literatura venezolana

de hoy y de siempre

Julio Garmendia

Por: Gabriel González

…en mi infancia

cuando aún no había nacido tu abuelo,

crecí con la esperanza de tocar el cielo

Julio Garmendia

 

En “La narración de las nubes”, donde cuenta cómo fue volando en persecución de unas enaguas, tocó el cielo. Era su imaginación una obra desbordante en poquísimos relatos.

En la foto lo ve, usted, caminando, con paso lento, misterioso. Detrás de una persona que ignora ser observada, porque el mirón ha advertido en ella un personaje escapado de sus cuentos. El desconocido fotógrafo —tal vez el propio diablo— capturó distraído al perseguidor. El lector avezado entonces escribe con media sonrisa la leyenda: “El autor de El difunto yo”, entonces éste se sale de la foto y nos deja la nebulosa de un sujeto que desconocemos salvo por su obra. Porque casi toda su vida fue un misterio, pero no su grandeza.

El poeta Fernando Paz Castillo lo recuerda “por la tarde en una de las esquinas de la plaza Bolívar, en espera de un tranvía para irse fuera de la ciudad. En realidad se iba con su misterio, y nadie sabía hacia dónde. Y por la noche puntualmente se le encontraba por los mismos alrededores”.

Nació en una hacienda de El Tocuyo, herencia que compartiría con su hermano, hasta que ya anciano fue vendida.

En Barquisimeto sobresalió el estudiante. Por eso era joven promesa para su padre —abogado e influyente político— que quiso que siguiera sus pasos o los del abuelo hacendado. Lo llevó a Caracas a estudiar, pero, raudo, abandonó la carrera, y tampoco estudió Comercio sino que publicó tres magníficos cuentos en El Universal (1917). Entre ellos, el inolvidable “Una visita al infierno”:

“Supone generalmente el vulgo, y aun gente docta y discreta, que para ir al infierno no hay más que ser malo y cometer una larga serie de disparates. Pero eso no pasa de ser una cándida simpleza de nuestra vanidad. Para ir al infierno es preciso tener muy altos merecimientos, poseer muchos títulos y haber hecho grandes cosas”.

También publica por 1919 poemas. (Nada que ver). Y prosigue su obra narrativa, la cual espera casi diez años en aparecer con otros relatos en La tienda de muñecos (1927).

Cuando aparece esa primera antología —con “El cuento ficticio” y “El librero”— en Venezuela gobernaban el modernismo, los cuadros de costumbres, los sainetes y el criollismo; y Gómez. Por eso el crítico Jesús Semprún dijo entonces con verdad que Garmendia no tenía antecedentes en nuestra literatura. Y cuatro décadas luego, en esos cuentos hallarán los signos arqueológicos que más calzan al realismo mágico.

Pasaron 24 años hasta que apareció La Tuna de Oro (1951) —con aquella magnífica pieza inspirada en el hotel Pensilvania (hoy edificio Linares) del centro de Caracas—. Allí también están “Manzanita”, “El médico de los muertos” y “Las dos Chelitas”. Su rigor hacía esperar a los lectores. Esperó también por su muerte (1977), después de la cual aparecieron los pocos pero maravillosos relatos que había guardado entre sus papeles, como los de La hoja que no había caído en su otoño (1979), o los de la otra compilación que tomó el título de La motocicleta selvática (2004).

Enamorado de la lectura, de la contemplación de los ciudadanos y de la soledad —“alejado de ruidos y figuraciones”— y amante de la naturaleza: ese era Garmendia. En El regreso de Toñito Esparragosa (contado por él mismo da cuenta de esos amores y del misterioso divorcio con su pasado campesino, con sus ascendientes y su vida huraña. Se sabe menos de él, porque su diario en Europa fue quemado por una mano que no fue la suya. En el Hotel Cervantes, en la esquina Punceles de la avenida Urdaneta, vivió sus últimos treinta años, allí residía también el amor de su vida, la estoniana Hilda Kehrig.

Cuento

Manzanita

Las dos chelitas

Dos cuentos

Novela

El regreso de Toñito Esparragosa

En Biblioteca

La tienda de muñecos y otros textos

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