literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Hernando Track

Mis parientes

Esos días de noviembre llegaron por fin, nostalgiosos y ojudos, como la cara de un hermano que uno no ha visto; con el primer frio, con las primeras tardes que apuraban la noche en el cielo, lo que todavía quedaba sin polvo en la casa, el moho de los días inmarchitos, se volvió igual al rostro de todos nosotros, un espacio gris entre las orejas, la escalera por donde subía nuestra ceniza, la manera de asustarnos del viento o de recordarnos mientras el sueño se nos iba por entre la llovizna. Entre tanto, mientras nosotros nos volvíamos así, el pueblo también descuidó sus paredes: después de la lluvia una lepra verde asomó por las calles. Y comenzamos a sentirnos sobrevivientes. Todos esos recuerdos se me han convertido en unos sollozos que siempre andan detrás de mí, lo mismo que unas tías que me tuvieron cariño. Sobre todo recuerdo esa luz a deshoras que desandaba por los rincones, hasta los más apartados, una luz gris, sin ninguna consideración con nosotros, porque nos ponía más endebles, como si todos odiáramos al hermano menor pensando que tendría la suerte de morirse más tarde.

Pasaron esos días que olían a humedad y a medicamentos perdidos, como si faltaran nuevos estragos, aunque ya los geranios del patio que de año en año mi madre hacía florecer, habían parado en rastrojos (la luna doméstica era una lámpara, la casa en paz, como si fuéramos los monjes de una cartuja: mi padre, el abad más añoso; mi madre, la superiora de toca más jazminada; mis hermanos, los frailes de menos ceniza en los ojos; mis hermanas, las sores de piernas más blancas), un rastrojo por donde toda brisa pasaba de largo, como si no fuera el patio que había cuidado mi madre, con esos ojos desacomodados por la costura, sin un semillero de llagas desaromadas, secando en el viento.

El destrozo llegó con La Pescuezuda, que empezó a levantarse tarde, cuando desde hacía rato la llovizna picoteaba en el techo, esa llovizna de que hablo yo, que venía desde la mañana para ver si teníamos la tristeza completa. A ese gran griterío de sus sueños, que en la primera tarde atontaba los pájaros, nosotros contestábamos en silencio, un silencio que se prendía de ella lo mismo que un musgo viscoso a una silla vieja. Fea como era, ningún hombre pensó en el hisopo del cura para desamargarle sus noches, y por esos días empezó a coleccionar mariposas. Eso no era el colmo de la felicidad – porque hay el colmo del llanto, no de la felicidad – , pero al menos era otra cosa, una cosa distinta de la llovizna y de mi hermano mayor, el hermano mayor que decía “esta agua es llorada… es este ruido de tantas tardes caídas… no sé… soy yo”, siempre con ese olor de humedad, cejijunto y rugoso, semejante al estiércol de los palomares. Yo lo miraba como al palomar de más años, con las tablas a medio caer.

Así fue como La Pescuezuda se acostumbró a coleccionar mariposas: las veía despabilar en el viento y corría con la red; pero ninguno sabía que con más bisagras iba cerrando su puerta, porque desde entonces no salió más: se mantiene encerrada en su alcoba. Para nosotros es lo que ya ha dejado de ser. Es tan imperceptible, que si un día despareciera quizá ni lo notaríamos. A mí me parece que ya la confundimos con su recuerdo. Creo que a mi madre también. Ahora mi padre ha endulzado los dedos para cerrar las ventanas, y todos hacemos menos ruido que de costumbre. Mi padre camina sobre un musgo sonámbulo. Yo lo miro y pienso que tiene años de muerto, y que ya se volvió su retrato.

A veces La pescuezuda sale a buscar mariposas y vuelve con los vestidos mojados, como si todos nosotros hubiéramos llorado encima de ella. Lo demás es el pueblo, el agua debajo del puente que de pronto joroba la calle donde nosotros vivimos, un puente que se llama El Topóm. Lo demás es la llaga verde que ya empieza a humedecer las paredes, aquel cristo en un rincón del Humilladero… quizá la neblina en Cariongo, como si el mes empezara a evaporar las ovejas.

***

De entre todos esos rostros el que ha caído más hondo es el de mi hermano mayor. Yo no sé por qué cuando pienso en el él me acuerdo de un aljibe que estaba al pie de un naranjo. Yo recuerdo esas tardes, la gran calma que bajaba por las tapias del Seminario, cuando el crepúsculo, rengueante, babeaba sobre las torres de Santo Domingo, ensalivando el aire y el cielo, y acabo pensando en mi hermano.

Entre tanto… seguía ese invierno que casi nos hizo perder la razón, la llovizna en medio de todos nosotros, y esa falta de paz en los techos que me ponía a preguntar cómo nos cabía tanto estrago, hasta que descubrí que las goteras las teníamos nosotros.

A veces supuse que mi hermano había nacido en aquel aljibe, es aljibe donde toda hoja de naranjo que derrumbaba el invierno venía a podrir, entre aquella agua verdosa, con un musgo parecido a la cresta de un gallo viscoso, y que, de tarde en tarde, con un balde que nunca estaba en el mismo rincón, mi madre le hacía bajar sus recuerdos. Cuando se volvía más grande la silla donde él ya no estaba, yo pensaba que dormía en el aljibe.

Por las noches de ese noviembre, cuando por casualidad, digo yo, dejaba de agujerearnos el cielo, creía que el viento había desensotanado a todos los curas, y colgado en el techo los hábitos enlutados. Las tardes eran distintas: grises o ahumadas, me hacían pensar en las orejas de un asno, y mientras la pelambre invadía las calles sentía que el reloj caminaba por toda la casa.

Recuerdo una mesa que tenía ese olor que a mi padre le salía por los codos; también una silla de balancín, con un parche grisoso en el espaldar, donde mi madre pasaba sus ratos perdidos, que era los más; y, después, un armario de ropa vieja, todo lo que había envejecido mucho antes que todos nosotros. De estos muebles, yo no sé cuáles nos sobrevivirán. Lo digo, sobre todo, por mi hermano mayor, que tanto se les parece. De todos modos hay en esos palos cierta contrariedad. A veces pienso que sus polillas somos nosotros.

***

Una vez mi hermano mayor desapareció por más semanas que de costumbre. Había emprendido un negocio: la compra de unas tierras por donde iban a tender las carrileras de un tren. Como el sitio estaba lleno de esas amapolas que yo no podía ver sin pensar en La Pescuezuda, semanas después tuve un sueño intranquilo, cuando una carta de mi hermano mayor nos describía el lugar: vi caras desensulzadas, la de un Cristo que pateaba entre dos frailes que trataban de crucificarlo. Yo siempre le he tenido desconfianza a los sueños, pero el del Cristo me desacomodó todas las coyunturas, porque después los dos frailes, desilusionados del Cristo que les había harapado los hábitos y enterrado las uñas, resolvieron que fuera yo el crucificado. Uno de ellos me arrastró de una mano, y me mostró a La Pescuezuda, desnuda, con los brazos abiertos, como esas señales que ponen para indicar en los caminos. Hacía viento y el fraile me dijo “¿qué le parece la cruz?”

Yo contesté “Dios mío, ¡qué blanca!” Me pareció que era de noche y que todos dormían, todos excepto mi madre, que seguía pegada al rincón donde el polvo endulzaba la silla más vieja. Iba a decir que yo era el hermano de La Pescuezuda, pero el fraile volvió a preguntar “¿qué le parece la cruz?”

“¿Tendré que soportar los clavos?

El fraile volvió a reír.

“No, los clavos no

“Entonces sí.

Y desperté cuando me sentía hundir entre una saliva muy blanda. Durante aquella temporada mi padre estuvo lleno de animación; a esa lámpara en desuso que era él la enluzaban las cartas de mi hermano mayor. Aquí está, en lo poco que he salvado de entre esa mala distribución de recuerdos (un reparto que a mí me encomendó la parte peor), la carta donde nos describía el terreno:

“… los mediodías son muy largos, por todas partes huele a durazno podrido, y el sueño, él también, pudre como otro durazno, y de pronto se estrella encima de los ojos de uno. Este sería el lugar indicado para edificar un convento; hay árboles que parecen hechos para dar sombra a los frailes, para tumbarles sobre las caras estas hojas que desbarata el viento más fino. Además, hay amapolas por todas partes, grandes, carnosas, lo mismo que rotos de candela entre el viento; al mediodía, uno casi las oye gritar. En cambio en la noche…

El derrumbe empezó cuando no volvieron sus cartas. Mi padre decía que se habían equivocado de dirección; otras veces insultaba al cartero. Después, él mismo fue a los correos, visitó dependencias; alguna vez le escuchó hablando amargamente del corazón de mi hermano; hasta inventó un viaje que siempre aplazaba, un viaje que aplazaba por las razones más tristes.

Tiempo después mi hermano mayor regresó con el calzón más caído. No sé cuánto tiempo después. Si uno puede hablar de los días de una persona mirándole los zapatos, a mi hermano mayor ya no le quedan muchos años entre las suelas. Esa noche, la primera de su regreso, le descubrí un modo de sonreír que me pareció una manera de llorar al revés. Habló de dificultades. Viéndole enfrente de la pantalla (lo poco que aún queda en pie), me pareció una mula cansada, con las orejas a medio caer, una mula que había entrado por equivocación a la casa y nos miraba con mucho cariño.

Ahora, de tarde en tarde, mi padre visita el terreno. El estiércol de los pájaros tiene el mismo color de este invierno, gris o blancuzco. Pero nadie comenta nada. Caminamos de un lado a otro y, poco a poco, el tacón se nos va llenando de duraznos a medio podrir. A mí el olor me produce sueño. Y mientras vagamos por el estercolero, le miro la cara a mi padre y sé lo que sueña: una tapia por donde estalla un poco de capuchinas, y un convento con la única puerta a medio entreabrir… Después de todo es mi padre.

***

Si yo pienso en esa casa donde nos movíamos nosotros, cerca de aquel puente de El Topón, aquel espinazo de piedra que unía dos calles nublosas, imagino un viejo caserón de correos a donde iban a parar las cartas sobrecargadas de malas noticias. Porque era así: quizá los estragos que nos llegaron estaban destinados a la casa vecina y apenas por un error, o porque la tristeza se equivoca de dirección, pararon en nuestra casa.

Recuerdo aquellas semanas de invierno. Por toda la casa pasaban rebaños, rebaños de ovejas mugrosas, con un vellón que me hacía pensar en aquella cofia que usaba mi madre. Falta aún que yo hable de esa llovizna que terminó por parecerme igual a La Pescuezuda. Todavía hoy, cuando una hierba babosa va adueñándose de mis letreros y volviéndolos simples escrituras arrojadas en el rastrojo, no puedo separar ese mes de noviembre, hambriento y mohoso, de aquella hermana que, poco a poco, iba tomando el aire, los utensilios, el rostro a medio sollozo, de una tía sin noticias. Me parece que ya no estaba en la casa, sino que colgaba de un armario como un ajuar viejo. Puede ser también que seamos un injerto triste y monstruoso. Pero todavía me sombrea su tórax. Visto por entre los años me parece un claustro irreconocible, mirado a través de una lluvia tupida.

La Pescuezuda había seguido en su oficio, aquella costumbre de las mariposas que sobrevivían en noviembre; le atraían como si sus tardes se llenaran de ojos haciéndole guiños. De nada valió que anduviéramos como si calzáramos suelas de viento, como si mi padre durmiera o un enfermo terrible estuviera en la casa, en una alcoba agrietada por los insomnios. No hubo manera de recuperarla para lo que había sido, el mendrugo de sol que nos había caído desde el tiempo marchito.

Había en el pueblo un idiota. De tarde en tarde le entraba el sueño de que era un espantapájaros, y entonces se iba por esos rincones que llamaban Cariongo y se ponía en medio del pasto, entre esas flores parecidas al solideo del obispo que mi madre llamaba coquetas, en medio de la llovizna, con los brazos abiertos, mientras el agua le escurría del sombrero. Quizá fue así, seguramente en Cariongo, durante uno de sus sueños de espantapájaros, como lo encontró La Pescuezuda, aquella tarde del fin de noviembre, cuando había salido para buscar mariposas, y quizá debió quedarse mucho rato acostada, hasta que la hierba se le hincó en las espaldas, con una luna a medio crecer, encima de las costillas.

Ese día nos contó cuando regresó con la red llena de mariposas. Yo la escuché y me pareció que me caía por las orejas, y que ella se había vuelto una calle muy larga, por donde yo andaba sin parar de llorar,

Ese día nos acostamos muy tarde, pero mi padre vio la luz en mi cuarto, con la cara entreabrió la puerta y me dijo “a mí la paz ya no me andará en el sombrero,

Después me pareció que el cuarto estaba vacío y que de pronto fueron apareciendo las cosas, primero una silla, después una mesa, después un pedazo de ventana en el cielo. Cuando salí vi a La Pescuezuda recostada a un palo que estaba en medio del patio y le dije:

“Hermana, ¿y usted qué hace aquí?

Se puso a reír. Le pregunté por qué se reía.

“Por nada… yo me volví al revés de la gente que llora por nada.

“Pescuezuda, nosotros como que estamos en sueños.

De pronto me olió a remedios y el patio se quedó solo.

Ahora La Pescuezuda no ha vuelto a Cariongo. Yo no voy a su cuarto. Mi padre sí, y dice que ya le escasean las mariposas, y siempre que sale los ajos le despabilan más rápido, lo mismo que unas mariposas deshechas, de esas que tienen las alas desboquetadas y las mueven más de carrera, para que el viento no les equivoque el camino. Después la casa se quedó sin pasos.

***

A ratos pienso en mi padre. Me parecía un súbdito que hubiera perdido el favor del rey, arrastrándose por entre las escaleras despeldañadas. Sus enemigos, aquella tierra que había comprado mi hermano, librada al estiércol y a la supuración de los duraznos podridos, le destituyeron de toda paz.

Fue por esos días, durante la secreción verdinegra de ese fin de noviembre, deshabitado como la parada de un pueblo, cuando mi padre comenzó a hablar de un empleo increíble: en ausencia del juez, en aquel despacho que no parecía conocer sino un día de año en año, él sería su reemplazo. Yo conocí alguna vez aquel caserón: de grieta en grieta algún geranio sangraba entre las paredes; la escalera que conducía a la segunda planta tenía los peldaños maltrechos, y unas polillas voraces, infatigables, cernían las horas desde las vigas: por entre una y otra gotera asomaban las rotas, grises y atentos, las flores lanudas de ese invierno sin fondo. A veces llovía de tal suerte que, para despachar sus asuntos, mi padre instaló su escritorio debajo de un inmenso paraguas. Así me parecía un gorrión viejo, empalado por un zamuro.

Algunas tardes, cuando el sol aparecía entre el barranco de dos nubes venidas, mi padre se paseaba por los aledaños de su despacho, un patio donde parias todos los desperdicios, santos de greda que mostraban por entre las piernas enclenques un fémur de alambre, lámparas centenarias, todavía a medio endulzar, detritus de sábanas seculares. Se pasaba por un corredor de muros deshechos, con el rastro de un viajero llegando en retardo a alguna estación por donde, desde hacía años, no se estriaba la cresta ahumada de un tren.

Yo le visitaba a esa hora en que la tarde se vuelve más húmeda y le encontraba perdida en un trasmundo de gravedad, rengueando como una araña de dos patas por entre los códigos, un poco perplejo. Quizá la expedientes, que él ordenaba cuidadosamente, comenzaron a hundirlo en las calmas boreales de sus primeros insomnios. Porque durante muchas noches sentíamos sus pasos, los adivinábamos por el quejido de las maderas, y cuando mi madre entreabría su puerta le encontraba en plena meditación, delante de su ventana. Yo me pregunto si ella no sería una nodriza llegada a deshoras, frente a aquel recién nacido cuyo tiempo transcurría al revés. Pienso que —con esa facultad que tenían sus anteojos para reflejar un mundo distinto— llegó un tiempo en el que se convenció de que, en realidad, era el juez. Poco a poco adquirió la majestad de un sultán administrando justicia. Pero ocurrió también que el juzgado se arruinó en un terrible descrédito, porque, o bien las causas eran sobreseídas, o todas las sentencias resultaban absolutorias. Lo que primero nos alarmó fue el llanto de ml padre cuando leía los expedientes. Y después sus procedimientos: no aceptaba sino a los testigos que acudían en descargo; a los demás los despedía enojado, y a muchos las cargaba de insultos.

Finalmente se produjo la destitución de mi padre. En cierto sentido fue una destitución de todos nosotros. Desde ese día el liquen más testarudo le ensombreció el entrecejo. Jamás vi un silencio igual en la casa; en ninguna parte fueron demolidas con tanto furor las tiernas murallas, en ninguna parte como en ese rincón suyo, adonde él se retiraba para soportar, humillado y solemne, esa mezcla de gruñido de cerdo y cuchicheos de palomar a que habían quedado reducidos sus sueños. Comenzó a sentirse de sobra. No sé por qué me parecía que se le ponía triste la boca cuando escuchaba el ruido de las cucharas.

Contaba sueños extravagantes: por entre el boquete de un muro en ruinas había visto un Cristo que hablaba con un barbero. El barbero decía «¿De manera que a usted la política no le interesa?

El Señor guardaba silencio. El barbero estaba perplejo, quizá desilusionado,

“¿De modo a usted no le interesan las elecciones?

Lo miraba como si fuera un animal extraño, cabeza de halcón, tronco de puercoespín, patas de salamandra.

“Esto es, entonces, lo que se llama un contrarrevolucionario”.

Estos sueñas constituían sus sobremesas. Otras veces él mismo era el crio y estaba Frente al Procurador. En sueños veía las parras asfixiadas por el verano, sonriendo sobre las espalderas o soltando sobre las tapias, amodorradas en la lejanía sin viento el Procurador preguntaba.

 “Y qué es la verdad?

Mi padre se detenía en el relato y caminaba los ojos sobre todos nosotros. Después respondía con el desprecio de un monarca que mendigara en la escalera de su palacio:

“Señor, una cosa: esa pregunta apenas pueden hacérsela los imbéciles…

Hacía una pausa solemne,

 “Señor, otra cosa: esa respuesta apenas pueden dársela los imbéciles…

Oyéndole la narración de sus sueños las bombillas nos parecían más oscuras, como si un alba que apenas él percibía fuera destiñendo las lámparas.

Un día, a esa hora en que uno no sabe si es por la tarde o si va a llover, cuando empieza a evaporarse entre las iglesias el cuchicheo de las beatas, apareció por la casa mi tío Antoñete, el hermano menor de mi madre. Recuerdo que era un hombre con una tristeza en los ojos que hacía que toda la gente le hablara como al le tuviera cariño, y también que tenía las piernas muy largas; además, ese aire polvoso de las aldeas extintas. Años ames había desaparecido sin dejar ni siquiera el olor. Ahora regresaba con una voz que sonaba como si siempre estuviera hablando en el cuarto del lado. Porque fue así, como un pajarraco de patas callosas, desplumado, como vi llegar a mi tío Antoñete; en vez de sentarse en aquella silla hubiera podido aparecer sobre la tapia más vieja, lanzando chillidos, y para mi hubiera sido la misma. Aquella noche Le escuché hablar hasta la madrugada, Cuando me retiré ya cabeceaban las lámparas. Todavía, a medio dormir, escuchaba desde mi alcoba las pausas de la conversación: me sonaban como los golpes de pala de un desenterrador, encariñado con sus herramientas. Después una calma recién llegada se extendió por la casa; podía escuchar el reloj, como si el péndulo se balanceara de uno a otro rincón. Y poco a poco sentí que yo era un pequeño sollozo, en medio de una historia sin límites.

Días después entendí que mi tío Antoñete era una especie de refugiado: complicado en la muerte de un funcionario, había venido a recogerese en la casa. No sé qué evidencias obrarían contra él. Nosotros jamás hemos creído en las evidencias. Y, ciertamente, mi tío nada tuvo que ver con el pequeño accidente de aquel funcionario.

Ahora no le quedaba sino desandar por la casa, con su figura de pajarraco, con esa costumbre de pasarse triste, con los ojos lejos de su persona.

Esos días la casa estuvo llena de paz; La Pescuezuda se había olvidado de las mariposas; solamente mi padre, de tarde en tarde, con una nostalgia que le ponía más grises las cejas se quejaba amargamente de sus experiencias en el juzgado, o nos decía, simplemente, “¿de qué le sirve al hombre salvar su alma si pierde el mundo?”

Quedaba tan poco de é que casi no notábamos su presencia; se nos había reducido a un ruido que a veces sonaba en las escaleras. Eso era todo lo que restaba de él. Pero lo cierto es que una calma particular había desamargado la casa. Por unos días el invierno nos dio una tregua; entonces un sol apenas visible aclaró el verdor de las tapias. Mi tío Antoñete recostaba un taburete al naranjo que había en el patio, sombreando el aljibe, nos contaba su vida: había sido contrabandista; había instalado en un pueblo, un villorrio que se veía desde lejos, por entre el olor de las pomarrosas, una farmacia donde preparaba elíxires increíbles. Y en otro villorrio se había desempeñado de panadero: allí no podía soportar las tres de la tarde y mientras, acodado en una mesa donde las cuentas pudrían lo mismo que hojas de veinte siglos, pensaba en Eliphaz Temanita, los perros salían abanicando las colas, con las varas de pan entre los hocicos…

Al menos por una semana la llovizna había parado sus agujas de solterona. Hasta que un mediodía vinieron a buscar a mi tío. Lo sacaron así, por Cariongo. Quizá por eso la cara se le volvió lo mismo que una casa que se hubiera quedad sin sus ventanas. Yo caminaba detrás, y cuando llegaron a ese rincón que llaman La Cuchilla del Alto, lo amarraron a un tronco. Me vio y me dijo “esto no tiene remedio, no mires”.

Entonces sonaron los tiros: primero saltó como si lo hubieran halado desde arriba con una cuerda; después se vino al suelo; parecía que le habían sacado los huesos, y la cabeza le cayó arriba de la camisa. Recuerdo que estaba muy blanco, como si la camisa se le hubiera subido a la cara. Después se acercaron y le abrieron otro roto detrás de la oreja. Lo demás se comprende: unas sillas arrimadas a la pared y, de rato en rato, un viento que hacía despabilar las espermas, como para quitarles el sueño.

Hoy – creo que avanzado el atardecer, porque había cierto polvo en el cielo – mi padre ha decidido internarme en el hospital. Antes de entrar he revisado cuidadosamente el brillo de mis zapatos: mi madre ha querido proporcionarme un aspecto decente que, en realidad, nunca tuve, que nunca tendré. Esta mañana, cuando todavía ardía una lámpara en el comedor, mi madre ha tomado un retazo de fieltro, los restos de un sombrero que hace años usó mi hermano mayor, y ha limpiado la punta de mis zapatos. Y ahora brillan en la puerta del hospital; brillan, es cierto, con alguna tristeza, o quizá con alguna humildad, porque ha sido mi madre quien ha dulcificado las puntas.

Las tardes juntas

Esa misma noche llenaron el patio de sillas. El velorio seguía cuando yo me dormí con la madrugada. Recuerdo al otro día el entierro, cuando el cajón bailaba en los hombros de los amigos de más confianza y Eulalia y yo nos quedamos en la puerta, mirando los vecinos que caminaban despacio, mientras el viento les sacudía las corbatas.

A mi padre se lo llevaron así. Eso fue todo. Y lo que digo yo: la gente se acostumbra a sus muertos y lo demás lo hace el tiempo: va poniendo amarillo el retrato y desocupando la frente de la penuria de los recuerdos… y uno empieza a mirar a sus muertos como desde una lluvia tupida y acaba comprendiendo que todos somos astillas de su mismo destrozo.

Con mi madre pasó así, los días la fueron arrancando de sus dulzuras y dos o tres años bastaron para convertirla en una carga de silencio y de huesos, porque desde entonces se volvió una nostalgia y un llanto en aquel taburete que siempre estaba en sus seis de la tarde.

Mi madre era una mujer que en todas partes aparecía como si estuviese de sobra, porque las cosas que le habían trabajado la frente también le había secado la voz y porque hay gentes que se convierten en su propio estorbo. Pero se resistía con los ojos metidos en el retrato amarillo y, aunque todo había concluido con el patio lleno de sillas y aquel viento entre las corbatas, defendía su fracaso, pues era lo único que le había transformado sus día de mejor planchadora en un bahareque con patio y con flores. Siempre la veo sobre los tiestos pintados de rojo, porque cuidaba de sus geranios como si los hubiese cargado en el vientre, y para qué, me golpea un patio triste en las manos, y uno piensa si las cosas estaban por suceder y se pregunta si cada quien no trae toda su vida desde que lo envuelven en la primera camisa.

Pero había más: Eulalia creció como una mata sin riego, alta y cansada, con la cara acostumbrada a la ventana vacía. Por la casa andaba con sus manos largas y su media luna de pelo en la frente, apareciendo en un rincón cuando menos se la esperaba, siempre al borde de su sonrisa de dientes grandes; hasta que llegaba el domingo y se ponía su traje de tafetán con encaje en el cuello y asomaba a la puerta, una puerta donde estaba más sola que nunca, y sonaban las ocho y entraba otra vez en su eterna semana, otra vez con sus dientes grandes y su cara de vestir santos.

Hubo un Braulio que estuvo conversándola por cuatro meses y por esos días se cambió de peinado y se recogió el pelo en dos trenzas. Daba pesar con su baño de todas las tardes. Hasta se hizo un camisón con dos ruedos de encaje en la falda. Y hubo más: Un día la sorprendí mirándose en el espejo y todo lo que vi fueron sus trenzas recién lavadas y esa sonrisa adonde se habían subido la ventana sin novio y la puerta vacía y pensé que la gente tiene su cara y que esa cara es su mundo.

Pasaron días y poco a poco comenzó a venir lo peor. Primero, una noche, fue encontrarla en la puerta, como arrancándose de su sombra y verla entrar en la casa como si nada hubiera ocurrido, cargando con su cara y su mundo. Nada más: mirar aquel bulto en la puerta, diez, veinte noches, y sentir su silencio por toda la casa.

Una tarde guardó su vestido, volvió a tener la media luna de pelo en la frente y del Braulio quedó apenas aquella corbata que ella compró y que no tendría dueño, verde y ceniza. Y después el fin: buscarla por toda la casa y el llanto de mi madre que no comprendía, porque de tan poca presencia no pensé que saliera tan cortante vacío.

Pero fue así: algo que nos venía de adentro se nos fue consumiendo y entonces comenzamos a sentir que otra cosa distinta, algo que cuidábamos como lo mejor y que no eran ni su andar ni su espalda, se nos iba ausentando… Yo no sé, a mucha gente le he preguntado por ella y he dicho del pelo lacio y de la media luna en la frente y todos han vuelto la cabeza de un lado a otro. Pues para qué, tendrá su nostalgia y su precio, es así, pero recién he sabido que hay gentes que pueden llevarse su cara y dejarnos su mundo, digo yo, y uno habla así, con su silbo y su llanto y acaba sabiendo que cada quien va echando de menos lo suyo.

Luego su ausencia se nos hizo un fracaso, un cuerpo presente. Estaban su cara y sus tardes y sus noches de viuda y su tiempo habituado al mismo trabajo; algo quedaba que no se resignaba a partir y que seguía teniendo un puesto en la mesa; se nos volvió una suma de huecos, un dedo sin carne que nos iba hurgando en el pecho y comiéndonos hacia adentro, un furor sin respeto ni entraña que nos iba deshabitando. Entonces sí, supimos lo que tenía de nosotros, lo que con ella se nos había endurecido y lo que se nos había quedado sólo en la puerta de sus domingos.

Entonces nació en mi madre aquella dulzura por preguntar y aquel andar por las sillas de los vecinos hablando de lo que Eulalia le había llevado. Siempre preguntaba si más allá, donde terminaban aquellos días que ya se le iban nublando en los ojos, no vivía la muchacha con cara de ventana cerrada, con dos dientes grandes y una cáscara de pelo en la frente. Y todos contestaban que no, que no la habían visto. Y en la cara de mi madre se hacían las seis de la tarde y volvía del vecindario más fracaso, más carga en la espalda.

Pero no fue así, alguien le dijo que más allá del polvo rojo de la carretera, donde tenía que estar, vivía Eulalia, y hasta le hablaron de aquella frente y esa boca que era un telón de amapola desarreglada para tapar su mundo, y le dieron las señas de una capilla encorvada y de una calle angosta que se estiraba hasta el extramuro y de una casa con ventanas verdes y una bombilla roja en la puerta.

Eso fue, como yo lo recuerdo, y después su viaje en busca de aquella calle.

Y ahí está, uno no quiere que nadie se vuelva una noticia de hace diez años y siempre piensa hacer el mismo mandado, buscar una salida que no sea por la misma puerta. Pues para qué, uno tiene sus siembras, como yo se lo dije, y si la estaca es de malos días, las lluvias tienen que ser de llantos.

Debió andar, debió agarrarse a sus cielos y hacer su misma pregunta y querer que todas las ventanas estuvieran pintadas de verde y que en cada puerta hubiera una luna roja. Y —digo yo— cada puerta debió pegarle en la cara, debió cortarla el filo de cada esquina y cada calle angosta se le volvería un suelo con perros y vidrios.

Cuando volvió ya sus tardes no tuvieron remedio. La encontré en la cocina y no pregunté, porque desde lejos se veía lo que habría contestado; entonces se recostó a la pared, alcanzó a sonreír y de pronto, sin esfuerzo, como quien ve llover, comenzaron a llorarle las cosas que la habían trabajado. Estábamos en la cocina. No fue más.

No bastó eso, no fue lo peor. Comenzó a volverse un llanto sin intención, un trabajo de cosas nostálgicas y hasta volvió a hablar de mi padre y a vivir veinte años atrás, entre sábanas recién planchadas y flores sin color ni propósito; porque ya era un olor, una luna puesta sobre la mesa, una dulzura desocupada desde hacía tiempo, y porque desde el retrato amarillo muchas tardes desobedientes venían a cortarla con sus astillas y a desordenarle los sueños, que eran su bahareque y sus flores, ahora en el fondo de los baúles.

Las cosas cuando se trata de ausentes: Eulalia se nos volvió lo más hermoso que habíamos tenido y como para no pensar y creer que lo mejor de lo suyo seguía con nosotros, empezamos a recordarla cuando tenía diez años y espigaba sin mirarse al espejo. Ya no está más, se acabará por no hablar de ella y por pensar que todos tenemos lo mismo en los huesos, o por quedarnos mirando la carretera y diciendo que el destino es así y que nunca se sabe si detrás de una vuelta de polvo rojo puede encontrarse lo que uno trajo desde que empezaron a contarle los pasos… Yo no sé, a uno se le va durmiendo el tiempo en los ojos y acaba en una cuenta de tardes juntas.

Con mi madre pasó así, como yo lo he pensado: por lo de Eulalia algo se le descolgó de los huesos, en adelante el viento le secó sus geranios y ella comenzó a juntarse sus tardes y a preparar su salida.

Una noche —hacía luna, una luna espesa, como yo lo recuerdo— escuchó que alguien golpeaba en los palos de su ventana; pensó en Eulalia y salió buscando la cara y el pelo que por tanto tiempo estaban faltándole. Pues no fue así, no encontró nada, apenas el viento que arrugaba su papel en los árboles y la luna en la calle. Cuando regresó no parecía de este mundo: se volvió un camino encorvado por donde los vecinos volvían a cargar el cajón donde estaba mi padre y el polvo rojo de la carretera por donde se había ido Eulalia. «Cuando vuelva entrará a la casa como si tuviera diez años menos» dijo con una voz de donde Eulalia estaba más lejos que nunca. Yo asentí para que no me viera los ojos, pero comprendí que había visto lo que menos se parece a una sonrisa en el mundo.

Eso fue. Después vino el cuarto con el olor de las medicinas y aquel cuerpo que no se quería morir y sus noches en un sillón donde iba sudando sus horas y lo que todo el mundo comprende. Había una bombilla que yo cubrí con un trapo porque quería dignidad y porque ya era tiempo de que algunas cosas se fueran callando.

Y lo demás: de pronto decidió morirse y ya no hubo frascos ni ampollas; se iba muriendo con dignidad, como si no quisiera hacer ruido, y todo el cuarto se iba llenando con aquella muerte que subía como por una escalera de muchas gradas y cada tramo le resultaba más largo; no se podía arrancar y cada vez que subía la sábana que estaba encima del pecho parecía que un brazo malo le hubiera dado otro golpe, y entonces se volteaba de un lado y del otro y le venía otro palo y era como si la estuvieran sacando de este mundo a golpes y ella se resistiera con la misma humildad que le había apagado los pasos y puesto aquel aire de cuarto desocupado en el rostro, como yo lo sé. Pues no fue más: estiró la mano como para buscar algo en la cama y entonces comenzaron a salir las personas y yo pensé en las sillas y el patio y comprendí que no volvería a ponerme camisas tan blancas.

Ya no está más, no se la puede ver, no vuelve a estar: se metió en la tierra que nunca tuvo y hasta se la puede olvidar, porque cada quien quiere quitarse de encima a sus muertos, se va vaciando la casa y se doblan las sábanas y es así, para ponerse furioso y gritarle con sus velorios a quien le diga que la vida es cosa de números y que uno puede contar lo que no sea su fatiga y el miedo que le silba en los huesos. Ni Eulalia ha vuelto ni uno puede volver otra cosas a sus muertos, aunque quisiera morderles la calavera y desarroparlos de tanto tiempo como los va enharinando. Ahora, pues, nada, los muertos tal como son, la claridad simple de un día cualquiera. Se piensa que puede ser diferente, pero entonces comienzan a llegar o a salir las personas y uno se queda en la puerta, mirando a los vecinos que caminan despacio.

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