literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos relatos de María Celina Núñez

Los mismos perros de presa

Estás en la misma ciudad de siempre, te dicen, pero sabes bien que ahora es otra y que debes ubicarte en 1989, casi diez años atrás. Tienes la sensación de que todo eso es muy remoto, realmente inalcanzable. Pero las coordenadas no sirven de resguardo y ahora te exigen, solapadamente, una relación de la vida que llevabas entonces. Te dicen que nada te obliga, pero comprendes, en ese cuarto gris, que te conviene hablar. Alguien aduce que la ocasión es buena porque así puedes recuperar ese tiempo para tu memoria, pues en los últimos años siempre te quejaste de que era una década nebulosa en tu vida, y entonces se te clava la primera pregunta: ¿cómo saben eso de ti? ¿Dónde estás y qué está pasando? Cierras los ojos buscando una conexión pero no encuentras nada, sólo te sientes suspendida en un enorme cansancio. Vuelven a preguntar, sin saber que se trata de un intento inútil: esa parte de tu vida es oscura porque, cuando fue necesario ocultarte de todos, también lo hiciste de ti misma y el miedo lanzó un manto sobre tu memoria.

Pero ellos te ponen en el apremio de ser más precisa: saben que no siempre te ocultaste sola y sueltan por primera vez el nombre de Elvira y es como si te agujerearan el cerebro: ¿cómo pueden saber de ella y de ti? Quieres decirles que ese interrogatorio es una mala idea, no tienes nada que informar: investigaron bien las apariencias y eso tan sólo los pone al mismo nivel que tú. Vivías junto a ella al margen de todo y ahora ellos quieren saber de la ciudad de entonces. ¿Qué importaba la ciudad para quienes habían elegido una vida de topos en las alcantarillas? Podrías hablarles de algunas calles, de ciertos escondrijos, de dos muchachas golpeándose o besándose en la madrugada. Pero todo eso ya lo saben y le dan un viraje a la conversación. Retroceden aún más en el tiempo y te preguntan por tus veinte años. Quieren saber de tu temprana juventud. Les respondes que entonces no te dabas cuenta de que fueras joven. Te miran con impaciencia y te pasan a otro cuarto.

Mientras esperas, entiendes qué es lo que verdaderamente les interesa. Empezaron con Elvira para que supieras cuánto conocen de ti, pero en el fondo saben bien que no tienen nada qué buscar en ese período de tu vida; en realidad quieren saber de Alfredo, pero, ¿por qué después de tantos años? Todos esos años en los que te creíste a salvo.

Debes recordar canciones —insisten— haber seguido una moda, estar al tanto de lo que ocurría a tu alrededor. Dices que siempre te has peinado y vestido igual, que nunca te interesó la música. No hablas de lo que ocurría entonces —de lo poquísimo que no pudiste olvidar. Sabes que bajo ningún aspecto puedes mencionar a Alfredo.

Pronto comprendes por qué te cambiaron de cuarto. Proyectan imágenes en la pared: una fotografía en la que apareces con un aire de hippie trasnochada (ya eran los ‘80) junto a un joven de barba y lo confirmas: todo esto es por Alfredo. En esa época todo parecía seguir un curso adecuado, dice uno de ellos con sorna. Tú piensas que en verdad todos ellos saben más de lo que creen: todo parecía seguir un rumbo correcto en ese tiempo; y la burla en tu rostro no deja espacio para que se note la turbación.

Te muestran otras fotos en las que apareces con un grupo y respondes la verdad: no recuerdas sus nombres, sólo los veías casualmente. No les dices que estaban muy ligados a Alfredo y que tú nunca quisiste saber demasiado. Vuelven sobre esa imagen que los muestra juntos a los dos. Te preguntas cómo la consiguieron si tú misma llevabas años sin verla. Dices su nombre porque sabes que hace años se fue lejos. Pero no podrías decir nada sobre los demás: no tienes idea de qué pasó con ellos, aunque te imagines algunas cosas. Cambian de imagen y de nuevo aparece la foto del grupo. Te quedas absorta mirando cómo eras entonces. Comienzan a notar el brillo de tus ojos. Les dices la verdad: habías olvidado por completo las vacaciones en aquella casa de campo. Insisten, pero sigues sin hablar. No comprenden que te cuesta mucho articular los recuerdos, y que justamente ese año se hizo inevitable el cerco que lo destruyó todo. Que te entregaste, te encerraste como una planta marina que no despega sus hojas ni para procurarse alimento.

Hablas un poco a ver si te dejan en paz. Nombras gente que supones a salvo, cuentas lo que estudiabas, hablas de los bares, de las calles llenas de huecos, de las noches en que sólo deambulaban él y tú… Mientras tanto, notas que realmente vas recordando ciertos detalles: el barrio, el carro blanco atravesando la neblina de la montaña, los amaneceres en la playa, el crepúsculo reflejado en el espejo retrovisor, tu mano extendida fuera de la ventana tratando de detener el viento, el amor trasuntado en infinito…

Te llaman la atención porque llevas mucho tiempo callada. Hacen cualquier cosa para no perder tiempo con tu silencio. Seguramente ellos también tienen su vida allá afuera y la viven sin recordar las imprecisiones que te van arrancando y que anotan en un cuaderno. Adónde irá eso, te preguntas. ¿Cuándo te dejarán descansar?

Vuelven a buscarte al día siguiente. A propósito no apagaron la luz, para que pudieras llamarlos en caso de que recordaras algo (hasta entonces llevabas muy bien la cuenta de las horas transcurridas). Pero no eran pacientes aquellos buscadores de memoria: a pesar de la luz inmutable, una vez comprendiste que te despertaban en plena noche. Estaban llegando a su límite y ocurrió algo inimaginable: te mostraron una fotografía de Elvira y te advirtieron que la buscarían si ése era el único modo de obtener información… Te quedaste embelesada mirando su rostro y sólo sentiste miedo cuando te arrancaron el retrato de la mano.

Con ella habías comenzado a recuperar la normalidad después de esos meses vagando a escondidas, siempre drogada, evitando los lugares fijos. El confinamiento que elegiste con ella te devolvió la tranquilidad perdida cuando te viste obligada a desaparecer, irremediablemente separada de Alfredo. Y durante los minutos que esos hombres te permitieron tener su retrato, volviste a sentir aquel alivio, aquella tibieza.

Llevabas años sin tener noticias suyas; pero, si la encontraban, sabías que ella tampoco tendría nada qué decir. Temiste por ella. Sin darte cuenta, a medida que perdías el control del tiempo, se había apoderado de ti una cautela, la sombra de un péndulo cada vez más cercano. Sólo al ver de nuevo su rostro comprendiste que tenías miedo, que debías temer. Que ese encierro inexplicable, ese interrogatorio eterno, no acabaría sólo porque no recordaras o no le encontraras sentido. La cara de Elvira te hizo ver que no bastaba tu conciencia del absurdo para poner fin a aquello. Por primera vez miraste un poco hacia atrás intentando recordar los días anteriores a esas paredes grises. Logras ver un dormitorio, un teléfono. El sonido ininterrumpido del televisor, las cortinas cerradas. Te traían algo de comer y cigarrillos. Tú los pedías por teléfono y dabas un número al que cargaban la cuenta. Recuerdas las pastillas: creíste haber llevado suficiente. Llegó el día de la decisión y tomaste todos los frascos que quedaban. No lo hiciste porque extrañaras a nadie. Ya llevabas varios años sola de nuevo, deambulando siempre drogada con tranquilizantes, decidida a no volver a apegarte a nada. Quisiste escribir una nota pero no supiste a quién dirigirla. Y, pastilla tras pastilla, en grupos de cinco, todo se fue oscureciendo. Si todo hubiera salido bien, te habrían descubierto después, descompuesta. Un cadáver que nadie habría reclamado. ¿Cómo imaginar que había sabuesos tras de ti luego de tantos años? De pronto sentiste que eran ellos quienes te debían una explicación: ¿cómo habían logrado sacarte de aquel dormitorio? ¿Por qué te habían traído aquí? ¿Cómo habían dado contigo? La furia salió como un vómito que los sorprendió a todos. Luchaste. Violaste por primera vez el límite silencioso que te habías impuesto. Peleaste hasta que te derribó el primer puñetazo.

Ahora te tienen atada a una cama dura, no puedes mover la cabeza pero el frío del metal te indica que no hay colchón. Un ruido constante te produjo al despertar la sensación de que estabas aún en aquel dormitorio en dónde habías decidido sepultarte. Pronto el ruido se transformó en voces, tal vez quejidos, que llegaban del otro lado de la pared. Ya ha pasado un rato y cada vez que vuelves a despertar crees que la escuchas a ella y te recuerdas llamándola por teléfono desde ese hotel donde diste todo por consumado, y te cuelgas de la dulzura de su voz mientras la oscuridad te va arropando. Un pensamiento terrible te sacude: si ya no estás en el hotel, ¿cómo puedes tener la sensación de su voz? ¿Es posible que sean suyos los quejidos de al lado? ¿Acaso la entregaste? ¿Acaso te arrancaron lo único que habías decidido no olvidar? Quieres salir pero es como si estuvieras sujeta con clavos. Sientes dolor. Un dolor idéntico al que te infligieron antes de caer en ese sueño extraño. También la tienen a ella. La tuvieron desde el principio. Sólo de Elvira podían haber obtenido esa foto que las mostraba juntas. Otras cosas tuyas, que habías dado por perdidas para siempre, las había ocultado ella para que nada se interpusiera entre las dos. Ese retrato de 1980 por ejemplo. Eso probaba que la habían encontrado primero que a ti. No. Las encontraron al mismo tiempo. Tú, moribunda, le pusiste sin querer una celada al llamarla por teléfono, y mientras te reponías, los verdugos se ocuparon de ella.

¿Y por qué no te tomaron antes si conocían tu paradero? Tal vez pensaron que estabas en ese cuarto por otras razones y que, si esperaban, los conducirías a alguien más. Cómo llegaron a ti era un misterio. Sin duda, alguien había sido descubierto antes y había hablado. Quisiste controlarte, tratar de comprender cómo había ocurrido esto después de tantos años, cómo era que ellos aún seguían buscando.

Volviste a repetirte que en ese tiempo vivían ocultas, ajenas al mundo. Que la huida de los ojos de todo les había hecho imposible ser testigos de algo. Que te habías unido a ella cuando había pasado demasiado tiempo de aquel asunto malogrado, cuando ya tu mente había dejado atrás todo ese fracaso. Recordaste que al salir de tu ocultamiento ni siquiera habías intentado saber lo ocurrido con los demás; te bastaba la certeza de que Alfredo había tenido tiempo de irse lejos. Luego habías vagado evitando cualquier compañía duradera hasta que encontraste a Elvira. Nunca le contaste nada concreto. Los pocos objetos que conservabas poseían apenas un valor personal. Pero ahora era indudable que la tenían en el otro cuarto y le habían arrancado todo lo que habían usado contigo: las fotos, el nombre de Alfredo, la historia de las dos. Ella no sabía nada más. Por eso usaban su martirio para provocarte. Los secretos de él ella nunca los supo y tú los desterraste de la memoria porque no querías volver a saber nada de ese episodio y porque tampoco querías que nada se interpusiera entre las dos. Si ella guardó la foto de Alfredo, fue sólo para que no volviera a estar al alcance de tus ojos.

Comienzas a gritar que traigan la foto de él otra vez, que lo contarás todo pero que la dejen en paz. Nadie viene. Gritas para que te oigan, para acallar los quejidos de ella o reventarte en el grito. Chillas hasta que te das cuenta de que ya no se cuela su voz entre el silencio. Como ese ruido suspendido, tu cuerpo no se mueve hasta que oyes los pasos que se aproximan: ahora te toca a ti.

Mientras el metal de la puerta se somete al repliegue del cerrojo, sólo una imagen te viene a la mente: ella está exánime. Te rompes la cabeza tratando de recordar. Estás totalmente dispuesta a esta delación estúpida, extemporánea. Pero tu memoria no responde. Te va a pasar lo mismo que a ella, te van a destruir porque no podrás decirles lo que quieren escuchar. No te salvarás ni podrás liberarla a ella. Cuando los ves entrar, sólo puedes pensar en una cosa: igual que en ese libro que una vez leyeron muy juntas y unidas, estás presenciando cómo los mismos perros de presa han hallado sus distantes esqueletos, no para sacarlos de la tierra sino para sepultarlos en ella.

LUMP

Para Ana María Hernández

Palabras de Lydia

Nunca pensé que esto pudiera suceder, Sergio. Te juro que no se me ocurre dónde pueda estar Irene en este momento. Si no la hubieras dejado ir. Pero claro, cómo lo habrías impedido. De todas formas, si supiéramos dónde está ¿qué podríamos hacer? Jamás pensé que te hubiera ocultado aquella historia, y menos aún que siguiera siendo tan importante para ella.

Palabras de Irene

Menos mal que te encontré, Sergio. Debí venir de inmediato pero tenía miedo y necesitaba pensar. Pero ya han pasado dos días y no puedo seguir esperando. No sabes cuánto me cuesta recordar. Anteayer, cuando volví de donde Lydia, me encerré en la casa: he pasado estos días espantando recuerdos que creí muertos, que no tendrían que haber aparecido nunca y menos en este momento. Pero después de todo, tampoco es tan extraño: fue una mañana demasiado parecida a aquella de 1990. Sé que nunca te hablé de eso; realmente pensé que lo había dejado atrás. En aquel entonces, por una cuestión de mala suerte me vi obligada a darle una explicación a Marcelo, alguna vez te lo mencioné ¿recuerdas?, pero estaba tan intoxicada que desde entonces siempre me costó separar la realidad de las excusas que había inventado. Había pasado una noche terrible, sin dormir, mientras a mi lado Giacomo descansaba como si ya todo no fuera inminente. Me levanté y me fui al amanecer. Cuando salí del hotel comencé a llorar y llegué descontrolada a casa de Lydia. Fue difícil contarle lo sucedido, explicarle algo que se había venido hilvanando silenciosamente y que yo me había resistido a comprender. Fue como si la memoria se fracturara. A ella no quise mentirle, pero recuerdo que no lograba responder con precisión a sus preguntas. Al final me dio unos calmantes y me fui a mi casa. Cuando desperté en la tarde, Marcelo había llamado varias veces. Yo me había estado mostrando indiferente, pero cautelosa, como resguardando el espacio que quedaría vacío cuando Giacomo se marchara. Peor en las últimas semanas disimulaba cada vez menos. Me decía “No me importa nada, me la juego.” Pero esa tarde ya lo sabía todo perdido y por eso tuve cuidado con Marcelo. Ahora, cuando trato de recordar, todo se me confunde y lo único claro es el dolor profundo que creí haber olvidado, a pesar de que han pasado cinco años.

De todos modos, después de que Giacomo se fue, dejé a Marcelo. Pero no debo quejarme. Cuando conocí a Leonardo hace dos meses sentí que debía poner distancia porque esa historia podría repetirse. Y así fue: anteanoche, cuando lo vi meciéndose en el mar, todo se devolvió como una sombra que hubiera estado cercándome. Otra vez sé bien lo que sucedió, pero no acabo de organizarlo en mi mente. Tengo clarísima la impronta del golpe, pero no sé cómo decírtelo y tienes todo el derecho a preguntar porque yo vengo aquí una vez a la semana desde hace años y nunca te hablé del ’90 y, salvo ese estruendo que salpicó como un chasquido, las únicas palabras que me vienen son las de hace cinco años y comienzo a hablarte y me doy cuenta de que te digo parte de lo que dije entonces a Marcelo, mezclando con lo que hablé hace menos de cuarenta y ocho horas con Lydia y no quiero mentir, pero a lo mejor lo estoy haciendo y sigo hablando y no puedo parar.

Palabras de Lydia

Creí conocerla lo suficiente, Sergio. Nunca pensé que fuera capaz de tanto silencio conmigo y sólo ahora comienzo a entender la magnitud de lo que ocurrió hace cinco años. En aquella época supe desde el principio lo que Marcelo podía significar para ella. Era suave como un muchacho, justo en ese punto que tanto la seducía; y yo estaba segura de que cuando ella se iba con él se disolvía sin peligro y se aligeraba de sus cargas. No hay por qué amar, decía Irene y yo comprendía muy bien lo que significaba eso. Marcelo también lo entendía, por eso toleraba sus desapariciones. Sabía que ella carecía de la fuerza para enfrentar los extravíos y que, cuando sintiera el peligro, volvería a él. Marcelo parecía decir con todo aquello; no hay por qué ser amado y tenía razón, Irene siempre volvía. Quizá por eso no supe comprender lo que estaba sintiendo por Giacomo. Es cierto que me perturbó cuando se apareció en mi casa aquella mañana que yo creí enterrada, temblorosa, perdida en las palabras, diciendo una cosa y después lo contrario y repitiendo el nombre de Giacomo una y otra vez.

Palabras de Irene

“Marcelo, ven a buscarme. Tienes razón cuando dices que no consigo estar sin ti. También tienes razón con lo de las pastillas, cada día me excedo más. No podía salir de casa ni hablar por teléfono. ¿Sabes que no tengo ropa que ponerme desde hace días? Ahora que estoy más despejada no sé qué hacer para estar medianamente presentable y salir. Todo esto se me nota en los ojos; ya tú lo has dicho: lo más ligero es lo más tenaz y esas dos membranas no me responden. El sueño del pez en el cuerpo de la mujer se me ha estado repitiendo: las espinas salen del pez y se clavan en ella. Marcelo, ven a buscarme. Ni siquiera puedo caminar hasta la ducha. ¿Por qué insistes con lo de los espejos en el techo, si ya te dije que llevo una semana sin salir de aquí? ¿Qué puedo haberte dicho? No recuerdo nada, ya sabes cómo me ponen las pastillas. Lo de los espejos debe haber sido un sueño. Sabes que no te miento jamás.”

Pero te estaba mintiendo, Sergio, porque estaba muerta del miedo, igual que cuando llegué aquí.

Palabras de Lydia

Luego, esa misma tarde, me llamó para que le contara lo que había sucedido, me sorprendió que no recordara casi nada de lo que habíamos hablado apenas unas horas antes. Comencé a hablar y a cada momento me increpaba porque sus silencios me desconcertaban. Entonces preguntó por los espejos, eso me desarmó: lo único claro que había dicho esa mañana era que había pasado la noche en vela mientras Giacomo dormía a su lado, mirando su propia cara repetida en los espejos del techo y que esa imagen la había llenado de pavor. Tampoco lograba recordar en qué momento se lo había dicho a Marcelo y si había nombrado o no a Giacomo. Pero estaba preocupada por Marcelo. Me dijo que su única salida era atrincherarse en la excusa de las lagunas que le producían las pastillas y repetirle una y mil veces que debía tratarse de un sueño que ya había olvidado. Me dijo que no quería perderlo, que sólo él podría ayudarla a salir de aquello.

Palabras de Irene

No quería que Marcelo me dejara. Sólo veía la imagen de Giacomo tomando un avión, dándome la espalda en cualquier calle, despidiéndose incluso con una sonrisa. Sentía que Giacomo no volvería a aparecer. Llevaba una semana sin saber de él; estaba segura de que no había regresado a Madrid, pero sabía que tampoco volvería a mí. “No quiero que Marcelo me deje” era lo único que repetía. Giacomo se lo llevaría todo, que al menos su ausencia no me separara de Marcelo. No podía creer que hubiera sido tan grande mi desvarío.

Palabras de Lydia

Una semana después encontré un recado de Irene. Tal como yo pensé. Giacomo la había llamado para decirle que esa misma tarde volvería a Madrid. Tengo que verte, fueron sus palabras, y salí a encontrarla. Fuimos a uno de esos lugares que frecuentábamos entonces. Me contó que había insistido en verlo antes de que viajara. Me repitió varias veces cómo, luego de la despedida, no se permitió mirar atrás y se fue perdiendo en las escaleras del metro. De allí fue a la universidad y almorzó tranquilamente con una amiga. Me dijo que se sentía bloqueada, pero de inmediato comenzó a llorar. Nunca en tantos años la había visto así. Sólo dijo: “No puede haber sido tan grande mi desvarío”, y ya no habló más. No volví a verla en varias semanas y se negó durante todo ese tiempo a atender mis llamadas. Marcelo me buscó para decirme que Irene lo había dejado. Ha pasado tanto tiempo, Sergio. Con los meses pareció recuperarse, especialmente después de que comenzó las consultas contigo; y todo volvió a la normalidad hasta que hace dos días llegó a mi casa de ese modo tan sorpresivo.

Palabras de Irene

La primera vez que vi a Leonardo supe que debía alejarme de él. ¿Recuerdas que te lo dije? Tenía esa marca en la frente de los que no pertenecen a ningún lado. No quise admitirlo en el momento, pero me recordó a Giacomo. Cuando volvimos a encontrarnos, mientras fumábamos en aquel lugar, supe que pasaría la noche con él. Terminamos en esa calle oscura, caminando hacia el cuarto donde él vivía. Durante estos dos meses que no vine a tu consulta, me sentía atrapada por él y no dejaba de resonar en mi mente aquella frase que acostumbraba decirme Marcelo: tenía razón cuando afirmaba que me faltaban fuerzas para enfrentar los extravíos. Comencé a sentir que me debilitaba y que si seguía con Leonardo acabaría por hundirme otra vez; pero nunca pensé que todo terminaría así.

Palabras de Lydia

Ella llegó a hablarme un poco de Leonardo: ya sabes que no nos veíamos tanto como antes. Por eso me sorprendió verla en mi casa anteayer. Llegó desesperada hablando de Marcelo y de Giacomo, pero sin mencionar ni por un instante a Leonardo. Era como si en su mente el tiempo hubiera retrocedido, y yo no lograba entender el motivo de su desesperación. Habló mucho en los últimos años del daño que le habían causado las pastillas. Pero no terminaba de decir nada concreto, y jamás me hubiera imaginado lo que ocurrió si tú no me lo cuentas. Tampoco sabía que llevaba tantas semanas cancelando las citas contigo. Claro que creo que debemos buscarla, pero no tengo idea de dónde haya podido ir. Por otra parte, ¿qué haríamos si la encontramos? En muy poco tiempo lo sucedido se va a saber.

Palabras de Irene

Sólo recuerdo el golpe, Sergio. Ese sonido no ha parado de retumbarme en la cabeza; y después ese aturdimiento como si todo se hubiera detenido, como si no acabara de ocurrir algo tan definitivo. La cara de Leonardo desapareció; yo misma estaba como suspendida: escuchaba el mar como si fuera a tragarme de un momento a otro. No sé cuánto tiempo pasó ni cómo fui a parar a casa de Lydia; teníamos tiempo sin vernos. Fue un viaje inútil, no me atreví a decirle nada. Pero te juro que nunca planeé ocultarle lo de Giacomo, simplemente yo misma lo había olvidado, hasta que Leonardo apareció, y fue como si todo comenzara a confundirse en mi mente: muchas cosas que nos pasaban, sentía que ya las había vivido con Giacomo, había instantes brevísimos en que sus rostros se me confundían. Comencé a sentir que todo volvía a ahogarme: cada vez me convencía más de que él sobreviviría a todos esos excesos y yo volvería a sucumbir. Antenoche en la playa, la última noche, él estaba muy borracho y hablaba compulsivamente. Yo ya no soportaba sus palabras inconexas y quise irme, pero él me detuvo. Entonces empecé a golpearlo y él me devolvió los golpes. Seguimos luchando hasta que de pronto se dejó ir hacia atrás y cayó de espaldas en la orilla y se quedó balanceándose entre las olas, completamente ajeno a lo que acababa de ocurrir. Sentí la noche tan oscura, el rugido del mar tan envolvente. Me di la vuelta para marcharme y mientras caminaba imaginé su voz al día siguiente, diciendo que no había pasado nada, preguntándome por qué lo había dejado solo en el mar. Entonces la furia volvió a apoderarse de mí. Corrí hacia los árboles, empecé a patearlos, a arrancar las hojas, a gritar: era la noche que estaba tragándome. Si no me aferraba a algo me iba a devorar. En ese momento vi la piedra y me serené. Sentí que si no me movía no pasaría nada y así me quedé un rato. Fue entonces cuando oí la voz de Leonardo que me llamaba mientras chapoteaba en la orilla. Ahí fue cuando agarré la piedra con las dos manos. Me voy antes de que lo encuentren. No voy a volver en mucho tiempo. Cuando me iba de la playa sólo pensaba que no debía mirar atrás y, desde entonces, ese sonido no deja de retumbarme en la cabeza. Es lo único que recuerdo con claridad del ruido del golpe cuando le tiré la piedra. Debe haber sido porque tenía la cabeza en el agua. Sonó algo así como LUMP.

*Publicados en: http://maria-celina-nunez.blogspot.com. Imagen: Meninas de Picasso

Deja una respuesta