literatura venezolana

de hoy y de siempre

El ciudadano en «Los pequeños seres» y «Si yo fuera Pedro Infante»

Ruby Ojeda

De alguna manera todo escritor escribe por su tiempo. Ana Teresa Torres

Cada elemento dentro de una obra narrativa se organiza de manera tal que su percepción resulte verosímil para el lector, es decir, que pueda inmiscuirse en ella y comprender, recrear y vivir su contenido. Históricamente se ha defendido la tesis de que dichas obras son un elemento de ficción y que aunque tratan de representar la realidad, no lo son, es decir, ficción y realidad se han visto desde siempre como dos elementos contrapuestos. Sin embargo, los estudios de la literatura actual han dado origen a nuevas teorías que tratan de explicar los procesos de creación. Iser (1985) expone una teoría literaria que rompe con la tradición de presentar lo real y lo imaginario como elementos que se contraponen. Al contrario, piensa que se complementan para dar origen a lo que él denomina “actos de ficcionalización. Manifiesta que “el texto literario es una mezcla de realidad y ficciones, y como tal produce interacción entro lo dado y lo imaginado” (p. 2).

El acto de ficcionalización conduce lo real hacia lo imaginario y lo imaginario hacia lo real, y así condiciona la extensión en la cual el mundo dado debe ser transcodificado, el mundo no-dado debe ser concebido, y los mundos intercambiados deben hacerse accesibles a la experiencia del lector. (p.5)

El autor demuestra así que, en la creación literaria, no se puede hablar de una oposición realidad-ficción. En el acto de ficcionalización estos tres aspectos (lo real, lo fi cticio y lo imaginado) se fusionan y se interrelacionan para dar paso al texto literario. Habla de que existen tres actos por separado a saber: (1) selección, (2) combinación y (3) autoexposición. El primero se refiera a que el autor tiene una visión muy particular de la realidad y de acuerdo a ella va a tomar aspectos sociales, históricos, culturales y literarios que sirven de referencia al texto. Este acto, según el autor, representa una transgresión ya que los elementos seleccionados son apartados del sistema en el cual cumplen una función específica, lo que los convierte en un acto de ficcionalización. Ahora bien, el segundo acto (combinación) representa un complemento de la selección ya que, una vez hecha la selección, el autor va a combinar los elementos de acuerdo a su visión y el efecto que quiere producir en el lector, lo que también representa una trasgresión de los límites. Finalmente, se refiere a la autoexposición como el hecho de que el texto se revela a sí mismo como un elemento de ficción, es decir, el lector sabe, al enfrentarse a una obra literaria que debe hacerlo de una manera específica; asumiendo que está ante un hecho de ficción. En la creación de una obra literaria el autor toma, selecciona aspectos de la realidad circundante que le preocupan y quiere resaltar para dar una visión muy particular de la misma.

De lo anteriormente expuesto se desprende que las obras de ficción representan también un testimonio de hechos, acontecimientos, situaciones y referencias históricas que se pueden ser empleados como vía de análisis de una época determinada. En ellas se pueden encontrar indicios que llevan a descubrir relaciones, situaciones sociales, políticas y económicas que influyan en la visión de mundo de una generación a la cual pertenece. Es descubrir en el imaginario que representa una obra literaria los paradigmas dominantes de un período histórico.

Desde este punto de vista, aquí se pretende caracterizar o identificar los elementos representativos de época que aparecen en Los Pequeños Seres de Salvador Garmendia y “Si yo fuera Pedro Infante de Eduardo Liendo. Específicamente, se tomará en cuenta al personaje como un habitante de ciudad, pues las características de este espacio, sus transformaciones, son concluyentes cuando se trata de las relaciones que se establecen entre los individuos.

Por otra parte, Delprat (2002) al hablar de la urbe en el campo de la literatura menciona que esta, desde la Ilíada, se ha utilizado como espacio central y figura narrativa. Específicamente, “la urbe como topos es un espacio imaginado, escrito, con un nombre o sencillamente en su vocablo de ciudad. Por efecto de la mimesis, sustituye una percepción del mundo”(p. 288) y en el campo de la ficción, afirma que se une inseparablemente a la sucesión de las acciones. La ciudad no sólo es el lugar donde se desarrollan las acciones, sino que ella y las relaciones que en su espacio se establecen, influyen directamente en la psique del personaje.

Salvador Garmendia y Los Pequeños Seres

González (2004) al referirse al escritor, afirma que éste es un insigne escritor venezolano nacido en Barquisimeto en el año 1928. Fue miembro fundador de la revista “Sardio”. Obtuvo premios por su producción literaria entre los cuales se encuentran el Premio Municipal de Prosa de Caracas por su primera novela Los Pequeños Seres (1959) y el Premio Nacional de Literatura en 1973. Participó como colaborador en numerosas revistas latinoamericanas entre las cuales se puede mencionar: “Papeles”, “Actitud”, “Eco”, “Amaro” y “Casa de las Américas”. También fungió como director del Departamento de Publicaciones de la Universidad de los Andes. Los títulos que figuran en sus publicaciones son: Los habitantes (1961), Día de Ceniza (1963), La mala vida (1968), Doble fondo 1966), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972), Los pies de barro (1973) y El único lugar posible (1981). Falleció el 13 de mayo de 2001.

La participación de Garmendia en la revista Sardio debe tener una mención especial puesto que en ésta se ponen de manifiesto los postulados estéticos que compartía el autor con los autistas de la época. En tal sentido, Sigrid (1966) afirma, en primer lugar, que por ser una revista editada después de la dictadura tiene una orientación izquierdista. En segundo lugar, plantea que su visión acerca de la literatura se podía resumir en tres tipos de discursos que ordena cronológicamente.

El primero de ellos, ubicado en sus inicios en 1958, defiende la tesis de que el tiene un compromiso con la sociedad, por lo cual el artista, sin hacer militancia política, debe tener una postura crítica frente a la dinámica social. Desde su posición de intelectual es “actor y espectador”, por lo cual tendrá el deber de orientar a la sociedad para que se preserven los valores de de libertad y espiritualidad del hombre, los cuales consideran como los más importantes.

El segundo discurso es ubicado por Sigrid (idem) en el año 1960. Se ve el arte ya no como “compromiso” sino como parte esencial de la vida humana. Ya el artista no es representado como un actor social sino como un “creador”. La literatura es visualizada como una “penetración en una dimensión trascendental, esencial y compleja de la esencia humana y del universo, revelación de su faceta misteriosa que la poesía ilumina sin explicarla racionalmente” (p. 182).

El tercer y último discurso planteado por la autora tiene su aparición en el año 1961. Se basa en la individualidad del autor y en su mundo interior. Utiliza el lenguaje en función de sus necesidades expresivas y lo distorsiona si es necesario. Primordialmente, “se aplica al novelista la imagen romántico-simbolista del poeta maldito acosado por la locura y la muerte.

En Los Pequeños Seres, se narran algunos días en la vida de un ciudadano común que trabaja como Jefe de sección del Departamento de Contabilidad de una empresa, casado, con un hijo. El primer transcurre con la asistencia de Mateo Martán al entierro de su jefe inmediato. El siguiente día, el personaje asiste a una consulta psicológica y a la salida de la misma es atraído por una compañía circense. Por último, se cuenta la visita que realiza a una estación de trenes abandonada. Como se puede observar la anécdota es breve pero lo que se quiere resaltar es el mundo interior del personaje. Se hace énfasis en su reacción ante cada acontecimiento, en su necesidad de pensar, de buscarle un sentido a su vida, pero la sucesión de acontecimientos y de personas a su alrededor no se lo permiten: “Mateo se sintió libre y aliviado, dichoso de poder regresar a sus ideas. Su necesidad de pensar seguía siendo apremiante: reconstruir mentalmente grandes trozos de vida, tiempos enteros donde se sucedieran acontecimientos notables, dignos de contar” (p.42). Su pensamiento se convierte así en una forma de evasión de una realidad cambiante, pero a la vez monótona. La dinámica del mundo externo no lo deja vivir su individualidad, construir sus propias historias y termina abandonando todo para poder encerrarse en sí mismo.

Tomando en cuenta lo expuesto, es evidente que la obra literaria, Los pequeños seres, se ubica en el discurso del “compromiso” social de la literatura. No sólo porque la fecha de su edición es justo después de la creación de Sardio, sino porque en ella Garmendia selecciona a los personajes más insignificantes de una ciudad para dejar evidencia de cómo la vida en una ciudad que cambia de forma abrumadora afecta sus estados psicológicos. Expresa las preocupaciones más íntimas de esos “pequeños seres” que se mantienen al margen de una realidad política pero que irremediablemente los afecta. También se evidencia el discurso literario de Sardio con respecto al arte de escribir en el final de la obra ya que la libertad y espiritualidad de Mateo privan por sobre su trabajo y su familia.

Debido a que la obra de Garmendia (1972) se circunscribe principalmente a la vida de un personaje que habita en la ciudad, a su vida íntima, para su estudio y ubicación histórica se debe partir de algunos aspectos básicos que describen la Caracas de entonces, ya que éste es el ambiente donde se desarrolla la historia y que influye directa mente sobre los personajes. Es importante aclarar que, durante el desarrollo de la historia, en ningún momento se menciona directamente la ciudad ni ninguno de sus espacios. Pero algunas de las descripciones del ambiente físico hacen recordar sus espacios. Se puede citar como ejemplo un pasaje donde Mateo narra una caminata con su tío Adrián: “Yo me apretaba a su mano al bajar las aceras empinadas, andando más y más hasta que comenzaba a aparecer el cerro desnudo, la tierra vivía por cuyas grietas bajaba el agua negra y así llegábamos al monte, casi sin darnos cuenta. Mirábamos atrás y allí estaba el barrio precipitado en la falda del cerro, inexpugnable, inmenso.”(59) Ese cerro “inexpugnable” en cuyas faldas se forma el barrio, no puede ser otro que “El Ávila”, eterno guardián de Caracas.

La obra fue publicada, por primera vez, en el año 1959, poco después de la caída de Pérez Jiménez y donde se marca el inicio del período democrático. Primero, se instaura una junta de gobierno, en el año 1958, posteriormente, se realizan las elecciones que dieron como resultado el ascenso al poder de Rómulo Bentancourt quien instaura una política petrolera. Comienzan las grandes masas campesinas a emigrar de las áreas rurales y a ocupar las adyacencias de la ciudad. Según González (2005) de la noche a la mañana, el pueblo venezolano con 80% de analfabetos, viviendo en un mayoritario mundo rural mal nutrido y enfermo, y entre ellos sus mujeres, pudieron elegir al presidente y demás autoridades gubernamentales. Ya la población venezolana venía aumentando debido a acciones tomadas por los gobiernos anteriores. Al respecto, Liscano (1995) plantea lo siguiente:

Entre 1936 y 1961, en razón de la campaña de los sanitaristas iniciada con el Gobierno que sucedió a la dictadura del general Gómez, los coeficientes de natalidad y de mortalidad pasaron respectivamente de 32/1000 a 42/1000 y de 17,2 a 7,3. La consecuencia de ese saneamiento de la salud trajo la duplicación de la oblación, esta vez en 20 años, entre 1950 y 1961 (p.84)

A la par de este aumento de la densidad de la población, aparece también un cuadro de desarrollo urbano. Dicho desarrollo se caracteriza por la proliferación de grandes carreteras, la aparición de inmensas edificaciones de concreto y lugares de esparcimiento. Esto produce un ritmo acelerado de cambios que toman por asalto al ciudadano común y lo hacen sentir desconcertado, ya que no tiene tiempo de reflexionar lo que sucede a su alrededor. En tal sentido, Navarro (1970) al hacer un análisis de la obra de Garmendia expone, principalmente, que en ella se observan las experiencias del hombre de la ciudad y cómo dichas experiencias van a afectar su conducta y la manera de observar al mundo.

La narrativa de Garmendia, más que en la imaginación, se centra en la realidad inmediata y en los recuerdos del protagonista como elementos constitutivos de su realidad personal, íntima; es la ciudad y sus habitantes  alienados la materia bruta que el escritor maneja y asimila, gracias a su sensibilidad y a un sentido estético altamente desarrollado (p. 59)

Simmel (1980) afirma que “la metrópolis exige del hombre en tanto criatura discriminadora una cantidad diferente de conciencia de la que requiere la vida rural” (p.102). También expresa que “la base psicológica del tipo de individualidad metropolitana consiste en la intensificación de la estimulación nerviosa, consecuencia del cambio veloz e ininterrumpido de estímulos internos y externos” (p.102) Según este autor, el ciudadano, al estar sometido a estímulos constantes y a un ritmo de vida acelerado, necesita acomodar su intelecto para reaccionar de manera efectiva, “reacciona con su cabeza en lugar de hacerlo con su corazón” (p. 103), lo que presupone un predominio de la inteligencia y la conciencia. Pero en el caso de Mateo, la diversidad de estímulos externos, lo hace retrotraerse, aislarse y evadir su realidad exterior.

Es contradictorio que en las grandes ciudades donde se concentra una cantidad significativa de personas y se éstas movilizan constantemente de un lado otro; el individuo se encuentra cada vez más aislado. Se construyen vías de comunicación para acercar a los pobladores, viviendas multifamiliares, edificios de concreto, grandes empresas y cada vez son más las poblaciones urbanas. Sin embargo, el individuo se encuentra cada vez más solo. Esto se debe a que el ritmo de vida que llevan para sobrevivir y la rutina diaria a la que es sometido no le dejan tiempo para compartir. La vida de Mateo pasa, como ya se mencionó, entre el trabajo y el hogar. En el trabajo está siempre sometido a los cálculos de la contabilidad y casi no se da cuenta de la existencia de los otros. Una tarde al observar a sus compañeros de trabajo, piensa lo siguiente: “Los he estado mirando desde hace años –interminables años- y nunca hemos llegado a fatigarnos de tantas miradas y tantos gestos repetidos, pues cada uno habita su escaño solitario, sin permitir que otro se acerque demasiado…”(p. 45). En el hogar, Amelia está tan ocupada en las labores domésticas y enfrascada en sus pensamientos que casi ni le dirige la palabra y, Antonio, su hijo, sólo tiene tiempo para la universidad, su novia y el deporte.

Según Rotker (1993), “uno de los rasgos de Caracas como espacio de representación y referente es la mutación, la falta de historicidad” (p. 410). Esta ahistoricidad hace que el ciudadano caraqueño se aferre a los recuerdos como única vía de hacer presente lo que se ha desvanecido. En el caso de Mateo, éste se aferra de tal forma a sus recuerdos y pensamientos que deja de escuchar a sus interlocutores, creando un mundo paralelo que lo hace perderse entre el pasado y el presente, llegando a tener vacíos mentales. La forma de vivir en ocasiones afecta y altera la psique del individuo, produciendo en él algunas desviaciones. Desde este punto de vista, se puede citar lo dicho por Eaton (1980), quien al mencionar como algunos factores culturales influyen en la manifestación de psicosis cita las conclusiones de la Universidad John Hopkins.

Los síntomas esquizofrénicos son más comunes entre trabajadores no especializados, granjeros, residentes en casa de departamentos urbanos y otras personas relativamente aisladas socialmente, mientras que las reacciones maníaco-depresivas prevalecen entre los profesionales, las personas socialmente prominentes y los religiosos, que tienen una mayor necesidad de vivir de acuerdo con las expectativas sociales (p. 272)

En el caso de Mateo Martán se puede afirmar que pertenece a la categoría de los profesionales que sienten la necesidad de vivir de acuerdo a las exigencias de su entorno social. Debe ser un profesional respetado, honrado, padre de familia y excelente trabajador.

Eduardo Liendo: Si yo fuera Pedro Infante

Este escritor venezolano nació en Caracas el 12 de enero de 1941. Es de procedencia humilde, hijo de Francisco José Liendo  Talabartero de profesión y Rosa Zurita, una mujer noble mujer dedicada a las labores del hogar. Este autor, por su producción literaria, obtuvo el Premio Municipal de Literatura en el año 1985 y en 1990 el Premio CONAC de narrativa. Trabajó por mucho años en la Biblioteca Nacional donde se desempeñó como Director de Extensión Cultural. En su haber literario se encuentran obras como: Los Topos (1975), Mascarada (1978), El mago de la cara de vidrio (1983, Los platos del diablo (1985), El cocodrilo rojo (1987), Si yo fuera Pedro Infante (1989), El diario del enano (1998) y El round del olvido (2002).

Su producción literaria se enmarca principalmente entre las décadas de los años 70, 80 y 90. Desde el punto de vista de la literatura y su contexto, según Rivas (2004), durante estas décadas, los escritores retomaron la anécdota bien contada y trataban de ampliar su público lector. Afirma que, en los años ochenta y noventa, los escritores ya no sentían la obligación de hacer una literatura comprometida socialmente ni de escribir para la crítica literaria. Su enfoque se dirigía a la búsqueda de una temática más variada, fantástica y que tomara en cuenta lo cotidiano. Se van a incorporar elementos del cine, el deporte, la música, los medios de comunicación y, principalmente, el caos urbano.

Según González (2005), desde el punto de vista del contexto socio-histórico, estas tres décadas estuvieron enmarcadas por una democracia institucional del Pacto de Punto Fijo y financiada por los recursos provenientes del petróleo. Para el autor, el clima de las instituciones públicas estaba dominado por la violencia externa e interna y el chantaje político. Plantea que la renta petrolera era distribuida de acuerdo a las presiones de grupos clientelares y reivindicaciones muy conflictivas, además de existir formas abiertas de corrupción.

Torres (1993) expresa que en la década de los ochenta Venezuela, que hasta entonces se consideraba un país rico, pasó a ser un “monstruo” que fue creciendo progresivamente y donde se ponían en tela de juicio las instituciones de orden democrático, asaltado por la violencia de la calle y un creciente deterioro del entorno económico y los servicios sociales. Se convirtió en un país donde el 80% de la población vive en condiciones de “pobreza crítica” y “pobreza relativa”. La autora afirma que “la década de los ochenta sorprende a Venezuela en una devaluación no sólo económica, sino también política y ética” (p. 36). Luego, continúa exponiendo, que ante esta realidad que cerca al hombre, el cual rechaza la delincuencia de cualquier tipo, sea ésta callejera o, como se dice comúnmente, de corbata, no le queda otra salida que no sea evadirse.

Es precisamente esta evasión del ciudadano común en la que se va a sumergir el personaje principal de Si yo fuera Pedro Infante, la obra de Liendo (1999). En ella se narra (en primera persona) la historia de habitante de ciudad que, por haberse lesionado un brazo, se encuentra de reposo. Desde la habitación de su departamento, se comienza a escuchar el ruido de la sirena de un carro que no lo deja dormir. Por insomnio que le ocasiona el ruido, el personaje comienza a recordar su vida pasada y a tejer una historia donde el protagonista es él mismo encarnado en la vida de Pedro Infante.

El personaje se encuentra desesperado por no poder dormir y la única manera que encuentra de olvidar esta situación es recordando un tiempo mejor: “me cubrí la cara con la almohada como avergonzado por mi flaqueza y, sin saber por qué, mi boca pronunció una frase de conmiseración ‘Dios mío, si yo fuera Pedro Infante’. Es así como comienza a recordar la época de su adolescencia, evadiendo el momento presente, cuando salía al cine con sus amigos a ver películas mejicanas. Es en este evadir y recordar que se convertirá en su héroe Pedro Infante.

Pero no sólo evade el sonido de la corneta y el no poder dormir. También evade la angustia de no saber de su novia Fabiola que en ese momento se encuentra en Chile: “Hoy tampoco pude comunicarme telefónicamente con Fabiola que está visitando a su mamá en Santiago, y eso me provoca una angustia terrible porque en Chile los militares se agarraron el poder y ninguna dictadura es confiable” (p.2). Evidenciando así la presiones a las cuales es sometido el hombre común, viéndose afectado por la situación política.

Además, trata de evadir su propia esencia, trata de olvidar lo que es. No acepta su condición de individuo común de ser anónimo: “Qué bueno sería sepultar a ese ser anónimo que habita en la oficina como un ánima sola, silencioso, distante, tragándose los memos del secretario ejecutivo, ignorado por la féminas que pululan en el Ministerio” (p. 8). Es así como decide dejar de ser él mismo para convertirse en el héroe de su juventud.

Pero esta actitud de Perucho Contreras, este empeño en ser otro distinto, en regresar a su adolescencia, en ser un héroe, también revela una crisis de identidad muy común en las zonas urbanas. Esto según lo planteado por Schachtel (1980) para quien el hecho de tener que presentar un papel para que se identifique a la persona, un pasaporte, una licencia de conducir, genera problemas de identidad en el ciudadano común. Agrega además, que los individuos en “la sociedad industrial moderna (…) se encuentran alienados con relación a su prójimo, a la naturaleza, a la obra de sus manos, su inteligencia y a sí mismo.”

Para Schachtel (ob. cit) en las personas adultas existen dos formas diferentes de manifestar el sentimiento de no estar contentos consigo mismos o de no haber encontrado una identidad aceptable. En primer lugar, el individuo presenta “un retraimiento ansioso o una resignación depresiva, o una combinación de ambas” (p. 37). En segundo lugar, el individuo hace un esfuerzo más o menos consciente de disfrazarse, trata de ser otro, busca jugar un papel y de presentar al mundo una fachada artificial.

La primera característica la presenta Perucho Contreras al iniciar su historia, cuando se sentía desdichado, como abandonado por el mundo entero:

Yo estaba postrado con un brazo roto y sentía una de esas tontas desdichas en las que uno se piensa el ser más desamparado del planeta. Me cubrí la cara con la almohada como avergonzado por mi flaqueza (…), de inmediato sentí una lástima mayor cuando me dije: “¿Qué pensaría Pedro Infante si me viera ahora, en esta situación tan lamentable?” (p. 1)

Su crisis de identidad se acentúa más adelante cuando al darse cuenta, al ser consciente de lo que le pasa expresa: “Y no me explico por qué este maldito insomnio ha revivido estos estúpidos recuerdos; como si fuera muchas personas en una misma vida, como si yo mantuviera alguna identidad con aquel muchacho alelado” (p. 32). Para Torres (1993) “la nostalgia del protagonista por los años sesenta (…) es también la nostalgia de una generación y la expectativa mágica de los que esperan una reinvidicación” (p. 39). Por esa razón, en sus recuerdos reiteradamente regresa a su adolescencia, esperaba un futuro diferente y en su presente sueña con ser un héroe de película. Para esta autora, la novela de Liendo (op. Cit) da cuenta de “una impotencia social que sólo podría ser reivindicada por personajes míticos, y a la vez del descrédito del poder ante el ciudadano común, y de la necesidad de inventar algún tipo de utopía particular” (p. 40).

La idea de ser este héroe o cantante también representa una forma de crisis de identidad, de no reconocerse como persona. Quiere ser el otro para tener una imagen aceptable de sí mismo, para ser lo que soñaba en su adolescencia. Se identifica con Pedro Infante porque este es también de origen humilde, pero con una historia diferente, aunque con un final trágico. Pero dicho final no reviste ninguna importancia para Perucho Contreras, lo importante es dejar de ser lo que es, para no pensar en la visión que tiene de sí mismo. Esto lo expresa de la siguiente manera:

Al incorporarme, llamaría a mamá por teléfono para darle la buena nueva de la forma más considerada: “Vieja querida, yo entiendo que papá y tú hicieron todo lo posible, pero no me soporto más, me caigo mal ¿qué voy a hacer? Sé que siempre me has querido como soy, pero es algo aburrido. Tienes que entenderlo, que importa si al final de todo uno se monta de piloto en un avión de carga y termina estrellado y frito en cualquier patio. Es bueno morir así, si uno es un mito llamado Pedro Infante héroe de película. (p. 41)

Otro aspecto que es importante destacar en el personaje principal de este relato, es la presencia de una violencia contenida, que a su vez se convierte en impotencia. Se observa cuando Perucho Contreras ante la permanencia del ruido desea ser un personaje valiente para atreverse a destrozar el carro que lo ocasiona: “Parece que no hay un hombre arrecho en este país, (…) porque un hombre macho bajaría ahora con una lata de gasolina y le prendería fuego a ese monstruo con ruedas. Eso haría yo si fuera Pedro Infante” (p. 3). Esta violencia contenida se repite una y otra vez cuando recuerda que Fabiola, su novia, podría estar en peligro: “llego a Chile y ra-ta-ta-ta, tumbo esa vaina” (p. 5), “ra-ta-ta-ta-ta, ra-ta-ta-ta-ta, para hacer una revolución quimérica. Para derrotar todas las malditas cornetas del mundo” (p. 47). La presión a la que es sometido por tener que estar encerrado en su apartamento y tener que soportar el ruido durante la madrugada y la tensión que le genera una situación política externa lo hace sentir el deseo de explotar en una agresividad contenida que descarga a través de la escritura de la historia de Pedro Infante. Se evade y a la vez contiene sus sentimientos de rabia e impotencia.

En este punto, vale la pena recordar que al año siguiente de ser publicada por primera vez esta obra, se produjo el sonado caracazo. Este fue una explosión social que se produjo a raíz del anuncio de las políticas económicas del, para entonces, recién electo presidente Carlos Andrés Pérez. González (ob. Cit) expresa que Pérez fue reelecto con la ilusión popular de un renovado reparto rentista pero el país quedó sorprendido ante el anuncio de que el país estaba quebrado y que requería fuertes medidas económicas y del desencanto se pasó a la rabia y de allí a la explosión social. Fue el desenlace final de un desencanto acumulado por algunos años.

A manera de conclusión

Como se pudo determinar a lo largo del trabajo, la ciudad como elemento de espacio y tiempo en la obra de ficción, se puede extrapolar y tomar de ella elementos que pueden ser identificables con el contexto político-social en el cual fue creada. En las obras presentas se mostró como la realidad cambiante de la ciudad afecta al individuo ocasionándole trastornos de personalidad. En ambas se pudo determinara que los protagonistas presentaban crisis de identidad ocasionada por la frustraciones externas. Los personajes principales evadían su realidad inmediata de forma diferente: Mateo Martán se encerraba en sí mismo, en sus pensamientos y creaba un mundo muy particular; mientras que Perucho Contreras evocaba su pasado y a la vez, se convertía en un héroe de película. En ambos casos es un elemento externo el que ocasiona la crisis interna: En Mateo, la muerte súbita de su jefe, en Contreras, el ruido infernal de una alarma de un carro.

Referencias
Delprat, F. Venezuela narrada. Mérida, Venezuela: el otro, el mismo

Eaton, J. (1980). La Salud Mental de los Hutteritas. En La Soledad del Hombre.6ª ed. Caracas: Monte Ávila pp. 267-278.

González, S. (2005). La ciudad venezolana. Una interpretación de su espacio y sentido en la convivencia nacional. Caracas: Fundación Para la Cultura Urbana.

Iser, Wolfgang. (1985) Interpretación y análisis de la obra literaria. (M. Mouton y V. García, Trad.). Madrid: Gredos.

Liscano, J. (1995). Panorama de la literatura venezolana actual. 2° ed. Caracas: Alfadil ediciones

Navarro, A. (1970). Narradores Venezolanos de la Nueva Generación. Caracas: Monte Ávila

Rivas, L.M. (2004). Las mujeres toman la palabra. Antología de mujeres venezolanas. Caracas: Monte Ávila

Rotker, S. (1993) Crónica y Cultura Urbana: Caracas, la última década. En Venezuela: Fin de Siglo. Caracas: Ediciones la Casa de Bello

Schachtel, E. (1980). Identidad y Alienación. En La Soledad del Hombre.6ª ed. Caracas: Monte Ávila pp. 33-48

Sigrid V., Y. (1995). Diálogos sobre literatura en el umbral de los sesenta. En: Literatura y Cultura Venezolanas (pp. 179- 193). Caracas: Ediciones La Casa de Bello, Colección Zona Tórrida

Simmel, G. (1980). Metrópolis y Vida Mental. En: La Soledad del Hombre.6ª ed. Caracas: Monte Ávila pp. 99-119

Torres, A. (1993) El escritor ante la realidad política venezolana. En: Venezuela: Fin de Siglo. Caracas: Ediciones la Casa de Bello

Publicado en: Letras, Vol. 50, N° 76, 131-151

Deja una respuesta