literatura venezolana

de hoy y de siempre

El sutil hilo de la memoria poética

Carlos Yusti

La poesía es una voz, un estilo y es sobre todo una manera de dotar al lenguaje de inigualable majestad y belleza. En la ciudad de Valencia, para algunos la sempiterna ciudad de Sulaco (perteneciente al país ficticio de Costaguna descrita en la novela Nostromo de Joseph Conrad), que un poeta logre cincelar un estilo, en el que alcance matizar su voz, en una propuesta poética de envergadura, no es sencillo. En la ciudad abundan los buenos, regulares y malos poetas. Se podría aseverar que este es el primer obstáculo que debe afrontar cualquiera que busque iniciarse en ese complejo arte de la poesía. Luego está la ciudad, especie de pandemonio de conservadurismo ancestral que jamás ha visto con ojos indulgentes a sus diligentes poetas.

Para Adhely Rivero cincelar su estilo no ha sido tarea fácil. No obstante, con perseverancia y aguzando el oído al máximo ha logrado hacerse de una manera particular de abordar el trabajo poético y que por supuesto ha sido permeado por el estilo de los buenos y malos poetas de la ciudad. Para Adhely Rivero esto de las influencias nunca ha sido una angustia, menos un problema que requiera un diván para ventilar sus traumas literarios. Como poeta en permanente formación sabe que para escribir buena y aquilatada poesía es necesario leer hasta el cansancio a los maestros del día para de alguna manera decantar un estilo que lo ubique en buen camino y tratar, en la medida de lo posible, de sacarle chispas de belleza filosófica a las palabras de siempre.

El recorrido poético de Adhely ha sido fructífero y no solo como escritor de solvente poesía, sino como promotor cultural e impulsador de iniciativas en favor de la palabra poética y de sus distintos oficiantes. Su nombre está ligado a la revista Poesía del departamento de literatura de la Universidad de Carabobo.

Rivero ha publicado los siguientes poemarios: 15 poemas (1984); En sol de sed (1990); Los poemas de Arismendi (1996); Tierras de Gadín (1999); Los poemas del viejo (2002); Antología poética (2003); Medio siglo, la vida entera (2005); Gavilán (2008); Poesía (Casa de Poesía, IX Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, 2010); El libro de Canoabo (con prólogo del poeta y crítico puertorriqueño David Cortés Cabán) y el libro antológico La vida entera (2020). Half a Century, The Entire Life, 2009, versión al inglés de Sam Hamill y Esteban Moore. Poemas (Antología editada en Costa Rica, 2009). Compañera (2012). Poesíe Caré, Poemas queridos (2016, versión al italiano de Emilio Coco, publicado en Colombia). Su poesía se ha traducido al inglés, portugués, italiano, alemán y francés. Se encuentra incluido en diversas antologías, tanto nacionales como internacionales.

En lo personal tengo el libro Los poemas de Arismendi como el poemario en el que de alguna forma Adhely Rivero consigue su tono poético, el tarén[1]  estético de su voz interior. Hay en estos poemas una profundidad filosófica sin pretensiones de ninguna naturaleza que se entrelaza con el paisaje natural y el habla familiar o del contexto rural de Arismendi. Adhely escribe con estos poemas una especie de conjuro coreográfico e hipertextual que le permite llegar al hueso limpio de lo metafórico con enorme economía de medios verbales y donde la sencillez en nombrar parece ser la norma, el mapa dibujado de su entorno familiar, del paisaje como memoria que aporta un aprendizaje esencial para vivir.

Todo esto podría explicarse mejor a través de un ensayo (o más bien un texto-reminiscencia) que Adhely escribe sobre el poeta Lêdo Ivo, a quien conoció y con el cual departió en algunos recitales poéticos. Pedro Téllez escribe que cuando se trata de ensayo siempre este refiere más del ensayista que del tema tratado. En tal sentido, Adhely escribe:

«“Felices los que poseen un alma distraída”. Hermosa frase que se la oí decir al poeta Lêdo Ivo en Valencia. Hablábamos de nuestros orígenes, él de Maceió, estado de Alagoas, al sur de su país, Brasil, y mi persona de Guadarrama, Arismendi, estado Barinas, al sur de Venezuela. Conversación que nos llevó a descubrir nuestros vínculos campesinos. Le comenté de mis aspiraciones de jubilarme de la Universidad, para retirarme a los paisajes de mi infancia, entre aquellos ríos bucólicos y mundos de añoranzas. La fuerza de lo telúrico. Me dijo que la Universidad no cura lo ingenuo, que volver atrás es imposible. «La vida es un tren de pasajeros que sube y baja hombres y mujeres en muchas estaciones, en idas y vueltas continuas, pero nunca repetirá su primer viaje. Lo que dejaste atrás consérvalo en el recuerdo. La memoria es un cajón de peretos».

Eso podría ser la poesía de Adhely Rivero: un acucioso, mágico y variado cajón de peretos. Resulta pertinente lo escrito por José Carlos De Nóbrega: «Adhely Rivero se ha preocupado por revisar y componer su obra poética en la estructuración de un solo libro dividido en sucesivas entregas, integradas por el tono austero e inmediato de la Poesía del Decir. […] La interiorización del paisaje no se regodea en el barroco trazo deslumbrante del llano, más bien se nos antoja despojada y minimalista, en pos de una revelación enmarcada en la cotidianidad del diálogo entre el entorno y su habitante asombrado y silencioso…».

Con Los poemas de Arismendi Adhely reencuentra sus huellas y vuelve a esa habla poética desnuda que expresa en pocas palabras ese universo particular del paisaje, de la vida encaramada en los hombros de la sencillez, del hombre que busca a través de la palabra poética aquello que Fernando Savater escribió: «Una mente compleja y gusto sencillos».

En este libro Frontera invisible condesa de algún modo un recorrido, una manera de mirar el mundo, de buscar la otra cara menos visible del asombro dispuesto en la mesa de lo cotidiano:

Sanatorio

Hacer la siesta en el Sanatorio no es extravagancia,

había tormentas en el cielo,

fortaleza y bondad en los pacientes.

Una canción a medio dormir suena agotada.

Soñar donde otros no saben si duermen.

Tuve ojeras del cansancio

y miedo a la muerte del día.

Metido en los corrales

Me lavaba la cara con leche de vaca.

En el bote de la leche me frotaba los ojos con la espuma,

y del cincho tomaba el suero destilado del queso.

Pasaba el día triste.

Ya no sabía alegrarme.

Libro de evocaciones y de un reencuentro de eso que define, que se instala como una impronta y que no es fácil olvidar, a pesar del tiempo trascurrido:

Pensando en el cielo

Vengo a pie de la quesera.

Me tumbó el caballo,

se me fueron los buenos tiempos.

Vi el cielo azul

y venía pensando en el cielo,

qué hermosas sabanas debía tener Dios.

Adónde va uno después de tanto Llano,

animales de día y de noche.

Si me ponen a pedir un deseo

voy a pedir que me dejen en lo mío.

Allí es donde puedo estar bien.

Lo escrito por David Cortés Cabán es pertinente: «La poesía de Adhely Rivero ha mantenido a través de los años un equilibrio que refleja un mundo poético de honda gratitud hacia el entorno. El entorno es sentido como la realidad que alienta un modo de vivir integrado a la tierra, a la naturaleza, a la familia y a las faenas humildes del campo. Por eso, los temas que abarca tocan las fibras del corazón presentándonos un mundo tangible, pero también de inquietudes y cuestionamientos. Una poesía donde las posibilidades interpretativas serán determinadas no sólo por lo que germina en el poema, sino también por un decir que se convierte en un estilo y una manera muy peculiar de sentir la realidad. Se narra desde un yo que siente el paisaje no como algo sintético y lejano, sino como un vínculo con la tierra amada, ampliando así las experiencias del hablante y anexándolas a la poesía».

En Frontera invisible hay una reflexión subyacente del país de rebatiña y desasosiego que nos ha tocado vivir en estos últimos años. No hay panfleto, ni desgarro de vestiduras. Más bien una iluminada reflexión desde lo poético de todo ese marasmo político que ha destruido toda perspectiva:

Las migraciones

Cuando pasaban volando las migraciones

de pájaros, decíamos:

van a donde hay comida, van a las cosechas.

Pasaba una parvada de pájaros amarillos, negros,

debajo de ellos corría sobre la tierra una sombra oscura.

Mi madre se santiguaba.

Los espantapájaros se plantaban en la siembra

con su cara deforme y seria a proteger los granos.

Ahora los humanos están migrando

y ellos son la sombra de la decadencia

de la civilización.

Los espantapájaros están en los puentes

de las fronteras como muñecos perfumados,

con gases, precintos y peinillas para inutilizar su vuelo.

Cuando el agua migra de la mano cerrada

asemeja al hombre cuando escapa de sus captores

por las trochas, los caminos verdes, por los ríos.

Los poetas son resilientes por desfachatez y testarudez. Nunca se dejan mellar por las dificultades y los contratiempos, por eso trabajan sin descanso la parcela de su destino. Pero si el terruño (ya estoy escribiendo como un crítico del siglo XVIII) forma el eje trasversal de la poética de Adhely, lo es de igual modo la ciudad de Valencia. Alberto Hernández ha escrito: «Las varias lecturas de la poesía de Adhely Rivero han sido registros que andan por los distintos senderos de nuestra curiosidad. Desde hace décadas las hemos tenido presentes en notas, crónicas y aventuras en las que nunca ha faltado el paisaje de su vocación llanera. No se ha dejado pasar por alto el viaje desde las sabanas de Arismendi hasta el valle de la cuenca del Lago de Valencia, ciudad donde ha escrito casi toda su obra». Pero este poema describe mejor este cambio del campo a la ciudad:

La herencia

No te detengas a contemplar la sabana,

mueve la bestia, apura el paso.

Debes comenzar temprano el viaje.

Llévate un queso entero y carne seca,

algo harás con ella

mientras te instalas en el mundo.

Deja los gallos de pelea.

Estos campos ni se van, ni se borran,

cambiarán un poco.

Cuando vuelvas tu mirada también habrá cambiado.

Tu corazón tiene paisaje, tierra y familia.

No quiero que te quedes detrás de la herencia,

aquí no crece el pensamiento.

La pandemia del Covid ha dado algo de tregua. En cuarentena, aparte de no volvernos locos, encontramos ese delicado equilibrio de la lentitud. Nuestra vida de pronto entró en una espiral ascendente de ralentización y los días iban cayendo en cámara lenta como minúsculos granos de arena en el reloj del encierro. Poco a poco hemos ido recuperando la calle y se vuelve a respirar el aire transparente de la inmediatez acelerada. Para Adhely la pandemia fue oportunidad de retomar la escritura desde esa lentitud aguijoneante del encierro. Retomó la poesía rodeado de incertidumbre por todas partes, pero con la convicción de no mentir desde lo poético por aquello que le dijo el poeta Teófilo Tortolero o como lo ha escrito él mismo: «Un día entré a un restaurante y me le presenté. Me comunicó que me conocía mucho. Y me quedé hablando toda la tarde. Fue en 1980. Ya para irnos, me paró y me dio un consejo: La poesía es muy celosa, no le mienta, tarde o temprano te lo va a cobrar. Desde entonces mantuvimos una amistad por años. Siempre lo visitaba en Nirgua».

Por mi parte he escrito todo esto del poeta Adhely Rivero rodeado de una insondable modorra. He estado en el cuarto oscuro del bloqueo y este libro Frontera invisible vino a rescatarme del acuciante orden que impone la oscuridad. La poesía es una extraña música del detalle que viene de los escombros del asombro. Solo quien tiene un agudo oído sabe escucharla. Sin duda Adhely tiene un amaestrado oído para lo vital y él al igual que yo nos hemos perdido todos los ruidos de las revoluciones posibles para quedarnos a escuchar la música de las palabras, pero él tiende a centrarse en los detalles que la poesía le dicta. Por mi parte, tiendo a borrarme en los detalles. Para Adhely la poesía es un sutil hilo que teje y fija todo como un cuarto memorioso de magia y espanto de preciso hallazgo de la belleza a través de las palabras. Cada poema escrito por él es un frágil hilo que enhebra la memoria.

Por teléfono le digo al poeta cómo anda todo y con su estilo inconfundible de veguero me dice: «Camarita, todo bien. Lo frágil sigue en la trinchera de la resistencia».

Notas

[1] Los Tarén son especie de invocaciones mágicas que tienen a las palabras como ejes más allá de los meramente comunicacionales y permiten trastocar el entorno tanto humano como natural. Cesáreo de Armellada escribe: «Nociones lexicales. Tarén es un substantivo cuya etimología desconozco; y, si es que la tiene, nadie ha sabido dármela. Muchas veces me he preguntado si coincide o es la misma palabra ta-(k,u)rén: el que está en, el que vive dentro de. Por eufonía y por otros motivos gramaticales, que no es del caso explicar aquí, también se dice taremú y más frecuentemente y alargándolo aún más, taremurú. Así tenemos las expresiones: tarénsak, el dueño o sabedor de tarén; pemontóntaremurúdapón, libro de los tarén de los pemones; apotoimátaremurú, tarén contra las viruelas; kaikuséekupuipéerektaremurú-pe, el tigre se destinó a ser tarén contra los diviesos. Del substantivo se deriva el verbo activo tarem-bá y el verbo reflexivo ese-tarembá, hacer tarén a otro o hacérselo a sí mismo. Y de aquí la forma verbal taremba-tok y ese-tarembatok: lo que sirve para hacer o hacerse tarén».

Para continuar leyendo otros poemas del libro Frontera invisible de Adhely Rivero, hacer clic en este enlace.

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