literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Gloria Stolk

El joven de las barbas

Y la otra historia, acaecida también en la ciudad, la del joven de otras tierras que llegó aquí y se dejó crecer las barbas, para ocultar con ellas el verde detonante de unos ojos llenos de luz ajena. El joven vino con su mujer foránea, ni bella ni fea, ni joven ni vieja y pensó que iba a sacar del suelo oro en forma de cañas verdes, de dulce almíbar, de ardiente licor, de que se yo qué. Vino con unos trajes elegantes de esos que llaman tropicales y un perro fino, afeitado de peluquería, que al poco tiempo se murió. La mujer no se murió, pero se volvió loca de rumba, de merengue, de ojos negros rasgados, de bigotitos finos y otras cosillas más, y hubo que mandarla rápido a su tierra fría, de gente seria, para que se le pasara su alegre mal. Alguien dijo que la sirvienta le había hecho un «trabajo» para ponerla así, que la había ensalmado para quedarse ella con la casa, con los ojos verdes y la maquinita licuadora, pero no fue verdad. El médico que había estudiado fuera dijo que era una anemia complicada de un trastorno del apetito, bulimia que llaman, y la hizo regresarse a su país. Dijo que en el trópico a algunas mujeres les solía dar.

EL joven de las barbas, ya muy bronceado y con cara de tritón en ayunas, no quiso irse. Abandonó los trajes tropicales empezó a vestirse como todo el mundo y a hablar con un dejó perezoso el español. Ya se comía las eses finales, ya decía: «Vaamono, pue, a la tre no juntamo todo»-» y cosas así, y cuando alguien le hablaba en su propia lengua sajona se hacía el distraído. A ése se lo comió ya la tierra, comentaban indignados y desdeñosos sus amigos elegante, y suspiraban: «¡Qué islas, Señor, qué islas para devorar!».

Entre tanto, el joven de las barbas, liberado de mujer y perro, gozaba un mundo y los ojos se le ponían cada vez de un verde más profundo, más terrígeno: color de monte, color de bosque seco, color de tigre y de jaguar.

Poco a poco, entre tanto sentir su hambre y saciarla, se le fue olvidando lo del oro en cañas, lo de sacarle el jugo a la tierra, y resolvió sacárselo a la vida, que es mejor. Siempre seguía trabajando donde mismo, pero ya no era el «joven ejecutivo prometedor» que decían en los periódicos y que con tanto entusiasmo había importado la compañía. Era un empleado más, que un poco antes de las cinco empezaba a mirar a hurtadillas el reloj y a preguntarle por lo bajo a algún compañero: «¿Dónde es la cosa esta noche?».

Los palos de golf dormían en un rincón. Hace mucho calor. Pero en cambio se compró una guitarra y la tocaba con hondo, encorajinado ardor. Por las noches altas daba serenatas. Sus amigos de ahora lo llamaban Tico, haciendo diminutivo de su nombre extranjero y Tico se bañaba en el río, comía casabe, dormía en hamaca, soñaba en lengua romance y le importaba un pito lo que dijeran de él.

Así tuvo que pasar lo que pasó. En sus andanzas Tico conoció a una mujer un poco especial. Era una criolla hermosa, lánguida y malcriada por fuera, para él tierna y sumisa. Con una sumisión que a él le fascinaba, no habiendo conocido nunca cosa igual. Entre serenatas, paseos a lo largo de los arrecifes, susurros de palmeras cómplices, Tico se perdió.

Es tan femenina, se decía. Tan blanca y suave. Parece un malabar. Y quiso llevarse el malabar a su casa.

La sirvienta que le chiflaba la licuadora hizo que alguien le escribiera a la esposa ausente. Ésta vino y se apersonó. Él la recibió revólver en mano:

—¡Tú me has faltado! — le dijo.

Ella abrió mucho los ojos ante aquel argumento de latino y después de convencerlo de que pusiese el arma sobre la mesa le recordó sus días universitarios, el trabajo para obtener su título, la joven promesa que él era en la Compañía, su porvenir de triunfador seguro, el oro dormido en las vegas, las acciones de Bolsa y todo cuanto había sido la meta de ambos al venir a aquella oscura isla embrujada… Todo inútil.

Tico respondía tozudamente:

— ¡No es oscura, sino clara, clara! No es embrujada sino mágica —y acabó por confesar:

—Es que ella parece un malabar. ¿Te das cuenta? Un verdadero malabar, blanca, con unos ojos negros…

La mujer replicó furiosa que los malabares no tienen ojos, que además no se llaman malabares sino gardenias y que él era un estúpido, y acabó por marcharse, entre llantos y sarcasmos. Tico fue libre, y la gardenia lo encadenó. A él le parecía la cosa más maravillosa del mundo casarse con una flor.

—Hasta aquí —decía el viejo Zacarías, alisándose las greñas rizosas— el caso no tiene nada de particular. Eso de que ellos se vuelvan como nosotros suele pasar, una vez que otra, sobre todo si hay hembras de por medio… Oye como sigue la historia, óyesela al mar…

El mar bramaba, ronco, y el viejo lo dejaba hablar. La gardenia de Tico de pronto empezó a cambiar. Siempre tenía los ojazos negros muy abiertos, como alas de mariposas sobre una flor de terciopelo, pero su ternura se hizo caprichosa, su sumisión volvióse imperativa y dominaba a Tico por la dulzura, una voluntariosa e irresistible dulzura, llena de lo-que-tú-quieras-mi-amorcito, que él no sabía cómo contrariar. Quiso una casa grande, amigos influyentes, conocer gente extranjera y viajar, tener, progresar.

El volvió a ser hombre importante en la Compañía, espoleado por la ambición férrea que se ocultaba tras el suave rostro de flor. Los caprichos de la niña mimada se fueron convirtiendo en frías exigencias de mujer y Tico accedía todo, temeroso de verla partir.

«Me voy para mi pueblo»»», decía ella de vez en cuando y cuando Tico se rasuró las barbas, en tanto sus ojos tomaron un brillo metálico, de buscador de oro, agudo y depredador. Fue un exitoso hombre de empresa. Sus amigos lo celebraban envidiándole, y él era terriblemente infeliz en su felicidad.

El malabar ya no era una flor en su mente, sino una araña, blanca, tersa, monstruosamente suave y devorante. Tico tenía pesadillas. La araña lo abrazaba hasta ahogarlo sobre un montón de oro mullido como lecho de amor.

Un día se sorprendió a sí mismo, hablando en su lengua materna, como perdido en la infancia remota, lejos de toda realidad. No tenía ya contacto con el mundo exterior. Todo cuanto le rodeaba era ajeno, enemigo, hostil. Sólo oía la voz monótona y acariciante del mar. Se despojó del traje de calle adocenado, cambiándolo por ropas viejas, sin color y salió calladamente, al filo de la pared, como quien huye, dejándolo todo.

El malabar quedó en su regia casa, rica, blanca, desconsolada. Se daba aires de viuda joven cuando al correr de los meses Tico no apareció.

¿Qué se hizo?, se preguntaba la gente. Ese siempre fue medio raro. ¿Se marchó a su tierra? ¿Se lo tragó el mar?

Por fin se cansaron de buscarlo. Nadie supo de él. Nadie sino el mar.

El viejo Zacarías me confiaba malicioso, por lo bajo:

—Unos años atrás me lo encontré por allá, por la costa sur, con sus barbas de tritón gozoso, sus ojos llenos de luz verde, su vieja guitarra bajo el brazo. Era pescador de oficio y vivía humilde y dichoso entre la tierra y el mar.

El cuarto de atrás

Eran gente importante de provincia. Ricos hacendados en cuyas tierras habían acaecido muchos sucesos de trascendencia nacional. Cuando resolvieron venir a radicarse a la ciudad capital para que los hijos estudiasen con más comodidad y las hijas se casaran mejor, construyeron una bella casa de muchos aposentos y en ella vivían como virreyes coloniales, dando fiestas que eran de gran impacto en aquella sociedad antigua y reservada, bajo su aspecto bullanguero, y que ellos no lograban realmente penetrar. Los capitaleños elegantes iban a las fiestas, se divertían mucho, se deshacían en amabilidades y… no siempre se acordaban de retomar la invitación.

Don Pedro sacudía la cabeza ante estos olvidos, más indiferente que molesto, pero doña Gracita se ponía roja de furor y con renovada energía multiplicaba su campaña de bailes y saraos, convencida de que a la fuerza habría de tomar aquel baluarte de cerrada altivez. Y en efecto, ante la catapulta renovada de los convites y los sabrosos disparos del champán, la plaza se iba rindiendo y doña Gracita se veía de pronto sentada en salas que nunca había pensado poder violar.

Su máxima alegría le llegó con el compromiso de una de sus hijas, la más linda, la más snob, con un chico de la alta sociedad. Él pertenecía a una de las cuarenta familias consagradas, y si no tenía mucho dinero tenía en cambio modales y buen tipo en cantidad, como decían las muchachas que, verdes de envidia, veían aquel triunfo de la graciosa provinciana. Doña Gracita empujó rápidamente el asunto, y pronto empezaron los preparativos de boda. No fuera cosa que el codiciado galán se echara para atrás.

La madre de doña Gracita, que había venido a vivir con ellos en la ciudad, enfermó de pronto, y estuvo al borde de la tumba. Doña Gracita hizo un alto en los preparativos de boda, dándole tiempo a la vieja para que se muriera, pero ésta mejoró. La doña no sabía qué hacer. Resolvió armar a toda prisa el casorio, aprovechando aquella pasajera mejoría.

Damas de honor con florecitas en la cabeza, traje de bodas suntuosamente recamado de mostacillas francesas, adornos de cintas, cirios especiales traídos de muy lejos para la iglesia, calzoncitos de terciopelo para los niños del cortejo, fueron preparados a todo vapor. Entre moños de moaré y tarjetas con letras en plata, el médico examinaba a la vieja señora, y decía que su estado era estacionario. Nunca fue una gravedad pasada más turbulentamente, entre preparativos rituales, de alto nivel.

–Mamá, toma tu cucharada –decía doña Gracita, con un frasco medicinal en una mano y un cortinaje de terciopelo blanco en la otra, y la vieja mamá entre vahídos y puntadas en el pecho, se veía como nunca atendida, con un empeño un poco amenazante:

–Por Dios, mejora mamá.

Pero la pobre enferma no pudo complacer.

De repente, tuvo un grave atraso. Las tarjetas que ya estaban timbradas con la fecha, fueron detenidas, pero se continuó escribiendo los sobres. Mano sobre mano, doña Gracita y don Pedro esperaban. La madre en su colapso, no se daba cuenta de nada. Todos ansiaban su muerte con apuro, pero poco a poco fue mejorando. Un mes se llevó en hacerlo. La paciencia de sus hijos fue ejemplar. Con una sonrisa estereotipada, decían:

–¿Qué les parece? Mamá está mucho mejor.

Y rápido, rápido se echaron a la calle las nuevas invitaciones y se encargaron montones de flores frescas para el gran día. La abuela jadeaba, quejándose sordamente.

–Está llena de vida –decía doña Gracita–, no le hagan caso.

Y dejó que la enfermera se ocupara de la enferma, mientras ella corría de un lado a otro de la lujosa casa, arreglándolo todo.

Llegó por fin la noche famosa. Los jardines esplendían, miliunochescos, llenos de antorchas, cuajados de luces. Los salones desbordaban de flores, de guirnaldas, de cortinajes suntuosos. Algunos comentaban que el decorado era un tanto excesivo, pero la envidia nunca encuentra nada bien. Regresaba el cortejo de la iglesia.

La novia era una muñequita de biscuit ataviada de reina, como se encargó de comunicarlo doña Gracita a todos sus amigos con frase algo cursi pero rotunda. Ella misma, enfundada en un traje de pana verde, un poco mesa de billar, cubierta de joyas, lucía estupenda. Bastante nerviosa, comentaban algunas amigas, pero la envidia es así. Don Pedro, grave y solemne, era toda la estampa del padre que toma en serio la boda de su hija amada. El novio lucía insignificante pero chic.

Empezó a correr el champán, circular el pastel de bodas, caer pétalos de flores de una campana enorme de seda blanca que colgaba en el centro del salón. Cajitas plateadas con almendras y otras de fósforos cubiertas de raso, eran repartidas por niñas vestidas de pajes medievales. Un poeta improvisado dijo unos bellos versos alusivos, y seis jóvenes trajeadas de rosa, lindas como flores, entonaron con sus vocecitas frágiles el Ave María de Gounod. La fiesta se desarrollaba dentro de las más viva euforia, personajes realmente importantes habían acudido a este sonado evento, quizás más para ver que por estar. Los brindis se cruzaban como ingeniosos relámpagos, todos charlaban y reían alegres, felices.

Las amigas de doña Gracita advertían, a regañadientes, que ésta se había anotado por fin un gran triunfo social.

–La mejor gente es la invitada por el novio –hizo notar una enemiga irreductible.

–Aunque así sea, vieja, lo cierto es que están aquí –arguyó otra menos refractaria.

De pronto, un alto personaje oficial, que había bebido demasiado champán, le dijo a un obispo con quien conversaba:

–¿Dónde habrá por aquí un baño?

–Vamos a buscar uno, con disimulo –asintió el obispo, también apremiado.

Discretamente abrieron una puerta, era el dormitorio de la señora. Y otra. Era el boudoir. Y una más. Era el cuarto de la lencería. Y otra más. ¡Aahhh! El ministro dio un grito irreprimible y tras de él se precipitaron en la habitación el obispo y varios personajes de lo más principal. Siguiendo sus ahogados cuchicheos, vino más gente, y más.

En el centro del cuarto, tendida sobre su pobre catafalco, sola entre paños negros que contrastaban extraordinariamente con los alegres decorados de fuera, estaba de cuerpo presente pasando su última noche sobre la tierra, la vieja señora que no supo morirse a tiempo.

El obispo, maquinalmente, echó al aire un par de bendiciones, mientras hacía salir a todos del cuarto. Cerró la puerta con mano firme y volvió, un poco pálido, a la recepción.

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