literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos crónicas de Nicanor Bolet Peraza

Lacrimomanía

Hay gentes muy buenas, demasiado buenas tal vez, que viven pendientes de las catástrofes, de las defunciones, de todo aquello que aflige y hace llorar, gentes que, en efecto, sienten y lloran los males del prójimo como si fuesen propios, y salen a la calle a buscar otras personas a quienes contagiar con su tristeza. Son noticieros oficiosos de toda calamidad, aguafiestas en todo regocijo, verdaderos cartujos escapados de convento, que por donde quiera van, y a cuantos encuentran, por divertidos y alegres que estén, les dicen, o parecen decirles: «hermano, de morir tenemos».

Por ellos sabe uno que fulano amaneció colgado de una viga, que la señora de zutano dio a luz dos niños difuntos, que mengano se metió a muerto en la madrugada de ese mismo día, que al cura menganejo le robaron la sotana y al albañil perencejo la mujer; y todo esto se lo dicen a uno echando los pulmones a suspiros y manándoles los ojos chorrerones de agua salobre. Si va usted a salir para un baile o para el teatro, le ataja en la puerta uno de esos mensajeros fúnebres y a boca de jarro le descerraja a usted la noticia de la muerte de un pariente lejano, que por más señas no le deja herencia.

—¿Es usted algo de un señor don Tristán Cerraja, recaudador que fue del impuesto sobre la matanza de cerdos?

—Primo tercero, para servir a usted.

—Pues viéndole yo a usted que se prepara a divertirse esta noche, me apresuro a decirle que a su señor pariente le entierran mañana en su pueblo. Dispense usted que por no afligirle a usted no le diga por lo claro, que el referido sujeto es muerto.

Si su médico le ha descubierto a usted un principio de afección cardíaca, o un apelmazamiento en el bazo, prescribiéndole huir de toda impresión desagradable, de seguro que no andará usted tres cuadras sin toparse con uno de esos búhos, que le pondrá el ánimo más negro que faldón de catafalco, refiriéndole el atroz rato que acaba de pasar viéndole extirparle un tremendo zaratán a la viuda del carnicero que le provee a usted de chuletas, o cualquiera otra barbaridad de cirugía feroz por el estilo.

En mi pueblo había una tal doña Mariquita, que era gran notabilidad en el género lacrimoso. Se la pasaba la pobre señora todo el día en la puerta de su casa. Creo que ni comía por estarse en atalaya de los transeúntes; y Dios me lo perdone, pero no me la puedo imaginar sino tal cual en aquellos tiempos de mi infancia la veían mis ojos asombrados, como una enorme lechuza, vestida siempre de morado y dos lagrimones chorreando perennemente de aquellos sus dos ojillos verdes, color de acaparrosa.

—Ven acá, hijito… —me decía al columbrarme por la calle—. ¿No sabes quién se murió anoche? Nada menos que el pobrecito del campanero de la iglesia, tan buenote, tan honrado, tan exacto. ¡Ay, niño, si era un mismo reloj! Se subió a la torre un poquito mareado con el bebedizo que tomó en el bautizo de un sobrino, se le fue la cabeza, se cayó del campanario y se hizo tortilla sobre el empedrado.

Y la sensible señora sacaba un desaforado pañuelo de yerbas empapado ya como una esponja de barbero y se lo pasaba por los lagrimales, que de puros rojos parecían bordes de vejigatorio.

—Ven acá, hijo —me decía al siguiente día—; ven acá que tengo que contarte lo afligida que estoy. Se han ahogado en el río tres militares que se tiraron a bañarse para cortarse unas tercianas. Me dice la cocinera, que los tienen desnudos en la playa…

Y en cada uno de los días subsiguientes, sin faltar uno solo en el año, me rezaba la buena mujer el obituario, y llegó a ponerme tan espantadizo y nervioso que ya no dormía sino soñando con muertes y con fantasmas.

Un día en que yo sabía de ciencia cierta que no había ocurrido en la ciudad ninguna defunción, salí de mi casa muy contento, seguro de que doña Mariquita no tendría en esa vez ninguna aciaga noticia que darme. Pero en la adolorida señora era ya eso una verdadera manía. Sus lágrimas lloraban, así lo contemporáneo como lo retrospectivo, lo pequeño como lo grande, la crónica como la historia.

—Ven acá, hijo, ven acá, criatura —me dijo atrapándome al pasar, hecha una Magdalena y moqueando más que nunca sobre su pañuelo de Madrás—. Esto parte el alma, niño; esto es para no acabar de llorar en todo el día.

—Pero si nadie se ha muerto, señora—me apresuraba yo a decirla para ver si se tranquilizaba.

—¡Dichoso tú, niño, que para entonces no habías nacido!… ¡Hoy hace 25 años que murió el Libertador!

Y una tempestad de patrióticos zopillos quebraba el resuello a la pobre señora.

*

Una delicada y querida personita tengo yo muy cerca de mí, a quien me la ponen de remate las cosas tristes de este mundo; y como a mí me gustaría ver siempre un sol de alegría resplandeciendo en su cara, suelo decirla, en sus horas mustias:

—Nada, chica; que vas a parecerte a doña Mariquita Lupes, que cuando no tenía por quién llorar, lloraba por Bolívar.

 

Los nervios

Peso ciento ochenta libras inglesas; mido seis pies y ocho pulgadas del talón a la raíz del pelo; y en mi cara se vende más salud que en una farmacia. Cualquiera al observar la cuasi bermeja color de mi tez, juraría que ello es efecto de estimulantes, cuando en verdad que ni el zumo de las parras ni los alcohólicos fermentos entran jamás en mi reino. En una palabra, soy lo que un agente de seguros de vida llamaría «un buen riesgo».

Pero vaya usted a fiarse de apariencias. En oposición a estas saludables condiciones de mi naturaleza, padezco un achaque insufrible que me hace desgraciado. Tengo nervios.

No hay que imaginarse por esto que soy persona que se desmaye porque delante de mí le rebanen la cabeza a cualquier prójimo. Hombre soy de los de pelo en pecho, y como la cosa sea gorda la afronto. Mis nervios entonces se templan y engruesan, y pudiera decirse que todo mi cuerpo se vuelve músculos.

Mi especialidad consiste en lo pequeño, en lo diminuto, en aquello en que otros ni siquiera paran mientes. Un zapato que cruje, un violín que rasca las tripas, un orador que no acierta con el hilo de su discurso, un hablador que no deja meter baza, un tartamudo que masca las palabras, un bizco que me mira por carambola, son cosas que me sacrifican, que me revientan.

Los amigos más caros a mi corazón los he perdido por causa de esa maldita idiosincrasia. Uno tenía, por quien hubiera dado gustoso la vida. Amistad de diez años, pruebas mutuas de cariño, sacrificios desinteresados, todo se lo llevó pateta en una sola noche. Por la primera vez dormimos en la misma pieza, aunque en distintos lechos. Antes de irnos a la cama fumamos un puro, echamos un párrafo, dímonos las buenas noches y venga el señor Morfeo. ¿Morfeo dijiste? Ni por pienso. Al cabo de un instante, mi amigo comenzó a resollar grueso como quien prepara un fuelle de iglesia para entonar vísperas en el órgano; luego dejó escapar de su garganta unos registros en recalcitrantes escalas cromáticas; pausa de semínima, y de repente un tutti a grande orquesta. Flautas agudas, cuernos graves, trombones profundos, oboes quejumbrosos; ¡qué concierto más completo!

—¡Pepe… Pepito… Pepillo! Despierta; chico, que estás roncando.

—¿De veras? Pues es extraño, porque nunca ronco. Será que estoy echado sobre el corazón.

Y se volteó del lado del hígado.

Silencio de algunos minutos; a poco rato nuevo soplar de fuelles, probar de instrumentos, afinar del la, y da capo al signo, con redoblado furor y apresurado compás de allegro vivace.

—¡Pepe… Pepito… Pepillo… Pepete!

—¿Qué es, hombre?

—¡Que vuelves a roncar, querido.

—Será a causa de la almohada. —Y volteó la almohada.

Breve rato tardó en proseguir el interrumpido concierto. De la obertura de Lohengrin pasó el inconsiderado amigo a la de Tannhäuser, y acaso me hubiera obsequiado con el selecto repertorio de Wagner, a no ser que le llamé de nuevo.

—Pepe… Pepito… Pe…

—Vete en horamala, hombre, que no me dejas dormir. ¡Ahí te dejo tu cama y tu casa!

Levantóse airado, vistióse de prisa y se marchó. Hasta el sol de hoy. Buen amigo, excelente mancebo; te he perdido para siempre. ¿Qué vamos a hacer? Estos nervios…

Viene ahora a mi recuerdo Paco Sánchez, el mozo más cabal que he conocido en la tierra. Una perla de muchacho; pero se comía las uñas. Con disimulo comenzaba por llevarse el dedo a la boca, así como quien se acaricia el bozo. En seguida la carcomida uña entraba voluntaria al holocausto; rasgábase la carne, corría la sangre, y mis nervios parecía que iban a estallar. ¡Qué suplicio! Al fin pudieron más que mi prudencia esos filamentitos invisibles, y me hicieron saltar sobre el voraz antropófago, y arrancarle de los dientes aquella su propia diestra, que se comía cruda y a pedazos. ¡Pobre Paco Sánchez! Si el inocente afán de devorarte a ti mismo te ha dejado siquiera una sola mano útil, a ella alargo yo la mía para implorar tu perdón.

Aseguran que la falta de la letra R en ciertos meses del año enflaquece y enferma a las ostras. Lo propio me sucede a mí cuando oigo suprimir o falsificar el sonido de esa consonante.

—Permítame usted, hermosa niña, que ofrezca a usted este vaso de sangría —dije en cierta reunión de familia a una agraciada muchacha que acababa de llamarme la atención por su modesta belleza. Tenía yo dieciocho años, la edad del rococó en el pañuelo y en la galantería—, y añadí: Es usted, en verdad, señorita la flor más galana de este pensil…

Abrió la niña los lindos labios, y por ellos dejó escapar este inverosímil vocablo:

—Favol…

Esa ele fatal me atravesó la epidermis y fue a herir mis nervios. Flaqueáronme las piernas, tembláronme los brazos, y la fuente, y la copa y el líquido cayeron sobre el traje de la dama. A su lado estaba la madre. ¡Ay! el defecto de pronunciación era defecto de familia, porque al notar mi adefesio, la buena señora exclamó:

—¡Qué horrol!

Sentíme caer y caí, sentado sobre el gordo que en un sillón vecino estaba repantigado, entretenido en cerrar y abrir el abanico de la infeliz doncella. Rompióse el abanico, enojóse el gordo y yo quedé confundido. ¡Estos malditos nervios!

Zagalejo era yo cuando en una sociedad de aficionados se me adjudicó el papel de don Pedro de Castilla en el drama de El zapatero y el rey. Una moza del pueblo, una de esas hermosuras de orilla, que son las únicas que por allá suelen hacerse cargo de tales prebendas, hacía de la hija del

zapatero, y en su transporte amoroso olvidó las erres que se le habían enseñado, y nos espetó la siguiente cuarteta:

Cuando ese hombre amod me juda,

Lo juda con tal pasión,

que obliga a mi codazón

A creed en su impostuda.

Desgañitóse en risas y en gritos el auditorio, pero yo me enfermé. Aquellas erres se clavaron todas, como tachuelas negras, en mi sistema nervioso, y no me fue posible volver a las tablas. ¡El Rey!, clamaba el público, viendo que el fiero don Pedro no salía. ¡Qué había de salir! Detrás de bastidores estaba yo, y… allá va corona de cartón dorado, allá va capa de pañolón carmesí, allá medias blancas de mujer, y allá de la Verónica prestados canelones. Toda la regia pompa de que estaba yo vestido quedó allí por los suelos y yo me fui a casa enfurecido, crispado, hecho un basilisco contra aquella desdichada que me había asesinado en cuatro versos de Zorrilla.

¿Y qué decir de las veces que en banquetes oficiales o en comidas caseras he tenido por delante convidados inicuos, que me han mortificado hasta la crueldad metiéndose el cuchillo entre la boca y sonándolo entre los dientes; y otros que creían indispensable a la masticación el sonar las mandíbulas, a semejanza de ese doméstico cuadrúpedo, al cual no miento ahora porque ninguno de los cuatro nombres que darle solemos cuadra bien en un párrafo medianamente literario?

Y nada diré tampoco de aquello de ver a personas que muy bien sabido se tienen que no existe comunicación practicable entre las fosas nasales y la cavidad del cerebro, y que no obstante esta convicción anatómica, se ejercitan distraídos en echar el índice por esos pasadizos de respiración, como si tuvieran empeño en tocarse los sesos.

¡Y tenga usted nervios y vea usted eso con sangre fría! Y a menos que fuera una apergaminada momia egipcia, sin sensibilidad y sin vida, ¿pudiera soportar impasible a los que suenan las coyunturas de los dedos ya en entretenido fuego graneado, ya en descarga cerrada de todos los diez mandamientos a la vez? Y los que mientras uno habla remedan con sus muecas todos los gestos de nuestra fisonomía; y los que para hacer cualquier manipulación, para abotonarse un puño, para formar el lazo de la corbata, para atar la faja del paraguas, etcétera, sacan a lucir dos pulgadas de lengua que luego muerden a proporción que aprietan, hasta imaginarse uno que va a caer al suelo el pedazo rojo, amoratado como remolacha?

El mundo, digo yo, es de los que no tienen nervios.

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