literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos deportivos

Rafael Victorino Muñoz

La abuela beisbolista

La profesora Amalia Correa me dio clases en la Universidad de Carabobo, en el octavo semestre de Literatura. No recuerdo bien cuál era el nombre de la asignatura, una de esas materias que están hechas como para llenar el pensum. Cuando la conocí, a la profesora Amalia, estaba próxima a jubilarse y era bastante dada a la bebida. En medio de la clase sacaba su petaquita- una petaquita muy coqueta, con pintas como de jirafa-, se echaba un trago y decía que eso era una medicina. Quizás era cierto y estaba tan alcoholizada que si no se tomaba un trago hubiera sido una persona totalmente incontrolable, cuando no una profesora mortalmente aburrida.

La profesora Correa sólo estuvo casada una vez. Se casó a los 27 años, con un hombre tan alcohólico como lo era ella ahora. Pero al cabo de un año de matrimonio Amalia  había vuelto a la casa de su padre, otro profesor jubilado de la universidad. Lo único que le había quedado de esa corta unión fue la afición a la bebida, que por supuesto se intensificó tras la separación. Claro que nunca le faltaban compañeros de parranda que eran ocasionales parejas sentimentales, antes y después de su separación.

Así las cosas, un día resultó embarazada sin saber realmente de quién era, pues estuvo sin darse cuenta hasta que estuvo avanzada (ya casi en el cuarto mes), y cuando se enteró la memoria no le daba para recordar con quién había estado más o menos en la fecha que se estimaba había ocurrido. No usaba ningún método anticonceptivo porque creía que estaba demasiado vieja. Así que fue una sorpresa, para ella y también para todos, verla en ese trance. La broma común en la universidad era decir que no iba a parir un hijo sino un nieto.

Creyendo que sería una hembra, había pensado en bautizar a la niña con el nombre de Constanza, por la constancia de la criatura en permanecer allí. Pero se equivocó. Cuando nació el niño, Amalia tenía 43 años y 125 días. No le quedó otra opción que usar el nombre del abuelo Octavio, hijo único igual que ella. Así que su recién nacido sería el continuador de una larga y extraña tradición de hijos únicos, casi todos varones excepto la misma Amalia.

Para la fecha en que me dio clases, el niño Octavio tendría cerca de los 8 años; y fue entonces, más o menos, cuando comenzó a darse cuenta de que su mamá no era como la de los otros niños de su escuela. Al principio no sabía bien por qué, pero sentía un rechazo instintivo hacia ella; y se lo hacía saber y sentir de manera permanente, tratándola de una manera despótica hasta cuando estaba en plena clase con nosotros.

Después el niño lo entendió, o lo concientizó, como al año siguiente, cuando hubo una junta de maestros y notó que su mamá no lucía igual que las demás madres, ni siquiera como las maestras, sino que más bien parecía una hermana, mayor y bastante desmejorada, de la directora del colegio. Su mamá no se maquillaba, no se pintaba ni arreglaba el cabello, no se vestía ni olía bien; al contrario, siempre olía a algo que él no sabía bien qué era.

Desde ese día, de la manera más inteligentemente que se le ocurrió (pero no por consideración sino para que pudiera resultar lo que él quería), le pidió que le pusiera un transporte, para que no tuviera que venir a buscarlo. A Amalia no le pareció, ya que recién se había jubilado, y tenía todo el tiempo para dedicárselo a su hijo; pero como lo complacía en todo, accedió, pensando también que quizás con eso fomentaría su independencia. A ella le preocupaba que, por ser hijo único, Octavio se apegara mucho.

Como otra manera de escapar, Octavio inventó lo del béisbol. No le gustaba para nada ese deporte, ni ningún otro le había llamado la atención en realidad. Incluso, durante el recreo, detestaba participar en juegos que involucraran correr: detestaba sentirse sudado y sucio. De todos los deportes, el que menos requería, a su entender, algún esfuerzo físico intenso, era el beisbol. Así que estuvo pensándolo bien, consultando con compañeros, y supo que en la escuela de la Alcaldía de San Diego era una actividad de todos los días, con prácticas de lunes a viernes y juegos los sábados y domingos. Eso estaría bien, pensó; y usaría las noches para los deberes escolares. No tendría que ver demasiado a la señora.

Curiosamente, el deporte le empezó a interesar. Era un muy buen receptor y también tenía destrezas para cubrir la primera. El outfield no le iba bien, porque se perdía buscando los flys. Pero el bateo era su mayor debilidad: no le pegaba ni a un balón de básquet. El manager sospechaba que algo le pasaba y lo mandó a hacerse los exámenes de la vista. Y resultó que Octavio tenía una combinación muy poco frecuente de astigmatismo con hipermetropía. Luego de comenzar a usar las gafas su bateo mejoró ostensiblemente, pero aún así el manager no se atrevió a probarlo en el outfield y lo dejó en primera.

La madre se preocupaba creyendo que Octavio no la dejaba ir verlo a los juegos porque le iba muy mal. Ella se lo pidió varias veces. Pero la mirada de odio que le dirigió la última vez la dejó asustada, más bien helada. Y no se atrevió a decirlo más, para no tener que sentir eso nuevamente. La profesora Amalia, ya para entonces jubilada, pasaba las tardes en su mecedora del porche de la casa, fumando más que nunca. Había añadido ese otro elemento a su repertorio, así que la tarde se le iba preocupada pensando si no habrían pasado muy pocos minutos desde que se bebió el último trago o desde que encendió el último cigarro.

Un viernes anunciaron en la escuela que habría, para la siguiente semana, una actividad especial de convivencia con los padres. Ya en otras ocasiones se habían realizado verbenas, rallys, fiestas de fin de año; pero Octavio se las había ingeniado para hacerse el loco y no decirle nada a su representante, o para inventar excusas por las cuales ella o ambos no asistían a los eventos. Pero esta vez el manager lo precisó: se trataba de un juego para compartir con los familiares; se enfrentarían el equipo de los padres contra el equipo de los hijos. La condición era que cada padre o madre debía ocupar en el campo la posición de su hijo.

Octavio rezongó:

– Pero, una guará… ¿y qué pasa si mi mamá no puede venir?

El manager lo miró de arriba abajo.

– Te suspendo un mes- dijo tajantemente; ya estaba empezando a ponerse de mal humor, pues no le gustaba que le llevaran la contraria en nada cuando se trataba del equipo.

Así que el domingo siguiente estaba la profesora Amalia en la primera base, con una gorra de beisbol que le venía grande, más feliz que nunca, pero aguantando las ganas de echarse un traguito, o de fumarse un cigarrillo, o ambas cosas. Octavio sólo se cubría la cara con las manos, o se ponía una mano en la frente, mirando hacia abajo y negando con la cabeza, cada vez que la escuchaba gritar porque había un ponche. Por suerte, pensó él, no tuvo que intervenir en ninguna jugada en la apertura del primer inning. El pitcher del equipo de padres era un hombretón de 1,90 que lanzaba una recta endemoniada. Ninguno pudo batear siquiera un foul.

En el cierre de la entrada, la primera en pararse en el cajón de bateo fue Amalia. Octavio se quería morir, viendo la forma como agarraba el bate (dejaba mucho espacio entre ambas manos así como entre la mano de abajo y el mango), y también cómo se meneaba en el home, igual que si estuviera bailando merengue. Su expresión de vergüenza cambió a una atónita cuando vio la conexión que dio: una línea que casi le vuela la cabeza al pitcher. Amalia, poco habituada al deporte, hizo ademán de correr primero hacia la tercera, pero le gritaron y cambió la dirección hacia la primera. Allí se encontró con su hijo, que no salía del asombro.

La profesora Amalia seguía, aún en primera, haciendo movimientos extraños: encogía los hombros y cerraba los puños, dando cortos saltos; parecía más bien como si estuviera en un ring de boxeo estudiando a un adversario invisible. El pitcher se viró hacia primera y Octavio, por estar distraído con los movimientos de su madre, no atrapó la pelota, que llegó hasta la zona de foul del terreno corto del right. Cuando recuperó la bola, su mamá estaba, sorprendentemente, en tercera. Octavio no salía de su asombro: cómo había llegado tan rápido hasta allí esa viejita.

El segundo bateador del equipo de padres conectó un batazo profundo hacia los jardines. La profesora Amalia salió corriendo de una vez, pero quien hacía de coach de tercera casi se le atravesó en el camino para decirle que esperara en la base a que el jardinero atrapara la bola, entonces sí podría correr. Así hizo, y entonces Amalia anotó la primera carrera del equipo, dando grandes gritos de manera desaforada. Ya para ese momento un sentimiento extraño se había apoderado de la mente de Octavio: no sabía precisar qué era, pero no se sintió el mismo desde ese momento.

El equipo de padres, a pesar de que ninguno era un experto jugador, les estaba dando una paliza: 11 a 2 en el quinto inning. El entrenador dijo que si no bateaban en el siguiente, decretarían nocaut. En ese momento un compañero le preguntó a Octavio si esa señora que jugaba tanto era su abuela. A Octavio se le iluminó el rostro: por qué no se le había ocurrido eso antes.

– Sí, es mi abuela- respondió henchido de orgullo.

– Chamo, esa señora sí juega- dijo el otro.

– Eso es de familia- declaró ufano Octavio.

Ese día la abuela bateó para 4-3, con una base robada y dos carreras anotadas.

 

No hay quien le gane

El día que debió haber sido el más alegre de mi vida se convirtió en el recuerdo más triste que puedo recordar, valga la redundancia. Era la primera vez que iría al estadio “José Bernardo Pérez” a ver  un juego del equipo más popular de Venezuela: la novena turca, los eléctricos, los Navegantes del Magallanes. Por aquellos tiempos se había renovado la afición, tanto del equipo como del beisbol en general, pues precisamente los Navegantes venían de ganar la Serie del Caribe, lo que era un hecho inédito para Venezuela.

Todavía recuerdo la algarabía de la gente en la calle, cuando se supo la noticia. Mi mamá salió corriendo a buscar el carro y nos fuimos en caravana, tocando corneta, hasta la avenida Bolívar. En Valencia, cuando hay una celebración, todo el mundo termina en la avenida Bolívar. Lo cierto es que yo en ese momento no sabía bien de qué se trataba la cosa: aún no había cumplido los 8 años, no entendía ni remotamente las reglas del beisbol, no sabía quiénes eran los jugadores, salvo Dave Parker, que era mencionado cada vez que soltaba un batazo de larga distancia. Pero, algo se agitaba en mí cuando decían “Magallanes” (y aún hoy ocurre). Fueron mis primeros héroes.

Después de esa celebración y hasta la fecha de la que hablé al inicio, transcurrieron un par de años, durante los cuales me procuré yo mismo una radio con mis pocos ahorros (siempre he sido ahorrativo), gracias a la cual sufría noche a noche, en épocas de temporada, todos los juegos, en la voz de lo mejor del Caribe, Felo Ramírez. También veía los pocos partidos por televisión, pero dado que era un solo canal el que transmitía, sólo dos días en la semana, y debían alternar para que aparecieran por igual todos los equipos, no siempre tenía la suerte de ver a mis Navegantes. Así que tenía que conformarme (sé que parece una afición de personas mayores, eso de seguir el beisbol por radio; pero qué le iba a hacer).

Por supuesto, entre los pocos partidos vistos y los tantos escuchados, lecturas de la prensa, conversaciones con los demás, incluso durante los juegos de pelotica de goma en el callejón de la escuela “Brígida Hurtado”, fui haciéndome un gran conocedor del tema. Hasta el punto tal que era el único niño en mi colegio que conocía la fórmula para calcular la efectividad de un pitcher por cada nueve innings lanzados. La descubrí por mí mismo, sin que nadie me explicara, a fuerza de deducción. Y estoy hablando de que sólo estaba en el tercer grado.

Dado que los periódicos siempre tenían retardos en las actualizaciones de las estadísticas de los jugadores de mi equipo, yo mismo, todas las noches, después de cada juego, calculaba los promedios, en un cuaderno en el que llevaba todas esas anotaciones. Al día siguiente, durante el receso, me convertía en una estrella de los comentarios deportivos con mis compañeros, mostrando estadísticas, tendencias, haciendo comparaciones y complicadas proyecciones del rendimiento de cada jugador.

En mi familia no mostraban demasiado interés por motivarme en mi afición deportiva. Hasta me regañaban y me mandaba a dormir si era muy tarde y yo seguía escuchando el juego, sobre todo cuando había un extrainning. Mi deseo de ser inscrito en la escuela de la Fundación Polar se vio frustrado cuando, tras un recorrido en busca de precios, mi mamá decidió que su presupuesto no cubría el costo del uniforme, los tacos, el guante, el casco y otros adminículos para la práctica del beisbol. Me inscribieron en una escuela de básquet cercana. Y yo asistía de martes a jueves porque era mejor que quedarse encerrado en casa. Claro, odié ese deporte; hasta que cumplí 13 años y descubrí que era uno de los mejores jugadores de la liga infantil; aunque ésa es otra historia.

Un día llegaron a reforzar al Magallanes un par de jugadores provenientes de la organización de los Piratas de Pittsburgh: Joe Orsulak y Benny Distefano. Ambos eran zurdos, jardineros, de terribles brazos; capaces de liquidar en el home a cualquiera que intentara anotar desde segunda con un sencillo. Orsulak jugaba en el jardín central, era rubio, alto, atlético y rápido en las bases. Mi tía y mi mamá se volvían locas cada vez que lo veían en televisión. Benny Distefano, right fielder, se puede decir que era casi lo opuesto: no tan alto ni atlético, cabello negro, más lento en las bases; pero era mi favorito por una razón: jugaba con el 27, el número que considero de la buena suerte, por ser mi fecha de nacimiento.

Este jugador es famoso y aún recordado en Venezuela por dos razones: tiene la marca de más triples en una temporada, con 10, empatado con otro magallanero: Félix Rodríguez. Cuando supe que el triple es el batazo más difícil en el beisbol, se redobló mi admiración por él. También se le recuerda a Distefano por ser un gran pendenciero: no había pelea del equipo en la que no se involucrara; muchas de esas peleas eran provocadas por él mismo, por su forma agresiva de barrerse en las bases o de tocar los jugadores para hacerlos out, cuando estaba cubriendo la inicial. Si un miembro del Magallanes era golpeado por un lanzamiento del pitcher del equipo contrario, Distefano era el primero en salir corriendo del dogout a devolverle la caricia. Yo interpretaba ese comportamiento como un exceso de amor por el equipo. Así que tenía razones de sobra para considerarlo mi ídolo.

El día del que hablo fue durante la segunda temporada de Distefano y Orsulak con el Magallanes. Todo comenzó con la noticia de que a mi mamá en el trabajo, no sé por qué razón, le habían regalado 3 entradas para el encuentro entre Magallanes  y Tiburones de La Guaira. Llegó con esa información a mediodía un viernes, cuando volvió a almorzar. El juego era esa misma noche. Yo sabía que una de esas dos entradas era para ella; la otra para mi tía, porque además de su hermana era su amiga del alma. Pero, ¿para quién sería la tercera?, fue la pregunta que me hice en ese momento, con el corazón en la boca.

Mi mamá almorzó, hizo una siesta y se fue, como siempre, a la una y media, dejándome sumido en profundas cavilaciones: a mi abuelo podría llevarlo, porque a él también le gustaba el beisbol; aunque seguro no querría, porque no recordaba que mi abuelo alguna vez hubiera salido de noche, y el juego era a las 7:45 pm. A mi tío Javier sí estaba seguro que no le iba a decir, porque habían tenido una de sus clásicas peleas. Quedaba mi otro tío, Elpidio, estudiante de medicina; pero sabía que no iría porque estaba enfrascado estudiando Histología. Quedaba mi hermana (un año mayor); y por supuesto yo.

Mi hermana llegó a las tres de la tarde de la casa de mi tía, una hora inhabitual para ella; y supe que algo pasaba. Explico: a mí me dejaban con mi abuela; a mi hermana la cuidaba mi tía Elena, y mi mamá la pasaba a buscar de regreso del trabajo. Mi hermana había estado un poco delicada, tenía anemia, le daban unos mareos y a veces sangraba por la nariz. Nada grave, por supuesto; hoy día es una persona muy saludable. Pero aquella tarde su malestar hizo que todo se decidiera a mi favor. No tocaba más que esperar, a las 6 de la tarde, el bronco sonido del Javelin de mi mamá.

No recordaba haber visto una estructura tan enorme ni había escuchado un ruido tan intenso: miles de voces gritando al unísono, mientras nos acercábamos al estadio; casi se me salen las lágrimas de la emoción. Nos sentamos en la zona del bullpen de los tiburones: las entradas decían “tribuna lateral leftfield”; eso significaba que no estaría cerca de mi ídolo. Mi mamá y mi tía no paraban de coquetear con los jugadores de la Guaira y pedirles autógrafos; hasta números de teléfonos como que intercambiaron. Había un pitcher, criollo, relevista, de ojos azules, que al igual que mi tía parecía no estar nada interesado en lo que hacía su equipo.

Yo sí, yo no me perdía nada de lo que pasaba en el terreno; grababa cada detalle en mi mente, incluso antes de comenzar propiamente las acciones. La arena tan roja, la grama tan verde, todo me parecía perfecto. Cada lance de práctica en el infield. Veía e identificaba a cada jugador: allá estaba Nelson Rood, un pequeñín que jugo shortstop; allá el gago Olivares, el cátcher era Alfredo Torres, en la primera Félix Rodríguez (todo esto lo escribo de memoria, sin necesidad de consultar; tan claro tengo ese momento)… Cuando se escucharon las notas del himno, miré hacia la bandera en las gradas del jardín central, una enorme bandera que ondeaba agitada por un fuerte viento. Noté, entonces, que el cielo se estaba nublando, peligrosamente.

La apertura del primer inning se fue por la vía rápida para el equipo visitante. Magallanes cerraba la entrada. El primer bate era Nelson Rood, e hizo lo que ya tenía acostumbrado: tocó la bola por la raya de primera para embasarse, y lo logró. Detrás venía Alfredo Pedrique; bateó para doble play. El tercer bate era Orsulak. Se ponchó, cosa muy rara en él, ya que era un bateador de gran contacto. Mi mamá exclamó que ese Orsulak era un maleta, para burlarse de mi tía; pero ésta no le prestó atención, pues no dejaba de mirar al pitcher de los ojos azules. Terminó la entrada. Tendría que esperar al siguiente inning para ver batear a mi ídolo, que era el quinto en la alineación.

El cuarto bateador del Magallanes era Alfredo Torres, que terminó esa temporada como líder en jonrones e impulsadas. Dio un foul fly que capturó el segunda base llegando casi hasta la zona intermedia entre el coach de primera y el cátcher: tan alto había sido el fly y tanto la había movido la brisa. En su primer turno Distefano dio una larga conexión que capturó el jardinero central, Raúl Pérez Tovar casi en la pista de seguridad, en terreno intermedio del center-right. Cuando sonó el batazo, ocurrió eso que sucede habitualmente en los juegos: el golpe seco del madero al entrar en contacto con la bola, un ligero silencio y luego se suelta el ah de todos, al mismo tiempo, mientras se levantan de sus asientos, recorriendo con la mirada ávida  la trayectoria del batazo. Luego, cuando el jardinero muestra que tiene la pelota en su mano, todos hacen otra vez ah, pero con desaliento, y vuelven a sus asientos.

Se puede decir que hasta la primera mitad fue un juego de pitcheo, con poco movimiento en las bases. En el cuarto Distefano conectó una línea seca entre el inicialista y la raya. La pelota se internó por la zona de foul del right, pero se metió en una canal: doble por reglas. Creo que fue la primera vez que maldije, pero en voz baja, en toda mi vida: pudo haber sido un triple. Yo tenía la esperanza de verlo batear un triple. Para mí, en esa época, era el batazo más importante. Más que un jonrón. Distefano se quedó esperando remolque en la intermedia.

En el quinto inning comenzó el despiadado ataque de los Tiburones, se soltaron los bates de su temible toletería que le llevó a dominar la liga durante esa década de los ‘80. La fiesta la comenzó Norman Carrasco, con su peculiar estilo de batear, abriendo mucho las piernas y poniendo los codos casi a la altura de la cara y el mango del bate sobre su frente. Luego siguieron los Salazar, el ya mencionado Raúl Pérez Tovar, Juan Francisco Monasterios… puros criollos. En esa época los Tiburones eran tan buenos que no necesitaban tener importados en su alineación, sólo algunos pitchers. En total pisaron el home cinco veces, dando vuelta a la batería y dejando dos hombres en base.

Pero el Magallanes respondió en el cierre de esa misma entrada: base por bolas para Alfredo Pedrique, un largo doble de Félix Rodríguez por el center-right, que salió de un bote hacia las gradas: doble por reglas, por lo que Pedrique no pudo engomarse; luego un sencillo del gago, pero Rodríguez no anotó desde segunda por su lentitud. Pisó el home fue gracias a un wild pitch. Y no sucedió nada más. Iban 5-2 y estaban en el quinto. El sexto fue de trámite.

En la apertura del séptimo ya habían comenzado a caer las primeras gotas, de manera muy tenue, pero continua. Miré instintivamente hacia la bandera. Lucía ahora caída, como si también se hubiera contagiado de mi ánimo, y creo que el de todos, salvo el de mi tía, que no dejaba de hablar con su pitcher. En el haz de luz de los potentes reflectores se veía la fina cortina de lluvia, claramente definida cada línea de agua, como si fueran más bien las rayas de un dibujo o de un grabado.

En el entreinning arreció un poco. Hubo un momento de deliberación de los umpires con el manager de La Guaira primero y con el de Magallanes después. En algún momento escuché que un señor conversaba con mi mamá y le decía que ya había juego legal, y que si Magallanes no bateaba, estaba todo listo. “No es justo”, pensé. Y agaché la cabeza, mientras las gotas de lluvia corrían por mi barbilla. La lluvia se mantuvo con la misma intensidad durante el cierre de la entrada. Pero el marcador también.

El Magallanes salió a cubrir al campo para el inicio del octavo. Parte del público se había ido, otros se habían refugiado en la zona de las escaleras de acceso a las gradas, donde podían resguardarse de la lluvia y ver por lo menos una parte de lo que acontecía. Mi mamá y mi tía estaban en una de esas zonas, y me gritaban para que me acercara. Yo no me quería mover de donde estaba. Aún había esperanzas, creía yo. Pero la lluvia comenzó a arreciar, poco a poco. Cada segundo me mojaba más y más.

El último out de la apertura del octavo fue un fly que capturó Orsulak en el jardín central. El chief umpire hizo una seña que no dejaba lugar a dudas. Ya no había para más. Fin del juego. Victoria de La Guaira. Ese era el momento que parecía estar esperando la lluvia para terminar de desparramarse. Se soltó una cantidad de agua que de verdad no he visto en Valencia más que en otras dos ocasiones.

No había nadie más en los graderíos, sólo yo. En el campo todos habían desaparecido, incluyendo a mi ídolo, Benny Distefano. Aunque no lo vi, en ningún momento, correr hacia el dogout del Magallanes. Orsulak permaneció como un minuto parado en el mismo lugar donde capturó la bola. Luego caminó lentamente hacia el bullpen de los Tiburones, que le quedaba más cerca. Mientras caminaba miró hacia la grada y vio a ese niño allí, mojándose. Se detuvo un instante. Se quitó la gorra y saludó. Luego entró. En ese momento comenzaron a apagarse, una a una, las luces del estadio.

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*Fuente de la imagen: https://www.correryfitness.com
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