literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos libros de cuentos imprescindibles

José Carlos De Nóbrega

La obra cuentística reciente de Orlando Chirinos (Maracaibo, 1944) significa un punto notable de inflexión en su escritura narrativa publicada a la fecha de la presente aproximación, sobre todo en el caso de los volúmenes titulados Mercurio y Otros Metales (1997) y Los Días Mayores (2005), los cuales se regodean en los motivos de la falsificación y parodia del discurso literario y la vindicación de los personajes marginales como héroes auténticos de una época finisecular que, cinco años después, seguimos viviendo y de la cual disertamos aún con volátil empecinamiento. Si bien tales temas han sido tocados por otros autores, etiquetados por la crítica con el blasón del Postboom, es harto destacable la personalidad vigorosa y generosa de Orlando Chirinos en su abordaje, amén de su estupenda factura técnica. Es innegable la depuración de fondo y forma del trabajo narrativo de Chirinos, el cual parte de su primer libro de cuentos, su conmovedora Última Luna en la Piel (1979), para luego pasar por el resto de su producción cuentística y novelística: las colecciones de relatos Oculta Memoria del Ángel (1985) y Pájaros de Mayo, su trueno verde (1989), además de las dos ya referidas que son materia de este ensayo, y las novelas En virtud de los favores recibidos (1987), Adiós gente del sur (1991), Imagen de la Bestia (1994) y Parte de Guerra (1998). La catedrática Ángela Romero Pérez (2000), de la Universidad de Salamanca, ratifica por qué es pertinente la lectura de la obra de Chirinos –de resonancias impertinentes e impenitentes para lectores poco atentos-, sin apelar a crípticos razonamientos académicos: “Hasta este punto hemos querido avanzar unos apuntes apenas retaceados, en realidad primeras impresiones de lectora vehemente, acerca de una obra recientemente descubierta y que esperamos tener la posibilidad de conocer en toda la profundidad que merece” (p. 10).

A continuación tenemos dos aproximaciones críticas y afectivas a la cuentística más reciente de Orlando Chirinos. La primera, una revisión y ampliación de una nota o recensión nuestra a Mercurio y Otros Metales, realizada en marzo de 1998 y que forma parte del libro Derivando a Valencia a la Deriva (2005); y la segunda, referida a su más reciente libro, Los Días Mayores (2005), publicado por Monte Ávila Latinoamericana.

Mercurio y otros metales

Cierta vez, Mario Vargas Llosa definió el arte narrativo como un striptease a la inversa; el narrador se iba escondiendo a medida que transcurría el acto de vestirse. Otro narrador sostuvo que el mejor escritor es el que más miente, en una evidente referencia cruzada al aserto del hasta entonces novelista peruano. La escritura, en todas sus formas, consiste en revisitar las obsesiones, preocupaciones, vivencias y alucinaciones del autor respecto a sí mismo, al entorno que le comprime, y a la concepción del arte en tanto representación de su universo. Lo cual se realiza en la intermitencia, recogiendo y dispersando los pedazos, volviéndolos a reunir y luego a extraviar, remedo del mito de Sísifo; sólo que esta condena irá configurando, siempre y cuando los sentidos estén alerta, una propuesta escritural válida e intensa. En este caso, la mentira es una de sus aristas –bien significativa, por supuesto- de la ficción, no su excluyente misterio.

Este volumen de catorce cuentos (Mercurio y Otros Metales, Predios, Valencia, 1997) asemeja a un callejón sin salida, pues Orlando Chirinos llama la atención del lector dejando tras sí una serie de pistas falsas. La incomodidad y la confusión traerán consigo la curiosidad, luego la incertidumbre en cuanto a la lectura acertada de los textos irá de la angustia a la sonrisa compasiva, dada la tonalidad amena, festiva y humorística del libro. No se trata de hallar o descubrir la revelación que justifique y agote la obra entera del autor, más bien Chirinos busca capturar en su red ebria a todo aquel lector que le lea con mórbido
placer, como lo cantara Serrat en Si la muerte pisa mi huerto. De lo contrario, todo esfuerzo interpretativo será en vano –también el narrador ha apostado a ello, el estrépito de una bomba caza-bobos-. El conjunto constituye el contralibro de los discursos profesorales y académicos. El llamado incumbe al homo ludens, en toda su torpeza, sofocado y ahogado hasta en el mero hecho de abrir la bragueta, apremiado por las punzantes ganas de orinar: se confundirán el alivio y la sensación mojada y caliente en una de sus piernas.

Los tres primeros relatos recrean una visión satírica y desenfadada del mundillo intelectual venezolano, precioso y ridículo; obnubilación cosmopolita que no es más que provincianismo burdísimo. Tanto Un respetable escritor inglés, desde el exilio como Respecto de un plagio del que he sido objeto, toman como pretexto temático la falsificación literaria, copiando a su vez una atmósfera borgiana con suma e irreverente afectación. La indagatoria trasciende el discurso chocante de la intelectualidad, pletórico de falso pluralismo y fáciles alusiones literarias, así como la ironía en tanto instrumento desmitificador. Nelson González Ortega (s/f) destaca una de las características de la escritura del Postboom que viene a cuento:

Discurso crítico-literario. Presencia en las novelas (y cuentos) de discursos que comentan o parodian teorías críticas y movimientos literarios de este siglo. Por ejemplo, en Tenía los cabellos rojizos y se llamaba Sabina (1974) de la cubana Julieta Campos y en Cobra (1975) de Severo Sarduy se comentan conceptos feministas de Virginia Woolf como ‘la escritura femenina’; conceptos postestructuralistas de Roland Barthes como la noción de ‘el placer del texto’ y conceptos deconstruccionistas de Jacques Derrida como la «sustitución como técnica de desmontaje» y ‘la escritura y el problema de la representación’ ”.

El plagio y la impostura en la literatura constituyen el motivo y la técnica narrativa de la que se vale Chirinos, para parodiar –unas veces con suma dureza y otras con ternura- un mundo intelectual aislado en una isla desconectada (a su vez) del continente de la cotidianidad del hombre de a pie. T.J. Sullivan se metamorfosea y mimetiza en su propia impostura y equívoco, escribe a distancia usurpando textos ajenos, reflejándose en la ira y la postiza indignación de Louis Broubuillion. Detrás de esta inconsistente tramoya que molesta e importuna, en un primer momento, nuestra sensibilidad, Chirinos traza el corpus narrativo jugando con la intertextualidad, manipulando con destreza y madurez el tantas veces mentado y pervertido discurso metaficcional: el puzzle se descompone y recompone en la convergencia y el desencuentro tanto de personajes y situaciones, del apego y la repulsión que mueven y conmocionan al creador. En el texto El sacratísimo desamparo de los héroes, hace desfilar sobre la cubierta de una alocada embarcación, de proa a popa, una comparsa de personajes que conocemos muy bien, convocados en una absurda peregrinación: en pos de la idolatría solemne del quehacer artístico per se, tan artera al igual que el plagio de Javier Vidal respecto al libro Performance Art de R. Golberg, consternación y litigio incluidos. Nos recuerda, a modo de guiño cómplice, el desparpajo y la ternura agria del Fellini de Prueba de Orquesta y E la nave va. Sin embargo, la tripulación está muy cerca de los afectos del autor:

“De allí que José Pulido en El sacratísimo desamparo de los héroes es ‘conocido entre sus íntimos como Joe Century, por una evidente y confesada manía o aberración por seducir y llevar a la cama a mujeres que estuviesen más allá de los cien años de edad’ ”(Alfonzo, 1998: p. 7; citando a Chirinos, 1997: p.29). En el mismo relato de corte felliniano, se transfiguran amigos y escritores tales como Tito Núñez Silva, Laura Antillano y Alejandro Oliveros. El primero en un vil plagiario, la segunda en una lujuriosa monja descalza, y el tercero como un capitán extraviado en la calma chicha que profetiza naufragio en la niebla y el vaho etílicos. Los datos autobiográficos y las alusiones a sus amigos más amados, no son más que un pretexto para extraviar los análisis descabellados y desencaminados de cierta crítica reñida con el placer implícito en la lectura y la reescritura del texto literario. Rafael José Alfonzo (1998) lo apunta con seguridad y certidumbre –sí, en la impostora, aleatoria y azarosa estructura del texto narrativo-:

“(…) Chirinos en el proceso genético del relato satiriza realidad y discurso, crea el doble juego en sus diversas referencias, y escenifica con provocadora mordacidad una galería de entes literarios, que como tales, proceden de nuestro ámbito cultural. Es así, como aparecen con sus contexturas trastocadas, en este relato (Un respetable escritor inglés desde el exilio), Lydda Franco Farías (Lydda Josephine Cole Gaarefix o Frank), Tito Núñez (Tito Núñez Súlinar), Secundino Urbina, entre otros. A todos ellos se le ha
ido creando una biografía imaginaria en la mayoría de los relatos que impregnan el libro” (p. 4).

No obstante la audacia y el ilusorio despropósito del cual hace gala Chirinos en dichos cuentos, interpola a continuación un puente colgante de cuatro textos, ligados a motivos y temas desarrollados en libros anteriores como Última Luna en la Piel y En Virtud de los Favores Recibidos. Tenemos dos de ellos, Corazón de acero y Noviembre con relámpago en los ojos, en los cuales prevalece la excitante imaginería de la infancia en su carísimo ámbito, el Falcón de su crianza y pertenencia, siendo el habla de la tierra centro e instrumento del tratamiento lírico del lenguaje. El mismo autor así lo declaró en una entrevista a Maritza Jiménez (1987): “En los arcaísmos escucho otros modos del cielo”. Lo cual se intensifica en Señor de perdido encantamiento, el habla coloquial y rural se refunde en el anacronismo castizo de los conquistadores, la lengua intenta conjurar y hallar la contra a las fuerzas perversas que nos agobian y perturban, en la rebatiña de los gallinazos esparciendo los despojos. Chirinos, más allá de la diabólica anécdota, precisa que “Lo que me interesaba era rendir reconocimiento a esa gente de la serranía que todavía utiliza arcaísmos como truje por traje” (Jiménez, 1987).

En los últimos siete relatos, Chirinos retoma las andanzas y travesuras del inicio. En La estimable confianza de la sombra, el personaje protagonista, Grandpholius Walter Benjamin Senior, vive su atribulación y desmembración interna perdida la senda en el influjo de La noche boca arriba de Julio Cortázar, la alienación literaria como vestimenta prestada; Chirinos atina nuevamente, pues lo que pudiera considerarse un obsceno plagio, muta en la consideración de lo que llamó Harold Bloom “la angustia de las influencias” (es harto destacable la confusión adrede de Cortázar con el Oliveira de Rayuela, así como
también cambiar el nombre de sus cuentos, por ejemplo decir “Leticia” en vez de “Silvia”). O el juego o comedia de las equivocaciones patente en La segunda copia del informe McBride, del pastiche no se infiere la resolución del misterio allí planteado. El humor se hace bien agudo en Los corteses señores de aristocráticas maneras y Última Ratio, Sociedad Anónima, los cuales establecen vasos comunicantes con los tres primeros relatos del libro ya comentados: la intelectualidad como inquisidor y verdugo, la indignidad e inocuidad del “seguir permitiendo que se le utilice como perchero, como portero del baño de damas o como blanco para el lanzamiento de dardos, indistintamente, en las fiestas a las que es dado en préstamo por el jefe” (Chirinos, 1997: p. 111), bien sea el CONAC, el Ministerio de Relaciones Exteriores o la Universidad Pública. Ni siquiera este libro se libra de sí mismo, pues en La concluida luz de una ventana, Chirinos convierte su propio proyecto en una revisión del relato La isla al mediodía del mismo Cortázar, contraposición del tono borgiano de los tres primeros cuentos, distrayendo e impacientando a los lectores a través de la alteración misma de los títulos de los cuentos leídos con anterioridad. Desdice
entonces la predilección de Borges por los laberintos, las imposturas, la recensión de textos imaginarios. Constituye un divertidísimo e impenitente Cul de Sac, lo cual nos retrotrae al Nabokov de Lolita, Desesperación y Pálido Fuego: la fragmentación de la voz narrativa en correspondencia con la multiplicidad de nuestros “yoes”, nuestro cielo e infierno terrenos como lo definió Tolstoi brillantemente.

Los Días Mayores

“Cuando me muera levanten / una cruz de marihuana / con diez botellas de pino y diez barajas clavadas / (…) / En mi caja de la fina / mis metrallas de tesoros” (del CD Más Corridos Prohibidos, vol. 2)

La violencia en América Latina va más allá de toda coyuntura: Responde a un mal de índole estructural, valga lo repetido y lo desvencijado del término, que se escurre de nuestros cerros y urbanizaciones a la par del torrente que hermana en estulticia a las agua servidas (¿a dónde, pues?) y a la sangre de trabajadores, desempleados, malandros y policías que desembocará (encunetándose y enrareciéndose) en los espacios estridentistas y amarillistas de diarios, radios y televisoras. Lamentablemente, los medios se han limitado a ser una ruidosa caja de resonancia, de la cual no se obtienen ni algunas soluciones posibles a tal problemática, mucho menos un cambio significativo del paradigma económico, político, cultural y social que empobrece a la mayoría de los latinoamericanos. El cineasta brasileño Glauber Rocha indaga en sus posibles causas:

“El hambre del latinoamericano no es sólo un síntoma alarmante de pobreza social, sino la esencia misma de la sociedad. Así, nuestra cultura la podemos definir como una cultura del hambre. Ahí reside la originalidad del Cinema Nôvo en relación con el cine mundial. Nuestra originalidad es nuestra hambre,
nuestra miseria, sentida pero no compartida. No obstante, nosotros la comprendemos: sabemos que su eliminación no depende de programas técnicamente elaborados, sino de la secularización del hambre que, al minar las estructuras, las supere cualitativamente. La más auténtica manifestación del hambre es la violencia” (Gubern, 1973: Pp. 126-127).

No es, entonces, un desperdicio abordar tales temas en la literatura. Por supuesto, sin resbalar en el cadáver exquisito hasta el hartazgo de la propaganda consolatoria de cierta izquierda (Lina Ron y Mario Silva rasgando la catódica pantalla con oxidadas hojillas), ni mucho menos fallar en la visión rococó, de narices respingadas y empolvadas en talco o rapé, de espontáneos (y) teóricos de la comunicación como es el caso clásico de Marta Colomina. ¿Quién duda de la violenta y estética coreografía de aqueos y troyanos en el teatro de operaciones que es Troya?; sólo voces agoreras afónicas en la ignorancia, el moralismo y la intolerancia. ¿O de estos contundentes versos de la tradición maya, en los que suceden la danza, las vueltas y el canto del arquero flechador en pleno sacrificio de un
“hombre joven, virgen / inmaculado” ?:
“Da la primera, a la segunda
toma tu arco, ponle la flecha,
apúntale al pecho, no es necesaria
toda tu fuerza
para asaetearlo, para no
herirlo profundamente en sus carnes,
para que sufra un poquito,
así lo quiso el dios
Bello Señor”. (Rodríguez Carucci, 1992: Pp. 23-24).

Asimismo, manifestaciones de la música popular latinoamericana como el narcocorrido y el rap mezclado con el merengue y la salsa, desarrollan una épica marginal y finisecular que integra en un santoral o corte malandra a delincuentes, ñángaras, asesinos, ladrones y narcotraficantes, como respuesta intrépida a las dolencias físicas y espirituales, las ingentes necesidades económicas y las frustraciones de las clases más desposeídas, sobre todo ellúmpen-proletariado. Autores como Fernando Vallejo dan testimonios de ello en la intermitencia y fragmentación del discurso literario que descree de los paraísos terrenales forjados por la vocinglería mediocre de los partidos políticos. En el caso del narrador colombiano, especialmente en su novela La Virgen de los Sicarios (1994), el discurso hiperrealista – cónsono con una crítica implacable de lo postmoderno – esboza cruentos trazos del alucinado avispero homicida y suicida que es la ciudad de Medellín. La voz narrativa susurra palabras de amor a su sicario o gamín, para repentinamente estallar electrocutando la imagen y la voz bogotana de César Gaviria, a fuerza de una voluntad y de un pensamiento reaccionario revolcados en los camastros de casas de amigos, apartamentos vacíos y cuartos de hotel.

Sin embargo, a pesar de la contrariedad y la calamidad a la que nos somete el mundo (la vista a los lados y en el suelo – jamás en dirección al cielo -, el miedo y la desconfianza tratando de adelantarse en estrepitosa carrera bajo el acoso de las tinieblas), libros maravillosos nos pillan y encantan en la desoladora encrucijada de la desilusión. Es el caso de Los Días Mayores (2005) de Orlando Chirinos, su más reciente colección de cuentos. Luego de su plácida y sorprendente lectura, se nos antoja uno de los libros que desearíamos escribir alguna vez, tal como nos ocurrió veinte años atrás con la disparatada novela picaresca La Conjura de los Necios (1985) del malogrado y olvidado John Kennedy Toole. No es casual mencionar ambas obras al punto, pues se adentran en los arrabales y los bajos fondos de ciudades disímiles tales como Valencia y New Orleans; además de compartir una atmósfera hiperbólica, desgarradora e irónica que aprehende con pezuñas mugrientas el entorno de la marginalidad económica, social, cultural y vivencial de urbes descoyuntadas por ángeles burlones e impíos.

Magalys Caraballo, en la presentación del libro en la UPEL de Maracay, observó atinadamente la cualidad transgenérica de su discurso narrativo: Más que magnífica reunión de cuentos que bordean la maestría, simula una estructura cuasi novelística, de la cual el primer relato constituye la piedra de ángulo. Efectivamente, el pícnico superhéroe desdibujado en su tránsito accidentado y tragicómico por la ciudad, acometiendo su sacrosanta misión cada vez con mayor dificultad, visita un extraño museo que le distraía y conmovía la ya erosionada capacidad de asombro –recordemos que Superman pertenece a un Olimpo Post-industrial, no en balde su condición épica y mítica-:

“Entre una incursión y otra sobre la ciudad, se concedía licencia para bajar al museo y allí se maravillaba cada vez más de las perversiones de aquella raza de mestizos deslenguados y alborotadores. Se detenía con especial atención en la momia de un general que en un hecho fortuito había sido degollado por su barbero de confianza pero que, cosa extraña, había continuado con su vida habitual durante larguísimos años, hasta fallecer de muerte natural, y en su cama. Así mismo, mostraban las armas y los utensilios del caso de un joven asesino, quien había sido tiroteado y muerto (al parecer de manera afrentosa) por la policía, y que fue sepultado tras varios días de brindis y banquetes en su honor; la aberración de una pareja perecida mientras fornicaban en el mar (…); la media metamorfosis de un hombre en un saurio descomunal, humano de la cabeza hasta la cintura, y de ahí hacia abajo con la corporeidad de un cocodrilo (…). Y, por último, la ‘mascota’ del museo: un cadáver bicentenario, al que había de someter de forma periódica a mantenimiento pues le continuaron creciendo el pelo y las uñas después de fallecido, así como cambiarle la ropa, ya que nadie entendía cómo pasaba, pero la momia seguía vaciándose de sus excretas como si tal” (Chirinos, 2005: Pp. 9-10).

Tal museo -de índole circense, si se quiere- no sólo compendia las anécdotas insertas en la mayoría de los cuentos del volumen, sino que representa la metaforización de la deconstrucción de su hilo narrativo, hasta el punto de establecer vasos comunicantes entre sí. La estructura novelística de este libro de cuentos, equivale a la novela de noveletas que es Sefarad (2001) del español Antonio Muñoz Molina; no es casual tampoco que este último título se refiera a la marginalidad patente en la exclusión por la intolerancia religiosa, racial y política, amén de sus virtudes discursivas que exceden los artificiales límites impuestos a los géneros literarios. El museo puede ser una aparatosa pirámide en la cual se guarda, en el celo de las maldiciones, las trampas mortales y los pasadizos postizos, el cadáver del texto narrativo convencional, previsible y esclerotizado, materializado en su antípoda llagada en digresiones. Magalys Caraballo (2000), presentando esta vez la novela En virtud de los favores recibidos, resume la actitud escritural de Orlando Chirinos:

Es “la intencionalidad de un escritor comprometido directa e indirectamente con las técnicas narrativas de la novela finisecular, en la que el narrador se asume como el artífice de un mundo ficcional fragmentado que construye cuando asume la función lingüística de la enunciación narrativa para relacionarse, simularse o espejarse en los demás elementos ficticios que conforman el espacio textual” (p. 1).
La técnica narrativa va aparejada al tratamiento del tema que es la apología a la marginalidad. Si revisamos los relatos Sagrado vino de los dioses y Cegato como Homero, por un lado, y los titulados Cuando estés en tu reino, Mismísimo Dios y Polifemo en los ojos, por otro lado, se constatará la deificación del antihéroe en las figuras opuestas y complementarias del asesino y el ñángara respectivamente. En el primero de los apartados, el asesino es homenajeado en su funeral casi a la usanza de los paladines aqueos o troyanos, mediado y logrado el efecto intertextual, sólo que tal vindicación es adobada en la oral lengua entrecortada y fragmentada de la turba hamponil:

“(…) El vidrio agarrando y abrazando, el esquelético, brindando por Héctor, que ¡juelasantísimaputa! iban a pagar bien caro el hueco en los tendones de ambos pies, los doce días de sol y polvo, por Armando, la injuria, el vejamen, por Héctorarmando, las vueltas y la huida alrededor de la ciudad, disparando, correr-correr, tiroteando, huir-huir, el acosamiento, el arrastramiento, por Héctor Armando Cintavalle Moro” (Chirinos, 2005: p. 24).

Las crónicas musicales de Colón y Lavoe sobre la Calle Luna, Calle Sol, la acongojada y vengativa redacción de los obituarios, amén de la hiperbólica atmósfera de las crónicas rojas, impregnan la rudísima y artística atmósfera de esos dos relatos. Se encienden cirios y se musitan plegarias por la santa memoria de El Negro Antonio y El Currutaco, héroes verdaderos a la hora de las tertulias en los bares del sur de Valencia. El segundo grupo de cuentos o tríada macabra se refiere a una misma orgía de sangre: presos comunes y ñángaras torturados y sodomizados por verdes milicos en un botiquín de mala muerte. Las voces narrativas, en todos y cada uno de los relatos, se abalanzan sobre el hecho en un fuego cruzado de forma triangular: el narrador omnisciente recrea en Cuando estés en tu reino la crucifixión de Cristo y los dos ladrones, encarnados en el prisioneropolítico y los delincuentes comunes, apelando al recurso de la transfiguración ficcional tal como lo hace Borges en el cuento El Evangelio de Mateo. En Mismísimo Dios, el guardia identificado como el hijo de Florentino y Dioselina, nos refiere una versión típica del narrador testigo pasivo, sazonada por las trompetas y los redoblantes que anuncian el juicio final:

“Yo recuerdo esas vainas y me avergüenzo por ellos, porque lo que hice fue quedarme plantado con la boca abierta, viendo cómo puede caber tanta maldad en una persona, y cagarme de susto cuando vi que la noche se vino de repente, en medio de ese sol tan arrecho que estaba un ratico antes en el cielo, y los relámpagos más los truenos y aquel diluvio que se nos vino encima, como si deseara aplastarnos contra el suelo, por las barbaridades cometidas en esa llanura” (Chirinos, 2005: p. 105).

Polifemo en los ojos tiene como voz narrativa la de un homosexual tetón, novio del tuerto barman que sodomizó a una de las víctimas. La transparencia del discurso es equiparable a la del Diario del Ladrón de Jean Genet, texto paradigmático de la marginalidad que habita en las sucias calles, los oprobiosos pabellones de las cárceles e, incluso, en un vulgar pero fetichizado tubo de vaselina. La palabra se enseñorea de tan sórdidos ambientes en la oralidad, la multiplicidad y la fragmentación de los puntos de vista narrativos, hasta trascender el límite que va de la enunciación misma al objeto enunciado, confundiéndose en la niquelada apariencia de una nueve milímetros:

“Una mar de gente iba y regresaba de la sala y de los cuartos de la suciedad pestilente que se había acumulado en los retretes de la calle de.” (Chirinos, 2005: p. 29).

El libro conforma un caligrama terrorista que se compadece tanto de las víctimas como de los victimarios, en la recreación poética y –por qué no- sublime de la violencia, tal como se demuestra en la cámara lenta de Los Gansos Salvajes de Sam Peckimpack o en la maravillosa pericia narrativa de Quentin Tarantino en Pulp Fiction. Sólo le resta manifestar a este león afeitado y mimetizado en la solazadora lectura del libro, el agradecimiento a Orlando Chirinos por su generosidad sin par.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Alfonzo, Rafael José (1998). El Orden Secreto en “Mercurio y otros metales”. Trujillo: Trabajo mimeografiado.

Caraballo, Magalys (2000). “En virtud de los favores recibidos”: Voces para construir personajes. Maracay: Trabajo mimeografiado.

Chirinos, Orlando (1997). Mercurio y otros metales. Valencia, Venezuela: Predios.

Chirinos, Orlando (2005). Los Días Mayores. Caracas: Monte Ávila.

De Nóbrega, José Carlos (2005). Derivando a Valencia a la Deriva. Caracas: Libro a ser publicado próximamente por el Ministerio de la Cultura.

González Ortega, Nelson (s/f). La Novela Latinoamericana de Fines del Siglo XX: 1967-1999. Hacia una tipología de sus discursos. http://www.hf.uio.no/ilos/studier/fleksibel/spansk/emne/spa1301/textos/sem/nelsonmoderna.doc.

Gubern, Román (1973). Cine Contemporáneo. Barcelona, España: Salvat.

Jiménez, Maritza (1987). En los arcaísmos escucho otro modo del cielo. Diario El Nacional, Caracas, 1-11- 87.

Rodríguez Carucci (1992). Antología de la Poesía Antigua de América. Valencia, Venezuela: Universidad de Carabobo.

Romero Pérez, Ángela (2000). Un eco creativo que traspasa fronteras. Salamanca: Trabajo mimeografiado.

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