literatura venezolana

de hoy y de siempre

En torno a la poesía de lugar

Arnaldo Jiménez

La mirada y la escritura externa

No es una novedad decir que las estructuras de la realidad se le presentan al hombre en forma de texto o de escritura, tampoco lo es el decir que cada cual lee en esas estructuras lo que espera o lo que desea leer, dándose así una serie de lecturas ordinarias y otra serie de lecturas extraordinarias, dependiendo en cada caso de quién sea el lector. Cuando ese lector es un poeta entonces se expresa la demarcación que realiza una mirada de más, un penetrar en la escritura externa y hacerla significar sus posibilidades.

El positivismo, ya sea por su desuso ante las metodologías cualitativas, por su lectura ingenua de lo externo, ha llegado a ser una lectura ordinaria de la realidad: como bien es sabido, este movimiento científico surgido en los albores de la modernidad parte del dualismo cartesiano o de la creencia de que el objeto posee una existencia acabada y separada del sujeto (1). Esta creencia es al mismo tiempo una condición de conocimiento. Pero el conocimiento de la realidad es exclusivamente racional. La equiparación entre realidad, razón y conocimiento ha envuelto todo intento de lectura y ha impregnado el mundo de vida cotidiano porque la ciencia es al mismo tiempo una estrategia económica y una táctica política y hasta militar. A través de ella el terror de la omnipotencia de los imperios se ha velado con los disfraces del confort y el pragmatismo utilitario. Pero a pesar de que trabajan con la misma realidad, la ciencia y la poesía exponen verdades diferentes sobre la misma. La primera ha devenido en práctica de dominio colectivo al liberar al hombre de las ataduras de sus necesidades e imponerle un cauce, que podríamos llamar ideológico, al modo de ver la realidad y de asumir los valores que ella hace circular, como diría Foucault, por los cuerpos y por todo el tejido microfísico de la malla social. Este cauce es esencialmente una proyección hacia el futuro, las necesidades se postergan y son causas de malestares psíquicos y perturbaciones culturales, pues una gran parte de la población sólo tiene acceso a la manipulación ideológica del tener sin tener. La segunda, sin bien es cierto que también, (sobre todo la literatura) ha tratado de “competir” en el monopolio de las verdades ocupándose de la forma de cómo lo real sociocultural impresiona los sentidos del ser cotidiano, así como de las respuestas que en un momento dado pueda éste expresar ante aquélla; también es cierto que, al menos en poesía, se ha alejado de esas verdades de uso cotidiano y se ha sumergido en el alma de los seres tratando de darle respuestas a las angustias que generan los mansos tormentos de la soledad. Para Raúl Gustavo Aguirre, así como para Saint J. Perse, la ciencia y la poesía coinciden en cavar en el mismo misterio, pero utilizan metodologías diferentes. A nosotros nos interesa más el rasgo histórico que está en juego en la forma de percibir lo real, adentrándonos en las relaciones que el hombre establece con el espacio.

A pesar de lo dicho anteriormente, así como de lo que vamos a tratar más adelante, es importante señalar que las diferencias entre ciencia y poesía no son del todo insalvables. En los últimos años podemos constatar cómo el lenguaje de la ciencia física se ha tornado poético hasta el extremo, no le ha quedado otra salida pues algunas de las conclusiones que ha arrojado comprenden a la realidad como un conjunto ficcional de realidades: campos de energías, modelos de la realidad que tienen una sintonía en las cuerdas que subyacen más allá de la constitución de las partículas primordiales, danzas de elementos subatómicos con sus antipartículas; el hecho de que la materia esté compuesta por partes invisibles, al igual que el universo, que sean más las partes que no se ven ni se tocan que aquellas que se pueden observar, crea un puente con la tradición del romanticismo que buscaba en lo real aquello que se mantenía invisible, su otra parte o su más allá. La imaginación ocupa el lugar de la visión, etc. Todas estas “verdades” permiten el acercamiento de la ciencia a las fronteras de la poesía y del misticismo, pudiéramos decir que toda realidad no puede no ser poética, en el sentido de que está más allá de las comprensiones exclusivamente racionales. De tal manera que la realidad puede ser comprendida por la carga de irrealidad que porta con ella como algo que le es esencial. Lo irreal debe ser comprendido como una potencia de lo posible.

El poeta no lee de la misma manera que el científico, pienso que las razones no estriban solamente en el tipo de lógica con que este último intenta comprender el texto de lo externo, sino también en el tipo de sensibilidad. El poeta no se presupone exterior ni a su propia percepción ni al objeto en que aquella está inmersa. Recordemos que para Merleau Ponty la percepción es ya un sistema de juicios que ignora, aunque las contengan, sus propias razones. Es decir que el objeto forma parte de la percepción; pero hay diferencias entre la percepción ordinaria y la percepción poética, no se excluyen y una no es superior a la otra, sólo son formas diferentes de percibir el mismo mundo.

Las posiciones tanto del sujeto como del objeto son vacíos matemáticos, variables susceptibles de ser pasadas por la prueba de la cuantificación y generalización estadística, lo que supone que esos lugares pueden ser allanados por cualquier sujeto, dado que son universales. El supuesto general del que parte la ciencia positivista se basa en la creencia narcisista que coloca al hombre como diferencia. La pretendida destrucción del objeto a partir de la relatividad del tiempo y del espacio es una máxima con las mismas pretensiones de universalidad.

Si algo puede destruir al sujeto en tanto que soporte de la relación de conocimiento es lo otro a lo cual conoce, el objeto. Esta destrucción podría ocurrir introduciendo lo que la ciencia tradicional deja afuera, el afecto, la emoción, la subjetividad extrema.

Debe haber entonces una parte del quehacer humano donde la generalización no pueda obtener oxígeno. Una lectura en la que tanto lo leído como el lector estén implicados en relaciones que no sean exclusivamente causales, relaciones particulares que no nieguen la existencia de otros seres en el sujeto. Cuando un tal sujeto se muestra así, se niega. Pienso que ello se cumple en la relación de los poetas con los lugares. Esta relación es el zumo de lo histórico mismo. Los griegos lo comprendieron bien cuando vincularon las narraciones históricas al lenguaje simbólico y alegórico de la poesía.

Partiremos de lo obvio. La percepción se encuentra inmediatamente en un lugar, no puede no ser de otra manera, pero ello no nos autoriza para decir que el sujeto perceptor es ya el lugar. Comprender que la realidad es poética es asirla más allá de las dualidades y las diferencias, y a pesar de la multiplicidad de vectores interrelacionados, obtener la claridad de visión en el deslinde de lo específico.

Sería interesante, entonces, que tratáramos de oír lo que el lugar es según el poeta en cuestión, pues el lugar está hecho de significaciones vividas.

En una segunda aproximación diremos que el lugar es la garantía de continuidad entre el poeta y el poema, consecuentemente, el poema sería la expresión escrituraria de aquella continuidad. Octavio Paz no creía que el poema fuera una expresión del mundo del poeta. Paz consideraba que en el poema el poeta inventa su mundo, no está supeditado a una vinculación ética entre lo escrito y el lugar vivido. Una afirmación semejante, pero en relación a la narrativa, ha sido dicha pro Carlos Fuentes, para quien el escritor es aquel cuya misión es crear mundos posibles. Obviamente, no Paz ni Fuentes, deslindan las experiencias y el pasado como partes del sustrato del cual se alimentan el poeta y el novelista.

El lugar es el escenario donde la presencia y la ausencia de la palabra concretizan sus funciones de atrapar la realidad, o, mejor dicho, sus cualidades, sus sustancias, su movimiento interno; donde el poeta se sumerge en su vida explicándosela sin explicarla, ordenándola sin ordenarla. Ser y palabra, poeta y lugar se sitúan en otro plano de la percepción, aquel en el que el mundo está vivo.

 

-El sentido del lugar.

 

Volvamos a lo obvio. El poeta parte de un lugar particular a otro lugar particular: de la forma de su cuerpo al cuerpo de las formas, por supuesto, estas formas son de cosas, de acontecimientos, unidas en y por la percepción poética que las convierte en otras, ¿por qué?, porque hay un acto de conquista afectiva por parte del poeta. Un tal acto no es otra cosa que el tejido poético que contiene el núcleo de lo vivido.

Deleuze afirma en su “Lógica del Sentido” que el sentido es la expresión, existiendo por y en el lenguaje. En poesía de lugar, este es la expresión y lo expresado sin ser por ello el sentido. El sentido es lo histórico que se registra en el poema, la ilación de un decir que sucede en un lugar, de esta manera, en el poema se puede encontrar una racionalidad semántica cerrada en sí misma, es decir, que no necesita de otro discurso para ser entendida (Aguirre,G.1970 ), y una racionalidad histórica que por expresar el tramado de la subjetividad en la aprehensión de la realidad adquiere un valor colectivo, pero no de generalización en tanto que abstracción, sino de posibilidad de que cualquier persona pueda leer y leerse en ella. Cuando en un poema no leemos la continuidad lugar-poeta-poema, continuidad que hace círculos cada vez más pequeños hacia un núcleo, podemos estar seguro de que ese poema no es de lugar sino de lenguaje, lo cual constituye una enfermedad: la poesía de lenguaje también expresa algo, expresa a un sujeto que desea ser poeta, y como carece de aquello que hay que decir se deja ocultar por el lenguaje (2). También expresa a un poeta que ha tomado al lenguaje por el lenguaje mismo y se obsesiona tratando de buscar otra manera de escribirlo, de deformarlo o inventarlo. Para nosotros, el poema vendría a ser otro modo de registrar lo histórico, y el lenguaje tomado como objeto de sí mismo es portador de locura, el loco, bueno es recordarlo, es aquel que ha desterrado al significado del significante. En el loco se ha soltado el lenguaje y se erige frente a él como un demonio o un genio que lo domina, el lenguaje habla solo, sin sujeto ni referente, por tanto, es a-histórico.

En poesía de lenguaje las palabras están vacías, no tienen la relación de lo afectivo con el objeto, hay, como en el positivismo, una realidad separada, objetiva. La imposibilidad de que el lenguaje se separe del que lo habla o lo escribe no permite la afirmación de que sea tomado como un lugar. Si convenimos en que el lugar pre-existe al poema, y que toda realidad externa al sujeto es inmediatamente lenguaje o texto en constante interrelación con su lector, entonces el sentido debe y puede rebasar al lenguaje en tanto que propiedad del que habla.

Pronto avizoramos el punto en que nos alejamos de Deleuze, el lugar, no es una estructura. Más propiamente, la relación entre el poeta y el lugar no es de subordinación del primero ante el carácter estructural del lenguaje y la externidad, a menos que estemos en presencia de una poesía de lenguaje o del significante, es decir, de la cáscara de la palabra, carente de significado, de gravedad. Para Sophía de Mello Andresen, la relación del poeta con el lugar posee una justa medida y posibilita la producción de una moral, es decir, la prolongación de esa justicia a las relaciones humanas. Para Bachelard, en cambio, la relación del poeta con el espacio inmediato de vida, con los lugares íntimos de la voluntad de morar y habitar, destilan libertad, libertad de estar y de ser. Es importante que atendamos a lo que resulta de la conjunción del poeta con los lugares, porque esa relación no excluye a lo desconocido, al misterio, a lo que no se puede tocar o ver, cómo podría excluir todo esto si ella, la poesía, es una forma de indagar el misterio que es la vida. Elicura Chihuailaf, poeta de la etnia Mapuche de Chile, afirma que la poesía en su comunidad forma parte de la vida, se vive, no se escribe, se habla, porque es una convivencia con el entorno, y sin embargo, va más allá, pues el entorno está tocado por la gracia del espíritu. En una entrevista ofrecida para la revista Poesía de Venezuela, dice: “Todavía creo que el lenguaje, la palabra, es el instrumento más extraordinario y más revelador del misterio que es la vida, que es posible nombrar lo innombrado…” (Poesía, n: 134,2003). No olvidemos que esta posibilidad era un hecho en Juan Ramón Jiménez, la poesía era para él un medio de unir lo evidente con lo imaginado, lo real que está frente a los ojos con aquello que se nos oculta.

Cuando decimos realidad, generalmente estamos pensando en una entidad acabada susceptible de ser conocida de una vez y para siempre, y bien sabemos que la realidad es un gran pez escurridizo, que no se deja atrapar por la red de palabras que le lanzamos porque estas constituyen el mar por donde aquél se desliza.

La multiplicidad de lecturas que tiene lo real se evidencia en la existencia de la literatura y la coexistencia de esta con otras formas de lecturas como la ciencia, el resto de las artes, la historia. Cada momento, cada instante, cada época, cada situación, posee significaciones ciertas y falsas, cada verdad es al mismo tiempo una ilusión que se expresa, se alude, se figura, se imagina, se concretiza. Niels Bohr ha dicho que lo contrario de la verdad es también verdad. La literatura, como hecho realizado por el hombre, como gran archivo de sus disertaciones, especulaciones, asombros, obsesiones en su relación con el mundo que le tocó vivir, posee las mismas substancias de realidad y de irrealidad. Pero si esto mismo es compartido por la ciencia y por la historia, entonces ¿por qué no son incluidas como ramificaciones de la literatura? Es en la primacía del significante donde los formalistas se han regodeado y los estructuralistas han desaparecido al sujeto como actor de la historia. Contrariamente, en poesía de lugar, el poeta suelta sus historias, las cuenta y las canta, domina al lenguaje porque lo usa para ver y para verse.

El lugar no es espacio, aunque todo espacio esté lleno de lugares. La historia colectiva transcurre en los espacios, pero la subjetiva, la local, la que algunos llaman microhistoria, sucede en los lugares. El lugar es tal por un darme cuenta de todo lo que me constituye como humano. Para que se entienda mejor esto lo tomaremos por el atajo de la continuidad. Entendemos por continuidad no a la que está referida a la estructura poemática, sino al núcleo del decir que surge del núcleo de lo vivido. No importa si el poema es corto o es largo, si en él el vacío (en el sentido oriental del término: aquello que permite la distribución de lo lleno, de lo escrito o creado) reparte o no los versos. Lo que importa es que haya reciprocidad entre lo que se dice y lo que se vivió. Aunque indudablemente esta reciprocidad no es absoluta ni carece de deformación. Por medio de la percepción poética el poeta excava en sí mismo, al hacerlo, se muestra la relación dentro- fuera en lo que tiene de verdad y de ilusión.

Las significaciones del poema constituyen el sentido del lugar, su terredad, como diría Montejo. La poesía de lugar no tiene como referente al lenguaje, sino a la relación de este con lo externo. El sentido siempre apunta en dos direcciones: por un lado, a aquello que le precede y motivó su inmersión en el lenguaje, y por otro, a lo que se dejó de escribir, pero se percibe como un más allá. En poesía de lugar este más allá no es un velo enigmático signado por las proyecciones patológicas de la psique, es más bien una pluralidad de significaciones en la que el lenguaje se llena de vida, de intensidades, de movilidades.

 

-Poesía del lugar y poesía del lenguaje.

 

Una especie de vacuidad se ha apoderado del lenguaje poético y la poesía ha comenzado a doblarse sobre sí como una serpiente que se muerde la cola. No se trata de la herencia romántica de poema-tizar al poema y al poeta, se trata de poema-tizar al lenguaje, que el lenguaje sea lo expresado. Los poetas, queriendo huir del sentido megalómano del romanticismo han arribado a la destrucción de la percepción poética como médula del oficio. A este reinado del significante han contribuido corrientes teóricas como la lingüística estructural, el psicoanálisis lacaniano y el formalismo ruso, así como también, y es lo más peligroso, los propios poetas, quienes utilizan a los poemas como escenarios críticos en los que exponen sus reflexiones sobre la manera de cómo ellos lo entienden, lo hacen funcionar o cómo creen que deberían ser las relaciones del lenguaje con sus referentes, y con algo más intangible aún, con los no lugares. Es justo también señalar que esta poesía, que pretende superar la representación y la expresión, representa y expresa el deterioro del alma humana, la pobreza del espíritu creativo inducida por un tiempo de crisis múltiple. Con ello la poesía se ha tornado demasiado moderna, ya que la tradición de la crítica que invadía casi todos los recovecos del arte, la literatura, la ciencia y la filosofía, no había contaminado a la poesía que se mantenía trasgrediendo a la modernidad (Octavio Paz) es decir, que la poesía se erige como crítica del lenguaje. Pero esta crítica es la que debería ser alusiva, no metaforizada en el poema sino indirecta, dibujada, tomada por otros atajos y otros sesgos. El poema debería encargarse de devolver la vitalidad que las palabras han perdido, esto no se logra, pensamos, inventando un lenguaje, desconociendo sus límites, sino profundizando sus vínculos con lo externo, sus relaciones con el misterio.

Si al escribir poemas sólo tomamos en cuenta la sonoridad de las palabras, la experimentación, y ellas, las palabras, fluyen sin que tengan ninguna resonancia con lo externo, ninguna implicación con la vida, con los afectos, entonces estaremos escribiendo un poema de lenguaje (3). Un lenguaje carente de espíritu, precisamente aquello que faculta para explorar las realidades e internarse en sus correspondencias y armonías y tender puentes comunicativos con otras almas que quieren y desean estas lecturas, o sea, con los lectores.

Metaforizar por el simple juego que le permite al lenguaje decorarse a sí mismo, seguir persiguiendo los modelos europeos, pero enmascarados con sustancias autóctonas, algunos ritos, la vida convulsionada de las urbes, son manifestaciones de un yo personal, buscador de posturas exitosas, disfrazado de poético a través de efectismos hermosos e imitaciones del mirar foráneo. Esta imitación ha constituido una tradición en Hispanoamérica, pero también ha existido una tradición de la independencia con respecto a los movimientos literarios euro-norteamericanos, la tendencia ha sido la de asimilar el producto y la de elaborar a partir de él otros productos con rasgos propios, este proceso, que irriga otras manifestaciones culturales, se podría llamar “mestizaje literario hispanoamericano” similar al mestizaje lingüístico mencionado por Ángel Rosemblat. Así ocurrió con el “Runrunismo” en Chile, el “Manifiesto postumista” en República Dominicana y, entre nosotros, la publicación del manifiesto “Somos” en la revista Válvula en cuyo único número la llamada generación del 28 dejó plasmada su voluntad de independizarse de los movimientos literarios europeos.

No hay continuidad entre lenguaje puro y lugar, por más que mencione cosas que sabemos están presentes en la realidad. El lenguaje es infección, barro, impureza, sujeto preñado de objeto. El poeta utiliza una “materia” exageradamente común e intangible, la palabra. Los poemas contienen las mismas palabras que utilizamos a diario para comunicarnos; pero estas palabras están ordenadas de manera diferentes, no tienen como objetivo principal un acto de comunicación, sino, como dice Celso Medina, de expresión. ¿Qué expresa? Creemos que un vínculo entre el ser humano y su lugar.

Al mencionar al yo personal y al yo poético entramos a navegar aguas más turbulentas. Por eso nos iremos por otro derrotero, el de las características de la poesía de lugar: la pasión por lo concreto y la humanización, ellas nos servirán de balsa para ir tocando las diferencias entre el yo personal, que igualamos a sujeto, y el yo poético. Vayamos en pro.

 

-La pasión por lo concreto y la humanización.

 

Por concreto no entendemos solamente la tendencia a economizar los recursos del lenguaje y la cantidad de palabras contenidas en los poemas, tampoco aquella tendencia de la poesía a nombrar lo concreto por oposición a la poesía subjetiva, lo entendemos, como una imposibilidad de ligar el quehacer poético a una pretendida identidad nacional. Que un poeta universalice a un sitio, como ocurre en el caso de Ramón Palomares con Escuque, no es una meta del poeta, sino una función de los críticos y de los lectores. Un sitio se vuelve un lugar porque es corporeizado, porque el poeta lo trata como el movimiento cambiante de su cuerpo en otros cuerpos. Sería erróneo afirmar que ello conforma una nacionalidad o la definición de una poesía propiamente venezolana. Todavía resultaría una abstracción vincular la identidad con el sitio a una identidad planetaria como lo hace Edgar Morín en “Tierra patria”; aunque esta apropiación por lo externo sea necesaria para tratar al planeta con ternura y apostar por su conservación en el curso del misterio del universo y de la vida humana. En el año 1993, el narrador José Balza publicó en una revista llamada Tierra Adentro, unos aforismos relativos a la novela: “La novela como el mundo” los llamó, entre esos aforismos hay uno revelador en cuanto a la imposibilidad de que lo abstracto pueda ser vivido como tal, el hombre necesita volverlo manejable, narrable, necesita tocarlo, verse, dice Balza: “El mundo únicamente puede ser vivido como lugar. De allí la intensidad con que recibimos su presencia: un sitio nuevo nos estrena, un lugar conocido nos convierte en coherencia y comparación. No resultaría equivocado asumir que el secreto de nuestra alma es guardado por lo exterior. Pensar en los sitios amados u odiados: reconocerse”. Pero la pasión por lo concreto refiere a algo más. Lo concreto nos va a llevar fuera de la interiorización del espacio externo, lo que algunos denominan paisaje íntimo, y fuera de la descripción ajena, separada. Nos va a llevar al doble movimiento que va del poeta al lugar y de este a aquél.

La poesía de lugar no alude a un cantarle al sitio porque este haya resistido y conformado nuestras vidas, aunque ello sea de primerísima importancia, no solamente por eso, pues es fundamental que tal vida haya desplegado los vínculos afectivos, las impresiones y las experiencias necesarias para que la necesidad del canto surja. Es preciso que, al verbalizar a un lugar, las cosas del mundo de vida no pierdan la cualidad de ser parte de la experiencia poética. En Luis Alberto Crespo, por ejemplo, es esa experiencia la que recorre todo su decir: “No me agarres más la cabeza / que se suelte /que se le caigan sus cosas / sus bojotes / que bote esos nombres, esos pedazos / Tíralas lejos, lejos / donde no la vean, donde nadie sepa lo que se vuelve / una cara / con los corotos de Carora salidos.” (Crespo. A. Luis, 1977, p. 154). Una conciencia sentida, llena de partes del lugar, del significado afectivo de los nombres del sitio. Si nos fijamos bien, veremos que el poema alude a algo más, expresa una tensión: la persona a quien va dirigido el poema es diferente al yo poético que lo escribió, pero no está separado de este, es otra forma de percepción no orientada por la racionalidad cartesiana que afirma que lo externo está realmente separado de nosotros. En el poema pues están presentes el yo que hemos denominado personal o sujeto, y el yo poético, quien nunca se circunscribe a un cuerpo sin lugar, sin cosas, sin otros nombres. No queremos que se nos confunda con el doble que Jorge Luis Borges tanto utilizó en su obra, para este autor, el escritor era una máscara, un personaje ficticio que se relacionaba con su yo, el cual salía destruido de la relación pues también está constituido de ilusión, de imaginación. Para nosotros el yo personal y el poético existen fuera de la obra misma, forcejean en la realidad socio cultural e histórica, establecen cruentas luchas de usurpaciones y de falsas humildades y vanidades, en muchos poemas se recogen esas tensiones, se puede palpar que el sujeto se entromete de alguna manera, queda como escucha de lo moral que está en juego, como oído tácito de las reglas sociales, de la mirada del vecino que vigila; alguien que está próximo a emitir un juicio. Toda poesía nombra al espacio, a lo que la llena, a lo que sucede en él. El poeta desmembrándose en ese espacio crea sus lugares. Lo interesante es que ese algo nombrado no muera por abuso en las metáforas o en la utilización de las imágenes o en la adjetivación enajenante, para que así los lugares concretos de la experiencia sean lugares poéticos en el poema. Si el poeta inventa el espacio, imagina experiencias, si nombra cosas con las que no tiene una relación de belleza, es decir, de conquista de su ser, la poesía que resulta es una abstracción. La poesía de lenguaje es un resultado, una consecuencia, no existe previamente, sino a posteriori. La poesía de lenguaje oculta la vida.

Lo peculiar en la poesía de lugar es que el ser, aún afirmándose explícitamente, es una destrucción por y en el lugar. Palomares también expresa la tensión entre el yo personal y el yo poético, esta tensión, es bueno aclararlo, no es una característica de la poesía de lugar, sino un contenido en algunos poemas de lugares (también están presentes en los poemas que hemos llamado de lenguaje, pero en estos es demasiado evidente el triunfo de la máscara sujeto, el triunfo de una postura que quiere impresionar utilizando el decorado puro de los significantes). En el poema “El Patiecito” el yo personal se hace presente cuando se afirma el incumplimiento del deseo del padre (entonces / no fuiste lo que soñé”) también en el hecho de que el padre es doctor mientras que el hijo es sólo un hombre que limpia un patio. Pudiéramos decir que desyerbar el patio y escribir son actos de afirmación del ser, así se lo hace saber el poeta a su padre, “soy escribiente, padre, escribiente”. Otro ejemplo lo tenemos en el poemario de Adhely Rivero “Los poemas del viejo” (2002), en él las implicaciones entre el yo poético y el sujeto son tales que los poemas se ofrecen como confesiones que se cuentan uno a otro. El poeta ha usado el habla del padre, pero en ambos es el lugar el que se dice, el punto de unión entre los dos lenguajes, el lugar los conjuga: “…A dónde va uno después de tanto llano/ animales de día y de noche/ Si me ponen a pedir un deseo/voy a pedir que me dejen en lo mío/ Allí es donde puedo estar bien”.  La unión de las dos voces nos permite afirmar que comparten el mismo deseo.

Lo antes dicho nos ha ido arrimando a lo que sería la segunda característica de la poesía de lugar, la humanización. No se trata del traslado de las cualidades humanas a las cosas o los lugares, la animación mágica e infantil como la fabulación en Palomares, se trata del crecimiento hacia lo externo, del acicalamiento del alma que no es una entelequia, sino una relación empírica de pertenencia y de conquista de nuestro propio ser, pero fuera de él mismo.

Llamamos yo poético a la salida a través de la percepción y del ejercicio poemático, del molde del yo personal, y esto en dos acepciones: primero, y valga redundar en ello, por la percepción poética con la que aquel límite se trata de romper y la doble continuidad entre lo interno y lo externo pueda tener lugar (la base de la percepción poética es la inexistencia de fronteras para el cuerpo) y segundo, por el dominio del lenguaje, que este diga el núcleo de lo vivido, y no que patine sobre sí mismo.

Ese proceso de cambios, mutaciones, rupturas y amoldamientos, esa tensión que explora lo externo en lo que tiene y no tiene de lenguaje, diciendo la particular relación entre los poetas y los lugares, es lo que denominamos humanización.

La humanización procede por deformación del cuerpo, paradójicamente, por deshumanización. Dice Pérez Só: “mi tierra / tiene mi forma / soy mi cuarto / mi cobija”. (Reclamo, 1992, p. 83). ¿Qué hay en este poema de nacional? En apariencia, nada. Las implicaciones que transforman lo subjetivo en una forma de acercarse a lo colectivo, no nos interesa en este momento, nuestro interés está centrado en ver cómo la experiencia del poeta le concede una gravedad a su cuerpo en un lugar determinado, un lugar que él ha conquistado con todo su ser; por tanto, estamos hablando de una experiencia intrínsecamente subjetiva.  Y entonces, ¿qué es lo que busca el poeta? De ningún modo una identidad con un espacio abstracto, ni siquiera podemos estar seguros que su relación con su cuarto y su cobija se pueda reducir al término identidad manejado comúnmente, a pesar de que utilice el verbo ser. Pienso que el poeta busca trazar un territorio para en él forjar su individualidad. Adhely Rivero lo expresa con estas palabras más allá de toda duda: “se cae el ombligo/ y lo entierran/ Me plantan cara al camino/el altar se va en humo/este suelo me da pie/vengo a vivir la tierra/Un orden en el tiempo/trae la morada”. (En sol de sed, 1990, p.15). Esta es una verdad subjetiva, una identidad entre lugar y poeta donde la adecuación es doble; el lugar vive en la palabra poética, y la palabra poética es en primer término, individual e individualizadora y, por tanto, posee la marca del lugar en tanto es parte del poeta que la escribió. El ser se conjuga con un hacer estando.

 

-Poesía de lugar: territorio de lo individual.

 

La individualidad es la voluntad de no querer ser solamente un sujeto, en el sentido cartesiano que ya hemos mencionado. Es curioso que el movimiento postmoderno asuma este mismo principio, pero en sentido inverso: si en Descartes el deslinde, la división, sirve para que el sujeto se recorte, en el postmodernismo la conversión del espacio en simulacro, sirve para que el sujeto crea ser. El postmodernismo lleva al extremo la función que tiene el valor de cambio para transformar cualquier mercancía en fetiche, como sabemos, el dinero en tanto que es la mercancía universal reduce el uso de las demás mercancías a la cualidad de ser cambiada por otra, abstrae el uso personal por el del mercado, lo concreto se torna virtual, lo virtual se comporta como una extensión de la psique, y, por último, convierte a los lugares en no lugares o hiperespacios.

El poeta de lugar, queriéndolo o no, lucha contra esa transformación y no aspira otra cosa que llevar a palabra escrita ese forcejeo por salirse del molde masa, del sujeto. No se crea que no hay sufrimientos ni sacrificios, pues en toda religión se sufre y se sacrifica algo. El poeta narra su propio ser como parte sensible del lugar, en este sentido la poesía de lugar es una manera de realizar la individualidad que el movimiento postmoderno pretende llenar con nada, es pues una anti-política, una oposición a la producción en serie de las subjetividades.

El poeta de lugar no tiene fronteras en la piel, pero ello lo consigue trabajando por sus continuidades. Sólo quien está acostumbrado a oír otros lenguajes, a hablar con otras partes de sí, a mirarse afuera, sabe que no se trata de un imaginario mítico que existe nada más en el poema escrito. En la poesía de Palomares vemos que el poeta concibe al mundo como un gran ser que habla y siente, como un organismo para ser medido con la talla del hombre y con el cual este último rompe su talla. No es naturaleza animada sin ser antes vivida y sentida, de tal manera que hasta los objetos pueden ser lugares donde el humano se constituye siendo. Para Sophía De Mello Andresen las palabras que usa el poeta son utilizadas porque establecen una asociación entre él y el mundo vivido, lo ayudan a plasmar su particular visión de la realidad: “Porque la poesía es mi explicación con el universo, mi convivencia con las cosas, mi participación en lo real, mi encuentro con las voces y las imágenes. Por eso el poema no habla de una vida ideal sino de una vida concreta: ángulo de la ventana, resonancia de las calles, de las ciudades y de los cuartos, sombra de los muros…”  En la atención que el poeta invierte en sus particulares relaciones con los objetos de su mundo inmediato de vida, en el despliegue ético y moral que surge de esas relaciones, el poeta conquista su ser, un ser que está repartido en lo externo, que no obedece a la identidad aristotélica, más bien, la niega, es una identidad por inmersión en el estar y en el hacer, una identidad que precisa del juego metonímico de los significantes y los significados para darle contornos de palabras al rostro. La expresión en los poetas de lugares es una explicación de sus hallazgos, una comprensión vivida y luego pasada a la escritura.

La individualidad consiste en el recorte de un lugar para el cuerpo, en la proliferación de significaciones para el cuerpo. Crespo lo dice de muy distintas maneras, cuando rememora su infancia, cuando desentierra a los personajes de Carora, a su familia, cuando se nombra tuna, sequedad, polvo, cuando mira a su nombre arrastrado por los techos y las esquinas. En la física poética que explayan los poetas de lugares, estos son conocidos específica y absolutamente, pues se ponen en juego y en coexistencias todas las formas del conocer y del percibir: los sentidos, la racionalidad lógica, la dialéctica, la supersticiosa, la contemplativa… Un poeta como Berroeta pareciera tocar también con las palabras las cosas dichas y las emociones vividas. En su conocido poema “Padre Nuestro” además de mostrar su deseo de no ser un sujeto medido por el deseo de poseer, sino de ser un hombre con otras pertenencias, afirma, según nuestra lectura, que una tal desposesión se debe a una individualidad labrada en su doble relación con el lugar, una parte del poema dice: “…Me he decidido por lo que elegí/ no quiero nada que se parezca al mundo /no quiero nada de esta miseria misteriosa/ hecha soledad por el hombre/ mi corazón llega a la vida por la carne muerta/ carne rural, de hierba / de ordeñador/ carne silenciosa y de musgo / me he decidido por lo que elegí / no deseo poseer…”   (Revista Poesía, n: 102-103, p. 3). El poeta busca trazar un territorio en el que el poema es sólo una expresión. Esta búsqueda parece esencial en todo animal humano, pero los procesos socio- históricos lo han teñido de poder y posesión.

Casi todas las sociedades indígenas tenían y/ o tienen ese saber del cuerpo que busca su sentido en el lugar. Los Wayuu se llaman “los hijos de la tierra” pero no de cualquier tierra, sino de la que ellos están hechos, pues casi todos sus rituales de muerte y de vida, sus sueños, están girando en torno a la conversión de sus miembros en los elementos naturales, cósmicos y míticos que fuera del lugar dejan de tener cohesión y gravedad. En los Yanomamis tanto el hombre como la mujer consiguen sus “imágenes” en algún animal o planta. La tierra no sólo produce fauna y flora, sino espíritus y sueños, mitos y cuentos. La misma pertenencia se puede leer en el poeta de la guajira colombiana Miguelángel López, en un hermoso poema nos comenta cómo mientras se realizan las labores cotidianas la vida trascendente hace su aparición: “Somos pastores…/ somos los hombres que viven en el mundo de las sendas/ Nosotros también apacentamos…/también regresamos a un redil…y nos amamantan. /Y somos leche del sueño, carne de la fiesta…sangre del adiós. Aquí, en nuestro entorno, la vida nos pastorea”. (Revista Poesía, n: 135, p. 25). La comunidad habla por su palabra poética, ellos, son seres del rebaño, han asimilado el carácter de sus vidas en la de los animales, y saben que son alimentos del instante, instantes en las sendas, fugacidades de la fiesta; marcas de la despedida. Y van encarrillándose al canto del paso de la vida.

Desde el punto de vista histórico se trata de otra manera de forjar la identidad en lo local, o de una nueva dimensión de lo local que forma parte de la identidad del hombre: cincelar una forma para el cuerpo que tiene que ver con una conquista simbólica y afectiva del lugar. (4)

El lugar entonces lo que hace es darle sentido y profundidad al cuerpo. Una continuidad que no tiene porque ser atribuible a la modernidad. El despliegue de lo afectivo en el lugar parece alcanzar el rango de condición humana. Es esta condición la que pretende destruir la desorientación esquizofrénica de la postmodernidad, sobre todo a través del uso de los signos y la supremacía de la imagen sobre la palabra en las llamadas redes sociales.

Un tal sentido no encaja con las finalidades, no teleológicas, sino inmediatas de la sociedad industrial y post industrial: la enajenación del significado, el desgarramiento del sentido con relación al lugar, la implosión del espacio inmediato de vida por su transformación en un espacio público convertido en mercancía política y comercial.

 

CONCLUSIONES.

 

Todo instrumento poemático debe tener el trasfondo de lo vivido. Un poema de lugar no tiene significantes sin pre-existencia en el poeta y en el espacio, sin expresar sensaciones.

La relación entre el hombre y el espacio es el sustrato de lo histórico, pues condiciona y particulariza el tiempo vivido, la profundidad de la vida se torna histórica en la medida en que el cuerpo adquiere las condiciones de las formas espaciales del lugar. El lugar es un compendio de significaciones vivénciales de las que surge una moral y una ética.

El sentido poético del lugar no es un fiel reflejo de la realidad, pero tampoco es una desfiguración de las biografías de los poetas.

La poesía de lenguaje no existe y no existirá, hay de hecho poemas de lenguaje, pero poesía no. Toda poesía es de lugar y no puede no serlo. Hay que ser radical en este aspecto, pues el derrotero del lenguaje puro amenaza con matar a la poesía, quizás el tiempo de la experimentación tipo Huidobro está felizmente pasando, y si no, habrá la necesidad de hacerlo pasar, permanecer entre el poema de lenguaje y poema de lugar, pienso que murió con Octavio Paz. Es hora de elegir por la poesía y no por el egocentrismo de los poetas negros (René Daumal) quien antepone la máscara poeta ante la fragua de un sentido humano de individualidad. En los poemas de lenguaje sí se pierde la noción de temporalidad y de espacialidad, el lenguaje mismo se vuelve un escenario, un espacio imaginario, espacio, pero no lugar.

NOTAS

1-Un punto en común entre la ciencia y la poesía es la constante referencia a la visión. En ciencia, la observación es la función perceptiva más privilegiada, es lo que sirve de base a todo el andamiaje del método científico, se pretende que la observación sea lo más objetiva posible, es lo que se conoce con el nombre de dualismo cartesiano, que pretende la separación absoluta entre el observador y la realidad externa. De tal manera que ni los intereses ni los gustos ni los compromisos del investigador deformen al objeto estudiado.

Igualmente, la generalidad de los críticos en poesía, así como un sin fin de poetas, coinciden en afirmar que la poesía es por esencia un tipo específico de visión sobre la realidad. Sin embargo, el poeta no percibe de la misma forma que el sujeto científico, el poeta engulle al objeto, lo asimila y lo destruye, no por una labor exegética, sino por un principio perceptivo contrario al de la ciencia, sobre todo positivista: la imposibilidad de desligar el afecto del sujeto, y no sólo de éste, sino del objeto. Por otra parte, el oído tiene la misma importancia que la visión, el poeta es un escuchador de la música de la existencia.

2-El sentido no existe fuera del lenguaje, se le encuentra en las dos caras del mismo, por la línea de los significantes y por la línea de los significados. Pero, ¿qué es el sentido? En una primera instancia diremos que dirección, la orientación que tienen las proposiciones, la manera de cómo son construidas, sumado a esto, diremos que las vivencias designadas por las expresiones. Ahora, si las proposiciones no expresan estas vivencias, podemos estar en presencia de varias alternativas a saber: que la proposición no tenga sentido, que la proposición contenga una verdad simbólica o haya convertido a lo externo en símbolo, es decir en una síntesis de muchas expresiones, aunque no esté lógicamente construida, y que el sentido quede encerrado en la proposición y no sea continuidad de la percepción. En lo que atañe a la poesía de lugar, éste es el que distribuye de una vez a los cuerpos con sus lenguajes.

3-Para Octavio Paz el sentido no precede al poema, sino que se construye junto con él. A la literatura que, como nosotros, sostiene que el sentido es anterior al poema se le califica de “expresiva”. Según Guillermo Sucre (1975) la poesía de Paz es alusiva porque construye, inventa el mundo directamente en el poema y produce figuraciones de lo real. No creemos que esos estilos o tipos de escrituras se excluyan, de hecho, Octavio Paz tiene algunos poemas que desmienten esta apreciación de Guillermo Sucre. Para nosotros, decir sentido es decir el sentido de lo vivido, y este no es simultáneo al poema, sino a lo poético, a la percepción poética. Un poema de lugar no aísla al espíritu de las cosas y de los seres, hacerlo sería una especie de congelamiento del lugar.

4-Desde hace muchos años he venido trabajando con la identidad local en algunas comunidades de Puerto Cabello (Edo. Carabobo, Venezuela), y he establecido una diferencia entre comunidad y localidad, brevemente: en la localidad existen continuidades reciprocas entre el morador y el espacio, un espacio geográfico que se ha constituido en parte del ser del morador porque éste ha decidido conquistarlo, narrarlo, contarle y cantarle, rezarle y danzarle, y al hacerlo, se ha encontrado a sí mismo. En la primera la dispersión y la escasa participación en ritos y acciones de pertenencia, la debilidad de los lazos que ligan, la voluntad de no preservar el pasado en el presente que es una de las funciones del folclore, permiten que la identidad transcurra más en las abstracciones, más en el ser que en el estar. Pero en este trabajo sobre la poesía de lugar, me he visto en la necesidad de diferenciar las nociones de espacio y lugar, sin embargo, yo ya avizoraba esta diferencia en un ensayo que me publicaron “La honda superficie de los espejos” (Casa de Bello,2007) con base a relatos orales, escribí: “Lo trascendente es vivido en un lugar concreto a través de ritos y afectos”. (Jiménez, A.2007, p.101) Frase que resume la importancia del lugar en poesía. Aunque lo escribí pensando que espacio y lugar son sinónimos, ahora me doy cuenta de que es más característico del lugar que del espacio. Es indudable que el espacio es poliformidad de vida, todo lo que transcurre en él, la recurrencia de los acontecimientos, los objetos que se vuelven parte de las tradiciones, etc. Lo local forma parte del espacio, un foco, una parte conquistada por un grupo de seres, una acción política; el lugar en cambio es una conquista del ser, es una voluntad de encontrarse, pero siempre es una decisión individual, es una relación con las cosas o con un sitio muy particular, signada por la belleza y la verdad poética que emana de ella.

BIBLIOGRAFÍA

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Jiménez, A. 2007. La honda superficie de los espejos. Caracas. Casa de Bello.

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