literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Eziongeber «Chino» Álvarez

No lo leas

Solo puedo inventar historias sobre cosas que ya han sucedido. Alison Bechdel

Por ponerle alguna medida, yo siempre me he sentido como a 50 o 100 einstein de la verdad. Una distancia considerable en términos ontológicos. A veces me va muy bien con lo poco que sé, pero en realidad, si sumo todo, me sobran los dedos de la mano. Tengo graves inconsistencias, pero en otro sentido, te cuento que existen gentes que saben mucho. Los felicito, sinceramente. Hasta podría hacerles mi famoso Espagueti a la Cañona con su quesito blanco rallado encima, si me lo pidieran con cariño, mucho cariño. ¿Amigos que entiendan el film “Interestelar”? Me siento en desventaja:

– Dime otra vez cómo es la vaina, broder.

– Eméizin. ¿Eso no será una paradoja y tal?

– Comme ci, comme çâ, pues. Se trata de encriptaciones muy, muy importantes, que luego la jovencita deberá desentrañar para poder entender el íi-tiempo, que, al mismo tiempo, es el no-tiempo. Después (o antes, según tu cuestionable nivel de entendimiento), Matthew vuelve definitivamente a la Tierra, pero ahora -o antes, ya me perdí- su hija ya es una anciana y él sigue siendo jovencito.

– Tafácil, Chinín. Es algo así como El Extraño Caso de Benjamin Button, pero al revés, dime tú.

– ¡Nojoda, chamo! ¿En serio? Es que yo me acuerdo es de: El Túneeel del Tiempooo…tú sabes, con el Dr. Tony Newman y Doug…

– ¿Un Tony y un perro? ¿Cómo Timmy con Lassie? ¿El sargento Preston y King? Un poco de sindéresis, por favor, Chino. Ese túnel funcionaba con rayos catódicos a los que se le volaban los tapones a cada tanto. Una anomalía muy propia de los años 60. ¿En qué mundo vives tú, chico?

– Doug es el diminutivo de Douglas, ignorante. Pero, en cuanto a las cosas del mundo, es lo que quiero averiguar y entonces, como dijo el otro, mientras más asumo que comprendo, concluyo que no sé nada.

Así le respondí a mi compi, atenazado por mi propia ignorancia, sombra terrible que me persigue a todas partes maullando y pidiendo alimento como un gato chiquitico y entonces, he sufrido. En el tintero, dejo un montón de preguntas y la certeza de que, si sigo mostrándome como un neófito, el chaleco será también interestelar.

Lo único que me queda claro, es que el tiempo transcurre describiendo elipsis impensables y que en el interín de su oficio, nada es lo que parece. Nada. En cuanto a mí, aquí me tienes escribiendo con las solemnidades del caso, pero cagao de la risa rememorando MAS*H con Alan Alda. Quizás, la cuestión sea adecuarme a mi circunstancia, como llaman. A vestirme -intelectualmente- como la gente decente, tal cual decía mi abuela. Coño, sí. Ponerme serio y embutirme en el aplomo de Jen Psik, la pelirroja y bien comportada portavoz de la Casa Blanca. Hablar de misiles y de guerras, resulta a estas alturas inevitable y a la señora, los periodistas en rueda de prensa le dan hasta con el tobo, pero Jen ni se inmuta. Como en realidad sabe de lo habla y más aún, de lo que escucha en la rueda de prensa, Psik simplemente responde lo que convenga, ni más, ni menos. Yo, caótico, al fin y al cabo, no doy para tanto.

Ahí tienes al Positivismo, una Escuela Filosófica que se inventó Augusto Comte en el S. XIX. Según él, la experiencia, comprobada o verificada a través de los sentidos, es el único medio de conocimiento, por lo que todo lo demás vendría a ser una mera especulación. ¿Cacháis? El resto es paja, pues. Permíteme ser más explícito: el Positivismo, a tenor de lo expresado, afirmaba que el universo gozaba de un orden inmaculado. Y perpetuo. Y perfecto. A la noche le sobreviene la mañana, el desayuno viene antes del almuerzo y a las empanadas de cazón se le agrega una pizca de azúcar. Hablo de leyes inmutables y de asuntos que uno tiene que dar por sentado porque sí. Con el tiempo, las artes, la ciencia, el deporte, las guerras, el sexo, el cunnilingus, la religión, la educación y la lingüística, entre otras manifestaciones humanas, fueron temas abducidos por esta suerte de agujero negro, ya que mientras ‘la vaina’ (expresada también en términos ontológicos) permanezca inalterable, se supone que hay menor riesgo de que suceda algo terrible. Terrible por caótico.

A todas éstas, Fernando de Saussant. Éste fue el preclaro pensador que llevó el Positivismo a la lingüística, determinando por ejemplo que hablamos como hablamos porque lo aprendemos. Y que el lenguaje global es una cosa muy distinta al chisme o al chascarrillo que se comparte en la esquina, también dijo. Todo esto es de un rigor arrechísimo, pero mi amigo: en 1961 llegó la Teoría del Caos y buena parte de lo que sabíamos con respecto a nuestras maneras de relacionarnos se fue a la mierda. Al final, el universo no está en orden. Mis pensamientos tampoco, claro.

Tengo que pintar el frente de mi casa, trastear agua, buscar gas, salir a ver qué consigo para comer, caerme a coñazos con la inflación, con la dictadura y con todos los estúpidos que, por mediocres, se enemistan con la editorial y si y solo si, hacer cosita porque eso es muy rico. Tremenda paradoja mi hermano. Con todo, ya te digo, los caos pueden administrarse, pero a la par, también Putin hace lo suyo. El tipo concibió un plan maravilloso. Debe tener orgasmos con cada bomba que lanza, porque en su mente, matando ucranianos a diestra y siniestra, está salvando a Ucrania de un genocidio. Tremendo plan, caballero.

Amores como eres (de Café Tacvba)

Esta canción tiene una lírica standard. Es verdad. Habla de un tipo enamorado. Y ya. Pero traigo su versión en vivo, por la orquestación y el arreglo. Suena gordo, diría un músico pana mío. La letra habla de amores juveniles y recién salidos del horno de los sentimientos nobles. La juventud es como la manga que nos comemos en tres mordiscos. Zámpale y más nada. ¿Quién no ha estado enamorado así, perdidamente, como bien dice el cantante? Uno ni dormía en esos años por tanto destello luminoso en el rostro de la nena y por esa cabellera anegada en el mismo champú de las pelolindo. En mi caso particular, en cuestión de amores me lanzaba con unos poemitas ahí. Descubrí que las expresiones terminadas en ‘elo’ tenían buen futuro. Por ejemplo, terciopelo, desvelo e inventando un cielo color caramelo, como dirían Lani Hall y José José. Además, le echaba unas goticas de Vetiver a esas cartas para despejar toda duda acerca de la seriedad de mis sentimientos por la muchacha que me llevaba por la calle de la amargura. Un sufrimiento brutal, un chuzazo visceral el hecho de que me haya dejado entendiendo, pero ahora, después de tanto tiempo, el asunto concita risas y sonrisas: “coño, qué bolas las mías”.

Toda vaina era una urgencia vestida con las características del Mal de San Vito, pero los años lo van tranquilizando a uno. Tus maneras cambian, igual tu opinión. “El tiempo te amaricona”, según mal-decía el expresidente chileno Eduardo Frei Moltalva. Será. Las fotos antiguas te van pareciendo más bonitas cuando descubres que te pareces mucho a tu abuelo, y de improviso quieres sembrar de millonarias todo el pasillo. Y nada más se jode el vaso de la licuadora, tratas de arreglarlo tan sólo para evitarte un problema más grande, que básicamente, es lo que tratamos de hacer los que venimos de la guerra y tenemos la oportunidad de echar el cuento. Es con hombres y mujeres ese sentir lapidario de que no queremos a nadie que venga a jodernos la paciencia. Y si es por relacionarnos íntimamente, lo menos que necesitamos son rollos. Nooo, manito. Controversias por quítame esta paja. Peleas y gritos destemplados. Y ni hablar de las ofensas. Así que, Café Tacvba, magistral presentación, pero lo siento. El amor es más que eso. A mi edad es rico y dosificado y aunque no lo notes, el sentimiento se vuelve una anciana muy sabia que, por haber visto de todo, siempre termina tomando la mejor decisión. Y dele porái.

Sobre el autor

*Aparece en la antología NARRADORES EN VOZ PROPIA, Editorial Ítaca C.A. 2022

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