita de peluquería, adornada con calendarios y cromos pintorescos y olorosos a agua florida y a baratos polvos de arroz, el barbero, vivaracho, parlanchín y en mangas de camisa, amolando su navaja, proponía una manifestación ante el señor Arzobispo, para que exigiese la demolición del impúdico fauno. Intervino un italiano, zapatero remendón y de opiniones más moderadas, insinuando como transacción del conflicto, que tomaba aspectos de mitin revolucionario, y así fue aceptado por el Jefe Civil, aconsejado por su honesta mujer, que la parte más ostentosa del sexo del fauno se ocultase con una hoja de parra tallada en piedra, y, de ese modo, continúa luengos años, exhibiendo la inocencia de su piernas carnosas y sus hinchados mofletes. Y así, contentas y ya sin peligro para su pudor, volvieron las gentiles muchachas del barrio, vestidas de claras muselinas, a pasear, en las tibias noches de luna, enlazadas por la cintura y seguidas de sus imberbes novios quienes, como personas mayores, fumaban cigarrillos de El Cojo o de Los Gemelos.

En las esquinas, a la luz de los faroles de kerosene, los organillos callejeros desgranaban nostálgicas cantinelas napolitanas, polkas, mazurkas y vertiginosos valses. Crujían en el empedrado las carretas cargadas de malojo y hortalizas y resonaban los cascos de los flácidos caballos, bajo el fuete y los improperios de los isleños. Mugían las vacas en los establos, y en tanto don Francisco Delpino y Lamas, don Pancho para la vecindad, regresaba a su pobre casuca de El Guarataro, después del rudo trabajo cotidiano, asiendo su bastón de araguaney y acariciando, entre sus bigotes grises, la estrofa enigmática de uno de sus más célebres y ridiculizados poemas:

La paloma cuyo misterio aquí ves,

es mi alma que no encuentra dicha en la tierra.

Parnaso del arrabal

En su corral, al margen de un barranco, rodeado de cardos que mordían los chivos, don Pancho si como enemigo de Guzmán Blanco y de los liberales amarillos, a quienes atribuían la corrupción de la patria, simpatizaba con los protestantes del fauno, pero en su calidad de poeta, pensaba que debía respetar una figura mitológica, puesto que, de sus escasas lecturas, deducía que sin dejar de ser buen ciudadano y mejor católico, se podía aludir, según tantos bardos lo hicieran, y sin escrúpulo de conciencia, a sátiros, silfos, hadas y aun a Venus misma, diosa de la belleza.

Era don Pancho fornido y corpulento, de grave y a la vez infantil expresión; de gruesos mostachos con las guías prolongadas en los carrillos, a imitación del bravo Leoncio Quintana, a cuyas órdenes había militado, y con valor, en la guerra federal. La frente espaciosa y arrugada, en la que sus burladores no hallaban el genio lírico de que se suponía animado. Célibe, amaba a una graciosa mulatica de los alrededores, lavandera a quien nombraba la Ninfa Flor, y de quien besaba la ropa limpia que le traía, cálida todavía de su mano y de la plancha. Para ella suspiró:

“Cuando ebrio de amor tus besitos coma… ”

A diario daba maíz a las gallinas que picoteaban la tierra seca de su corral. Solía subir al tejado, donde maullaban los gatos hambrientos, y desde allí, colérico, divisar la colosal estatua pedestre y barbuda de Guzmán Blanco, en la cima de la colina de El Calvario.

En el vasto silencio del domingo, interrumpido por el canto de los gallos y las campanas distantes, a la sombra de un raquítico naranjo, invocaba de Dios y la naturaleza, en un vago panteísmo, inspiración para sus versos y sufría que ellos, de absoluta diafanidad para él, resultaran de una oscuridad impenetrable para su vecino y amigo quien, con acento académico, también pulsaba la lira, cuando sus negocios mercantiles se lo permitían.

—¿Cómo es posible —preguntábale impaciente don Pancho—, que no comprendas lo que expreso en este estrambote: “¿No hay sonido sin dolor de otro instrumento?”. ¿Qué es —explicaba—, el sonido musical de un violín sino el eco de dolor del animal sacrificado para hacer las cuerdas del instrumento?…

Y de esta manera buscaba las más extrañas y extravagantes correspondencias y analogías entre seres y objetos sin ninguna relación aparente, asociándolas en imágenes y metáforas que recitaban entre carcajadas, lectores y críticos sardónicos que entonces y después llamaron “delpinianas” las formas literarias que desconciertan la sensibilidad rutinaria y las corrientes visiones del mundo.

Ello es que la fama de don Pancho iba extendiéndose por toda la ciudad, como chiflado liróforo y, entendido es, como caricatura del Ilustre Americano, quien, entre tanto declaraba enfáticamente que “como General en Jefe no tenía rival ni en Europa ni en América y que los Mariscales de Francia no le daban por la rodilla”.

La Adoración Perpetua

En Caracas los más notables adictos al Ilustre se reunían en el cenáculo de una casa particular, que los enemigos de Guzmán nombraran la Adoración Perpetua.

Pendientes estaban siempre del vapor francés con cartas trasatlánticas de su “Jefe, Centro y Director”, que leían con voces altisonantes y guturales, imitadas de la del insigne “Regenerador” ausente, reclinándose en sillones de damasco y contemplándose en los espejos de cuerpo entero. Con veneración comentaban sus recomendaciones de permanecer compactados en torno suyo, bajo la bandera amarilla del partido y a no permitir que los godos impenitentes minaran la obra política de su talento, en mucho superior al de sus coetáneos de la Federación.

Cómo le recordaban cuando, con sombrero de jipijapa, en su amplio coche tirado por yeguas blancas con manchas chocolate, respaldado por sus edecanes de vistosos uniformes y de un abate galo, en medio de la polvareda del camino llegaba al ameno villorrio de Antímano, que la prensa gubernamental comparaba con Versalles. Pero presente de ellos estaba en una gran fotografía, apoyada en un caballete revestido de terciopelo gualda, copia de su retrato pintado por Madrazo. De reluciente calva, con perilla y bigotes a lo Napoleón III, las puras líneas de su perfil revelaban una viril inteligencia acostumbrada al dominio, mientras que con una de sus finas manos jugaba con los lentes, en actitud reposada y familiar, erguido sobre las botas charoladas de su pies casi femeninos y demasiado pequeños para su estatura, su retrato parecía más de un señor de rancia nobleza que el del caudillo popular que afirmaba ser.

Venezolano en su médula y con algunos visos de rastacuero, con nostalgia de su tierra natal, en medio de su fastuosa existencia parisiense, echaba de menos el dulce de guayaba y de lechosa, las cachapas, las hallacas y aquellas deliciosas tortas de las Bejaranos. Humorísticamente decía que era negra su cocinera, y de los Valles de Aragua, pero que prefería condimentarle guisos traducidos al francés y postres con sabor de París. En sus tertulias vespertinas, con compatriotas bulevarderos, en el Gran Hotel de la Ópera, recordaba su juventud de señorito, sus aventuras con actrices, su borla de abogado, sus diálogos republicanos con Emilio Castelar, sus campañas contra sus adversarios oligarcas, a quienes quiso destruir “hasta como núcleo social”.

Ahora preocupaba a los sagaces próceres de la Adoración Perpetua la agitación delpinista y sobre todo lo que el Ilustre les informaba de su disgusto de que el presidente Crespo hubiera tenido la impertinencia, quizás con punta de astuto llanero, de enviarle, como embajador especial, a un viejo liberal muy cortés y de palabra fácil y erudito, mas que había dado en la manía de imitarlo, como si con cremas, añadía en su epístola, pudiese aclarar el color de su rostro y con afeites tener “mi cabeza mía”. Y fue en un banquete, en su mansión palaciega, cerca del Arco de la Estrella, cuando el duque de Morny, curioso le preguntó quién era aquel extraño, más que moreno, de frac y condecoraciones, y hubo de explicarle, para salir airoso del aprieto en que la ocurrencia crespista le colocaba, que el apuesto caballero visitante a su fiesta, era un poderoso “príncipe indiano”. Y desde ese momento toda la concurrencia elegante y bonapartista se apresuró a estrechar, complacida, la mano del falso magnate oriental. Alfonso Daudet lo dijo: En France tout le monde est un peu de Tarascon.

La vanguardia delpiniana

En el Pasaje del Centenario, hoy no existente, construido en 1883, con motivo de la magnífica celebración del natalicio del Libertador, estaba la redacción del órgano satírico de los jóvenes y bohemios delpinistas, los más provenientes de provincias venezolanas.

El Pasaje parecía el ancho y largo cobertizo de una casa de vecindad, con estrechos cuartos de alquiler a uno y otro costado. Comunicando la calle lateral con el Parque de Altagracia, se impregnaba de un acre relente de amoníaco mezclado a la fragancia nupcial de las magnolias.

Habitaba uno de los cuartos el maestro Pineda, bigotudo barítono mexicano, apegado a las faldas del Ávila, y cuyo mayor orgullo era el haber representado el papel de Carlos V de la ópera Hernani, en los teatros antillanos. Retirado de la escena, daba lecciones de solfeo. Colgaba a su puerta jaulas de pájaros y, glotón, guardaba en su armario aguacates, majarete y otras golosinas con que obsequiaba a su jóvenes vecinos, escritores y estudiantes. A veces, con acento cordial y estridente, dirigiendo con un dedo una ilusoria banda marcial, les cantaba el Gloria al bravo pueblo, que los mozos escuchaban con devota y risueña atención, y ya el uno adoptaba actitudes dantonianas, ya otro las de un Camilo Desmoulins, en vísperas de asaltar una Bastilla fabulosa. Que flotaba el delpinismo en el ambiente y no sólo en la imaginación de unos pocos. Pero en lo profundo de esas fantasías presentíase como el nacimiento de una evolución renovadora.

En las paredes encaladas de la redacción del festivo periódico, un caricaturista, muchacho pardo y perspicaz, había dibujado con carbón un retrato de don Pancho, de exacto parecido, abrazando una lira, con la otra mano apoyándose en una espada y de tamaño no menor que el de la estatua colosal del Ilustre, en El Calvario. Completaban el ajuar una mesa de pino, tres sillas y un catre para los bohemios que no tuvieran donde dormir. A la tertulia delpinista solían concurrir ancianos literatos que animaban la reacción antiguzmancista con ejemplos de Plutarco. Alguno de ellos, de intachable pulcritud e incapaz de matar una mosca, había traducido un drama del francés, como evangelio de la libertad y el tiranicidio, bien que la acción ocurriera en Pisa, y en pasados siglos.

Pero, en verdad, de aquel destartalado desván, redacción de “El Delpinismo”, se diría que iba a surgir definitivamente la regenerada y anhelada Patria del porvenir, la que, en sus años mozos, concibe, cada generación con lo que en su espíritu, aún sin desengaños, hay de más puro, noble e ideal.

El signo

A campos y aldeas había penetrado la fama de don Pancho, sin que se supiese realmente dada la fingida seriedad con que se le ponderaba, si su reputación era usurpada, como la de tantos otros. Muchos de los vencidos en 1870, y que Guzmán Blanco había querido destruir “hasta como núcleo social”, celebraban las noticias reaccionarias de Caracas, mientras se dedicaban a las labores de sus haciendas, casi abandonadas durante las guerras civiles, aplicando a sus nuevas actividades la habilidad adquirida en los altos cargos que desempeñaron en el gobierno de su tiempo. El café, la caña y el cacao prosperaban bajo la mirada de sus dueños, y en los corredores coloniales de los fundos agrícolas, las esposas, las hijas de los propietarios y sus amigos, invitados a los regocijos de la cosecha, bromeaban con el peonaje encogido y cazurro, balanceándose en mecedoras y vestidas con zarazas de vivos colores.

Pero una mañana de verano comenzó a ensombrecerse el sol. Pronto se vieron millones de alas que se agitaban, con un ruido de telas rasgadas, en el azul celeste y que, a poco, caían volanderas y saltarinas, sobre sembrados y jardines. Un hedor aceitoso impregnó el aire cálido y minutos luego los pies deslizaban sobre una baba amarillenta. Era una tropa más destructora que las guerrillas de la obra lenta del trabajo. Era una nube de langostas que arrasaba el fruto de los campos, y, a la cual no alcanzaban las tercerolas apuntadas hacia ella. Para espantarlas y ahogarlas con el humo espeso de basuras y desperdicios, encendíanse hogueras que alumbraban de un rojo de sangre los troncos calcinados, mientras macilentos rústicos, con primitiva ignorancia y superstición se negaban a luchar contra el acridio invasor, al descubrir, en la pequeña coraza de su pecho, como el signo de un cáliz. La miseria se adueñó de las tierras antes fértiles. En los bucares y guamos sin hojas ya no cantaban ni hacían sus nidos los picos de plata y los turpiales.

Por fin, tras largos meses, la legión alada y devoradora se esparció hacia otros cielos. Con las primeras lluvias principiaron a reverdecer cafetales y cañaverales, y en las pulperías comenzó a haber arepa para los pobres y aguardiente para los venenosos paraísos artificiales del caserío.

En el velorio de la Cruz de Mayo, entre jazmines y rosas, el más rico señor de la comarca, al son de maracas, guitarras y arpas, bailaba con las chicas de su servidumbre. Y, celebrando la fructuosa molienda, exclamaba jadeante: “¡Esta es la verdadera democracia y no la mentira del déspota en sus aristocráticos salones de París!”

Mas todavía, en los áridos caminos los arrieros, junto a los esqueletos de sus borricos que murieran de hambre, y los labriegos, lívidos en los conucos y ranchos desolados, con un brillo de fiebre en las pupilas, esperaban al Salvador anunciado por la nube de langostas, según el signo misterioso que portaban.

Y ansiosos atisbaban, con sus tristes ojos, todos los desiertos horizontes…

El bien general

Título de un libro que contenía la fórmula para sanar todas las enfermedades, con plantas tropicales y sangre de animales, selváticos, era El bien general. Telmo Romero, su autor, de tipo aindiado y prominentes mandíbulas, traía desde el fondo de la Guayana, cual si hasta esas remotas soledades hubiera penetrado la epidemia delpinista, los secretos desconocidos por los sabios de Caracas, ignorantes, decía, de las virtudes de nuestra flora. Y en la calle más céntrica de la capital, instaló su “Farmacia indígena”, en la que se alineaban los bocales de policromos bebedizos y los manojos de milagrosas hierbas curativas, con indignación de boticarios, médicos y estudiantes de la universidad. Sin embargo, en los suburbios y aledaños no faltaban quienes creyesen en la ciencia del improvisado taumaturgo e hiciesen elogios de sus portentosas curaciones, con gotas de un licor amargo, de inveterados paludismos y, con oscuros emplastos, de úlceras rebeldes.

Pero lo más grave fue que Telmo no se limitó a recetar inofensivas pócimas, sino que se propuso curar la locura ajena, introduciendo un hierro al rojo vivo en el cráneo de los desdichados dementes y que puso en práctica su propia locura en el manicomio de Los Teques. Pavor causaron a los pacíficos habitantes del pueblo los espantosos lamentos, de una desesperación incomparable, a través de la neblina nocturna, de los infelices sometidos al método inicuo del bárbaro Romero.

¿Qué fue, a la postre, de Telmo? Nadie lo supo después que, en un caluroso mediodía, los auténticos boticarios, los antiguos conspiradores contra el fauno, los estudiantes y los jóvenes delpinistas apedrearon la “Farmacia indígena”, rompieron los frascos de coloridas lociones, las vitrinas que guardaban misteriosos ungüentos, y echaron por tierra yerbazos y resinas que exhalaban un hálito de floresta virgen. Luego quemaron El bien general, al pie de la estatua de Vargas, en el patio de la universidad, de la que estuvo a punto de ser rector el curandero indio, por débil simpatía del crédulo presidente en turno.

La Bajada de los Reyes

Nombrábase así, antaño, la fiesta celebrada en el pueblecito de El Valle soñoliento otras horas entre sus colinas ocres y el verde la hacienda de caña de azúcar; pero alegre de cohetes, repiques de campanas, holgorios, besos, joropos y amoríos, el claro día de enero en que se conmemoraba la visita de Gaspar, Melchor y Baltazar, cabalgando desde sus remotos dominios, venían a adorar a Jesús de Nazareth, nacido en un pesebre. También, con no poco anacronismo, rememorábase ese mismo día, la degollación de los inocentes, ordenada por el cruel rey Herodes, temeroso de que, entre los recién paridos, estuviese el anunciado Mesías perturbador de la paz de Judea.

Ambos espectáculos, acaso rústicas reminiscencias de antiguos Misterios y Autos Sacramentales, se representaban al aire libre en la plazuela del villorrio, donde un pequeño tinglado, cubierto de pintorescas colchas y cortinas facilitadas por devotas del lugar, fingía el Palacio del Soberano. Una inmensa multitud de hombres y mujeres, viejos y jóvenes, señorones y mendigos que, a pie o en desvencijados coches, por los caminos polvorientos acudían desde la capital y sus contornos a la fiesta vallera, se apretujaba y confundía en medio de las ventas populares de golosinas, café caliente y rones carupaneros. El magno vate Delpino gustaba de aquellos místicos regocijos y de los toros coleados que, ya al atardecer, completaban el festival, pero algo inadvertido de todos a quienes, más que a un poeta, por egregio que fuese, les interesaban los tres Magos que, en piafantes jacas y con trajes y gorras abigarrados, descendían al través de los cardones de los áridos cerros, para ofrendar al divino Infante si no oro, incienso y mirra, de que no disponían, aromáticas hierbas campesinas quemadas luego ante la cama de paja, en el portal de la iglesia.

Niñas con alas de cartón plateadas, simbolizaban ángeles, y en el centro de la calle, empedrada y adornada con guirnaldas de papel, colgante de una cuerda, resplandecía la estrella de latón dorado que serviría de milagrosa conductora de los Tres Magos, representado cada cual según el color de su piel, el blanco por un pulpero de Canarias, el indio por un auténtico aborigen que trabajaba en la molienda del trapiche, y el negro por un comisario de los aledaños, que, para la adoración del Señor, no vacilaba en cambiar su autoridad por otra; probándose, que la corona real puede ceñir la frente de un hijo del pueblo, cuando el caso lo requiera, como era este de la Bajada de los Reyes. Desde luego, los mayores aplausos los recogía el rey negro, al dejarse caer de su cabalgadura para besar el suelo con sus gruesos labios de africano.

Entre tanto, envuelto en un manto escarlata, rugía Herodes en su palacio de tablas y, en sus duras entrañas, complacido con ver correr la sangre de los santos Inocentes, por fortuna de almagre, como los sacrificados niños eran de trapo, con pintados ojos llenos de espanto.

Intérprete de Herodes y celebrado en su ficción teatral, era el herrero Carías, valga el apellido, ya famoso como el mejor encasquillador, forjador de verjas de cementerios y de balaustres para las casas caraqueñas. Cabe el cobertizo de un corral, tenía Carías, su fragua y su yunque en el que, con ejemplar paciencia, domaba el hierro al rojo vivo. El olor del fuego, del sudor de las bestias, se mezclaba con el de la humedad de la tierra, pantanosa, con huellas de cascos y restos de casquillos, clavos y chatarras.

Mas que he aquí que Carías, como de la época de las “Metamorfosis” era, su modo, “delpiniano”. Pacífico casi todo el año, a medida que se aproxima la fecha en que iba a ser efímero rey de Judea, tornábase terrible, ensayándose de esa manera, a interpretar a cabalidad el papel del implacable Herodes. Con más furor golpeaba el martillo sobre el yunque, su frente se cruzaba de arrugas amenazadoras; sus bigotes y cabellos grises se erizaban; sus dientes crujían y su voz se hacía estentórea. Aterrorizados por la cólera que lo poseía en esas horas, ni su buena mujer, ni sus amigos, ni sus clientes caballistas atrevíanse a dirigirle la palabra.

A Carías, según es frecuente en tantos, ocurríale entonces el fenómeno de sustituir su verdadera personalidad por la que su exaltada imaginación creaba y engañaba. Ello es que pasado largos meses, a la postre recobraba Carías su carácter habitual, su expresión casi franciscana y aun ingenuamente se arrepentía de las ferocidades que cometiera cuando fue rey de Judea.

Pero sucedió que en uno de esos pasados espectáculos valleros, al bajar Carías de su trono, todavía enardecido, acercósele Delpino y Lamas tendiéndole los brazos para encalmar su iracundia, y Carías le rechazó con explosiva violencia. Y el pobre poeta, con el corazón acongojado, regresó a soñar en su humilde Parnaso del arrabal, y meditando, una vez más, en cómo enloquece a los hombres el poder absoluto, y no sólo en los Imperios.

La sotana nueva

La sotana del buen padre Celestino, curita de Aguas Claras y amigo de Delpino y Lamas, desde que le hizo un sombrero de teja, era una sotana deshilachada y roída; los años, la lluvia y la intemperie de los caminos habían ido desgastando la tela. Cuando a pleno sol atravesaba con su gran paraguas bajo el brazo, la plazuela de la aldea, la vieja sotana despedía tonos verdosos y violados. Sea porque el padre Celestino hubiese crecido después de su primera misa, sea que la sotana se hubiera encogido, es lo cierto que la falda apenas le llegaba a los tobillos, dándole de esta suerte un aspecto inocente e infantil que inspiraba lástima y simpatía, tanto como su caridad y cariño para todos. Es un verdadero cristiano, decían los libres pensadores, que no escaseaban en el villorrio, célebre por sus espiritistas y sus aguas medicinales. Pero los años pasaban y la vieja sotana de deshacía sobre el cuerpo regordete del padre Celestino. Además, Aguas Claras atraía de las ciudades circunvecinas caballeros ricos y dispépticos y señoras reumáticas, quienes luego de deliberar que un balneario elegante tenía necesidad de un cura menos descuidado de su persona, convinieron en sorprender al padre Celestino con una sotana nueva el día de su santo. Casadas y solteras temporadistas, la era delpiniana se revelaba en ellas por su amor desaforado, y algo cursi, por las modas extranjeras. Así hicieron venir de la capital suavísima sarga y finísimos encajes: las señoras se encargaron de la hechura de la sotana y las señoritas de adornarla.

A todo esto el padre Celestino continuaba alejado de las pompas terrenales, dando de comer a los perros y a los pájaros y repartiendo limosnas a los pobres. El día de San Celestino, Papa y Confesor, el curita de Aguas Claras recibió, con indecible sorpresa, una flamante y olorosa sotana, en un gracioso cesto de mimbre, en el cual se había atado una tarjeta con los nombres de las damas que le hacían el presente.

Con pura alegría y místico regocijo se revestió el padre Celestino de su sotana nueva; mas apenas se había echado el último botón cuando sintió que sus sentidos se turbaban; la seda crujía entre sus piernas como faldas de mujer y la tela tenía aún la fragancia de las manos femeninas que le habían acariciado, el tenue perfume tentador que trascendía de los suaves encajes. Pero en ese instante, una fuerza extraña lo llevó ante el turbio espejo de su humilde cuartico, recuerdo de su difunta madre en el cual nunca se había mirado. Y el santo curita con ingenio delpiniano se contempló y se encontró galante y rejuvenecido. Mas en el mismo momento divisó en el fondo del cristal una blanca visión de la anciana que le señalaba la sotana vieja colgada de un ángulo de la estancia y desde entonces usó hasta el fin de su vida la vieja sotana hecha jirones, pidió ser enterrado con ella y murió en olor de santidad guardando una inexplicable tolerancia para los que creían en las evocaciones espiritistas y en las visiones de ultratumba.

Carnaval

La pobre Mimí Pinson se moría en la casa de las Alegres Comadres de Candelaria quienes, con inefable cariño la habían asilado, cual si fuese la propia griseta de la bohemia de Murger. En realidad se llamaba Susana y de París se la trajo un enamoradizo vejete, como modista de su tienda “Las últimas novedades”, que tenía establecida en Caracas. Quebró la tienda y el comerciante picarón se conformó con su mujer venezolana. A poco la romántica Susana prendose de un poeta, como ella de veinte años y quien en un rapto de entusiasmo profano, se había comparado a Cristo redentor de la pecadora Magdalena.

Languideció Susana, y pálida y tímida fue costurera a domicilio, con sus dedos enflaquecidos por la tuberculosis. Así la conocieron las Alegres Comadres de Candelaria, como las vecinas lenguaraces las nombraban, una tía viuda protectora de sus dos sobrinas que, por la romanilla, cuchicheaban con sus intermitentes novios.

La generosa tía conservaba propiedades en Valencia, y con profunda emoción recordaba, cuando chiquilla, haber oído cantar romanzas al anciano heroico general Páez, en una fiesta de familia. La viuda, regordeta y de peluca castaña, en unión de sus monísimas sobrinas con flequillos de pelo de los que llamaron “pollinas”, durante todo el año se preparaban para el Carnaval, cortando, a tijeras, papelillos de color. Soñando con héroes de la Independencia y personajes de novela, zurcían los calcetines y pantalones de los amigos de Mimí y su poeta, de alma tan sentimental y exquisita. Y precisamente Susana se moría en aquel domingo de Carnestolendas.

Sus áureos cabellos desfallecían sobre la almohada y con sus manos febriles estrechaba, en un adiós supremo, las de su amado poeta que lloraba a su lado. Con la gentil francesita pasaban las noches en vela sus camaradas delpinistas, hasta que en el lecho, de lazos azules y con un vago olor a creosota y a violetas, agonizó como la modistilla de Rodolfo. En hombros la llevaron al cementerio, entre la frenética alegría de la multitud carnavalesca y rompiendo la turba de abigarrados disfraces, que zapateaban en el arroyo un joropo ejecutado por la orquesta de un kiosko musical.

Tía y sobrinas estaban anonadadas con la desgracia, pero, la siguiente tarde de Carnaval, al escuchar que resonaban en la calle los cascos de una cabalgata, corrieron curiosas y veloces a la ventana. Era don Francisco Antonio Delpino y Lamas que, seguido de su corte de burlones admiradores, caballero en brioso Rocinante, pasaba con triunfador empaque por la Calle Real de la Parroquia, repartiendo su última Metamorfosis dedicada a las bellas que, enloquecidas por Momo, le correspondían con grajeas e irisadas esencias de sus perfumadores, al través de los balaustres de los floridos balcones. Y, en un irreprimible arrebato de entusiasmo, las Alegres Comadres de Candelaria volcaron sobre el vate sus cestas llenas de papelillos y confettis, mientras que, en el crepúsculo multicolor y engalanando, diríase que la suave Susana deshojaba rosas en la barba blanca del buen Dios.

La noche de Santa Florentina

De las galerías a las butacas del Teatro Caracas se apiñaba un bullicioso auditorio, resumen de los mestizajes de nuestra raza criolla. Flotaban banderolas tricolores en los palcos, y en lo alto del proscenio colgaba la máscara clásica de la Comedia sostenida por guirnaldas de corolas avileñas. En la escena, a telón corrido, don Francisco Antonio Delpino y Lamas, severo y de levita, y en torno suyo los organizadores del homenaje, con sus mejores prendas de vestir y una circunspección en la que el extraño no hubiera adivinado el fingimiento. Sobre una tarima la mesa del orador, el vaso de agua de rigor y un jarrón de azucenas, como obsequio de las señoritas caraqueñas.

El acto comenzó solemne cual una repartición de premios del Colegio Santa María. Luego el público se puso de pies y aclamando al vate laureado cuando éste, con emoción entrañable, recitó el estrambote que había escrito para recibir la corona de laurel, que, demasiado grande, le resbaló hasta el pecho, como una collera. Aplausos unánimes y carcajadas. A la tribuna fue conducido el orador de orden, laborioso archivero de un ministerio, perturbado por la lectura de Víctor Hugo, y a quien, sin que él lo sospechara, también tomaban en broma los delpinistas. En su discurso, sin que viniera al caso, en medio de palmadas estrepitosas, vociferaba que “hay miradas que surgen del riñón y razones que sólo brotan del hígado”…

A su perorata siguieron otras de torrencial elocuencia que citaban a Ovidio, a causa de sus famosas Metamorfosis clásicas, y a Cervantes por su inmortal Don Quijote. Evocaron a Dulcinea del Toboso y a las nueve Musas, cuyas sombras desfilaban por el proscenio, donde los personajes de la farsa, iluminados por las trémulas candilejas, parecían elevarse del tablado y alargarse cual en un raro cuadro del Greco.

Después tocó el turno a simuladas delegaciones extranjeras que traían supuestos mensajes, congratulaciones de sus pueblos. Y el gobernador del Distrito, general guariqueño y tan engañado como Delpino, en su palco se mostraba orgulloso de que un compatriota mereciese aquellas manifestaciones del universo entero.

Y ocurrió, añade el sutil informador que me lo refiere, que a medida que transcurrían las horas de aquella velada memorable, la chacota iba adquiriendo caracteres de verdadera glorificación de un poeta magnífico y precursor de un arte hermético, simbolista y futurista y ya, con esa duda, la concurrencia acompañó el vate coronado hasta su corral de El Guarataro. Todo pasa, pero las piadosas estrellas continúan, por los siglos de los siglos, acompañando las quimeras y esperanzas de los hombres.

El ocaso de los dioses

Bajo una cruz de madera yace el laureado vate de El Guarataro, en la gran ciudad de los muertos, que es el cementerio de Tierra de Jugo, y más populosa que la de los vivos, ya que duermen en el sueño eterno varías generaciones, como Guzmán Blanco, enantes también aclamado, bajo una lápida de mármol del cementerio de Passy, no lejos de las cenizas de la divina loca María Bashkirtseff.

Pasaron lustros de su apoteosis, la última vez que, olvidado de todos y taciturno y mísero, vi a don Francisco, fue vendiendo billetes de lotería al pie de la Torre de la Catedral. Y el pobrecito de Asís lo habría compadecido. Pero don Francisco se había conformado con entregar sus huesos a la tierra maternal, después de que una ola popular, estudiantil y delpinista, demolió la estatua gigante del Ilustre, que tantas veces amenazó con su puño desde el tejado distante de su corral.

Y una tarde, casi al anochecido, sintiendo desfallecer sus fuerzas, se vistió con el sombrero de copa y la levita que usara la noche de su coronación. El laurel se había deshecho, pero guardaba el polvo de sus hojas junto con la postrer camisa que le planchara la Ninfa Flor, muerta del corazón. Lentamente ascendió por los solitarios senderos de El Calvario, trepó por la rampa en espiral donde antaño se elevaba el bronce destrozado por la multitud y, ya en la cumbre de la plataforma, se irguió, al igual de la derruida estatua, en actitud dominadora. La enorme mole del Ávila bañado por los reflejos del sol en su ocaso, fingía leve y rosada nube, y en transparencia de cristal tornábase la hoz de la luna menguante. El valle caraqueño se extendía con dulzura virgiliana, ciñendo la ciudad como una inmensa corona de laurel. Y el patético don Francisco le tendió las manos temblorosas cual si quisiera estrecharla contra su alma, que no encontrara dicha en la tierra, como gimió en su Parnaso del arrabal. Era la ciudad complicada y ligera, confiada e insumisa, delpiniana y bolivariana, todavía la misma que vislumbró el gran poeta Pérez Bonalde, a su Vuelta a la Patria:

Caracas allí está, sus techos rojos.

Su blanca torre, sus azules lomas.

Y su banda de tímidas palomas.

Hacen nublar de lágrimas mis ojos.

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