literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ensayos de Augusto Mijares

La poesía de Luis Enrique Mármol

¡Almas signadas del divino fuego
que lentamente os extinguís en brasas,
faltas del soplo que debió vestiros
del alado minuto de la llama

Así cantó el sufrimiento de las almas que no obtienen jamás la gloria del sacrificio total y luminoso; y su voz clama ante el destino por esos hermanos de vida frustra­da, que son como creaciones exquisitas de un Dios, aban­donadas después con divina negligencia.

Quizá porque sentía su propia vida, que debía ser tan corta,  entregada  al mismo desamparo inexplicable.

Sin  embargo, él había obtenido un anticipo de tales dotes, que su obra, cercenada bruscamente por la muerte, define a pesar de ello una de las personalidades litera­rias más vigorosas de nuestra lírica. Más vigorosas y más originales, con vigor y originalidad que hoy tienen par­ticular relieve, cuando podemos verlo ya -inclasificable, aislado, señero- frente la poesía rubendariana de los cinco primeros lustros del siglo y la dispersa inquietud pos­terior, que todavía no ha encontrado un representativo epónimo.

Su crítica no puede ser la vulgar dosificación de ad­jetivos laudatorios, pero tampoco puede justificarse un estudio fragmentario de su libro si el crítico no se con­forma a compartir con el lector el gozoso compañerismo de la admiración.

En su obra de poeta destácase como nota fundamental el mismo anhelo que ennobleció sus días mortales: la re­beldía contra la taciturna mediocridad de la vida, la ne­cesidad de encontrar a toda costa un ideal para mante­nerla vigilante en el combate, una fe para aureolar su dolor.

Mirando en sí mismo creyó encontrar la norma reden­tora en una afirmación individualista e intrépida, que desdeña todo deseo limitado, y encuentra en la lucha misma la exultante realidad lírica que paradójicamente lo reconforta y lo apacigua. Así, en el «Nuevo Evange­lio», cuando la muchedumbre lleva sus congojas ante el Dios impasible, éste sabe que en vano les concedería lo que anhelan bajo la forma de gloria, amor, riquezas. Todo lo logrado ha de envenenarse al fin con el hastío o trans­formarse en nuevas concupiscencias. El secreto de la sal­vación será para el Poeta, que acepta esforzadamente aquella realidad, rechaza los dones equívocos que los otros solicitan y se afirma en la libertad de su alma:

«Habló a su vez el Dios, con una voz extraña:
sorda como el rumor del viento en la montaña
a ratos; suave, como una caricia, a otros;
y en veces dura como un galopar de potros:
una voz que era hierro, seda y dolor e ira:
-La dicha, la desgracia, la victoria : ¡mentira!
Te digo que muy poco valen las realidades,
sombras, luz…¡qué más da , sobre un agua corriente,
muchedumbre irrisoria de nuestras soledades
que quedan soledades irremediablemente…
Los has visto llegar convulsos, doloridos,
el eco de sus quejas aun queda en tus oídos,
como un rumor, confuso, como un martirio, horrible,
y repruebas acaso mi actitud impasible
porque ignoras, humano, que con gusto les diera
todo cuanto han pedido si de algo lea sirviera;
a unos daría bienes, a otros daría honores
si ello bálsamo ser pudiera en sus dolores..
Mas, su desdicha está en ellos escondida:
¡todos han señalado un objeto a su vida!
¿Pero tú nada pides?
-Nada pido . ..
-¡De modo
que no tienes deseos?
-¡Sí, por Dios!
-¿Luego, todo
cuanto deseas logras, alcanzas cuanto esperas?
-No, por mi fe; yo tuve mil sueños fracasados;
mas; ¡qué importa! son bellos frustrados o logrados:
¡para que se renueven yo podo mis quimeras
y gozo y sufro y sueño y lucho y siento y vivo!

El mismo concepto se expresa en el símbolo de «El héroe». Cuando éste llega a la colina de la felicidad, siente por un momento con deleite cómo su vigor se adormece en aquel «encantamiento de paz y claridad». Pero inmediatamente preséntasele el adusto ideal que le atormenta y le fascina, y su dicha se le descubre despre­ciable:

Cómo aduérmese el bravo vigor bajo las frondas,
bajo las frondas suaves, exquisitas y hondas…
en este encantamiento de paz y claridad!
¿Cómo invita al reposo perezoso y eterno,
junto al hilo de agua límpida, el musgo tierno
que cubre la colina de la Felicidad!

Y el lírico cruzado claras delicias bebe…
mas yérguese de súbito austero y silencioso
y hacia los cuatro vientos vuelve el mirar seguro;
¡menguada es la colina! ¡el horizonte breve!
y no obstante la dicha que le brinda el reposo,
hundiendo el acicate en el bridón oscuro,
¡ávido de horizontes prosigue, las miradas
clavadas en las torvas cumbres innominadas!

Es siempre la oposición entre el espíritu de lucha y el enemigo multiforme -pereza, egoísmo, cobardía-que pugna por enervarle en el reposo de una conformidad mezquina.

En el vuelo se un colibrí se le representa felizmente la belleza de esta inquietud sin finalidad, y en el apóstrofe final del «Canto absurdo» la adopta como una explicación de las ansias que lo agitan:

Alma mía sin fe, desorientada
en vacía mezquindad ambiente:
¡están cerrados todos los caminos!

¡Pero quiero vivir, gozarlo todo,
lograrlo todo y que lo pierda todo!
¡Los besos y las ansias y los sueños
y la vida, divinamente inútil,
pero divinamente atormentada!

¡El colibrí! qué lírico su vuelo:
¡toda una loca vibración inmóvil!

Pero si bien el valor y la arrogancia son escudo bas­tante para las almas excepcionales, el poeta tampoco ol­vida la turba desconsolada de los que no pueden seguir aquella fe. En su nombre interpreta la angustia de los ensueños frustrados y admite entonces la realidad del dolor.

Dolor por la ambición y el orgullo, condenados en la hermosa blasfemia de la «Canción del desilusionado». Dolor ante la belleza y el amor. Dolor en los sentimien­tos filiales y en el pensamiento de la Patria:

Y por la dulce Patria este dolor de amor
… … … … … … … … … … … … … … … … … … …
¡Y esta emoción de Patria, donde apunta, seguro
y ansioso, el gesto del sacrificio futuro!

Dolor como compañía inseparable de la grandeza hu­mana simbolizada en Gulliver, porque éste, después de sentir el orgullo de ser gigante, comprende que por ello mismo, para siempre, ha de ser un extranjero entre las alegrías de Liliput.

Dolor aún en la plenitud lírica, que no se sosiega con el canto:

¡Ay, Dios mío! esta savia que corre por mis venas
ahoga tu silencio en turbulencia amarga
si yo pudiera darla en estrofas serenas…
¡este canto imposible pesa como una carga!

No pudo darla en estrofas serenas; pero como valor artístico loemos esta «turbulencia amarga» cuya fuerza dramática transforma la elegía en una epopeya íntima, eleva su angustia por encima del desconcierto de las al­mas fláccidas, y conserva incontaminado de cobardía su prolongado desasosiego. El dolor sigue siendo una pro­vocación para el  alma batalladora; la inseguridad de la dicha es el ambiente exultante que la dignifica y lo desconocido guarda siempre una admonición austera contra el egoísmo del triunfo.

Personalísima nos parece «La Canción  del vacilante», y sin duda es el testimonio directo y sangrante del tor­mento en que vivió toda la generación del poeta por las condiciones políticas de la Patria en aquel  momento; pero es, a la vez,  un poema de tal contenido universal y eterno que sólo me parece comparable al «Moisés», de Alfredo de Vigny, aunque sean tan diferentes en todos los otros aspectos. Ha de  citarse íntegro:

Yo he sido, madre mía, madre mía…
Por encima de todos, mis culpas me baldonan:
¡yo, nadie sino yo, es el solo culpable!
¡Oh, madre mía dulce, simple y desprevenida!,
¿te acuerdas?

¡Tú, moldeabas, sin darte cuenta de ello
en Ia gracia del niño la apostura del hombre!
¡Tú, que lo diste todo para que fuera fuerte,
tú me lo diste todo para que fuera puro,
porque lo fuera todo, tú me lo diste todo!

Tus dedos en mis bucles,
con qué simplicidad, madre mía, me diste
la fuerza candorosa que anima la leyenda,
y, ¡cómo sonreías del estupor feliz
de mis ingenuos ojos exaltados!

¿Recuerdas, madre mía?
Tú mirabas crecer poco a poco mi alma,
¡y cómo te asombrabas
de encontrar en mi alma lo que en ella ponías,
lo que en ella ponías de verdad y belleza,
lo que en ella ponías de belleza y de fe!

¿Te acuerdas, madre mía?
Apoyada en mi brazo
que tú sentías fuerte para abarcar el mundo;
tu corazón junto a mi corazón,
que tú sentías bueno para salvar el mundo,
¡ah !, ¡cómo me mirabas,
temblorosa y gozosa de generoso miedo,
anticipada angustia de la primer salida!

Tú me lo diste todo para que fuera fuerte,
tú me lo diste todo para que fuera puro,
porque lo fuera todo tú me diste todo,
¿te acuerdas, madre mía?

Y he mirado doncellas ultrajadas,
y he presenciado crímenes…
y he visto cómo el fuerte despojara a los débiles;
y he mirado las zarpas espantosas
hundirse en blancas carnes indefensas,
y me he quedado inmóvil,
sofoqué, cobarde, los ímpetus viriles,
¡lo que tú cultivaste, madre mía!,
¡y mi más noble gesto fue el de volver el rostro!

Pero tú, madre mía, tú no has sabido verlo;
yo he matado lo noble que pusiste en mi alma:
yo he sido, madre mía, madre mía,
¡yo, nadie sino yo es el solo culpable!…

Mas tú no sabes verlo,
y aún me sientes fuerte para abarcar el mundo,
y aún me sientes bueno para salvar el mundo,
¡temblorosa y gozosa de generoso miedo!».

Como la muchacha de su poema «Una noche», la vida le deja entrever, sólo por un momento, el tesoro rutilante de lo imprevisto; pero sobre su reiterada medianía, el dolor sí es capaz de elevarse a lo sublime.

¿Pero será el denuedo la única afirmación? No; que­dan también la Belleza y el Amor. Por su concepción apolínea de la belleza, la define como «una suprema lejanía», llega hasta inmovilizarla; quisiera separarla  del atentado de la acción, impaciente y brutal, y exige el sacrificio absoluto:

Era la noche tétrica, era el desierto enorme …
una sombra curvada, irreal, desvaída,
cruzaba la agresiva extensión uniforme.
¡Desierto, sombra, tedio y mal, como la vida!

Un vigor de idealismos impulsó su partida:
quiso llevar muy lejos su alto ensueño inconforme,
y hoy en sus secas fauces clava su acometida
¡la sed, garra de fuego retorcida y deforme!

Ni un rumor en la turbia amplitud vacilante,
sólo en medio al inmenso silencio circundante;
redimía una gota de sangre cada huella…

Súbito hirió sus ojos un temblor de agua pía;
un sorbo acaso… pero dentro una estrella había
¡y el agua dejó intacta por no abolir la estrella!

El amor raras veces es el motivo central de sus poemas; pero, quizá por eso mismo, cuando la nota de ternura se abre paso, la expresión de su anhelo de amar casi pueril, tiene un  encanto nuevo que la avalora de modo singular:

Con mi vino sincero de canciones
yo llamé a muchas puertas
que soñé hallar abiertas…
Y los ojos azules se reían
de mi intenso tesoro de emociones
y sonriendo decían:
-¡Aquí no es!…
y al lado: -Puede ser… Quizá… ¡tal vez!

Dolor, Fuerza, Belleza, Amor. ¿La muerte? Sólo pen­só en ella ante la posibilidad de la claudicación:

y el alma que ha perdido su quijotismo impávido,
en el estremecido reposo del acecho
sólo el momento espera para el zarpazo enorme…
¡y ojalá le sorprenda la muerte antes de darlo!

Sí; antes la muerte que el éxito de un logrero oportunista o el de los victimarios rapaces. Antes la muerte. Pero no por eso necesitaba ésta apresurarse. Hubiera es­perado hasta la extrema senectud de este hombre de vida purísima y lo hubiera encontrado como le halló a los 29 años; sin haber perdido nada de su confianza en el credo generoso que cantó su vida siempre acorde a la línea ideal que amó como poeta:

Y así la vida toda llena de perspectivas
renovadas sin tregua, con enorme fe lírica
¡en la bondad, en la ternura, en la belleza!

El libro de Mujiquita

Rómulo Gllegos ha insuflado vida y acción al más denso de los problemas venezolanos en dos figuras nove­lescas: Ño Pernalete y Mujiquita.

Mueven a risa y causan espanto. Su breve aparición en las páginas del libro abre de pronto una profundidad abismática, y desde los bordes de la sima que produce vértigo, vemos bullir en el fondo verdades y enigmas que nos sobrecogen.

En el capítulo Ño Pernalete otras calamidades más, cada rasgo característico de los los personajes podría tomarse como base para un estudio, y  obtendríamos  va­rios  trabajos  erizados  de  cavilaciones inquietantes.

Por ejemplo: ¿Es cierto «que no existirían Pernaletes si no existie­ran Mujiquitas»?

¿O la verdad, es por el contrario, que no existirían Mujiquitas si una serie interminable de Pernaletes no se encargaran de «educarlos» en cada generación para la sumisión y el atropello?

Cuando Santos Luzardo le reclama a Mujiquita  por­ que este olvida su función de administrar justicia , el vencido  responde:

-Yo estoy aquí para completarles la arepa a mis hijos.

Si en lugar de ver en estas palabras una excusa cínica, las apreciáramos con un grito de cólera, cambiaría su talante el significado de la escena: Mujiquita se con­vierte en acusador: Santos Luzardo -joven, rico, pode­roso- representa la sociedad, la sociedad culta que pide justicia. ¡Por qué no se llegó hasta Mujiquita sino cuan­do necesitó de él. ¿Y antes? ¿Por qué no pensó nunca en libertarlo?

¡Quién sabe cuánto tiempo Mujiquita guardó intactos sus deseo de justicia! ¡Quién sabe durante cuántos años, aferrado a ese de­seo de justicia y doblegándose con él, poco a poco, día a día, agonizó bajo la presión brutal!

¡El deseo de justicia de un hombre que tiene las manos manchadas de  tinta! ¡Qué  irrisión!  Aunque se pruebe después, hasta la saciedad que Pernalete, aparte de ser tan pillo,  es sólo un  hazmerreír, nadie irá a buscar en  la tumba o en el olvido al iluso plumario que un día se atrevió  -cuando  era  joven  y se creyó fuerte- a  reclamar  justicia.

»Porque era jefe,  el hombre, y tenía su  Secretario», apunta en una de sus frases explicativas Ño Pernalete. Esta jerarquización bárbara, que la jactancia del .Jefe Civil hace más brutal, podría explicar toda la historia de Venezuela durante el primer siglo de su vida independiente.

No sólo significa la inversión de valores en que se perdió lo mejor de nuestra tradición intelectual y moral; la violencia sobre la inteligencia y la «viveza » sobre el decoro, sino también el irremediable desamparo de Mujiquita.

Pero no solamente, es la debilidad de Mujiquita, sino la fatalidad que pesa sobre Pernalete, lo que lo hace cómico y terrible a un mismo tiempo. Ésta: que acorazado, como se exhibe, en la seguridad de su poder incontrastable, queda condenado a no salir jamás de su abismo de ignorancia y tozudez.

«-¡Ah, Santos Luzardo!’ Tú no has cambiado en nada . . .», exclama más adelante Mujiquita.

Si lo dijo con envidia, ¡con cuánta razón! A él lo cambiaron. No; él no era así.

Y hasta su propio creador- el novelista- ha cometi­do contra él la injusticia de ir a buscarlo demasiado tarde. La misma injusticia de Santos Luzardo. La injusticia que comete contra  Mujiquita toda la sociedad.

Por eso yo quiero reclamar -con ocasión de la Primera Exposición del Libro Venezolano- el puesto que debe tener espiritualmente en ella el libro de Mujiquita.

Quiero  referirme al libro que Mujiquita escribió cuando era joven y se creía fuerte. Allí se habla de justicia, porque hablar de justicia es la única forma de administrar justicia que puede alcanzar un secretario.

Pero se habla con belleza, con pasión, con santa credulidad. Es un libro, sobre todo, donde no hay cinismo ni sarcasmos. Un libro puro.

Ese libro lo guardó Mujiquita en lo más profundo de su escritorio de Juez, para que Ño Pernalete no le repitiera:

‘A usted lo van enterrar con urna blanca, Mujiquita, se puro inocente…»

***

Cuando Pernalete,  Luzardo y Mujiquita se presentan juntos ante el lector adquieren inmediatamente la pleni­tud de un símbolo.

Pero aquellas creaciones de nuestro genial novelista son personajes vivientes y no rígidos arquetipos, la vida que ellos poseen los independiza de su propio creador, adquirimos el derecho de seguirlos fuera de la novela, juzgar la parte de su existencia que el autor no nos ha narrado, e interpretarlos, no según la actuación que en el libro circunstancialmente tienen, sino de acuerdo con la multiforme y secular acción con que se han mezclado, desde la independencia, en todos los sucesos de nuestra historia.

Y salir en defensa de Mujiquita es destacar la parte de su vida que el novelista no nos cuenta: la angustia, el desamparo y la buena fe con que él cargó durante lar­go tiempo, solo, con las tropelías de Pernalete y los in­fortunios de la Patria.

¡Durante tanto tiempo, solo!; ¡todo el tiempo que tar­dó Santos Luzardo en ir a buscarlo hasta su hórrida mi­seria, con la sarcástica exigencia de que fuera Mujiquita, el indefenso, quien improvisara bajo el machete de Per­nalete la seguridad social y la justicia!

Pero también Santos Luzardo amenaza a Mujiquita con volver un día a indicarle imperativamente cómo debe sentenciar.

Ésa no es sino la solución de su problerma; el de la Patria implicaba muchas obligaciones del propio Luzardo que él no cumplió y no reconoce; es justo recordárselas. El jefe Civil simbolizado en Pernalete jamás abando­nará  la suspicacia y la mandonería (»a mí no me gusta que se atraviesen en mis asuntos»), jamás permitirá que el hombre culto adquiera a su lado la personalidad de un consejero («porque era jefe, el hombre, y tenía su secre­tario») y frente a cualquier escrúpulo moral ha de re­accionar con la cólera y el menosprecio que Pernalete lanza sobre su subordinado.

Pero Pernalete no es tan sólo el bárbaro, intransigente y manejable a la vez, que si por una parte considera bochornoso recibir el consejo del intelectual no siente el ridículo de «informarse por la calle quién es el que tiene la razón». Pernalete es también el advenedizo inse­guro que ante la exterioridad de Santos Luzardo se siente cohibido, que se inquieta por las poderosas relaciones de Luzardo, y que no hace sino ocultar su falta de valor cuando subordina cruelmente a Mujiquita, que está inerme, con la secreta esperanza de intimidar a Santos Luzardo que le causa temor.

«-Porque lo que es el doctorcito ése, ya va a estar llevando el  chisme para San  Fernando.  ¡A ver! ¡Eche acá el sumario ese!”, le dice Pernalete a Mujiquita después de su entrevista con Luzardo. Antes no se le había ocurrido estudiar el asunto, porque ni Mujiquita ni el indefenso pueblo  pueden intimidar a Pernalete; pero tratándose de Luzardo necesita ir con más cuidado. ¡Qué enorme brecha abriría este miedo del Jefe Civil para que los Luzardo llegaran a los verdaderos problemas del país, en lugar de detenerse, egoístamente, en la defensa de sus propios intereses!

Sólo con estas observaciones se comprende bien el otro símbolo de la novela, que tampoco en la vida pública de Venezuela ha sido bien destacado  para    que nuestros Luzardos asuman la responsabilidad que les corresponde. Esa responsabilidad deriva de esto: que Mujiquita representa una superioridad que Pernalete odia y desprecia: la de la inteligencia; mientras que Luzardo personifica una superioridad que Pernalete teme y ansía: la de las riquezas y el predominio en la capital.

Pernalete conservará invariables su intemperancia y su desdén ante Mujiquita porque siempre podrá  reducirlo a la incondicionalidad del Secretario; pero se sentirá cohibido y halagado a la vez cuando penetre en el salón de los Luzardos. Los Pernaletes se ríen de las ideas y de la moral; pero respetan las alfombras y los sillones acojinados donde no encuentran  cómoda posición. Y una  ostentosa lámpara de rutilantes luces tiene que pegar en los ojos del  trepador obtuso como no  pueden  hacerlo la virtud ni el talento.

Además, Mujiquita es el tipo de intelectual sin ubicación económica y su desamparo no es solamente el de su hambre. Peor es el desamparo de su legítima ambición de ser socialmente útil, que no encontrará salida sin la protección de Pernalete.  Luzardo se siente «representativo» por su riqueza, y para conservarla le bastará acercarse de vez en cuando a Pernalete; Mujiquita comienza por vivir  solo,  con  su  juventud,  sus miserias,  sus  libros y los proyectos que le atormentan,  y muy  pronto  advertirá  que  cada generación pasa a nuestra historia  personificar, no por los que en ella intrínsecamente valen, sino por  los  «representativos» que la protección  de Pernalete elige y destaca.

Y la opinión pública, formada en el servilismo, es  tan cruel como Pernalete. Si a Mujiquita lo ven en una antesala de palacio dicen que es un adulador; pero si ven a Luzardo dicen que es «un político”. Luzardo es, muy a menudo, el que organiza los chanchullos junto a Pernalete, pero permanece en la sombra. Por el contrario, si a Mujiquita lo llaman para que le preste decoro a alguno de sus «tejemanejes”, toda la responsabilidad ha de recaer sobre él, aunque muchas veces el crédulo Mujiquita ha esperado sinceramente que su intervención pondrá un poco de decencia en lo que ya es irremediable.

Después del escándalo, Mujiquita se va a su casa, bastante avergonzado, y no cobra.  Luzardo  permanece  en palacio, porque sabe que la asiduidad personal y el halago directo son mucho menos comprometedores y más productivos que la solidaridad moral con que el imprudente Mujiquita se ha desacreditado.

Más tarde, si la complicidad con Pernalete se hace francamente bochornosa, Mujiquita considerará con angustia la obligación de retirarse; pero su sacrificio no provocará sino el comentario: “¡se quedó sin puesto Mujiquita!”. La renuncia de Luzardo sí tendría trascendencia, porque el comentario alarmista es: “ya Luzardo no quiere colaborar”; sin embargo, Luzardo no renuncia, porque “él tiene muchos intereses que considerar; un hombre como él no puede precipitarse”, dirán sus amigos.

Sin contar con que, cuanto menos adule Mujiquita, menos trepará, más Mujiquita ha de ser. Pero mi objeto no es lamentarme por Mujiquita, ni él lo necesita tanto como parece, pues a veces nada menos que la gloria ha sido la compensación de su terrible desamparo espiritual.

Porque un Mujiquita fue D. Andrés Bello cuando pedía pan para sus hijos. «por quienes sufro lo indecible», según escribía desde Londres. Durante  más de 30 años disfrutaría después, en Chile, de un predominio moral y político que ningún gobierno trató de regatearle. ¿Hubiera sido posible esto bajo los suspicaces Pernaletes que se  sucedían para  entonces  en Venezuela?

La respuesta nos la da otro de nuestros Mujiquitas auroleados por  la  gloria: Juan   Vicente González. Paecista durante toda su vida, su tardío e  inútil  arrepentimiento en el momento de la Dictadura tiene tanto rencor porque es entonces cuando le sale bruscamente a la conciencia la razón por la cual había vivido siempre en la mentira. Y esa razón es la otra forma de la tragedia de Mujiquita,  que he señalado: no la tragedia  del  hambre física, sino la  tragedia de  sus  ideas  alucinantes,  de  su ambición que es  legítima pero  que lo lleva  fatalmente a la complicidad moral que le aterra:

Páez, escribe entonces, fue el odio de mis primeros años… (pero) en mis luchas políticas, precisado en apoyarme en algún partido, caí en el que Páez presidía… Sí, yo elogié a Páez; ese es mi crimen, que he llorado y expiado largamente. Estas alabanzas comprometieron mi juventud e iban a sobornar la historia. Pero, ¿qué no he intentado para neutralizar el mal que había hecho? Mientras estuvo en Norteamérica, para no ser causa de nuevas divisiones en un partido tan desgarrado, me contenté con censurarle entre amigos… (pero) hele aquí que ya llega a rehacer la historia, a destruir la fábula de nuestro cariño.

En los  fragmentos del texto que copio he intercalado dos «peros», entre paréntesis, para destacar la terrible contraposición de sentimientos que me parece lo más característico  en  esta  confesión. «precisado en apoyarme en algún partido… comprometieron mi juventud e iban a sobornar la historia… no ser causa de nuevas divisiones en un partido tan desgarrado… hele aquí que ya llega a rehacer la historia, a destruir la fábula de nuestro cariño”. Dijérase que son las frases que una persona insomne se repite con angustia, sin llegar a formar con ellas un razonamiento. Esa pesadilla incoherente es la historia de todas sus luchas: ¡y  cuánto dolor, cuántos sofismas elaborados de mala gana, cuántas vergüenzas disfrazadas  de  jactancia, debió aceptar nuestro ciclópeo Mujiquita para mantener acoplados esos sentimientos contradictorios,  que sólo en la última crisis de  su vida habrían de disociarse en una explosión devastadora!

Y Cecilio Acosta es otro Mujiquita. A veces quisiéramos poder decir que el Pernaletismo de su tiempo estuvo dirigido por un Ilustre que por algunos motivos sí merecía este título, pero precisamente en Cecilio Acosta está la prueba de que no dejaba  de  castigarse el decoro con la miseria, y sobre todo, con esa inactividad social -el »cementerio de los vivos»- en que tan sagaces se muestran todos los Pernaletes.

Por  eso,  cuando Cecilio Acosta  pide la reforma de la educación, clama porque se abran cátedras lucrativas y llega a decir que «cambiaría la pluma del juriconsulto por el delantal del artesano», no hace sino expresar en otra forma el mismo lamento de Andrés Bello, que es también la protesta que Mujiquita lanza contra Luzardo. Y aunque la universidad de su  tiempo no era todavía una incubadora de Luzardos, sino una inofensiva fábrica de Académicos, a Cecilio Acosta le causa terror:

«El título no da clientela, la clientela misma, si la hay, es la lámpara del pobre, que sólo sirve para alumbrar la miseria de su cuarto; y de resultas, vienen a salir hombres  inútiles para sí, inútiles para la sociedad, y que tal vez la trastornan por despecho o por hambre, o la arruinan, llevados de que les da necesidades y no recursos… ¡Qué de males! ¿Yo dije que se fabricaban académicos? Pues ahora sostengo que se fabrican  desgraciados,  y apelo a los mismos que lo son”.

Andrés Bello, Juan Vicente González y Cecilio Acosta, Mujiquitas. Y Mujiquita, algo más, algo menos, lo fue todo escritor venezolano. Tan Mujiquita, esto es, tan generoso y tan dolorido, que llega hasta el conocido fenómeno psicológico de la autoacusación. Porque esto es, ni más ni menos, el hecho de centrar sobre Mujiquita, sobre el intelectual, la odiosidad que, en primer término y por amplísimo margen, sobre Luzardo y Pernalete cabía recaer.

De los tres personajes en acción, Luzardo es el único que durante la entrevista se mueve con desenfado y seguridad. Pernalete secretamente le teme; y en cuanto a Mujiquita, si se hubiera permitido los arrestos de Luzardo… ¡ni pensarlo! ¿Por qué, pues, es a Mujiquita  a quien se le pide justicia?

Así llego a la parte constructiva de este estudio, que deseo destacar: a la responsabilidad de Santos Luzardo, derivada de que él es el único elemento social que comparte el poder con Pernalete; el único, a lo menos, que puede limitarlo, porque, como he dicho, hasta la simple abstención de Luzardo tiene en muchos casos el alcance de una sanción moral. Y, sobre todo, porque, unos más otros menos, todos los Pernaletes llegan tarde o temprano a enquistarse dentro del salón de uno de los Luzardos.

Ese es el momento de hacer algo por la justicia, por la justicia en grande, la justicia de un país bien organizado, y no que espere Luzardo a que sus propias haciendas estén en peligro.

Frente a los problemas de la Patria, Mujiquita no tiene sino sus ideas y si se le ocurre escribir un libro, todo el mundo lo considerara un inocente. Luzardo tiene a su alcance la acción, pero Luzardo prefiere dejar los puntos sobre las haches y sabe que “las cosas son como son”. Esa es su culpa y ahí está el problema más grave.

Pernalete es, a lo menos en parte, el hombre que no sabe; y Mujiquita es el hombre que no puede. Pero cuánto alcance tiene a veces una simple insinuación en las antesalas de Pernalete, su juicio sobre los hombres públicos que no llegan a hasta allí, su entusiasmo o su burla sobre los proyectos administrativos en curso, su manera de estimular o desalentar la perfectibilidad del sistema de gobierno.

Además, Luzardo tiene también como campo de influencia el país entero: él hubiera  podido educar  a Pernalete y hubiera podido redimir a Mujiquita de su miseria, algunos años antes de ir a buscarlos para pedir protección.

No quiero decir que Luzardo fundara una  escuela o diera  unas  limosnas;  es  que  Luzardo, o el padre de Luzardo, fueron Ministros o Consejeros de otro Pernalete y tuvieron allí en sus manos la suerte de centenares de Pernaletes y millares de  Mujiquitas.

Pero  entonces  el padre de Luzardo pensó que con dejarle un buen hato a su hijo lo aseguraba para siempre, porque todos nos preocupamos por la herencia pecuniaria que dejaremos a nuestros hijos, pero pocos son los que se aterran ante esa herencia de un país de Pernaletes y de Mujiquitas, donde les tocará vivir.

Debo advertir que aunque el Pernaletismo ha desaparecido del primer plano de nuestra política desde el año 36, porque los que la han dirigido no podían, ni  por educación ni por sus ideales, reducirse al papel de Pernaletes, no por eso dejan de subsistir las condiciones sociales a que aquel fenómeno corresponde, y en especial esa pobreza y esa desorientación del cuerpo social que hace de él un inmenso y enclenque Mujiquita, confiado a la dudosa representación de los Luzardos que cada régimen político lega a su sucesor.

Y quiero insistir en que para mí lo esencial de Luzardo no es tan sólo su riqueza, sino su posibilidad de acción; y la falta de sentido social y la imprevisión que, por contraste, lo reducen a ser el símbolo del egoísmo y de la frivolidad. Así como tampoco pretendo que la pobreza de Mujiquita le conceda una absolución definitiva, ¡porque bien sabemos que son muchos los Mujiquitas que logran ascender a la categoría de Luzardo, y hasta a la de Pernalete!

También es muy frecuente el caso del Mujiquita que adopta la ostentación de Luzardo, asciende, y llega a creerse un Pernalete, quizá porque todos participamos, a la vez, de esas tres personalidades fundamentales.

No trato, pues, de destruir el derecho de los más fuertes para erigir en su lugar, como decía Romain Rolland, el derecho de los más débiles. Lo que he querido es descentrar el problema que nos plantea Rómulo Gallegos, devolverle la  vitalidad con que nace en la novela. Más que nada porque a veces la Patria misma es la que tiene que  sufrir  ese cómodo desplazamiento de responsabilidad, y también Luzardo quiere exigir de ella una justicia  y una seguridad social a las cuales él nunca ha  contribuido.

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