literatura venezolana

de hoy y de siempre

Julieta

José Urriola

De Julieta me gustaba precisamente eso mismo que tanto me preocupaba de ella, su profunda melancolía. Esa manera de arrastrar los pies al caminar, como si le pesara el alma. Esos ojos brillantes y acuosos como quien se prepara para largar el llanto. Esa translucidez de las carnes que permitía que se le asomaran siempre desde abajo las venas azuladas. Esa palidez rosácea y fría de sus labios y sus pezones.

Había algo luminoso también en esa nostalgia de Julieta, un resplandor cálido en medio de la gelidez, eran sus destellos –diría que frecuentes o casi constantes– de fino humor. En esos momentos en que Julieta aventuraba una sonrisa y te invitaba a la risa con sus ocurrencias, la melancolía se convertía dulcemente en saudade. Daban ganas mortales de abrazarla, de no soltarla nunca, de comérsela a besos. En esa nostalgia sabrosa y entrañable uno quería habitar, volverse colono, sentar las bases para construir el hogar. La casa, el arraigo, el anhelado refugio, estaba con Julieta y donde quiera que estuviera Julieta.

Yo estaba convencido de que con Julieta me pasaría la vida entera. Estábamos destinados a las arrugas y la flacidez de las carnes, al deterioro del cuerpo y a la progresiva pérdida de facultades mentales; pero lo haríamos juntos, en simultáneo, lo que era suficiente bálsamo para lo otro. La única manera de alejarme de esa mujer, siempre lo tuve claro, era que ella decidiera echarme, que fuera ella quien tomara la iniciativa al dejar de quererme. De no llegar a ocurrir semejante atrocidad, no hubiera existido jamás fuerza en este mundo ni en ningún otro que me obligara a vivir bajo el yugo de su ausencia. Porque una vida sin Julieta, después de haberla tenido, no era otra cosa que una muerte prolongada, crónica, despiadada, detenida en la más cruel de las pausas.

Uno se enamora de una mujer como Julieta por las mismas razones de quien se inmola con su adoración por los fados o de quien se desgarra sabroso por un cante jondo con mucho duende. O por lo mismo que alguien se regodea en las densas penumbras del Disintegration de The Cure o de quien se enamora de las letras incomprensibles pero que atinan como dardos disparados directo al alma con la voz de Liz Fraser y sus Cocteau Twins. Hay un placer enorme y seductor en pasarla ligeramente mal. En ponerse triste y cultivar esa tristeza sin tener muchas razones para estarlo ni saber tampoco por qué se está tan triste. Ya lo sabía y lo describió mejor Baudelaire con su esplín, ese personaje que se paseaba sin rumbo por las gélidas calles de París, tosiendo un poco, tapándose la boca con afectación, mirando de soslayo el pañuelo salpicado de gotitas de sangre, ir por la vida con una fantasmal nobleza, así como quien sufre de una elegante pulmonía, de una sublime mononucleosis que le tiene el bazo convertido en una bolsa translúcida de papel cebolla. La decadencia, en su justa hibridación con la delicadeza, resulta poderosamente magnética.

Pero, a las cosas por su nombre, la verdad es que uno se enamora de una mujer triste porque sabe, lo intuye, que coge bien. Hay como una energía sexual emanada de esa tristeza, una gana prodigiosa que florece en medio del desierto por gastarse hasta el último cartucho en cada polvo. Las mujeres tristes son amantes de alto y profundo riesgo, pues el sexo bruto, sucio y sin censuras lo saben administrar dosificadamente entre los gestos más auténticos de ternura y devastadora intimidad. Esa mujer te echa la cogida de tu vida no solamente para hacerte adicto a ella sino porque te quiere enamorar. Quiere dejarte marcado con sus fluidos, que sean para ti un elíxir de vida sin el cual no puedes ya existir, de la misma manera en que quiere dejarte una marca en el alma: nadie jamás te va a querer así de duro y de franco y con todo como yo. Sobre esa doble inyección de toxinas prodigiosamente adictivas, una que se dispara al bajo vientre al mismo tiempo que la otra se inocula en el pecho y la memoria, se levanta nuestra devoción por la mujer triste. He allí la clave del profundo e indisoluble enganchamiento por ellas.

Así que yo caí rendido a los pies de Julieta voluntariamente, pero también porque no tenía otra opción. Yo estaba obligado a enamorarme de esa mujer porque de lo contrario me moría de incompetencia. Como quien sabe que existen otras opciones de muerte, que algunas son más inocuas y llevaderas, pero la tuya, la que te toca, la que realmente le va como un guante a la persona que eres, es esta lenta y dolorosa y desgarrada que se llama Julieta. Pobre diablo aquel que no sepa encontrar su propio infierno. O el que lo haya tenido enfrente, a plena disposición, y no se haya dignado a internarse en su inframundo. Yo con Julieta descendí a mi averno particular, aterrorizado y muerto de gozo a la vez. Para que me hiciera profundamente feliz en su mar de melancolía. Para que me hiciera la existencia un túnel infinito pero dulcemente iluminado con antorchas. Para que me llevara al filo de la muerte en cada orgasmo. Para que perdiera el aliento al vaciarme en ella, pero para recuperarlo inmediatamente después en una desesperada bocanada de oxígeno, como el neonato que respira por primera vez. Para que me hiciera sentir auténticamente estúpido y ridículo con sus silencios y sus miradas, pero al mismo tiempo profundamente lúcido y orgulloso por el simple hecho de haberme hecho digno de la compañía de semejante mujer.

Hay gente que no conoce jamás al amor de su vida. Se pasean por este mundo saltando de amor tibio en amor tibio, de relación superficial a otra más fútil. Hay gente que sí llega a conocerlo, pero bajo la sombra titánica y demoledora del amor imposible. Así que, aunque haya terminado mal, o quizá ni siquiera se sepa cómo acabará, uno debe sentirse afortunado de haber conocido al amor de su vida. De haber tenido un romance con el amor de su vida. Cuando sea un anciano víctima del Alzheimer y hable de cosas que a nadie le importen y a nadie le signifiquen mientras me limpian las escaras y me cambien los pañales, contaré sobre Julieta y sobre los cinco años que estuvimos juntos.

Ojalá sea capaz de obviar en ese entonces el detalle de su muerte. Ojalá no se me escape en medio del delirio senil que Julieta había muerto siete años antes de que la conociera. Que allí la encontraron sin vida, sin explicarse nunca la causa de su muerte, tirada en el piso de un baño de la misma universidad donde me la topé años después, aquel día de 1991 mientras su presencia deambulaba por los pasillos oscuros del quinto piso de la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas. Día en el que Julieta simplemente se arrastró hacia mí, se me instaló a un lado y me miró con esos ojos de una melancolía insondable como proveniente de otro espacio. Luego se fue conmigo a casa y nunca más me abandonó, ni de noche ni de día, hasta que una mañana de 1995 no amaneció a mi lado. No estaba. Había tomado la decisión de dejarme de querer. No sé cuán absurdo o atinado sea esto de decir que un fantasma se esfumó para nunca más saber de su existencia. O que un amor imaginario te haya dejado de querer.

(Extracto de la novela inédita “Fantasmáquina” / José Urriola 2021)

Sobre el autor

*Crédito de la fotografía: Geczaín Tovar Andueza
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