literatura venezolana

de hoy y de siempre

El Dragón Comeduendes  o cualquier título que prefieras, de Efrén Barazarte

Por José Ygnacio Ochoa

Las bestias que sirven, aman, y defienden a sus bienhechores, y que persiguen y ultrajan a los extraños y a quienes les ofenden, dan con ello cierta imagen de nuestra justicia, como también la dan cuando distribuyen por igual el alimento a sus cachorros. Montaigne, Ensayos III

El Dragón Comeduendes o cualquier título que prefieras  (Ediciones Presagios, Serie Ceiba. Cancún, México, 2002) de Efrén Barazarte da cuenta de un mundo que no es este otro por demás común. Leer estas historias es darse un viaje, es encontrarse con personajes que alucinan por la manera de cómo son y cómo responden ante tantas ocurrencias. Debo comentar que  en estas historias se concentran un buen número de las características de los microrrelatos esbozadas por Violeta Rojo y Geraudí González Olivares entre otros investigadores del concepto y variantes  de la  microficción. Veamos, la primera condición está dada con  el rasgo de la brevedad, unido a lo proteico, entendido este, como la confluencia de las diferentes formas discursivas (poesía, ensayo, relato, fábulas, sentido mitológico, entre otros) sumemos a ello el carácter de lo asombroso, como elemento distintivo, además de la relación de los títulos con el resto de lo narrado y los referentes que marcan una designación en las historias. Desde «Pedro, quien soñaba con bosques», primero en el orden de aparición, microrrelato narrado en tercera persona, nos entrega una indicio de cómo seguirán el resto de las historias. Historias que no sabemos cómo llegan, ni cómo terminan, pues quien tiene la última palabra es el lector. Con todo esto, aparecen también dos constantes en los microrrelatos en cuestión, hablamos del espejo y los sueños.

Con los sueños sucede que nos da una sensación de lo inacabado, el asunto no tiene un comienzo  y no sabemos a dónde llega, insisto en esta cualidad.  Lo que importa en todo caso es la manera de cómo nos cuenta el narrador todo este entramado de situaciones, el ejemplo lo tenemos con Pedro, el personaje, y de cómo duerme entre las ramas. En el micro «Soñaba que la profesora de geografía era su novia»; entonces me pregunto, quién no se ha enamorado de su maestra, qué alumna no ha tenido un amor platónico con su profesor. Como si nos detuviéramos en el tiempo para imaginarnos eso que anhelamos, aun así no se lo contamos a nadie. Este narrador sí lo cuenta.

Realidad y ficción se confabulan para dar rienda suelta a los pasajes inverosímiles de estas historias.

Los acontecimientos de la realidad son tomados para hilvanar el juego del narrador, tal es el caso de figuras  públicas como Osama Bin Laden, Casius Clay, Bill Gates, Pedro Infante, Aquiles Nazoa, Fujimori, Montesinos, Uslar Pietri, Juan Calzadilla, Jorge Luis Borges —que al revés es SEGROBIULEGROJ, así lo acota el narrador—, Andrés Bello y hasta el propio Eduardo Liendo —el mismo de El Mago de la cara de vidrio— entran en el juego de esta voz narrativa. Juegos de palabras, profesores, avenidas, el barrio y la cancha van en este andamio de escenarios superpuestos. Cada uno en su momento. Cada uno en su espacio. Todos protagonizan un imaginario que encontrará resonancias en lectores…el bucle se arma desde la lectura de estas referencias que entretienen y propician esa sonrisa que surge entrelíneas. Como el caso de La canción de Rolando, Moby Dick y muchos otros indicios que colman estos pasajes. Rinocerontes, dinosaurios y; hasta árboles y maniquíes que hablan nos sorprenden a cada instante. Debemos mencionar los espacios de la cotidianidad de la ciudad de Maracay, tales como: el Parque Henry Pittier, la plaza Bolívar, la calle Miranda y el  Ateneo de Caracas y así otros que se convierten en cómplices de este discurso — ¿Barazarteano? — entre un sinfín de peculiaridades de cada historia.

En estas fábulas el humor y la ironía se convierten en un aliado del narrador. En «Se advertía a sí mismo que no era un sueño» vemos esto: Reía y silbaba al mismo tiempo. Pensaba que no era un sueño sino la realidad, sin embargo Pedro tenía razón. No era un sueño sino dos… El enunciado idiomático está con el giro sarcástico que pertenece a los personajes, cada acción que surge va contenida de esa fuerza en la expresión cercana, en gran medida, al recurso de la oralidad, es decir, la que se cuenta como fábula, invención o parábola. La existencia de una complicidad es fundamental para el desarrollo de la historia, debe existir el otro que escucha con fruición para luego darle coherencia a lo que se piensa y posteriormente se dice. Insistimos en los giros del habla, la palabra se materializa, se van construyendo, —sí, en gerundio, no existe otra manera— puentes, como lo afirma Aldous Huxley, para establecer ese vínculo entre los semejantes. La palabra se menciona con las historias y en consecuencia se evidencia, se convierte en otra realidad, la que se cuenta, la que se padece y la que se disfruta, es el deleite de «decirse con la voz». En este ejercicio, las distancias entre lo dicho y lo escrito se acortan, van casi que al unísono, creemos que es la intención de Barazarte;  y se logra, por cuanto, al leerse el microrrelato, el lector se percatada del recurso propuesto.

Los personajes son libres de decir lo que piensan y sobre todo lo que sueñan.

Cincuenta y cinco historias para leerse o leernos, sí, nos encontraremos con hormigas gigantes, cuartos llenos de neblina, conejos del más allá y pare usted de contar. En  estas historias nos vamos descubriendo como lo que no somos. Imágenes tras imágenes para reinventarnos, luego, por eso insisto en lo sugerido, la voz que cuenta historias acopladas en el goce ficcional. Apreciamos el espacio que ocupa el sentido poético, giros que son inevitables en la construcción de los microcuentos. Carácter que afianza el temple escritural de Barazarte y que se manifiesta como poeta, forma discursiva que lo identifica. Cada relato es un encuentro con otra dimensión de lo contado. Momentos que van y vienen. Momentos de absoluta alucinación con lo inesperado. La inverosimilitud se antepone a lo pensado para que la emoción de este viaje por otros mundos insospechados —como los espejos— que se manifiestan con poemas. Es el canto entre historias: ánimas que se descubren en esos cantos para decir de los vuelos en los espacios de la madrugada. Todo esto y más es El Dragón Comeduendes, con nombre propio y demás. Un dragón que viaja por otros senderos, otros recovecos, otros parajes de la inconciencia del narrador y del lector. Un viaje sin conceptos, ni funciones preestablecidos, acá lo que importa es ese transcurrir insinuado por la ilusión.

Creemos que la totalidad del libro puede ser leído, no solo por jóvenes, por aquello de literatura juvenil, sino que está perfecto para que otros lectores no tan jóvenes en edad, lo disfruten como adolescentes también.

*Foto: http://circulodescritoresvenezuela.org

Deja una respuesta