literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de José Luis Palacios

Boceto para obituario

Mi padre es un acto de magia donde el protagonista se desvanece entre una masa de humo. Llevo viendo este acto toda mi vida, a veces en los asientos de atrás, a veces en los de adelante. Ahora en primera fila: mi padre tiene ochenta años y Alzheimer. Vive en un apartamento excesivamente grande para sus necesidades, junto a la indiferencia de mi madre, unos cuantos años más joven que él, y los cuidados de una enfermera sinuosa que alebresta a los machos jóvenes de nuestra familia. Los fines de semana visito a esos tres personajes, con una regularidad impuesta por la costumbre y la genética heredada. Reedito la rutina de las dos rejas del edificio, el ascensor con llave y la otra reja del apartamento. La enfermera, atenta a mi llegada, me abre la puerta de servicio y me invita a pasar, desparramando turgencias fuera de su uniforme blanco. Puede parecer una observación sesgada, pero creo que todas las carnes de mis padres se van transfiriendo de ellos hacia el interior del uniforme blanco. De la cocina paso a la sala, donde mi madre teje y mi padre dormita arrullado por algún juego de fútbol o noticiero europeo. Mi madre se disculpa por no haberme hecho entrar por la puerta principal. Los años han desgastado esa disculpa: siempre entro por la cocina. De las dos puertas blindadas, una se usa, y las llaves de la otra, la principal, duermen un sueño eterno bajo el cojín de uno de los sofás que mi madre ha amortajado cuidadosamente con unas fundas de estampados rosados. Así durarán más, dice ella. El tiempo transcurre lentamente durante mis visitas: no hay mucho de qué hablar, ya todo está dicho, repetido y congelado en el tiempo entre esas paredes. Mi historia está ahí, me persigue en cada rincón. Puedo establecer con exactitud la fecha de la compra de los muebles del comedor, poco antes del terremoto cuatricentenario, lo mismo que las lámparas y el seibó. El intercomunicador en la pared de la sala, gigantesco, con radio am/fm y profusión de teclas, permanece empotrado e inservible como símbolo del status de hace cuatro o cinco décadas. Puede sonar risible, pero en esa época poca gente tenía la precaución, o la posibilidad, de chequear a posibles visitantes antes de que tocaran a la puerta. Mucho más atrás, yo ni siquiera había nacido, me cuentan que la nevera, otro talismán de aquella clase media no aterrorizada, también se exhibía en la sala, para envidia de familiares y amigos de menores ingresos. La desnudez original de las paredes fue cubierta con cuatro óleos adquiridos con urgencia: una naturaleza muerta con crisantemos, un par de paisajes indefinidos, y un cerro Ávila sinople y bulboso, firmado por Giovanni di Munno, que fue haciéndose cada vez más útil para reemplazar la visión real de la montaña, desaparecida progresivamente de las ventanas, a medida que arreciaba alrededor de nuestro edificio la actividad de la construcción durante el boom petrolero de los setenta. Hay un televisor, regalo reciente mío, que acompaña los ronquidos de mi padre en todas sus siestas y sobremesas nocturnas, y otro que permanece encerrado dentro de un mueble a la medida sobre el que yacen objetos de platería y un tríptico de mi primera comunión. Todos los espacios horizontales están abarrotados con mis hitos enmarcados: graduaciones, navidades, la playa y la montaña, cumpleaños y matrimonios. Reforzando las fotos hay una cantidad de zapaticos de porcelana, ceniceros, angelitos, vírgenes y santos misceláneos, asociados a las mismas efemérides. Las cortinas vetustas evitan las corrientes de aire, un mal que los viejos tratan por todos los medios de evitar. No puedo decidir qué hace más difícil la comunicación con mis padres: su progresiva sordera o sus olores corporales, que impregnan el ambiente y parecen compartir con los muebles y las cortinas. Huelen a recintos cerrados, a lugares abandonados al óxido y el moho, esas halitosis persistentes que matan cualquier intento de diálogo compartido en el mismo sofá. Guisos mediterráneos mal digeridos con profusión de ajos y aceite de oliva. ¿Dónde fueron a parar tantos manjares, tanta harina de trigo? Mi padre tuvo el físico de un jugador de basketball en estado de retiro prematuro, leptosomático, con la mitad inferior del cuerpo inflada a punta de pasta y Pinot Grigio. Ahora es poco más que un esqueleto vestido. La actividad de su cerebro se va desgajando día a día, en capas, como se desintegra una cebolla hasta llegar a su corazón, donde no queda nada. Creo que fue André Maurois, o pudiera ser Albert Camus, u otro francés por el estilo, quien dijo que uno es de donde hizo el bachillerato. Mi padre no leyó a estos franceses: ahora sólo habla italiano, el lenguaje de su niñez, escondido en una de las últimas capas de la cebolla. Todavía me reconoce. Carissima, me saluda, y me pide que le corte su barbita blanca y los pocos flecos pegados obstinadamente a su nuca. Acepto hacerlo cada dos o tres semanas, esparciendo algunas hebras translúcidas sobre la funda rosada del sofá. No se deja tocar por más nadie, lo que agradezco como muestra residual de algún tipo de vínculo conmigo. Chao, Gino Cerrutti, sin pelo y sin memoria.

La pérdida de neuronas implica algunos pequeños arreglos en el hogar de los Cerrutti. Se hace necesario colocar pestillos por fuera de las puertas de los baños, para impedirle al paterfamilias encierros prolongados a solas con la poceta. Como todos los ancianos, buena parte del tiempo se la pasa discutiendo sus funciones excretorias, con especificidades dignas de un laboratorio clínico sobre cantidades, colores y grados de dureza. Hay que llevar un reporte diario de sus deposiciones para contrarrestar su poca memoria a corto plazo: en un calendario en la cocina se puede leer «Gino ha cagato», en la letra puntillosa de mi madre, rectángulo a rectángulo, día a día, para constatar que los intestinos de mi padre, divertículos y todo, siguen trabajando, y evitar así que él se empeñe en arrastrarse hasta la farmacia de la esquina en busca de laxantes. De vez en cuando Gino se acerca al calendario de la cocina, recorre con un dedo sarmentoso los números hasta que da con el lugar apropiado y coteja desconfiadamente las inscripciones más recientes. Pronto nada de esto tendrá sentido para él, no sabrá ni quién garrapateó esas anotaciones ni para qué sirven.

Supongo que mi padre me ama, o me amaba. Nunca me dejaba pasar al estudio cuando estaba trabajando. Ahora no, mi amor, estoy escribiendo un artículo, decía él mientras taladraba páginas con el repiqueteo furioso de su Smith Corona. Pero hay suficiente testimonio fotográfico en esa habitación evidenciando una cierta destreza en teteros, pañales y piñatas, aunque no alcanzo a recordar las circunstancias alrededor de la mayoría de las fotos. Las estanterías de esa habitación hace tiempo que dejaron de ser usadas para el trasiego de los libros; es imposible sacar un ejemplar a través de las barricadas de imágenes enmarcadas. En casi todas ellas aparece Gino, o su ectoplasma, un segundo antes de salir corriendo en otra dirección. Ahí está la impresión amarillenta de mi fiesta de graduación de bachillerato. Es de día, y Gino me abraza. Pero esa imagen no cuenta toda la historia: bastante después de que él se desapareciera de la celebración, llegaron unos coleados. Se intercambiaron amenazas e insultos. Volaron pasapalos, vasos y botellas. Un vidrio me abrió un hueco en el codo. Como a las dos de la mañana, acompañada de mi madre y un primo mayor, finalmente me cosieron el roto en la clínica del boulevard. Gino volvió a la casa cuando desayunábamos, según él, tras una larguísima sesión extraordinaria del Consejo Universitario, excusa plausible en tiempos de renovación y universidades allanadas.

Que mi padre era Superman ligado con Garibaldi y Einstein fue una certeza desde siempre, pero especialmente el día que visité por primera vez la Quinta Anauco agarrada de su mano y de la de mi hermano Angelo. A la sombra de la techumbre de caña brava, en la planta baja, nos puso frente a un muro lleno de objetos coloniales y nos instó a voltearnos para que le recitáramos la lista de cachivaches a nuestras espaldas. Naturalmente, no pasamos de tres o cuatro, algunos ni siquiera tenían nombre para mí. Luego él nos pidió que seleccionáramos cualquiera de las habitaciones de la casa que habíamos visitado, y nos abrumó listando cuanto cuadro, arcón, arcabuz o estribo, real o imaginario, ocupaba aquel recinto. En el patio de adoquines y matas multicolores, junto al pozo de agua, accedió de buena gana a tomarle una foto a un grupo de turistas y se puso a hablar con ellos en lo que para entonces yo no sabía que era alemán. Gino siempre se lucía ante nosotros, reinterpretándose a sí mismo, en italiano que entendíamos a medias, o en otros idiomas ajenos a nuestro entorno familiar. Admirábamos su capacidad de deformar sus labios o de forzar la garganta para emitir sonidos rasposos y ululantes que de inmediato imitábamos entre risas.

Posiblemente hubo otros días como el de la Quinta Anauco, pero no los recuerdo, y si me pidieran llevarme a una isla desierta una sola impresión de mi padre, me quedaría con ese día pasado entre paredes blanqueadas, zaguanes y trinitarias, con mi hermano, los turistas alemanes y los juegos mnemotécnicos.

* * *

Hasta aquí te voy a leer, madre, entre otras cosas porque tengo la oreja roja de pegarla al teléfono, y porque no he escrito sino esos pocos párrafos. Sé que no te ha gustado mucho, como casi nunca te gusta nada de lo que hago. Eres mi peor crítico. Aunque a decir verdad, a mí tampoco me agrada demasiado este relato, con tanto remiendo autotestimonial. Mamá, madre, mamma mía, no te pongas brava, tan sólo se trata de un cuento. Las taras físicas y los escándalos son comunes a todas las familias, la disfuncionalidad es la norma. Necesito tu comprensión y tu experticia literaria, no te me vayas por otros derroteros. Estás de mal humor, no te arranqué ni una risita con lo de «Gino ha cagato». Oigo tu sarcasmo: ¿llevando a los muchachos a la Quinta Anauco? Me dirás: ¿por qué no cuentas en tu historia que antes de esa visita quizás habías visto a tu hermano, si acaso, media docena de veces? Me insistirás: ¿por qué no describes su porte y figura? No añade nada a la historia, te respondo. Angelo es oscuro porque Briseida es tinta como la noche. Y fea como pleito a machete, dices tú. No tienes que repetirme lo que le ladraste cuando los descubriste. Negra maldita, vaya a ligarse con los de su raza. Aunque discrepe de tu apreciación: Briseida es hermosa e inteligente, de otro modo no hubiera atraído a su profesor, y menos le hubiera aguantado tantos años de desencantos.

Relájate, madre, no me grites por teléfono, casi todo es ficción, tú lo deberías entender mejor que nadie: tercera persona, primera persona, sinalefa, sinécdoque, hipérbaton, hemistiquio. Por supuesto que sé que hay desabastecimiento de carne, y sí, madre, compré carne antes de la crisis, estoy comiendo carne; no, no me regales una bandeja de medallones. Volvamos a lo importante, la literatura: todo es un montaje, una impostura fácil de desmontar. El apartamento es una casa. El italiano, español. La flacura, gordura. Y así sucesivamente. Lamento que te fuera tan mal con «Gino Cerrutti». El tiempo lo borra todo, la vida con el ex-decano desmemoriado se vuelve más llevadera. La destrucción acelerada de terminales nerviosos lo hace más dulce y manejable, perdido en sí mismo. ¿Me vas a escuchar o no? Lo tuyo es ayudarme en tus propios términos, no como yo te lo pido o cuando yo te lo pido. Tú juras que te mueven las mejores intenciones pero, como siempre, te distancias y haces lo que quieres. ¿Cuántas veces por semana me llamas para preguntarme si yo te estaba llamando en ese momento, pues cuando llegaste al teléfono ya habían trancado? ¿Y por qué habría de ser yo? ¿Recorres toda tu agenda telefónica cada vez que te llaman y trancan la llamada? Podríamos hablar un poco más, si te parece, de las capas de cebolla, de esas estructuras repetitivas que van determinando el carácter de un relato bien acabado. Tomemos tu ejemplo predilecto, capas y capas de prostíbulo, castillo junto al mar, dedos tamborileando como mariposas, noches estallando en fogonazos, marineros, prostitutas y vírgenes flamencas, detritus traídos por la marea hasta estas costas, así como mi padre y tantos otros, y vuelta a empezar, más capas de marineros, policías y mariposas. Tres o cuatro parlamentos repetidos como jaculatorias y ¡presto!: el mejor relato venezolano de todos los tiempos. Un camino de historias enrollado sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. O como una cebolla que se desgaja, capa por capa, hasta llegar a su corazón, donde no hay nada.

¿Cómo redondeo, cómo atrapo al personaje de mi padre, madre? ¿Describo sus trucos de magia? Al igual que tú, yo también aprendí a descifrar su falsa rabdomancia. Las cartas abiertas en abanico como preludio de juegos adivinatorios. Los dados y las monedas en sus bolsillos. Mi primer truco aprendido fue la moneda en la mano derecha frotada contra el antebrazo izquierdo hasta hacerla desaparecer. Fingir una torpeza que hace caer la moneda al piso y tomarla con la mano izquierda para seguir frotando con la mano derecha, ya sin la moneda que se oculta en la mano izquierda y se exhibe después detrás de cualquier lugar, de la oreja del niñito más crédulo o del adulto más paciente. Qué conveniente tener en la casa un experto en desapariciones. En mis cumpleaños, sin él y contigo, madre, excesivamente obsequiosa y hablachenta, unos decibeles por encima de todo el mundo. Todas mis tías alababan mis vestidos, los tuyos, las tortas y los arreglos. Pero ¿y dónde está él? Familia de ilusionistas. Navidades donde tuve que fingir creer en el Niño Jesús, para no causarles un trauma a ustedes dos. Especialistas del engaño, todos nos merecemos parte del crédito.

No me apuñales con tu indiferencia, sabes la cantidad de sangre, sudor y lágrimas detrás de unas cuantas cuartillas. Quisiera debatir contigo tantas cosas sobre las ausencias de Gino. ¿Tú comprendes cómo es crecer con un padre invisible? Dime, ¿cuándo empieza una hija a dejar de hablar con su padre? Quizás la ruptura tiene que ver con la aparición de la menstruación, o con el descubrimiento una mañana cualquiera de redondeces inéditas. Impensadamente, la puerta equivocada abierta a la intrusión en la privacidad, el desencuentro terminal, la disculpa balbuceada que acompaña al escrutinio de la desnudez preadolescente.

Los pies de barro se develaron un mediodía en tercer grado, de regreso en el transporte escolar. Mira, ahí va tu papá en el Mustang, me indicó mi mejor amiga y compañera de asiento. Desde luego, aquella en el automóvil con Gino no eras tú, mamá, sino una mujer más joven y voluptuosa, y desde luego, bastante más oscura que tú. A partir de ahí poco compartimos mi padre y yo, fuera del clima, el Milan y los caballos. Al menos nos quedaron los domingos. En la mañana, el peregrinaje al centrico comercial para desayunar en la panadería, revisar la gaceta comprada el jueves y sellar el cuadrito de cinco y seis. En la tarde, fútbol por la tele, la franela rojinegra y la pelota plástica en la sala creando estropicios. Los datos que Gino me daba se iban fijando como mantras en mi cerebro infantil, cómo iba a dudar de la importancia que un sabio le daba a aquellos detalles. Por supuesto, tú no comprendías ese vaso comunicante entre nosotros, detestabas los caballos y la pelota en la sala. Gianni Rivera, liga de campeones del sesenta y nueve. La final en México 70, cuando perdimos con Brasil. Cañonero II en el setenta y uno. Dos minutos, tres segundos y un quinto en la milla y un cuarto del Kentucky Derby; un minuto y cincuenta y cuatro segundos en la milla y tres dieciseisavos del Preakness Stakes. Llegó de cuarto en el Belmont Stakes, donde ganó Pass Catcher. Una milla y media, claro, en Nueva York todo tiene que ser descomunal. Quién sabe cuánto tiempo hizo nuestro caballo, nadie anota tiempo de perdedor.

Correré un tupido velo sobre Briseida, ésta no es su historia y no quiero herirte más. Tú, con razón, detestabas a Briseida. La envidiabas. Yo también, quería para mí unos senos formidables como los suyos. Te negaste a hacer concesiones. No ayudaste mucho, debes reconocerlo. Conocí a mi hermano después de su primera comunión. El trajecito que Angelo llevaba puesto para el encuentro era el mismo de las ocasiones solemnes, pero ya un poco corto de pierna. Por mi parte estaba emocionada, siempre había querido tener un hermano, e incómoda, con tanto volante y pantimedias. El tema de la familia se volvió intocable. Jamás viajamos a Italia para conocer a los primos europeos. ¿Sirvió de algo la registradera de bolsillos, el escrutinio minucioso de la ropa sucia? ¿Cómo hicieron para soportar tanto tiempo juntos en la universidad? Todas las estudiantes eran sospechosas, todas las emergencias unas excusas para engañarte. ¿Cuántos meses me pasé sin ver a Gino cuando lo botaste de la casa? No, no me hice amiga de Briseida. Ella tampoco era inocente, guardo un copioso inventario de sus trucos. Mi preferido: la servilletica manchada de lápiz labial, dejada al albur en el tapasol del carro para que tú la descubrieras. No vayas a creer que presencié incólume los gritos y las lágrimas de las peleas. Pasé por muchas fiebres repentinas, ataques de asma, nebulizaciones de emergencia, males que se extinguieron cuando salí de la casa para estudiar en Miami.

¿Ves la broma? Teníamos que pelear. Primera persona, tercera persona. Un personaje bueno, el otro malo. Tan difícil encontrar el equilibrio en la narrativa. En las familias. El bajo vientre lo domina todo.

Me preguntas por qué escribo un cuento que rehace una historia familiar llena de recovecos mohosos y rancios. Seguro tienes tu propia teoría al respecto, la respuesta inequívoca de la especialista con maestrías y docenas de conferencias a cuestas. Pergaminos acumulados que querías ver reproducidos en mí. Disculpa por defraudarte, pero aunque no lo creas, también hay vida fuera del campus, donde en buena o mala hora conociste a Gino. No te oigo bien, madre, estás moviendo tu teléfono, y lo que escucho, si me permites la licencia poética, es mi sangre como flautas al sol, cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia como en una lejana colina de vendimias. Ya tú sabes, venimos de la noche y hacia la noche vamos, para decirlo con paradigmas. Mi padre el inmigrante, mi padre Houdini, mi padre David Copperfield, sus actos mágicos de desaparición. Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre, el sudor de la frente, la mano sobre el hombro, el llanto en la memoria, todo queda cerrado por anillos de sombra. He ahí por fin la razón de este cuento: asumir los anillos de sombra. Abolir las preguntas. Sustituir con una historia el obituario de un hombre al que no puedo atrapar en unas cuantas frases. Quizás porque nunca lo tuve cerca. Quizás por tu culpa, madre.

Un torso sordo y ciego

Teresa Robles, viuda de Calatrava, piensa para sí misma: «La gente no debería tener hijos». Delante de ella, en la cola de carros esperando ser aspirados, un individuo mal afeitado y ojeroso inspecciona el material regado por la tapicería de su Corolla clase—media—modelo—anterior—al—actual. El individuo ojeroso echa un vistazo a una cuartilla emborronada con trazos infantiles y la desecha, después de hacer una bola con ella, en un pipote multiuso que, además de recibir la basura, les sirve a los operarios como blanco donde apalear las inmundas alfombras de los carros. «Ahí está», sigue pensando Teresa, «seguro que esa era la tarea del niñito para el día de padre, y el gran carajo la desecha como un envoltorio de chucherías». Se quita el cintillo de la cabeza y se echa para atrás el pelo rubio y abundante para volver a ajustarse el cintillo. «Definitivamente, la gente no debería tener hijos». El carro de adelante con el individuo ojeroso adentro se mueve unos metros hacia la cola del lavado y le toca el turno al BMW 525i de Teresa de ser aspirado. Tres jóvenes uniformados de overoles azules asaltan el carro abriendo todas las puertas y metiendo tubos de artículados de plástico conectados al aspirador central.

«Señora, si nos da una buena propina le dejamos el carro bien limpio», dice uno de los muchachos, que entra por la puerta del copiloto, frotando entusiastamente la lujosa consola. Teresa sonríe con un dejo de tristeza. Son unos niños. Por todos lados niños trabajando: vendiendo periódicos, cargando bolsas del automercado, secando carros… Niños semiindigentes, iletrados… «Definitivamente…», se dice mentalmente Teresa, y en voz alta: «sí, cómo no». sale con trabajo de su asiento, con todo y la posición programada con chip, afincando bien las piernas antes de erguir el torso, un poco más grueso de lo normal por los tres meses de embarazo que, si bien todavía no son visibles a través de la blusa suelta y los pantalones con cintura elástica, condicionan su motilidad. Vuelve al interior del automóvil y se dispone en la cola de lavado detrás de un Chevrolet, añoso y reluciente, que no parece necesitar de ningún aseo. A veces las motivaciones de la gente para lavar sus carros son bien extrañas. Cuando le toca su turno, alinea sin ningún problema la rueda izquierda en el mecanismo que atrapa el carro para conducirlo al interior del pasillo de lavado. Un operario le ayuda en la maniobra con señales manuales y después el mismo operario se arma con una escoba bañada en agua jabonosa con la que frota los rines y la parte tasera del BMW. En segundos el carro, en neutro, apagado y sin freno de mano, como repasa mentalmente Teresa, se encuentra inmerso en una llovizna escupida insistentemente por un complicado sistema de tuberías. A ella siempre le ha encantado lavar el carro en este establecimiento; aquí no tiene que tomar ninguna decisión, tan sólo dejarse llevar por la línea de lavado automatizado con sus rodillos, chorros y mangueritas, y los brazos entrenados de la mano de obra barata que al comienzo del proceso le aspiran y al final le secan minuciosamente el vehículo. Ah, si pudiera transferir el autolavado al resto de su vida, abandonarse en manos de otros y dejarse llevar… Pero tantas decisiones por tomar: pedir o no ese permiso prenatal en el departamento, evitando de paso, verle la cara a Celina; contestar o no el último correo de Jacinto; tratar de equilibrar las hormonas y el útero en expansión con la biblioteca, el proyecto de investigación, el doctorado interrumpido… La escalera al cielo de Pittsburgh y la tesis incompleta sobre los escritores domésticos exilados en USA; el resquemor de entregarle o no el puñado de ideas originales a Jacinto, el estudiante favorito perdidamente enamorado de las profesora ligeramente embarazada, para construir la tesis de maestría de él y agotar el caudal de tópicos doctorales de ella… Jacinto, tan imposible como su nombre, enviando mensajes por la computadora que Teresa demora una semana en contestar. Dentro de la agenda, en el piso del asiento delantero, yace una copia del último mensaje. Teresa impulsivamente toma la agenda, extrae y despliega la cuartilla doblada en cuatro, para leer por enésima vez la nota:

«Teresa, Teresita, Tere, esa que no quiere que me alTERE… Reza, Teresa, por mis pecadoras ideas, y déjame que te lance esta botella al mar: soñé que estaba en una clase de apreciación literaria o taller, y tenía miedo de meter la pata cuando me llegara el turno de hablar. La directora daba pequeñas pistas, palabras sueltas a las que la gente debía reaccionar. Cuando llegó mi turno de comentar cierto texto dijiste… pájaro… Como de costumbre, opte por el sarcasmo para enmascarar otros sentimientos. Respondí: nótese que pájaro es una manera de llamar al pene, aunque claro, esa interpretación no la daría Miller. algunas risas y movimientos incómodos en las sillas. Un giro en la cama. el sueño cambió de rumbo. Responde a ésa, Teresa: ¿necesitaré una sesión de sicoanálisis contigo? La culpa es tuya, por hacerme leer ‘pájaro de mar por tierra’.
Locamente, Jazzinto.»

Jacinto y su puntillismo, seleccionando cuidadosamente las palabras y las combinaciones de colores en camisas y pantalones, desplegando grandes y elaborados gestos que le habían ganado una falsa reputación de gay. Teresa dobla cuidadosamente la cuartilla, siguiendo los pliegues originales, y la vuelve a meter en la agenda, justo a tiempo para contemplar la última fase del lavado. Extrae de su cartera unos cuantos billetes de menudo para los de las gamuzas secantes, y entrega el ticket, previamente comprado en caja, en un entreabrir de la puerta —»así no se chorrea la ventana», como siempre le había aconsejado Marcelo— y segundos después, tras doblar un par de calles, se encuentra en la avenida principal de regreso a casa, con el sol brillando implacablemente sobre el asfalto, y la estación de rock adulto contemporáneo atronando por las ocho cornetas para audiófilos.

Es la primera vez que Teresa saca el BMW desde que se lo devolvieron del taller. Ya hace más de un mes de eso, y casi tres meses desde el accidente que obligó a llevar el carro al taller, un accidente estúpido donde perdió la vida Marcelo Calatrava, su esposo. Absolutamente estúpido: seis de la tarde, el sol de frente y el vidrio del parabrisas algo sucio; la falta de atención en la carretera —al fin y al cabo, la misma poco transitada carretera por el cerro inhabitado conectando el par de urbanizaciones privilegiadas con vista a la montaña— y esa atención transferida a los muslos de la acompañante, Celina, la colega que convenientemente vivía en la otra urbanización vecina y de quien Teresa no podía sospechar, porque de por medio la amistad y el interés compartido por la narrativa de la primera mitad del siglo, porque la solidaridad femenina, porque las seis de la tarde y el trabajo que daban todos aquellos exámenes que debían corregir juntos en la universidad, y porque Marcelo tan buen padre, Eugenia se le guindaba del cuello cuando se aparecía, nunca más allá de las siete, hasta ese día que dieron las siete, y las ocho, y las ocho y treinta y seis, cuando por fin sonó el teléfono, una voz distante emergiendo entre ruidos, disculpe, debe venir inmediatamente, un accidente, sí es aquí al lado, casi en la entrada de la otra urbanización, y el horror de salir precipitadamente en franela y bluejean —el cintillo, el cabello siempre bajo control— en la camioneta para encontrarse con la escena, ahí al lado, casi en la entrada de la otra urbanización, de luces intermitentes (la policía, la ambulancia…) bañando el BMW invertido y la figura de Celina, sentada gimoteante en la cuneta, cubierta con una chaqueta prestada y rigurosamente incólume, mientras Marcelo horizontal, por encima la sábana discreta en estas circunstancias, y muy poca sangre, difícil de creer, máxime cuando todo lo que hizo fue meterse en un hueco que usualmente no estaba allí, pero ya se sabe, los ladrones buscan cualquier cosa para robar, las tapas de hierro se las llevan a las fundiciones y se las pagan en peso, quedando abierto uno de esos huecos que luego alguien señala con un palo erguido, o un pipote incrustado, pero que hace falta saber quien fue el primero al que se le ocurrió meter el palo o el pipote señalizador, capaz que sea algún policía que levanta el choque y llena los recaudos del cadáver, la viuda y la amante…

Para Teresa recuperarse no fue fácil. Le faltaba Marcelo y su risa sonora, claro. Su barba entrecana y las fracesitas crípticas robada a Borges, de quien era un especialista a pesar suyo, porque de algo tenía que graduarse uno, como él afirmaba con esa sonrisita suya aderezada de cinismo, el mismo cinismo que usaba noche tras noche cuando retozaba en la queensize con ella y con Eugenia frente al televisor, enseñando a la pichurra a repetir poemas imposibles llenos de tigres y espejos, jurándoles su amor eterno después de haber pasado la tarde con Celina «corrigiendo exámenes». Lo de Celina se había hecho más soportable gracias a su ausencia, permiso remunerado durante un trimestre para visitar como invitada una universidad española, qué manguangua, así cualquiera se recuperaba del trauma de ser la otra en la comodidad de claustros renacentistas, casa solariegas barrocas y acueductos romanos. Lo peor llegó con las sensaciones raras en el vientre semanas después del accidente, eso que la gente llama somatizaciones de la viudez, cosas según ellos remediables con unas grageas de Prozac para levantar la serotonina, pero que ella sospechaba se debía al hormonero alboorotado por el embarazo confirmado con un simple test casero de orina. Entonces sí, el derrumbe. La depresión, el no soportar a Eugenia, o a la señora Beatriz —la suegra— o a Fanny —la muchacha de servicio— o a los colegas, causantes todos de sus males… Entonces el drenaje, la colección completa de Borges —incluyendo la notica manuscrita de María Kodama, de la época cuando Marcelo la consiguió traer a través del decanato de postgrado— arrojada al jardín desde el cuarto piso con vista a la montaña, los vómitos y los mareos, la pérdida de peso, las visitas bulímicas a la nevera a medianoche. Y la masoterapeuta, el drenaje linfático, las saunas relajantes, los peeling con ácido glicólico, las limpiezas de cutis, la tonificación muscular, un lifting y un sumergirse en estudios de cosmetología casi equivalentes al doctorado interrumpido en Pittsburgh para nada, para que Marcelo terminara su análisis de las esructuras matemáticas en la narrativa borgiana, y tenga su doctorado, muchacho, mientras que ella, embarazada de Eugenia, vámonos mi amor, quiero parir al lado de mi familia. ¿Y los narradores de la primera mitad del siglo? Bien, gracias, te mandaron saludos.

Teresa enfila el BMW hacia el centro comercial. Espera pacientemente en cola hasta que otro carro desocupa un puesto legítimo de estacionamiento —no se iba a montar de mala manera en la acera, no señor— y se dirige a la panadería, siempre invitadora con sus familiares aromas de café y harinas horneadas. En la puerta, un buhonero vende videos infantiles de origen incierto. Duda algunos instantes si comprar algunos para Eugenia, alternando entre la culpabilidad y la complicidad, decidiéndose al fin por no hacerlo, y se desliza hasta el mostrador del pan, pidiendo automátiamente «dos canillas, por favor». Eugenia le ocupa la mente, la absorbe. Suele compararla con un hueco negro, donde el tiempo y el espacio son succionados en un maelstrom espinal vertiginoso. Casi tres años de aprendizaje en los cuidados y el cariño, salpicados de paranoias y angustias de principiante. Jamás olvidará el parto, cuando aquella especie de anémona marina, untuosa y escarlata, emergió de su interior como un ser independiente agitando desesperadamente todos sus tentáculos. Tampoco olvidará las escenas de injustificado terror, el cabezazo de la bebé contra su huesuda clavícula al sacarle los gases, ¿le haría causado un daño irreversible en su cerebrito?, o el primer episodio de cólicos en la mitad de la madrugada, el llanto ininterrumpido por horas, hay que llevarla a la emergencia, la franela de dormir embutida en un bluejean, las medias de diferente color y ni siquiera el cintillo, total para que en la mitad del trayecto hacia la clínica se durmiera en sus brazos como un ángel. «Me das también un litro de leche, por favor». O las fiebres, los buches de leche regurgitados en cualquier lugar y circunstancia. Pararse en la mitad de la noche para espiar su inmovilidad en la cuna… ¿estaría viva? No fue fácil aprender a amar aquel amasijo de células organizadas en un pequeño ser que muy lentamente, al pasar los meses, respondía con algo más que reacciones primarias propias de un tubo digestivo sensible.

Y ahora que Eugenia ya se comunica, responde y se hace más manejable, vuelta a la casilla número cero, con otro embarazo no deseado, con Borges revoloteándole en la cabeza todo el día, pues en definitiva, muchas de las ideas de la tesis de Marcelo se le ocurrieron a ella, aunque claro, él era el macho de la relación, ¿no? «Y un milhojas. No, sin nevazúcar, de los de dulce de leche». ¿Qué hacer? ¿Mandarlo todo al cuerno y dedicarse a su progenie? Los reales no son motivo de preocupación, como heredera única de la fortuna de Robles y Compañía. Pero su intelecto no lo va a soportar, tanto colegio fino de señoritas y tanto curso de postgrado. ¿Y Jacinto? Ya le había hablado de la posibilidad de seguir explorando el tema del infinito en Borges, lo limitado de la Biblioteca de Babel postulada por el argentino, la falsa infinitud de una finitud muy grande por culpa de la cota superior de cuatrocientas diez páginas. Cuánto más interesante hubiera sido la postulación de un infinito número de libros no repetidos —matando la idea de la periodicidad, de paso— con el simple expediente de no limitar la longitud de cada libro. Otros cuentos del mismo autor jugaban con esa posibilidad, que de todas maneras conducía a un universo con un número contable de libros, infinito ciertamente, pero diminutamente infinito: ¿cuántas ideas puede tener una persona?, ¿cuántos pensamientos se pueden verter en una tal biblioteca? Si nos atenemos al axioma de que una idea existe si y sólo si hay una palabra que la designa, hay únicamente un número contable de ellas… ¡qué pobreza! Se podía dar un paso más allá —y Teresa quería haber trabajado el tema mucho antes que Marcelo lo usurpara— sugiriendo la posibilidad de libros de longitud infinita donde, con tan sólo usar dos letras distintas, se obtendría un grado de infinitud superior al de meramente contable.

Teresa deja el pago de su compra junto al cajero sin esperar el vuelto —¿qué se puede comprar con el vuelto de la panadería?— y da por terminada su salida matutina. De las varias posibilidades de regreso a casa toma la que precisamente la llevará a lo largo del lugar de los hechos. Ya han cerrado el hueco con una tapa nueva y nada parece fuera de lugar, ni siquiera hay señales en el pavimento que delaten la tragedia. Haría falta quizás una de esas capillitas que la gente pone al borde de las carreteras para conmemorar a sus muertos en accidente de tránsito. Ella siempre se ha preguntado cómo la gente puede detenerse en la vía pública para visitar esos lugares como si fueran camposantos legítimos, sin el menor pudor. Qué ordinariez. El carro desvencijado estacionado en la cuneta, los muchachos sentados en el capó, el adulto barrigón la lata en la mano, quizá llena de agua para limpiar el arreglo de flores plásticas y albañilería rústica, los cabellos de todos azotados por la ventolera de los otros carros al pasar. No, gracias, cuanto menos supiera el mundo de su desgracia, mejor.

Unos minutos y tres o cuatro medidas de seguridad más tarde, entre remotos, candados y llaves multilock, Teresa penetra en su apartamento. Abrir aquella puerta blindada siempre le produce una sensación instantánea de bienestar. El impacto de la luz a través de los amplios ventanales y sus reflejos en el parquet impecable, la vista de ciento ochenta grados a la verde montaña, la quietud, todo contribuye a darle un aspecto positivo a las cosas una vez transpuesto el umbral del apartamento. Deja las cosas sobre el mármol de la cocina, y alcanza a ver el trasero de pimpina de Fanny desapareciendo de su ángulo de visión en el balcón. Es la hora del almuerzo, y Fanny estará en plena faena, peleándose con Eugenia para montarla en su silla y disputar la posesión de las cucharitas con las qué regarse de sopa, arroz y carne molida por toda la anatomía, incluyendo de vez en cuando la boca. Teresa se siente cansada y sin ánimos de presenciar el cotidiano rito de alimentación. Se desliza con sigilo hacia su habitación, separada del ambiente del balcón por varias capas de pasillos y puertas. Deja caer la cartera en el piso alfombrado del vestier y se descalza con dos movimientos maquinales. Las sandalias le han dejado unas marcas enrojecidas en los pies. Cada día está más hinchada. Se despoja con algo más de trabajo del pantalón, la blusa y la ropa interior, y se sopesa los senos frente al espejo. También ellos están henchidos de un tiempo a esta parte, recorridos por un reticulado de venillas azules y marcados por los brasieres fuera de los cuales rebosan. Para Teresa, esta es una de las pocas cosas verdaderamente satisfactorias del embarazo: la placentera posibilidad de amamantar. Uan renovada sensación de poder animal en su cuerpo, una rotundidad que la hace blanco de ciertas miradas inequívocas, incluyendo las de Jacinto. «Ah, si Jacinto no fuera tan amanerado, no sé que le haría uno de estos días en mi oficina», piensa Teresa. Fantasea un poco mientras se inspecciona frente a la luna de cuerpo entero. Si bien la hinchazón de su pecho la halaga, la pérdida de la cintura la tiene preocupada: cuánto no le había costado recuperar su silueta después de tener a Eugenia… Sobre el vientre curvado ya empieza a insinuar lo que será dentro de poco tiempo una línea negra bien definida. Teresa cierra las puertas del closet y, desnuda como está, se dirige hacia el baño. Todo lo que necesita ahora es un rápido duchazo para refrescarse. Distantes, oye los «¡ No, no, no !» de Eugenia en el balcón.

Teresa no tiene por qué saber que Antonio, el plomero de confianza de la familia, ese personaje que se persigue, se corteja y se mima para que no nos abandone y arregle los desesperantes desperfectos domésticos, en ese momento se enceuntra en el baño, escondido detrás de los helechos colgantes, arreglando el bote de agua del jacuzzi. Antonio hace poco ruido; es un individuo pulcro que cada cierto tiempo recoge la basura que su trabajo va creando. El jacuzzi: reluciente, mastique nuevo y lleno de agua humeante. Cuando Teresa cierra tras de sí la puerta y da un respingo, él levanta la vista y mira a la mujer de arriba abajo, tratando de balbucear una excusa:

«Señora Teresa, disculpe, yo no sabía…»

Teresa no hace ningún ademán de cubrirse. Extrañamente se siente casi tan cómoda como en la presencia de Fanny, frente a la cual se pasea en cueros casi todas las mañanas durante la limpieza de las habitaciones. Nunca le había prestado demasiada atención a Antonio, y hoy, en el encuentro fortuito y sin ropa, encerrada en su baño con el sujeto, puede detallarlo con más cuidado. Pequeño, moreno, con la buena musculatura de quien diariamente se dedica a tareas físicamente exigentes, y un bigote que hace presumir un prontuario policial, impresión totalmente equívoca, pues ella sabe de su responsable paternidad y de su trato decente hacia su mujer, a quien alguna vez ha traído para que ayudara en ausencia de Fanny. Teresa se dice a sí misma: «Esto es ridículo, debería salir del baño en este mismo instante», y de hecho tiene una mano en el picaporte, pero quizás el cansancio no la deja pensar, o quizás la falta de control de la situación la obliga a quedarse y decir en voz alta:

«No se preocupe, Antonio, yo tampoco sabía».

Teresa avanza unos pasos hacia el hombre y con calma se quita el cintillo. Se sacude levemente la cabellera. Puede sentir la mirada de él posarse en su vientre convexo y en sus areolas oscuras y grandes como morocotas. Bueno, aquí no hay nada que ocultar: ni siquiera cargo los zarcillos. Una sonrisa y otra frase de ella, ambas con un desparpajo inusitado:

«Si ya arregló el jacuzzi, quisiera probarlo».

Le tiende una mano para que él, parado del lado afuera del jacuzzi, le ayude de muy buena gana a ingresar al líquido humeante en la bruñida ponchera de fibra de vidrio. Con el primer contacto de aquella mano callosa, Teresa empieza a dejarse llevar, otra vez como en el autolavado: que las circunstancias ajenas y los demás decidan por ella. Pero ahora hay un nuevo ingrediente, una emoción abandonada tiempo atrás y no reeditada: el deseo. Al diablo las reglas. He aquí un buen ejemplar de macho humano, completo y capaz. Todo lo que requieren ahora es una superficie razonablemente plana para retozar sobre ella de mil maneras posibles. El hombre se quita su franela agujereada exhalando un almizcle ferruginoso. Con determinación, Teresa lo hala y obliga a acercarse, buscando los labios de él y ofreciendo su lengua. Las lenguas se encuentran e instantáneamente los pezones de ella, sensibles con la preñez, se yerguen con un cosquilleo doloroso, casi como si la leche fuera a manar de ellos. Desde que Eugenia tomó pecho, no había sentido esas ansias de amamantar. Antonio la besa en el cuello y en los hombros, presionando su erección, contenida por el pantalón, contra la pierna de ella. Teresa no puede evitar pensar en Fanny y Eugenia, a uno cuantos pasos de distancia. ¡Si la vieran! ¡Si Jacinto la viera! Cuántas veces había imaginado la escena en su oficina, Jacinto sentado en el escritorio y ella arrodillada frente a él, con los ojos cerrados y la lengua afuera, recorriendo entrantes y salientes e identificando táctilmente cálidas y familiares formas. Antonio le succiona los pechos con suavidad, como si intuyera su fragilidad, como si manejara una delicada pieza de porcelana, mientras ella le baja el cierre del pantalón. «¡Señora Teresa!», es todo lo que el hombre acierta a susurrar una y otra vez. El termina de descartar su ropa y se mete también en el agua caliente, se arrodilla besando su vientre, separando sus labios y hurgando en la entrepierna pulsante en busca de un fuego que disuelve las extremidades, incapaces de sostener el cuerpo. Ambos necesitan encontrar una horizontalidad incómoda y anfibia en aquel jacuzzi donde Antonio la posee lentamente, con precisión, como si enrollara teflón alrededor de una tubería antes de encajar perfectamente una parte en la otra. Teresa, jadeante, arquea la espalda, se agarra del borde de la ponchera sin darse cuenta de que con sus manoteos ha abierto el desagüe, levanta las piernas hasta que las rodillas casi tocan los hombros, en su postura favorita para olvidarse de todo excepto de su sexo, para sentir que su cuerpo se reduce a un torso sordo y ciego, a un orificio anegado de todos los líquidos y secreciones posibles que debe ser bombeado por un chupón desatascador, y por un momento se evade del entorno de luces halógenas empotradas, espejos y mármoles, y se deja arrastrar como el agua por el desaguadero, limpiándose de los colegios de señoritas, del departamento, del doctorado, de Marcelo y de toda la familia.

Cuando finalmente Teresa se queda sola (una súplica con los ojos cerrados: «váyase, Antonio, sin hacer ruido»), regresan el cansancio y el abatimiento a su cuerpo manipulado. Se queda un rato en el jacuzzi sin agua, observando a través de la ventana, semioculta por las matas, el tráfico que pasa veloz por la avenida y el embotallemiento en el centro comercial a lo lejos. En cualquier momento oirá del otro lado el trotecillo de Eugenia, y la puerta se abrirá para que la pequeña e inquisitiva cabeza pregunte, «Mami, ¿me puedo bañar contigo?» Teresa no quiere lidiar con esa posibilidad. Sale con trabajo del jacuzzi, pasa el seguro de la puerta del baño y se dirige a la ducha, un enorme prisma de vidrio y grifería italiana. Desliza uno de los lados del prisma y abre la llave del agua caliente. La deja correr hasta que oye cambiar el tono del sonido en la grifería, signo inequívoco de que el líquido ya comenzó a salir caliente. Cierra la llave y abre simultáneamente la de la fría y la de la caliente para recibir el impacto del chorro tibio en plena cara y así poder comenzar un llanto suave, camuflado y solitario.

Sobre el autor

*Tomado de ficcionbreve.org

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *