literatura venezolana

de hoy y de siempre

En este país…! (Capítulo I

Luis Manuel Urbaneja Achelpohl

INVOCACIÓN

¡Oh! Rústica doncella de mis amores, tiéndeme tu mano de capullos, para alcanzar la espiga de oro, símbolo de la abundancia en el granero aborigen y de ensueño, gloria entre las gentes de nuestra raza. Tu nombre es apenas conocido y apenas si cuenta amadores entre los liróforos de la nación. Mas llegará un día en que el mármol te glorifique, la prosa te vista y cubra como una enredadera con su manto florido y el verso, con sus lenguas de oro, tu fama dilate del uno al otro extremo de la tierra nueva. Acógeme y guíame, que contar deseo a mis hermanos, en humilde prosa, una simple historia, trasunto de nuestra vida y de nuestros sueños. Préstame aliento para llevar tu nombre adelante, adelante, más allá, más allá de las castas cumbres que sorprenden en su cuna al sol.

LOS MACAPOS

–¿Dónde se habrá metido el animal?

Y en la semi-obscuridad que precede al día, en bulto se alejaba en una u otra dirección. De la montaña comenzaba a desgajarse la neblina. El día anterior cayó una larga invernada, un lloviznar lento, monótono, desesperante y el valle despertaba entumecido. Denso velo ocultaba los hombres y las cosas. La voz tornó a decir más enconada:

–¿Dónde se habrá metido el animal? ¡Caray!

Abajo se apretujaban las nieblas y en la calva del Ávila jugueteaba la luz tenue de un sol cautivo.

–Barroso, Barroso; ¡oooh! ¡Barroso! ¡Si ha reventao la soga! ¿Quién coge a ese animal?.

El buey huía retozón con el cabo de soga a rastras. Siempre que se soltaba era lo mismo: corría, saltaba, hacía grandes estragos en la sementera y daba más guerra para cogerlo que a un toro, a pesar de ser el buey más viejo y manso de Guarimba.

Un mocetón alto y fornido daba tales voces, en aquel amanecer húmedo y friolento. Se llamaba Paulo Guarimba. La faz era ovalada y tristona, con una tristeza displicente, que arecía arrancar de las entrañas hacia fuera y eso siempre que los párpados caían sobre los ojos y la vista vagaba errabunda, pues cuando miraba de frente, los ojos de un verde y amarillo indefinidos tenían una expresión ruda y fiera bajo las cejas gruesas y castañas. En la nuca, asomaban por entre el pañuelo con que protegía la cabeza, mechones de pelo amarillento, de un color de oro muerto, tostado, melcochudo y áspero como la greña de un africano… Gritó de nuevo al buey:

–¡Sooo! Barroso. ¡Ja, caray! En este país hasta el Barroso jeringa.

El buey, con la penca encaramada, escapó hacia unas sementeras que rasgaban la tierra con los dedos verdes de sus reventones. El mozo exclamó colérico:

–¡Jaa, Barroso! Me la vas a pagáa

Se quitó las alpargatas. Arremangó con furia los calzones hasta los gruesos muslos. Echó a correr por entre los matojos del barbecho, húmedos y crecidos. Saltaba los mogotes como zorro en huída y perdió el sombrero. El buey entro con la cabeza en alto y venteando por las tierras negras que los reventones agujereaban. Paulo, en el claro, distinguió el cabo de soga que resbalaba lento, y sin tiempo para agacharse a cogerle, saltó a sujetarle con el talón grueso y chato. El buey partió violento, y el mozo vino a tierra. La soga pasaba por encima de su brazo, quemándole; en el aire le echó una manotada y le clavó los dientes blancos, cerrados y fuertes, y así, sobre la tierra blanda y humedecida, lo arrastró el buey hasta que, apoyándose en los codos, lo mantuvo. Se enderezó sobre la tierra. El día era en el valle: nubecillas ligeras corrían deshaciéndose en las colinas del Sur. Paulo, braceando la soga, atrajo hacia él el Barroso. Era un buey ya hecho, habituado al yugo y al arado, a la garrapata y a la mosca en la esterilidad de los sequeros. Salientes los músculos, redondas las ancas y el cerviguillo como el de un cebú, macizo. Los cachos gruesos, los candiles apuntando al cielo, en los que llevaba dos nudos de soga. En el testuz, un mechón dorado, rojizo, le venía a los ojos y le daba un aspecto fiero en el englobamiento de su mole pesada y majestuosa.

–Barroso, bien jarto estás.—Y agarrándole por el cacho le largó una cachetada. El buey retrocedió. Afincando el cuerpo con todas sus fuerzas, sobre el cacho, el mozo gritó, apretando los dientes:

–¿No me conoces? –y le soltó una patada en las narices. Al buey le faltó el aire; alzó angustioso la cabeza y estuvo quieto como un corderito.

–Ahora, el Melao, ¿dónde estará el Melao? –Y tirando del buey, le sacó fuera y lo ató al tronco de un sauce demirriado, cabeceante y cuajado de rocío.

En un barbecho distante, el Melao al sol humeaba. En su lomo, un tostado garrapatero esponjado, se espulgaba. En el barbecho, las arañas extendían en telares y a la luz suave era un extenso campo trémulo de aljófar.

Paulo marchó directo hacia el buey. A su paso, los matojos se movían, las arañas huían rápidas y el rocío rodaba por sus carnes duras.

El Melao era para el Barroso. Alto y mazudo, pero de índole blanda y reposada, sin rebeldías ni entusiasmos que le llevaran a reventar la soga para correr, bravucón en un alarde de libertad pueril.

Bajo el sauce les unió los cachos. Dóciles y calmudos, a sus voces le seguían

–¡Anda Melao! ¡Ven Barroso!

Junto a un puentecillo de troncos de sauce, retoñados con la humedad de la acequia, hizo alto Paulo. Por él se adelantó presuroso. Tras unas malvas y saucos retorcidos, un rancho se acurrucaba, descuajaringándose con los años. Una rosalera trepadora se extendía en un enrejado de caña y sus mil guías locas se echaban sobre el tejado, en donde en corona de verdes hojas, lucía su perenne florescencia, manto níveo. Se llegó el mozo al rancho y empujó la carcomida puerta en busca del yugo y la garrocha. Era aquél el nidal de los Guarimba, oscuro y húmedo. Ellos levantaron la horconadura, clavaron la cumbrera, amasaron el barro con la paja brava de las sabanas y rellenaron el cañizo del bajareque. Y todo esto antes, mucho antes de que la acequia corriera farfallando a su puerta. Los Guarimba y su rancho se perdían en el origen de la estancia.

¿Qué amo les señaló aquel sitio? ¿Qué amo los cristianó? Porque los Guarimba no lo negaban; los abuelos fueron esclavos, y su vida y suerte siempre estuvo pegada a aquella tierra de la que formaban parte como los árboles que habían visto crecer y los peñascos que rodaron de la montaña. Allí se encontraron con la azada en la mano, el yugo, el arado y la muerte. Guarimba era ellos, y ellos, Guarimba. Los amos, vendíanles junto con la tierra y los animales. Ellos pasaban indiferentes de unas manos a otras, convencidos de que, mientras existiesen, permanecerían unidos a aquella tierra como el alma al cuerpo. Sólo un orgullo les cegaba: ser las mejores azadas, los más listos gañanes, los más entendidos conocedores de las mudanzas del tiempo. Ellos, antes que nadie, oían el trueno anunciador del lejano invierno y el saludo del renacuajo; conocían el rumbo de las nubadas de verano; pronosticaban el pausado acomodarse del nubarrón cargado, deseoso por desahogar los hinchados senos; el alba participábales la humedad o sequedad del día y vaticinaban el resultado de las cosechas, sin que jamás fueran desmentidos. No tenían historia que contar, amaban y morían así como el rosal echa rosas y se seca y florece el yerbazgo de olor. Comenzaron a blanquear con Juan, el arpista, un abuelo de Paulo, que apareció entre ellos, como en el nidal de muchas aves acaece emplumar un extraño pichón. El arpa le hizo famoso, sin dejar de ser un buen Guarimba. Él plantó la blanca rosalera y el rancho tuvo nuevas y desconocidas alegrías. Paulo era el último vástago de aquella cepa humilde. Su padre, antiguo mayordomo de Guarimba, al morir, lo encomendó a sus amos de entonces, los Macapos. Apenas si cabía en un canasto cuando los Macapos lo ampararon. Creció a su lado. Pasó por la escuela, pero ante todo, fue un Guarimba, un cogedor de cabañuelas, que presentía en el silencio de la noche estrellada el trueno anunciador del lejano invierno y el saludo del renacuajo.

Con el yugo sobre el hombro y empuñando la garrocha, atravesó de nuevo Paulo el puente. Los bueyes, sin moverse, dejábanse enyugar. La coyunda, como una cinta, pasaba de una cornamenta a otra, asegurando el yugo sobre la nuca y los frontines rojos. Los bueyes, sumisos, dejaban hacer, rumiando, rumiando. Ni asomos de rebeldía mostraba el Barroso. A la voz de Paulo que ya los llamaba con la garrocha, marcharon en busca del arado sabino, que el día anterior, a causa del lloviznar constante, quedó en el barbecho.

El barbecho era un pan, aquel barbecho de entrada dura, sellado de rabo de zorro. El agua le había calado y las espesas cepas caían desmayadas sobre la reja.

Los bueyes marchaban lentos, afincando los remos, sin bajar ni subir en demasía la cabeza y el puyón se entraba en la tierra, hondo. Paulo llevaba el arado sin lidiar, sin moverse, firme y recto y la tierra se esponjaba y abríasuavemente como un pan en el horno.

En el copo de un tiamo, una bandada de conotos ponía gran algarabía; eran aves de paso a las tierras cálidas, hurentes donde cuaja tempranera su almendra el cacao, y la vainilla embalsama el bosque.

El sol ardía y el cielo estaba limpio de nubadas, brillantes.

Por el callejón de la estancia asomó una calesa. A la entrada se había formado un hoyacón con el desbordamiento de la acequia. Los peones paleaban el desagüe y apilaban material para el relleno. Los caballos metían el pecho y se encabritaban a los latigazos del cochero, sin sacar la calesa, atascadas las ruedas. A los irritados denuestos del auriga y al mordiscante chasquido del látigo sobre los lomos tensos. Paulo detuvo la yunta y clavó en tierra la garrocha, que se agitó trémula, como una llama. Se acercó pronto a la calesa. Los del interior clamaban, desconcertados: ¡Paulo! ¡Paulo!. El mozo se arrimó sorprendido, sonrió plácido y los ojos, en un fugaz arrobamiento, se dulcificaron, como si una niebla de amor los velara. El coche se tumbó sobre un lado; acudió a levantar la rueda, y en un esfuerzo vigoroso, lo enderezó en el aire. Arrancaron los caballos jadeantes al restallar del látigo. Se dejaron ver fuera del vehículo unas manos que saludaban, dando gracias y los griticos locos de unos chiquillos sonaban allá dentro, como bandejeo de aleluya.

Paulo buscó el sol en el cielo. Sus ojos, dorados, no cegaban al pupilar del fuego. Las once son ya, dadas, –se dijo interiormente–. Los peones del desagüe se echaban al hombro las blusas y las herramientas y marchaban riendo a la pulpería nueva, donde el amargo tenía demonio. Bajo el cedro reverdecido, Paulo dejó los bueyes a la sombra. Y fue hacia la calesa, detenida en espera de que desfugasen los caballos, para ganar el repecho pedregoso del callejón.

Venía lento, cavilando. No se explicaba aquella vuelta repentina de la familia. Ni un aviso, ni nada; de sopetón se le presentaba. ¡Si hacía quince días estuvo en Caracas y en la casa todos estaban buenos! Josefina pasaba su catarrón, que pescó a la salida del teatro, según dijo misia Carmen, por no cubrirse la cabeza con el chal. Tan metido estaba en sus pensamientos, que no reparó en el coche, que venía tras él, sino cuando el jadeo de los caballos resopló a sus espaldas. Se apartó a una orilla; eran las gentes de servicio. Con los bamboleos del carruaje reían con gran aspaviento. Dolores, la barrigona, con ojos dormidos, le miró dengosa, en un mirar pedante de mulata descontenta.

–¡Aparte!—le gritó

Él se volvió a un lado indiferente.

Ella sacó la lengua roja e intranquila, como una culebrilla coral, en la oquedad sonrosada de la boca, y torció los ojos.

En la subida alcanzó Paulo a los de la calesa. Ahora iba poco apoco, lentamente, como si evitara las sacudidas al caer en las rodadas que en aquellas tierras reblandecidas dejó el carruaje. Se detuvo el vehículo en el soportal. Un hombre alto, de gesto imperioso y espeso, mostacho retorcido, como el de un señorejo en abriles, puso el pi en el estribo y la calesa osciló sobre sus goznes. Era don Modesto Macapo.

Saludó a Paulo.

–Aquí otra vez, Josefina, mal.

Abrió grandemente los ojos brillantes en un mirar inquisidor.

–¿Y qué tiene?

–¡Locuras!, ¡locuras!

Desde el coche dos chiquillas gemelas se lanzaron a sus brazos.

–¡Paulo!, ¡Paulo!—Gozosos le besaban las mejillas y acariñaban el rostro con sus manitas de marcados hoyines sonrosados. María de las Nieves y Dulce Amor.

Devolvía el las caricias. Eran buenos amigos. Dábales el gusto y perseguíanle ellas como dos mariposas en las largas estadas de la familia en la estancia.

Una voz seca y disgustosa reprendió severa:

–¡Morochas! ¡Morochas! ¡dejen a Paulo! ¡No le fastidien ya!

Y doña Carmen Pureles de Macapo sacó fuera del carruaje su hermoso busto.

Era pequeña, muy apretada de carnes, con hoyuelos en los codos y el pie precioso, pequeñico, asomando bajo el ruedo violáceo de las enaguas de seda. Sus carnes eran almendras amasadas con rosas. Los ojos negros, grandes y aterciopelados. La frente estrecha y las cejas ligeramente arqueadas y suaves. La boca diminuta y la barba redonda con una ligera hendidura. El cuello corto, algo papujado, ceñido por una gargantilla de corales. Desdeñosa y hostil en el gesto y las maneras, y el timbre de la voz ingrato.

Al ganar tierra, se llevó a los ojos el impertinente y vuelta a Paulo, le señaló la calesa.

–Ahí está Josefina. No se puede valer. Sácala. Álzala por debajo de las almohadas.

Tomó en sus brazos el mozo a la niña con gran cuidado, como si temiese se fuera a deshacer en sus manazas rudas. Ella nada decía, pero en su semblante consunto, las dos llamitas de los ojos, le miraban lánguidamente con una dulzura profunda e infinita. Él creía caminar entre nubes, tembloroso, como si se le fuese a escapar de entre los brazos, y en un desfallecimiento morboso, la colocó en la silla de extensión, que Dolores, la barrigona, arrastraba, saliéndole al encuentro.

–¡Hombre! Con ese cuerpote y no tiene fuerza…

Y él trémulo, como si hubiese cargado con el Ávila a cuestas, se enjugó la frente sudorosa.

Misia Carmen Pureles de Macapo era de la vieja y conocida familia Pureles, gente de rancia oligarquía con el grillo constante de la nobleza de origen y abolengo. Aunque el abuelo de la casta fue cierto andaluz albéitar, de morenas facciones y cerradas barbas tapizándole la cara, jaranero, con las castañuelas y la guitarra, dispuesto, hasta en la misma hora de la muerte, a poner a bailar la alegría en el alma de las mozas. El tal se tropezó con una india vallera, vendedora de cachapas, famosa por el garbo y las redondeces de las carnes canelas. Cuando ésta, con el cesto en la cabeza y el blanco paño en hombros, arrollado al cuello, atravesaba la plaza, el bestiaje humano se recogía sobre el mismo y la dejaba pasar, cerrando tras ella en un susurro lujuriante, como oleada que se retira en arenosa costa sonajando los pedruscos. (De la abuela tenía misia Carmen, los hoyuelos de los codos y los andares remilgados).Se fue el andaluz tras la golosina y la moza lista le llevó a la aldea por la vereda del altar, que no era plaza que rendían meras castañuelas y guitarrillas.

Andando el tiempo, el andaluz fue amo de caballos de alquiler, de casas y de haciendas y la familia entró por la arcada áurea de las onzas en la raigambre de los linajudos de la ciudad. Cuando el aguardiente de España se le subía al andaluz a la cabeza, en el atrio de la iglesia o en los días de olla de algún santo casero, le excitaba la imaginación, en fabla pintoresca y pirotécnica se echaba a volar por la vieja Andalucía y embelesaba a sus oyentes con las historias de su solar antiguo, y los viñedos de los suyos y su escapada a América huyendo de los sortilegios de Pandereta, una moza que era chispas. De tanto contar que los abuelos se presentaban al Rey con gorros metidos hasta las orejas, que comían en un mismo plato cuando aún no habían inventado el tenedor y el tener en las venas sangre real, en tiempos de moros, le dio los pechos una infanzona (desde entonces el escudo tuvo dos colinitas reales), llegó a creerlo, los de su casa veneraban aquel origen semi-real del abolengo andaluz. Las pasadas grandezas eran ovillo sin fin, y periquitos van y periquitos vienen y el albéitar no acababa, porque el aguardiente de España le ponía lumbre en los ojos.

En una bajada de Reyes, el año de … un domingo muy claro y dorado, le abrasó el alma al Macapo la nieta del andaluz. Entonces misia Carmen derretía y sembraba desasosiegos hondos e incurables.

El Macapo fue aceptado con agrado entre los Perules. Traía todo cuanto podían desear: dineros y abolengo, los Macapos, solía decir solemnemente D. Modesto, al tratar asuntos de familia, abandonaron su solar de Castilla la vieja cuando la conquista, porque el Rey se empeñó en casar al mayorazgo con una dama de la Reina, que no era cristiana vieja. Sin embargo, al abuelo llamábanlo unos el vizcaíno, otros el gallego, muchos Antón, el canario. Pulpero entendido, llevaba las cuentas trazando con carbón palotes en las paredes de su buhonera. Hizo humilde y honradamente su caudal  legó a la Patria nueva un General, un Doctor una monja. Toda gente buena y sencilla. Pero don Modesto, hijo del Doctor y una criolla abúlica, fecunda como un acure, gran consumidora de café a buchitos y dada al ensueño de las grandezas y los pergaminos, heredó de la madre el amor por estas cosas, creció oyéndolas, desde cuando la dormían en el balanceo de la mecedora. El Macapo, por lo demás, era hombre enérgico y muy hábil; entre los suyos no servía para nada cuando mocito; pero, a la muerte del padre, se quedó con todos los bienes de la familia. Ya para aquel entonces era un comerciante de crédito y su nombre sonaba como una esperanza pública.

Así se juntaron aquellas dos almas, espigadas casi en las mismas condiciones y todas aquellas quimeras se consolidaron y fueron parte integral de sus mismas naturalezas. Tales eran los dueños de Guarimba, en el lindo valle del Ávila.

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