literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Pablo Domínguez

El capitán y la estrella

Cabecean los palos desnudos de los navíos al, al vaivén sosegado del agua. A lo largo de los muelles en reposo, van y vienen paseantes, quienes dejan la ciudad calurosa para buscar aquí un poco de brisa fresca y un rato de contemplación plácida del paisaje, sedante y contrapeso del braceo rudo en la lucha contra el otro mar, también amargo y recio, que todos los días por el pan nuestro libra el hombre sin piedad y acaso sin mayor fortuna. Oficiales estirados, marineros indiferentes, alguna pareja romántica sueña con el “viaje de novios” y en la esbeltez del horizonte mira suspenderse la cortina de las equivocaciones. Recostados a los muelles, altos barcos trasatlánticos, llenos de luces, aguardan la hora de partir. La muselina de la brisa juega entre los aparejos de las goletas ancladas y susurran en los oídos de los marinos adormilados canciones de la tierra, del mar y del viento. Llega el eco de una canción isleña. Del bote raquítico acurrucado entre quillas potentes, salta la copla hasta los andenes y riela en el aire, el aire diáfano de los recuerdos. Canta el hombre una canción de su tierra isleña que es como el pan y el vino en el altar de sus recuerdos.

Mientras tanto, por el canal de aguas tranquilas bogan las estrellas. Las obras del Astillero lucen como sombras de gigantes. El Castillo, recuerdo innoble detenido allí para que sea permanente en la conciencia de todos, enseña sus paredes encaladas, mientras guiñan los ojos de los faros a las embarcaciones atrevidas. Vístese a lo lejos, el mar, de lucecitas tiernas. El claro de luna descubre los contornos de in navío que se acerca al puerto y a poco se precisa el bravo perfil de la Estrella virando hacia la bahía, en donde habrá de quedarse hasta el amanecer. Pedro Esteban dicta órdenes mientras mira la fila negra de cocoteros y se le pierde la mirada entre la espuma de las olas que se quiebran contra las pie- dras de Goigoaza. No tiene ganas de reír ahora por- que trae la alegría metida dentro del pecho, como si lo estuviera dentro de un ataúd. Apenas ve las casitas de la playa, los faroles de la ciudad y apercibe los ecos de la vida en tierra,

II

Viene Pedro Esteban esta vez dispuesto a no regresar a la casa en donde sus dos chiquitines lo besaron al partir… quizá por última vez. Su esposa, buena mujer, espera allá el regreso de Pedro, con la misma alegría de siempre, porque cada vez que su marido deja las playas costeñas para hacer el recorrido, el alma se le afina para rogarle a la Virgencita adorada que lo cuide, lo ampare y lo proteja en el viaje. Y allá debe de estar ella ahora deshojando las cuentas de su rosario frente a la Virgen del Valle.

Pedro Esteban acaba de ordenar las maniobras y al poco rato, la Estrella está segura; mañana temprano cruzarán el canal y podrán todos irse a tierra, como siempre. Tendido en su litera, Pedro Esteban repasa sus cuentas, pone orden en sus asuntos pendientes, mientras contempla las estrellas. Para llegar a la resolución que ahora le pone turbio el pensamiento y acelera el ritmo cardíaco, ha. sido preciso agotarlo todo, todo, todo. Él no fue nunca hom-bre de pleitos y rehuyó hasta lo imposible el lance de botiquín, la pendencia callejera, donde muchos hombres botan la vida por un palo de aguardiente o por una frase cualquiera. Recuerda.

Puede ser que el barbero tuviera razón al buscarle la vida, pero, en todo caso, él ha sido franco al enemigo. Después del lance en el andén número cuatro, Pedro Esteban ha quedado comprometido en su honor de hombre y ya esto no es posible evadirlo; quiere parecer todo, menos cobarde. El recuerdo de sus dos hijos y su mujer, si bien es cierto que le suavizan el rencor, también, en verdad, acicatéale la hombría. Él piensa sin poder comprenderlo bien, mi explicárselo tampoco, como el hombre aquel de Tarifa; prefiere que sus hijos guarden recuerdo digno del padre muerto y nunca padre vivo con mancha de cobardía en la frente.

La cosa sucedió así:

III

Una noche libre como tantas otras. Por las alturas de Campo Alegre conoció a una mujer bonita. Marinero en tierra y con noche franca no paró mientes en cortejarla. La mujer le dijo que era comprometida y él con arrogancia dejó caer estas palabras:

—Deja al hombre ese, y vente conmigo para que seas la brújula de la Estrella.

Las paredes tienen oídos. Esta vez el viento recogió las palabras del marinero y fue a llevárselas al marido.

—¡Ajá! ¿Conque así es la cosa?

Y con el corazón arrugado y chico como uva bien pasada sentenció:

—¡Pues que se prepare, porque donde lo encuentre lo mato!

¡Ay, Virgen del Valle, qué cosas tan feas tiene la vida! No eran culpables. El marino dejó caer la galantería sin comprender, casi, lo que decía; quizá por hacer una frase frente a una mujer bonita. Pedro Esteban supo que el marido había dicho aquello y un día, mientras aguardaba la llegada de la carga, en el andén, acertó a pasar el hombre con un sartal de pargos en la mano. Pedro Esteban se le fue encima:

—¡Oye, buen hombre, sé que me estás buscando para matarme! ¡Aquí estoy! ¡Hablemos! ¿Qué es lo que pasa?

El otro dio un salto:

—i¡Hola, capitán, es cierto! ¡No te han dicho mentiras!

Silencio. Los dos hombres se abren. Los indiferentes se ponen en guardia. Pedro rasga el momento álgido:

—i¡Hablemos! ¿Qué tiene usted conmigo?

—¡Me estás enamorando la mujer!

—¡Eso no es cierto!

—¿Cómo que no?

—¡Así como lo oye! ¡No es verdad!

—iLe has dicho a mi mujer que me deje para que se vaya contigo!

—¡Eso sí es verdad!

—¿No dice, pues, que todo es mentira?

—¡Lo dije porque todo hombre puede decirlo a todas las mujeres!

—¡Pero es que al hombre se respeta!

—¡Yo no lo conocía ni sabía que era verdad lo que dijo tu mujer!

El diálogo, cortante y sereno, marcó un punto. El barbero dio media vuelta, pasó el sartal rosado de pargos a la mano izquierda y se limpió el sudor de la frente con la otra manga. Luego:

—¡Bien! Es bueno que sepa que lo dicho no es para olvidarlo, porque a mí nadie me ha latío en la cueva.

—¡Por eso es que lo busco, amigo!

—¡Vamos a hacer una cosa!

—¡Lo que diga el amigo!

—Vamos a reservar el lance para otro día, ¡porque ahora no estoy armao!

— ¡Convenido!

—¿Palabra de hombre?

—¡Palabra de marinero!

Pedro Esteban se guardó aquello. Probablemente el otro también. Pasaron los meses, pero cada vez que hacía la escala obligada en Puerto Cabello, no faltaba nunca el comentario irónico entre la gente de la Caleta; esos comentarios que casi siempre tienen la culpa de todas las desgracias. Y las palabras del compromiso brotaban en voz baja, muchas veces aludiendo al marino:

—¡Hay muchas personas en el mundo que son «buchipluma»!

¡Qué mortificación, Virgen del Valle! ¡Algún día tendrá que batirse con el hombre! ¡Algún día tendrá que jugarse la vida por nada, por una palabra! Y repetía por lo bajo, con profunda convicción, con arraigada fe de creyente:

—¡Vida que cuida la Virgen del Valle, no la toca nadie!

En este viaje, Pedro Esteban venía dispuesto a quitarse de encima aquel peso que lo atormentaba. Y mientras repasaba los hechos, tendido en su litera, la luna iba poniéndose ya tras de los cerros de la costa, y por sobre les aguas tranquilas, la noche venía poniendo sus cendales de sueño. Se rindió al suave terral de la noche.

IV

Dio sus órdenes. Contra toda costumbre, dio poderes al segundo para continuar el viaje por si los asuntos que debía arreglar en tierra, lo obligaban a quedarse. La gente de a bordo sospechó, pero nada raro les decía la tranquilidad del capitán que fuera capaz de grabarles una verdad. Limpió su revólver, arregló sus papeles, se vistió de limpio y, mientras la Estrella cargaba cemento para Tucacas, saltó a tierra. Directamente llegó a la barbería del hombre:

— ¡Buenos días!

—¡Hola, Capitán!

—¿Me podrá usté afeitar?

—¡Con mucho gusto! ¡Espere su turno!

Un cliente estaba en la poltrona. Minutos de asombro. ¿Qué pensarían aquellos dos hombres en aquellos momentos? Pedro Esteban sabía a qué atenerse. El barbero lo sacrificaría, ciertamente, pero él esperaba ultimarlo en las ansias de la muerte. Tenía el revólver montado en el bolsillo del pantalón. Terminó de arreglar al cliente, y el barbero, lúgubre y desconcertado, lo invitó:

—¡Siéntese!

Pedro Esteban entregó su cabeza al hombre que había jurado matarlo. Afiló la navaja, la pasó por la correa del asentador y comenzó su trabajo. ¿Qué extraños y terribles pensamientos cruzaron por los recovecos de las almas de aquellos dos hombres, comprometidos a ultimarse? Pero del fondo de lo humano debería surgir un pensamiento asimismo humano, justo.

¡Las cosas! ¡Nadie sabe nada! ¡Vida que cuida la Virgen del Valle no la toca nadie!

Pasó la navaja muchas veces por la aorta, descañonó bien la barbilla; después de efectuar su trabajo, le puso vaselina perfumada en los cabellos y lo peinó. Al levantarse de la poltrona, el barbero dijo en alta voz:

—¡Mire, Capitán, entre los dos no ha pasado nada, usté es hombre completo y yo quiero que sea mi amigo!

—¡Cumplo con mi deber de hombre!

—¡Mire, Capitán, tengo cincuenta y siete años y nunca me había tropezado con un hombre como usté! ¡Usté es un hombre!

¡Se abrazaron aquellos dos leones!

V

¡Buen viento, marinero! ¡Está zarpando la Estrella! Bajo los últimos arreboles del ocaso cruza las quietas aguas del canal. ¡Buen viaje, Pedro Esteban!

Con brisa en la popa, se escurre la nave y va dejando surcos en el agua oscura.

¡Buen viento, marinero!

Ponzoñas

1

Recuerdan vagamente la noche en que vinieron a dar en aquel dulce rinconcito, en el hogar del matrimonio burgués. Algo así como un cendal muy leve se alza de cuando en cuando ante la realidad de sus vidas. Seguramente sucedió algo muy grave cuando ellos apenas tuvieron tiempo de huir sin haber probado ni un solo bocadito maternal.

Pasó algún tiempo. Sentían deseos de caminar afuera, de comer alguna cosa distinta y abundante que no fuera lo mismo de que se alimentaban, ración que apenas les sostenía. Por el hambre se dieron cuenta de la situación y solían preguntarse por qué estaban allí y cuál causa los obligaba a vivir metidos en aquel rincón sin atreverse a salir al ancho mundo que miraban con ojos melancólicos desde la guarida. No lo sabían. Las manifestaciones del instinto los obligaba a resguardarse todo lo mejor posible. Cada vez que oían pisadas cerca o algún ruido extraño, corrían a ocultarse mejor, en el fondo del hueco para convencerse luego de que nadie iba contra ellos. Esto ocurría muy a menudo; cuando las pisadas del señor se acercaban a la cama, al penetrar la mujer en el cuarto entablado, cuando el niño desgranaba el caracol de su risa. Era un vivir asombroso que ellos se empeñaban en desentrañar. Pero, no lo sabían.

Una noche, después de muchas cavilaciones —minutos apenas, siglos enteros para sus vidas oscuras— salieron al patio. ¡Qué hermoso silencio! ¡Palpitación elocuente y muda del alma del Universo! Subieron cuando las respiraciones — hombre, niño y mujer— llenaban el cuarto con las tres sinfonías acompasadas y graves, himnos de paz y de pureza acordes en un todo —augusta trinidad— con la divina misión sagrada. Un olor penetrante llenaba los corredores. No lejos de sus ojos vieron las sombras del jardinillo familiar, la enredadera sobre el muro, llena de florecitas blancas. Vieron todo el panorama del enorme mundo que existía un poco más allá del rincón del cuarto y durante mucho rato quedaron maravillados. ¿Por qué aquella luminosidad que llenaba los patios y los corredores? ¡No lo sabían!

¡Atravesaron el comedor, llegaron a la cocina, hallaron comida abundante!

Desde entonces el más pequeño siente nuevos bríos y el otro robustece más y más. ¡Tiene una uña con la que es capaz de rayar un poste!

2

Estas caminatas —¿será inútil repetir la verdad incontestable de que siempre se vuelve, de algún modo, por los mismos caminos transitados?— familiarizaron un poco más sus vidas reclusas; se quedaban en otros sitios días enteros para regresar, como de vuelta del campo, de la playa, donde se pasaron horas y días felices, al hogar sereno y confortable.

Una tarde, el más pequeño, cuando se disponía a regresar a su cueva, fue sorprendido por la sirvienta y muerto en el acto por la señora con un palo grueso y largo. El otro vio, desde la entrada del escondrijo, la escena trágica. Vio cuando la señora, transformada en una fiera, le dio el golpe de gracia. Vio a su hermanito repeler la agresión, esforzándose en aplicar la ponzoña pero no pudo y allí quedó, en el patio, muerto.

Después vio el regocijo de la familia entera. El padre recordó la noche en que después de matar a una hembra, surgió ante sus ojos el espectáculo de los recién nacidos, comiéndose a su madre. ¡Ah! ¡Seguramente ellos eran los hijos de aquélla! El niño bello tamborilea su juguete y ríe, en brazos de la madre, con risa llena de júbilo. Es un ángel y sin embargo se ríe de un crimen. La sirvienta expresa su alegría por ser quien descubrió al monstruo; los dueños de la casa la felicitan; por último, considerando que no podía ser arrojado a parte alguna porque el veneno podía matar a otros animales inofensivos, pidieron gasolina y, como en los buenos tiempos de Alejandro VI, Papa y verdugo, Vicario de Cristo y asesino, le condenan a las llamas y es quemado. Alrededor del fuego ríen los inquisidores; mientras tanto tamborilean los dedos del niño contra el pecho de la madre, a compás del chirrido de la materia crepitante.

¿Por qué le quitaron la vida a su hermanito? No se pudo contestar. Pero sintió en lo hondo la sed de la venganza. Cobraría —idealismo mezquino— con la misma moneda. Y como si aquel acto fuera lo trascendental en su existencia —crimen entre crimen— vio su fealdad, su cuerpo grosero, su existencia sumida en la sombra. En ese momento comprendió su finalidad. Todos los otros seres que observaba desde allí —hombres, pájaros, hormigas— eran objeto de otro cariño. ¡Él no! Y se miró su cuerpo grosero, la cola fuerte. ¡Tenía una ponzoña como para rayar un poste!

3

Hubo fiesta en el hogar. Por la mañana trajeron ramos de flores y muchos regalos bonitos. Le colocaron al niño en el pecho una medalla de oro con la imagen de la Virgen y en la muñeca izquierda le pusieron una figurita de azabache. El corredor y el patio estaban llenos de adornos multicolores; el jardín lo cruzaron de cintas, entre las ramas de los árboles colocaron globitos azules, rojos y amarillos. Vinieron muchos niños amigos, señoritas, señoras que armaron por la tarde un escándalo tremendo al romper una olla forrada con colorines, llena de dulces y de frutas que se balanceaba de lo alto de una cuerda. Bebieron. Comieron. Gozaron. El baile terminó muy tarde; después todo quedó en sosegado silencio. El padre y la madre fueron a dormir. Se miran sus rostros risueños; sisan al niño, lo besan, lo acarician, la madre lo duerme al fin con el susurro de su voz.

—Hemos tenido un día muy feliz —dice—, ¡hoy es un día muy feliz!

Se besan, estrechándose; el himno supremo del amor se anuncia en el sonoro preludio de los besos, comienza ahora poniendo en sus bocas esa suerte de maravillosa armonía que irá en crescendo hasta alcanzar los acordes triunfales, para terminar en pianísimo de sollozos.

—Hemos tenido un buen día —repite.

Y sus cuerpos son cajas musicales: ¡se tocan y vibran!

4

Desde su guarida miserable ha visto toda la fiesta del hogar. Con la alegría de los otros, teje la venganza en las sinuosidades de su cuerpo mezquino de réprobo. Y cuando en la alta noche se dispuso a salir de su aposento, la risa asesina jugueteaba en su boca negra.

El marido dormía, la esposa también estaba dormida. Subió por una pata torneada. En la barandilla, por sobre los pliegues del mosquitero miró al niño babearse sobre la blancura de la almohada. Dormía como un ángel. El impulso salvaje lo empuja y baja. Ya acaricia la blanca piel fina y roza con sus patas groseras el albo trajecito; ya pasa su miseria sobre la pureza, el candor, la santidad del niño y como sintiera un estremecimiento, aplicó la uña maldita una, dos y más veces; no lo recuerda porque tuvo que salir de prisa hacia el refugio oscuro, al grito del niño herido.

Ahora toda la casa tiembla de amargo dolor y de suprema angustia.

5

Goza él con su crimen. Asiste a la tragedia de los otros, tal como asistieron a la tragedia suya. El llanto, la desesperación de la madre, velando al borde de la cuna; la furia del padre, quien a veces maldecía sordamente, buscándolo; toda la horrible tragedia de aquella madrugada le merece delicias insospechadas, infinitas. El niño languidece en un largo sueño, quién sabe si para no despertar jamás. Por la mañana, temprano vino el médico, un hombre reposado y regordete. Llegó mucha gente, no tanto como el día de regocijos porque es mucho más cómodo y agradable oír las modulaciones de un violín que el lamento de los desesperados.

Pero, he aquí a la bestia transformándose de pronto, por una inversión espantosa de todo un ser feo y miserable. Sin saber por qué comienza a oír una voz, una voz que nunca había oído y que venía emergiendo de las profundidades, de los escondrijos de su cuerpo y que le descubre el pozo tenebroso donde ha naufragado. Comienza a darse cuenta y a comprender todo el horror de su destino. Una larga serie de fenómenos, un encadenamiento de razones le hicieron llegar al punto en que, convencido de su posición dentro de la gran familia resultaba peligroso y malo. ¿Qué culpa era la suya para ser lo que era? ¿Acaso se escoge entre ser bestia y ser hombre? Y dándole vueltas al pensamiento llegaba a dolerse de no poder vivir sino en el mal. ¡Por algo le buscaban la vida! Era un animal malo; sabe Dios si a su hermanito no lo mataron en balde; quién sabe si algo malo había hecho; ¡él lo vio matar como se mata a un animal malo!

Durante largas horas retozaron al escondite las ideas que lograba enhebrar; quiso salir para libertarse de aquel peso pero, en el instante de salir fuera lo detuvo el miedo a la muerte y al justo castigo pero, más pudo su desesperación y salió contoneándose por la orilla de la pared.

Afuera reía el sol sobre las enredaderas. Hacia lo alto el cielo limpio y sereno. Toda su ferocidad, toda su negra podredumbre de ser maldito se recogió en un oasis de bondad y de calma.

Lo sorprendió la sirvienta. Al verla reconoció a la victimaria de su hermano y se consideró perdido. La mujer gritó, llena de espanto; luego armándose de una gruesa vara de hierro acribilló el cuerpo espantoso. Murió sin protestar, ni siquiera alzó la cola para defenderse. Sabía ya que los otros únicamente se cobraban.

Todos lo vieron entonces. El padre dijo que le cortaran el vientre para ponérselo al niño sobre las heridas. La madre recogió las piltrafas de aquella materia inmunda y las colocó sobre la blancura inmaculada del niño. ¡Qué contraste!

El padre repitió y ahora con voz clara y solemne, que hicieran polvo todo el resto de aquel cuerpo en previsión de un fenómeno y, además, porque de las malas bestias no debe quedar ni el rastro.

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