literatura venezolana

de hoy y de siempre

Héctor Torres

Por: Alirio Fernández Rodríguez

Héctor Torres (Caracas, 1968) es un escritor venezolano, ha sido profesor y se le reconoce como un tenaz promotor de la literatura y la cultura en su país. Ha creado y participado en iniciativas editoriales y de difusión de la literatura en Venezuela. Conocido como experto cronista de la urbe caraqueña, ha indagado en el alma de la ciudad para contar las historias que sintetizan esa alma en todo su esplendor. Héctor Torres, junto a Albor Rodríguez, es el creador de La vida de nos, reconocida organización que lleva a cabo una cruzada, creativa e innovadora, que resiste y registra los tiempos que se están viviendo en Venezuela. Menos conocido por su afición a la música, Héctor Torres forma parte de las referencias obligadas en la cultura venezolana de hoy.

Las primeras aventuras adolescentes por los laberintos de la ciudad, constituyen el espacio de la memoria más remoto que conecta a Héctor Torres con Caracas, lugar donde nació y ha pasado casi toda su vida. Fueron los años ochenta de una Venezuela que ya no existe. Entonces la vida consistía en “comprar discos de Heavy Metal en las tiendas especializadas del género, ir al parque del Este a jugar básquet o ir a conciertos en El Poliedro”, recuerda el escritor.

Después de unos diez años fuera de la capital venezolana, viviendo en el estado Aragua, Héctor Torres probaría el dulce sabor del reencuentro. Volver al sitio del que pareció nunca irse significó un regalo al hombre ya adulto que era Héctor.  “Sentir todas sus temperaturas, tantear su pulso, disfrutar caminarla, es una de las cosas más entrañables que he podido experimentar con la ciudad”, afirma. Así aparecen el escritor y el hombre, provistos de importantes momentos vitales que les dio Caracas: Héctor Torres, un autor que parece deberle más a esta ciudad que a su país.

Que la vida no sea solo lo que parece ser sino también lo que podría ser es lo que Héctor Torres cree que mueve a todo creador. Plantea que de lo que se trata es de buscar una posibilidad en los intersticios. “Ese niño melancólico que fui –dice Héctor- le fue dando paso a un adolescente inconforme y rabioso que no tenía herramientas para enfrentar ese desacuerdo que iba descubriendo con el mundo como es. Allí está el germen”.

Para él resulta imposible comprenderse hoy como escritor sin ese pasado juvenil que quería buscarse un lugar en el mundo. Es cuestión de “distanciarse de aquello con lo que no quieres transar, sin volverte un renegado”, afirma Héctor. Para el escritor caraqueño ese adolescente representa un yo generoso que le arrojó un salvavidas en tiempos en que el mar estaba dominado por una furia indescifrable. Le debe esta vida al joven Héctor que todavía hoy lo acompaña de cerca.

La creación artística surge de la necesidad de expresar un desacuerdo, que no siempre está muy claro. Si el mundo estuviera bien para el creador, no necesitaría crear nada.

Mi mamá me leía cuentos de Óscar Wilde antes de dormir, recuerda Héctor Torres cuando busca los orígenes del encuentro con la literatura que lo hizo lector. En su casa siempre hubo muchos libros que su madre compraba y leía. Aunque no siempre se trató de gran literatura, a veces sólo eran Best sellers de la época. Sin duda, el niño y joven Héctor se maravilló al ver cómo surgían historias increíbles de esos objetos de apariencia simple que eran los libros. Alguna herencia griega profunda había ya en Héctor porque le atraía la narración, primero de autores como Graham Greene, Quiroga o Cortázar; luego se sumergiría en Poe, Chéjov y Stevenson, pero también en Julio Garmendia y Teresa de la Parra.

Hasta que un día llegó a Jorge Luis Borges y se rindió ante los universos imposibles que le invitaba a descubrir el escritor argentino. “El primer intento de cuento que escribí –cuenta Héctor- fue La infame conjetura del doctor Pozuelos, y era un texto sobre un hombre que era un sueño de otro”. Reconoce que se trataba inevitablemente de una pésima copia borgiana producto del deslumbramiento. Pero así fue, con tientos, como Héctor Torres consiguió la voz del escritor que hoy conocemos.

Me he ganado el pan con la literatura, pero nunca como un empleo formal sino en proyecto puntuales, afirma Héctor. Recuerda que el empleo más cercano a la escritura fue cuando redactaba síntesis noticiosas para servicios informativos. Del resto, su historial de empleos ha ido por otros caminos, aunque le han dejado experiencias importantes y no solo dinero. También se ha dedicado durante un tiempo al área de la informática y, en una aerolínea venezolana, trabajó en investigación de operaciones.

Todo esto puede parecer ajeno a un hombre que es conocido públicamente como escritor y promotor de la literatura, pero cuenta que “estos oficios (programando y estudiando aspectos operativos de empresas) fueron ejercicios de analizar metódicamente, lo cual siento que fue una lejana base para afrontar el texto literario”. Héctor sabe el valor que tiene en la literatura ese proceso difícil de corrección y reescritura y, precisamente para eso, le sirvieron estas experiencias que exigen mucho trabajo metódico y racional.

Esa voz que me ha acompañado en la vida ha sido esencialmente la misma. Seguro he adquirido más herramientas, pero creo que en esencia es la misma.

Siempre me ha dado curiosidad tratar de dar con todos esos mecanismos invisibles, eso de llevar a palabras lo inexpresable, esos vericuetos de la mente, dice Héctor. Es parte de sus búsquedas y angustias con respecto a la literatura. Para Héctor Torres la escritura es un espacio de infinitas posibilidad para aproximarse a aquello que está en la realidad, pero que ahí no puede tocarse, hay que llevarlas a la escritura, darles lugar en la literatura.

Entre las indagaciones que se plantea Héctor, ahora mismo ocupa vital importancia el acercamiento a las vidas por los alucinantes caminos de la memoria. “Cómo lo que recordamos lo vamos convirtiendo en símbolo de algo y lo vamos alejando de lo que realmente sucedió para acercarlo a nuestra visión de las cosas”, plantea Héctor. Consiste en un ensayo más, uno que lo literario permite a través de reconstrucciones que son siempre un viaje hacia uno mismo.

Cada vez tengo menos certezas y más dudas, dice Héctor Torres, antes dejar su consideración acerca del estado actual de la literatura. Pero no duda en señalar que “si algo nos ofrece la literatura en estos tiempos es la posibilidad de bajarle la velocidad a la compulsión de opinar sobre todos los temas, tan propia de estos tiempos”. Para él la literatura puede servir para buscar silencios, refugios, meditación de lo que se piensa y se va a decir en la época de la ansiedad de ser vistos.

En relación a la actualidad literaria venezolana, Héctor no se atreve a decir mucho, pero reconoce que está pasando por un momento importante. Y es que son muchas voces venezolanas las que están “haciendo su espacio en otros confines, escribiendo en el marco de unas realidades distintas a las que conocieron”. Considera importante que la industria editorial venezolana se esté reinventando ante el desmantelamiento de buena parte de lo que se había logrado.

Es temprano para hablar de hacia dónde conducirá este momento. Siento que es el momento de aferrarnos al hecho de que venimos de una tradición.

Uno suele tener muchas angustias cuando piensa en el sufrimiento de los otros, dice el escritor. Se refiere al momento presente de su vida y de sus proyectos, en particular el de la organización que, junto a Albor Rodríguez, lleva adelante para dar lugar a la condición humana: La vida de nos. “Toda la complejidad de lo que significa estar vivo tiene su expresión en la Venezuela de hoy, y poder estar aquí para ayudar a contar esas historias le da mucho sentido a mi vida”, dice Héctor acerca de lo que se proponen en La vida de nos.

Otro proyecto es el de charlas que lleva “a comunidades acompañando a la gente de Reacin, donde enseñamos a jóvenes a entender su propia historia y a expresarla a través de la escritura”, cuenta Héctor. Ya más recientemente escribió el guion de una novela gráfica sobre Rómulo Gallegos para Provea. Pero el escritor no ha abandonado su oficio y trabaja, a su ritmo, cuentos, novela y relatos testimoniales.

La vida termina siendo un todo sin fronteras muy claras, cree Héctor. Desde ahí el caraqueño se refugia en los pocos amigos que atesora, los pequeños espacios del día a día que van desde ver películas, leer o caminar. Para Héctor de lo que se trata es de “esa necesidad de entender la vida y de expresar eso inexpresable que descubrimos cuando vivimos”.

OTROS DATOS

Narrador, editor y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) y de la trilogía de Caracas, compuesta por los títulos: Caracas muerde (2012), Objetos no declarados (2014) y La vida feroz (2016), los tres últimos editados por Ediciones PuntoCero, junto al reciente Presencias extrañas, relatos autobiográficos aparecidos en 2021.

Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org. Coordinó, junto a la novelista Ana Teresa Torres, la Semana de la Nueva Narrativa Urbana y es el actual coordinador (desde 2006) del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores. También fue el creador del Premio de la Crítica a la Novela del Año, organizado por Ficción Breve Venezolana.
Sus textos aparecen publicados en diversas antologías y muestras de narrativa y ha sido colaborador de diferentes publicaciones, impresas y digitales. Actualmente es codirector del grupo La Vida de Nos: www.grupolavidadenos.com. Web personal del autor: www.hectorres.xyz.

Cuentos

La palabra que le daba nombre a esa mirada y Era la ley de la calle y no podía haber excepciones

*Crédito de la foto: Andrea Sandoval

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