literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuentos de Lina Giménez

ÁNIMA SOLA

A Beatriz, siempre Beatriz, con el afecto de siempre.

¿Era ella muy alta? ¿Era yo muy pequeña. A veces la memoria nos juega estas tretas. Creemos tener aprisionado un recuerdo y de pronto se nos esfuma en la niebla del tiempo. ¿Iba vestida con túnica blanca y llevaba en la mano una vela encendida? A lo mejor la túnica era morada y no llevaba ninguna vela.

La recuerdo con el cirio extendido, inextinguible, entre sus dedos larguísimos.

¿Silenciosos y terribles sus pasos?

No lo sé. ¿Cómo era realmente Ánima Sola? Tenía unos ojos negros, grandes y coléricos, como si una luz infernal le ardiera muy adentro.

En la calle desierta aparecía su figura altísima, teatral.

¿O era yo quien hacía de aquello un teatro? No lo creo. Los otros niños también le temían. Nunca tuve miedo a los fantasmas. Me reía de ellos. Pero Ánima Sola era un fantasma vivo. Y eso sí me asustaba. Escapada de una tumba al mediodía. No a la hora de los clásicos fantasmas, las doce de la noche, sino a pleno sol, como si quisiera que su presencia se afirmase para siempre en el recuerdo. Lo que más me asustaba era el misterio de su vida, no de su muerte. Siempre pensé que estaba disfrazada, pero ella creía en su disfraz. Aquello no era engaño. Era real y tangible, como sus pasos en la acera.

Ahora, treinta años más tarde, pienso que nunca supimos dónde tenía su morada.

¿Bruja? Nunca lo fue para mí. Siempre identifiqué a las brujas con las escobas, los gatos, las hierbas y las brasas candentes. La luz de Ánima Sola era fría, espectral. Más que encender, parecía apagar las cosas. Hasta la luz canicular del mediodía valenciano, hasta las nubes violáceas que a esa hora tenían un ribete dorado, hasta el verde intenso de los árboles de la casa de Beatriz.

Tan alta, tan sola, tan oscura. ¿Llevaba aquella vela para alumbrar su propia oscuridad o para hacer más claro el día?

Sola, recorriendo las calles calcinadas, despoblando de niños aceras y ventanas. Era el espanta-niños, pues en aquella hora hasta los pájaros huían de los aleros o se encogían solitarios en sus jaulas de oro. Una jaula siempre es una jaula. Una tarde, a la hora de la siesta, abrí la gran pajarera. Al principio los pájaros no se dieron cuenta. No conocían las alas de la libertad. Me metí en la jaula y comencé a espantarlos, a animarlos a volar, a subir a las nubes. Cuando ya terminaba mi tarea, alguien dio aviso a mi madre y apareció uno de mis hermanos mayores con la correa. Hasta la perdiz encanecida había levantado vuelo. Me gané soberana paliza. “Niña mala”, “inventora”, “destructora”, ”insoportable”. Los latigazos caían indiferentes sobre mi vestido delgado y mis piernas flacas. Sólo miraba el vuelo de los pájaros. Al día siguiente volvieron casi todos y se posaron sobre la tela metálica. El turpial, el azulejo, el cristofué, la paraulata. Tercamente recuerdo al periquito portugués, tan pequeño, tan verde, picoteando la tela, empecinado en entrar. Y la perdiz encanecida, sentada como una anciana a la puerta de la jaula, esperando su comida. Intuí que la libertad no tiene sentido cuando se está habituado a la esclavitud.

¿A qué viene esto? Yo estaba pensando en Ánima Sola, alumbrando en pleno día, el pánico de unos niños que en aquel tiempo no habíamos aprendido a volar. Después las alas se hicieron fuertes y tentadoras, Casi todos emprendimos el viaje, cada cual a su manera.

Yo me fui lejos, muy lejos. Al regresar he comprendido que el exceso de libertad es también una forma de esclavitud.

Ánima Sola, ¿en dónde estará la vela con que alumbrabas las calles del mediodía valenciano?

¿O es que nunca, jamás, existió?

EL HUMORISTA

a Luis Antonio y Fifa, gracias

Don Heráclito era un señor de Valencia. Aquella ciudad de hace cuarenta años, cuando yo era niña. Una ciudad de paredes encaladas, enredaderas de jazmines, bellísimas y damas de noche. Enraizada en su pasado, anclada en un valle de tradiciones y prejuicios, de sensatez y de locura.

No recordaba a Don Heráclito. Un hermano me habló de él. Era uno de esos personajes que formaba parte de nuestro mundo, sus casas, sus cosas. El mundo en el que vivíamos inmersos, rodeados de seres mágicos, de sucesos cotidianos que hoy forman parte de mis fantasmas entrañables.

Don Heráclito era un señor de «familia honorable». Sus costumbres eran un tanto estrafalarias, pero todos las aceptaban. Él era así. Padecía de gripes, de toses, de humoradas.

Acostumbraba usar una bufanda de lana alrededor del cuello. A las cuatro de la mañana, Don Heráclito se plantaba en el anteportón de su casa, enrollado en su bufanda, a ver el desfile de beatas que iban a misa a La Pastora.

Caminaban de dos en dos, de cuatro en cuatro, envueltas en sus mantillas, sus chismes y sus rezos.

Pasaban ante la puerta de Don Heráclito. Él estaba allí, en su sitio.

De pronto se oía un grito: ¡Don Heráclito! Él saludaba gentilmente: «buenos días, señoras. Aquí, como siempre, engripado».

Las beatas galopaban en tropel hacia la iglesia. Se confesaban, pedían perdón por todos sus pecados y especialmente por los de Don Heráclito.

Si alguna madrugada las beatas apuraban el paso para no verlo, él llamaba su atención diciéndoles: “Esta mañana estoy más engripado que nunca. Tengo que abrigarme”.

Ellas volaban. Aletear de palomas negras y asustadas.

Don Heráclito las miraba huir. Luego entraba en su casa. Se contemplaba desnudo en el espejo del cuarto de baño. Se quitaba la bufanda. Se bañaba saboreando el agua, el jabón. Se ponía los calzoncillos, los pantalones, la camisa, las medias y los zapatos. Se echaba agua colonia. A pecho descubierto, se disponía a desayunar. El sol ya había salido.

Los turpiales cantaban en el patio. Los jazmines y las bellísimas se enredaban en los aleros. La “dama de noche” perfumaba la mañana.

La “dama de noche” es una flor noctámbula. No huele de día. Las de Don Heráclito eran diferentes.

LA MORFINÓMANA

A José Rafael Pocaterra, gracias, QEPD.

Llegaba siempre a la misma hora: las cuatro de la tarde. Cuando la casa estaba aún sumida en la siesta valenciana. Esas siesta cálida, bochornosa, apegada al cuerpo y al espíritu con su dulzor de sueño aprovechado.

A esa hora todo el mundo dormía en casa, excepto dos personas: mi tío el sacerdote, que rezaba el rosario en el corredor, y yo, que casi siempre estaba en el jardín o en el tejado. Era mi hora de no dormir, de divagar. De soñar, con el privilegio infinito de estar despierta.

Aprovechaba aquellas horas en que mi madre, retirada a su habitación, no podía vigilar mis pasos. Me subía al tejado y allí tendida, sobre las tejas aún calientes, recién abandonadas de sol, contemplaba el cielo nítido y azul, en donde las nubes, como grandes corderos de algodón, atravesaban la tarde lentamente, pastoreadas por el viento.

A esa hora robada, maravillosamente mía, llegaba Trina, todos los sábados, hiriendo el silencio con el aguijón de su histeria.

¡Ay… Ayy… Ayyy!

Aquel grito agudo, enfermo, desesperado, atravesaba el zaguán, el corredor, el patrio, trepaba por las columnas hasta el tejado y me iba a encontrar allí, rendida de pena y rencor, contra aquella mujer, que arrastraba su desgracia como una bata de cola, larga, larga, larguísima.

Trina no tenía la culpa de su mal. Le habían inyectado morfina para no sé qué grave enfermedad y desde entonces la droga agarró su cuerpo y su espíritu como una mano irrevocable.

Decía mi madre que antes había sido una mujer alegre y bella, con los ojos castaños, unas luces verdes y misteriosas que delataban sus ascendientes libaneses.

Pero en el tiempo en que la guarda mi recuerdo era una mujer flaca, reseca y absorbida, como si toda la savia de su cuerpo se escapase en ese grito electrizante, en esos ojos absortos, estáticos, detenidos en el umbral de la locura. Ojos sin perspectivas, sin trastienda, ojos de un solo plano, como sellados a la profundidad, como lapidados por el vicio.

Yo no la quería oír. Temía a aquel grito certero como una puñalada. Odiaba sus manos huesudas, su pelo desgreñado, sus zapatos rotos. Sin embargo, no podía escapar de la morbosa fascinación del personaje.

Trina lanzaba su grito al llegar al zaguán, como la sirena de un barco pidiendo puerto.

Yo aguzaba el oído y escuchaba discutir a mi tío, el sacerdote de corazón blando, con Trina, la blanda mujer de corazón duro.

—No, Trina, no te daré dinero para eso.

—Dámelo padrecito, tú eres bueno, das limosna a los pobres. Tu casa está abierta para todos. ¿Por qué a mí me lo niegas?

—No quiero darte dinero para el vicio, para tu propio mal, morirás pronto si sigues inyectándote morfina.

—¿Pero no ves, padrecito, que ya no tiene remedio? ¿No ves que prefiero la muerte a este dolor?

Y empezaba de nuevo aquel alarido animal, desgarrándolo todo: la casa, el patio, las flores, las nubes altas, blancas. Desgarrando el corazón del sacerdote, desgarrando mi pequeño corazón.

—Mira, padrecito, mira la receta. Me la dio el doctor, me la dio el doctor.

Y llevaba la receta a su pecho, estrujándola desesperadamente, como si de ella dependiese su vida, su pobre vida de un solo camino. Ruta sin posibilidad de retorno. Cárcel sin posibilidad de evasión.

Yo escuchaba aquel diálogo martirizante, con el alma prendida en las palabras del sacerdote, quien creía proceder de acuerdo con la virtud, y los argumentos desesperados de Trina, defendiendo heroicamente las razones del vicio. Intuía oscuramente que el vicio, cuando es irreversible, es también una poderosa razón. Y mi mente infantil se inclinaba lenta, dolorosamente, hacia el platillo de Trina.

Su grito afilado se me clavaba en los oídos como un puñal sonoro. Lanzaba una última mirada a los blancos vellones del cielo. Bajaba del tejado, penetraba en mi cuarto sigilosamente, y tomaba el dinero que tenía dispuesto para golosinas. Llegaba hasta el corredor y hacía una seña a la mujer para que no siguiera discutiendo con mi tío. Luego salía por la puerta de servicio y entregaba mis ahorros a Trina con una mezcla de satisfacción y miedo.

Cuando mi tío me veía regresar, preguntaba con voz resignada: ¿Se lo has dado?

Un susurro afirmativo salía de mis labios. Yo amaba a mi tío. No me gustaba contrariarle, pero en aquellos momentos obedecía a una voz superior a mi afecto.

Siempre me he preguntado si aquella voz que me obligaba a sacrificar mis golosinas, no sería la de un egoísmo elemental, estético. No me gustaba la manera como Trina arañaba mi tarde azul, mis nubes blancas, mis sueños desatados. Su manera terrible de herir el silencio con sus gritos. La prefería lejos, distante, en donde no pudiese hacerle daño a la tarde.

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