literatura venezolana

de hoy y de siempre

El viaje como motivo de esperanza y revolución

María Auxiliadora Castillo

Podría pensarse que El dinosaurio azul y Miguel Vicente Patacaliente se inscriben en lo que se ha denominado literatura para niños y niñas, dado que en ambos relatos el protagonista es un niño, llamado Miguel Vicente. En El dinosaurio azul —escrito en 1978— este protagonista se sumerge en el mundo de los sueños, donde se encuentra a la jirafa roja, a la iguana verde, al ave del paraíso, al oso y por supuesto, al vehículo dador del viaje, el dinosaurio azul:

Me monté en un dinosaurio azul y me vine siguiendo el río de aguas lentas. Atravesé llanuras de aguas subterráneas, túneles oscuros y minas de diamantes. Un día me dormí en un campo de esmeraldas, pero me despertó una jirafa roja para decirme que arriba me esperaba el sol, el viento y las flores y los caminos de la tierra. (Araujo, 2008: 4).

Luego, Miguel Vicente llega a entablar un diálogo y se hace amigo del señor petróleo, pudiendo conocer su posible origen:

Hice mi viaje al fondo de la tierra y me perdí en un bosque de hojas negras y de lagartos dormidos. Millones y millones de árboles y de gusanos hundidos y quemados por un sol de cien mil años formaban un lago oscuro y un río de aguas lentas y sin luz. Era el petróleo. (Araujo, 2008: 3).

Posteriormente volveremos sobre este tema.

Por su parte, en Miguel Vicente Patacaliente, publicado en 1971, el mismo protagonista es ahora un niño limpiabotas que sueña con viajar y conocer un país que presiente lejano desde un cerro de Caracas: la ciudad donde Miguel Vicente juega y trabaja sacando brillo a los zapatos de los funcionarios, tiene una madre enferma, sola, distante y un hermano que es el dador de la posibilidad de viaje que, finalmente, emprende:

Desde una vuelta de la carretera, ya bien arriba, se volvió para mirar a Caracas, allá abajo. Ya no la miraba desde su cerro. Ahora la ciudad se iba quedando, pequeñita y de mil colores luminosos, allá abajo. (Araujo, 1992: 26).

En ambos relatos es común, pues, la estructura del viaje, la presencia del mismo personaje (Miguel Vicente), el tema de la iniciación; pero se diferencian en los espacios: irreal o fantástico en El dinosaurio azul, real o mimético (la ciudad) en Miguel Vicente Patacaliente.

Pero el viaje y la historia de Miguel Vicente no son sólo una excusa para reflejar una realidad o una interpretación del autor de dicha realidad, o derivan de la necesidad pedagógica de exponer su análisis, desde la mirada del militante comprometido con los movimientos sociales, para abogar por una transformación del rostro de marginalidad y neocolonización en un rostro de un país igualitario y soberano; sino que también Miguel Vicente puede ser visto como una metáfora de movimiento, sacudida, de camino por andar, por recorrer para la transformación social.

Si se realiza una lectura en el continuum de las obras literaria y ensayística de Araujo, buscando los signos que más tarde se constituyen en símbolos, se encuentra más bien, antes que un relato infantil, una profunda mirada del autor barinés en torno a lo social y un atinado análisis acerca de los procesos socioeconómicos, así como el impacto de los inicios de la supuesta industrialización en Venezuela, producto de la explotación petrolera y la entrada del capital extranjero. En su ensayo Venezuela violenta, el autor se muestra crítico con dicho proceso que se promocionó como la gran panacea del desarrollo, pero resultó a la larga el gran motivo para aumentar el número de menesterosos, ahondando la brecha entre pobres y ricos, en una política entreguista.

Es así como el dominio extranjero se extiende y consolida en el país sin correr riesgos ni traer capitales. Es así como lo que con tanto orgullo suele llamarse industrialización nacional no es sino un proceso de complementación del colonialismo económico de los Estados Unidos sobre Venezuela (Araujo, 1968: 91).

Como lo explica el mismo autor en dicho texto, esto produjo el proceso de migración del campo hacia la ciudad, o mejor dicho, el abandono de las políticas agrarias: por el imaginario del progreso y la modernidad y el encantamiento súbito por los ingresos para la importación y el comercio, muchos venezolanos terminaron sumándose a la legión de cerrícolas, que esperaron, infructuosamente, subir y bajar las escalinatas de las casas y de los edificios de la naciente burocracia estatal.

Por ello Araujo (1968), en su Venezuela violenta, sentencia:

Venezuela se lanza al desarrollo industrial moderno sin obreros especializados, sin gerentes y sin experiencia. Se importa la técnica, se importa la experiencia. Si algo es nuevo y admirable, es precisamente la voluntad de industrializar a toda costa… (p.74).

Pero, más adelante agrega:

(…) la técnica más avanzada y el equipo más moderno provocan desempleo (piénsese, por ejemplo, en la evolución de la industria petrolera en los últimos años), mientras que el estancamiento de la técnica o su primitivismo, crean el empleo disfrazado o subempleo (nuestra agricultura es el mejor ejemplo) (p. 87).

Y todo esto ocurrió precisamente por el petróleo:

A la sombra del petróleo y bajo el orden de un gobierno rentista, que gasta su renta en obras públicas, la agricultura pasa a ser la cenicienta de una economía, que es ahora minera y comercialista. (Araujo, 1968: 64).

A propósito del oro negro en la literatura venezolana —tímidamente vislumbrada en José Rafael Pocaterra y visiblemente mayor en Díaz Sánchez (Mene)—, señala Campos (2006) que dicha presencia dio origen precisamente a la fractura del país entre lo rural y urbano.

Queremos remarcar esto: marginalidad y urbanismo es una relación natural que se establece con el afianzamiento de la cultura del petróleo, y figura dicha relación en la narrativa de esos años en la región zuliana como una primicia para la literatura nacional… los sujetos de ese impacto, contra lo que pudiera creerse, no son quienes ya estaban asentados en las ciudades, sino los campesinos desarraigados, expulsados por el latifundio gamonal y un territorio consumido, puestos violentamente en situación de desarrollar hábitos más que de vida, de sobrevivencia… (p. 482).

En Compañero de viaje Araujo los describe de esta manera:

Había también fugitivos del hambre, campesinos sin tierra de Boconó, parameños de las terroneras de Tuñame, Escorá y las Mesitas… eran unos excluidos del latifundio andino, los exiliados del trigo merideño y del café trujillano (…) (p.11).

A partir de 1936 la actividad económica en Venezuela definitivamente termina por ser sustentada por el dominio del capital extranjero dirigido hacia el petróleo, hasta el punto que “la inversión directa (…) en el sector de hidrocarburos y de minería representan en la década 1950-1959, el 93 por ciento” (Araujo, 1968: 78). Por ello, la artesanía y la manufactura van perdiendo terreno y relegadas a meras extravagancias o excepciones; situación que se mantuvo hasta hace relativamente poco.

Durante el período que viene de 1958 a nuestros días, se mantiene en su esencia la caracterización del período anterior, continúa el fenómeno de crecimiento paradójico, la condición importadora de la industrialización, el contraste entre capital invertido y empleo generado, y se mantienen vigentes los factores que permiten e impulsan la invasión incontrolada del capital extranjero en la manufactura (Araujo, 1968: 83).

Por otra parte, otra de las nefastas consecuencias de esta situación: la invasión de la técnica, y por ende, la violencia y destrucción de la tierra (la madre tierra) para extraer los recursos, es también descrita en El dinosaurio azul:

Pero todo aquello era un ruido infernal: ¡tun-taca-tun! ¡tun-tacatun! Por todas partes, hombres con cascos, torres, tanques, máquinas, camiones, jeeps y el ¡tun-taca-tun! De unos inmensos pájaros metálicos perforando con sus picos el pecho de la tierra, los hígados de la tierra, las tripas de la tierra ¡tun-taca-tun! ¡Tun-tacatun! (Araujo, 2008: 13).

De igual modo, la entrada del capital extranjero y las empresas petroleras configuran un urbanismo a imagen y semejanza de los campos petroleros extranjeros y completamente desarraigado de nuestra condición y costumbres: los obreros viven en casas pequeñas, iguales, uniformes, sin árboles, sin vegetación, sin vida. En El dinosaurio se lee:

Uno de los obreros, el que parecía jefe del grupo, lo llevó a su casa, una casita pequeña, rodeada de otras casitas pequeñas, todas igualitas, rodeadas con telas metálicas y construidas en un campo donde unos cujíes lloraban de dolor por la ausencia de otros árboles (Araujo, 2008: 7).

Peor, tal como lo vislumbra Araujo, el proceso de industrialización en la era petrolera no tenía como norte el desarrollo social, la emancipación del hombre, su bienestar en suma; antes bien, era el progreso por el progreso, la industria al servicio de la industria. En un diálogo que sostiene Miguel Vicente con un obrero se evidencia que el proceso de industrialización conlleva a la cosificación del hombre sin conciencia de su hacer: el hombre que perfora, horada, penetra la madre tierra sólo para que siga aceitada la maquinaria del capital:

– Yo perforo la tierra para que el petróleo salga.

– ¿Y para qué quieres que salga?

– Bueno, pues para muchas cosas, para que mueva las máquinas, los camiones, los carros, los aviones y para que haya luz de noche, para muchas cosas (Araujo, 2008: 11).

A la par de esto, también está presente la denuncia de la contaminación y la agresión a la naturaleza en la región donde se produce la explotación petrolera; por ejemplo: “El Lago de Maracaibo: aguas lentas y oscuras donde desembocan los ríos del petróleo”. La voz del petróleo se expresa en animus dolido por los excesos cometidos:

No, Miguel Vicente, no me ofendas. Mi madre es la tierra, y en sus entrañas me concibió, me parió y me ocultó durante millones de años. La Compañía es la que me persigue y la que hiere el pecho y el vientre de la tierra hasta encontrarme en las cuevas donde habito. Allá arriba me somete a torturas en grandes máquinas para arrancarme a pedazos las fuerzas que me dieron los árboles antiguos y los dinosaurios muertos (Araujo, 2008: 19).

Así que en la obra de El dinosaurio azul, el viaje de Miguel Vicente es un viaje hacia la conciencia: un dispositivo de viaje-revolución; Miguel Vicente es el actante que transita y transitará el camino hacia un mundo, desde lo soñado, lo imaginado (un mundo azul: el dinosaurio) pero posible, a lo esperanzador, vivible, ecológico (un mundo verde: la iguana). También es un viaje desde la indiferencia del habitante de la ciudad con respecto a su entorno hacia la tierra, hacia el origen, “por ríos y por mares y hasta el centro de la tierra y más allá (Araujo, 2008: 8)”; en la búsqueda y encuentro de lo que es el hombre, el ser humano, y la comunión del ser humano con la naturaleza y con el universo.

*Publicado con el título: ORLANDO ARAUJO: EL VIAJE COMO MOTIVO DE ESPERANZA Y REVOLUCIÓN EN EL DINOSAURIO AZUL Y MIGUEL VICENTE PATACALIENTE, en el volumen Apuntes de sobremesa (El perro y la rana, 2018)

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