literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Rafael Zárraga

Juantopocho

Su apodo era una de esas palabras que se oyen en cualquier parte como una modulación insignificante, pero que sin embargo se distinguen de las demás y sellan una identidad para siempre. Hasta su misma persona: callado, generoso, presto a servir en todo momento y manso y obediente como un buey. Y hasta su apariencia: retaco, ojeroso macilento no dejaba dudas de su insignificancia, ratificada aún más aquel hablar pausado, reticente, que a veces caía en lo incoherente.

Pero desde el día en que alguien anunció su muerte, su sobrenombre se alojó en el pensamiento y en los labios, ya no como lo que había sido en su insignificante vida sino como algo completamente diferente e importante: ahora era un ánima piadosa capaz de realizar los más sorprendentes milagros. Y esto fue como darle una patada en el culo a San Ramón en los trances de alumbramiento o al mismísimo San Antonio en eso de conseguirles hombre a las mujeres. Hasta aquí había la exclusividad cabronil de este santo, pues ahora tendría que deponer su prestigio de alcahuete ante el ánima de Juantopocho hacía el milagro más rápido y a menor precio. Y ni la virgen del Carmen, ni la Coromoto, ni la Del Valle, ni La Chinita, ni siquiera el mismo Dios tenían ya que buscar en aquellos caseríos donde la fama ánima nueva iba extendiéndose al tiempo que hacía calificar a los otros como “simples ganadores de velas con curaciones fáciles” y relegando sus imágenes a vivir en oscuros rincones entre ratas y cucarachas. Y no había ya cruz de pato ni altar de rincón en donde no alzara su lama una vela para el ánima revolucionaria que se había atrevido a oscurecer al mismísimo Dios y que ahora, como un ventarrón de bondad iba surcando cerros y hondonadas, repartiendo aquí y allá con igual asombro la magnitud de sus milagros.

Dicen que primero comenzó haciendo pequeños milagros, algo así como un ensayo de lo que realizaría después. Alguien aseguraba por sus canas que los primeros arriesgones de Juantopocho en el arte de hacer milagros fueron estos: curación de peste aviar, alejamiento de plagas en sembrados y cicatrización de mataduras y gusaneras del ganado y de las bestias de carga. Sobre esto último se decía, casi en juramento, que con sólo exclamar: “Ánima de Juantopocho, que se muera el gusano” los bichos comenzaban a saltar de las gusaneras cayendo al suelo tiesos de muerte. Y que ya vacía la herida de tan asquerosos animales, se invocaba de nuevo: «Ánima de Juantopocho, que se cierre la peladura” y este otro día la herida amanecía completamente sana, sin dejar siquiera el rastro de una cicatriz. Una tarde alguien aseveró, besándose los dedos en cruz: «La mujercita no podía vale, porque la criatura y que venía de nalgas asigún me lo había asegurao la comadrona. Y yo pidele que pidele a San Ramón, que préndele velas de las más grandotas, y él hecho el pendejo, naíta que me ayudaba a la compañera a salí del trance de pari. Jue entonces cuando me arrecordé que un compadre mío me había mencionao a Juantopocho, y metiendo al San Ramón en un saco pal zipote junto con los cabos de vela que me había robao. Entonces le prendí en la repisita del cuarto una vela bien grandota al ánima y en los cuatro rincones le regué un cuartico de meladura bien cargaíta e´caña, que es como le gusta al dijunto. Pues mire, vale, pa que vea: ponele la devoción y parime la mujercita jueron dos cosas iguales”. Esa mañana otro dicho había dicho en la pulpería: “Era mucho el rial que me habían quitao dotores y culandreros y la mano me seguía engurruñá. Hasta que me dejé de zoquetadas y le hice un pedimento a Juantopocho, Güeno, le prendí seis velas, de un solo carajazo y le rocié en un rincón una totuma e´lavagallo. Pues mire: ¿pa qué le cuento? ya puedo agarrá el machete y jugá mis partiítas de bolas”

Muchas cosas se han dicho, entre éstas que a Juantopocho no le gustaba que le rezaran, pues a pesar de haber sido tan ignorante en vida nunca fue amigo de curas mi de rezanderos mi creyó nunca en lo que éstos decían, Tal vez esta circunstancia fue aprovechada por los defensores de la religión para echar pestes sobre el ánima, asegurando en destemplados sermones que sólo la ignorancia crasa de aquellos montaraces los impulsaba a creer en el mito de Juantopocho. Y no faltó el político religioso que en verborreas electoreras, y con ánimos de ganarse los votos, dijera: “Juantopocho sí existe compañeros. Existe y es milagroso. Pero «es un ánima comunista que arrastrará al infierno a todos los que creen en él». Pero el bueno de Juantopocho estaba ya muy dentro de aquellas almas y todos los improperios lanzados contra su ánima, lejos de provocar desconcierto, lo que hacía más bien era aumentar la fe, al punto de que ya no le ofrecían dádivas ni le daban limosnas a ningún clérigo pedigúeño, gastando sus pequeñas monedas en velas y caña blanca para el buenote de Juantopocho. Estas acciones habían encendido de resquemor el pecho clerical, que atizado día a día por el desdén de las gentes ya rayaba en un paroxismo peligroso. Se promovieron conciliábulos de eruditos teólogos. Se consultó al cónclave. Se pidió audiencia papal y finalmente se llegó a la conclusión de que en todo caso sería más beneficioso canonizarlo que tratar de borrarlo a juro del panorama religioso.

En la quebrada había dicho una negrota de tupido moño y espaldas de caletero: “El grandísimo perro se había buscao otra jembra, y entonces le pedí al ánima que me lo degolviera. Cuatro de las de comunión le prendí en la pata de un taparo, y le regué por los laos media botella de penca barquisimetana, pues asigún dicen, sino se lo riegan así no hace el milagro ni que le rieguen un barril. ¿Pues, y pa’ qué le cuento?: ¡allá está el condenao, más mansito que cuando se jue!”,

Pero el ánima de Juantopocho ya no es sólo invocada para el mal de amor, hechizos, mojanazos, maldeojos, duendes postizos, suertes torcidas, trancaderas, pava macha, mabita, y toda esa sarta de enfermedades o adversidades llamadas postizas. No, ¡qué va! Estas cosas son para él como mango bajito y por lo tanto su nombre ha pasado ahora a los patios de bola, galleras, bateas, bolón. En las ruletas, mesas de dado y de baraja, su nombre es tan conocido como la moneda con que hacen las apuestas. Su ánima se ha convertido en la protectora de los jugadores de oficio, quienes la llevan a flor de labios como un amuleto para sus paradas. Lo invocan con fe ciega, porque siendo un ánima divorciada de funerales, velorios, oraciones, misas y todo ese fardo de ceremonias, a que son tan aficionados los otros santos, libra de esta manera a los jugadores de tener que asistir a esos rituales tan fastidiosos. Y además porque ellos saben que Juantopocho se conforma simplemente con que le rieguen en cualquier parte su botella de cañandonga y le prendan sus velas, siempre que esto sea hecho de todo corazón. También se ha dicho —y esto lo aseguran los entendidos en materia de ánimas y aparecidos— que Juantopocho no está en el cielo como la mayoría de las almas buenas, sino en un lugar más lejos, y que esto se debió a una conspiración por parte de las autoridades celestales, quienes llenos de envidia por los modernos sistemas de curación utilizados por Juantopocho lo habían descielado, confinándolo a una nube inflotante como si fuese un vulgar esbirro o un consumado conspirador.

Pero hay quienes aseguran, que esa dictadura celestial, en donde Pedro, Pablo, Juan, Miguel y otros, capitaneados por el JEFE MAXIMO, han constituido un aparato represivo que viola todos los derechos celestiales y comete como toda dictadura los más viles atropellos, lo que ha hecho es acrecentar la fe en Juantopocho. Por eso en patios de bolas, galleras y ruletas se escucha una voz común que asegura que ánimas como la de Juantopocho son las que deberían gobernar el cielo, porque desde que nacen, en el transcurso de la vida y más allá de la muerte llevan implícito en el ser la libertad absoluta del hombre. Eso dicen los más avispados. Los que han leído algunos libros y periódicos y conocen los nombres de quienes pisotean el derecho de los demás. Los otros, los más sencillos, piensan que sólo Juantopocho podría dar un mejor trato a las ánimas patas en el cielo, permitiéndoles alguna comodidad, como la que tienen los ricos, pero al menos no los amontonaría unos arriba de otros en el purgatorio y el paso a la gloria sería por méritos ganados y o por influencias. En las taguaras, mientras el palo de cocuy alegra el espíritu, algunos han dicho que sólo Juantopocho sería capaz de permitir que se entre al aposento de las once mil vírgenes para planear con ellas una gozadera, no como acto inmoral sino como una razón lógica de aprovechar lo inútil. Todo esto lo dicen jurando por sus dedos y se enardecen de solo pensar que el ánima de Juantopocho está sola en su nube inflotante, descielada y sin esperanzas inmediatas de regresar.

Pero los consuela pensar, que un día, al morir cualesquiera de ellos, seguramente irán al cielo y esta será la magnífica oportunidad para hacer la gran revolución celestial. Hay quienes aseguran que los cabecillas de la dictadura serán llevados al paredón para que paguen tanto crimen cometido y luego darle el poder absoluto a Juantopocho. Otros dicen que lo mejor sería hacer elecciones democráticas, poniéndole un contrincante conservador a Juantopocho. Y hasta hay quienes opinan que lo mejor sería ponerle una corona y nombrarlo rey. Pero en lo que todos están de acuerdo es que habrá que hacer una purga total de Serafines, Arcángeles, Ángeles, y todos los demás que integran el ejército celestial, con el fin de evitar los clásicos madrugones militares. Se ha dicho, asimismo, que los conspiradores y eternos gorilas que odian más las urnas electorales que aquella donde van a ser enterrados, sean enviados al infierno, y no al paraíso, como se acostumbra en algunos países de la tierra.

Así salta la voz sencilla e ingenua y se bifurca y extiendo por los patíos soleados. Y entra en las galleras y pasa sobre las mesas de juego. Y en los techos de zinc y de paja y camina sobre el agua quieta de los caños y vuela por los cerros y se precipita sobre las hondonadas multiplicándose mil veces en los labios, hecha fe y devoción allá en el fondo de la almas humildes. Mas ahora, su nombre ya no está solamente en los labios de los necesitados de ayuda ni en los lugares de juego, sino que de pronto se ha convertido en el espíritu hecho resolución y valentía en el ánimo de los cobardes. «En el paño de lágrimas” como ellos dicen. Y Gerardo Chaparro, a quien apodan “El Pataruco”, confirma su fe al contar lo sucedido el día que se topó con Toribio Auslar, alias el “Cua tronarices”, hombre guapo y peligroso, que era el terror de veinte caseríos.

“Yo venía por el camino de Vijagual —cuenta Gerardo Chaparro—  cuando el hombre se tiró del burro y me dijo: Aquí es donde vamos a arreglar la vaina que tenemos pendiente. Yo permanecí montao en mi rucio con un temblor en las canillas y un frío que me llegaba hasta las partes ocultas. Con el brillo de la luna yo miraba el liniero que traía bajo la enjalma, ¡empalmaíto! vale. Y yo lo único que cargaba bajo el apero era un toconcito con el que andaba arrancando unas yuquitas. Y el carrizo que me güelve a preguntá, vale: ¡Güeno, Pataruco!, ¿y es que te y quedá montao en ese piazo burro? Vale, y yo sacando bríos de no sé aonde, digo: ¡ánima e´Juantopocho, sácame con bien! Pues mire, mano, en diciendo esto el endividuo se quedó como electrizao, momento que yo aproveché pa´acuñale un mamonazo en toíta la pata ela oreja. No espero el otro, vale, y se jue en volancia e carrera camino abajo a to pulmón: ¡Es él!… ¡es él!… ¡ fue él quien me pegó!… ¡lo vi con mis propios ojos!

Esto lo ha contado Gerardo Chaparro en muchas ocasiones, no por vanagloriarse de haber vencido a un hombre, que era el azote de los demás en tantos casería, sino porque su cobardía se había visto fortalecida de pronto por el ánima de Juantopocho, que ahora estaba más adentro de su corazón, en lo más recóndito de su alma y en la de quienes oían extasiados el suceso. Y porque ahora ya podrían estar tranquilos en los velorios, bailes, galera, bolones y todos aquellos sitios frecuentados por los guapos.

Pero en la tarde de este domingo abrileño ha sucedido algo verdaderamente aterrador en el caserío Guayurebo, lugar de nacimiento de Juantopocho y en cuyos caminos se levantan miles de santuarios a su memoria. Algo sorprendente sucedió cuando un anciano que venía por el camino preguntó a un muchacho que iba montado en un burro: «¿Cómo te llamas?» “Valerio ¿y usted?» “Juantopocho» —dijo el viejo y sonrió levemente. El chaparro cayó violento sobre el anca y el viejo tuvo que apartarse cuando el asno se impulsó para coger carrera de regreso. Entrando al pueblo, los alaridos de terror del muchacho sobresaltaron la paz dominguera: ¡Ju… Ju…. Juan… to… to… pocho… vie… vie… ne… por… el ca… ca… mino. Yo… yo… lo… encon… con… tré… ahorita» y tirándose de la cabalgadura  fue a meterse bajo el catre, hecho temblor y llanto. Las gentes temerosas comenzaron a trancar las puertas y pegando los ojos en las ranuras y en los hoyos de los bahareques permanecieron inmóviles, esperando la llegada del extraño visitante.

En las primeras casas del poblado el miedo estremeció los cuerpos cuando el viejo gritó emocionado “¡Pueblo mío, te saludo!” y adentro los labios temblando: «¡Ave María Purísima sin pecado mortal concebida!” y otros: “¡Santísima Trinidad bendita!” y con ojos desorbitados y palabras incoherentes al paso del viejo otros musitaban: «Debe ser que viene a buscar alguna promesa que quién sabe qué desgraciado no le pagó”. Y en otra casa: «Debe ser que anda recogiendo sus pasos para volver al cielo”. Y desde otra rendija un montón de ojos observando: “¡No puede ser él!…. ¡No puede ser él! ¡Esto es cosa del mismo Diablo! ¡Ave María Purísima!” Y el que avanzaba: “¿Qué se hizo la gente de aquí? ¿Todos como que se murieron?” Y deteniéndose frente a una casa casi en ruinas: “¡Adiós comadre Anastasia, aquí está su compadre que viene a saludarla!” Y adentro la centenaria, temblequeando los labios: San Ma… Ma… Marcos del Lionnnn!” Y el que continuaba el paso: «¿Aquí como que legó la económica?¿Qué se hizo la gente de aquí?” —y miraba impaciente a un lado y al otro.

Pero todo era silencio. Todo suspenso y expectación. Todo temblor y palidez porque hasta los animales se habían callado y permanecían echados, con las plumas y los pelos erizados y en las ramas los pájaros se habían quedado inmóviles. Sin embargo, había allí un hombre, ¡un solo hombre!, dispuesto a recibir al extraño visitante. Se iba a jugar el todo por el todo, porque si en verdad aquel que llegaba era el auténtico Juantopocho, tendría que responderle por aquel toconazo en la oreja, cuya marca física y moral llevaba desde hacía años como una obsesión que no lo dejaba vivir en paz. Por eso en ese momento estaba dispuesto a salir y a esperarlo en medio de la única calle del poblado; espíritu o materia lo mismo daba. Lo esperaría allí como el macho que había sido siempre antes de recibir aquel tremendo toconazo que tanto daño moral le había causado porque ya cualquier pendejo lo padroteaba. Y ni siquiera escuchó la voz suplicante de la anciana madre ni la palabra autoritaria de la esposa ni el desesperado llanto de los hijos y machete en mano abrió la puerta con violencia y en dos trancos ganó el centro de la calle. A la cuadra el anciano comenzó a mover los brazos como saludando y avanzó bamboleándose sobre el bastón. Un viento fuerte comenzó a soplar sacudiendo la inmensa barba y la hermosa cabellera que se deshilachaba sobre la curva de los hombros. Un frío intenso había empezado a bajar por las piernas del hombre que esperaba y a medida que el visitante se acercaba un castañetear de dientes había comenzado a herirle los labios y la lengua.

«¿Qué sucedió aquí? ¿Acaso se murió toda la gente? ¿Usted como que es el único que quedó para echar el cuento?” Pero el guapo no le respondía y de su rostro jipato habían comenzado a manar espesos goterones. «Aquí pasó algo serio ¿verdad? Usted parece enfermo”. Y el hombre con la mirada clavada sobre el suelo sentía como si el machete se le deslizara de la mano. «Pero hable, amigo, ¿qué le pasa?” Y Toribio Auslar, con voz desfallecida, preguntó: “Us… ted es… Jun… Juan… to… pocho?” “Sí, el mismo que viste y calza” Y los ojos del viejo se alegraron. “¿El ánima?”» ¡El ánima! ¡Qué ánima del cipote! ¿Usted como que está loco? ¡No me joda, ochenta años sin venir a mi tierra y ahora que vengo me encuentro con que aquí no vive nadie! ¡Malaya sea el guaro! ¡Mejor me hubiera quedado allá lejos donde vivía! ¿Para qué he andado tantas leguas? ¡Pa’ un carajo!” “¿Entonces usted, usted no es?” “¿No soy qué, vale?» “Nada —y Toribio Auslar acercó la cabeza al viejo— ¿usted ve esta marca que tengo aquí detrás de la oreja?” «¡Coñastre, por la seña parece un toconazo!” “Si, un toconazo es, ¡como éste, grandísimo carajo!» —y el lomo del machete retumbó en las costillas del viejo que cayó patas arriba dando alaridos. Tambaleándose trató de levantarse presto a la fuga no sin antes recibir otro par de planazos en la punta del trasero. Calle abajo gritaba llorando: «¡No me quieren! ¡Me odian! ¡Todos me odian en este maldito pueblo! ¡Malaya sea la hora en que pensé venir a morirme aquí! ¡Apártense, malditos!» —gritaba a los perros que iban detrás ladrándole.

Y de las casas comenzaron a salir las gentes con anchos ojos y pasos vacilantes. Las oraciones ya olvidadas y los nombres de santos archivados por culpa de Juantopocho se seguían pronunciando atropelladamente porque la conmoción y el asombro aún no habían pasado. La única sonrisa que había sobre el poblado era la de Toribio Auslar quien respondía preguntas en medio del enorme grupo que se había formado a su alrededor y al responder se sentía más grande y más hombre que los demás, quienes no habían hecho otra cosa que esconderse cuando llegó la aparición. Dice esto y aquello con aires de galán entre las mujeres y al hablar con los hombres no oculta una cierta sonrisita irónica con la que parece decirles a los otros: “¡Gallinas, no son más que gallinas!”

Pero la gente no le cree, porque aquel que a duras penas corre por el camino perseguido por una perramentazón y una parvada de muchachos rechiflando a sus espaldas no puede ser el Juantopocho que está metido en sus corazones: “¡No, vale, Juantopocho está en el cielo!” —dicen a voz en cuello. Para ellos, éste es un farsante que vino al pueblo para comerciar con la fe de quienes creen en el ánima generosa. Otros dicen: “Este debe ser uno de esos jodedores a quienes les gusta divertirse a costillas de los pendejos”. Porque ¿cómo iba a ser este individuo el ánima hecha bondad y fe en el fondo de sus almas? ¡Claro que no! ¡Jamás podría ser!

Sobre el rostro de Toribio Auslar ha caído de pronto una sombra dubitativa. Ya no tiene aires de galán para las mujeres ni sonrisitas irónicas para los hombres. Y es que una duda atroz ha comenzado a roerle el pensamiento, porque si aquel a quien él había golpeado era el  Juantopocho material, el otro, el espiritual, estaba ya muy dentro de aquellos corazones y para destruirlo tendría primero que cercenar todos los pensamientos, arrancar de cuajo ochenta años de fe, borrar de sus almas la veneración por el ánima a quien pedían a veces pequeñas cosas, pero otras, esas plegarias llenas de desesperación eran el último asidero para lograr la salvación de un ser querido. Duda más fuerte aún, porque él mismo creía con fe ciega en la bondad del ánima que tantos favores le había hecho en días aciagos. “Es cierto – dice – ; ese es un vagabundo que quería hacerse pasar por el ánima. Bien merecida la planazón que le di”. Pero al decirle no puede esconder una terrible incertidumbre que le contrae el pecho.

Nubarrón

Primero fue un pasar y pasar de mariposas sobre la cresta chamuscada de los árboles. Algunas, en su fuga desesperada hacia regiones húmedas, se detuvieron sobre los techos resecos, sobre la hierba tostada; sobre la orina que algún animal había dejado en el suelo resquebrajado como un lunar, como una mancha, como una sombra de agua ficticia sobre la faz del agostado caserío.

Después, fue el caer de unas cuantas monedas sobre las manos endurecidas de los braceros y las desgranadoras, y el decir tranquilamente: “Se acabó el corte de caña”, “Ya no hay maíz para desgranar”, que era como agitarle un pañuelo al pan; como levantar una mano y moverla lentamente mirando en lontananza una alpargata marinera; como estrechar en un fogoso abrazo de bienvenida a la bestia del hambre. Era, sin duda, el último jornal, la última alegría muerta en mitad del corazón.

Desde la puerta, Nubarrón mira pasar las mariposas abanicando el aire caliente del mediodía. Ha hundido el hocico sobre las patas; o mejor dicho, sobre una sola, ya que la otra es apenas un pedazo, un muñón negruzco que le llega tan sólo a la garganta. Las orejas de encarnadas peladuras rozando el suelo tibio, sin oír. La nariz humedecida puesta sobre las pezuñas, sin oler, porque Nubarrón no quiere escuchar, ni olfatear, sino pensar, meditar cómo será el verano ese año para él, que es perro, y ahora con tres patas solamente.

Mira el cielo desnudo, blanco, como un gran plato de peltre. Columbra el horizonte dilatado, y luego va recogiendo pesadamente la mirada, hasta incrustarla en los despojos de la huerta fenecida de sol, en donde ahora se suspenden los esqueletos de las matas de maíz.

Nubarrón medita, porque en otros veranos él fue un perro. No como el que hizo a Tina, ni a Chencho; mucho menos como el que hizo a Chito, que ahora anda como los lagartijos y como terrones furtivamente, sino distinto, porque todos los días trajo al hogar el producto de su trabajo, com- pletico, sin faltarle un pedacito siquiera. Pero entonces el bracero que quiso tumbar a Marcola, allí entre la espesura de las macollas dulces, no le había pegado el filoso en la pata cuando él salió a defenderla, y podía correr mil kilómetros detrás de un animal y darle caza. Y traerlo después al hogar, y entonces quedarse allí, sobre la arena tibia, adormilado, sepultado en un reposo infinito mientras el fuego cocía la olla que habrían de compartir después. Pero ahora Nubarrón tiene tres patas solamente, y por eso medita mirando el éxodo de las mariposas.

En la mañana se fue Marcola. Nadie sabe adónde. Nubarrón tampoco lo sabe porque ahora no la acompaña como antes. Pero seguramente que andará por ahí, abriendo caminos, resucitando horizontes de pan. Tina, en cambio, se queda en casa; o mejor dicho, en el río, en el bosque, en todas partes donde haya algo que no tenga el hogar. Es tan pequeña, tan debilucha, tan insignificante, y sin embargo, cuando dice: “Chito, no comas tierra que te hace daño”, “Chencho, bájate de ahí que te puedes caer”, “Nubarrón, echa tus pulgas en el patio”, resulta tan grande, tan imponente, tan maravillosa, que toda ella pareciera transformarse en una gran flor blanca de cuyo fondo emerge una fuente inagotable de miel. Así es Tina: un embrión de madrecita enclenque en la superficie, pero rozagante, rolliza, e inmensurable por dentro.

¡Quién sabe cuántas mariposas habrá visto pasar Nubarrón desde la huida de Marcola! ¡Cuántos rojos, azules, blancos, negros y amarillos habrá plasmado su pensamiento en tan obstinado silencio! ¡Cuántos cadáveres polícromos habrán quedado entre las grietas calcinadas, sobre la hierba tostada, entre las retinas absortas de Nubarrón!

Por la tarde llegó Marcola. Nadie sabe de dónde vino, pero hiede a sudor, a tierra, a hombre. Transciende a sexo, o tal vez a hambre. Hay como una pequeña, o mejor dicho, como una gran alegría en su regreso. Alegría desbordada en las frases filiales, en la cola de Nubarrón; o en la risa desdentada de Chito, que abre los brazos y masculla palabras mutiladas que seguramente significan mucho, porque entonces sobre el cañizo va cayendo la leche tibia, clara, simple. Marcola se ordeña como una vaca, como una pobre vaca vieja y flaca, porque según ella “Chito no debe beber leche asoleada porque le da cagantina”. Y lo dice así, como si no estuviera asoleada hasta el corazón de los huesos, hasta el centro del alma. Y mientras Chito exprime los pezones sin sol, ella va mascándose sus granos mohosos, chatos, agujerados, caídos allí como una defecación del verano, o de los que dijeron tranquilamente: “Se acabó el corte de caña”, “Ya no hay maíz para desgranar”.

Antes, Nubarrón acompañaba a Chencho. En la pulpería se extasiaba contemplando los bultos de papelón. Pensaba: “A Centella y Diablo le dan papelón para que sean más bravos. Por eso todos les tienen miedo. ¿Para qué voy a ser bravo si no tengo qué cuidar? Mejor me quedo manso”. Volvía. a mirar los papelones regordetes, olorosos a buena caña, y pensaba convencido; “Menos mal que a mí no me gusta el papelón”.

A veces el hombre miraba a Nubarrón, y asomando una sonrisa de chimó, decía: “Ese bicho se está muriendo, ya lo que le queda es el carapacho”. Chencho le pasaba entonces las manos por las orejas y respondía con rabia triste: “Él está así porque come cucarachas, y eso pone flacos a los perros”. A Nubarrón le daba náuseas aquella respuesta. ¡Qué asco, él comiendo cucarachas! Pero reía, con su ancha risa de hambre, y aceptaba satisfecho las palabras, restregándose cariñoso contra las manos cariñosas de Chencho. Cuando el pequeño mentiroso pedía una latica de sardinas, Nubarrón pensaba: “Cómo me gustaría que Chencho comprendiera que para mí es mejor lamerle el fondo a las laticas cuadradas. Él las compra redondas y me cuesta tanto trabajo llegar hasta lo último. Además, a medida que me empeño en lograrlo se van poniendo amargas, rancias, con un sabor a hierro viejo.” Pero es posible que Chencho nunca haya podido explicarle a Nubarrón que los potecitos redondos traían una sardinita más, plateada, brillante y larguita como para dividirla en cinco rueditas doradas, que más tarde entrarían en los labios como saladas sortijitas de luna.

Pero ahora Nubarrón no va a la pulpería. No quiere mirar aquellos papelones regordetes y olorosos a buena caña, y tener que oír las palabras del hombre y las mentiras de Chencho. Lo único que desea es pensar, meditar largamente, ahora que tiene tres patas solamente, y que las mariposas se van quemando los élitros al tropezar los esqueletos de las matas de maíz.

Cuando Chencho va a la pulpería, Marcola le recomiendo encarecidamente: “Que le ponga unos granitos más al medio kilo”. El hombre pregunta: “¿De los buenos, o de los otros?” Y Chencho responde, maquinalmente: “De los otros”. El hombre vacía los granos y azorados animalitos se resbalan escalando el metal. Mira una aguja mohosa que se mueve. Chencho también la mira, pero no sabe para qué sirve. El hombre sí sabe, y por eso dice: “Medio kilo bien completo”. Luego cuenta: “Uno, dos, tres, cuatro, todo eso va de más”. Del regalo se ahuyentan nerviosos animales que se resbalan escalando el metal.

El hombre se hace pequeño, tan pequeño como Chencho, y le dice en los ojos: “Dile a tu mamá que me espere esta noche”, poniéndole entre las manos un camburcito que parece un dedo más entre su mano. Él sonríe, con los ojos iluminados por un gran sol de alegría, y más tarde lo repite sin malicia. Ella lo escucha sin emoción, sin amor, sin deseo, pero en el fondo calcula que ello puede significar unos granos más. No piensa, sin embargo, que tal vez otro año ella dirá con derecho: “Que me le ponga un montón de granos al medio kilo”, y que seguramente el hombre contará seis granos, o tal vez le dirá en las narices a Chencho, evaporado: “Por qué voy a ser yo quien ponga más granos? ¿Y los otros? ¡No, y mil veces no!” Y Chencho ya no tendría más un camburcito como un dedo más entre sus manos. Ni sus ojos se iluminarían como un gran sol de alegría.

La noche ya cayendo mansamente. La brisa es ahora como el aliento de un recién nacido. Todo el fuego anterior ha ido quedando como una costra más sobre los tallos y las hojas. Ahora que un halo fresco penetra el olfato y lleva el pensamiento una agradable sensación de alivio, Nubarrón entonces piensa en el amor. Ya no mira las cabuyas de acero que se han ido esfumando entre las sombras, dejando entre su inmensa boca la única existencia de agua, pasto y animales pequeños, y como dos barreras, los ojos vigilantes de Diablo y de Centella. Ahora, solamente Negra entra al recuerdo como una silueta descarnada. La mira llena de peladuras, con las orejas tupidas de rabiosas garrapatas y el andar vacilante sobre las grietas calcinadas. La recuerda ultrajada, martirizada en el sexo con ají bravo para que el celo no trajera bocas que no debían existir, y sin embargo, allí está, con las tetas hundidas entre las bocas desaforadas, dando sangre, vida, alma, por aquellos pezones exprimidos mil veces, pero sin renegar de su amor incontenido, audaz, sublime.

Y ahora que Marcola le alarga las manos olorosas a pan. Y ahora que Chencho y Tina le soban las ardorosas peladuras al paso de la noche.  Y ahora que Chito le mete un mendrugo entre los labios, siente que está lleno de amor hasta el mismo centro de los huesos. Tiene un mundo de amor entre su pecho, y sabe que donde hay amor existe una llama de vida que no se apaga nunca, que no sucumbe ante las vicisitudes del destino, sino que por el contrario pareciera alimentarse de adversidad para surgir altiva, ardiente, insuflada de fe, aunque esa fe no tenga jamás un horizonte definido. Por eso ya no piensa en que tiene tres patas solamente, sino en que su semilla está recibiendo vida en los pezones de Negra, en una actitud de abnegada continuación del ser. Y que tal vez no serán sus hijos, ni los hijos de sus hijos, pero un día llegará en que la especie multiplicada se alzará del barro impelida por un arrebato incontenido, sediento de justicia, y en una jauría desenfrenada socavará los troncos, mascará enardecida las cabuyas de acero y las vísceras de la semilla de Diablo y Centella para rescatar lo suyo.

Nubarrón lo piensa así, con los ojos chispeantes, ahora que la noche se desgaja en luceros y la brisa llena de frescura la soledad del caserío. “Sí, el día llegará”. “Será un gran amanecer”, se repite, y en sus ojos se va echando el sueño como un soplo liviano. La noche es ahora más profunda, como el pensamiento, o el sueño de Nubarrón.

Sobre el autor

Crédito de la imagen: José Boraure Lara, de la serie «Patios»

Deja una respuesta