literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Salvador Garmendia

El aire transparente del domingo

Dedicado a Guillermo Meneses, a quien corresponde la paternidad de este relato.

El taxista vio la anciana parada bajo un árbol al borde de la acera y pensó: «¿Me irá a detener esta vieja?».

En efecto, la anciana alargó un brazo y el taxi se detuvo a su lado. El hombre vio entrar la menuda figura, que en insólita determinación había elegido el asiento delantero, y se sintió tocado por una especie de ternura risueña, acaso para corresponder a aquel gesto tan poco frecuente en las señoras. «Esta es una viejita simpática», rumoreó en sus adentros, casi en palabras, tanto que ella pareció escucharlo y lo miró a la cara, de esa manera penetrante y desencubridora que no deja de ocasionar alguna turbación; sonrió además, y al cubrirse su cara de infinitas arrugas que le infundieron una apariencia cómica (los ojitos desaparecieron por completo devorados por un exasperado grafismo) la realidad pareció desprenderse de ella en un instante, convirtiéndola en una niña en perfecto disfraz de abuela.

–Buenos días, abuela –dijo el hombre.

La vieja dio una dirección en una vocecita hueca y permaneció sentada al lado de la puerta, muy derecha, con las manitos secas reposando en mitad de los muslos.

Habían rodado un trecho por una avenida despejada, cuando el hombre empezó a hablar de cualquier cosa sin dejar de mirar a su modosa pasajera, que en realidad no parecía escucharlo y sonreía plácidamente, la mirada al frente, divertida como si del otro lado del vidrio asomaran caritas infantiles que le hicieran muecas.

Siendo como era día de fiesta y apenas las diez de la mañana se veía poca gente en la avenida, de modo que el taxista pudo distinguir claramente a un caballero de regular edad que se hallaba parado al borde de la acera, en la actitud del que aguarda para cruzar la calle. Vestía de negro, no con aire de luto propiamente, sino de anticuada corrección y sin duda difundía a su alrededor el aura de una persona limpia y saludable, amoldada rigurosamente al ámbito de una mañana de domingo.

Apenas pasaron frente a él, cuando la anciana se precipitó a la ventanilla y como electrizada por una emoción incontrolable, emitió unos griticos de muda, al tiempo que sacudía ambos brazos queriendo llamar la atención del caballero.

Por lo que pudo advertir el taxista en una visión instantánea recibida a sesenta kilómetros por hora, el caballero no pareció alterarse demasiado, sino que manteniendo el aplomo de una persona poco dada a las efusiones desmedidas, sonrió con reposada satisfacción y respondió a los aspavientos de la vieja moviendo en alto su brazo derecho, tal como si saludara el paso de un desfile.

El taxi se alejó por la silenciosa avenida y (acaso desde nuestro punto de vista únicamente) pareció entrar en una dimensión arbitraria del tiempo que no tardaría en disolver su imagen física, eliminando de pasada todo rasgo de aquella breve escena. Sin embargo, la vieja acabó por separarse de la ventanilla y se desplomó exhausta, agotadoramente feliz.

–Es bueno encontrarse por ahí con parientes –el taxista quiso decir «amigos» y corrigió tras un breve tartamudeo– que uno no ve hace mucho tiempo. Ese señor, ¿es un hermano suyo?

–Es Ramón, mi marido. ¿Qué le parece a usted?

–;Parece un señor muy decente.

–Lo mismo pienso yo.

El taxista meditó unos momentos.

–;Pero usted está muy emocionada… Deben tener mucho tiempo sin verse.

–Claro –dijo la anciana, dibujando una sonrisa lejana–. Él tiene quince años de muerto.

 

Asunto de familia

Por aquella época, se conocían los fotógrafos ambulantes que solían ser también barberos. Se decía que podían volar y tal vez por eso nadie los veía llegar a los lugares. Este era un hombrecito sonajoso, toda la ropa cubierta de santos y espejitos colgantes, que hacían un ruido menudo y alegre cuando caminaba. Parecía un caballo flaco, la cara de caballo y unos dientes largos y amarillos y la melena que parecía de almíbar, larga, amarillosa, tendida a la espalda.

Armó su cámara en el corredor y se pareció todavía más a un caballo cuando metió la cabeza y los hombros bajo el trapo negro. La caja se abría por un lado y adentro se veía un gusano negro lleno de arrugas.

Yo, que era un muchacho, me retraté sentado en un cojín, hincado mejor dicho y con las manos juntas, rezando y mi mamá que era gorda y llenaba toda la poltrona, me ponía una mano en la cabeza y me miraba como si de veras fuera un santo. Creí que iba a salir como Guido de Fongaland, todo brillante, de porcelana blanca acabada de frotar, pero salí amarillo y dormido, los ojos vacíos como si fuera un albino. Papá salió con una mano en el pecho mirándonos a todos con asombro y a mi tía Gardita, que se llamaba Hildegardis, el vestido de pinticas negras se le destiñó por completo y también le salió harina en la cabeza. Por último a mi tío Juan lo obligaron a retratarse, lo pararon en la pared con su banda negra de viudo en el brazo derecho y lo retrataron.

Al otro día por la mañana, cuando el fotógrafo paseaba por la plaza y todos los muchachos y los perros de la cuadra le andaban detrás, a mi tío le dio un síncope, se le rompió una bolsa de sangre en la cabeza y se murió. Cayó en el baño de un solo golpe, tieso como si la carne se le hubiera secado de golpe y el ruido que hizo fue tan grande que resonó en toda la casa. Mi tía Gardita que estaba cosiendo los libros del Registro, porque era encuadernadora, salió dando gritos y diciendo que lo había visto caer de largo a largo, como si se hubiera desprendido del techo en medio de aquella mesa grande donde trabajaba.

Lo enterraron. Al otro día llamaron al fotógrafo, que la noche anterior, mientras las personas rezaban en el corredor y yo estaba llorando en mi cuarto, montó los cascos delanteros en la ventana que daba al jardín y por allí asomó su cara de caballo, larga, llena de huesos. El fotógrafo se llevó el retrato de mi tío y como a la semana, cuando todavía los días eran largos y no se oían los pasos, regresó con una ampliación grande que colgaron de una vez en la sala.

Era un retrato de cuerpo entero; mi tío era gordo, rosado y había perdido la mitad del pelo. Estaba parado, vestido de blanco y los brazos pegados al cuerpo como un soldado.

Aquel día, el fotógrafo me puso una mano en la cabeza y era tan pesada que la estuve sintiendo, fría, en el pelo durante muchos días. No lo vimos más.

Un día, mi tía Gardita -tenía las manos pegajosas de cola y la nariz llena de venas-, dijo que el traje negro que llevaba mi tío en el retrato, lo mismo que el chaleco y los botines se los había puesto el día del matrimonio y que no los había usado nunca más. Ese traje estaba todavía en su cuarto, colgado detrás de la puerta: uno lo sacudía con miedo y de adentro salían cucarachas que corrían como ciegas por aquel paño negro y cubierto de polvo.

Con los meses, mi tío enflaqueció, además; la cara se le puso afilada y el pelo negro peinado a la pluma brillaba como aceite; vestía de dril oscuro y se le veían las manos largas y blancas. Mamá lo encontraba parecido a mi tío Roberto que murió muy joven; pero mi tío Roberto tenía la frente más despejada y el cuello más largo.

Un día apareció a caballo, de botas y polainas y un sombrero de fieltro. Se veía muy alto, duro, parecido a una estatua. Estaba más gordo y la cara se le había redondeado: mamá decía que mirando muy bien, se podía ver, apenas, en ese humo desteñido del fondo, a mi papá montado también a caballo; pero esto no fue posible verificarlo, de modo que después de un tiempo se olvidó. Por esa época, se apareció mi tía Servilia y despertó la casa. Viendo a mi tío en un sillón con aquel cuello enorme donde latía una vena y aquel pecho inflado y unas manos pesadas, dijo que era una lástima que hubiera muerto tan joven.

Mi tía Servilia caminaba todo el día por la casa, afanada y sin parar de hablar. Hablaba de nada, contaba las cosas que iba haciendo y a veces se reía de lo que pensaba. Por debajo del camisón le salían unos hombrecitos alocados que corrían delante de ella removiendo sillas y materos y todo lo que podían encontrar. Todo era ruido en la casa y el día se iba volando. Entonces inventó cambiar todo de sitio, vaciar los cuartos, todo. Cuando rodamos los escaparates, salieron las lagartijas en volandas y todos zapateábamos. Quedaba una mancha de polvo y aparecían cosas que se habían perdido hacía siglos.

Cuando fueron a quitar el retrato de mi tío, un pedazo del encalado se desprendió y el retrato se vino al suelo. Corrí a mirar. Estaba el vidrio hecho pedazos, ennegrecido por el polvo y el marco desclavado en una esquina. Mamá y mi tía gritaban. El retrato estaba tan oscuro, lleno de peladuras y lamparones, que apenas era posible distinguir la figura. Se veía un poco la cara de mi tío, pero como hacía ya mucho tiempo de su muerte, yo no lo recordaba.

Mi tía Servilia dijo que no valía la pena hacer nada por recuperarlo, y me mandó botarlo en el solar.

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