literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ensayos de Juan Vicente González

Meseniana a Fermín Toro

Pereció  como perece  un   instru­mento divino en la discordia de los elementos terrestres, resonando en el universo. Toro

Es medianoche. Silencio dulce y triste envuelve la tierra adormecida. La luna pálida va visitando las dispersas nubes; las estrellas del cielo se miran en los ríos; las cimas de los árboles se estremecen, murmuran y parecen pensativas… Aún está más triste mi corazón. En vano un aire fresco acaricia las hojas; el otoño imita en vano las galas de la primavera y flores del color del cielo recogen en sus tiernos pétalos las gotas del rocío. ¿Qué  nuevas desgracias amenazan a mi patria? reciente crimen se ha cometido en nombre santa libertad?

¡Es que acaba de abrirse una tumba y ha caído en ella el último venezolano, el fruto que crearon la  aplicación y el talento, y que sazonó la paz en los  envidiados días, que para siempre huyeron de gloria nacional! ¡Llorarle es afligirse  con los  destinos de un pueblo condenado a vivir en las  ceniza de sus días pasados!

¡Oh! ¿Quién me diera las alas del canto para volar  hacia esos tiempos, praderas cubiertas de  rosas  donde la libertad sonreía como las flores de loto  sagrado, donde una nación dormía, a la sombra de  palmeras, entre sueños de amor y de felicidad

¡Cuatro jóvenes, cuatro árboles, llenos de perfumes y vida, alzaban allí sus altivas copas, o gloria de la patria; y a todos, a todos los ha segado  la muerte!

Por nueve años, bajo caney pajizo, extraño  a las  cosas de la vida, errante con los astros  por los espacios  del cielo, atento a la divina música que  los guía; con la pluma en la mano, o bien mustio y silencioso, viendo las olas crecer, enfurecerse y  estrellarse a los pies de su morada, languideció el menos joven de aquellos varones, el que planto en  Venezuela el árbol hermoso de las matemáticas…

La naturaleza le había hecho orador  con la firmeza, flexibilidad y energía que distinguieron su palabra; con el brillo y magnificencia de lenguaje,inseparables del fuego del corazón, viósele siem­pre del partido de las nobles y generosas causas. En tiempo en que las Cámaras sabían guardar su gravedad, estuvieron muchas veces para olvidarla en un entusiasmo sin ejemplo. Poseía el principal elemento del orador: una voz de corriente pura yextenso aliento, de sonido preciso y claro, de acento distinto y vibrador, que marcaba todos los movimientos de su alma sublime. Era una voz eco de su espíritu, música de su genio, dulce y flexible, patética o irritada, que sonaba a veces como el clarín guerrero, llena de ritmos y ar­monía.

Como político, Toro fue de esos espíritus ideales que sueñan hermosas teorías sobre el cabo de Suniun o en los jardines de la Academia. Abrasaba su alma el amor de la libertad, llama celeste, y el amor de los hombres, que en él no se debilitó jamás. Cuando el demonio tentador de la gloria, el odio a la injusticia, la impaciencia de vengar los ultrajes de la patria, le arrastraron a ar­dientes polémicas o a peligrosas resoluciones, su espíritu, en emoción perpetua, se esparcía sobre todos los objetos, colorando las palabras,animando y engrandeciendo los hechos.

Tres veces visitó Europa al servicio de la República. Con el célebre apellido de la esposa de Bolívar en un pueblo aristocrático, joven, de maneras brillantes, de palabra viva, lleno de talento y graciauna nación grande le ofreció en su seno honores y fortuna. Todo le convidaba a aceptar. ¿Qué le esperaba en un país que se había convertido en cementerio de sus hijos, en el loco de sus tiranos? ¿Por qué preferir a la gloria y el respeto el menosprecio de la ignorancia y el odio de la envidia? Mas Toro no vacila; por bella que sea la tierra del extranjero y por grandes promesas que haga, jamás reemplaza aquella en que nacimos. Todo lo desdeña, y después de haber asegurado la paz de la República, vuelve, nuevo Anacarsis, a morir en su seno.

En todas partes se agita el hombre sobre el mar de la vida, llena de vanos dolores. Pero en nuestra tierra desgraciada, hasta la copa del placer se llena de ajenjo; la primavera de los años se ex­tingue sin honor; suspira la virtud en el menosprecio; toda esperanza es quimera; la existencia es un sueño doloroso… Para estar tranquilo habría tenido que vivir sin entrañas en medio de las convulsiones de la historia con­temporánea. Pero ¡cuál sería su dolor al ver la patria amada convertida en -sepulcro de ilusiones muertas! ¡Al asistir a la crucifixión de un pueblo infortunado!… Sobre la cima del pensamiento, al abatir sobre el sombrío valle que habitamos, su mirada de águila, despedazado el corazón, bajaba a mezclarse en nuestras tristes miserias, para alegrarse con nuestros vanos contentos, dar lágrimas al dolor, consuelo al infortunio, excusa a todas las faltas, suplicas por todas las desgracias , animación a todas las esperanzas . El desdén de su labio silencioso era piedad; su erguida frente no acusaba a sus compatriotas envilecidos sino al destino inexorable….

Yo te saludo, amigo; no en esa fosa estrecha, sino en los espacios luminosos, donde innumerables astros giran con desconocida armonía sobre este pequeño túmulo que llamamos nuestro universo!

Antes del día supremo, habías ido a buscar en medio de la naturaleza la armonía y el amor que no hallaste en los hombres. Viviste en los campos oyendo el soplo de los vientos, atento al variado color de las trémulas hojas, poniendo el oído al religioso murmullo de los bosques agitados. Y cuando viste a lo lejos las confusas sombras, mensajeras del pálido reposo, contemplaste el mundo como una flor fresca y te reclinaste en su seno, sonreído. ¡Los cielos te coronan!

Mis libros

¿Por qué he de luchar yo con las tempestades políticas, contra el movimiento continuo de las pasiones, con la ambición, las venganzas y crímenes de los hombres? A mí no me tienta el esplendor de honores ni riquezas: más que lanzar mi nave al proceloso mar, amado de aquilón, me es grato, cerca de la orilla, en tímida barca, cruzar sonriendo las tranquilas aguas del lago. La política es una Diosa austera y sangrienta: su templo ahuyenta por el cruor de la sangre que lo ennegrece: esos ambiciosos que corona la fortuna, son víctimas destinadas a sus cruentas aras.

Cuando se tiene un amigo, cuando horas enteras, en el rincón del hogar, hablamos dulcemente, con franqueza y lealtad, de la infancia, tan rápida, de las locuras de la juventud, el tesoro que ama el avaro es despreciable, y nada tiene el mundo que pueda turbar nuestro corazón. Yo tengo mis amigos, tan fieles y discretos que no hablan a mi oído, por temor de que los oiga, y hablan a mi corazón con tanta timidez y encanto que su voz parece el soplo de la inspiración, una voz interior, un rayo que brota del alma misma. Este len- guaje misterioso como el del amor, púdico y ligero como la gasa que cubre un bello seno, da un placer al espíritu que le hace odioso cualquier otro. ¿Quién halló un amigo tan seguro y firme, tan simpático y tierno como un libro?

La copa de la sociedad reboza en tedio: cerca de uno conocido de muchos años, puede hasta olvidarse el trato de los demás; es el mayor bien de las relaciones del mundo : la constancia del trato es la amistad; el tiempo que corre constituye su encanto, y en mi ansia de ilusión, conservo con vigilante celo las únicas que tengo, juzgando hallar en ellas esa amistad pura que huyó con la verdad al cielo y que debe colocarse entre las más bellas fábulas de la antigüedad.

. . . Tú, tú no eres infiel, amigo mío: con tu calva frente, majestuoso de genio, rico de pensamiento, con esos ojos que cierras para ver mejor en el porvenir, llamarte amigo escuna gloria, un consuelo. Tú conoces el idioma de los Dioses, tus cantos resuenan como el clarín guerrero, los ríos que atraviesas conservan para siempre el nombre con que los llamaste. Homero, tu eres el Dios del canto, el primer genio de los tiempos heroicos; y tú, sin embargo, eres mi amigo.

Allá en las tinieblas de la edad media, entre lo pasado y el porvenir, una figura adusta y grande se dibuja a mis ojos : su voz hace olvidar la del país de los bellos cantos, la Provenza; dicta una lengua que nadie podrá alterar y anuncia un porvenir de entusiasmo y de luz. El como Dios formó un cielo para sus amigos y creó un infierno de horrores para sus contrarios. Este teólogo, este poeta habla conmigo diaria- mente, y en largos coloquios, ya suspira de amor con la adúltera de Rímini, ya me hace estremecer con el castigo del traidor a la patria, en el suplicio de Rugiero y de Hugolino. Beatriz convertida en la gracia por el poder del genio habla también conmigo, y soy el confidente de la amante por mi adoración al poeta.

Entre las nieblas del Albión, Shakespeare como un héroe de Mowern, se levanta grande, majestuoso y sublime. La edad media con su valor, su genio, su poder de acción, sus corazones de bronce, yo la aprendí de él. i Y comprendía las pasiones más dulces del alma: Desdémona! Julieta! Ofelia! ¡y mientras yo hablo con tan ilustres amigos, con ese Calderón, Iris de poesía, con esas creaciones del Tasso, Goethe, Chateaubriand, con la encantadora Armida y la tierna Herminia, y oigo el triste gemido de Margarita y Atala, se quiere que armado de la espada, aparezca entre los enemigos de mi patria como la sombra irritada que a las orillas del Egeo ponía en fuga a los ejércitos de Jerjes !

. . . No, dejadme entre mis héroes, dejadme oír las lecciones sublimes de estos genios. ¿Qué decía, almas magnánimas y generosas? Ah! ya escucho vuestra voz: en ademán austero sus sombras me excitan al combate: de entre las cenizas de Ilión sale un canto fúnebre en honra del valeroso Héctor, que supo morir por la patria. Ese poeta, el amante de Beatriz, es el patriota, el fogoso Gibelino, el proscripto de Florencia, que va llorando por todas partes a la adorada patria. Anoche… no es una ilusión: espesas eran las tinieblas que me rodeaban: mi corazón temblaba con inquieto afán, cuando de en medio de los libros una voz me llamó tres veces por mi nombre, apellidándome cobarde, aguijoneándome al combate: era la voz que escuchó Aristodemo junto al ara fugitiva de Mecenia, la que despertó los corazones griegos por la voz de Demóstenes, la que, como una lava, brotaba en ondas de fuego de los labios de Mirabeau.

Patria! soy tu soldado, y moriré junto a tu altar: tu nombre resuena en mi corazón como el de la joven que se ama después de luengos años de ausencia. ¡Liber-tad! yo veo esa horda manchar tu nombre y amenazar tus altares. Con la trompa de Tirteo yo convoco al combate, ¡Ciudadanos! a la voz del peligro regocijémonos: despreciarlos y vencerlos da la gloria y el renombre de los héroes!

Las letras en 1865

Al oírnos hablar del espíritu literario, se nos preguntará si creemos exista en Venezuela, si conocemos obras que lo expresen y cuáles son su carácter y sus tendencias. La literatura nació un día entre nosotros y sin las agitaciones y revueltas ¡ay! que han consumido al país, tendríamos acaso una, ingeniosa, noble, fruto espontáneo de nuestra civilización y nuestro clima. Pero si las letras son el lujo de las sociedades avanzadas en cultura, mal puede encontrarse entre nosotros, sin ocio para escribir, inspirados por pasiones momentáneas, distraídos por el ruido de las catástrofes, tristes con lo presente, temerosos del porvenir. Los talentos vienen como siempre, el sol todos los años enciende las imaginaciones: a cada primavera, sobre el árbol que destrozó el rayo, sobre el cauce desecado, depositan nuestros jóvenes sus verdes nidos donde adormecen sus sueños, sus ilusiones y esperanzas. Nada les falta, ni el talento, ni la emoción, ni la frescura, ni la gracia; pero la flores allí ocultas se marchitan sin abrir, sin que una mano las coja, sin que pueda señalar nadie sus colores y perfumes. Primero es saber, y el estudio es impopular; las Musas no desplegan sus alas sino a los ecos de la gloria, y nuestra gloria pasó. La pluma cae de las manos del historiador, y lo bello, lo sublime, lo ideal, huyen espantados ante la realidad mezquina. Como en el Elíseo de Virgilio los ojos entreven sombras divinas que el corazón no puede estrechar.

Al hablar del espíritu literario nos referimos al que se extiende por el mundo y nos viene de Europa, no en las producciones elevadas de la alta literatura, sino en la corriente fangosa de novelas, comedias, únicos libros que nutren nuestra juventud, envenenándola: obras que extinguen toda inspiración superior y divina para lisonjear cuanto hay de sensual y bajo en nuestro ser, nacidas de una fuente impura y que pertenecen a una serie de ideas inferiores y corruptoras.

Pero el mal no existe sin honrosas excepciones; vénse paladines intrépidos caer duramente sobre lo? enemigos del buen sentido y de la moral, y con la música de Verdi a la cabeza, continuar su cruzada en provecho, de la verdad. Tal vez la literatura recobre su alto puesto. En cuanto a nosotros, persuadidos de que el pesimismo es esencialmente estéril y de que a nadie persuade la violencia, esperamos y convidamos a esperar; cómplices de todas las imaginaciones en el mal que se les señala, si se les representa sin remedio, sin bien alguno que lo mitigue, revelaríanse contra la desesperante anatema, y el rigor de la censura comprometería la autoridad.

Debemos comenzar investigando hacia qué lado se inclina hoy la literatura lo que no es una innovación ni una paradoja en las tradiciones de la crítica; porque dependiendo la literatura de las grandezas y debilidades del espíritu humano, hasta en sus faces más brillantes, tiene un lado que agravándose, puede ser peligroso y funesto. Existen siempre dos literaturas que marchan paralelas, la buena y la mala; bastando para convencerse de ello arrojar una mirada hacia atrás, hacia las épocas de ensayos y decadencia, o hacia las que son objeto de admiración, de sentimiento y estudio. Sólo hay que advertir que el bien o el mal en las letras varían según sean los tiempos favorables o contrarios al generoso vuelo de las almas; ya que el movimiento, la vida, el éxito, la popularidad, la influencia, la facultad de atraer a la juventud ávida de fama y ruido, inspirarán obras honestas o perversas, buenos o malos ejemplos, según pertenezcan a ideas sanas o corruptoras, a celebridades puras o manchadas.

Es preciso decirlo, el arte moderno se inclina a un lado donde a empeñarse más, encontrarla su degradación y su pérdida ; pero ella no es la única culpable y debemos acusar también a las vicisitudes políticas en que no nos toca juzgar, a la sociedad que ha desdeñado sus intereses y deberes y a la crítica que en vez de guiar y advertir, se ha complacido en extraviar.

¿De qué idea fecunda es instrumento esa literatura que ha merecido el nombre de pequeña (petit?)? ¿Por qué se aísla, egoísta, de la causa que debe defender, de la tarea que se le ha impuesto, independiente de lo que expresa, esclava de un poder particular que busca en sí su vida, su fin y su gloria? Si como dice un grande escritor, las mejores obras del espíritu son aquellas donde no ha habido premeditación literaria, y que han hecho centellear de un cerebro inspirado una pasión ardiente, una convicción vigorosa, un poderoso interés, debe confesarse que el exceso de que hablamos lleva precisamente a resultados contrarios e impone a sus producciones un carácter artificial y mezquino. Sin duda que en los últimos años hubo síntomas alarmantes. Pero; qué diferencia entre los excesos de entonces y los de hoy! En esos días, al salirse el espíritu literario de sus verdaderos caminos, para complacerse en su omnipotencia y entregarse a sus caprichos, tendía al menos hacia grandes cosas. Su exagerado papel y su destino en el mundo se manifestaban en superiores esferas. Teñía con sus colores brillantes la política, la historia, la poesía, la propaganda revolucionaria y todas las quimeras sociales, preludios de las revoluciones. Aspiraba a intervenir dictatorialmente en el gobierno de las sociedades futuras, a crear un tipo de soberbio individualismo que debiera dominar repúblicas e imperios…

Hubo presunción en estos sueños romanescos, hubo orgullo, demencia, hubo el ridículo y peligros de toda especie; pero no había abatimiento, los hombres eran insensatos, no viles! Las instituciones liberales de aquella época, las licencias de la imaginación embriagada con sus propios filtros, la disposición volcánica de los lectores, todo contribuyó a la excitación desmesurada del espíritu literario. La situación actual inspira consideraciones diferentes. Aparte toda oposición y sátira, es preciso confesar que las letras no pueden existir independientes de las formas de la vida pública, que las eleva o abate, las fortifican o debilitan, excita la emulación o provoca Ja laxitud. Se animan por el contacto de las instituciones, que hieren a veces su delicadeza y absorben a expensas suyas la atención general y que las arrebatan también en su movimiento y las calientan a su llama. Los gérmenes fecundos que la libertad deposita en las almas y disemina en el aire, el vuelo que imprime a la juventud, el gusto de polémica y aventura que propaga y dirige, reflejan necesariamente sobre las letras; porque todo entusiasmo del mismo modo que todo desencanto se eslabonan como lo prueban las batallas literarias de la Restauración, contemporáneas y rivales de las luchas apasionadas de la tribuna y la prensa. Cada época tiene su expresión literaria particular, caminos que ama más, géneros que cultiva de preferencia, según el grado de perfección social y el ardor de las ilusiones o creencias, el juego de los intereses públicos, la curiosidad, el gusto, la pasión, la moda. Los gloriosos esfuerzos del romanticismo en 1828, el entusiasmo y cólera que despertaron sus tentativas, el carácter militante de cada uno de sus triunfos, su acción en la sociedad escogida y en los placeres del espíritu fue una de las fases de la vida pública de entonces, fácil de observar en los periódicos y en las Cámaras, sobre el teatro, en los cursos de la Sorbona, en los prefacios de los nuevos libros y en los salones.

Agotadas estas fuentes por tempestades que desecan los ríos después de haber hecho los torrentes, suprimidas estas condiciones de renovación y excitación fecunda, el vacío ha sucedido por todas partes. Burlado el espíritu literario en sus aspiraciones quiméricas y condenado a sufrir la reacción del buen sentido y de las ideas positivas, humillado, irritado por la adversidad, no convertido, sigue la marcha lógica de los poderes que se debilitan, exagerándose y que se precipitan al extremo contrario, creyendo suplir los que les falta por la -estéril ostentación de sus abusos y caprichos. Héle hoy exagerado en lo que es bajo como se había exagerado en lo que es alto. A falta del imperio del mundo, ha reemplazado las quimeras por el cálculo y aspira francamente al bienestar, a grandes sueldos, a la riqueza rápidamente adquirida. No es ya un joven ambicioso que tiende al dominio universal; es un pendolista hábil gastado, que tiene en venta artículos de ocasión y que calcula lo que puede ganar en cada una de sus obras, mezclando convenientemente el anuncio, el cartel, el reclamo industrial, no literato, por una alianza extravagante, hija de vanidades contradictorias, está tan infatuado de su mérito, tan indiferente a su misión, tan desengañado de sus sueños, que si una circunstancia se presenta, se apodera de ella con furor, abdica y se absorbe en la industria y el agio, sus antagonistas antes, hoy sus amigos.

Notaba ha poco un crítico espiritual, comentando una frase de José de Maistre que las sociedades tienen siempre la literatura que merecen; a lo que podría añadirse que una literatura agrada siempre a la sociedad que representa. Cuando ha desaparecido de la vida social el sentimiento del respeto ¿cómo habría de subsistir en la novela y el drama? Cuando la gracia y el pudor de la educación y los modales han caído ante la licencia moderna ¿cómo podríamos hallarlos en el teatro y en los libros? Cuando a la grandeza de las ideas, al sentimiento de la consagración y el sacrificio, a la aspiración a lo bello y grande, a las generosas locuras de la pasión y la juventud, han sucedido en las almas el culto del oro, del placer y de la mentira, ¿cómo tan vulgares ídolos animarían con su negro soplo las producciones del pensamiento? La vigilancia del buen gusto, ¿de qué modo se ejercería y quién podría ejercerla de entre esa multitud que corre de todos los puntos del globo, sin discernimiento, sin gusto, demócratas literarios que predican la igualdad entre lo bueno y lo malo, mercaderes de Nueva York, bebedores de cerveza de Hamburgo, agiotistas de París?

Quince años ha, cuando las novelas en folletín apasionaban con sus invenciones gigantescas las cortes, las ciudades y las aldeas, creando existencias singulares fuera de las leyes sociales y morales como estaban las obras mismas fuera de las reglas literarias, podía asegurarse que la literatura calumniaba la sociedad. Reducíase su arte a una perpetua antítesis que nos mostraba el heroísmo en el crimen, la grandeza en el desorden, la poesía en el mal, y que distribuyendo bellos papeles a cuantos ve de reojo una civilización regular, los imponía, odiosos y ridículos, a todos los representantes del orden, del deber, de la defensa legítima y legal, desde el magistrado hasta el sacerdote. La boga inmensa que obtuvieron esas pinturas mentirosas, si conmovió los espíritus alteró también las relaciones de los hombres de letras con el mundo; y los autores de estos extraños cuentos fueron como su obras mismas objeto de mía curiosidad sin respeto, donde la influencia y la dignidad literaria desaparecían en la alucinación, el capricho y lo fantástico.

Pero al menos si se calumniaba entonces a la señora respetable, al funcionario, al príncipe, al magistrado, al ciudadano, era representándolos con vaga generalidad en personajes de invención, según las exigencias de la novela. Podían quejarse las clases de que se les había ofendido, pero aún no se tocaba a los individuos, triste progreso que nos estaba reservado y que es lógico. Las catástrofes públicas, las variaciones del gusto y de la moda, el espíritu de reacción, habían relegado en la sombra sus ficciones pasmosas, que en medio de innumerables defectos, tuvieron el mérito de generalizar sus calumnias y sus paradojas. Habiendo agotado las imaginaciones saturadas todas las sensaciones violentas, todas las emociones febriles de la novela y el drama, pedían algo más vivo, más corto y más picante. Es entonces cuando hemos visto el espíritu literario’ descender algunos escalones más y con ellos la sociedad; tal es esta literatura que hace tanto ruido, que germina tan pronto, donde las preocupaciones, los errores, las malas pasiones ofrecen pasto abundante a los consejos pérfidos y a las impuras imágenes de la novela y el teatro. Resúmese en ella el espíritu literario, exagerado, viciado y envilecido, tal como hemos procurado dibujarlo y tal como influye en nuestras pasiones, costumbres y fútiles ensayos.

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