literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Matilde Daviú

Domingo de teatro

Lucio se fue quebrando en el sonido de mi propia voz, se fue quemando con mi aliento sobre páginas de libros muchas veces abiertos, leídos y releídos. Se fue quedando solo y atrás, esperando tal vez, que yo pudiese recuperar todos los recuerdos y decirle algún día que los recuerdos eran así. Aquella tarde lluviosa, Lucio abandonó la ciudad después de conocer la muerte de Damián, la trágica muerte de mi hermano (no sé por qué causas, todavía la ignoramos), decidió quitarse la vida colgándose de una de las vigas del techo del baño de mis lamentaciones. Pendió de una soga cualquiera, de una soga insólita aquella tarde lluviosa cuando todos nos llevamos las manos a la boca para no gritar, cuando todos nos preguntamos lo mismo, cuando todos nos vimos reflejados en la muerte de aquel muchachón compañero de Lucio en el Liceo y cuya desaparición puso fin a nuestra infancia y cerró el ciclo de nuestra adolescencia.

De allí en adelante, yo fui sola por el mundo, de colegio en colegio hasta que un día, me vi con los labios pintados y llevando tacones muy altos. Pero en el fondo de mi, seguía siendo la misma: una gota de lluvia sobre el patio mojado y solo, una astilla en el medio de mi ser, una espiral trazada en el espacio donde se mueven las nubes y me borran, una nota solitaria vibrando todavía en el gemido que no dejé escapar, una aguja clavada en los ojos de un muerto, un punto blanco en el papel blanco de una página de nada. Así por mucho tiempo, casi ocho años más tarde, después de husmear la vida de Lucio y de Adriana, rogándole noticias por cartas a mi madre, comprendí que aquel mundo se cerraba con Lucio: aquella frontera de mi soledad no podría ser rebasada sino por otra soledad como la suya.

Durante ese largo tránsito, vi playas infinitas, estrellas fugaces, barcos abandonados, hierros retorcidos y oxidados, desperdicios en las calles, basureros, vi soledades que no se comprendían, girasoles trazar su vuelta en dirección contraria, vi explotar lunas y moverse espantapájaros, gusanos verdes abriendo surcos en la carne de mis contemporáneos, vi pasar carrozas de muertos que regresaban de la nada, esqueletos vestidos de frac y paltó levita, veletas brujas y prostitutas pasearse por las calles solitarias como ellas, vi costras purulentas desplazándose e infectando todo lo que rozaban, mujeres y hombres locos revolcándose en la escoria de sus vidas mal vividas, la maldad reflejada en ojos diferentes, sangrientos, necrofílicos, hediondos; vi flores aplastadas contra los muros, arrojadas al pavimento y trituradas por los que dominan, vejan y agreden. Vi fiestas incendiarias en los gestos de jóvenes malditos, vi hombres olvidados y corrompidos por el olor que deja una ciudad descompuesta, enredada y caótica…Por eso, basta sumergirme dentro de mi soledad para ver que todo lo que me rodea, pertenece a la categoría de cosas sin nombre, clavando sus presencias en el orificio central de mis ojos acuosos y asombrados.

Agobiadas por el candente sol de las tres de la tarde, Adriana y yo esperábamos a Lucio a la entrada del teatro para asistir a la matinée obligada de casi todos los domingos. Yo trataba de no arrugar mi vestido, ni perder la cinta de raso que recogía y ataba en la nuca mis cabellos. Para aquellos días, lucía con orgullo mi primer par de zapatos de taconcito mediano y acostumbraba a quitarme las medias cortas al salir de la casa con el fin de descubrir mis tobillos (años después, tuve la idea de llevar una cadenita de oro en el tobillo derecho). Miraba de reojo a los demás muchachos, hasta que Lucio aparecía, vestido de kaki, mascando chicle al estilo americano, con el bigotillo incipiente perlado por goticas de sudor, el pelo apretado al cráneo por los constantes masajes que se hacía con brillantina y el gesto duro del mentón.

Después de saludarnos, yo abría el bolsito de mano y le entregaba el costo de nuestros billetes de entrada, esos cartoncitos de colores que en la mano de Lucio formaban un minúsculo abanico. Adriana lo recompensaba con su sonrisa de muñeca barata, de maniquí de vitrinas, con aquella sonrisa que ahogaba todas mis intenciones primarias de estar al lado de Lucio para sondear su soledad, para decirle con la mirada que yo lo aprehendía a él a pesar de dejarse arrastrar por la horizontal dibujada en otra cara. Soportaba el polvo adherido a la suela de sus zapatos y caminaba pisando sobre sus huellas cuando nos dirigíamos hacia el interior del teatro.

Un vientre enorme nos arrojaba a la cara el vaho de los ambientes cerrados mezclado con agua de colonia, chiclets fruna y caramelos de mandarina. Entrábamos en el caos dejándonos sacudir por las sístoles y diástoles de un pulso universal mientras buscábamos una fila donde sentarnos los tres juntos, Lucio en medio de las dos, separándonos y uniéndonos con su presencia. Pero cuando yo tomaba asiento y me acomodaba en aquella silla de platea oscura, cerraba puertas de mi mente y me perdía en la soledad para entrar de lleno en el mundo que me mostraba el dibujo del telón, aquel lienzo inmenso que me proporcionaba la mejor de mis aventuras.

Recorría los pasillos silenciosos de un palacio ideal hasta detenerme en un balcón sobre un bosque de helechos y otras plantas selváticas, Yo permanecía en mi silla de platea en espera de la transformación. Comenzaba a sentir el bosque tiñendo mis cabellos de verde, llamándome desde su propia espesura boscosa rosa, arrancándome el grito que del centro de la cueva extrae el viento como el último gemido en medio de mi condenación a ser en donde estoy, en no sé dónde, en un punto, en una nada…

Absorta por el grabado, me perdía para la sonrisa de Adriana y la mirada de Lucio. Se detuvo el tiempo, se plasmó todo en el instante hasta que el timbre que señalaba el comienzo de la función me despertó del sueño y borró la imagen con la rapidez del telón cuando lo suben. El desgarramiento era inevitable a pesar de haber aprendido sola a dirigirme con frecuencia a este mundo, donde cada ser grita la vaguedad de mi existencia y la desmedida apreciación de mi cordura.

Desapareció aquel dibujo de líneas puras dejándome una sed en la punta de mi lengua. El telón de proyecciones me mostraba con crueldad la superficie lisa rompiendo de golpe la armonía que me había formado del dibujo anterior. Me quedaba sola con el color puro, con el blanco de mi silencio, con mi vacío, con la mentira anterior y la verdad de ahora. Las luces se apagaban poco a poco mientras mi grito se ahogaba entre millones de galaxias.

Yo, no necesitaba de Adriana ni de Lucio, pero ellos se empeñaron en ser necesarios. Me bastaba con mis ojos ardiendo de miedo, con mi boca muda y mis dedos rígidos. Con los cabellos pegados a la cara, los miré de reojo, hacia un lado de sus muertes, a esas presencias de plomo que herían mis retinas, presencias de incienso que ordenaban a mi olfato, presencias de presencias que obligaban a caminar las manos por caminos medulares ramificados en el centro de uno mismo, vertical hacia el cenit con apoyo en mis pies y vértigo en la inmediatez de los espasmos.

Entonces, yo buscaba acomodarme a la posibilidad de tener a Lucio a mi lado, rozar mi brazo con el suyo, sentir su presencia, ver la línea de sus piernas enfundadas en el pantalón de kaki, el movimiento de sus mandíbulas al rumiar el chicle y después… entrar en su risa abierta hasta mostrarme la superficie orificada de sus cariadas. Yo me veía abrazando de girasol en girasol, pero Adriana partía la luna en pedazos.

Algunas veces me perdía trozos del film para aturdirme en la  interacción obligada entre los gestos de Lucio y los gestos míos. Sin embargo, pronto se me olvidaba el asombro para revolverme de rabia en mi asiento, cuando Lucio pasaba con disimulo el brazo por el respaldar del asiento de Adriana. Imaginaba su mano rozando con la yema de sus dedos la punto agresiva de los cabellos de paja, imaginaba la chispa producida cuando él le tocaba el pelo.

Entonces yo la odiaba y lo odiaba a él. Inventaba cualquier cosa, ir al baño o comprar chocolates (aunque mi falda estuviese repleta de estrellas), porque el deseo de marcharme me obligaba a realizar mis mentiras. Me levantaba del asiento torpemente, tropezando con las piernas del público que veía los comics, buscando desesperada la salida para dar curso libre a la rabia irrefrenable que me conducía a no sé dónde.

Durante ese infernal retroceso, sentía en mi boca la saliva verde del bosque, el naci miento de rosas en mi útero, el silbido impaciente de serpientes enredadas en mis cabellos y la plena convicción de mi angustia. Atrás, las aventuras del gato Tom terminaban por sembrarme el pánico, Huía despavorida hacia la vertical luminosa que dejaba asomar la doble cortina en la puerta de entrada. Huía de ellos y de mí. Afuera, el aire cálido y la horizontalidad de la tarde me hacían pensar una vez más en mi soledad. Me arrancaba las uñas con los dientes hasta sentir dolor mientras juraba vengarme.

Tomaba fuerzas, subía de nuevo los escalones, marchando segura en la oscuridad, y me sentaba al lado de Lucio, una vez convencida de que sus manifestaciones de favoritismo hacia Adriana nunca rebasarían la región de mis fuerzas. Con este pensamiento, permitía todos sus excesos, lo dejaba libre de culpas.

Al terminar la función, trataba de buscar sus ojos para decirle que yo conocía todos sus secretos, que era su cómplice de siempre, que lo guardaría hasta la muerte, porque había jurado ser su mujer, al permitir que detrás de las tablas apostadas al muro de mis llantos jugara a besarme en la boca, como en las películas, levantarme después la falda y mirar con asombro aquella hendidura oculta que tenía la forma de una mariposa, según sus palabras. Lucio pronto lo olvidó… pero yo me guardé el recuerdo con la eterna florecita atrapada entre las páginas de mi libro, como la cinta de terciopelo, el libro su primera comunión, mis dibujos…

En la plaza, los músicos se preparaban para ejecutar las primeras marchas, que tos domingos, iniciaban a las cinco de la Los transeúntes se detenían a escuchar la retreta mientras pequeños grupos comenzaban a pasearse alrededor, exhibiendo sus trajes de domingo, viéndose las caras en ese girar y girar, participando del tiovivo, de la maquinita del tiempo y de las tradiciones más viejas. Seguían al ritmo de la música, aquello que los abuelos habían impuesto como diversión, dar vueltas en la plaza, vueltas y más vueltas, sin marearse, sin cansarse, viendo a los que vienen de frente o deteniéndose de vez en cuando a contemplar la fuente luminosa que llena de agua la pileta y nunca la rebasa. Allí permanecíamos poco tiempo: debíamos de seguir hacia la casa para que mamá pudiera ir al cine de intermediaria.

Yo siempre odié los domingos, esos días híbridos, extraños… Son días en que las calles se quedan solas al mediodía y comienzos de la tarde, luego se presiente una especie de atmósfera angustiante causada, quizá, por el deber de hacer algo mañana y no estar seguro de lo que es, aunque llevemos años y años haciendo lo mismo todos los lunes, Los domingos no se parecen a ningún otro día de la semana: son días de letargo, son días de regreso. Para aquella época, debía de odiarlos mucho más. Sabía de Lucio con horas libres, dispuesto a acompañarnos al teatro y permanecer en la casa con nosotras hasta el regreso de mamá,

Nos sentábamos en la sala, cada uno con una revista en las manos y mi tedio horadando el papel, para buscar la mirada de Lucio sobre los párpados aceitosos de Adriana. Yo pedía que fuésemos al patio a jugar al escondite con la intención de ocultar mi soledad y vigilar a Lucio en el deleite de una búsqueda frustrada. Cuando no obtenía respuesta afirmativa a la proposición de mi juego, me dirigía en busca de la guitarra de Damián y nos poníamos a voz en cuello. Durante el canto me olvidaba de todo, pero bastaba sólo una mirada de Lucio buscando a Adriana, para que perdiese el compás, comenzara a cantar de otra manera, vomitara azufre y bilis, enredara intencionalmente mis cabellos entre las cuerdas de la guitarra y comenzara a gritar.

Lucio se veía obligado a desenredarlos y yo aprovechaba el momento para sentir su aliento tibio sobre la piel de mi cara y contemplar a mis anchas el músculo agresivo de su cuello. Pero Lucio estaba empecinado en olvidarlo todo, y yo en querer destrozar con mis dientes la inviolable muralla de su soledad, de aquella soledad que sólo abría una grieta para que 1a de Adriana se colara y habitara en aquel mundo vedado para mí. Sin embargo, yo sabía que Lucio le hablaba de otras cosas y le abría surcos en las sienes donde enterrar para siempre las primeras inquietudes de su adolescencia.

Cuando regresaba mamá, yo trataba de ocultarme en el hueco oscuro de su mano al despedirse y me llevaba en aquel gesto, el cuchillo de una noche de domingo guardado en el espasmo de mis primeras alucinaciones; el dibujado recuerdo de un telón de teatro.

Era la noche de las fosforescencias, las plantas escupían jade y yo hacía de mis lágrimas estalactitas… Con los poros de mi piel abiertos a la soledad, he comenzado a madurar.

 

La transfiguración de Ofelia

Las once de la mañana y ya estaban bordeando las laderas con el sol amarrado a la capota del volkswagen. Arriba, en las cimas de las montañas el día parecía neblinoso y frio. Tres cuartos de hora después reventaron en un valle abrazando un pueblito flotante. La carretera arrojó su única calle, terminando en una plaza desierta. De lado y lado de la plaza se empujaban en hileras viejas casas de ventanales grandes, postigos y romanillas; y más allá, el resto del pueblo.

El carrito se deslizaba despacio y el Licenciado despertó a la Nueva con golpecitos en la rodilla. Ella no confiaba del todo en aquél lugar, dudaba inconscientemente, con esa duda instintiva que se le hundía en la nuca como una punzada primero y después, como la inserción o de una lengua de rubíes. El Licenciado insistió en haber llegado, pero a la Nueva un escalofrío le recorrió el espinazo y se amarró, cruzando los brazos.

Retomaron el camino en retroceso hasta detenerse y bajarse frente a un zaguán de mosaicos coloreados y paredes pintadas de verde: pensión de pueblo, con salita de recibo, sillas de lona a rayas, un sombrerero de madera oscura y a la derecha un mostradorcito,

El Licenciado y Nueva: dos presencias inevitablemente cáusticas para el gordo mulato que ahora atravesaba la cortina de plástico. No esperó las preguntas, sino que saltó negando cuarto y ellos que no venían a eso, sino a preguntar si había visto al Profesor. El mulato negó con la cabeza y les aconsejó dirigirse a la Comisaría.

Cuando se disponían a atravesar el zaguán, un grito agudo les obligó a detenerse. Por la escalera de caracol, que nacía a la izquierda del saloncito, bajaba precipitadamente una mujer semidesnuda gritando ayuda: la boca de media luna pintada de rojo-llama, la pelambre oscura revuelta, una flor de cayena en la oreja, descalza, con una cadenita de plata en el tobillo derecho. Una Ofelia aceitosa y hedionda, perra de agua, foca, hiena, de otros mundos, con los dientes ennegrecidos por el chimó y el tufo aguardentoso arrojándolo a la sorpresa.

Violentamente agarró por la blusa a la Nueva y sacudiéndola con gestos desesperados, le pedía a gritos que la salvara del hombre que había estado con ella, y mientras  así le gritaba, presa de convulsiones histéricas, el collar de piedras de río y caracolitos de mar le bailaba en el cuello enrojecido.

El hombre del mostrador aplastó los gritos con una carcajada granítica. Se acercó a Ofelia, le sonó dos veces las nalgas y le ordeno subir al cuarto, explicando que ella hacía siempre lo mismo cuando olía nuevos en el pueblo, que eso era parte de su show. Ofelia e tranquilizó, hizo una mueca rojiza, medio puchero, medio fastidio, se agarró el collar entre de dos manos y con la cabeza gacha avergonzada, subió por donde había bajado.

Nueva estaba nerviosa, quiso tragar y no pudo porque un susto flemoso se le pegó en la garganta, un susto flemoso como de ostra gigante y podrida. El Licenciado la condujo por un brazo a la salida. Subieron de nuevo al carro y le dieron vuelta a la plaza buscando la Comisaría. Luego tomaron un callejón a la izquierda, que llevaba hacia el monte después de atravesar el puente. Pero un soldado, un muchachón de dieciséis años, les cortó el paso plantándoseles en la vía. El Licenciado sacó la cabeza por la ventanilla del carro y le dijo lo que buscaba. El soldadito los devolvió a la plaza del pueblo.

El sol se comía lentamente todas las sombras reventando de lleno en la plazoleta, apenas una brisa tibia sacudía los pocos crotos y olas—de—mar que se ahogaban en el concreto. No veían ninguna Comisaría o al menos algo que se le pareciera, ni un escudo, ni un aviso; sólo la plaza y la calle desierta.

Nueva exigía el regreso, pero el Licenciado le señaló una ventana que enmarcaba el torso y la cara de un hombre. Nueva se bajó del carro, decidida, y se acercó preguntando si había visto al Profesor, muy conocido en Caracas y que desde hacía varios meses trabajaba en los alrededores de ese pueblo. Ya el Licenciado se había bajado también y para aclarar más las cosas, dijo que el Profesor buscaba enormes huesos como de un metro de largo. El hombre de la ventana abrió los ojos redondos y, sin pronunciar palabra, se quedó negando con la cabeza.

Frustrados, el Licenciado y Nueva le estaban dando la última vuelta a la plaza, cuando, de una casita rodeada por una verja de hierro, salió un hombre en franelilla. Les preguntó qué buscaban y al obtener respuesta, les dijo que esa era la Comisaría y que todo debía ser reportado allí. Se bajaron del carro siguiendo el consejo de hablar primero con el Sargento Chávez, un coriano aindiado que los recibió sentado en un taburete y un qué se les ofrece.

La experiencia anterior, les hizo ver que el trabajo de paleontólogo era desconocido y y evitando mencionar la clase de descubrimientos que hacía el profesor, le dijeron que buscaban a un señor que abría grandes huecos en la tierra. “¿Entierros…? ¡Ah, sí!” Claro que conocían al tal señor… ese que desde hacía varios  vive en aquella casita de bahareque, pegada a la esquina. El sargento señalaba con el dedo una vieja que salía de la casa y vaciaba un balde de agua sucia sobre la calle.

Nueva se quejaba por la equivocación, arrastrando o al Licenciado hacia el carro estacionado. Habían recomido más de doscientos kilómetros, vanamente, para caer en un pueblo del diablo donde jamás vino el Profesor; y lo mejor sería regresar de inmediato a correr el riesgo de enloquecer perdiendo todo ese tiempo.

Al Licenciado se le ocurrió tomar un refresco en un botiquín a la entrada del pueblo, recordando haberlo visto cuando llegó esa mañana. Estaban parqueando el fauvé, cuando el Sargento Chávez se les acercó agitando, sudando la velocidad que traía en la bicicleta y les pidió que se identificaran. El Licenciado mostró su cédula, pero Nueva no tenía sino un comprobante.

El Sargento casi se lo arrebató de las manos y después de examinarlo por todos lados, de arriba a abajo, le preguntó con voz temblorosa que dónde estaba la foto, que esa no era ninguna cédula, que ella lo que necesitaba era un carnet con foto, ese papelito verde claro metido en una bolsita plástica a prueba de agua y donde salía su cara, asomada por encima de una muralla de números, que su nombre no era importante, sino su cara con números, su cara de morenita numeral, de presa, de marcada, porque ese papelito amarillento que bailaba alegremente entre los dedos del Sargento no valía para nada, que ya le parecían sospechosos, que tal Profesor era un invento y que ellos irían presos porque sí y YA, que los sospechosos y sin documentación eran encerrados, pero no en la Comisaría, sino en el campo antiguerrillero para que esos muchachos dieran cuenta mejor del asunto: los bulldogs, los cazadores, allá, al borde del puentecito, se las arreglarían con ellos en ese lunes de Carnaval, si era lunes o martes o qué día del diablo porque el que llega a este pueblo ha de ser por algo, sí señor, por algo y nada santo…

Y Nueva: que me devuelva mi cédula; y el Licenciado apretando los dientes con rabia contenida y el Sargento que el papel no valía nada y Nueva que la foto no interesa mientras ella estaba presente, que las fotos son de recuerdo y que ella era más importante que el papel, la foto maldita, los números de mierda, el pueblo y toda esa historia de miedo que el Sargento les quería montar; que su inviolabilidad personal, que la justicia, que la viera BIEN, que ella era la que era y el Sargento que no, que me acompañen y YA…! . Sacó de la funda la pistola fría y reluciente como esa luz del día y dejando la bicicleta en medio de la calle, subió en el carro con ellos y se sentó atrás, empuñando el bicho maldito, como si fuera un juguete.

El Licenciado, le gritó mientras conducía, que él estaba loco, un estúpido disfrazado de Sargento con la venia de la ley y la orden del Gobierno entero de tirar a sangre fría a los quemamontes, robagallinas y matagentes… y Nueva, que ella acababa de venir de la playa, que le viera los bikinis floreados y la cara despellejada, que registrara el carro y que si en caso de encontrar algo sospechoso, le pagaría con dinero tal como hacía su madre que andando en los cuarenta y pico, se jactaba de no tener ni una cana mientras invitaba a sus hijas a darles cinco bolívares si le encontraban alguna.

El Sargento señalaba el camino con la punta de la pistola y el Licenciado tragaba grueso en su dolor adánico, mirando de reojo el terror mortal de Nueva en aquella hora solar que cortaba las nucas, Y llegaron al punto de partida y no apareció el soldadito. El Sargento obligó al Licenciado a detener el volkswagen a la entrada del puentecito, y sin bajarse, sacando medio cuerpo por la ventanilla gritó al aire un vengan y esperó, Casi en seguida, por entre los matorrales, vieron salir a un grupito de soldados acomodándose las cartucheras unos y los otros echándose el rifle al hombro,

En un segundo los rodearon como si fueran artistas de cine. Sombra se hizo en el pecho del Licenciado y Nueva, muerta de frío, se hundía en el asiento cuando los ojos y los dientes de la soldadera brillaron como cuchillos al sol. Y el Sargento: aquí están éstos, dándoles vuelta a la plaza y despistando a la gente con el asuntico ese del profesor; pero los agarré en la mentira y ésta no tiene cédula; no los dejen salir, es ésta la parejita que estábamos esperando,

Nueva, con dolor en la garganta, sentía como si tuviese una bola de heno seco en la boca y la ausencia casi total de saliva, le había pegado los labios. El Licenciado se defendió diciendo que él sí tenía cédula y que todo lo demás era un absurdo completo, que antes de llevarlos presos tenían que tener pruebas, que se habían equivocado y que no era de Nueva la culpa que en el Ministerio le dieran un comprobante mientras su cara se le quedaba presa, nadando entre soluciones contenidas en cubetas gigantes y esperando ser revelada.

El grupito de soldados, chanceando y riendo, se daban codazos unos con otros, y mira cómo se ponen estos cobardes cuando se les atrapa y ya no saben qué artimañas utilizar para convencernos de que ellos no son los que son, y hagan el favor de bajarse y por aquí, conduciéndolos monte adentro, por matorrales y cujíes, hasta el borde de una quebrada seca. Un poco más allá, entre bucares y josefinas con los tallos desconchados por las parásitas abrazando hasta ascender y florear las hojas, apareció el triángulo de una carpa.

Uno de los soldaditos chifló y de la tienda, salió otro con una cámara fotográfica, Sáquele una foto a estos dos, por separado, póngase usté aquí, más cerca… y le levantó la cara violentamente golpeándolo en la barbilla. El fotógrafo se enderezó y buscó el ángulo apropiado del Licenciado, el ángulo de muerte, el ángulo más blanquecino donde la pupila desaparece y la córnea resplandece como un huevo flotando en un pozo de agua. El clik maldito y ahora la otra, que se coloque bien que es su turno y otra vez el acomodo y los ojos más abiertos que nunca como vaca parturienta en la plaza de un pueblo muerto. Y otra vez el clik… y el grito; y ya verán ustedes, desgraciados, cómo se revelan las fotos en menos de media hora, y Nueva: ¡esto es de locos, quiero irme, Dios mío, déjenme ir, yo no tengo nada que ver con lo que ustedes buscan, cabrones, tengo sed, si quieren vamos todos y averiguan allá…!

Este Sargento Chávez es un palo de hombre, sí, sí, ya lo ascenderán al maldito. ¡Ah! quiero irme, ¡quiero salir de aquí…! Y los minutos quemándole los párpados y toda vestida de fiebre, en manos de soldaditos encuartelados a juro, diarrea de un país sin remedio, no saben lo que es la vida y lo que cuesta, no saben de nada sino de la ceguera y de la noche en sus catres. Carne hedionda que soporta el sol de las medianoches y la gusanera y los sabañones. Y allí, en la morada verduzca, las nubes pasan delante del sol mientras el Licenciado y Nueva son juzgados, y se acentúa el frío de muerte que les sierra las costillas dolorosamente, y quieren correr y no pueden porque siempre está la creencia de que algo puede ocurrir, algo para romper el sueño… y todos los nombres de santos se piensan y se quiere llorar y no bajan las lágrimas y la saliva no baja mientras se pasean los nubarrones oliendo a lluvia ligera.

El fotógrafo sale de la carpa manejando entre las manos un paquete de fotografías, las del Licenciado y Nueva, repetidas varias veces cada una y las depositó sobre la arena de la quebrada seca. El Licenciado soñaba con la marea alta y el sol levantándose cuando salieron de la casita de la playa para viajar a un pueblito perdido en las montañas y regresar esa misma tarde. Recordó los sandwiches que Nueva había preparado para el camino y los guardó en la guantera mientras se deslizaba perezosamente en el asiento del carro; se vio tomando la carretera de la costa, al encuentro de cocotales, hotelitos costaneros, vestuarios hechos de palma; Tucacas, pueblo gris y hediondo a fango. Después, metiéndose entre los cerros para bordear de nuevo el mar y así hasta el puerto con el sol blando todavía, pero con ganas de calentar hacia el mediodía. Ese lunes de Carnaval, ella dormitándose y él, manejando el fauvé sobre el asfalto baboso y resbalándose en las curvas. Ningún radio, sólo el viento, silbando por entre la semiabertura de las ventanillas pequeñas; y Nueva, ya dormida, con las manos cruzadas sobre las piernas, se moría para el paisaje nuevo de verdes y caseríos dispersos. Alrededor de las once, ya estaban en las montañas con el sol amarrado a la capota del carro… y ahora, los soldados se repartían sus repetidas caras.

“¡Vamos a darles el paseíto reglamentario…” y los empujaron, haciéndoles tomar la ruta del regreso, con la tarde abierta todavía por los zanjones y barrancos, que horas antes habían recorrido con el carro. Al caer en la plaza, una veintena de hombres los esperaban, algunos interrogantes y otros arrechos sin saber por qué causa. Y en ese momento, un chillido se dejó escuchar… “¡Sálvenlos!”.  Desde la ventana de la pensión, la voz atravesó la calle cortándola mitad a mitad hasta reventar en las paredes de enfrente. Ofelia transfigurada; porque ella, media esperanza, es la única que sueña en ese pueblo de olvidos, y otra vez el grito que revienta los huesecillos, medular, como de alguien que atrapara con lucidez el segundo brillante, el grito aquelárrico escapado de la boca maloliente de una hija del. pantano. Las casas tenían los postigos semiabiertos delante de ojos caleidoscópicos cómplices en el miedo, Nueva, con los labios pegados a los dientes por la fiebre y el Licenciado buscando en los que allí no existían, la segunda clave que abre brechas a la comunicación y al amor; oyeron a la mujer.

Ofelia, semidesnuda y tambaleante, sale a la calle para quedarse al borde de la carretera con la mirada perdida, la flor de cayena en el pelo y su collar de piedras de río y caracolitos de mar descansándole ahora sobre su pecho tranquilo. En la mano derecha, se le abría el abanico de una paloma muerta mientras sus pies descalzos y planos, se aferraban a la tierra como los de un idolillo de barro. “¡Ofelia!”, le gritó la Nueva, “sálvanos de esta muerte, nos quieren matar sin remedio, a rasgones, a pellejos, a desvanes vacios, conjúralos, distráelos, reúne en tus manos la fuerza de otros planetas, quema el sol, a este sol de mentira, acércate y pellízcame, tú eres lo único verdadero en este pueblo de miedo… “Cállense o les van a partir la jeta…! Yo sólo soy reina en mi templo, en mi cuarto. En la calle soy una puta y de las peores… ni los camioneros me quieren y yo les digo que por nada y ellos suben, pero la primera palabra es la que vale… ¿ven ustedes? ¡Por nada…!” Ofelia se encoge de hombros y les lanza una sonrisa de serpentina, de llamarada zigzagueante, nacarada, Pegada a su puesto, volvió a tomar el aire del sueño, el aire humoso de la impasibilidad.

Los arrojaron hacia el centro de la placita, hacia los perros, hacia el gentío. A Nueva le arrancaron la cadena, al Licenciado el reloj pulsera y le registraron los bolsillos hasta encontrarle la cartera. La Nueva quería sentir el olor del mar, del muelle, del puerto: quería verse nadar otra vez sobre aquellas oleadas tibias y espumosas y sentir la sal ardiente en sus piernas recién rasuradas, sus piernas morenas saltando como peces por entre la blancura reventada en la playa. El recuerdo de voces de niños jugando en la lejanía, le arrancó los gemidos más hondos. El Licenciado trató de hablar, pero la voz cavernosa se le partió en los labios al reventar el llanto, como si varios cristales le hubiesen cortado las cuerdas vocales. Gimió como gime un ciego o un mudo. “¡Sálvenlos…!” gritó de nuevo Ofelia despertando de su trance y arrojó con violencia contra el pavimento: la paloma muerta, se dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del zaguán. “Es la hora” gritaba al Sargento. Y trayendo una cuerda, los amarraron contra la verja de hierro de la misma Comisaría, uno al lado del otro, de espaldas a los verdugos.

El Licenciado y Nueva querían recoger sus huellas y echarlas a volar en forma de mariposas. El Licenciado hizo resistencia antes de que lo amarraran, pero entre varios hombres lo dominaron. Y él, nunca había sido un cobarde, pero esta vez lloró y gritó. Nueva sintió que ya no tenía ningún dominio sobre sus músculos, algo se le abrió como cuando le revientan la bolsa de agua a una parturienta, Se orinó, y aquel líquido tibio, recorriéndole las piernas, la calmó por un segundo. Aflojó todos sus músculos y esperó. Sonaron los cartuchos y la voz de Ofelia al mismo tiempo, dejándose oír ayudada por unos cartones que le sirvieron de altoparlantes: “¡Cáiganse! ¡Relájense! ¡Háganse los muertos…! ¡Carajo…!” Nueva pegó las mejillas al hierro frío de la verja y dejó de respirar.

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