literatura venezolana

de hoy y de siempre

Las heridas de la narrativa venezolana contemporánea

“Reviven las heridas visibles y las otras que sangran hacia dentro”. Miguel Hernández

Violeta Rojo

No vengo con tres heridas como Miguel Hernández, sino con algunas más. Voy a hablar de las heridas que hemos sufrido como nación, aquellas que nos han marcado y que han dejado una cicatriz profunda, sinuosa y fea que se puede leer en nuestra literatura. no es casual que Miguel Gomes haya catalogado como fábulas del deterioro varias novelas de este periodo. El final de nuestro siglo XX y este siglo XXI han sido muy duros, han sucedido eventos que nos han cambiado; nuestra vida ha sufrido alteraciones que no nos imaginábamos en lo político, económico y social. Nuestra literatura refleja esto y muestra un paisaje desolador del país y de nuestros coterráneos.

Es evidente que la felicidad no es, no puede ser, literaturizable. La felicidad es aburrida en la ficción (con la excepción de William Carlos Williams, que la utiliza en forma de carretillas laqueadas por la lluvia junto a gallinas blancas, o deliciosas, dulces y frías ciruelas que estaban en la nevera). Pero, por lo general la
literatura que cuente la felicidad no sería nada interesante: una Madame Bovary o una Anna Karenina con matrimonios ejemplares, un Macbeth sin ambiciones, un rey Hamlet que muere por causas naturales y deja el lugar a un joven Hamlet casado felizmente con una sensata Ofelia; una doña Bárbara con afán civilizador. Sin problemas no hay trama. Eso explica también por qué, después de dieciséis años de  intento de hegemonía gubernamental, la literatura oficialista debe recurrir al pasado como tema. Una novela sobre el mundo maravilloso en el que proclaman vivir, no es material literario. La excepción a esto parecería ser Crónicas de los fuegos celestes, de Carlos Noguera.

Y hablo de política, porque es una de nuestras heridas. la narrativa venezolana, con pocas excepciones, es realista y suele mostrar los sucesos pasados o presentes de nuestro país. los eventos históricos más o menos recientes, el día a día, la suma de acontecimientos en los que nos vemos y reconocemos son parte
fundamental de nuestra producción literaria. las diferencias ideológicas en nuestra polarizada sociedad no solo han hecho que lleguemos al absurdo de clasificar a los escritores entre gobierneros y opositores, sino que también haya referencias políticas constantes, veladas o directas, sobre el tema. Esto se ve en el subtexto evidente en Bajo las hojas, de Israel Centeno, y Las peripecias inéditas de Teófilus Jones, de
Fedosy Santaella, en las que se extrapola una sociedad regida por militares, con inmensas trabas burocráticas y persecución de los que piensan diferente. Nuestra  realidad política es el tema directo de Esta gente de Francisco Suniaga, pero también algo que está en pequeños comentarios en muchísimas otras narraciones, en las que las referencias a militares carismáticos en el gobierno, escasez, nuevorriquismo, atentados a la libertad de expresión pueden encontrarse.

Consecuencia de lo anterior es una nueva variante de nuestra literatura, la que se refiere a la diáspora. Si hasta los años noventa, el venezolano que inmigraba era la excepción, a partir de este siglo se ha convertido en una realidad dolorosa y en otra de nuestras heridas. Cada vez son más los venezolanos que, ante la pésima gestión del Gobierno desde 1999, migran buscando una mejor vida en el exterior. La partida, el recuerdo de Venezuela, la frustración, la crispación, el desprecio y la desesperación por una realidad que empuja a sus naturales fuera del país son los temas de muchos de varios de nuestros escritores, como Eduardo Sánchez Rugeles y Juan Carlos Méndez Guédez, principalmente; pero también
de Miguel Gomes y Juan Carlos Chirinos, entre muchos otros. Sin olvidar el Israel Centeno de Exilio en el Bowery o el Salvador Fleján de Intriga en el Car Wash. ¿Cuánta gente se ha ido para que Silda Cordoliani pueda compilar los testimonios de quince escritores venezolanos que viven en el exterior? El dolor de los expatriados está generando una literatura; pero el dolor de los que ven a sus contemporáneos o familiares irse se está convirtiendo en otra herida, que también tiene su literatura.

La violencia desatada por estas tres décadas de errores gubernamentales se ha convertido en otra de nuestras heridas y tema de nuestra narrativa. En este caso, nos referimos a la violencia delincuencial o la de los violentos habitantes de una ciudad dura que puede encontrarse en los cuentos de Oscar Marcano, Rodrigo Blanco Calderón, Lucas García, Fedosy Santaella, Sonia Chocrón y Alberto Barrera Tyszka, entre otros y también es el tema principal de dos estupendos libros: En rojo, de Gisela Kozak, y Caracas muerde, de Héctor Torres. En ellos, el retrato de nuestra vida urbana caótica, dura, agresiva, corrupta y sucia se
desarrolla con maestría.

Algunos eventos de finales del siglo XX han determinado los temas de la narrativa venezolana del siglo XXI: el Caracazo de 1989, los golpes de Estado de 1992, el deslave de Vargas en 1999 y, ya un poco más cercano, el nunca aclarado asunto del 11 de abril de 2002. estos se han convertido en temas que, principal o secundariamente, protagónica o de manera soslayada, no pueden evitarse en buena parte de la narrativa venezolana del siglo XXI. Son también parte de nuestras heridas como nación.

Los golpes de estado de 1992 pusieron en jaque a una democracia que dábamos por sentada. La pérdida de esta, tal como la conocíamos, y los eventos de abril de 2002 son otra de nuestras heridas que, sin embargo, no ha tenido tanta atención literaria. Está en Sobre héroes y tombos de Luis Barrera Linares y también en Héctor Bujanda. Quizás a pesar del intento oficial de convertirlos en épicos, estos no daban para ello.

El Caracazo de 1989, el levantamiento popular en el que los saqueos, con sus correspondientes consecuencias de destrucción de bienes y asesinatos, es una de esas heridas, en este caso sociales, que determinó nuestra nueva realidad. Después de varios años de plácida existencia, sucedió algo incomprensible, aparentemente espontáneo, que mostraba fisuras y descontentos de los que no suponíamos que habían llegado a tal dimensión. Varios escritores han escrito sobre el tema: Eloi Yagüe Jarque, en Cuando amas debes partir; Camilo Pino, en Valle Zamuro; Argenis Rodríguez, en Febrero; Héctor Bujanda, en La última vez, y también José Roberto Duque, en Salsa y control, y Ángel Gustavo Infante, en Yo soy la rumba.

El deslave de Vargas, ese temible evento natural que, debido a la pésima actuación de las autoridades centuplicó su poder arrasador, es otra de nuestras heridas. la furia del agua, que desapareció pueblos, casas y gente y cambió nuestra geografía, fue de tal magnitud que habitualmente nos referimos a ellos como “la tragedia”. La cantidad de muertos, desaparecidos y pérdidas materiales (que catorce años después todavía no ha sido cuantificada) puede verse en su horror en cuentos de Rodrigo Blanco Calderón y Sonia Chocrón, y en los libros Indio desnudo de Antonio López Ortega, Bajo tierra de Gustavo Valle, Pies de barro de Jesús nieves Montero y Noche oscura del alma de Carmen Vincenti.

Como nación hemos sufrido zarpazos y fracturas en el orden institucional, social, natural y civilizatorio que han tenido consecuencias todavía no estudiadas a cabalidad. Sin la violencia social del Caracazo en 1989, la violencia política de los golpes de estado de 1992 y el 2002, la violencia natural del deslave de 1999, la violencia institucional que ha significado el Gobierno poco democrático que hemos tenido desde 1998 no se hubieran generado esos otros reveses de una violencia general delincuencial o el desarraigo. Esas son nuestras heridas, que configuran la base en la que se sostienen nuestros miedos y nuestra literatura reciente.

Sobre la autora

*Publicado en Cuadernos de literatura. Vol. XX. nº 40, 2016, págs. 653 – 656.

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