literatura venezolana

de hoy y de siempre

El sargento Felipe (capítulo I)

Gonzalo Picón Febres

En cuanto el alba comenzaba a deshojar sus frescas rosas en las puertas del Oriente, Felipe se incorporaba en la troje de maporas que le servía de lecho, rezaba con fervor sus oraciones de costumbre, se levantaba con gran prisa, se amarraba el cuchillo de monte en la cintura, se encasquetaba el gran sombrero de cogollo, y no sin llamar antes a Gertrudis su mujer y a su hija Encarnación, se salía al patiecito de la casa, en cuyo pintoresco alrededor desplegaba el platanal los pabellones verdeoscuros de sus hojas, blanqueaban los naranjos con su gran florecimiento de azahares, cacareaban las gallinas siguiéndole las huellas al gallo rubicundo, bramaban fuertemente los becerros por la ausencia de las vacas, y corría con ronco estruendo la quebrada por debajo de las enormes hojas del fibroso malangá. En cuanto lo ve.an apuntar en el marco de la puerta, los perros corrían a encontrarle, y dando saltos de alegría verdadera, y poniéndole las patas en el pecho, y agitando la cola vertiginosamente, le llenaban de caricias. Felipe se los quitaba de encima con una manotada, con un formidable puntapié o con una interjección harto sonora, y se dirigía resueltamente a la quebrada. Ponía el sombrero en una piedra, se hincaba sobre el césped de la orilla, se lavaba la cara hasta ponérsela encendida con la frialdad del agua, y metía la cabeza con delicia bajo el chorro cristalino. Aquella operación duraba cerca de diez minutos, al cabo de los cuales se volvía a la casita seguido de los perros retozones, y se enjuagaba el rostro con un pedazo de liencillo que guindaba de una cuerda en el angosto corredor, desempeñando allí el alto encargo de toalla.

Luego tomaba por el sendero abierto entre matas de guinea lustrosas como seda, y salía hasta el tranquero, cuyos palos, alisados por el frecuente manoseo y humedecidos por el sereno de la friolenta madrugada, descorría poco a poco. Arrojando raudales de vapores por las narices húmedas, lleno el pelaje de cadillos y lustrosas garrapatas, brillantes los ojazos de cariño maternal, con la cabeza soberbiamente erguida, mirando a todos lados con el ansia de descubrir los becerrillos y henchida de leche la sonrosada ubre, las tres vacas entraban allí mismo al pasitrote. Detrás de ellas regresaba Felipe, y al mirarlas tan gallardas, tan bonitas, tan redondas de gordura, el corazón se le ensanchaba de satisfacción dulcísima, las palabras cariñosas se le escapaban de la boca, y charloteando sonreído con las espléndidas matronas, las amarraba de las patas traseras contra un palo, las palmeaba en las ancas con estrépito, y soltaba incontinenti uno a uno a los nerviosos becerrillos, que se pegaban de las ubres con tal fuerza y decisión, que en breve los chorros de la leche se les salían provocativos por los lados del hocico. A poco Felipe les enajenaba el gran deleite, y tomando la enormísima totuma, e inclinando la rodilla en tierra, comenzaba el repiqueteo delicioso del ordeño, a tiempo que la boca se le aguaba de placer. Cruzándose caían los dos chorros en la vasija formidable, y la espuma iba creciendo, blanca como la nieve intacta, reflejando en sus burbujas los esplendores de la vivida ma.ana, incitando el apetito del amarrado recental y dejándose trocar en gorda nata por el frío. Cuando ya la totuma se llenaba, la cogía Encarnación y la vaciaba en el gran cuenco donde debía cuajarse para convertirse en queso fresco y esponjoso, queso a propósito sin duda para regalar el gusto más exigente y descontentadizo.

Para entonces ya salía por la chimenea-ennegrecida la columna de humo indicadora del fuego del hogar. El cual ardía, devorando con sus lenguas de oro la chamiza retostada por el sol y cantando con su chisporroteo el himno del trabajo, a tiempo que Gertrudis molía sobre la piedra las arepas, que la múcura silbaba sobre las topias del fogón, que el gato dormía arrellanado en el blando cojín de la ceniza, y que Encarnación iba y venía de la cocina al corredor, lavando escrupulosamente y acomodando en los rodetes de junco las jícaras redondas para servir el desayuno. Mientras que estaba listo este, Felipe se iba al cobertizo donde dormía el pollino moro, y le echaba una brazada de guinea; daba una vuelta por la ancha corraliza donde gruñían los marranos, y les picaba el malangá; se acercaba al frondosísimo naranjo donde rumiaba el toro negro, y le daba su ración de ricos vástagos de plátano. Volvía entonces al corredor de la casita, y se sentaba muy contento en el banco de madera, con los pies empapados del rocío, dulcísimo de genio, salpicada la frente de sudor.  Un sol espléndido inflamaba las cumbres de los montes; un aire puro y oloroso a pimpollos nuevecitos garruleaba entre los árboles; una alegría vibrante y expansiva inundaba los espacios; una égloga sonora resonaba en lo profundo de las selvas, en la másica del valle, en el arpa de cuerdas cristalinas del cequión. Aquello era la fiesta del follaje, el entusiasmo de la gran naturaleza, el espont.neo júbilo del pájaro y la fronda, del céfiro y el agua, del color y de la luz.

Gertrudis salía hasta la puerta de la cocina y llamaba a su esposo al desayuno. El laborioso campesino se acomodaba en un rincón sobre una troje, y su mujer le ponía por delante la gran jícara de café arrellanada en su rodete, el plato azul donde blanqueaba el requesón, una cazuela colmadita de sabroso revoltillo, y una redonda arepa que se dejaba comer sola por lo gustosa y blanda. Felipe devoraba el desayuno con apetito extraordinario, y salía muy orondo a recorrer las sementeras del conuco. Se componía este de seis cuadras de terreno compradas poco a poco a fuerza de economía y perseverancia, regadas por el cequión que bajaba de la cumbre, y sembradas todas ellas de café, sin que faltara por allí uno que otro barbecho donde el maíz recién plantado ostentaba los penachos de sus hojas. Con amor como de padre, Felipe componía los cercados con esmero, reparaba las cercas de retorcidos palitroques, desyerbaba los surcos donde el monte crecía con lujuria, dejaba limpiecitas las callejuelas del café, colocaba un espantajo en los barbechos del maíz y las verduras para asustar a los pericos, resembraba las matas de continuo y recogía los frutos. A las doce regresaba con su azadón al hombro, con los calzones arrollados, chorreando de sudor y silbando de alegría como el pájaro en la selva. El corazón no le cabía dentro del pecho.

Después del almuerzo se sentaba a la puerta de la casa en el banco de madera, y se ponía a desgranar las mazorcas del maíz, a fabricar alpargatas de cocuiza, a tejer sombreros finos de cogollo, o a torcer gordos mecates. Todo ello cuando aún no había llegado la cosecha de café, que le embargaba todo el tiempo, porque en cogerlo de las matas, descerezarlo en el cilindro, secarlo y conducirlo en el pollino a la hacienda de don Jacinto Sandoval para beneficiarlo, se le iba todo el día Afortunadamente, Gertrudis y Encarnación le ayudaban lo indecible en sus faenas, eran trabajadoras incansables, sab.an aprovechar el tiempo con positivos resultados, y gastaban en vestirse lo menos que pod.an. Eran ellas las que hac.an de comer, las que cos.an y aplanchaban, las que recolectaban buena parte del café, y las que se ocupaban en otros menesteres necesarios cuando las horas alcanzaban para desempeñarlos.

Al anochecer com.an, y luego se sentaban a la puerta de la casa. Felipe cogía el cinco, y rasgueándolo con suma habilidad, arrancaba de las cuerdas sabrosos galerones. Los perros vigilaban entre tanto, gruñían los marranos en la repuesta corraleja, el toro rumiaba lentamente debajo del naranjo, el pollino se hartaba de malojo allí. En el cobertizo, zumbaba la quebrada con monótono rumor entre las márgenes de rocas, los grillos chirriaban en contorno su penetrante cavatina, y Encarnación y Gertrudis, sentadas en el pretil del corredor, fumaban con deleite su tabaco. Como a las siete y media se recogían a la salita, en cuya tapia fronteriza se destacaba el altar abigarrado como .l solo, presidido por San Isidro el labrador: delante de .l se arrodillaban, y en seguida rezaban el rosario con fervoroso culto, encabezado por Felipe. A las ocho se acostaban.

Vestidos con la ropa dominguera, los d.as de fiesta se dirigían al cercano pueblecito de Maraure, asiento de la mejor y más bonita iglesia parroquial que en aquella región se alza, porque, además de ser muy nueva, tiene cúpula en el presbiterio, lujoso altar de mármol, dos torrezuelas de mampostería, frontón churrigueresco de lo mismo y púlpito de madera tallada con primor. En Maraure oían misa, visitaban a algunos conocidos, compraban en las pulper.as lo que necesitaban durante la semana, y con la tarde, cuando ya el sol se ponía, regresaban al conuco, pero no sin echarse Felipe en la garganta alguno que otro golpe de aguardiente. Los d.as de mercado, Felipe iba al pueblo de seguro, con el cargado pollino por delante, para vender los frutos que con prodigalidad maravillosa le ofrec.an las sementeras. A horcajadas sobre el burro, cantando de alegría y punto menos que borracho, volvía con la noche convertido en una pascua, y en manos de Gertrudis depositaba desde luego el estupendo pañuelo de madres, en cuyas puntas venían amarrados los dineros de la venta. Gertrudis lo cogía con ojos ávidos, no sin dar gracias a Dios desde lo íntimo del alma, y en seguida lo guardaba en lo más hondo del arcón, un inmenso baúl de madera bien curada — hasta de tres varas de largo y con tama.as cerraduras— donde la previsiva esposa depositaba sin remedio todo lo que en la casa tenía algún valor.

Ello es lo cierto que Felipe era feliz, porque además de que a nadie le debía ni un centavo, las escrituras de sus compras no ten.an por donde echarles zancadillas, su mujer le quería mucho y le ayudaba en todo, Encarnación se volvía loca por satisfacerle en las cosas más menudas, el vecindario le estimaba por su rara hombría de bien, las sementeras le rend.an como para guardar de sus productos un si es no es todos los años, y cada día que pasaba era más grande su esperanza de poder aumentar la propiedad que a fuerza de trabajo había logrado conseguir en el transcurso de los años. Ensanchar con otras cuadras el conuco, hacer de teja la cocina, casar muy bien casada a Encarnación, obtener algunos otros animales de servicio, porque el borrico y el novillo no le alcanzaban para nada, y comprar una mula de silla baratona, era el ensueño que en su alma latía a todas horas con refulgente brillantez. Si la fortuna le soplaba, si Dios no le mandaba algún trastorno, si el café Le seguía dando como en los años anteriores y si en muchos no había guerra en el país, el Cristo de La Pascua y San Isidro el labrador permitirían que él realizara sus deseos.

Cuando salía a recorrer las sementeras; cuando echaba a caminar por entre las frondosas arboledas del café; cuando se paraba largo rato a contemplar la prodigiosa lozanía con que el maíz iba creciendo en los barbechos; cuando los racimos de plátanos solían arrancarle por lo hermosos una exclamación de júbilo, y percibía muy orondo la maciza redondez de los marranos, y se hacía cargo de lo que le produc.an en quesos ya muy solicitados los abundantes ordeños de las vacas, no podía menos que sentirse satisfecho, darle gracias a Dios por sus pródigas mercedes, y estimularse para perseverar en las faenas de su pequeña propiedad.

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