literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Milton Ordóñez

Madame et Monsieur Rincón

C.C. vino de entre las matas y se sentó.

Al fin habló Bernardo:

—¿Qué viste por allá? —preguntó, aunque también él había estado por allá.

—Vi un mono.

—¿En el jardín, un mono?

—Sí. Igualito a usted, ahora que recuerdo —y empezó C.C. a mover los hombros y la cabeza con torpeza—. Caminaba así.

Bernardo entendió que se trataba de él pero siguió preguntando:

—¿Y qué hacía?

—Miraba las matas. Caminaba así y se agachaba de pronto a mirar. Decía con esa voz: «a ver qué es esto; esto es una amor—ardiente, mjm. A ver que es esto; esto es una siempre—a las once, mjm. Y esta que está aquí; ésta es una uña`e danta…» Pero siempre así, caminando así.

—Inteligente ese mono —apreció Bernardo, ya tranquilo y convencido de que no había nada extraño en la noche ni en el edificio.

Tomó la copa de la escalera y bebió: maravillosa noche. Todo parecía bien afuera y adentro.

—Yo también vi uno —se le ocurrió decir entonces.

—¿Verdad?

—Sí. Caminaba así como ese que tú viste. Pero no era tan torpe ni hablaba tan feo…

—Y se parecía a mí…

—A ver: —los dos se miraron— Sí… un poco.

C. C. cogió su copa del muro y bebió. Una rugiente motocicleta llena de luces llegó a la esquina, dobló y siguió. Bernardo miró la motocicleta hasta perderse. ¿La habría visto ella? No. Ella estaba atenta a otra cosa y parecía más tranquila que él. El estaba pendiente de lo que fuera. Más aún: tenía que hablar. Estaban muy callados y eso estaba bien; pero había sido él el de la invitación…

 
…adentro: C.C. miraba la televisión sin zapatos alargada en la cama y con las manos puestas en la cabeza, cuando él apareció en mitad del cuarto con el saco puesto como para salir. «Mira lo que conseguí —dijo sosteniendo delante la copa—. Reuní lo que tenía y compré esto: algo barato. No sabe tan mal». Ella pidió probar. Sí, no sabía tan mal. Pero estaba allí muy tranquila viendo aquel programa no tan malo también.

—Podría servirte un poco —insinuó él—. Pero no aquí.

—¿Dónde?

—No sé. Me gustaría afuera. Me gustaría salir, dar una vuelta cerca. Me hastía un poco la casa.

—La casa —asintió ella cruzando las piernas y sentándose en medio del colchón—. Todos vienen y es aquí donde se bebe, se habla y se hace de todo. Yo también quisiera afuera, Bernardo, pero no hay plata y tampoco quisiera ir muy lejos. Estoy tranquila aquí.

—Podemos ir por la cuadra; dar la vuelta y volver.

—¿Copa en mano?

—Sería elegante. ¿Quién puede decirnos algo? No andamos con una botella, o rascados y haciendo ruido…

—Bueno —dijo C.C.—, lo haré por ti. ¿Pero a dónde?

Bernardo se apoyó en la cómoda y miró el televisor; estaba lleno de polvo, tarros y cosas para el maquillaje.

—Pensemos —dijo.

—¿Qué tal afuera, en la entrada del edificio? —propuso C.C.—. Llevemos las copas y nos sentamos en las escaleras, junto al jardín. Es bonito.

Bernardo dijo que no era lo ideal —y si le hubiesen preguntado qué era lo ideal no habría sabido responder. Un gran salón, quizá… En un hotel; un buen hotel. Y música, luces tenues, caballeros amables, suaves pasos en las alfombras y embalsamados platos de olorosa comida—, pero tampoco se le ocurrió algo mejor y aceptó.

Luego, yendo a lavar las copas para entonces servir y brindar con aquel menjurje, C.C. preguntó: «y de qué hablaremos cuando estemos afuera». Bernardo hizo que no había oído, y, antes que lo repitiera pidió que su trago llevara un poquito bastante de agua: «últimamente me cuido. El trago puro va como perforando cada vez más las paredes del estómago. ¿Leíste eso que te pasé, lo del alcohol y las enzimas en las mujeres…» Y cuando estuvieron servidos, C.C. vistió el sweter marrón, se puso al cuello una bufanda de lana azul con tocados de blanco y salieron con las copas, haciendo que caminaban como viejitos encorvados de paseo por la cuadra.

¡Mmm, había buen aire en las escaleras! ¡La noche era limpia y transparente! hubiera podido decirse que cada muro silencioso, cada luz, cada puerta y cada auto estacionado ahí en esas calles podía ser tocado con el olfato.

C.C. colocó su copa en el muro del seto de las amapolas y entró al jardín sin dejar de andar como una viejita y dedicándose a examinar los grupos de matas. Bernardo la siguió. Repetía los nombres que ella se sabía y en modo general hacía todo lo que ella hacía. Luego él se vino. La noche ahí tan inmediata y robusta y serena a la vez, y unas sombras del árbol gigante que había visto mecerse en el alto mármol del edificio, además del licor y el brillo de la copa, le dispusieron de pronto a sentirse misteriosamente grande bajo las estrellas que estaban sobre su cabeza. Cuando ella vino y se sentó, tuvo necesidad de contagiarla. ¿Cómo…? ¿Cómo decir hoja, estrella, noche, olor, color indefinido de esta ladilla recurrente que es despertar a cada momento sobre el hecho de andar uno vivo? ¿Qué viste por allá? Fue todo lo que pudo preguntar.

 
Así que era mejor callar.

Volvieron a coger las copas. Bebieron, Bernardo miró de reojo el trago de C.C. por dónde era que iba; a qué ritmo descendía. Porque el alcohol en ellas y según el artículo ese… En fin. Volvieron las copas a su lugar.

El viento a veces venía y removía suave el pelo de los dos. Ella volvía el suyo a su lugar.

Ella bebió otra vez. Se repasó los labios con la punta de la lengua y al volver la copa, ésta casi se fue al suelo. La ubicó bien sobre el muro.

Bernardo bebió y volvió a beber.

C.C. lo miró y se ajustó la bufanda. El se hizo el loco.

Vino un auto. Vino otro. Vino otra vez el viento. —Aquellas luces me gustan —dijo C.C.

—¿Cuáles?

—Aquellas rojas en aquellos edificios.

—También me gustan —asintió Bernardo—. Son las luces de señal para los aviones.

—Parecen como solas, flotando cada una por su lado.

C.C. paseaba su mano por el aire. Entonces se la vio y dijo:

—Qué mano fea tengo yo.

Y hablaron sobre las manos. Las pusieron al derecho, al revés, una sobre la otra, aquella encima de ésta. Y él concluyó:

—No son las manos, son las uñas. Las tienes todas desiguales y negras y mal cortadas. Si te las cuidaras aunque fuera un poco…

—Trato de cuidármelas —decía C.C. poniendo los dedos extendidos—. Créeme. Pero una como que tiene siempre algo feo y sin remedio.

—¿Quisiera decir que debo hacerme la idea de que veré siempre, per sécula seculorum, esas uñas horribles?

—Sí.

—Bueno, C.C. —agregó molesto—, al menos córtatelas.

—Me las voy a pintar, Bernardo. Estoy dejando que crezcan.

 
Entraron y en la cocina sirvieron otra copa. C.C. lo hizo. Bernardo, de pie, miró las copas llenarse y miró también el escurridero de los platos y la bandeja plástica que recoge el agua, ambos con esos rotos y esos sucios pequeños que ya les conocía. Y para qué mirar el resto: la puerta de la nevera con sus síntomas de oxidación, las ranuras ennegrecidas de las baldosas, el polvo blanco en las esquinas para las chiripas…

—Salud.

—Salud.

Y en la sala se sentaron. El por allá y ella por acá.

Se miraron con la copa en los labios.

Rieron.

Miraron el jardín saboreando el ron barato. La suave luz de la lámpara del rincón llegaba hasta las hojas largas de los helechos, que estaban siempre en un movimiento corto y apretado.

Bernardo cruzó una pierna. Se tocó un botón del saco y dejó, flácida, la mano allí. Se imaginó que estaba en un elegante y amplio lugar con mucho ruido, a la espera de una señal para ponerse en pie y entrar en alguna acción distinguida: «Es un placer y un honor saludarle, Monsieur Rincón».

—¿Viste que se llevaron el mueble para forrarlo? —preguntó C.C., que estaba donde iba el mueble.

—Claro —dijo Bernardo desde la otra pared—, estuve aquí esta mañana cuando lo sacaron; me tocó ayudar. Te ves muy bien ahí, Cecé, junto a la lámpara y con tu bufanda, debajo de ese enorme cuadro —aunque de caerle encima, pensó la desnucaría—. No te muevas mucho —le previno—; lo tienes a tres centímetros de la cabeza.

C.C. volteó hacia arriba con cuidado para comprobarlo.

—Oui, Monsieur Rincón —asintió con una venia—. Lo tomaré en cuenta.

Tres Jackelines en una sola pieza

Don´t touch me unless you love me. Jalofonte

No quiero dormir. No puedo dormir. ¿Pero y cómo, si me acabo de despertar? Había una taza con agua ya casi para hervir. De pie, frente al microondas, Mathie Sroka tomó una cuchara para colocarle el café, cogió el pote del café y cuando lo abrió ¡no era café . . . ! Era jugo de tamarindo instantáneo.

¡Genial . . . ! –se dijo-, hemos sorprendido  al  cerebro  con  las  manos  sobre  la masa, la  masa  vuelta  un masacote . . . Imposible que lo pensemos todo; que todo cuanto hagamos sea verdaderamente pensado. El cerebro actúa en porciones, pequeños programas de instrucciones dadas . . . Pero a veces . . . a veces las sinapsis . . . , poco o nada de potasio en el cuerpo, hace que los terminales actúen de manera equívoca. En vez de fricción, saltos y tropezones.

Había media botella de Bacardí en el cajón . . . aunque temprano. A decir verdad, demasiado temprano. Había clase de biología a las 7 . . . “¡Había . . . !” Había trabajo a las 10, pero eran precisamente las 10. Clase de lógica a las 12 y matemáticas a las 5 y trabajo de nuevo a las 7.

Mathie Sroka preparó jugo en vez de café. Sacó la botella, se sirvió en la copa morada “I went all the way in Y2K, Barbados” –así decía la copa morada-. Dijo: “¡Por el cerebro y todas sus funciones fallidas!” Bebió. Pisó con el jugo de tamarindo y se acostó de nuevo a pensar. “Es una delicia pensar”. Pensar por ejemplo en Giselle . . .

Una oleada de calor se vino sobre el cuerpo de Sroka y su mente cayó en el vacío. Todo se volvió inexplicablemente incómodo, el cuarto se volvió una prisión. ¿Alguna manera de escapar? Ninguna. Esto se llama la eternidad. Podríamos irnos pero hay que pararse de aquí, tomar un baño primero y entonces salir. Sin embargo me niego, no me quiero bañar. No hay nada en qué pensar y menos soñar. ¡Soñar. . . ! Si la noche entera he soñado y luego, dando vueltas en la cama, se han ido las horas soñando las porquerías más inútiles que pueda uno soñar. No quiero dormir. No puedo dormir. ¿Pero y cómo, si me acabo de despertar?

Pienso en un revólver. Alguien, en una película, echado temprano en la cama, mira el revólver de plata que tiene en su mano. Lo coloca en su sien. Hace calor. Es una hora para no estar en la cama. No tiene nada en qué pensar y eso lo agobia. No es infeliz. Pero el zigzag de las cosas, un mundo por ratos implacablemente veloz, y nada . . . Nada en especial; esta hora y este revólver tan cerca. Va a disparar en la sien . . . Pero todos saben, todos los espectadores, que no morirá. No se disparará porque apenas la película empieza y es este el actor que todos vienen a ver. Mas, nunca se sabe.

¡Va a disparar y se detiene!. Quiere ver la bala que perforará su osamenta. Saca la cartuchera y toma la bala. La mira. También, para colmo, saca un mapa del cerebro de su clase de biología y trata de bucear el destino de la bala suicida, el camino por recorrer y las zonas afectadas. Le resulta tan entretenido que ríe y deja lo del disparo para otro día. “La vida es así, como dice papá”.

Sroka abre la puerta del cuarto porque “algo hay que hacer, de lo contrario nos mataremos”. Entra una suave briza. Pone la emisora de la universidad. Se recuesta de nuevo y su espíritu renace. Pienso en Giselle . . .

Hace poco, en una clase donde Giselle ni siquiera estaba, la recordó tal y como la había visto la última vez. Olvidada de lo que el profesor decía, volteó a hablar con Sroka y se acomodó muy bien. Las piernas estiradas a un lado del pupitre, acodada perfectamente sobre el espaldar y la tabla. Hablaban de Platón y la apología de Sócrates: ¿A todas estas, cómo fue que murió él? Porque habla de su defensa, pero no de cómo murió –pregunta Giselle . . .

El salón está en un piso tres. La luz del mediodía entra por las 18 ventanas como una tranquila pero definitiva invasión radiofísica que llegase a las venas y termina arrasando los pensamientos. Todo es luz. Luz y Giselle con sus largas piernas de bluyín preguntando cómo era que había muerto el maestro de Platón. Pensó en otra película: “Un minuto con Giselle”. Tenía 19 años. Su boca era como un botón de flor; botón todo por aflorar. Labio redondo arriba, labio redondo abajo. Dientes como un dibujo. Pelo amarillo marrón, corto, abundante y con gracia sobre un cuello lleno de gracia también. Alta. Maravillosamente grácil y siempre en sandalias. Pero lo más notorio eran sus ojos. Grandes y llenos de belleza y vivacidad. Se colocaba sus lentes y aquellos ojos expandían el espacio todo como dos bolas electrizantes y juguetonas.

El Bacardí se acabó. Mathie Sroka comió bistec con ensalada de oliva, arroz, y salió a caminar.

El día era un esplendor. La vida, después de todo, otra maravilla.

En un bar una gorda dormía con las patas sobre una silla. En otro las mujeres comían. En otro la música era calamitosa. En otro barrían. En otro también dormían.

Se comió un pincho de cerdo. “Algo de cerdo, de cuando en vez, no nos puede matar”, dijo a la mujer. La mujer le dijo: “Yo lo como todos los días”. Sroka le dijo: “Ah, así es como debe ser”.

Volvió atrás. Creo que me iré a casa. Vio de nuevo a los que dormían, a los que barrían, a los que no oían, a los que también comían, a los que también dormían y vio una puerta cerrada: ERICK’S BAR, decía la puerta. Me llaman la atención estos bares cerrados, ninguna invitación para entrar y un cristal con cortina. Se decía Sroka que en ellos algo siempre pasaba.

Tocó el timbre y de seguidas el mecanismo eléctrico de la puerta roncó. Se trababa. Sroka empujaba pero la puerta se atascaba. Esperó. Alguien parecía abrir desde adentro sin poder. Tocó de nuevo. El mecanismo roncó. Todo se repitió de la misma manera. Hasta que por fin. Un rostro amplio y negro, bello y sonriente, con dientes blancos como la leche, le dijo: ¡Hola, pasa adelante!

-¡Gracias!

No había nadie. Dos mujeres. La que abrió y una detrás de la barra, una barra de lado, al fondo del local. Antes, dos mesas de billar y un elefante grande de peluche gris junto a una pared. Una rokola y baños. Más allá, una entradita con guindarejos y luz morada en el interior. Sroka dejó que la mujer fuera adelante. Era cortica, sus chores también, pero el negro color de su cuerpo y aquella sonrisa lo enamoró. La vida le pareció más maravillosa que nunca. Fue donde el elefante. Lo examinó.

-¿Y ese elefante? –preguntó a la otra mujer, acomodándose suave sobre la barra en los últimos taburetes debajo de un enorme ventilador, calculando que allí, allí era el mejor lugar, porque ella vendría, se sentaría con él lejos de los demás, los que llegasen después. Aquel rincón para los dos.

La mujer corta, del otro lado, completamente de frente a Sroka, se echó también con suavidad sobre la barra y, sonreída y con despreocupación, contestó alzando los hombros: Jhm, un elefante . . . ¿Qué quieres tomar?

 -Un Coors Light.

Fue. Vino con la lata envolviéndola con dedicación en una servilleta. La enrrolló dentro de la servilleta.

-¿Me brindas un trago? –preguntó Sroka a la mujer.

-Mi amor, lo que pidas . . .

Ambos se miraron de cerca y rieron. Sroka levantó la lata y bebió. La vida le pareció una auténtica maravilla. Dijo en voz alta: “Si la vida es así, que prosiga y se continúe”. La mujer volteó y rió feliz preparando su trago. Mahtie Sroka estiró un poquitín su cuerpo para mirarla de entero: magnífico . . ., dijo meneando la cabeza, todo protuberante.

Vino la mujer: “Brindemos por tu llegada”, –dijo.

-No –dijo Sroka poniéndose cerquita-, brindemos por ti, por tu sonrisa bella y ese color maravilloso, por haber abierto la puerta tú.

Ella rió con pena, como encogiéndose, y chocaron de frente ambos recipientes, arrastrándolos con suavidad hacia el clink.

La otra volteaba. Arrinconada contra la registradora, se ocupaba en algo minucioso de lo que no lograba soltarse: números . . . Sroka había visto parte de su rostro pero quería ver el rostro completo. Le dijo, en un momento que la otra desapareció y quedaron solos, bar solo, una mujer en una registradora sola, un tipo con una lata solo, dos y media de la tarde, afuera un bullicio que no entraba, sólo imaginable. El rudo mundo allá, aquí nosotros, estas mesas de billar a media luz, esta cerveza . . .

-Ese elefante, ¿lo venden? –preguntó Mathie Sroka.

La mujer ni se movió. Sroka lo dijo más fuerte:

-El elefante que tienen ahí, ¿lo venden?

-No –dijo la oscura mujer de la caja sin moverse.

Sroka se fue un poco hacia ella y ella al fin volteó, más bien buscando algo.

-¿Y si hiciese un cheque en blanco? –insistió Sroka.

-Maldita se la madre . . . –dijo la mujer regresando a su registradora.

Vino la corta. Sroka le hiso un seña: ven y siéntate aquí. Ella tomó su trago y vino. Se hizo en otro taburete, junto a Sroka. Se acomodó bien. Era redondita y aquel color no terminaba de asimilarse a la mente de Sroka; no he visto algo así. Bebieron. Todo era perfecto.

-Dame algo para poner música –dijo ella.

-Lo que pidas, mi amor . . .

La mujer se levantó. Mathie Sroka, dándose media vuelta en el taburete, la siguió con la mirada. Ella le preguntó ¿qué quieres escuchar?

-Mi amor, yo escucho por ti. Pon lo que se te antoje –dijo Sroka meneando la cabeza como un incrédulo.

Ella buscaba y Mathie Sroka, ante semejante rabo voluminoso, se levantó y fue allá. La sujetó suave por la cintura y los dos se dedicaron a seleccionar: dale pa’tras, vuelve pa’lante. Sigue. Páralo ahí.

La dueña del elefante y del bar la llamó. La mandó a comprar un almuerzo. Sroka esperó; todo en la vida aes cuestión de esperar . . . Cuando regresó, le dio otras órdenes más y al mismo tiempo preparaba unas bolsas . . . –de plástico, ese ruído amenazador de los pobres, su eterna compañía, bolsas plásticas hasta la muerte-: ¡se iba . . . !

-Llámame el taxi –le ordenó a Jackeline.

Llámale todos los taxis del mundo, se dijo Sroka.

Y quedaron solos.

Jackie puso un canto negro de tambores y empezó a levantar los brazos y mover la cintura frente a Mathie Sroka. Mathie Sroka, echado en el espaldar, sonreía con su trago entre manos y entonaba con los tambores “olee olá, olé olé olá . . .” Levantaba un brazo. Ella tocaba ese brazo; se tocaban ambos por las puntas de los dedos en alto. Esto pasa dos o tres veces en vida . . . Todo está escrito. Una noche, dentro de no mucho, estaremos juntos y Jackie bailará para mí en un cuarto feo de una calle seguramente fea –y tiros cercanos como los de ayer, tiros en la calle atrás de la casa; amaneciendo, a una hora rara-. Todo feo, menos nosotros. Seremos la gloria y me acordaré que la vida, con todo, es una maravilla que llueve como en los desiertos: siete años por medio –y una de esas veces podría ser por la puerta. ¡Conoces la puerta! Conozco varias. Me refiero al museo, la puerta del . . . Yo sé, el museo restaurado, la puerta que da a los muros de la ciudad vieja, la calle alta y abajo, al frente, el mar. Hay una palmera y el muro antiguo. Viento. La puerta es majestuosa, con lámparas coloniales, balaustres finos en la media ojiva arriba del marco, adoquines en el piso. Si salgo con alguien por esa puerta y miro a todas las distancias alcanzables, sé si ese alguien es alguien que amo para siempre. Lo sabré en el momento porque ella, igual que yo, algo distraída, mirará esas distancias y al saber que todo es tan distante en nuestras mentes, lo percibiré. Porque eso es también lo que micras antes, micras después, habré sentido yo. Cero ideas, todo en el cuerpo; primero lo aloja el cuerpo, luego se esfuerza la mente. Giselle, ambos en la puerta, mirará a un lado y luego a otro –el viento vendría, la palma daría un chas- y pondría una mano sobre mi hombro, como alababa Cowfield de las novias verdaderas. Diría entonces, ¿a dónde vamos a ir?

Jackie entra en las piernas abiertas de Sroka. El la toca por la cintura y ella se contonea, da vueltas mirando al piso y mirando a Sroka. Ponen los labios cerca. Mathie Sroka la aprieta entre sus piernas y ahora se besan sin Jackie dejar de moverse. Se meten la lengua. Se abrazan. Se toman el uno al otro. Se sueltan y Jackie se aleja haciendo remolinos como convertida en trompo mientras Sroka le da a la barra remedando tambores. Suena la puerta.

-¡María! ¡Mira, él es Matio . . . ¡

-Soy su novio –dice Sroka.

-Y nos vamos a casar –dice Jackie.

-Vamos a tener cuatro hijos negritos y bonitos como Jackeline –dice Sroka sin de dejar los tambores.

Jackeline ríe.

-Matio, bríndale un trago a María, nosotras somos como hermanas –dice Jackie.

-¡María, mi amor, sírvete un trago y brindemos por la felicidad de los tres!

María entró a la barra, puso sus cosas en un rincón –cosas en bolsas como aquellas también- y se sirvió.

Brindaron.

-¿Conoces a Jackeline Onasis? –preguntó Sroka.

-¿Quién?

-Jackeline Kennedy, años 70 . . .

-No, mi amor, yo no la he visto.

-Ah, no importa mi amor, tú no tienes que ver nada ni tienes por qué saber un carajo. Yo te cuento la historia.

-Sí mi amor –dijo Jackie con cara de angustia, besando los labios de Sroka-, pero dame un traguito.

-Sírvete tres de una vez –dijo Sroka-. ¡La vida es así!, como dice mi profesor de historia. La historia es la historia pero esta vida ya tú sabes cómo es. Escucha.

Jackeline se sentó con su nuevo trago y Sroka contó cómo esa Jackeline, de secretaria, pasó a ser la esposa de un presidente exitoso y de cómo ambos se convirtieron en la pareja americana ideal: jóvenes, bellos, famosos, glamorosos. Jackeline Kennedy pasó, con su muy exquisito gusto o el de sus diseñadores, a regir la moda de todo un inmenso país y hasta de toda un época, con sus vestidos de corte sencillo y cuello redondito solapado. Pero había, como en toda historia principesca, ¡sombras en el porvenir! Los Kennedy eran gentes de destinos fatales. Este adorado esposo fue tiroteado en medio de su mandato y murió. El mundo entero lo lloró. Quedó un  hijo, con idéntico nombre que el papá: John Kennedy Junior. Jackeline se casó al poco tiempo con Onasis, el hombre más rico del mundo, y así su leyenda quedó sellada para siempre. El pequeño John creció y con el tiempo fue el hombre más apetecido por las mujeres de Nueva York, donde vivía. No exactamente rico –ni tampoco muy intelignte-, pero a juzgar por ellas, el más bello del universo, sin quitar  desde luego  la importancia  de  ser un Kennedy, hijo  además de  aquellos dos  . . . Y trotando un día por Central Park, donde hay que ir a trotar si se es persona de caché, y a buscar buscar la muerte también, conoció a otra Jackeline más –y así tenemos a tres, tres Jackelines en una sola pieza, de las que tú, por su puesto, eres la más hermosa, con esos cenos inmensos y ese color de pastel quemado-. Esta Jackeline se apellida Bisett, si más no recuerdo. . . Jackeline Bisset, una de las más deseadas mujeres por su belleza y su glamour. Se gustaron y ya tú sabes, una boda de bueyes, ¡de reyes! Pero a este Kennedy la fatalidad ligada al apellido –o a los genes, acotó Sroka levantando un dedo para remarcar mejor, genes amantes de lo riesgoso-, le hiso su consabida coartada. No sabiendo pilotear muy bien, el muy loco, hijo de su madre, hijo de su padre, nieto de su abuelo y bisnieto de su bisabuelo, se fue en su avioneta para la boda de otros famosos en una isla por allá por el carajo viejo, con la singularidad de hacerlo empezando la noche, como si el día no fuese lo suficientemente largo para transportarse  de un sitio a otro  y hacer lo que  de noche  no se  debería.  ¡Y . . .  ¡Y . . .  Y!, como dice mi profesor de historia. ¡Y!, llevándose de paso a su bella esposa, adivina qué les pasó.

-¿A quién?

Sroka se pasó las manos por ambas cejas y luego por el pelo todo.

-A tu abuela –dijo.

-Mi abuela –dijo Jackie- también murió.

-Bueno, mi amor, todas las abuelas mueren tarde o temprano –dijo Mathie Sroka-. Dame una cerveza ahora sí.

-Y me das a mí para poner una canción.

-Lo que me pidas, no joda.

-Y un trago para María.

-María –dijo Sroka-, yo no soy rico. Tómese el último y ya, te sientas a ver televisión. Mira que se aprende más mirando la tele que bebiendo como un cochino.

-¡Oh, le dices a María que es un cochino!

-María, Mariíta, mi amor, mi cuñadita, no lo tomes a mal –explicó Sroka-, es que soy estudiante y debo cuidar mi dinero. Mira que si uno se casa, muchos gastos amerita una empresa de tal proporción.

María dijo algo . . .

-¿Qué dice María? –pregunta Sroka.

-Que los ricos son siempre así con los pobres. Ella cree que tienes dinero.

-Que crea lo que quiera –dice ahora Sroka a Jackie-. Me van a venir con esa mierda: los pobres y los ricos . . .  –agrega quejándose. Jackie ríe. Parece haber entendido al menos eso y eso le produce mucha gracia a Mathie Sroka.

-Jackeline –dice-, te voy a regalar una cosa.

Jackeline tiene que lavar unos trastos antes de venir a sentarse con Sroka. Sroka piensa, no sabe por qué, “estas neuronas . . .”, en el ex jefe de una compañía donde trabajó hasta hace meses. Hacía de guardia en esa compañía y un día le dijeron “no podemos, así, seguir contando con tus servicios”. A Sroka le pareció bien y se fue. Hace dos semanas reclamó el seguro por desempleo y la tipa que lo entrevistaba llamó a la compañía para cotejar las versiones que existían de tal despido. A Mathie Sroka se le hiso una cosa de película que, pasado “tanto tiempo” el señor Cruz –palabra temida por todos los guardias-, retornase a escena y de esa manera: a través de un tercero, en una oficina del quinto infierno y sin verle la cara –aquellas ojeras que tenía y como una zona morado-turbio alrededor de los ojos-, Sroka aquí, la tipa allí, Cruz en el teléfono. Se dijo a sí mismo que no lo conseguirían. Cruz era un tipo inconseguible –aunque quién sabe, inconseguible quizá para los guardias-. Dieron otro número. La tipa marcó. Pasaron a una extensión. L cosa se demoró. Contestó una secretaria. Vino otra espera. ¿Aló, es usted del señor Cruz . .  .  ¿ Le habla fulana de tal, del Departamento del Trabajo. Sucede esto y esto y lo otro . . .   . . .   . . .   Sroka no lo creía. Era él, Mr. Sacrosanto Cruz. ¿Se acordaría de su nombre, un tal Sroka . . . Sroki, Sruko? Se acordaba y perfectamente. Pero lo más sorprendente era –“y no sé qué coño de sorprendente puede tener”- que Sroka estaba ahí, callado, escuchando, o escuchando la mitad de tal conversación con su ex jefe, caído a la platea como un tomate venido de. . .

-Mi vida, ¿qué cosa es lo que me vas a regalar?

-Jackie se sienta, calculando primero que el voluminoso trasero caiga repartidamente sobre la tabla del angosto taburete. Su voz ha sido increíblemente dulce. Sroka respira llegándole el aire a los huesos. Circunspecto dice:

-Jackeline: ¿qué quieres que te regale?

-Algo que me haga recordarte siempre bello. Algo que siempre, cuando lo vea, me traiga recuerdos bellos de ti.

Mathie Sroka se echa atrás para expeler a todas anchas una bocanada de cigarrillo que lo devuevle a Erick’s Bar como un pelotazo de bola de spalding bateado y devuelto a la cabeza. El cerebro le da cuatro vueltas. Se toma el cerebro entre dos dedos.

-¿Qué te duele, mi amor? –dice Jackie.

-Tengo clase de matemáticas  a las cinco . . .  –dice Sroka-. No importa. Brindemos.

Se miran, brindan y se abrazan como dos melcochas aflojadas por el calor del sol y en el preciso instante en que la rockola dice “abrazaditos así al amanecer, cuando tú despiertes, cuando yo despierte . . .  Abrazaditos así . . .”

-Abrazaditos así . . . –repitieron Jackie y Sroka- Tengo que decirte algo, algo importante.

-Dime lo que tú quieras –dijo Jackie sin dejar de cantar-, abrazaditos, abrazaditos . . .

-Limpias de una manera que me enloquece . . . Me enloqueces . . . –le dijo Sroka al oído-. Pones todo lo mejor que tienes, moviendo cada pieza de ti como una máquina delicada pero atenta y bien engranada. Nada se resiste al trapo que tus manos, húmedo, entra aquí, sale allí, continúa por allá . . .

-¡ABRAZADITOS , ABRAZADITOS . . . !  –siguió Jackeline sin soltarse de Sroka, levantando su cara al techo, doblando el volumen de la propia rokola.

Sroka La miraba. Se dijo que después de todo, la vida era una palangana de mierda salpicada de “pústulas radiantes, reflejos de un futuro . . . Sí. La puerta del museo recién restaurado. Una novia adolescente, alta y floja al caminar. Una rama delicada cuyas dudas sólo están en el ir y venir de la briza. Un rato a derecha, un rato a la izquierda. Mientras la briza pegue y este cuerpo brille con la luz . . .” .

-Es más –dijo a Jackie-, si voy, si voy a la clase, una clase de matemáticas que tengo a las cinco, puede que hasta te lleve. Entrarías conmigo a ese salón que parece un anfiteatro de miniatura. Te sentarías al lado. Todos dirían: ese Sroka, ¿de dónde habrá sacado esa preciosura? Porque, déjame decirte, soy bueno, bueno en matemáticas y, como dijo una amiga, “eres bueno para todo”.

-¿Quién te dijo eso?

-. . . Qué.

La puerta sonó. Entró un gordo preguntando por Josefa. Eran las cuatro y doce. Josefa se había ido, quizá no volvería. Mañana. Pero mañana no sabremos ni dónde estamos, me dijo que viniera hoy. A qué horas. Ahorita, ahorita ue viniera porque iba a decirme yo no sé qué mierda. Algo del dinero. Dinero de quién. Eso es entre ella y yo. Pues hable con ella. ¿Pero cómo si no está? ¿Y qué quiere que nosotras hagamos, que la saquemos del inodoro? Dame una cerveza mientras espero. Le dije que no viene ya. Pero y entonces el dinero. Nosotras no sabemos nada de ningún dinero. Con más razón dame ahí una de esas verdes. La que toma el alcalde . . . Esa misma, pero ahora es para mí y no para ese cabrón. Pague primero, aquí se paga primero porque ya tenemos experiencia. No hay problema, yo tengo hasta para hacerme una estatua a mí mismo. Pues hágasela pero pague primero.

-Amigo –dijo Sroka-, esa estatua suya de qué sería, ¿de piedra o de metal?

-Toma –prosigió el gordo-, billetes de verdad, porque no ando con nada de mentira. Pago mi cerveza y pago hasta los calzones que el diablo dejó botados en Julia la Buena.

-Ahí me crié yo –dijo María, de ese sitio sale pura gente buena.

-Y de ahí salió mi abuela, que dios la tenga en el infierno, porque era más terca que palo de mangle negro.

-¡Ja Ja! –rien Jackie y María-, en el infierno se tuestan los que uno cree en el cielo.

-A mí –dice el gordo-, no me tuestan ni en la parrilla, soy más duro que un tostón pasa’o.

-Amigo –vuelve ahora Sroka-, esa estatua que usted se haría a si mismo –todos miran a Mathie Sroka y éste se traba por un momento pero finalmente dice- . . . ¿qué diría en la leyenda esa estatua?

-¿La leyenda de Scott y Joselo? –dice el gorde mirando fijamente a Sroka.

Sroka se levanta en el tubo de abajo de la barra y explica para todos que, “señores: cada estatua, al pié, reza una especie de consigna de vida que el estatuado se hace escribir para la posteridad …

–   . . . 

–  . . . ¡Algo por lo que tú quieres ser recordado por los siglos de los siglos! –agrega Mathie Sroka con un gran aspaviento de brazos.

El gordo se acerca muy ceremoniosamente a Sroka y le pone una mano en el hombro. Lo mira con fijeza. Es, en realidad, más gordo de lo que parecía (o parece desde aquí arriba); la cara, hinchada, más ancha que el mismo salón del bar. Todos miran. Sroka piensa en Giselle, en la puerta del museo recién restaurado y en la clase de matemáticas, una clase de matemáticas a las cinco, donde los pocos que quedaban se sentaban por allá y él por acá. Los supervivientes de la clase, de treinta quedaban seis y él era el segundo con mejores notas (y la otra era ayudante del contador de la universidad).

-Mi placa dirá: –dice el gordo botando un poco de saliva- “nací en mi propia tierra y no naceré en otro lugar”.

Sroka se sienta. “¿Pero piensas nacer de nuevo? –dice-, hablas en futuro: naceré. . . ¿Piensas nacer otra vez?, ¿no te basta con una?”

El gordo saca un revólver y Jakeline grita. Le pasean el revólver a Sroka frente a las narices y Sroka, mudo y quieto como un conejo, piensa en . . .No hay nada en qué pensar y menos soñar. ¡Soñar. . . ! Si la noche entera he soñado y luego, dando vueltas en la cama, se han ido las horas soñando las porquerías más inútiles que pueda uno soñar. No quiero dormir. No puedo dormir. ¿Pero y cómo, si me acabo de despertar?

-Lo que pasa –dice el gordo sentándose- es que Josefa tiene un puto enredo con las cuentas. Yo le he dicho cien mil veces que apunte bien las cosas, pero eso le entra por arriba y le sale igualito por abajo.

A las seis, faltando cinco minutos, Mathie Sroka salió de un bar de un supuesto llamado Erick, cuyo nombre estaba en la puerta frente a una plaza grande que de noche se llenaba de pordioseros jóvenes y viejos. Allí vivían. Debía Mathie Sroka doce dólares con algunos centavos y María Jackeline y María dijeron que confiaban en él. Iba por más dinero.

Se tiró un rato en la cama. Volvió a pensar en el suicidio. También en un apartamento con Jackie. En un futuro bello con Giselle. En un futuro sin alcohol. En un futuro lleno de alcohol. En la clase de Matemáticas 100, como se titulaba, en pleno progreso ahora, ¡ahora! Y en papá, que espera con excelente humor su pronta muerte. Me dijo: “No tengo problema en morir”. Allí, en su sala, rotando tranquilamente sobre su mecedora; mamá dando vueltas, poniendo una cosa por aquí, otra cosa por allá. Sabía de lo que se hablaba. Se hablaba de la muerte de papá. A mis ochenta y tanto, dos veces he estado en un hospital y más bien por falsas alarmas, decía papá. Bello papá. Lo atajé, porque a veces se extiende, con el discurso de Sócrates acerca de la muerte. Papá se interesó, y, cuando terminé, rió con magnífico humor. Total que todo este asunto no es otra cosa que, como acotara Ciorán, la única espera real por lo verdaderamente real: la muerte. Todo lo demás es un puro mar de palabras.

Sroka fue a la cocina. Se escuchaban las escalas de Herts que la hijastra solterona de la dueña de la casa practicaba al piano todas las tardes hacia las seis. Sroka sacó agua en un vaso y se arrimó al fregadero, detrás de la puerta aún sin cerrar de la nevera. Cuando volteó, le dio un empujó n a la puerta y vio un fantasma parado del lado de allá que le crispó todos los pelos.

-¡Rayos, qué cosa tan horrible es esta!

-¡Mathie!, ¡si eres tú . . .! –dijo el fantasma abriendo los brazos- ¡Feliz Navidad!

-Qué navidad ni qué ocho cuartos. ¡Me has asustado, maldito Jalofonte! –Jalofonte estaba descalzo y sin otra cosa que unos chores azules con flores rosadas grandes; el peloparecía un nido de palomas; la cara chupada, de tez marrón bronceado, hacía un increíble y escabroso juego con el resto del esqueleto que, como de costumbre, sonreía mostrando unos magníficos dientes que parecían de caballo.

-Mathie . . . –repitió Jalofonte subrayando la frase con vehemencia-, feliz navidad. ¿Dónde has estado metido?

-¿Dónde has estado metido tú? –preguntó Sroka a su vez-. Yo he estado metido en mi cuarto meditando sobre importantes asuntos. Tú sabes que soy un hombre de ideas trascendentes.

-Repíteme esa palabra –dijo Jalofonte acercándose a Sroka con un gran tufo. Sroka arrimó un pie adelante para mantener a Jalofonte, en lo posible, más o menos distante.

Trascendente –explicó Mathie Sroka solemnizando con una mano-, es todo aquello que no pertenece a este mundo vano, pasajero y pestoso.

Jalofonte sonrió, mirando al piso y tomando a Sroka por un hombro. “Mathie, tú siempre con tus inventos . . .”, dijo con un tufo en el que se revolcaban olores de establo con otros relacionados a cloacas y ollas con comida putrefacta. Sroka quiso vomitar.

-Sabes, el domingo recé por ti y por todos ustedes –prosigió Jalofonte-, le pedí a dios: diosito bello, ayuda a los muchachos. Ayuda a mi esposa y a mamá, tú sabes que son buenas personas . . .

-Jalo . . . mírate y dime si no es tiempo ya de que vayas meditando un poco en otros asuntos. ¡Mira cómo tus piernas se tambalean, Jalo! ¡Mira tu pelo . . .!

-¿Qué tiene mi pelo?

   -¡Tu cuarto! Mira ese cuarto, pronto se parecerá al de Misael, tan sucio, revolcado y vacío que . . .

-¡UN MOMEN-TO! -Vociferó Jalofonte casi yéndose de espaldas-. ¡Párame eso ahí! Misael era un tipo que no se comportaba. Me gustó que se lo dijeras, ja ja   –Rió. El aliento llegó al techo y Sroka lo rodeó para alejarse un tanto hacia el pasillo-. Mathie, pero recuerda, yo soy un hotelero y me gusta la limpieza. Mira,  tengo líquido de limpiar allí . . . ¿quieres un poco? Tengo esponja, tengo líquido de limpiar también, ¿quieres un poco?

-No Jalo, no quise decir eso. Tú eres un tipo muy aseado . . .

-Acuérdate que yo soy un hotelero, estudié hotelería en Nueva York y fui gerente de actividades en el Caribe Hilton –dijo Jalofonte en tono duro y remarcando con un dedo en el aire.

-Jalo, pero tienes que lavarte un poco la cara y . . .

-¡No no no! ¡No permito que me llamen cochino!

-¡Jalo!, querido Jalo, sólo quise que te rieras un poco  . . .

-¡Conmigo nadie  bromea! –dijo un Jalofonte ahora sí completamente molesto, mientras Mathie Sroka lo seguía al cuarto. Sroka le puso una mano en el hombro- ¡Don’t touch me! –dijo Jalofonte levantando ambos brazos volteado frente a su puerta-. ¡Don’t touch me unless you love me!

Vino Carlos, arrastrando sus sandalias con apuro. Venía igual a la cocina pero antes se metió entre lo de Jalo y Mathie: “¡Jalo, baja la voz que doña Sucé . . . !

-¡A mi doña Sucé  . . . ¡

-¡Epa, qué es lo que pasa allá abajo! –gritaron de las ventanas de arriba en el patio. . .

-Métete a tu cuarto, Jalo, y acuéstate –dicen juntos Sroka y Carlos.

Jalofonte se altera más todavía.

-¡Nadie puede decir nada de mi cuarto! ¡Y quítate de mi puerta, porque yo pago aquí y mi hogar es mi hogar! Mi hogar se respeta. De aquí para acá –dice marcando incisivamente con un pié, cogiéndose del marco- es mi hogar. De aquí para allá. . .

-¡Voy a bajar de inmediato! –gritan de nuevo- ¡Esto no es un bar, es una casa para huéspedes! Ya mismo hablo contigo, Jalofonte.

Carlo tomó un paquete de la nevera y se marchó. Mathie empezó a reírse. Se reía y decía, “todos ustedes parecen una comiquita de sábado en la mañana”. Jalofonte seguía con lo suyo:

-¡Tú puedes hacer lo que quieras, pero de aquí para acá nadie, escúchame bien, nadie tiene derecho a entrar porque este es mi hogar!

-Este no es tu hogar, Jalo, esto es una podrida cárcel que nos hemos ganado por ser tan idiotas.

Jalofonte da un portazo que resuena en todo el recinto. Mathie, con el vaso de agua todavía sin probar, se tira en el sofá. Jalofonte abre de nuevo con otro sonido espectacular. Las llaves en la reja suenan. Entra doña Sucé directo a la cocina. “!Tú, Mathie, y tú Jalofonte se me van de la residencia! No los quiero más aquí. Tú Jalofonte el próximo jueves y tú Mathie el próximo sábado. Ya se los he prevenido. Esto no es esto ni es lo otro y tacata tin tacata tan . . .” Jalofonte se devuelve al baño:

-¡A mí me lo pasa por escrito! –dice Jalofonte con voz rugiente.

-¿Qué quieres tú que te pase por escrito? –dice doñaSucé.

-¡A mí me lo pasa por escrito! –repite Jalofonte haciendo que su mano escriba en el aire. A Sroka le hace tanta gracia pensar que Jalofonte parece “un escriba salido del infierno” que lo agarra otro corto ataque de risa, allí, vaso en mano y en el sofá de la sala con doña Sucé alzada en humores frente a él-, número de registro, dirección y teléfono.

Y retorna Jalofonte tambaleante por el oscuro pasillo hacia su baño.

-Por papel con goma es que te puedo pasar yo si no te vas el viernes que ya te dije –dice Sucé con firmeza y sin alterarse; no miraba a Sroka para nada-. No quiero borrachones aquí se los he dicho ya dos veces. Así que ya saben.

Se va. Las escalas de Hertz se vuelven crispadas en la parte alta del piano.

Jalofonte vuelve. Llega hasta el umbral del pasillo, junto a la nevera. Mira como buscando a . . . Luego mira con gigantescas cejas alzadas a Sroka y dice con voz de ultratumba “ese que toca el piano, chan chan chan, no puede ser otro que Mozart o Beethoven”. Y sube la voz casi en un grito, “¡Mozart o Beethoven!” Y retorna al baño rumorando y dando tumbos igual. La casa queda en silencio. Esta vez Jalofonte se aloja en el cerebro de Sroka como una sombra en pena . . . Un hombre marchando al ocaso. “Uno se cansa, Mathie, uno se cansa . . .”

Déjame pararme de aquí y . . . diablos, tengo algo para hacer y no me acuerdo qué es. Leí en alguna parte que si a la cuarta uno no recordaba era que . . . ¡Jackeline, oh sí! Erick’s Bar. ¿Quién será Erick?, apuesto a que nadie. Pudo ser Erick como pudo ser Victor como pudo ser Buoshua, mi profesor de matemáticas: Buoshua’s Bar . . . Tuvo una gasolinera, ¿por qué no podría tener un bar? “Sí, así es. Enseño matemáticas y tengo un bar pero nunca voy porque soy musulmán . . .” Así dice un cuento que conozco de Suketu Metha; el protagonista es de Vietnám, es musulmán y tiene un bar en la Gare du Nord de París. No bebe pero regenta un bar. ¿Y? Perfecto, uno puede darle veneno a la humanidad y orar al tiempo por el bien y la superación de todos. Nada tiene que ver con nada, como debe ser, como tiene que ser. Los hechos y cosas son todos independientes y cualquier relación entre ellos es sólo producto de aberradas imaginerías. O sea, el mundo no existe, quizás lo que exista sea un universo de ideas deambulantes como cometas en el espacio. Pero no hay relación entre ellas. Puedes decir: me caso mañana. Todos te creen. Y resulta que mañana están todos ahí y tú estás en tu trabajo. Finalmente, cuando te vean, dirán, ¿y no era ese día tu  matrimonio? Cuál día, respondes tú, si este día es el único que reconozco por verdadero día . . . Bueno, esto está un poco cansón, buscaré ese dinero e iré a ese maldito bar porque no tengo otra puta cosa qué hacer esta noche, que ya comenzó y todo a la mierda ha ido a parar. Buena forma de pasar el día, son las siete y dale y no he hecho nada. Como si fuera tan importante hacer algo.

Mathie Sroka se tiró en la cama con la puerta cerrada. La oscuridad fue total. También sintió hambre, “una almohada en la barriga”. ¿Y si durmiera de una vez? ¿Y si duermo y me doy cuenta que no me duermo, que nada sueño y estoy por lo tanto despierto, horriblemente despierto cuando pensaba que dormía?

Se paró de un tiro y encendió la lámpara. Fue por un poco de queso a la nevera. Bajo el microondas, un poco de Bacardí quedaba en una botellita de menor tamaño que aquella. En la papelera vió otras tres. En total, había botellas a diestra y siniestra, vacías y  hasta con restos . . . Sentado en el piso se agarró la cabeza. Bebió un poco. Bebió todo lo que quedaba y tragó varios trozos de queso de palma. Se sintió bien. Más bien que un rey. Rugió en medio de su cuarto y se dijo que había que quemar el destino de este día asqueroso pero finalmente con una incandescencia de belleza sin igual. La vida puede ser así de fulgurante . . . de cuando en vez.

Entonces se escuchó un ruído ensordecedor en lo que debía ser la cocina . . . Uno solo. Definitivo y sordo a la vez. Luego una voz -la de Jalofonte  . . . – rumorando algo intraducible. Luego gritos de las ventanas del patio: ¡qué fue lo que pasó ahí! ¡Qué fue lo que pasó ahí! El piano ya no se oía. Sroka pensó abrir la puerta de un tiro y enfrentar lo que fuese, era valiente. Una vez persiguió a un maldito ladrón con una roca –era una roca- corriendo por cuadras y cuadras para aplastarle la cabeza. Morir ya no significaba gran cosa, exepto ya no vivir. Podía ser un asalto en pleno medio de la casa, ya con uno caído . . . Abrió la puerta de un tiro y fue por otro pedazo de queso, “que bueno es tener una imaginación policíaca, podríamos escribir montones de novelones por el estilo”.

Por el camino se sentó sobre un carro. Una mujer recogía arroces junto a un canasto de basura y con gran delicia se los metía a la boca.

Llegó al bar.

-Apuesto a que pensaban que ya no venía –dijo Sroka pasando por las mesas de billar del Erick’s Bar.

-¡Mi amor!

-¡Mi amor!

-¿Nos casamos entonces?

-No, ya no. Lo pensé muy meditadamente y . . . no me parece buena idea.

-¿Por qué, mi amor, es feal la idea?

-Las ideas son todas bellas y por eso precisamente es que . . .

-Dime.

-Es que . . .

-Dime.

-¡Ah, lo había olvidado!: Un trago. Dos. Dos tragos y una escala de Hertz para volver a empezar. Vi un pájaro patas arriba peleándose con los cielos como en el reino aquel … El reino de  . . .

-¿Tienes un reino?

-Déjame ver. Estee S. . .

-Dime, amor.

-El reino de Palomares.

-A ese tampoco lo conozco.

-Dame el trago y te cuento el cuento, el cuento de Palomares.

-Que tipo este tan cabrón. ¡Ta’ bien!

*Publicados en: https://ficcionbreve.org y https://herederosdelkaos.blogspot.com, respectivamente.

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