literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Héctor Torres

Era la ley de la calle y no podía haber excepciones

A Manuel Llorens

No es ese animal repulsivo que todo el mundo cree ver. No, señor. Ese del cual alguien escribió, con innegable mala leche, que nadie pondría a su equipo “Los Zamuros de Ningunaparte”. Lo que pasa es que, como el matrimonio, el pobre tiene pésima prensa. Pero lo que el prejuicio no deja ver es que este animal, una de las siete especies de buitre americano existentes, tiene un vuelo elegante y majestuoso. Con unos pulmones superdotados para aguantar el aire enrarecido, aprovecha las corrientes cálidas y planea a alturas a las que ninguna otra ave alcanza.

En 1973, por ejemplo, un pariente lejano —el buitre de Rupell— se estrelló en los cielos de Costa de Marfil contra un avión, a unos once mil metros de altura. Si eso no es volar alto…

El zamuro es un animal de fino olfato que, además de desinfectar sus patas con el amoníaco contenido en su orina, degusta sus platos cocidos en el fermento de sus propios jugos. Y usualmente come en grupo. Eso de comer carne cruda se los deja a los bárbaros depredadores, los cuales, valga decirlo, consumen apenas un 36% de las presas que aniquilan. Si fuera por ellos lo demás se perdería. Semejante desperdicio no se consuma gracias, precisamente, a los zamuros. No en vano forma parte, junto con zopilotes y cóndores, de la familia de los catártidos, palabra que viene de kathartes la cual, traducida del griego significa, literalmente, “los que limpian”.

Incomprendida especie que, lejos de recibir agradecimientos, carga encima los prejuicios del mundo solo por hacer bien lo que le toca: limpiar al mundo de carne en descomposición. Pero ese es otro tema. Lo que viene al caso es que el zamuro es un animal de hermoso vuelo, refinado gusto gastronómico y, salvo a la hora de comer, carácter usualmente manso. Al punto de no poseer garras filosas.

Resulta curioso que gente sensible no pueda ver esas virtudes con la misma claridad que la banda del Rabipelao. Claro que, en honor a la verdad, a nadie le consta que este irregular grupo de muchachos de entre trece y diecisiete años, que ya comenzaba a abultar un prontuario por los lados de Mesuca, en Petare, se haya detenido a pensar en ello. Posiblemente se sentían afines a su condición de carroñeros. Compartían, eso sí, la misma mala prensa. Aunque ellos, todo hay que decirlo, sí daban material para la fama que se les endilgaba.

La banda del Rapibelao opera en Mesuca desde hace un par de años. El líder era un menor de dieciséis años que se hizo célebre por su habilidad para huir y esconderse en los meandros de las quebradas. Se dice que las conocía a la perfección y que, en más de una ocasión, llegó a esconderse varios días en ellas, huyendo del fuego enemigo.

Lo cierto es que, aunque nadie sabe cómo ocurrió el asunto, la banda del Rabipelao adoptó un zamuro, el cual hacía las veces de mascota y estandarte. A raíz de eso, en el barrio se decían muchas cosas. Que era una contra, que el animal estaba embrujado, que era un ángel de la guarda disfrazado para convivir con esos pichones de hampones… De todo cuanto se decía, lo comprobable era: a) que el animal bajaba a comer con ellos y se posaba manso en su compañía, y b) que esa curiosa situación —en buena parte gracias a las leyendas que despertaba— les confería una reputación siniestra, lo que les resultaba útil para disuadir a las bandas rivales.

Hay quien dice que lo habían domesticado con carne humana, para deshacerse de sus víctimas. Pero, nuevamente, nadie podría asegurarlo. Lo que sí podían constatar en el barrio es que, cuando estaban reunidos, el animal describía círculos en torno y que, cada tanto, mataban ratas para convidarlo a comer. Era una escena que se veía con frecuencia cuando estaban en el plan fumándose un tabaco y, quizá, repartiendo un botín. Se podía saber que estaban allí por el vuelo del animal, cuyos círculos cerrados hacía, como ya se dijo, de estandarte. Esa rareza los envanecía. Saberse temidos, no sólo por sus fechorías, sino por su mascota, les hacía sentir únicos.

Esa fama siguió remontándose, como el vuelo del zamuro —del cual, por cierto, nunca se supo si llegaron a ponerle nombre—, y se derramó más allá de sus dominios. Era su GPS.

Una tarde, luego de un enfrentamiento con Los Raticas, la banda del Rabipelao se enconchó en un sitio no determinado, en previsión de una represalia de aquellos que, aunque más jóvenes, eran más salvajes. Estando allí, donde nadie podía sospechar que estaban, escucharon una andanada de tiros que atravesó las paredes del rancho. Cuando alcanzaron a asomarse se supieron rodeados por unos veinte sujetos, que escupían plomo sin compasión y parecían muy dispuestos a completar la tarea. De hecho, Miguel Hambre y Carenueve cayeron abatidos en un intento de responder el ataque. Solo la legendaria pericia del Rabipelao en la huida a través de las quebradas, salvó a la banda de la aniquilación total.

Al día siguiente, los sobrevivientes se reunieron convocados por el espíritu de la venganza. Alguien les había echado paja, alguien debía morir. El Rabipelao miró a todos los miembros de la banda a los ojos, uno a uno, detenidamente, buscando una mirada que se delatara, un gesto que se quebrara. De pronto, Chatarra elevó su mirada al cielo. Cuando el Rabipelao estaba a punto de leer en ello el signo de la traición, vio que aquel encontraba lo que estaba buscando en las alturas.

Coñuesumadre, dijo con dolor, ya que le había cogido verdadero cariño al animal.

Era la ley de la calle y no podía haber excepciones. Por tanto, muy a su pesar, lo invitó a comer y, mientras el noble animal se devoraba su ración de rata, el Rabipelao tomó un cuchillo y, con sus propias manos, lo degolló.

La palabra que daba nombre a esa mirada

El sol del mediodía es tan absoluto que lo aplana todo. Las casas, las calles, los carros parecen desvanecerse, fundidos por el blanco.

O así lo ve Antonio.

Quizá “ver” sea una imprecisión. Antonio no ve nada. Tampoco oye nada. Así como todas las cosas carecen de volumen, también carecen de sonido definido. Y si decir que ve sería una imprecisión, decir que escucha sería desconocer la mecánica de la furia. El mundo todo estaba saturado por una uniforme masa de agitación interior, con una extraña relación con los sucesos que, de seguro, se veían afuera.

Caminaba entre la gente, camino a su casa, y su mente era una sucesión de imágenes al ritmo de sus latidos. Esas imágenes compondrían una historia que poco a poco, cuando llegase a cuarto e intentase poner orden, contaban una historia. Una historia que podría pensar que no protagonizó. Que era testigo, sin poder impedirlo, de una escena en la que solo escuchaba su respiración y, a lo lejos, los gritos del público. Y aunque la luz lo aplanaba todo, podía sentir, con una claridad incomprensible, sus miradas de odio.

Era curioso que esas miradas que siempre lo pusieron en su lugar, que fueron las fronteras secretas pero sólidas que le impedían atravesar el mundo de los demás, fueran ahora un salvaje incentivo. Mientras más odio sentía sobre sí, mientras más bocas torcidas lo insultaban en mute, más energía sentía para que eso que gobernaba su cuerpo actuara con más destreza.

Esa mañana no había amanecido distinta a las demás. El cuerpo era un peso muerto que arrastraba, haciendo acopio de todas sus fuerzas, para trasladarlo las siete cuadras que separaban el liceo de su casa. Cada paso era una manifestación distinta. No era capricho ni pereza. Era algo orgánico. Era su organismo hablando con sensatez. Con amor propio. Llegar al liceo suponía someterse a todas las formas de la humillación. Orejeburro, bembetúnel, carepayaso, Trompepote eran algunos de los creativos fonemas que recordaba cada mañana frente al espejo y estudiaba su rostro con fastidio. Eran sonidos que hasta podrían resultar musicales si no encarnasen rechazo y hostigamiento.

Era el ritual de todas las mañanas, mientras se enjuagaba la cara y se cepillaba los dientes. Era despertar a la pesadilla cotidiana. El momento de odiar a su padre ausente porque, según se lo recordaban las tías y las amigas de su mamá, él y la estrella fugaz que lo abandonó dejándole sus facciones y sus problemas, eran como “dos gotas de agua”.

Pero no siempre fue así. Odiarse no era algo que ha sucedido desde siempre. No lo recuerda, por ejemplo, cuando se dedicaba a ver televisión desde que se levantaba. O en la escuela. Ni cuando su mamá dejaba que la acompañara al trabajo, en la clínica. El mundo entonces era amable. Las otras camareras y las enfermeras eran simpáticas con él. Incluso hasta los doctores eran simpáticos. Había uno, grande, peludo que lo miraba con sus cejas espesas que se montaban sobre sus ojos como nubes que tapan a las montañas, pero que después sonreía como el que terminó de jugar a ser un hombre bravo.

No, no siempre fue así. Ni tampoco fue de golpe. Fue algo que se fue dando, poco a poco pero de forma irrevocable. Comenzó cuando llegó al liceo. En los momentos más optimistas solía echarle la culpa al hecho de que cuando llegó ya el mundo estaba confeccionado. Pero los días que amanecía de ánimo más oscuro, sospechaba que eso iba a suceder tarde o temprano.

Para tratarse de una primera incursión fuera del paraíso, la cosa fue bastante bien en ese primer día del liceo. Sobre todo, tomando en cuenta que se incorporó luego de que su mamá rogara por el cupo, luego de la intempestiva mudanza que tuvieron que hacer en el mismo mes que comenzaban las clases, por lo que perdió el que ya tenía en un liceo cerca de su otra casa.

Por eso, llegar a un ecosistema ya consolidado era un elemento que agregaba dureza a esa prueba. Pero, el primer contacto fue casi neutro. Era el desconocido que tenía la tarea de conectarse con ese mundo. Si hubiese conocido su dinámica, se habría propuesto descubrir quién era el líder de la manada. Porque los animales sociales viven en manada y toda manada tiene un líder. Pero él vivía en un cielo compuesto por mamá y muchacho. La mamá era el líder y él la luz de sus ojos. Era un juego en el que nadie perdía.

Pero al parecer esto, y no aquello que conocía entonces, era la vida. Se había asomado cuando la película estaba empezada, y entendería los peligros que eso entraña. Porque si bien es cierto que toda manada tiene un líder, también lo es que todo líder necesita un antagonista, preferiblemente débil.

Y en eso llegó “el nuevo”.

Todo iba bastante normal. Estaba recibiendo un trato que se balanceaba entre la indiferencia y la distante curiosidad cuando ya había descubierto quién era el líder de la manada. Era un adolescente gordito, alto para su edad, de cabello peinado de lado y (bastaba una mínima atención para descubrirlo) ojos de maldad.

Y él lo descubrió cuando puso sus ojos de maldad sobre él y, con una sonrisa torcida comenzó a urdir el tratamiento con el que cimentaría su cargo.

A los minutos de observarlo en silencio, señalándolo con su dedo, dijo:

—Cuando este da un beso se debe tragar a la gente.

La risa del grupo fue bastante unánime. Eso animó al líder a aprovechar la ola:

—Y debe escuchar un peo que se tiraron en la otra cuadra.

Las risas aumentaron. Antonio se sintió desconcertado. No tanto por el chiste sino por la saña. Porque esa mirada no se correspondía con la risa que intentaba acompañarla. Más aún, más que por la saña, por la saña gratuita. No entendía que alguien lo odiara si acababa de llegar.

Al ver cómo un solo dedo apuntando podía hacer girar la vida en su contra, por instinto y sin noción de estrategia de supervivencia, intentó ganárselo. Le ofreció su sonrisa más amistosa, como restándole importancia al desconcierto, pero solo logró que se ensañara con más energía.

Se alejó mientras decía el siguiente comentario a costa suya.

Quiso creer que todo pasaría al día siguiente. Que sería otro el blanco de los chistes de Danilo, como se llamaba el gamberro peinadito.

Pero cada uno de los días de esa semana entendería que no había tal sistema de rotación. Por alguna razón que no alcanzaba a entender él era el chiste y sobre él Danilo ensayaría todas las creativas formas de la humillación. Y que pronto su séquito también se animaría a ensayar las suyas propias. El resto solo reía.

Y para hacer más complicado el panorama, esa misma semana inicial descubrió que esa señora gorda y taciturna de ojos claros y ausentes que se dejaba ver por el patio atravesándolo en silencio, además de subdirectora, era la tía de Danilo.

Pero Antonio no se daba por vencido. Convencido de que la estrategia funcionaría, y en ausencia de otra, insistió en estar cerca, ofrecerse para ser el chiste, y esperar pacientemente a que se cansaran. Esta actitud, él no podía saberlo, producía en las gradas un mayor desprecio hacia él, que veía lo que él no.

En ese punto era tarde para el segundo movimiento. Intentó hacer alianzas, pero ya su imagen estaba demasiado deteriorada y nadie quería anotarse a ser blanco de humillaciones. Al contrario, todos estaban contentos con que Danilo hubiese encontrado su víctima. Las cosas estaban bien así y no había por qué alborotar el orden establecido. Danilo había adquirido mucho poder a costa suya, y ya era muy difícil invertir esas cargas.

Ese primer día llegó a su casa sintiéndose agotado. Era un agotamiento que venía del estómago y del corazón. El agotamiento que produce el desconcierto, que demuele desde adentro.

Estuvo tentado a comentárselo a la mamá cuando le preguntó cómo le había ido. Hubiera querido decirle que no pensaba volver a ese sitio inhóspito. Pero si algo da ser hijo único de una madre sola es que no te esconde demasiado las cosas. Todo lo que le ocurre lo comenta sin filtro. Y la llegas a conocer tanto o incluso más que ella a ti. Y la mamá no la estaba pasando muy bien durante esos meses con un contendiente mucho más letal y poderoso que el gordito de mirada de maldad del salón. El de la mamá se llamaba Deudas. Y, al parecer, daba menos tregua que el suyo. Por tanto, y al sentir el poco énfasis de ella en su pregunta, optó por entenderla como un trámite de una madre agobiada por la lucha cotidiana con la vida, mientras aliñaba los granos que almorzarían al día siguiente. Optó, entonces, por un “bien” levantando los hombros, que si la mamá hubiese sabido leerlos sonaría a un “no queda de otra, vieja. Esto es la vida”, como se lo había enseñado ella con el ejemplo.

Por tanto, tocaría hacer como también se lo había enseñado ella: llorar, secarse las lágrimas y seguir. “Esto es la vida”, se dijo, repitiendo sus palabras. Y si algo había aprendido de la mamá, es que esa vida no tenía ni una fisura, ni un saliente, ni el más mínimo atisbo de salida de escape. Tocaba seguir hacia adelante, porque, como decía la mamá de vez en cuando, de la vida “nadie saldrá vivo”.

Trató entonces de ir asimilándola como venía. Resignándose a ser el laboratorio creativo del salón a la hora de inventarle sobrenombres: Orejeburro, bembetúnel, carepayaso, fueron palabras que se fueron agregando a su personalidad, en ese torneo de ocurrencias que tenían las risas de los demás como trofeo y a él como diana. “Esto es la vida” y lo sería, al parecer, hasta el fin de los tiempos.

Así comenzaron a edificarse esas fronteras de las miradas de los demás. Las fronteras del territorio aislado que le tocaría vivir. Esas que les decían que mejor se alejaran. Que no debían verlo con él, no sea cosa que…

Lo más desalentador era pensar que faltaban siete largos meses, no ya para llegar al fulano fin de los tiempos, sino del año escolar.

Siquiera para tener una tregua.

Pero, aunque él siempre pensó que la vida es un túnel con una entrada y una salida, no podía saber que ese túnel que parece liso y sin fisuras, en realidad sí tiene caminos secretos que no se ven a simple vista y, menos aún, están al alcance de todos. Pasadizos que llevan a otros parajes, y se manifiestan en el momento debido.

Antonio transitaba su tedioso túnel un día más. Ni él ni ellos sabían que lo estaban entrenando, que cada nueva humillación agregaba una capa a la coraza que se gestaba por dentro. Por eso, no fue él quien le dio un manotón por la muñeca a Danilo cuando le quiso poner un sombrero de papel que simulaba un faro en el que se leía, al dorso: “La isla de la bemba”. No, al menos de forma consciente. Un manotón leve, pero firme. Tan inesperado, que le tumbó el sombrero de la mano.

Todos esperaban la culminación de la escena para estallar en carcajadas. Lo podía ver en sus miradas expectantes y necesitadas de algo que los sacara de su aburrimiento. Miradas ansiosas de los más descarados y furtivas de las más tímidas. Y a todos se les pasmó la carcajada, que se mantuvo congelada mientras sus ojos se preguntaban algo que no logró descifrar. Pero la mirada que se hacía preguntas más complejas era la de Danilo. Tenía destellos de tormento detrás de la risa malvada con la que intentó ocultarla.

—Hubo un terremoto en la isla de la bemba —dijo con habilidad, recuperando algo de su prestigio, y provocando que las risas pasmadas finalmente emergieran, aunque sin el mismo vigor. Ahora iban acompañadas de sorpresa.

Luego, retomando la compostura, levantó lentamente el conito del piso, mientras pensaba en el próximo paso para recomponer la situación. No era poco lo que estaba en juego y el poder no se puede dar el lujo de tambalear. Por tanto, una vez que estuvo erguido, con el cono en la mano, se dispuso a llevarlo de nuevo a la cima de la isla. En su mirada había algo realmente amenazante, en la misma proporción en que sentía amenazado su poder. Mientras intentaba aterrizarlo en la cabeza de Antonio, decía en voz alta que “si la naturaleza se opone a nuestros designios…”.

El cono no cayó porque ya Danilo estaba preparado para la reacción y lo sujetó con más firmeza. Pero como Antonio también estaba preparado, el golpe fue más fuerte. Ya la mirada de Danilo era de desconcierto ante la insolencia inesperada de su chiste seguro. Entonces, ya en franco pánico, se olvidó del performance y, arrugando el cono en la mano intentó encajárselo en la cara en el momento en que llegó el profesor de biología, con lo cual retomó la mirada ladina que ponía frente a los adultos, y fue a sentarse en su puesto.

—A la salida —dijo mirándolo con su mirada más diabólica.

El mundo retomó una calma aparente, pero en el ambiente se respiraba cómo latía la reacción al intento de subversión.

Al sonar el timbre, todos caminaron hacia la salida, esperando ver cómo la vida retomaba su orden. El real. El ineludible. Todo lo que les había aliviado no ser el blanco de Danilo estaba en peligro. Si la vida perdía su orden establecido, ¿qué vendría? ¿Qué podían esperar mañana? Todo el salón estaba expectante de ver cómo perdían motivos para preocuparse. De hecho, lo daban por descontado.

¿Quién se atrevía a retar a Danilo y salir indemne?

Rumbo al cadalso, Antonio no tuvo tiempo de preguntarse sobre su destino. Solo sabía que ese dique que había acumulado meses de humillaciones, se había reventado. Y, sin darse cuenta, ya estaba inmerso en el inevitable suceso.

Las luchas por la vida son siempre encarnizadas. Apenas recuerda que, puesto un pie en el patio, Danilo fue hacia él con la determinación de restaurar su prestigio.

En adelante, Antonio conoció el terrible y hechizante sonido de la furia.

Vacío. A eso suena la furia. Un insólito silencio tapiando todos los rincones. Una capacidad de mirarlo todo desde afuera. Una sincronización pasmosa, como los dedos de un pianista profesional. A cada movimiento se le sucedía otro, y a ese otro, y luego otro. Todos parecían ensayados de lo bien que salían. Acaso, en algún atisbo de pensamiento racional, le causó asombro saber lo poco fuerte que era Danilo. O la inesperada fuerza que había en la rabia.

Lo destrozó todo lo que se puede destrozar a un contendiente a esa edad. Destrozó su hasta entonces inmaculado poder. Su amor propio. Su saña. Su hasta entonces infinita capacidad de humillarlo. Destrozó una lógica que había imperado en el salón sin que nadie se atreviera a cuestionarla. Destrozó su ímpetu cuando vio, en algún momento y como en una foto, una mirada ya no desconcertada sino implorante, o implorante y desconcertada. Escondiéndose detrás de los brazos que, resignados a que no iban a poder vencer, se limitaban a protegerse de los golpes que brotaban como una tubería rota en medio de la calle.

Al día siguiente, apenas se apareció en el salón, fue llamado a la dirección. Allí estaba el hasta entonces titán inmaculado lleno de moretones y rasguños. Sobre la frente hinchada un promontorio rojo oscuro comenzaba a convertirse en costra. No fue sino hasta ese momento en que a Antonio se le vino a la mente una escena, vista desde afuera, de cómo agarraba una rama gruesa y con ella castigaba a un aterrado Danilo, que ya estaba en el piso. Se asombró de que esa escena no estaba en el recuento que había hecho a lo largo del día anterior.

En la dirección, además de la directora, estaba la tía de Danilo, que no trataba de ocupar su cargo en ese momento. Y varios testigos, dispuestos a declarar en contra de Antonio, poniéndose del lado del tambaleante orden establecido. Un orden arruinado, pero el único conocido.

Al orden no se le reta impunemente. El veredicto fue inapelable. La expulsión, irrevocable. Cuando fue al salón a buscar su morral, todos lo miraban con un silencio abrumado, con una rara mezcla que no logró descifrar, pero tenía algo de miedo, de cierta ausente compasión, de tristeza y de vergüenza. Dos cosas lo consternaron mientras miraba de reojo, sin prestar demasiada atención a nadie en particular: Que la mirada era unánime. Que no sabía ponerle nombre.

Comenzaba a transitar el solitario camino del postergado, del aislado. El que es apartado de la manada crece. El que permanece en ella se estanca.

Antonio estudió en otro liceo luego de eso, aunque no completó el bachillerato. Luego de aquel momento de rara gloria, se sumió en la invisibilidad. Llevó una vida modesta y ausente. Una forma de apacibilidad. No volvió a protagonizar otro momento estelar en su vida mediana y se quedaría sin saber qué significó esa mirada unánime que le fue tributada en aquellos lejanos días del liceo.

De hecho, lo sepultó en sus recuerdos.

Hasta esa mañana, camino al trabajo, cuando presenció la inminencia del encuentro entre una moto y un grupo de niños que cruzaban la calle en ese instante. Se trató de un segundo. Uno de esos segundos que abren ventanas en los túneles de la vida. Sin detenerse a pensarlo, haló al último de los niños que se quedó paralizado frente a la moto que se avecinaba e intentaba eludirlos. Lo haló con fuerza y, al ver que podía no ser suficiente, lo cubrió con el cuerpo.

A pesar de los intentos del motorizado, la moto embistió contra Antonio, que logró que el niño subiera a la acera sin ser alcanzado por el impacto. Cayó un par de metros más allá. En medio del susto, trató de incorporarse de inmediato. Cuando lo hizo, a duras penas, volvió a sentir una vieja sensación ya olvidada. El mundo en silencio y todas las miradas sobre él. Sintió el pudoroso desconcierto de estar protagonizando una escena incómoda.

Todos los que estaban en la parada vieron al hombre macizo ponerse de pie luego de haber volado un par de metros. Tenía el pantalón roto a la altura de una de las rodillas y sangraba profusamente en un brazo.

Una vez en pie, mientras trataba de ubicar sus coordenadas en el mundo, sintió todas esas miradas que lo seguían en silencio, mientras renqueaba hacia la seguridad de la acera. Vio que sangraba, pero no sentía dolor. Vio cómo las miradas lo perseguían y, bruscamente, volvió al momento en que entró al salón a buscar su morral, luego de la expulsión. Entonces era un chamo y no podía darle nombre. La vida, los caminos, el silencio, la experiencia, hicieron que el nombre emergiera en silencio. La palabra que le daba nombre a esas miradas era respeto.

Sobre el autor

*Foto 1: Fernando Bracho. Foto 2: Jorge Gómez Jiménez

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