literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuentos de lejanía

José Pérez

El oro de Yumbimbá

El negro Yumbimbá no era un negro cualquiera del montón de sacadores de oro de El Callao, de los mujeriegos de postín, de los sanadores de enfermos ni de los come culebras de las selvas del trópico. Su cuerpo tenía algo extraño y fascinante que solo percibían los animales, principalmente los perros y los monos. Le gustaba comer monos asados con yuca, y se presumía que los animales advertían el peligro al presentir sus pasos bajo los árboles robustos. Usaba un silbido muy fino, como de ave invisible, cuando se metía al monte, pero también los hombres sentían el escalofrío del sonido, y muchos hasta se meaban.

Algo tenía el negro Yumbimbá que no era normal.

Decían que en el estómago cargaba al diablo, y que nunca hacía su necesidad para no lanzar llamas infernales capaces de quemar a un pueblo entero. Según que el diablo sacaba la lengua por el ombligo de Yumbimbá, y los perros asustados ladraban como locos y los monos huían despavoridos, pero la gente solo veía aquella barriga enorme que sobresalía debajo de la camisa, siempre hirviente como una caldera, siempre templada como a punto de explotar; y el brillo en los ojos de Yumbimbá era como de un volcán bañado en lava.

Yumbimbá no tenía edad, no tenía hijos, no tenía padres, rastro conocido ni estela posible. Era como una sombra con fuego que todos miraban con recelo, y era el que más sacaba oro con solo rasguñar la tierra, con solo hundir las manos en el fango, y siempre tallaba el oro en su barriga y pronunciaba unas extrañas sílabas: «Yatá-Yatá».

Algunos decían que Yumbimbá se comía el oro, y otros, que se lo entregaba a Brígida, su misteriosa acompañante, quien no hablaba español, siempre descalza, de pies firmes, cuarteados; también negrita y con los ojos rojos. Ambos compartían una tienda de lona retirada del campamento, que olía mal, a verraco, a vaho de boa, a calabaza podrida. A menudo sonaba algo metálico allá dentro como si afilaran cuchillos. Otras veces salía humo oscuro, fétido como el carburo, al conjuro de unas voces también misteriosas: «Ye-tui», «Ma-kuá», «Te-ti», «Kamí-Patá».

Los mineros lo traducían a capricho y se mofaban al señalar que Yumbimbá se estaba bregando a Brígida, pero otros lo descartaban aduciendo que en realidad eran hermanos, y que provenían de una tribu primitiva escondida hace siglos en la espesura selvática de la Guayana Esequiba.
Un minero de Bélgica, embriagado con ron y cervezas tibias sorochas, quiso pasarse de listo e intentó meterse en la tienda de Yumbimbá. Una enorme serpiente negra lo enrolló por las piernas y lo lanzó contra los árboles con una fuerza brutal. Un poderoso viento estremeció el monte y llenó el campamento de polvo amarillo durante varios minutos, y dicen que sintieron los pasos de una fiera gigante que sacudía el suelo. Asustados todos, esa tarde nadie salió de sus tiendas y el silencio fue absoluto. El belga recogió sus aperos cuando amaneció, esperó el jeep de pasajeros que venía una vez al día y se quedó a vivir en El Callao como revendedor de oro, pero nunca más regresó a las minas.

Un domingo que llovía recio, un grupo de mineros se fue al pueblo a comprar provisiones en el jeep de Ernesto, uno de los transportistas, y se trajeron a un cura que quería bendecir la mina de Casablanca. Para que descifrara el misterio de Yumbimbá y lo exorcizara, lo sobornaron al llegar, con algunas piedritas doradas. Además, vistieron al cura con botas de seguridad, camisa gruesa y sombrero de faena para que Yumbimbá creyera que se trataba de otro obrero que buscaba trabajo en la mina.
Esa noche nadie sintió a Yumbimbá ni a Brígida.

Los jornaleros hicieron ruido hasta tarde, bebiendo ron y asando carnes, pero la tienda lejana permaneció oscura y silente. Al padre Nicasio Noriega lo apertrecharon en un chinchorro cerca de los depósitos de agua, hacia el camino del río, donde dormían los perros. Sin embargo, no amaneció ahí, ni lo sintieron salir al amanecer.

A las cinco de la madrugada ya todos preparaban sus herramientas de trabajo y la comida del almuerzo. La mujer de un minero, Lucho Pérez, fue quien avisó que había un hombre muerto cerca de la letrina común, colgado con bejucos en las ramas más altas de un roble. Justo por donde Yumbimbá salía a cazar monos.

Al padre Nicasio Noriega le habían sacado las tripas y lo habían guindado en lo alto para que se lo comieran los zamuros. Yumbimbá fue el único hombre que salió ese día a trabajar, y ni se dio por enterado del incidente, aunque a decir verdad, nadie se atrevió a acercársele ni a mencionar su nombre.

Los sanadores de enfermos eran en realidad unos yerbateros con mañas, especializados en rezos y pócimas para combatir las epidemias y vender productos de elaboración propia contra las hinchazones, infecciones locales y las fiebres. Una vez al mes llegaban a la mina de Casablanca en un viejo camión Ford que parecía de la Segunda Guerra Mundial. Un modelo 42 a decir de Chigüe, el mecánico encargado de reparar las máquinas de los caporales y, eventualmente, cualquier otro vehículo accidentado en la vía, incluidos los del ejército, cuando pasaban por el lugar para las inspecciones de rutina; un verdadero matraqueo chantajista: «Mi general les manda a pedir su parte del oro y que no se hagan los locos», decía un sargento panzón masticando goma, la mano derecha empuñando la cacha de su pistola.

Hacían la coleta y le entregaban más de medio kilo de oro, y aprovechaban para comprarles cigarrillos, rones y armas que los mismos soldados vendían como patrimonio de sus decomisos y otras suertes. «¿Quién es ese negro?», preguntó cierto día el sargento cuando miró pasar a Yumbimbá hacia su tienda. «¿Por qué no saluda a la autoridad?». Ese negro es un misterio, sargento, déjelo quieto si no quiere que le pase algo malo, le respondieron. El sargento mandó a un soldado que lo siguiera, al tiempo que apuntaba sus dos ojos con los dedos índice y medio en señal de cautela. El soldado asintió y se marchó detrás de Yumbimbá. Este lo ignoró y se metió en su tienda.

El soldadito regresó dando gritos, con la bota izquierda entre las manos, a saltos como un canguro, pidiendo que le sacaran lo que traía en el pie. Después de auxiliarlo, extrajeron un ciempiés color carbón de más de veinte centímetros. «Es un ciempiés ciego, amigo, va a tener que amarrarse los pantalones», le dijo un minero al soldado y, efectivamente, lo estremecieron el eritema, la ansiedad, los vómitos y el entumecimiento de la pierna, ante lo cual el sargento decidió llevárselo de prisa a El Callao.

Le untaron algo de aquellas pócimas y le dieron a beber un carato amarillento para calmar el dolor, pero el soldado igual se desmayó en el camino, aunque un mes después regresó a Casablanca, pálido y nervioso, mirando alrededor de sí, pero Yumbimbá andaba en el monte espeso desde el amanecer y no regresó hasta la noche.

Los comeculebras no eran indios extraños ni depredadores compulsivos, sino cinco hermanos retacos que iban y venían a Casablanca, reconocidos por su coraje, la unión entre partes, la manía de matar serpientes de río, y asar aquellos tubos gruesos de carne morada para comérsela con picante hecho de bachacos grandes y yare, ají bravo y suero de res.

Aquel menú ancestral les daba fuerzas y los hacía inmunes a sabañones y tábanos, al rigor del sol y al paludismo, a las pestes y los males del mercurio. Hablaban su lengua caribe en lo habitual y mascullaban un español esquemático, elemental, aderezado con la fonética inglés del oquei, claro que yes, baibai men y otras simbiosis de francés y portugués brasilero, entremezclado con neologismos del oficio minero y otros términos casuales que a nadie importaban.

«A negro no amoloñen tanto, no gusta de eso», dijo uno de los indios un día que alguien del grupo quiso llevarle una presa a Yumbimbá para ganarse su confianza. Por boca de otro se llegó a creer que el negro no dormía en la choza sino debajo de la tierra, y que seguro había una gran cueva dentro de la carpa de lona, y que durante la noche Yumbimbá enterraba el mismo oro que sacaba en el día. Carique, que así se llamaba el indio, basaba su teoría en la falta de luz del rancho y que ni Brígida ni Yumbimbá salían nunca del sueño para hacer sus esfínteres. Sin embargo, todos se sorprendieron una noche de luna nueva, cuando vieron una fogata dentro del cobertizo, que duró hasta el amanecer. Aunque los perros ladraban hacia la humilde morada, no pasó nada extraño allá al fondo; y el reflejo de luz se extinguió en silencio después que unas aves mabitas entonaron cantos fúnebres cuando se ocultó completamente la luna.

Al siguiente día, al despuntar el sol y someterse todos al proceso de vacunación colectiva obligatoria dentro del autobús, que para tal fin trajeron unos galenos de El Callao; cayeron en cuenta de que la tienda de Yumbimbá estaba cundida de una escarcha azul que solo el viento borró al paso de las semanas. Esa mañana lo vieron ir al río a buscar agua, con su pausado andar, su enorme estatura, sus pies de acero y aquellas pantorrillas que parecían las de un tronco de puy milenario.

Carique también señaló otro día que había oído decir que un chamán muy sabio había predicho que cuando los hombres lograran ver al fin al gran espíritu de las montañas, hasta ese día verían la luz del sol, porque él se molestaría si le sacaban a la tierra su jugo negro y su candela amarilla. Pero nadie se tomó en serio la fábula de que Yumbimbá fuera de cierto el espíritu sagrado del oro y del petróleo. Mucho menos le dieron crédito a semejantes poderes.

Después de una sequía tardía que imposibilitó la labor de la mina durante más de seis semanas, el cielo desparramó toda el agua del mundo y le sobrevino una furia de plagas al campamento. Los hombres trataban de combatir los gusanos de monte que brotaban de ampollas en la cabeza, brazos y piernas, inyectándose penicilina, o con tapujos de chimó masticado y esperma caliente; pero los gusanos sobrevivían dentro del organismo y se agrandaban hasta crear un cuerpo largo con pelos, que dejaban cicatrices de por vida, difíciles de borrar. A pesar de las recetas de los yerbateros y los parches de resina sobre el respiradero de los gusanos de monte, los mineros más frágiles parecían vacas de pantanales, como las hay en Apure y en El Meta colombiano, con los granos encima.

Yumbimbá observó detenidamente a algunos de aquellos seres y les dio suaves golpecitos con unas ramas de palma, al tiempo que decía «Yatá-Matá», mientras los gusanos salían del cuerpo y caían tiesos a tierra. Entendieron así que Yatá era una especie de dios que Yumbimbá asociaba con la acción respectiva: el oro, la salud, el viento, la lluvia, la luz o el destino. Yatá nunca sonaba aislada y sin que nada sucediera. Era, por tanto, el hilo conductor del mundo, la fuerza mayor de aquel ser. Sin embargo, ese dios misterioso parecía salir de dentro del negro, puesto que no hacía invocación, no gesticulaba nada, no buscaba el cielo y era solo un sonido ronco, profundo, que paraba los pelos nada más de oírlo. Los hombres sentían escalofríos y hasta apuraban los tragos de ron o bajaban las caras.

El misterio de la lava brava en los ojos de Yumbimbá podía ser un rasgo de estirpe, si la tenía, un signo genético, un patrón visual desconocido, por ejemplo, para los humanos, tal vez dotado de visión nocturna como las lechuzas, los perros o cualquier otra especie. Tal vez tenía una óptica más fotoeficiente en sus ojos que la nuestra, una tapetum lucidum prodigiosa y única.

Un ingeniero químico de una empresa brasilera que trabajaba en Casablanca especuló con sus alardes de ciencia, mostrando una cámara termal infrarroja de uso militar, con la cual «lo miraba todo» si él quería. Una noche hizo una prueba que lo desconsoló por completo y lo sometió al escarnio, a la jocosidad y las burlas de sus compañeros. Enfocó a Yumbimbá entrando a la choza, pero este no aparecía en el espectro. «Es como si su cuerpo estuviera vacío por dentro, sin huesos, sin nada, sin calor, sin temperatura; ni siquiera el oro de su barriga aparece en los focos». No faltó quien alegara que tal vez el negro era de otro planeta y se estaba adaptando al nuestro, pero enseguida lo relacionaron con el cine y la ciencia ficción, restándole seriedad al asunto.

El origen y la procedencia de Yumbimbá habían traspasado ya las preocupaciones locales, y hasta en otras partes se tenía conocimiento de su figura. Cierto día, mientras despanzaba un mono, le oyeron decir «Yatá Chi-Chi», y se creyó, erróneamente, que estaba nombrando una aldea guyanesa ubicada cerca del Esequibo, que podía ser su pueblo natal, pero un minero originario de allá lo descartó: «Neugro, no sé de Chi Chi. No hablar mesmo yo». Otras veces pronunció sufijos mineros lejanos que nadie entendía en aquella lengua loca: «Yatá Omai», «Yatá Potaro», pero que eran localizables en la memoria revuelta de aquellos hombres condenados al infierno.

Un nativo de Botanamo de Abati cuenta que Yumbimbá guindó por el cuello a un garimpeiro perteneciente a una banda que llegó a Casablanca buscando cupo para una compañía extranjera que pretendía explotar la mina con «aparatos sotisficados». Se sospechaba, además, que los garimpeiros habían cometido una masacre a yanomamis de Haximu y envenenado a otros de Wareta Parima con un liquio estraño. Se les echó del sitio y Yumbimbá marcó orden y disciplina tan solo con una mano, aunque a decir verdad, ni su carácter ni su figura parecían tener relación alguna con el comportamiento colectivo.
La muerte del cura Nicasio Noriega también se intuyó como ley natural de Yumbimbá, pero el ejército reveló que ese hombre que guindaron del árbol era un exconvicto que usurpó la identidad del sacerdote, quien apareció estrangulado en el púlpito de su iglesia, sin los documentos de identidad, sin sotanas, sin el dinero de las limosnas litúrgicas; y sin el baúl de los milagros, ni reliquias de plata y oro que guardaba celosamente en aquel lugar santo. «Acostúmbrense, que esta mina es peor que un manicomio», les dijo aquella vez el sargento que buscaba las mesadas para el general.

La muerte del cura no era un asunto trascendente en aquel mundo confuso y arbitrario de Casablanca. Realmente no tenía importancia la presencia de un personaje de fe en un nido de serpientes. Solo Yumbimbá parecía un dios y una fuerza que sacudía la tierra, que venía de otros mundos tal vez, de cuando huyeron esclavos africanos durante la colonia y se hicieron inmortales en medio de las montañas. De esas razas de ayer, de nunca, del más allá era Yumbimbá.

Nadie compraba su oro y nadie se lo veía. Brígida tampoco hacía vida social ni roce alguno junto a aquellas mujeres del lugar, y menos con las meretrices que llegaban los viernes para el desenfreno nocturno. Muy poca atención prestaban ambos al vicio de los alcoholes y otros vicios, así como a los crímenes que a menudo suscitaban aquellos seres por ambición y traición, por avaricia e indecoro. Pero un día, a un minero le pareció extraño que Yumbimbá se lavara los pies en el río y se diera latigazos con unas palmas por todo el cuerpo, y arrojara un polvo extraño al agua, y brotaran mil serpientes borboteando; mientras Yumbimbá las palmeaba para atontarlas del mismo modo que el timbó sirve para pescar pavones.

«Seguro convirtió el oro en serpientes», dijo el minero.

Esa noche no paró de llover y los truenos y relámpagos estremecían la selva, y los perros se callaron; solo el tronío de la tempestad y los latigazos de los relámpagos hacían crujir el monte. Al amanecer pocos se fijaron que la choza de Yumbimbá y Brígida había desaparecido. En su lugar no había nada: ni cueva, ni lona, ni cenizas.

Solo encontraron aquellos olores penetrantes a vaho de culebras y un montoncito de huesos de monos a un costado, y un cuchillo viejo sin cacha completamente oxidado. Es como si Yumbimbá jamás hubiese vivido ahí, o como si hubieran pasado quinientos años sobre el lugar, y solo quedaran las borraduras. Un mes después, ya no había nadie en Casablanca.

«El oro desapareció, se fue, no lo encontrábamos ni que hiciéramos lo que hiciéramos», confesó un minero en El Callao. «Se lo tragó ese negro», dijo otro bebiendo ron. Ni en Sua Sua ni en El Dorado ni en Bochinche ni en Purgatorio ni en La Reforma ni en Tumeremo se tuvo noticias jamás de Yumbimbá, y lo común era oír que nadie lo había conocido, que era invento de la gente, o que si realmente existió, seguro se lo tragó la tierra.

De vinos y una pena

Para Benigno Amago, en la Cervecería Titanic de Oviedo.

Antonio no quiso hablarme del crimen, de su frustración, de su dolor y sus determinaciones durante las 18 horas del viaje. Sin oír sus palabras, París se me antojaba una nube lejana, el riel perdido de un tren a medianoche o un camino en el olvido, mientras el bus de Alsa mantenía su serena vibración sobre las costillas de las sombras. Alguien que dormía al fondo parecía un tigre en la selva. Suspiraba a brincos y farfullaba un nombre o una sílaba tónica. La señora a su lado, tal vez su madre o su tía, quizás su mujer o su hermana, le movía el hombro izquierdo. Afuera el aire parecía decir algo también. «Heleno, Heleno» repetía la voz femenina mientras el felino sacaba sus garras en la selva, y devoraba todo a su paso. Gruñía salvajemente y luego descansaba. Dos puestos más adelante, un par de chavalos no paraban las lenguas. Se contaban algo relacionado con la electrónica, la tableta, un juego de combate, o algo así. El tono era muy bajo, casi imperceptible, pero suficiente para ventilarse sobre las cabelleras de los pasajeros.

A mi lado, Antonio quería llorar, y es probable que haya llorado sin mi consentimiento, pues, me prometí darle ánimos y valor. Desde antes de abordar el bus en la terminal de Oviedo y sentir la tracción de las ruedas bajando hacia Pola y Llanes, su rostro se empañó de tristeza. En un semáforo, mientras una pareja de enamorados jugaba a los pellizcones sobre un banco, le ofrecí vino de mi botella y no aceptó. «Perdóname, pero no puedo tomar». Más que una confesión, parecía una queja.

Una pareja de ancianos comía manzanas y tomaba agua. Se les veía serenos y entusiasmados. Parecían jubilados que iban de visita a donde algún hijo que trabaja o estudiaba en París; o quizás tenían un par de amigos allí para pasarse unos días, comer, caminar, disfrutar la belleza de la ciudad. Afuera las luces aparecían por todos lados: en las casas de las colinas de Asturias, en los valles y costas de Santander, en la autovía y en los cielos.

Por alguna razón recordé el cuento «La autopista del sur», de Julio Cortázar. Dentro del bus podían ocurrir tantas cosas como las que ocurren en ese relato. Solo que no teníamos a bordo un Peugeot 404 que describir, y ni siquiera había la certeza de que algún ingeniero o un médico, un abogado o un poeta fuera de pasajero en este tránsito, pero sí logramos ver en una esquina un auto último modelo de belleza singular: un Toyota Mr2, color blanco, de apenas dos plazas y una maletera inusualmente extendida hasta las enormes lunas traseras debido, quizás, a su motor central. El coche parecía un haikú de metal, un verdadero roaster WTi 1.8 del año 2000. A cualquiera se le hacía agua la boca. Para los entendidos en coches, este Mr2 era similar al Lotus Elise o Speedster, con discos ventilados y 143 caballos de potencia, nada despreciables considerando el peso del auto: 975 kg. Pero bien, Antonio no estaba interesado ni en los coches ni en «La autopista del sur» ni en el Fiat 600 ni en el Caravelle ni en el Peugeot 203 de Cortázar ni en nada.

Afuera pasaban en todos los sentidos los Seat, los Volswagens, los BMW, los Mercedes Benz y los Audi y los Ford y los Opel y los Daewoo y todos los coches del mundo, signo de que en el país la economía había cogido por fin al nuevo siglo con holgura, pero cada sentido de Antonio rodaba sobre las llantas inimaginables de su tragedia particular. Había sido violado dos meses antes.

Hasta Torrelavega la noche era como una cena familiar. Se oían confesiones y hasta algún reproche conyugal, discursos de negocios, el plan de empleo de una joven de 22 que se dirigía a Londres para trabajar en un hotel junto a su hermana, y no pocas almas andaban sueltas en medio de la nada, y el vacío del suave movimiento del bus. Los cambios de la caja eran constantes, sintiéndose la fuerza de los frenos en las pendientes. El relieve de la vía así lo demanda, pero Antonio no aceptó ni siquiera una sola vez algo de beber de mis botellas de vino. Llevaba sobre las piernas un libro que no podía leer en la oscuridad: Rabos de lagartija, de Juan Marsé, en edición de Lumen-Areté, del año también. Le pregunté si había leído de Carlos Fuentes Los cinco soles de México, o Memorias de un milenio, en edición de Seix Barral, que yo recién había comprado en 2.800 pesetas en la Feria del Libro de Gijón, del Paseo Francisco Tomás y Valiente, pero me gesticuló con la cabeza que no.

De más está entender que Antonio no tenía ya palabras, sino solo su dolor. Por tanto, lo dejé dolerse en silencio mientras llegamos a Bilbao y pasamos el peaje. Sentí una gran emoción de solo imaginar lo cerca que estaba la bella comarca de Pau, y lo bonita que es la casa de Philippe Pierre y de su esposa Nery, tan amiga y tan hermana mía como cuando comíamos pizzas en Pampatar y tomábamos cervezas en playa Guacuco, en mitad del sol ardiente de Venezuela, de ese Caribe nuestro. Nery fue mi alumna en los talleres de Iniciación al Cuento, que en algún momento dicté. Fue en una playa de esas que tanto amor despiertan en la isla de Margarita que Philippe se apareció como un ave fénix, porque decidió abandonar Caracas durante el fin de semana antes de volver a París, a dedicarse a sus tareas personales en la IBM Industry de Francia. Ahí se conocieron, y ahí nos conocimos. Una bella historia que no interesa a Antonio.

En Saint-Jean-de Luz lo vi comer galletas y se tomó una gaseosa. No tenía sueño. Su sicólogo le había recomendado viajar lejos con algún amigo y, ciertamente, yo tenía el compromiso de ir a París. En Alsa se viaja bien, le dije para animarlo, y es económico. Tendríamos once días libres antes de regresar a Oviedo, a por la revisión de las tesis de Filología, y tanto su tutor como el mío necesitaban tiempo para revisar y precisar cosas. Antes lo invité a Granada y rehusó ir. Ni siquiera La Alhambra le conmovió ni las teterías de Albaicín ni la dureza de este verano del 2000 que parecía quemar al mundo. Cuando regresé le conté cosas que tampoco apreció.

En la ida a Granada se accidentó el bus de la empresa BMG, pero pude ir a la casa natal de García Lorca y a la Costa del Sol, a quemarme la piel adrede y tomar todas las cervezas frías que pude conseguir, junto a unos médicos amigos que me brindaron hospitalidad sincera. Pero nada pudo entrar en la cabeza de Antonio. Él tuvo su mala noche dos meses antes. Debió pedir un taxi y no caminar en medio del parque en completa soledad. Los tres tíos se drogaban de seguro. Ya habían violado a una señora, sin que esta gritara o denunciara lo ocurrido, solo lloró y contuvo la violencia de los bárbaros, después huyó como pudo. Antonio no lo sabía. Eso ocurrió a las 23:52 del sábado 29 de abril, en mala hora, como todo infortunio. Lo suyo pasó a las 2:17 am del domingo 30.

Antonio intentó huir, pero lo atraparon y lo ataron de manos. Con un trapo lo amordazaron, y en menos de diez minutos ya lo habían derribado contra el césped, arrancándole su pantalón para embestirlo hasta el total sangramiento. Intentó levantarse aplicando todas sus fuerzas, pero otro de los sujetos le pasó el filo del cuchillo por el antebrazo derecho y sintió el ardor de la herida y perdió el conocimiento.
Cuando despertó estaba en el hospital rodeado de enfermeras, bombonas y cables; y pudo advertir que su rostro tenía hematomas pronunciados. No tenía un solo hueso de su cuerpo que no se resintiera. La peor pesadilla la padeció en el ano y las hemorroides. «Tiene suerte de estar vivo, señor», le dijo una doctora que parecía venir de otra galaxia.

Mientras el bus enfilaba mansamente hacia Bordeaux, sus lágrimas parecían recapitular tales hechos. Hechos que jamás deberían ocurrir a nadie en ningún lugar. Pero la vida tiene estos destinos en su largo viaje hacia el fin. Para consuelo suyo supo que la policía logró matar a uno de sus victimarios cuando estos dispararon ante la voz de alto. Los otros cómplices huyeron para siempre. Eso le creó un dolor adicional. El dolor de la impunidad. La tragedia de las injusticias. Por ello intenté hablarle de todo cuanto pude, y después de la cuarta botella de vino, le dejé solo en su asiento, pero ignoro si durmió. Al amanecer, ya París era una cercanía que por la Guide météo-jeux que aparecía en la prensa del día nos anticipaba un clima con la mínima de 16º y máxima de 25º, sin mayores variaciones desde Toulouse hasta Amiens o de Nantes a Besançon. Era un buen clima según como se le mirase, y era un magnífico viaje según como se le sintiera.

El de Antonio era sin dudas un viaje perdido. Su posterior suicidio a los ocho meses cumplidos de su violación, justo la noche del 29 de diciembre de 2000, no sorprendió a nadie, ni siquiera a su sicólogo. Nunca vi a un hombre más triste en París que a él, y nunca un viaje tuvo tan pocas palabras con un compañero de travesía. De tanto oír su silencio, tengo la sensación de que lo oigo pensar todavía, mientras el bus avanza y avanza en la alta noche, rumbo al cielo o a algún otro paraíso perdido.

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