literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ese animal que engaña mi vientre

Juan Martins

El cortejo de esta enfermedad medieval alcanza mi rostro en el fallido intento de la mirada. Tus movimientos quieren que seas un trozo intangible del deseo que se entrega al desgarro de mis ojos. Y eso no te produce el más mínimo dolor, pero nadie pone en duda de que tu enfermedad se prolonga como el placer. Poco antes debo tomar este libro, leerlo, y dejar que la ciudad muera detrás de ti, reposando del otro cuerpo.

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Tus manos se partieron dentro de tu voz. Sumisa y virgen por la oscuridad, tus calles encarnan el bestiario de la noche. En esta habitación la presencia del espejo me recuerda que tengo que regresar al otro lado del anticuario para saludar a mi gato —he recobrado el don de hablarle a los gatos—, pero tendré que lidiar con tu boca, lenta y cansina por mentir, y reposa en mis sábanas un pedazo de amor para otra amante en el silencio del sueño.

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Encuentro en la inclinación de tu sangre la sustancia de tu ingravidez, con la fría voluntad de tocarme en contra de la noche. Y tu belleza cede ante la muerte por letargo. Las paredes no recuerdan tu dolor en la soledad de la casa: es una ironía de nuestra distancia querer permanecer en el abrazo. Cada vez más fuerte en el desamor.

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Encuentro en la inclinación de tu sangre la sustancia de tu ingravidez, con la fría voluntad de tocarme en contra de la noche. Y tu belleza cede ante la muerte por letargo. Las paredes no recuerdan tu dolor en la soledad de la casa: es una ironía de nuestra distancia querer permanecer en el abrazo. Cada vez más fuerte en el desamor.

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La luz duerme sobre la pared, doblega el rastro de la puerta, que sin esfuerzo guarda en su interior mi mayor temor de lo olvidado. Ese vacío que me acaricia la memoria abre la membrana de esta mañana. A pesar de la noche, tomas el resto del licor, lo disfrutas. Miras a un lado la distancia que hay entre tus manos y las horas, sin que tu odio sea esta medida de las palabras, uniendo, en un imposible, el vértice del retrato con el deseo cálido de tu presencia.

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Miro en él la hendidura de tu rostro. Lloro entonces el residuo de las palabras donde se sella la memoria. La noche me deja aquel sabor de ciudad húmeda (inexorable en unos cuerpos que se niegan). Y mi rostro en cambio duerme sometido a la postración: la mujer ama en la caída de su cuerpo, despliegas de la comisura esa voz, será porque te es ajena la voluntad de su secreto. Lenta y amarga es tu despedida cuando la intención es amorosa.

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Se ha consumado ese final ante el roce del cuerpo, plegada a las paredes, su humedad no será suficiente para enmudecer el movimiento que entra golpeando la piel del pasado. Una vez con el recuerdo, estoy del otro lado de las rejas, acaso para enamorarme de tu semblante.

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Ese animal que engaña mi vientre. No soy yo, sino el que embiste con arrogancia, pero yace en la mentira de tus labios, yace en el recodo de lo cotidiano, yace en la quietud de tu olvido. Y tus caderas figuran lo inexorable de la derrota, aún lamiendo la piel de mi rencor.

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Destierran la presencia de tu belleza fatídica. Trazo la escritura de ese símbolo como si me perteneciera. Ese derecho que aún no han perdido los cuerpos cuando se aman. Y la belleza es así porque alcanza a su verso detrás de la muerte.

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Le oigo mentir con su ladrido, como si la podredumbre se resistiera en la sumisión de tu acento. El tiempo de los árboles tiene ahora esa herida donde el metal se clava con la punta de mi sangre. Así el desprecio embiste tu ciudad cuando el silencio de la noche escribe el sosiego: lentamente, lo sórdido va ocupando la sensualidad del salitre. Por lo pronto, la voz del poeta quiere evocarte como si la tarde ocupara todos los días del mundo. Y no, es el instante que trae hacia el andén una descripción de la multitud. El niño sigue ladrando sin detener la violencia de su ingenuidad y se desplaza con todas sus fuerzas hacia mi corazón.

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El insomnio de las hojas despierta nuestro delirio de la infancia, despierta la obsesión del recuerdo, despierta el sufrimiento, el aliento de este otoño y, sobre esa derrota del paisaje, sellan la huida de la voz para asir de esta ruina un secreto que nos congrega hasta el amanecer.

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