literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ensayos de Cecilio Acosta

Las letras

Las letras lo son todo. Las letras viajan, son la luz que inunda en un instante el espacio y lo colora, la arista que lleva el grano de la idea y que es arrebatada por el viento de las edades, para llevar a todas partes germen, árbol, flor y frutos. Las letras crean: Homero ha dado origen a mundos en que él no soñó y que hoy ruedan en el vacío de la gloria; sin la palabra de Demóstenes la suerte de Grecia no llega a Queronea: sin la de Cicerón, Catilina suplanta a César y precipita el tiempo de Farsalia; y el siglo de Julio II y León X es grande, y Canova hubiera podido poblar el museo Pío-Clementino de obras suyas, porque había libros santos que hablan maravillas, e historiadores y poetas que son dechados. ¡Qué siglo ése! Las galerías del Vaticano son historias del cielo; y se alcanzó a poseer, entre otros genios, a un Miguel Ángel, que pudo desbaratar el orbe para llamarlo a juicio, y a un Rafael, que por la fuerza sola de su mano, hizo encarnar la Virgen en colores, tras de los cuales ve uno su misma gracia divina. Las letras han engendrado el canto y la armonía: Beethoven, Haydn y Mozart, los maestros profundos, y Rossini, Bellini y Donizetti, los maestros melodiosos, creadores todos ellos de un poder incontrastable que va derecho al alma y la cautiva, y después que la cautiva, la enseña, han calcado en su mayor parte las obras maestras que los ilustran, en las obras maestras de la poesía y de las letras; la poesía precede siempre a la música, como el rayo de luz al arco iris. Las letras son el tesoro inagotable de las bibliotecas, que ocupan hoy los palacios mudos del saber, así como son el oleaje incesante del periodismo, que baña, agita y fecunda industrias, opiniones, costumbres y creencias.

Las letras han producido en las artes la estética, ciencia que encanta, naturaleza que ríe, especie de creación, donde no hay sonidos sin acorde, ni formas sin belleza. Las letras son en la amargura de la vida miel, en la vida de los pueblos aliento, en el espíritu cultura, en los anales del género humano la única página sin mancha, y en la corriente de los siglos el único bajel que no hace estadía ni naufraga. Las letras son las que han venido labrando este progreso que tenemos, esta civilización que nos honra, esta libertad que es nuestro orgullo. Las letras, por fin, han necesitado del fósforo para domesticar y poner a logro el fuego, del ferrocarril para trasportar el fruto que da el tipo de imprenta, y del alambre para poner a su servicio la electricidad, el único órgano capaz de trasmitir, con la rapidez que él tiene, el rayo fecundador del pensamiento.

Y aquí, señores, me siento como con alas, como llevado por el hipogrifo de Astolfo, para recorrer de un vuelo los siglos. ¿Qué queda de Roma?—Sus Libros. ¿Qué de la Edad Media?—Sus crónicas. ¿Qué del siglo XV?—El Renacimiento. ¿Qué de la edad horrible de César Borgia?—Maquiavelo. ¿Qué de la Italia humillada del siglo XVI?—Ariosto y Tasso… Ved: hay en la larga jornada de la humanidad —como se nota ahondando un poco, y a veces sin ello— una estrella que siempre va, un rastro que siempre queda: de luz todo. ¿Será ésta la aguja misteriosa que marca sin cesar el rumbo del viaje, la voz de alerta dada a la peregrinación del porvenir, o el hilo de la Providencia, que, oculto a veces, a veces ostensible, burla todas las lógicas para hacer triunfar la suya, y hace precipitar la corriente de los sucesos hacia sí, como hacia un centro absorbente? Mirad el siglo de Pericles: la musa del drama y de la historia deja más para la Grecia y para el mundo, que las batallas de Maratón y Salamina; Tucídides casi fué el maestro de Tácito, y Eurípides fue tan grande, que había de ser corona histórica suya que el adusto Sócrates asistiese a la representación de sus obras, y que más tarde hubiese de inmortalizar sus páginas la sangre preciosa de Tulio, que las leía, derramada sobre ellas por los sicarios de Antonio. ¡Hermosos días ésos, en que los juegos olímpicos fueron también palestra a ingenios lidiadores, hubo en ellos susurro de aplauso en el concurso, voz de grata fama corriendo de boca en boca, y en el autor afortunado, rubor de gloria bañando sus mejillas…!

¡Oh, me siento trasportado! Quisiera hacer alto delante de esa edad florida, y que levantásemos aquí tres tabernáculos, para contemplar de nuevo esa transfiguración del espíritu que todavía, después de más de veintidós siglos, se ve pasar por sobre nuestras cabezas como un meteoro brillante. ¿Qué dirá ahora la barbarie (yo la interpelo para que comparezca a este lugar), qué dirá cuando, en presencia de ese espectáculo espléndido, vea ella por sus propios ojos, que la sangre no deja sino sangre, las tinieblas sino olvido, y que en la posteridad, sólo para la virtud hay honra y para el talento laurel…?

Mi conmoción es extrema, pero prosigo. Augusto, soberano astuto y frío, para cuyo gobierno sensual y despótico no hay más explicación que el haberse encontrado al fin sin rivales o el haberse deshecho de ellos en tiempo, halló su ilustración en los varones de letras de su época, y su mejor título o la vida postrera en la inmortal lisonja de Horacio y de Virgilio. El reinado de Isabel de Inglaterra se nombra menos por su infame conducta con María Estuardo, que por Spencer, Bacon y Shakespeare. El de Luis XIV es célebre por el esplendor del espíritu, que iluminó más su gusto regio que sus triunfos; todavía, después de casi dos centurias, ese faro se alcanza a ver lo mismo: la soberbia pasó, el rastro de luz se mira aún; y si el gran monarca hace gran figura en la historia, es porque le lleva de la mano el gran Bossuet. Ese mismo siglo XVII fue el siglo de las ciencias, así como lo fue también el siglo XVIII, siendo éste además, por lo que hace a la religión y a las ciencias sociales, el de los espíritus fuertes, el de los libres pensadores. Del fondo del último saltó la chispa que produjo el incendio de la Revolución francesa, el acontecimiento más grande del mundo político, bautismo ese de todas las ideas, piscina probática para todos los errores, gran biblia donde hay para la libertad anales, para el derecho enseñanzas y para el progreso humano advertimientos.

España fue un tiempo la monarquía universal; no estaría mal dicho de ella que el sol se fatigaba para recorrerla. De Carlos V, en quien recayó por muerte de su abuelo materno, pudo escribir en significativa frase Montesquieu, aunque comprendiendo la Alemania también, que la tierra se había ensanchado para dar espacio a su grandeza. Felipe II, su hijo, salvo la dignidad imperial que tocó a Fernando su tío, todo lo demás lo heredó: dominios colosales que se extendían a la Península, aumentados éstos después en vida suya por la adquisición de Portugal, a Holanda, Bélgica, Oceanía, Asia, África y América. Este monarca poderoso pudo en su reinado hacer oír su voz de las islas Chiloé a las islas Filipinas, hacer hablar por gala su lengua en casi todas las cortes, poblar los mares con sus flotas, obtener la mano de María, triunfar en San Quintín, poner espanto a Inglaterra y colmar a España con el oro del Perú. ¿Qué queda de todo eso y de lo demás del poderío español?

Queda sólo (por no hablar más que de esos tiempos) la abundantísima cosecha de las letras en los siglos XVI y XVII, y en parte del XVIII, llena, rica y varia, de rubios granos y jugosos vinos, cosecha que casi no cabía en las trojes y que rebosaba en los lagares; quedan las obras de erudición e inventiva, muchas de ellas inimitables, que llenaron las bibliotecas y los teatros. Quedan los escritores distinguidos y los ingenios de primer orden, algunos de ellos, puede decirse, únicos: Santa Teresa de Jesús, que habló de la santidad en formas tan castas como castizas; Hurtado de Mendoza, de frase atildada, si bien concisa por extremo a fuerza de recortes. Meló, como historiador cultísimo y capaz de asuntos más vastos, como si dijéramos Roma; Garcilaso, cuyos versos deben leerse en medio de un jardín de tomillos, que tenga nardos por cerca; Solís, estilo de filigrana; Ercilla, que componía bajo el pabellón del campamento el libro que le dio inmortalidad; Herrera, águila siempre entre las nubes; Fray Luis de León, rival de Horacio hasta en la lengua; Fray Luis de Granada, escritor de epítetos espléndidos y enamorado del amor divino, que él sabía encerrar siempre, como dentro de cajas de música, en sus cláusulas cantantes; Calderón, un río de cascadas sonoras, por la armonía; y Cervantes, cuya creación es un mundo, porque la sacó de la nada, y cuya inmortal obra será siempre la desesperación de los demás, porque casi no puede tener imitadores. ¡Tesoros todos ésos preciosos, que forman como un museo en los anales de las grandezas humanas!

Heme aquí, señores, de vuelta y.a de mi largo, si bien rapidísimo viaje por el ancho campo de la historia. Vengo contento, muy contento, porque os traigo lo que buscaba. Os traigo, que eso que hemos aprendido y leemos diariamente en los libros del progreso, es todo cierto: que la civilización marcha; que la conciencia humana es tribunal; que la justicia es código; que la libertad triunfa y que el espíritu reina. He interrogado a los fastos de todos los siglos y todos me han respondido lo mismo. He atravesado la espesa noche de la barbarie y sólo silencio he hallado allí; la historia misma calla. He extendido a la humanidad delante de mí, como si fuese un mapa de estudio, para examinar lo que contiene, y he visto, de un lado fósiles sólo, osamentas, las petrificaciones y cenizas del error, que no sabe dejar por donde pasa sino escombros, cementerios, osarios; y del otro, el panteón de la inmortalidad, donde se ven viviendo en galerías espléndidas todas las conquistas del trabajo y del talento: la industria que independiza, la riqueza que sustenta, las ciencias que ilustran, las artes que adornan, el libro que enseña, el periódico que difunde, el vapor que viaja, el rayo que obedece, y el derecho, que va siendo ya, por los triunfos que cuenta, patrimonio común, y, lo que es más, blasón acariciado de las clases oprimidas. ¡Qué porvenir, señores! ¡Qué gloria!

Este es el punto adonde yo deseaba llegar para apostrofaros; ahí lo tenéis; ésas son las letras, que representan realmente en el pueblo que las cultiva, el cultivo de su espíritu. Aunque con desmaña, que debe perdonárseme en gracia siquiera del noble empeño que he puesto, no me ha sido difícil el haber logrado confirmar, si bien por modos diversos, el tema del certamen.

Yo hubiera querido otra cosa. Hubiera querido tener voz de hechizo para evocar de sus tumbas
los muertos ilustres, ojos de águila para penetrar desde la altura en los abismos del tiempo, y alas de fuego para atravesar sin fatiga la prolongadísima extensión; hubiera querido ser Plutarco, que cuenta con candor, Tito Livio que pinta con elegancia, Tácito que castiga con azote, Bossuet que crea y magnifica, y Guizot que generaliza y abarca; hubiera querido recoger hechos, deducir leyes y amontonar fastos, para de esta manera, y con tal mundo grandioso a nuestra vista, poderos decir: esa luz, que deja como un rastro de estrellas detrás y lleva como un camino de estrellas delante, es la luz de la civilización: ved, no se extingue; ese esplendor de las ciudades, ese afán de los mercados, ese hervir de los caminos, esa facilidad de tener cada uno, por su salario, pan y goces, es el aprovechamiento de la naturaleza por la industria y el rescate del hombre infeliz por el trabajo: ved, ni la una se cansa, ni el otro cede; ese espíritu que va es la libertad; este concierto que queda es el orden; esa justicia que se distribuye es el derecho.

Después de todo lo cual, si me alcanzaran las fuerzas para tanto, salvando el tiempo presente y ahondando más, divisando más y viendo abrirse en sucesión continua, como para dar paso al progreso, horizonte tras horizonte y bóveda tras bóveda, hasta tocar con el linde temporal de lo futuro, podría agregaros por último con voz de aliento y esperanza: ese camino inmenso, casi infinito, que recorro sólo en idea, es el camino de la humanidad, y este palacio de cielos el palacio de las letras.

(De: “Discurso pronunciado por Cecilio Acosta al terminar el Certamen Literario que la Academia de Ciencias Sociales y Bellas Letras de Caracas celebró el 8 de agosto de 1869” . Obras, vol. I, Caracas, MCMVIII, pp. 5-13).

Las letras clásicas

Italia precedió a todas las demás naciones en este camino; y no puede negarse que allí despuntó más tarde, y siempre primero, el día de las artes y las letras. Su mayor cercanía y contacto con el Imperio de Oriente, del cual recibió una colonia de artistas y de sabios, después que Mahomet II tomó a Constantinopla, fue causa de ello; a que contribuyó también por su parte el haber sido Roma desde el principio asiento de los Papas, muchos de ellos varones eminentes, el haber sido la nación teatro siempre de guerras fecundas, y sobre todo el haberse recogido allí las más grandes espigas de la cosecha helénica. Desde el siglo de Augusto ya decía Horacio:

Graecia capta ferum victorem cepit, et artes
Intulit agresti Latió.
Ep. ad Aug.

Colígese de aquí que el estado embrionario de la lengua italiana duró tal vez menos que el de la lengua española, que se desarrolló entre varias y encontradas razas dominantes; bien que (para decir la verdad) el empeño de los que cultivaron la última en no contaminar su origen, ni admitir, hasta donde fuese posible, enlaces que pudiesen deslustrar el escudo de familia, contribuyó grandemente a conservarle mucho de la nobleza del abolengo y aquella gravedad, sonoridad, entonación y armonía que la hace tal vez hoy el idioma más bello de la Europa.

Voy a emitir aquí, aunque sea de paso, una opinión que me es exclusiva, y en que creo no me engaña la idea que me han dejado estudios de conciencia. El griego y el latín son sin duda más perfectos que los idiomas vulgares, pero sólo (si bien esto es mucho) por la concisión, la traba armónica y el acento sonoro: semejan juegos chinescos, en que las piezas ajustan todas, o sus propios edificios clásicos en que todas las partes son geométricas y artísticas. Se comprende: en el un pueblo el arte fue un culto, en el otro la elocuencia una enseñanza privilegiada de las razas patricias. Cicerón nos pinta a los Gracos educados, non tam in gremio, quam in sermone matris; y Plinio el joven, con ser quien era, escribía sus oraciones, y no halla cómo ponderar su esmero en atildarlas: Nullum emmendandi genus omitto, dice, ac primum quae scripsi mecum pertracto; deinde duobus aut tribus lego, mox aliis trado adnotando, notasque eorum cum uno rursus aut altero pensito.

La Grecia, aunque varia en la forma política de sus diferentes Estados, recibía de Atenas el tono en el buen gusto, y Roma: era ella sola, por su influencia, el mundo latino; viniendo a ser esta concentración de vida o esta absorción de intereses, causa de que fuesen sus lenguas menos un instrumento de comunicación para todos los casos, que una joya de gala para algunos, y una masa preparada sólo para formas estéticas. Tan cierto es esto, que tras la absorción macedónica el griego dejó de ser lo que era, y después que los pueblos del Norte quebrantaron la unidad del Imperio y hubo que entrar en relaciones con otros pueblos, el idioma del Lacio empezó a corromperse, hasta el punto de ser muy otro, mucho antes de que Justiniano sancionase sus códigos, pues comenzó a perder las desinencias, la voz pasiva y el hipérbaton, trabas de oro, y a dar lugar a la formación de las lenguas francas, que fueron a poco el habla común del continente.

Los idiomas, pues, son más o menos propios, según los objetos a que sirven; sin que los unos tengan sobre los otros, en razón de su organismo, mayores causas para dar mejores frutos de ingenio. El ingenio es obra sólo del acaso o la fortuna, y en cualquier terreno nace y crece: Sófocles es más sencillo en la expresión, pero Shakespeare es más escénico en sustancia. Tito Livio más pulido en la forma, pero Bossuet es más profundo en pensamiento. Todo esto es para concluir que si los idiomas de hipérbaton son para las artes, los que carecen de él son para las industrias, el trato social y el comercio; y que si el castellano conserva mucho de la estructura latina (lo que le da formas varias sin trabas duras) y ha tomado como dotes propias la flexibilidad y soltura que lo habilitan para ser intérprete fiel del progreso, sus condiciones son las más ricas: y así que los países donde se habla sean más florecientes que hoy, su mérito, como órgano de expresión, llegará a ser sin rival.

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