literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Héctor Malavé Mata

La metamorfosis

Ni los vivos ni los muertos podían reclamarlos; era la vez el uno y el otro, él mismo, todavía inaccesible. D.H. Lawrence

Su embrión, su leve racimo de carne, había dormido en el grávido vientre de Dauna Villa, hasta que una noche brotó de la entraña. Los destellos de luna llegaban hasta el camastro, salpicado de sangre, todavía fresca como gotas de milagroso zumo virgen. Un grito — “Contigo nace la semilla de mi muerte»— señaló su comienzo. Una mano opaca, de gruesas nervaduras, le dio el bautismo sobre la frente. Vivirás en el corazón de una piedra como un escarabajo que se oculta debajo de la cierra y jamás asoma el cuerpo, triturándote lentamente para volverte polvo y arena, y mientras mi tumba se erosione con el tiempo, te volcarás en el aire, buscando mis propios cabellos, hasta enredarte en las crines de un potro salvaje que galopa desbocado tras un huracán de cenizas. Varios golpes en el silencio sobre el cajón de cedro y alguien dijo: “Hay en ella la huella apagada, casi invisible, de un demonio fugitivo”. Desde entonces la tierra devoró para siempre sus noches.

El camino era como una larga víscera encantada. El hombre, desafiando filos de pedernales, había tomado aquel camino para escapar hacia tierra sin nombres. Atrás sus huellas se disipaban como brumas al viento, mientras un resto de crepúsculo, debajo de las nubes, cala entre los ribetes del horizonte. Más atrás, como envuelto en manojo de candela, quedaba el muñón de la cola de un dios, la verdadera historia, todo aquello que había sido contado con voces febriles en las noches.

El viento surcaba el espacio con rumor de cabriolas, como en despliegue de ruidosas alas increíbles. Un perro aulló y con el aullido vinieron las palabras. Eran varios los hombres. Hablaban sólo de aquella historia. Uno se detuvo de pronto y comentó: “Ella vino del pueblo de Daunote huyendo de la bestial locura de Melvio Santos, antes que la crueldad de Melvio terminara en los manglares de Sacarillo”. Otro dijo después: “Aquella tarde llegó desamparada a Cantarrana, y desde entonces su vida fue como la de una mariposa que en las noche aletea sobre un espejo roto”. Ñico Prisco, oculto en la maleza, había oído en silencio las palabras de los hombres. Luego lo estremecía allí mismo el recuerdo, Mientras Mauro Canche permanecía todos los días jumo y bañado de sudores, era yo un pedazo de carne dentro de un vientre que se agrandaba poco a poco. Ahora, llevando a cuestas La herencia de sus  culpas, solo puedo imaginar como un demonio fugitivo, aunque sus apetitos no hayan sido totalmente infectar. Atrás, muy cerca de la cabecera del llanto, quedaba la verdadera historia, la historia de una metamorfosis invertida.

Al principio fueron los restos de animales muertos, el sol abrasando las costras vegetales, las ramas secas arrastradas por las aguas del río, el viento de las noches resbalando en el plumaje de las aves dormidas. Después fue aquel camino con sus malos rastros, y finalmente ella, desgreñada y cubierta con unos trapos sucios, huyendo de la locura de Melvio Santos. Desde esa vez su vida continuaba aquel tránsito de sangres encendidas, en el que se sumergían hombres y mujeres para luego quedar desvanecidos, inmóviles, llenos de náuseas, como juntados por un cordón de saliva indeleble, sintiendo la tibieza de una efusión incontenible. Allá también estaban el idiota que en las noches creía arrancar estrellas al cielo y el hombre del Labio leporino que remedaba su imagen en el espejo.

Quien primero la vio fue Justo Lapio, con su mirada fuerte, penetrante. En aquel momento pudo haber dicho: Aquí tu vida será como la de una mariposa que aletea en las noches sobre un espejo roto. Cuando Dauna Villa, en su sueño, vio nubes blancas qué caían como gotas de leche, alguien en La penumbra posó los dedos en la fatal umbría de su carne, acarició su rostro, flotante como un cisne, y adivinó en sus ojos el temor amoroso de la mancilla; palpó después su vientre y le dijo con una predicción vuelta sentencia: “Cuando el verano vuelva despertará tu sexo como plumaje de cuervo, y tu cuerpo se encenderá de fiebre oliente a quemaduras de sol”. A medianoche le habló susurrante al oído: “Cuando tu boca pruebe de nuevo leche y miel, tu vientre se volverá redondo como fruta de tibia carne”. La mujer había sentido en sus entrañas la simiente del hombre intemperante y ebrio. Por eso se deshizo el humo de su sueño, y al día siguiente se sintió llena de náuseas, como fustigada por el miembro de un animal en celo.

Fue entonces cuando apareció en su destino la mancha del demonio fugitivo. Su vida, su verdadera vida, así quedaba entre aquel despertar y el llanto último derramado junto al cajón de cedro. La trama comenzaba donde Justo Lapio la vio con sus ojos potentes, desde el momento en que su vida iniciaba una metamorfosis invertida. Siempre entre la locura del hombre que creía arrancar pencas de lumbre al cielo y la obsesión del hombre de labio leporino que parodiaba su figura en el espejo. Como para que Dauna Villa hablara nada más que con el pensamiento. Hay aquí un juego de puñales, con hiel y veneno en sus puntas, hecho con los malabarismos del demonio en este cuarto de continuas violaciones nocturnas. Entonces las lágrimas del hombre de labio leporino turbaban el velo de la noche. A Mauro Canche se le veía llegar, sonreír con el idiota cazador de estrellas y sumergirse luego entre las voces tabernarias. En el umbral del cuarto una vez dijo: “He vuelto para darte lo que no me has pedido”. Dauna Villa sintió después el latido de su sangre en todo el cuerpo y pensó Mi voluble carne incorregible me ha arrastrado a este sitio de funestas tentaciones. Mi vida ha flotado sobre este tremedal al cual afluye la ciega pasión de quien no sabe distinguir entre el fracaso y la fugaz entrega.

Sólo bastaba que aquel lugar quedara en la penumbra para que Mauro Canche, con sus ojos profundos, observara a la mujer, cubierta apenas hasta el bajo vientre. Dauna Villa sentía la húmeda semilla de la noche en sus entrañas. También las palabras metidas en su pensamiento. Yaces aquí, sobre mi voluntad, junto a tus propias culpas, porque llevas adentro un oscuro demonio que desfigura tu existencia y la mía, inculca en nuestros cuerpos el tormento que nos arrastra hasta este torbellino, donde el suplicio será menos terrible cuando de la copulación de la sangre no haya herencia de humillación y daño. Otras veces reía el idiota, o azotaba a su imagen entre risas y llantos el hombre de labio leporino, cuando ella encendía la voz detrás de la puerta. “Déjenlo ir por donde vino”.

Pronto llegó el día en que Dauna Villa sintió brizna de vida en sus entrañas. Mauro Canche, entre tanto, se volvía oscuro demonio fugitivo, allí donde Justo Lapio lo veía trastornarse como alguien que sin fuerzas se embriaga para dar sustancia a sus delirios. Hasta que la noche puso el filo ensangrentado entre unas manos torpes, o quizás sobre la rabia del hombre de labio leporino, y no se supo si fue el idiota o el mismo Justo Lapio quien lo vio, por última vez, sangrando sobre la tierra. Alguien sin decir palabras pudo haber dicho: Tan sólo fuiste, Mauro Canche, un demonio penitente que morirá definitivamente cuando tu huella se borre con el pasto rumiado de algún buey que en las noches brame por los abrevaderos de tu carne. Aun cuando puede haber en el mundo más armonía por una mujer que peca y se arrepiente que por muchas mujeres castas sin necesidad de penitencia, en ti quedarán encendidas tus manchas, las mismas de todos los hombres que ignoran el tiempo de su expiación cuando asimismo desconocen el tiempo para la absolución de la mujer prostituida.

Dauna Villa sentía caer gotas de leche sobre su pecho (“cuando el verano vuelva, tu vientre se volverá redondo como fruta de tibia carne”), hasta que una noche el hombre de labio leporino dejó escapar la rabia, y el idiota desapareció, dejando atrás el llanto del recién nacido. La mujer despertó con un grito («contigo nace la semilla de mi muerte”), y afuera, apoyado sobre un viejo tronco, Justo Lapio quiso que en sosiego brotaran sus palabras. “Una madre pare un solo hijo, aunque alumbre después a muchos otros, y es porque sus penas se repiten siempre por un mismo pecado”. En medio del delirio, reducido a aquellas siete palabras del alumbramiento, una mano opaca, de gruesas nervaduras, dio sobre la frente el bautismo. Vivirás en el corazón de una piedra como un escarabajo que se oculta debajo de la sierra y jamás asoma el cuerpo, triturándote lentamente para volverte polvo y arena, y, mientras mí tumba se erosione con el tiempo, te volcarás en el are, buscando mis propios cabellos, basta enredarte en las crines de un potro salvaje que galopa desbocado tras un huracán de cenizas.

Ñico Prisco permanecía inmóvil bajo un cielo poblado de tinieblas. Cuando la oscuridad bajaba hasta sus párpados, sentía que él mismo se precipitaba hacia el fondo de su pesadilla. Y fue al instante su propio pensamiento. El delirio de Dauna Villa puede haberme convertido en el eco del vagido de un feto que se ahogaba en el llanto. Pero mi nacimiento no pudo suceder sin su dolor y ahora estoy aquí cono una estatua de tierna blanda que puede desmoronarse con una carcajada. No pienso en la victoria de haber nacido, porque la vida entera no es suficiente para ganar la indulgencia o la gracia eterna, aun viviendo todo el tempo en una penosa preparación para estar luego perpetuamente muerto.

Sobrevino la calma y en la mente de Ñico Prisco se agolparon las palabras como en fragmentos de una vieja sentencia. No irás muy dejos, no irás muy lejos, porque el camino es rumbo por donde apenas andan los pasos del silencio. Estaba allí, asentado en el mismo lugar, como un extraviado que asomaba su descarrío allá por los albores del éxodo bíblico, con el semblante ahora transido por la tristeza que le causaba el cielo sin estrellas. Recordaba que alguien cuando niño le había contado la verdadera historia. Mauro Canche había amado a Dauna Villa con el mimo deseo de quien teniendo un miembro gangrenado anhela la rápida amputación que lo librará para siempre de su averiada carne.

Aún así debía cargar con todo aquello que comenzaba donde y cuando Justo Lapio la vio con su mirada recia, continuaba en su recuerdo (el viejo Lapio lo tuvo en crianza, y pudo ser quien cuando niño le contó la verdadera historia) y terminaba no ahora (uno muere repetidas veces, se había dicho) en la magra carne flagelada, sino cuando su cadáver después fuera arrojado en un negro ataúd, o simplemente amortajado en sábanas que recordaran la efusión de aquel alumbramiento, y al cabo su memoria haya desaparecido para siempre. Allí acabaría todo porque entonces el viejo Lapio hablaría nada más que con el pensamiento. Si bien se conoce cuándo se viene al mundo, jamás se sabe el día detrás del cual se cierne la inmensa noche eterna. O apoyado sobre el viejo tronco de roble cavilaría sin pronunciar palabras. Tal vez un cadáver sin sepultura es menos aterrador que cualquier criatura desprovista de ojos y de alma… Somos perenne fracaso de ser Dios porque nuestras pasiones nos hunden sin salvación en una ciénaga sin fondo. Caemos en ella porque gustamos más del Infierno (las tentaciones terrenales…) que el a que estamos condenados para alcanzar el cielo, allá donde dicen que las almas se adornan con hilos de alabastro. En nuestra obsesión o muestra lucha perseguir a Dios nos acercamos más al Demonio, ese oscuro lagarto que deposita en muestra carne una rabiosa fiebre mamífera, inyecta en nuestra mente un ebrio tormento epiceno, Somos constante fracaso de ser Dios por nuestra continua fornicación con el Demonio.

Ñico Prisco sentía en lento desfallecimiento cómo sucumbía su cuerpo en el recuerdo. Le parecía que en él mismo sólo hubiese quedado una mitad de su cuerpo. Aún así quería prolongar la marcha, pero todo era inútil. Caía después en una mezcla de resignación y tormentosa renuncia. En el vértigo se sentía arrastrado por la fuerza de un huracán invisible, mientras el viento cabriolaba y el cielo se tornaba más claro, con lunares de ámbar que anunciaban la noche. Ñico Prisco, inmóvil y callado, comenzaba a observar en las nubes las formas del lagarto, del hipocampo, del diplodocus, del águila rompiendo las mortajas de un cadáver furtivo, del balandro rasgando un mar de espumas, de un mendigo de guedejas luminosas que cabalgaba sobre los hombros de un gigante negro, las barbas de un santo solitario. Más arriba se extendía un arco iris, debajo del cual galopaba, después de la última victoria universal, el Gran Jinete, en el caballo blanco, guiando las huestes a través de la gran masa cósmica, con las sienes enrojecidas por la sangre telúrica, llevando en la boca la espada refulgente del Verbo del Juicio. De la superficie de las aguas ascendían los ángeles de los cuatro vientos a ubicar el arca testamentaria de la acción de los cielos, muy cerca del iris que decoraba el rostro de Dios. Al instante un ángel de ojos místicos golpeaba mortalmente a la serpiente hostil, y sereno aparecía después en el Averno con una espiga escarlata en la mano.

Ñico Prisco como encantado miraba una doncella labrada en protoplasma de los cielos, apoyada sobre un pedestal de blancos musgos mientras se despojaba cautelosamente de sus gasas exhibir un virginal cuerpo de leche. Más allí, rompiendo el abanico de nubes, un saurio gigantesco mostraba sus fauces, sus vigorosos miembros, su cola hundida en las abras del Génesis. La doncella, alumbrada con terso resplandor celeste, retrocedía tímidamente, sinuosa y plena, convirtiendo en jirones los velos siderales. El saurio avanzaba hacia ella, La mujer aceleraba la marcha dejando atrás cortinas de nubes transparentes. La bestia avanzaba hacia su desnudez mancillando el velamen del cielo, agitando sus garras como en las fábulas, como en el duelo de los mitos. Era la lid en la forja errante de la querencia.

Ñico Prisco veía después un dragón que despertaba de su sueño invernal y corría a custodiar la inmunidad del cielo, a la gran diosa coronada de estrellas, que no era la doncella fugitiva sino la creadora de la maravilla de la noche. El saurio, entre tanto, recorría con su hocico el milenio sombrío del Apocalipsis. La mujer jadeaba, su rostro tornábase más puro, su cabellera se desmantelaba lentamente por los bufidos de la bestia, el cuello le caía con gracia sobre el arco luminoso de los hombros, para que éstos facilitaran el trayecto hacia la cumbre de los senos; más abajo, en la declinación del cuerpo, nacía el vientre, redondo y marfilino, limitado hacia los lados por caderas de ánfora; en la unión de los muslos, como tatuando la vertiente del sexo, aparecía el pubis virginal, umbral del sensible rumor de las entrañas. Detrás del séptimo abalorio de la ira, el saurio, retorciéndose en el vasto resplandor de la noche, movía los miembros, agitaba sus testículos en equilibrio fálico. La doncella, esbelta como cálamo, se columpiaba en la brecha de las nubes. La bestia se le acercaba con estruendo de atabales. Los dos, brevemente después, quedaron confundidos en una sola masa, trabados en la cima del éxtasis. Del ayuntamiento se originó la concepción elemental, la gestación de la gota madre en el espejo. Sobrevino la flama del relámpago seguida por el fragor del trueno, y luego el plasma derramado del cielo.

Ñico Prisco oyó al instante el rumor de la lluvia. Lo que antes fue faja amarilla para sendero de las lagartijas era después camino de aguas vaporosas para tránsito de espejismos. Él, que en otros tiempos pudo galopar millas y leguas, burlando al demonio en sus propios rediles, ahora estaba allí, como un hambriento animal jíbaro tirado por la gleba salvaje, como si el mismo demonio lo llevase a atisbar, en la severidad del castigo, la embriaguez sanguínea de la prostituta a horcajadas sobre la bestia bermeja del Apocalipsis. Como hablándole a alguien, musitó apenas con el pensamiento. No puedo avanzar, me lo impide el duende terroso que se mete en mi cuerpo con la fuerza que le hace falta para tener razón. En la mente se le juntaron de nuevo las palabras como fragmentos de una vieja sentencia. No irás muy lejos, no irás muy lejos, porque llevas por dentro el espectro que te trinca a este lugar, siempre reservado para memoria de tu repugnancia, en escarmiento de tu sangre, la sangre que circula por el cuerpo de los fugitivos que huyen de su propia sombra como de una serpiente venenosa. Su mínima razón se filtraba a través de los negros agujeros de la locura. ¿No comprendes que tu existencia es fruto de la inquisición de la carne, y que mientras existe un cuervo gigantesco con las alas abiertas en el cielo, existes tú como un reptil que se desliza sobre el suelo estéril, devorándote a ti mismo porque tus vísceras se colman de apetito insaciable?

Un potro, que allí bebía las aguas del sueño, llevaba en sus ojos de anfíbol el color de la noche. Ñico Prisco olfateaba el vaho de la tierra húmeda. No estoy loco, no estoy loco. Un loco no es capaz de librarse de su propia locura… mis huesos carcomidos… mi carne que no siente… este fantasma me ahoga por dentro… mi cielo que no existe cuando existe el temor del infierno por mi presencia… es necesario un cielo, o un infierno, o una tumba abierta… ahora oigo las últimas palabras, las palabras que el viejo Lapio ha dejado escapar con el viento… La luna, entre las nubes, se movía como el único ojo de un animal mostrenco. El viento llegaba en una danza de furiosas alas increíbles, como si una mano recia agitara un primitivo látigo de viento. Los ojos de Ñico Prisco se apagaban como cirio invertido sobre su propia lumbre. Negros insectos se le posaban luego en la frente y los párpados. Poco después, cuando un escarabajo se sumergía en la tierra, aquel hombre yacía sin demonio ni dios, entre polvo y sangre, la propia sangre que entonces brotaba con los estigmas de la amalgama de la herencia.

Estaba allí, oscuro de sangre, después de burlar en vida los febriles linderos del infierno, como un demonio herido por la espada de un arcángel que derrama toda su violencia porque siente el ardor de un ultraje primario. Atrás quedaban las voces tabernarias, las palabras del viejo Lapio, la niebla en el espejo. Quedaban el llanto fósil, el muñón de la cola de un dios, el camino como larga víscera encantada. Quedaba también la historia de una metamorfosis invertida.

La única voz en la caída

No fue entonces el temblor del vértigo. Tampoco la carrera del viento con sus silbidos largos. Ni siquiera los soplos del temporal sobre el secano. Fue la voz musitada todo el tiempo en el encierro. O el secreto rumor de la caída. O aquello que Luz Rigores apenas pudo recordar cuando quiso volver la mirada hacia las cosas no muertas todavía. Como en la distancia de los sueños truncos. Cada vez que tuvo que rastrear en el letargo para acercarse a lo que ya quedaba demasiado lejos. Dormida como estuvo casi siempre. O despierta mientras quiso llorar con las palabras por pensar que jamás tuvo culpa y sin embargo recibió el castigo. Así vivió los días de la espera. Con los ojos cansados de tanto mirar malos recuerdos y de mucho columbrar en el sueño lo que no fue vida sino agonía interminable.

Todo comenzó aquella tarde cuando Luz Rigores divisó a Balbirio Ruano esperándola al final de un surco. Eso fue por los primeros días de la siembra. La brisa bajaba indócil hasta las sementeras, cuando una bruma clara, cayendo desde la cumbre del lomerío, se abría con el corte de la ventolera. La mujer sonreía, y viéndola sonreír Balbirio la tomó entre sus brazos para luego tenderla en la hojarasca tibia. Ella susurró con querencia unas palabras. Tras cada palabra sintió el golpe de la sangre contra el pecho. En seguida le aumentaron los latidos por dentro. Y aquel roce compartido del comienzo se fue tornando suave vaivén entre la carne virgen. Una última palabra de Luz Rigores. Con la boca encendida, con los ojos brillantes, como cuando el éxtasis comienza a encumbrar la embriaguez de los sentidos. Entornó luego los párpados, apretó los labios y sintió un estremecimiento en las entrañas. Amoroso fue entonces el rumor del viento de Rustanza.

Después fueron las náuseas, los delirios, la reciente esperanza pugnando contra el miedo. Apenas entre niebla la imagen de las cosas, borrosas sus propias pesadillas, turbia la figura del padre. Siguieron las molestias intermitentes de los síntomas. Iban y venían los sudores, los mareos, las palpitaciones, los dolores punzantes dentro de ella misma. Comprendió que una presencia inquieta le nacía entre su carne. Entonces más se aferró a la vida por saber que en su vientre crecía la raíz de otra vida. Y buscó a Balbirio. Sólo para decirle que llevaba su simiente en las entrañas. En eso anduvo hasta sentir el cuerpo sobre la tierra como en el lomo de un animal cansío. Pero Balbirio no apareció más por aquellos lugares.

Así fue como el cuerpo de Luz Rigores se fue volviendo pleno. Se ablandaron sus muslos, se le juntaron pliegues ocres en la redondez de las caderas, le crecieron los pechos en el regazo donde el amor se espesa. Algo como zumo tibio le recorría las venas. El latir de la sangre fue templándole las manos, regándole una poca calentura en las turgencias. Y siguieron los días. Todos grises como nubarrones. Ella misma con otra vida encajada en su cuerpo. Vagó por los alrededores, oteó las nubes cargadas como vientres, lanzó cascajos en el agua del abrevadero. Hasta que por andar a solas con sus pensamientos se quedó sin fuerzas y el desmayo la tumbó sobre un montón de abrojos.

Así pudo haber sido. Como para que su padre, el mismo Rusco Rigores de tantos entreveros, al encontrarla en aquel trance, la reprendiera y luego la lanzara sobre la tierra removida. Es casi seguro que así hubiera ocurrido. Varias fueron las preguntas del padre. De la hija la única respuesta. De pronto la cara del hombre se plegó de muecas como las que preceden al desbordamiento de la ira. Ella lo vio sacudirse como animal bridado. Al punto fueron los golpes de zurriago, duros golpes detrás de los insultos, tan fuertes como azotazos de patrón malentraña. Y enseguida fue el grito abriendo brecha entre calcanapires y carrizos, hasta al cabo perderse en el vacío del aturdimiento.

Lo que sucedió después fue todo aquello metido en la penumbra del cuarto. Todo lo que Luz estuvo imaginando desde que el padre la arrojó entre las cuatro paredes y cerró bruscamente la puerta dejando el eco de sus reniegos allá dentro. Cerrada como quedó la puerta para la resignación y entreabierta para las maldiciones, con apenas un resquicio por donde escapaban los rebotes del llanto, o acaso los ruegos de la mujer en su emparedamiento. Penosas como fueron sus noches de tanto sentir los zarpazos en su sueño, de tanto ver en su sueño los ojos de Rusco Rigores, sesgados en bisojera torva, como atisbando con encono la traza de Balbirio Ruano.

Al comienzo fueron martillazos sobre la madera, palabras que clavaban la furia de Rusco en el travesaño de la puerta. Al mismo tiempo fueron el chirrido de los goznes y el ruido de la tranca. También el aire enrarecido, el olor a cuarto abandonado, el suelo frío. Las cosas necesarias para el castigo de tapiar en vida a la hija que el padre mal mentara. Después siguieron la voz de Rusco como zumbos de moscardones, las pisadas crujientes de sus botas, el asedio sin tregua. Y el miedo de la mujer encadena-do a los pasos golpeantes. Todo lo que fue posible para el ahogo silencioso y lento. Mudo el sofoco de cada día, de cada noche, por haber sido su vida cada vez menos vida o cada vez más muerte. O vida con algo menos tras cada instante de sus días, porque entre aquellos martillazos y las injurias que al padre se le alborotaban en la boca, siempre estuvo el recuerdo rondando su tormento.

Entonces comenzó el hundimiento, el marasmo sin fondo. Pero Luz no renunció a su existencia mientras tuvo que velar su caída. Ni se atascó la soberbia de su padre porque él mismo se mantuvo a cuestas de su fiera índole, como animal cerril que gruñe en la borrasca. Y fue por voluntad del padre que sobrevino su derrumbe. Acaso ruina o despojo de mujer que fue toda trepidación bajo el deseo de un hombre que jamás conoció su desgracia. Aquel Balbirio que anduvo sin viaje de regreso cuando el amor se deshizo en caminos, en lejanas andanzas sin retorno. O tal vez senderos por donde Luz nunca pudo encontrarlo porque entonces se le llenaba de barañas el sueño. Y la imagen de Balbirio se le apareció en sus extravíos cuando tuvo que recoger el dolor en su memoria. Y viéndolo a media luz no pudo oír sus palabras ausentes. Y mientras ella lo veía, él contemplaba lo que podía ser el señuelo de su propio remordimiento.

En eso estuvo ella, a solas con sus palabras húmedas, hasta que los ojos de Balbirio se fueron convirtiendo en dos brasas redondas cada vez más distantes, nada más porque en la oscuridad siempre asomaba Rusco, el padre en constante acoso, sus pupilas en sesgo, sus rezongos sin sonido como los que se escuchan en los sueños sordos. La mujer quiso seguir los rastros de Balbirio para mostrarle el fruto de lo que fue su entrega. Pero la noche oscureció su rumbo. Y no era bueno el trayecto para la busca cuando tuvo que vivir entre sueños.

También la esperanza de Luz se fue acabando de tanto apretujarse entre sus pensamientos. Fue más pesada la carga de los días, más doloroso el escozor de la condena, como para que la pena se le hiciera una zozobra lenta y la vida se le desbaratara en gajos de muerte cenceña. Fue ese el deseo del padre cuando le dio el castigo, queriendo así borrarle, como decía, todo vestigio de impureza. Pero si ella tuvo que afrontar la condena fue porque no quiso despertar alguna vez con el vagido de una vida rota. Y luchó por dar vida a otra vida. En ofrenda por dentro y en carencia por fuera. Hundida una criatura en su vientre y ella aterida en su sombra. Y su sombra fue aquella soledosa pena que le había dado el padre porque su preñez le causaba una afrenta. O el agravio que el padre no soportaba y todo el tiempo devolvía en escarnecimiento, para grima de su propia herencia o para humillación de la sangre que manaba en la conduerma y salpicaba la indignación sin freno.

Y siguió en la caída a sabiendas que su tránsito se iba haciendo de greda resbalosa, o de tierra desmoronada bajo los aguaceros, o de lama arrastrada por aguas en creciente. Sin saber si aquello era la correntía de la vida misma o el rumor tapiado entre sus sueños, como aquél en que el padre, estrujándole el vientre, le gritaba que no tenía vientre sino una bolsa inflada de impureza, amarrada hacia abajo con hebras de coyunda para que las culpas la pudrieran por dentro. Y le dijo que por eso no tendría hijo sino cría como los quirquinchos. Ella le respondía, desde el costado menos incierto del ensueño, que su vientre era el lugar donde anidaba el aura de una vida nueva. Y miró el rostro de Rusco convertido en máscara bermeja, con los ojos brotados como granos de fuego. El arrebato del padre estremeció la semilla sembrada en el claustro materno. Al momento la mujer sintió el golpe de zurriago contra el pecho para que allí se le juntara el resquemor con el abatimiento. Pero Rusco Rigores era hombre de sobrevientos, y por colérico despertaba lanzando pestes y maldiciones, con juramentos que plagaban los arrabales del infierno.

Mientras fue necesario la mujer siguió en medio de una marea oculta, o de un abismo sin fondo, o de un laberinto sin salida, porque fue terca la voluntad de no abrirle la puerta a la aflicción que le había dejado el desconsuelo. Muchas veces palpó su preñez. Sintió cada vez más lleno el vientre, más hinchada la carne, más blanda la juntura de los muslos, el escalofrío plenando de temblores su desnudez más íntima. Y fueron sucesivos los días de sofoco, las noches en vigilia. Hasta que sintió las puntadas que vinieron de adentro. En ella misma como ramalazos. Comprendió que era aquella una señal recibida en justo momento, en anuncio de un ser que apremiaba la luz y buscaba la salida con natural impulso. El vástago pronto se desprendió de lo que lo sostuvo. Lacerante fue el pasaje del descenso. Un dolor agudo, más punzante que las desgarraduras de toda su existencia. Y en la turbación se movió el pequeño ser en sus entrañas.

Así comenzó el recorrido. Bajó entre las aguas que le dieron calor desde que fuera embrión apenas. Sin detenerse siguió por brecha libre, anduvo el cauce abierto en el desgarro de la carne. La mujer soportó el movimiento del fruto desprendido. Desde la matriz hasta el plexo que desemboca en la vertiente montesina del pubis. Las lágrimas le mojaron los ojos cuando no pudo mirar la humedad derramada, ni aquello que brotó como de nuez partida y rasgó su cuerpo como si en el carril que va del vientre al mundo se hubieran amontonado puntas de guijarros. Y la criatura surgió invicta en el trajín del alumbramiento.

No supo Luz cuando se abrió la puerta. Pudo haber oído en el umbral del desvanecimiento unas botas crujientes en el cuarto. O haber creído que eran trancos que recorrían las veredas ya estrechas de su sueño. Pasos con prisa, como soñados en un tiempo breve. O tras los gritos haber pensado que Rusco se llevaba a escondidas el llanto del recién nacido. Pero fue al despertar cuando vio la puerta trancada como siempre. Ella acostada en la estera sobre el suelo. Consigo solamente el olor a sangre derramada, la flojedad de brazos y rodillas, las manos con color de almagre. Pudo haber oído algo parecido al lloriqueo de un niño desnudo a la intemperie, amamantado con leche de la luna que jugaba en la parvulez de sus pestañas.

Al principio los gritos fueron cortantes como filos de esparto. Después se hicieron blandos y distantes a lo largo de una pendiente sin rellano. Y fue continuo el despeño porque Luz no encontró razón en detenerlo. Y por no contenerlo los sollozos del hijo se fueron prolongando, se tornaron lloros cada vez más lejanos hasta perderse en los riscos de los agostaderos. Pudo haber sucedido que el hijo se extraviara entre los crestones de Rustanza, arrastrado quizás por el orgullo de quien vio en él la marca viva de la deshonra, y no encontrara lugar para el regreso porque alguien le cerró el camino, y se quedara con los ojos mirando el vuelo de los gavilanes bajo las crines plomizas de las nubes. O no haber regresado por haberse dormido, con los ojos abiertos para siempre dormidos, entre los retamales que crecen en lo más hondo de los desgalgaderos de Rustanza. Es de creer que así hubiera ocurrido. Pero Luz jamás lo supo porque no tuvo vista con que mirar otras sombras fuera de su cautiverio.

Desde entonces se hizo calma pesarosa lo que fue ansiedad de su espera. Su-cedieron las noches a los días en la bruma de su encrucijada. Entre días y noches se le alojó el desvelo o lo que fue inquietud metida en sus malos sueños. Y se detuvo demasiado en desandar el trecho cuando un tiempo sin tropel ni prisa resbalaba también en su caída. Angosto y prolongado aquel derrumbamiento sin rastros ni sonidos, como anudado a la larga agonía desde que se fueron apagando las voces, los golpes de zurriago, el retumbo distante de los gritos. Y desfalleció después del alumbramiento para que la desgracia empotrara la agonía en su cuerpo consumido. Y la vida se le quedó sin nada, flotando en el vacío, sin voluntad con que arrancar las espinas clavadas para siempre en su vida. Marchita como quedó su vida por haberse engarzado la desdicha en los escombros que le dejó el castigo.

Aquello no fue bastante todavía. La fiebre le creció con tiritera a veces enervan-te, a veces apacible. Y lloró entonces como para que las lágrimas le enjuagaran la dolencia, o tal vez el suplicio, o algo parecido al estrago que le causaba aquella pesadumbre. Y en cada noche el recuerdo la sorprendía mal dormida en el sueño por causa del trastorno que le daba la fiebre cuando en su cuerpo se amontonaban espasmos y dolores. Eso le bastaba para oír las palabras que ella imaginaba sin siquiera decirlas, o sin saber que las decía cuando le hablaba a Filpa Rigores, su madre difunta, con voces insonoras, como encerradas en la bóveda del pensamiento.

Dime, maita Filpa, ¿por qué no has venido a verme entre estas paredes que lo que hacen es darme sofocones? ¿Es que todo lo que ha de darse en estas tierras es para secarle las lágrimas al prójimo? ¿No puedes pedirle un poco de piedad a mi padre demontre, ni puedes aplacar su enojo y hacer que se sosiegue? ¿Por qué tanta fiereza contra mi desamparo? Eso tienes que decirle tan pronto como puedas ¿O es que acaso no traigo cuentas en tu mundo ni tengo para ti ninguna valedura?… Te pido que me oigas para que no digas que te molesto y canso cuando lo que quiero es recordarte las cosas que no quiero que olvides… Sólo espero que te repongas y levantes tu cuerpo del fondo de esa tierra dura. Te hablo para que dejes un poco ese descanso que nunca se te acaba. Ven cuanto antes sin esas demoranzas tuyas, para que veas a tu marido apestoso de rabia cuando me maldice y ni siquiera esconde lo que tú sabes que tiene de mal hombre. O para que me veas con ganas de salir de este secuestro y acostar mi cuerpo a la vera del tuyo. Allá donde la brisa ventea sobre el monte y le lleva silbos de duendes al silencio… No me preguntes lo que he vivido en este tiempo. Sabes que no es bueno contar lo que el recuerdo trae con quebrantos, si por lo mismo entiendes esta sofocación, este ardor en mis ojos apagados y secos, un poco más nublados que tus ojos dormidos. Todo el tiempo sintiendo la medrana metida en mis espantos porque mi padre siempre se baja del camastro armando broncas y bullangas, con rezongos que asustan a las propias ánimas del purgatorio, gritando que por mi culpa nunca ha levantado la cara sin sentirla sucia de vergüenza. Toda la vergüenza que se achica en la boca de mi padre cuando se le atascan las insolencias en la lengua. Y bota por la boca el alboroto de su pendencia cuando grita que me ha dado el castigo para que me sirva de escarmiento. Búscalo y dile que ya es hora de que deje sus reyertas. Por lo que más quieras. En nombre del amor que no has podido darme por causa de tu ausencia.

Los días le apagaron el fogaje en el cuerpo, le abatieron los párpados, le bebieron el llanto. Tan sequizo su llanto como el que baja por las mejillas de los moribundos. Mustios quedaron sus ojos por tantas visiones en sus sueños magantos. Grande como fue su abismo, estrecha como fue su esperanza, en aquel tiempo tardo que nunca concluía, anclado en el légamo de lo que se había ido. Como los años de aquellos lugares terregosos que se llenaban de celajes cuando se alargaba el resol en la cuaresma. Allá donde el verano atrochaba con bulla de ventarrones. Más lejos de los derrumbaderos de Campeare, algo más allá de las cumbreras de Jaulagua, camino de Catuaro hacia Campoma, más cerca de Cundeamor que de Clamores, entre aquellos farallones colmados de soflama, más cerca todavía del paraje donde la madre, en ruego a todos los santos y poderes, se persignaba con el aura del viento, rezaba sus oraciones sin palabras y elevaba sus preces insonoras hacia los cielos de Rustanza.

Luz oía el vuelo de la brisa en corriente quejumbrosa. Consigo sólo quedaba el murmurio de su voz cansina. Enronquecida como se había quedado a fuerza de clamar sus delirios. Era la voz acompañada por el resuello que languidecía. Sentía entonces que se le terminaban las palabras de tanto conversar con ella misma.

Maita Filpa, ven a buscarme. Asómate siquiera a la pesadilla de quien va dejan-do de ser la hija de un mal padre. Por lo que más quieras. Ven a sacarme de este cuarto que por hondo parece socavón traído de los desgalgaderos de Rustanza. Eso no más te pido porque sé que es muy poco lo que puedes darme. No te asustes con los arrebujos del viento. A mí me gustan porque espantan los retumbos de mi padre. Aquí te espero para oír lo que debes decirme si alcanzas a decirme cómo poner mi tristeza cerca de la tuya. Si es que logras hallarme en la oscurana. Si es que puedes seguir el trote cansoso de las recuas. No olvides apartar las ortigas del camino. Pero pídele a Dios, o al santo aquel que guardabas en tu santuario de breñas, que empareje tus pasos con mis ganas. Y acuérdate que el camino es disparejo, así como yo he sido de suerte y desventura… Si vieras estos moscos grises rodeándome la cara. Si pudieras espantarlos para que veas estos nublos que empiezan a meterse en mis ojos. Parecen nubes que poco a poco se oscurecen. Y se hacen tan oscuras que pintan en tu cara unos lunares tristes… ¿Sabes, Filpa?, creo que estoy llorando, o más bien remedando tus lloros, porque ahora descubro esta manera mía de sollozar llevando tus palabras en mi llanto, y todavía me acuerdo que palabrando tú misma te secabas las lágrimas cuando no conseguías imploración que cruzarle a las canseras que te daba mi padre Rusco en sus arranques bruscos. Pero mi llanto es ahora calmo, con reposo. De otro modo no oyera esos sollozos tuyos…Vamos, comienza a rezar que ya es tiempo de decir oraciones como antes lo hacías. Empieza por la que habla de nuestro perdón a nuestros deudores. ¿Todavía te acuerdas de la oración aquella de la Alta Corona, o la de la Pureza de la Niebla, o la del Tránsito Eterno, o la del Rosario de los Afligidos? Cualquiera es buena para mi consuelo, si es que puedes consolarme ahora. O de aquella de la Santa Vestidura que bien sirve para que los ojos de mi padre no te vean, para que sus manos no te toquen, para que sus pies no te alcancen. O de esa que comienza y acaba ensartando rezos tristes que tú llamabas del Buen Morir o del Ultimo Ruego. Es la que más me gusta por su letanía de quejas y dolores. Por favor, dímela, que es buena para mis menesteres. Me figuro que los ruegos de los sueños alguna vez llegan al cielo… Estas cuatro paredes que me asfixian cuando más quiero oír tu voz colgada del silencio. Ya es hora de que vengas. Te pido que te apures porque ya es tiempo de terminar mi conversa en este último sueño… Ahora y en la hora…

Afuera el viento soplaba sobre los retamales. Luz Rigores se quedó al fin callada, in-móvil como estuvo, sin fuerzas con que decir una última palabra en la caída, oyendo resonar la plegaria distante de la madre. Sangre que se consume, aliento que se extingue, palabra que se acaba (…Ruega, Señor, por ella…). Un nudo de repente le apretó la garganta. Sintió algo como coágulo salobre debajo de la lengua. Una vez más trató de oír lo que hablaba la madre, sabiendo que Filpa conocía todos los atajos por donde trajinaba la muerte con sus malos remiendos. Bien como sabía Filpa lo que era perder el rumbo cuando no había otro rumbo por donde andar con un costal de abrojos. Y le habló a Luz con palabras hechas para la paz de la agonía. Tres veces beso la tierra con humilde devoción (…Ruega, Señor, por ella…). Le habló también con piedad y providencia. Para que tu alma no se pierda ni muera sin confesión (…Ruega, Señor, por ella…). Pero Luz sólo oyó ecos de lejanía metidos en su sueño. Consumado su sueño en el eclipse de su cuerpo vencido.

La mujer sintió la mano de la madre que le palpaba el vientre. Y los dedos que resbalaban por sus ojos dormidos. Tanto tiempo con los ojos dormidos que había olvidado las estrellas del cielo. Quiso seguir entonces los pasos de la madre, aferrarse a sus rastros, rondar con ella los campos de Rustanza, detenerse con ella en la sombra terminal de aquella travesía. Y corrió en su busca cuando tuvo que abrir los ojos en la noche desierta. Pero siguió dormida. Y sintió que su sueño se le volvía cenizas, o polvo de túmulo deshecho, o niebla esparcida por cortejo del viento. De nuevo quiso empren-der la marcha. Pero por última vez la venció el sueño. Y no volvió a despertar porque soñó el recuerdo de una hebra de luz que alumbró sus dos pupilas muertas.

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