literatura venezolana

de hoy y de siempre

El ojo de consuelo (primera parte)

Alberto Hernández

Un agujero en el cráneo

El perfil afilado de Consuelo Morillo no distrajo la atención de quien examinó con delicada curiosidad la trayectoria de la bala, que penetró por el ojo derecho y salió por el occipital de la mujer que aún reposa sobre una cama de periódicas sospechas. El proyectil luego se incrustó en el logo de la almohada del Hotel Las Tres Rosas donde fue localizado por los forenses encargados del caso.

La masa encefálica cubrió la cabellera postiza del cuerpo que permanecía con el otro ojo abierto como quien busca una mancha siniestra en el techo. De la boca emergió un vómito sanguinolento que se deslizó hasta el cuello. Los pechos extremaban el silencio de su dueña. La atmósfera de la habitación también formaba parte de un suceso a punto de desatar una tragicomedia en la que no faltarían absurdos y quebrantos.

***

Los primeros en llegar al sitio fueron los policías de la zona, quienes recibieron una llamada del gerente del hotel. Después se presentaron los detectives del CICPC, un fiscal del Ministerio Público y el investigador Arturo Díaz Grey, personaje que suele hablar en voz muy baja con alguien que él identifica como Ricardo Lorca, interlocutor que nadie ha visto.

“Hermosa figura. Si se la ve de perfil a cuerpo entero parece una escultura antigua. Los pechos erectos, aún vivos en el extremo de los pezones, dan la impresión de dos pirámides perfectas. La marea dormida de su vientre. El ombligo en medio de tanta belleza. Las costillas como arcos destacan la hondonada de una piel pálida, azulada. Su vulva llora. Una lágrima ha quedado detenida a la orilla del sexo depilado. Caramba, hasta esa hendija sufre a la hora de la muerte”, pensó con una media sonrisa.

“El erotismo necrofílico no te viene bien. No te hagas el poeta. Eres un curioso que busca evidencias en medio de un reguero de sangre. Parece un simulacro, la escenografía de una película mala”, le susurró en la conciencia Ricardo Lorca.

Mientras la policía científica revisaba el cuerpo de la mujer, Arturo Díaz Grey husmeaba, a disgusto de los oficiales (no era muy querido entre los uniformados por la manera de abordar cada caso), por los alrededores de la cama donde aún estaba el cadáver. Hurgaba con la punta de un bolígrafo en cada lugar donde le parecía podría encontrar algo que lo llevara hasta algún indicio. Intentaba ubicar a un sujeto en el sitio del crimen. Una sombra, un olor. Un culpable. O un inocente que lo condujera a una revelación. Su nariz de sabueso no le decía nada. Hasta que Ricardo Lorca lo interrumpió en sus pensamientos:

“Me da la impresión de que quien cometió este crimen sabía mucho de la mujer. No se llevó nada. No rompió nada y aparentemente tuvo sexo con ella. Esa lágrima que has pensado parece semen. No hay violencia corporal, excepto, por supuesto, el tiro en la cara. No presenta rasguños ni escoriaciones en los nudillos ni restos de piel u otro elemento en las uñas. Sin embargo, me llama la atención que haya querido viajar a Londres”.

“¡Carajo, ya viste todo eso. Eres muy eficiente. Bueno, como ectoplasma lo haces bien. ¿Viajas a Londres?”

“No se trata de eso. Son mis viejos estudios de criminología en la Universidad Complutense. Eso fue en la otra vida, así que no te molestes en preguntar mucho. Estudios frustrados, pero algo quedó de mi poco interés científico. Sí, mira debajo de la cama: London Tours… ¿No te parece curioso? Ay, Arturo, recuerda que soy parte de lo que jamás podrás ser tú”.

-¡Cállate, no me jodas!, dijo en voz alta Arturo Díaz Grey.

***

-Todavía siento la mirada de esa mujer en mis ojos. Siento que la muerte le encargó que me viera directamente por el único ojo que le quedó visible, dijo Ricardo Lorca.

-Así es la muerte. Un encargo. Un mensaje. No es extraño que te haya mirado fijamente. Acababa de morir y todavía la luz estaba en su cerebro. La muerte a veces se hace esperar allá adentro. El ojo que te miró es el de la muerte. No el de ella, añadió Arturo Díaz Grey.

-La muerte va y viene, como en un columpio. Tantas son las miradas que se producen en el momento de la muerte, tantas, ironizó Ricardo Lorca mientras se limpiaba las sombras de los ojos.

-Como investigadores debemos estar pendientes. Dejarnos de romanticismos y laconismos sentimentales. No perder un momento de sensatez, no quejarnos de los males de la sociedad y desenredarlos, mostrarlos con todas sus costuras. Nada resolvemos con decir que vivimos en una morgue. Es necesario barrerla, sacar la suciedad y confirmar quién mató a quién. Sin embargo, hay una relación estrecha entre la muerte y la poesía, entre el crimen y la ficción, entre la investigación policial y los sueños, reflexionó Díaz Grey.

– No estamos en las páginas de El caso de los suicidios constantes. John Dickson Carr desencadenó otros asuntos. Consuelo murió asesinada. No sabemos la hora exacta del Big Ben, pero sí tenemos el sitio, la escena del crimen, dijo Ricardo Lorca con los ojos entornados.

-Por supuesto que sí, todo un país. Este país es un motel, una pensión de intrigas. Una cinta de “No pase, los muertos hablan”. De modo que debemos fijar bien la escena del crimen y ajustarnos a lo que nos dicen las evidencias. Y mientras el columpio va y viene, la sangre mancha el escenario político…, perfiló Lorca al tiempo que su interlocutor se rascaba la pelambre del mentón.

-Verga vale, no hables de política. Esa perífrasis no queda bien para quien no ve con claridad. No ensucies más la cuestión. Ya estamos agotados de eso. Hablemos de nuestro caso, intentó cerrar Arturo Díaz Grey.

-Vaya ¿Tenemos uno? En todo caso será Gideon Fell quien nos dé la clave. Un lugar cerrado. La habitación de un hotel. Las campanadas de un viejo reloj de catedral. Muy inglesa esta historia. ¿Saldremos de esto con el método deductivo?, chasqueó la lengua Lorca.

-Un disparo en la cabeza…una mujer desnuda para más señas, ¿qué más quieres?, escupió Díaz Grey.

-Y la policía jode que jode. Enredando el asunto porque debe haber un chivo pesado involucrado en el crimen. No debes olvidar al poderoso fiscal que mira al testigo a los ojos y ya sabe de su inocencia, masculló Lorca.

-Y no es expiatorio. Este no será un caso literario. Estamos comprometidos con la realidad, Díaz Grey.

-Que doña Agatha Christie nos ilumine, se persignó Lorca.

-¿Qué Papa la canonizó?, sonrió Díaz Grey.

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