literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Milagros Socorro

Cambio de guardia

Elisa estaba perfecta esa mañana. Todo en su presentación correspondía a lo que se espera de alguien en su primer día de trabajo. Su piel brillaba en forma tenue en lo alto de la habitación, muy cerca del techo, donde flotaba completamente desnuda; a no ser por sus enormes alas que aquel día estrenaban un barniz de bronce.

En espera de la hora de mayor actividad, Elisa jugaba con su cabello, una melenita muy lisa y negra que caía sobre sus mejillas, hasta el mentón, donde terminaba en una línea completamente recta (el juego consistía en mover la cabeza con el objeto de agitar el sedoso casco que la cubría desde la frente hasta la nuca). Las reducidas dimensiones del cuarto de Juan le impedían entretenerse volando un poco o extendiendo sus alas a todo lo que daban, como se había aficionado a hacer en los últimos tiempos. Sólo le quedaba menear la cabeza de un lado a otro y soplar en dirección a las cejas para ver el flequillo alzarse y volverse a posar, muy cerca de sus ojos. De vez en cuando hacía mínimas tijeretas con las piernas, más que todo para contemplárselas.

Dado que era su primer día allí, desconocía las costumbres de Juan. Tenía, desde luego, la carpeta que le habían suministrado en el Centro, en cuyo interior se guardaban dos o tres hojitas que resumían, a rasgos un poco burdos, los datos y actividad de su nuevo protegido. Elisa no podía creer que un hombre tan joven como Juan tuviera una vida tan aburrida; por lo que atribuía a la tradicional molicie del Departamento de Archivo la escasez de los datos consignados. Según la planilla del Centro —cuidadosamente mecanografiada, eso sí— Juan estaba terminando sus estudios de especialización y en pocos meses obtendría su título de obstetra. La mayor parte del día, por no decir que todo, se lo pasaba en el hospital, donde los riesgos a su integridad física y moral era realmente limitados (Elisa comenzó a temerse una temporada de poca animación); una vez por semana iba a visitar a su madre, una mujer delgadísima y de pocas palabras («atendida desde hace treintiseis años por Eudora, la griega», anotaba escuetamente la planilla); tenía un solo amigo, un compañero de estudios; no veía a ninguna mujer.

En la última parte se dejaba constancia del nombre del anterior guardián de Juan y las razones por las que había sido removido del puesto. Elisa conocía vagamente la historia. Era algo referido a un tal Roberto que consideró que podía dejar su trabajo por unas horas en manos de los otros gendarmes alados que acudían al hospital y dedicarse a merodear por allí. Fue descubierto y destinado, como castigo, a vigilar a un reportero de política.

Pensando en estas cosas, Elisa se había acercado a la ventana de la habitación de Juan, única gracia del recinto. Estaba decorada con unas puertas de madera muy altas que dejaban colar la luz a través de una filigrana, sólo que ésta se encontraba en la parte superior de la ventana, recodo en el que aparentemente nadie estaba interesado, ya que el polvo lo había ganado de tal forma que algunos agujeros se encontraban tapados. Contrariada por el daño obrado en el tejido de madera, Elisa sopló para alejar el polvo, logrando únicamente que una nubecilla se posara en su pecho, lo cual dio el efecto de un fino velo doblemente abombado por el viento. Rápidamente se dio vuelta para que el polvo se desprendiera de sus senos, y estaba sacudiendo sus pezones cuando Juan se removió en la cama.

Elisa se colocó en posición vertical y descendió suavemente hasta ponerse entre la pared y la cabecera de la cama. Su vello púbico se encontraba enmascarado por restos del polvo. Juan abrió los ojos e inmediatamente saltó de la cama. Con las manos sobre su vientre, en gesto de sorpresa, Elisa aleteó y se puso detrás de Juan, dispuesta a seguirlo donde fuera. En vez de dirigirse al baño, como hacen todos, Juan se plantó en el centro de la habitación y se puso a olisquear el aire. Con el pelo alborotado, una erección mediana pero ostensible bajo el pantalón de la piyama, y la expresión de lobo viejo en la cara, Juan lucía, en verdad, temible.

Elisa pestañeó varias veces, confundida, pero no se alejó de la espalda de Juan. De pronto, ella supo lo que él estaba pensando (esto no es raro, los ángeles guardianes adivinan el pensamiento de sus custodiados cuando de allí proviene el peligro). Juan había detectado en el aire un olor que no percibía desde que era niño: una mezcla de tamarindos precipitados sobre el hirviente techo de su casa en Aránega, asoleados y reblandecidos después de varios días recibiendo agua de lluvia, hasta formar una oscura papilla donde sobresalían las cáscaras y asomaban, relucientes, las semillas, de la que exhalaba un olorcillo dulce y ácido que algunas veces a lo largo de su vida fuera de Aránega había creído percibir, pero nunca con tanta claridad como en aquel momento. A veces, cuando más agobiado por el cansancio se encontraba, creía identificarlo en algún vaho que azotaba su olfato; entrecerraba los ojos y se concentraba, pero siempre el olor se disolvía sin darle tiempo a encontrarle un lugar en el destartalado anaquel de su memoria.

Elisa tuvo menos, mucho menos, de un segundo para anticipar (clave de su oficio) lo que pasó después. Pero no pudo evitarlo. Como un latigazo se le impuso la certeza de que la emanación que había enloquecido a Juan provenía justamente de su cuerpo, de esa fruta de espesa madurez aprisionada entre sus muslos. Ella lo intuyó y cuando quiso protegerse con sus alas sintió el primer navajazo, helado y fugaz, cortando el aire y el fino esplendor de su piel.

Sangre en la boca

Incluso meses después del gran recibimiento, cada vez que Manolo Alvia se emborrachaba, se ponía a contar el momento en que un chorro de sangre saltó de la boca de sus oponentes indicando al mundo que él era el propietario de una medalla de plata en boxeo en las Olimpiadas de Montreal. Si contaba con un auditorio interesado, Alvia agregaba detalles con respecto a la estela roja en la lona y al sabor que la sangre de su contendor había dejado en su propia boca. Sus antiguos compañeros en Bébsara gritaban «aaag» y ése era el momento en que Judith, la esposa de Alvia, salía de un rincón para llevárselo a casa.

Es necesario recordar que la recepción que el pueblo de Bébsara organizó para su primer campeón olímpico fue verdaderamente extraordinaria. Claro que el júbilo había comenzado durante las eliminatorias del torneo olímpico, que Alvia parecía superar con la facilidad con que derribaba muchachitos en las arenas de Bébsara. En esos días el pueblo se cubrió de niños que peleaban con su propia sombra como la piña madura convoca las moscas en los mediodías de mayo. El día de su llegada, puede decirse que más de la mitad del pueblo se hallaba congregado en el matapalo que indica la entrada a Bébsara. El carro que lo transportaba pasó veloz a través de una pancarta decorada con su nombre y con dos enormes círculos plateados, puestos en cada extremo de la cinta. A los pocos metros el carro se detuvo y el campeón se bajó, se quitó la chaqueta y la corbata, tiró ambas prendas en el interior del vehículo y retó a los presentes a una carrera hasta el centro de Bébsara. El jubiloso maratón se inició con un impresionante rugido que no cesó hasta que el presidente del concejo municipal tomó el micrófono para ensalzar al héroe y hacerle promesas referidas al futuro que le esperaba en el boxeo profesional del mundo.

Al acto en la Plaza Bolívar de Bébsara siguieron almuerzos, ruedas de prensa con la multitud de periodistas que invadió el pueblo, fiestas en el club de ganaderos y visitas a las escuelas. Por las noches se reunía con sus verdaderos amigos en parrandas que duraban hasta el amanecer. En aquellos días Judith estaba embarazada de su primer hijo, condición que le servía de excusa para sustraerse a los festines y sesiones de fotografías con la gente del barrio. Apenas si cambiaba palabra con Alvia porque a las diez de la mañana, cuando él regresaba del espeso sopor en que se había sumido nada más recibir la oleada de sangre ajena en la lejana Montreal, le preguntaba con su humildad habitual cuándo iba a ponerse a entrenar.

—El profesor Patino estuvo por aquí, dice que ya viene el Torneo Batalla de Carabobo y que si no te preparas… —le decía extendiéndole una taza de café.

—Si no me preparo qué —le respondía él sacando una pierna de la hamaca—. Yo soy el campeón, los gringos me dieron una medalla, Patiño no es nadie en el boxeo.

Y era verdad. El nombre de Iván Patiño era completamente desconocido fuera de los dos o tres colegios donde daba clases de educación física a niños de primaria. Pero había sido él quien lo había visto pelear una tarde en el gimnasio, adivinando en el acto las grandes posibilidades de Alvia, en aquel tiempo un muchacho cuya protuberancia corporal más notable era la constituida por sus rodillas, que parecían pugnar por rajar su tostada piel. En descargo de los principales de Bébsara hay que decir que Patiño fue invitado a casi todos los actos de celebración, y que el propio presidente del concejo había dejado en sus manos la elección de un entrenador «profesional» que sería contratado inmediatamente en Maracaibo, «En Caracas si es preciso», había concluido, en medio de los vítores.

Pero las semanas fueron pasando y el entrenador profesional nunca se dejó ver, a pesar de que Patiño había consignado los nombres de tres muy buenos. Bébsara volvió a su vida. Judith tuvo a su hijo al que bautizó con el nombre de Ivan Darío, después de librar un verdadero pugilato con los amigotes de Alvia —y con él mismo— que habían decidido llamarlo Montreal. Y Manolo Alvia siguió encabezando las farras nocturnas, aguardando el momento en que sintiera las piernas bien flojas y la cabeza pesada para narrar, con detalles, el instante en que la cara del oponente se disolvió como manteca puesta al sol, bajo su puño poderoso, y una ráfaga de sangre le tiñó el protector dental. Una de esas noches, Patiño se presentó en el bar donde se reunían y antes de que Manolo iniciara su número estelar, lo agarró por los hombros y lo sacó a la calle. Lo golpeó dos veces con el puño cerrado y le dijo que lo esperaba al otro día en el gimnasio para comenzar a entrenar.

A las diez de la mañana siguiente, Alvia llegó al gimnasio. Todavía le esperaba un homenaje más conmovedor que todos los que lo habían precedido; más importante incluso que la foto publicada en la primera plana de todos los periódicos, donde Alvia aparecía junto —en realidad abrazadoai presidente de la República; todos los muchachos que estaban entrenando, absolutamente todos, hicieron un profundo silencio, y cuando Alvia se acercó a Patiño, rompieron a aplaudir El campeón los miró a todos como si fuera la primera vez que alguien reconocía sus dotes y se abrazó a Patiño como si éste lo acabara de sacar de un río crecido.

Sin suspender completamente sus escarceos nocturnos, Alvia se sometió a los ejercicios que Patiño le imponía. En apenas tres meses sus piernas se habían debilitado notablemente. Pero sus manos imprimían un rasgo aéreo al enfrentarse con la pera de goma. Tan ágiles eran sus puños al volar hacia la pera que semejaban las alas de un tucusito, detenido y mínimamente vertical, al hundir su pico en una cayena. Patiño estaba preocupado por la afición de Alvia al licor, pero confiaba en que la belleza de sus propios puños terminaría arrastrándolo, sobrio y anhelante, al cuadrilátero.

Una tarde, concluida la sesión de carreras en un terreno baldío que Patiño vigilaba cronómetro en mano y la garganta ardiéndole de gritar, los dos entraron al gimnasio. Patiño se dirigió al fondo y Alvia se quedó parado en la puerta. Estaba embobado. En uno de los riñes saltaba, con las rodillas vendadas, la criatura más extraña que él hubiera visto desde que había largado los primeros puñetazos en cualquier callejón de su infancia. En un momento, ella advirtió la presencia de Alvia y quiso examinarlo. El resplandor que abrasaba la puerta, a espaldas del campeón, lo dejaba sumido en las sombras. Pero ella sabía que era él.

Al poco rato, llegó Patiño y le notificó que un masajista vendría una vez por semana. Le mostró la carta oficial. Estaba preocupado por la lasitud de los músculos de su vientre. El masaje ayudaría pero él tenía que hacer mil flexiones cada día.

—¿Quién es ella? —lo interrumpió Alvia, sin atender ni un instante al asunto del masajista. Ya Patiño lo había sacado del gimnasio con leves empujones.

Pero Patiño no lo sabía. Apenas si la había visto alguna vez. «Parece que es una de esas marimachas». En realidad era un caso espectacular —y raro— de guajira de gran estatura y enormes ojos. Por las mañanas atendía un almacén que su padre tenía en un barrio llamado La Ranchería, donde vendía hamacas, botas, peines y cantimploras de plástico a los colombianos y guajiros que trabajaban como peones en las haciendas de las inmediaciones de Bébsara. Y a las tres de la tarde se iba al gimnasio a entrenar. Más bien, a obedecer las instrucciones que los entrenadores daban a los hombres; no había conseguido ninguno que quisiera conducirla a ella. A las ocho de la noche, cuando terminaba sus ejercicios, se soltaba el moño que llevaba muy alto en su cabeza y un estruendo de cabellos negros se deslizaba por su espalda, casi hasta la cintura. La primera vez que Alvia vio esto, sintió una punzada directamente en los testículos que le nubló la vista. Cuando se recuperó, ya ella había desaparecido.

La segunda palabrota de su vida debió soltarla Patiño la mañana que vio llegar a Alvia con Mireya de la mano. «Ella también va a entrenar», le anunció, como si fuera la cosa más normal del mundo. Lo primero que se le ocurrió al entrenador fue mandarlos al carajo a los dos, pero después pensó reconfortado que aquella mujer no iba a aguantar ni la primera media hora de la sesión, que aquel día iba a ser feroz. Nunca sabremos cuál de los dos dio cabida a mayor estupefacción cuando vieron a Mireya sortear, con apenas una leve cortinilla de sudor en el bigote, las dificultades que Patino imponía con la impasividad de guardián de campo de concentración. Trotes, flexiones, salto de rana, levantamiento de piernas con el torso pegado al terreno hirviente, saltos a la cuerda, saltos rápidos, más rápidos. Ante la delectación de Patiño, la presencia de Mireya en el campo, lejos de constituir un obstáculo para el entrenamiento de Manolo, era más bien un acicate, una mano férrea que iba torciendo una cuerda hasta tensarla dentro de su pecho. En muchas ocasiones, Alvia pareció estar a punto de dejarse caer fulminado por el cansancio y la ira, pero la danza que a su lado ejecutaba Mireya en un fragor de muslos suaves y ojos relumbrantes, le daba nuevos bríos para intentar vencerla sobre la tierra, bajo un cielo despejado… y frente a la risita malvada de Patiño.

A Judith le habían llegado ciertos cuentos de una mujer, bruja y medio machona, que competía con Manolo en unas carreras que atravesaban los campos, hacían saltar la maleza y espantaban los zamuros. Pero su felicidad —total por aquellos días— le impedía pensar en otra cosa que en el entrenamiento de su campeón y en las tetadas que prodigaba a Montrealito, como —desoyendo los designios de la Pila— habían dado en llamar a su hijo. La única tachadura que afeaba la perfecta caligrafía de su vida eran las correrías a las que Alvia se entregaba todavía, de vez en cuando. Y eso, porque ella sabía que conspiraban contra su futuro en el boxeo mundial, no por otra cosa.

La primera vez que Manolo y Mireya se vieron a salvo de los gritos de Patiño, fue en un hotelito miserable, no lejos del almacén del padre de ella. Cuando llegaron a la habitación, Alvia entró a orinar, con la puerta del baño cerrada. Estando allí escuchó el estrépito que hacía Mireya al mover los muebles del cuarto. Cuando salió, encontró la cama recostada contra una pared y la destartalada mesita de noche, decorada con un viejo radio —que permanecía sonando—, arrumbada en un rincón. Los dos tenían todavía la ropa de entrenar. Mireya fue hacia el rincón donde había dejado su enorme morral y sacó dos pares de guantes. Antes de que Alvia se recobrara de la sorpresa, sintió los guantes estrellarse contra su vientre. «Póntelos», ordenó ella mientras, a su vez, se colaba los suyos.

Cuando ambos estuvieron convenientemente enguantados se pusieron a dar saltitos, cada uno en una esquina de la habitación, mirándose a los ojos. De afuera se escuchaban las rancheras y los vallenatos mezclándose en un tercer género enloquecedor. Retazos de conversaciones a gritos, en castellano y guajiro, se colaban por las paredes del verde más llamativo que debían ofrecer los catálogos de la época en que fue pintado el cuartucho. Sin suspender la gravitación, Mireya soltó su pelo.

—Pegá aquí —le dijo de pronto a Alvia. Él sonrió sin creerse la cosa.

—Pegá aquí —volvió a exigir ella, señalando con su puño enguantado la mejilla izquierda.

Alvia saltaba al son de un vallenato extraviado al final de la tarde. Tenía ganas de arrancarse los guantes y hacer de todos aquellos músculos una sola masa de saliva y semen. Pero ella estaba insistiendo, con ese acento guajiro que parecía devolver las palabras después de haberlas mascado largo rato y ablandado con una baba espesa. Sin anunciarlo, Alvia saltó de su rincón y obedeció. La sangre acudió de inmediato cubriendo la boca de Mireya y buena parte de su cara que se había hinchado repentinamente. Cuando la derribó, apenas había liberado su mano derecha. La otra quedó enguantada hasta que comenzó el segundo round.

Muy pronto estos encuentros se hicieron norma. Sin contar enteramente con su anuencia, Patino comenzó a dejarlos frente al hotel al final de cada sesión de ejercicios. Cuando llegó la etapa en que Alvia debía volver a entrenar con otro boxeador sobre la lona, nadie pudo disuadirlo de hacerlo con Mireya. La primera vez que la inmensa muchacha estiró el ensogado para entrar al ring, Patiño sintió el helado tránsito de un rayo que recorrió su columna vertebral, haciéndolo enrojecer de vergüenza frente a los otros entrenadores e impávidos atletas que observaban la escena. Pero Mireya volvió a vencerlo en el terreno de la eficiencia. Patiño no hubiera podido encontrar mejor contendor aunque hubiera recorrido todos los gimnasios y callejones del territorio nacional. El único problema es que el entrenamiento transcurría en medio de una atmósfera de deseo tan palpable como si un telón de terciopelo hubiera caído sobre el cuadrilátero.

Las veladas con Mireya en el hotel exilaron a Alvia de los bares y de la casa que compartía con Judith. Le dejó las fotos, el flux, la medalla, y se llevó el resto de su ropa, un pequeño bulto que fue a parar a un rincón de la habitación de alquiler. En ocasiones, él y Mireya dejaban a Patiño esperando y se iban a entrenar a donde Mireya indicaba. Se iban hasta la Sierra de Bébsara y subían montañas al ritmo del cronómetro que Mireya regentaba con saña superior a la de Patiño. Recorrían enormes tramos del río contracorriente para que el esfuerzo fortaleciera sus piernas y el frío del agua templara los músculos del vientre. Terminaron por relegar completamente a Patiño y entregarse ellos, solos, a un perenne entrenamiento.

Por las noches, se embadurnaban de vaselina y fingían luchas cuerpo a cuerpo que los dejaban extenuados, desnudos y amagullados sobre el áspero piso de la habitación del hotel. Alvia no recordaba haber sido tan feliz en toda su vida. Pero Mireya comenzó a exigirle proezas físicas que ningún libro ha reseñado. Lo llevaba a extremos de agotamiento que nadie ha alcanzado fuera de un régimen de trabajos forzados. Por último, comenzó a gritarle insultos para lograr de él marcas superiores, lo perseguía, lo espoleaba, lo humillaba. Y lo esperaba en su lecho de cemento para seguir probándolo hasta el final.

Una noche en que Alvia estaba besándola en la garganta y aspirando el olor de su cabello, Mireya lo hizo levantar. Manolo le rogaba que se quedara allí, casi lloraba asegurándole que ya no podía más, le dolía milimétricamente cada parte de su cuerpo. Pero ella se puso a gritarle y a burlarse. Se puso de pie y le lanzó los guantes. A Manolo no le quedó otro remedio que obedecerla. Mireya lo azuzaba, saltando por todo el cuarto con el pelo revuelto como una nube de humo que se hubiera alzado en una montaña de miel.

—Pegá aquí —le decía—. Pegá aquí.

Alvia se levantó como pudo. Casi no podía verla, sólo distinguía una forma palpitante que lo arengaba con aquel tono de grito fraguado en una garganta potente para que cruzara un desierto. Lanzó el primer golpe y se estrelló contra una pared. Y así el segundo y el tercero. Varias veces dio con los codos en la tierra mirándola desde abajo con ojos suplicantes. Mireya proseguía con su danza de improperios, acercándose y alejándose sin dejar de atizarlo con sus burlas, hasta que se detuvo frente a él. Alvia respiró profundo, su brazo se convirtió en lanza solitaria que se disparara sobre un lago en calma y se hundió en la cara de Mireya. Cuando pudo enfocarla, ella estaba en el piso tendida, su pelo desparramado, y muy quieta. Sólo se veía fluir un cálido chorro de sangre que salía de su boca.

Sobre la autora

*Publicados en https://ficcionbreve.org y https://vomiteunconejito.wordpress.com, respectivamente

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