literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Nelson Enrique Chávez

La libertad según los araguatos

Hace varios años quisimos rescatar a Pancho, pero nos quedamos en los cálculos: ¿cuál sería el mejor recodo para introducirse de noche en el parque sin ser vistos, la herramienta adecuada para cortar la malla sin hacer demasiado ruido, la dosis precisa de tranquilizante para un animal de su tamaño? ¿Dónde liberarlo, podría sobrevivir en la montaña después de tantos años en cautiverio? Nos angustiaba verlo tan triste todo el tiempo, caminar en círculos por el pequeño espacio de la jaula, mirar a través de los barrotes el mundo de afuera, abatido de impotencia. Su alma cada día se veía más marchita, sin ánimo, su furia desmesurada cuando las personas se acercaban a lanzarle chucherías o molestarlo era bestial, síntoma inequívoco de la zoocosis; lanzaba piedras, aullaba, sacudía la reja; sus ojos abiertos desmesuradamente parecían querer salirse de las cuencas, su cara era una mueca dolorosa asolada de espanto. Queríamos liberarlo, pero nos quedamos en las buenas intenciones. Nos faltó osadía. Nunca estaré orgulloso de mi cobardía, tampoco mi amigo. ¿Finalmente pudo escapar?

Sí, una mañana. Por una abertura que logró hacer en el cimiento de la malla. Metió su cuerpo por ahí, salió corriendo y se trepó al araguaney. El director inmediatamente mandó a cerrar las instalaciones. Impartió a los vigilantes de los turnos del día y de la noche la orden de atraparlo, pero no pudieron. Pancho volaba de árbol en árbol. Resultó imposible.

La siguiente estrategia para capturarlo consistió en tratar de hacerlo bajar de los árboles con palabras melosas, en abarrotar la jaula de sus frutas favoritas para estimular un retorno dócil al encierro. A mí me encomendaron la misión de engañarlo. Había sido la persona encargada de alimentarlo diariamente durante varios años. Pancho confiaba en mí. Se equivocaron conmigo. No quería verlo nunca más detrás de rejas. “No bajes Pancho, quédate tranquilo entre las ramas, huye a la montaña, regresa a la selva, no te dejes encarcelar una vez más”. Eso le decía. Recomendándole, rogándole, que por favor, no asustara a los visitantes. Ningún caso me hizo. Cuando las personas pretendían pasar frente a su territorio él saltaba desde los árboles sobre el camino, sorpresivamente, hecho una fiera. Les caía justo a dos metros de distancia a los intrusos para cortarles el paso, luego les lanzaba una o dos piedras de advertencia sin mucha puntería. Si no retrocedían se les iba encima corriendo en sus dos patas traseras con los brazos en alto enarbolando piedras o palos, dándose golpes furiosos en el pecho mientras aullaba amenazante. La gente obviamente se asustaba, huía en carrera, ponía la queja. Posteriormente vinieron las denuncias.

En vano intentaba explicarle la inconveniencia de sus actos. Inútilmente le azuzaba a internarse en la montaña, a procurarse la libertad en su espesura. Me resultaba incomprensible esa resistencia a abandonar este lugar donde le habían encarcelado desde pequeño, me afligía su negativa a dejar atrás una vida de sometimiento. Quería protegerlo de una recaptura, pero su espíritu parecía querer afirmar su libertad aquí, en este pequeño espacio del mundo, no en otro sitio. No estaba dispuesto a transigir, ni negociar, ni deseaba huir. Deseaba ser libre aquí.

Con los días, prenderlo se hizo cada vez más difícil. Parecía enterarse con antelación de los planes elaborados en secreto para atraparlo. Como sucedió aquella noche de luna nueva cuando pretendieron cazarlo utilizando unos somníferos importados, especiales para ser lanzados con rifles de mira infrarroja. Pancho se afantasmó entre las sombras. Se hizo invisible. Nadie pudo verlo en ningún árbol, ni escuchar siquiera la trémula queja de una rama,ni entre el follaje el más leve rumor de respiración animal.Los cazadores burlados peinaron el parque, lo buscaron por las adyacencias de la laguna, oculto detrás de las jaulaspor donde a veces merodeaba, limando las mallas o las rejas con piedras de cuarcita, con intención de liberar aotros animales. Después de esa cacería infructuosa no le vimos más. Desapareció. Llegamos a pensar en su evasión definitiva. No era así. A las dos semanas saltó desde uno de los samanes para asustar, nada más y nada menos que a la sobrina del alcalde, una niña de ocho años de edad.Pocos días después lo acusaron de lanzar piedras a los automóviles estacionados frente a la medicatura.

–¡Imagínense! ¡Daños a la propiedad privada! –exclamó el director.

El alcalde del pueblo decidió intervenir. Susto a su sobrina, vehículos averiados, miedo generalizado en los visitantes del parque zoológico, ataques a la propiedad privada. Pancho se había convertido, según acusó el burgomaestre llenándose la boca de grandilocuencia, en un problema de seguridad, en una amenaza pública. Acto seguido contrató mercenarios. ¡Infame! Lavó sus manos con pedantería discurseando haber restablecido el orden público. Eufemismo para no decir asesinato, masacre.

Los matones ingresaron en el parque zoológico bien temprano esa mañana, armados hasta los dientes. Dos horas después, tras de una persecución implacable, un combate a muerte de plomo contra piedras, balas contra frutos, pistolas contra ramas, fusiles contra palos, varios heridos, Pancho yacía tendido bajo el araguaney, con una herida de bala atravesando su cuerpecito a la altura del pulmón. Quedó mirando hacia la laguna, con los ojos aguados, empuñando unas flores de su árbol favorito. Libre, finalmente libre, como debe vivir y morir un araguato.

El pueblo donde mataron a Dios

Fui hasta San Fernando de Atabapo para averiguar sobre Funes, “el terror del Amazonas”, pero me encontré con otra historia. Inquietante como las repeticiones aleatorias.

El viaje respondía seguramente a una pulsión atávica. El sonido de las palabras puede llegar a tener un peso inconfesable. Después de leer La vorágine, la sonoridad del nombre San Fernando de Atabapo pulsó en mi configuración como una fuerza poderosa, una invocación, acaso un llamado. En tanto la efigie del coronel José Tomás Funes se erigía como manifestación febril de la violencia, parte ineludible del enigma contenido en la expresión “naturaleza humana”. Por estas razones un tanto metafísicas, más otras innecesarias de enumerar, un cuatro de julio, el día anterior a la Declaración de Independencia, me embarqué hacia la antigua capital del estado Amazonas.

Una familia indígena cautiva en su curiosidad ante mi extraña búsqueda, aceptó transportarme generosamente. Cinco tripulantes, incluido el piloto, ocupábamos el bongo.

Salimos del atracadero del puerto de Samariapo, zigzagueando lentamente para eludir las numerosas embarcaciones cargadas de alimentos, materiales de construcción, bidones de combustible. Atravesamos cautelosamente el angosto brazo del río colmado de manglares, hasta ingresar, maravillados, en el inmenso caudal de La Gran Serpiente Enroscada, nombre dado por el pueblo tamanaco al imponente Orinoco. Navegar por primera vez el río más caudaloso del mundo me hizo sentir insignificante. Sobre la inconmensurable fuerza de sus corrientes experimenté una sensación quizá primitiva: de miedo y fascinación simultáneas, perplejo ante la fuerza de la naturaleza. La selva en la orilla izquierda era espesa, colmada de árboles gigantescos cuya maraña dibujaba en las márgenes del río un muro vegetal relleno de sombras. Dado el vasto caudal, de la otra orilla solo alcanzaba a divisarse una línea borrosa, difuminada entre cielo y agua.

Cerca de Isla Ratón una bruma blanca vino a nuestro encuentro flotando a ras de las aguas turbulentas, como un velo vaporoso, arrastrada suavemente por la brisa. Las nubes en la lejanía formaban cúmulos sombríos. Una grisácea cortina de agua podía advertirse en lontananza y entre el oscuro telón de lluvia torrencial, los fogonazos, la electrizada luz de los relámpagos rasgaba la insondable bóveda del cielo. En adelante, con toda consciencia, singlábamos directo hacia el encuentro con la tempestad.

Un vendaval arrojándonos la lluvia contra el rostro a gran velocidad fue el preludio de la entrada a la garganta bronca. Metidos en las fauces de la tormenta, el bongo azotado por los vientos amenazó con zozobrar. La pequeña embarcación oscilaba en el oleaje embravecido obstinado en replicar en el agua la combustión de los cielos. Tal vez por los nervios empecé a sonreír como un demente, afrontando el temporal sentado en la proa cual si este fuera el último, a la espera de la peor consecuencia. El agua de la lluvia y de las olas terrosas me golpeaba en la cara con furia, las uñas se clavaban por instinto en la madera de la embarcación atenazándola. Iba amparado en la inconsciencia cuando vi a la señora Faustina, majestuosa a sus más de ochenta años, sentada en medio del bongo sobre una silla endeble, cubierta con un delgado plástico, soportando imperturbable los embates del temporal, con la mirada fija atravesando la borrasca. Entonces pensé: si ella mantiene esa entereza saldremos de esta. Quebrarme o temer se me antojó ridículo.

Media hora después de esta travesía estremecedora escampó. El mundo pareció aquietarse. Envueltos en esa calma aparente cruzamos por enfrente del Raudal del Muerto, absortos en mirar su oleaje enredado de borbollones. Genera temor ver de cerca esta especie de portal hacia el abismo en la mitad del gigantesco río, escuchar el regurgitar de un remolino capaz de tragarse una embarcación de mediano calado cual si fuera un barco de papel.

En San Pedro del Orinoco desembarcamos. Nos detuvimos a visitar a una hermana de Andrés Evaristo, hija de la señora Faustina, profesora en la escuela de este pequeño pueblo ribereño. Almorzamos en su casa una sopa de gallina hecha en fuego de leña, protegidos por una gigantesca quema de ramas para espantar las nubes de jejenes. Media hora después de zarpar desde San Pedro todavía iba extrayéndome agua amarilla de las rosetas provocadas en los brazos por las picaduras de los mosquitos quemadores, cuando repentinamente regresó la lluvia, persistente, abundante, suficientemente densa como para entorpecer la marcha. Atrapados en la lentitud forzada de la navegación, la noche se abalanzó sobre nosotros de improviso, quedamos en medio de la oscurana, como si nos hubiera caído encima una piedra de azabache. Navegábamos lentamente por entre la lluvia blanca, a oscuras, cubiertos de sombras, casi a merced de las tinieblas, tanteando el rumbo. Por suerte la benigna aparición de la luna colgada como un candil en el firmamento vino a esparcir sobre el río una alfombra luminosa, erigiéndose en nuestra guía hacia el destino incierto. Uno nunca sabe si podrá llegar al lugar a donde intenta ir. Viajar es una apuesta hacia la incertidumbre. Después de bordear una isla de roca coronada por la Virgen del Carmen, la embarcación dejó de avanzar. Empezó a retroceder dibujando un círculo. Metí la mano en el agua y la sentí dando giros. El agua daba giros. Se me salió de la boca un nervioso “estamos retrocediendo en círculos” y Andrés Evaristo me respondió que estábamos atrapados en medio de uno de los raudales más peligrosos de la ruta. La corriente nos arrastraba hacia el ojo de un remolino en el centro del río. El capitán, sin dudarlo, apagó el motor, dejó el bongo a merced de la corriente. Esperó el momento cuando la embarcación siguiendo el curso circular del remolino se echara levemente hacia adelante y encendió la máquina para avanzar con pericia unos metros. Debajo del bote la corriente giraba con fuerza. Estaba asustado. Enmudecí escuchándome el corazón. Nadie hablaba. El piloto necesitaba este silencio para escuchar las aguas, sentirlas hacer el círculo para apagar y encender el motor en el momento justo. El río quería hundirnos, pero el experimentado capitán, leyendo con todo el cuerpo la corriente, a ciegas repetía una y otra vez la maniobra de apagar y encender el motor sin perturbarse, para avanzar un poco, hasta lograr finalmente sacar la embarcación de la vorágine. El nieto de la señora Faustina y Andrés Evaristo rompieron el mutismo del pánico con un grito jubiloso, elogiando escandalosamente a nuestro capitán como al mejor navegante del padre río Orinoco. No lo puse en duda. Tenía el corazón en la lengua. Salir del remolino de un raudal orinoquense, a ciegas, en mitad de la oscurana en una noche lluviosa, no cualquiera lo consigue.

Después del susto, cerca de la medianoche avistamos las luces de San Fernando de Atabapo; brillaban como un camino de diamantes. Nos desviamos del padre Orinoco hacia la derecha para entrar a remontar la corriente del Guaviare. Seguidamente giramos hacia la izquierda para entrar en la corriente de un río absolutamente negro pero asombrosamente cristalino, encantado en duplicar la estrellada bóveda infinita en su espejo de obsidiana. Era el río Atabapo. Embocamos por sus caños colmados de manglares tanteando con los canaletes la profundidad del fango, apartábamos las ramas con varas de madera o con las manos. Íbamos bogando lentamente, con toda precaución, en suspenso, cuando un trinar emergido de la profundidad del agua, emulador de una bandada de aves sumergidas, me aleló en medio del mundo. Me antojé engañado por una percepción ilusoria, producto del cansancio, pero mis compañeros me corrigieron. No deliraba. Era el tintinar de las toninas dándonos la bienvenida en su lenguaje misterioso en mitad del silencio y de la oscura noche. Finalmente, luego de bogar por los caños casi veinte minutos, arribamos al patio de la vivienda de mis anfitriones, hasta donde llegaba un brazo del río. Me recibieron cariñosamente, como a uno más de los familiares que retornaba a casa cansado del largo viaje. Quizá así era. Cenamos casabe, comimos pescado, bebimos cachire. Me asignaron como cama un chinchorro colgado de las vigas de un corredor, en la parte posterior de la vivienda, junto al solar, cerca del agua. Pernocté arrullado en los trinos infinitos, en los croares graves, en los aullidos lejanos, en el rumor de la corriente, extasiado en los húmedos aromas vegetales. Una suave brisa seguramente me empujó definitiva hacia la profundidad del sueño.

A la mañana siguiente caminé hasta la plaza en la que, el treinta de enero de mil novecientos veintiuno lo fusilaron. Aún está viva la raíz del árbol de sarrapia donde el coronel permaneció amarrado esa mañana, hasta cuando el también coronel Emilio Arévalo Cedeño ordenó finalmente la mortal descarga de fusilería. Cuentan que José Tomás Funes pidió ser fusilado sin venda en los ojos para así poder mirar a sus ejecutores a la cara. Ese fue su último deseo. Entrevisté al sacerdote, varios paisanos, a uno de sus descendientes. Más allá de cuanto me hayan dicho, por demás interesante, los tres me recomendaron visitar a Pascual Silva. Rumbo a la casa del cronista del pueblo rumiaba sus testimonios pensando en esos tiempos, en el genocidio perpetrado durante la explotación del caucho o árbol que llora. Ensimismado crucé frente a las bodegas repletas de frutas, acompasado el tranco por la voz de los pregoneros que vendían a gritos el pescado fresco arrastrado en sus carretas de madera, y deteniéndome a leer los letreros pintados en las paredes, escritos en idiomas curripaco, panare, piaroa. Como el cunaguaro en busca de sombras me escurrí por las calles luminosas tratando de escapar de los rayos del sol, sin poder evadir, ni por asomo, el vaho caliente de la selva, su húmeda respiración envolvente y soporífera.

La vivienda del cronista estaba cerca del río. Llamé a la puerta con los buenos días. Su señora esposa salió a recibirme y, enterada de mi búsqueda, amablemente me invitó a pasar. Sentado en la sala vi venir hacia mí desde el solar de la casa a un ser humano gigantesco con la piel de bronce y el cabello blanco. Pascual Silva resultó sonriente, amable, sencillo, como suelen ser los hombres sabios. Me refirió haber compuesto varias canciones a peces del río, como el pavón, aves, como el piapoco, ser autor de varias obras de teatro para su trabajo con los niños y las niñas de la escuela en este pueblo, donde sirve como profesor.

–Así que viniste a averiguar sobre Funes.

–Cuanto pueda saberse, señor Pascual.

–Hombre querido, respetado. Los viejos de antes se molestaban cuando alguien se atrevía a hablar mal del Coronel. ¿Dónde te estás quedando, muchacho?

–En casa de Andrés Evaristo. Él me trajo desde Samariapo. Venía con su madre, la señora Faustina, con un
sobrino suyo adolescente, más un piloto muy bueno, mentado el Capitán.

–¡Ah… los Evaristo! Ellos son de Cacahual, el pueblo donde mataron a Dios.

–¿¡El pueblo donde mataron a Dios!? ¿Cómo es eso, señor Pascual?

–Hace muchos años, allá por los años treinta, remontaba el río Atabapo un hombre en un bongo tocando tambores, y decía que era Dios…, y la gente le creía. Le entregaba ofrendas, le rendía tributo. Venía cada año ese hombre. Apenas las personas escuchaban el repique del tambor subiendo por el río, surcando la selva montado sobre el viento, se asustaban. Gritaban “¡Viene Dios, ahí viene Dios!”, corriendo a buscarle el mejor mañoco, las mejores piñas, la mejor manaca, el mejor casabe y las mejores carajitas; porque a ese dios también le gustaban las mejores carajitas.

Sucedió así durante tres años. Ese hombre venía, recibía regalos, se iba, regresaba. Hasta que un día, a un pariente de la comunidad se le ocurrió dudar. Usted sabe, amigo, cuando un hombre o una mujer dudan, es porque se están haciendo hombres o mujeres de verdad.

Así que al año siguiente, cuando el eco del tambor remontó el río arrastrado por la brisa, viajando a ras del agua o zigzagueando por entre los árboles hasta llegar a los oídos de la comunidad, cuando las personas inquietas corrían de un lado a otro voceando asustadas:

–¡Viene Dios, ahí viene Dios! Afanadas en buscar el mejor mañoco, la mejor manaca, las mejores piñas y las mejores carajitas, para ofrendar a ese dios, José, así se llamaba el hombre que dudó, se dijo a sí mismo:

–Bueno, si en verdad es Dios, no le va a hacer daño un poco de mi camajay.

Con esta idea en mente se metió en su casa, se sentó a triturar las hierbas, a pulverizar las raíces junto con las semillas, dispuesto a preparar el veneno siguiendo respetuosamente, palabra por palabra, la receta ancestral. Finalizada su elaboración, fue a ponerse a la vera del camino por donde la gente pasaba corriendo con las ofrendas para el dios, y cuando una de las muchachas pasó por enfrente suyo llevando en sus manos una tapara rebosante de manaca, él, disimuladamente, le soltó en la totuma un poco de polvo de camajay que llevaba escondido entre las uñas. La mujer ni cuenta se dio, llevó a ese dios la bebida refrescante, este recibió el presente con una sonrisa socarrona, acarició morbosamente la mejilla de la jovencita y empezó a beberse la manaca, pero alcanzó a tomarse nada más media tapara y cayó muerto.

La gente al ver a ese dios tendido sobre la roja tierra arcillosa se asustó Empezaron a gritar:

–¡Matamos a Dios, matamos a Dios!

–¿Pero cómo?, ¿cómo pudo ser? –se preguntaron.

–Yo creo que José le echó algo a la manaca, –dijo la muchacha asustada, todavía dudosa, intentando hacer memoria.

La comunidad enseguida fue en busca de José. Él estaba tranquilo en su casa, sintió la algarabía, vio venir a los parientes en cambote y les salió a su encuentro. Le preguntaron:

–¿Qué le echaste a la manaca, José?

–Camajay –respondió tranquilamente.

Todo el mundo quedó en silencio.

–Pero bueno parientes –prosiguió José–, ¿no decía que era Dios? Si hubiera sido Dios no estaría muerto.

La comunidad en su desconcierto se quedó pensativa. Se retiró unos metros para deliberar en asamblea. Después de unos minutos regresó, para comunicar a José la decisión tomada:

–Es verdad, tienes razón José, pero igual mataste a un hombre, ¡así que vas preso!

Tres hombres de la comunidad se llevaron a José detenido para juzgarlo en Ciudad Bolívar. Esa misma tarde se embarcaron en una curiara río abajo. Sin embargo, en esa época, ir desde Cacahual hasta Ciudad Bolívar podía tardar meses, según fuera invierno o verano; no había motor, el viaje tocaba a remo, a canalete, no estaba hecha la carretera de Puerto Ayacucho a Samariapo. Los raudales de Atures debían pasarse a pie, vadearlos por la montaña, cargando la curiara en hombros o sobre las cabezas, entre varias personas, por esos caminos fangosos, anegados, enmarañados de selva. Llegados a Ciudad Bolívar metieron a José en un pequeño calabozo. Cuentan que ese hombre angustiado no durmió en toda la noche. Dicen que se la pasó mirando hacia el río por entre los barrotes de la ventana, seguramente escuchaba su corazón, contemplaba el cielo inmenso, ponderando el valor de la libertad cuando la vio perdida. Al día siguiente bien temprano, fue presentado a los tribunales. La jueza, cuentan los más viejos, escuchó atentamente la declaración de José, se reunió con las personas integrantes del jurado y sentenció:

–¡Nooo, señores! ¡Este hombre es inocente!

José fue puesto en libertad inmediatamente y con los mismos parientes que le habían traído detenido hasta Ciudad Bolívar como reo, se regresó para su pueblo siendo un hombre libre. El mismo camino, pero de vuelta, remontando las corrientes.

El arribo a Cacahual ocurrió una tarde antes del crepúsculo, cuando el sol en el poniente iniciaba su descenso reverberando como oro derramado sobre el negro y cristalino río. A esa hora las toninas jugueteaban dando pequeños saltos sobre el agua, como intentando atrapar retazos del cielo refulgente teñido de arreboles. Las mariposas azules ondulaban sobre la corriente cerca de la orilla en señal de bienvenida a los viajeros, miríadas de cocuyos encendían y apagaban sus cuerpos preludiando entre el susurro de la selva la caída de la noche. Nada más atracar el bongo con sus tripulantes en el muelle, un rugir bronco de araguatos retumbó en la manigua.

El pueblo parecía abandonado. José descendió de la curiara, expectante. Puso el pie en la arena verificando en esta la marca de su huella, receloso, cual si regresara abrumado de un profundo sueño o retornara encandilado de una revelación. En el puerto no había nadie. El viento deambulaba silbando por la soledad de las calles. Ninguna persona estaba en las casas. José buscó afanosamente a sus parientes por todas partes para darles la noticia de su inocencia. Finalmente, en un claro de camino a la montaña, halló reunida a la comunidad entera. Les encontró arrodillados. Oraban ante una capilla de piedra levantada para honrar a ese dios a quién él mismo, en presencia de todo el pueblo, había dado muerte.

Incrédulo, comprobó que lo seguían adorando… Y hasta el día de hoy lo adoran…

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