literatura venezolana

de hoy y de siempre

Daniel Centeno Maldonado

Por: Alirio Fernández Rodríguez

Daniel Centeno Maldonado (Barcelona, 1974) es un escritor, periodista, editor y profesor universitario venezolano que está radicado en los Estados Unidos. Estudió periodismo en Venezuela, luego hizo estudios de postgrado y doctorado en España. Vive alternativamente entre el mundo editorial, ahora como Director de la revista Carátula; la labor docente, como profesor de la Universidad Houston; periodista y escritor que nunca deja de buscar el placer de la vida para narrar algo que valga la pena contarle a la gente. Como el filósofo alemán que acabó en la locura, Daniel Centeno Maldonado cree que la vida sin música sería un error.

Mi recuerdo más poderoso siempre fue el mar, porque yo nací en Barcelona, estado Anzoátegui y ahí estuve hasta los diecisiete años, dice desde el exilio Daniel Centeno Maldonado. Para él no era posible concebir un universo sin mar. Vivir cerca del Paseo Colón en Puerto La Cruz, donde la urbe –de día y de noche- besa el agua salada, le hizo creer de niño que todas las ciudades tenían su propio mar. Es la magia de crecer en un lugar donde el agua va y viene, trayendo no solo el pescado, ese alimento predilecto, sino que “te traía historias, te traía gente y cultura”.

Para Daniel, en sus momentos más duros como migrante, precisamente cuando la vida no parece tan alegre, el presagio aparece y le susurra que vaya al mar. No importa ya que sea en una tierra ajena, sigue siendo el mar de su niñez. Entonces, empieza a caminar, pisa la arena, pero no se trata de un bañista. Escucha el viento, le trae el secreto que todas las costas comparten. Es un hombre buscándose a sí mismo en la contemplación de las olas. Se sienta en la orilla, hunde los pies, el vaivén lo calma, cierra los ojos y vuelve a sus raíces, a una playa del oriente venezolano a quince minutos de lo que fue su casa. Así vuelve a lo que él es en verdad.

Mi esposa y mi madre dicen que sigo siendo un adolescente, y es así, -dice Daniel-; algunos creen que eso se nota en La vida alegre. El escritor guarda un raro placer, es coleccionista de juguetes; con ellos ha llenado toda su casa, en parte para conservar una época ya lejana. Lo que pocos saben es que el hombre y escritor que conviven en Daniel Centeno Maldonado no hubiesen sido posibles sin ese adolescente tímido que fue. Ese que eligió el encierro para leer a Poe o Apollinaire, en lugar de las aventuras con sus amigos en busca de noviecitas.

Reconoce que le debe mucho a ese guachimán de la casa en que se convirtió, pues, no salía y se quedaba siempre leyendo. Así fue como sus padres delegaron en él las funciones de guardián. El joven construyó su cueva, ahí leyó en desorden, pero placentera y caóticamente. Esas lecturas y horas de encierro adolescente fueron providenciales para tener una vida mejor que la soñada.

Me inicié temprano en la lectura y escribía a escondidas. Recuerda que su padre, médico de profesión y lector, tenía un gran biblioteca, pero que ninguno de los cuatro hijos leía. Un día en una feria del libro en Puerto La Cruz, el niño Daniel de ochos años quería una enciclopedia infantil; le gustó un Quijote que venía suelto. Su padre se negó porque había dado por causa perdida que los hijos leyeran, más aún que alguno fuera escritor. El niño insistió y el padre le hizo prometer que leería todo el Quijote.

El niño dejó los libros en un rincón y no los leyó. Pasaron los días y su padre le preguntó por el Bachiller Sansón Carrasco, Daniel no supo de quién le hablaba su padre. Así se ganó el más importante castigo de su vida: todos los mediodías, después de almuerzo, el niño tenía que leer el Quijote a su padre durante la siesta que hacía en el chinchorro. Así fue como el pequeño Daniel le leyó a su padre los dos tomos del Quijote. Así se hizo lector, sin el que sería posible después el escritor.

Es difícil mantener el equilibrio con el escritor porque además soy editor, profesor y periodista, dice Daniel Centeno Maldonado. Reconoce que una faceta puede matar a otra de esas tres, pero ha sobrevivido a eso salvando lo mejor que puede de esos cuatro perfiles profesionales. Desde joven intuyó que iba a ser importante saber de esos distintos oficios. Así es como Daniel ahora mismo puedes ser profesor universitario en los Estados Unidos, mientras dirige la revista literaria Carátula y sigue escribiendo cuando le place.

Como periodista comenzó temprano en Caracas: cuando terminaba sus estudios universitarios, hizo de redactor en la corresponsalía de El Tiempo de Puerto La Cruz. Ahí cubrió economía, política, deportes, cultura, sucesos y aquí aprendió la importancia de equivocarse. Agradece la libertad y apoyo que le dieron en un medio de provincia del que no reniega y que le sirvió cuando trabajó en el diario ABC de Madrid, donde se fogueó con periodismo europeo.

Todo esto le sirvió para acumular cierta experiencia ante proyectos editoriales, como el de la dirección en Alfaguara. Lo que sigue intentando cada día es ser un jugador regular en estás diferentes “ligas”: la de escritor, editor, periodista y profesor; sin que alguna envilezca al hombre.

El hombre que soy ve al escritor con miedo, y es que yo no tengo esa disciplina del escritor que siempre tiene una nueva historia que escribir, dice con desenfado Daniel. Sí cree que van a venir otros libros, pero no un torbellino de libros, al ritmo de uno al año ni mucho menos, no es ese el tipo de escritor en que se ha convertido.

No es gratuito el nacimiento del escritor en él, más bien se lo debe -en parte- a ciertos personajes de la tradición cultural y académica venezolana, que rechazaban la posibilidad de que un periodista se convirtiera en escritor. Pero todo eso fue como trozos de leña que echaron para encender ese candelero que yo tenía adentro, recuerda Daniel.

Pedro Navaja, de Rubén Blades también es narración  -dice Daniel- así como cierto periodismo o la juglaresca, incluso la biblia. La narrativa de Daniel Centeno Maldonado parte de una idea sencilla: el hombre siempre está narrando. Ahora lo que él ve es la oportunidad y el riesgo de si vale o no la pena de contar una historia que funciona en su cabeza.

Su primera novela es La vida alegre y fue rechazada hasta que el editor de Carlos Fuentes la leyó y creyó que esa historia valía la pena dársela al público. Su narrativa no se centra en localismos, no cree en eso, pero hace uso de aspectos locales como el lenguaje oriental venezolano, por ejemplo, para dejar una marca particular en la historia que ofrece en La vida alegre. 

De alguna u otra forma siempre estoy escribiendo,  porque soy profesor de cine y literatura en la Universidad de Houston, dice Daniel. La labor docente le exige un tipo de diálogo e interacción constante con sus estudiantes. Pero cuando encuentra la combinación de espacio y ánimo, retoma un proyecto que está haciendo desde el periodismo hace unos años. Son perfiles en torno a la música,  de los que ya tiene uno de Rubén Blades, otro de Oscar De León; y ahora mismo trabaja en uno sobre la banda venezolana Desorden público.

Además está terminando un libro de cuentos y por ahí se le alojó en la cabeza una novela a la que le llegará su momento. Es un escritor que abre y cierra un proyecto para avanzar. Reconoce que corrige mucho, es lento e indisciplinado. Junto a todo esto, no deja de ir a conciertos que incluyen una variedad que va desde Eric Clapton o The Rolling Stones hasta Argenis Carruyo. No deja de escuchar música de todos los géneros, comprar aparatos de sonido y si puede viajar, arma la maleta y adiós.

En la mochila Daniel Centeno Maldonado cuenta con: Periodismo a ras del boom: otra pasión latinoamericana de narrar  (2007), Retratos hablados: 50 conversaciones de aquí y de allá (2010), Ogros ejemplares (2015) y La vida alegre (2020).

Novela

La vida alegre (capítulo I)

Crónica

John Kennedy Toole: Genio de neón

*Crédito de la fotografía: Andreina Mujica
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